All the light we cannot see.
luz
(Del lat. lux, lucis)
1. f. Claridad que irradian los cuerpos en combustión, ignición o incandescencia. 2. f. Modelo, persona o cosa, capaz de ilustrar y guiar.
-La sombra no existe; lo que tú llamas sombra es la luz que no ves.-
"Light! more light! the shadows deepen,
And my life is ebbing low,
Throw the windows widely open:
Light! more light! before I go."
Después de esta breve pausa, continuaremos con nuestra historia. Muchos de ustedes deben de estar asustados, ¿no es así? Con el estómago revuelto, el corazón acelerado, y la bilis subiendo por sus gargantas… Desde luego que están paralizados, algunos mordiéndose su propia lengua; viendo como el mar de la inconsciencia se los lleva lejos, muy lejos.
Y sería tan fácil que el monstruo entrara ahora, señoras y señores, que incluso estoy tentado de abrirle la puerta. Ah, pero por favor, contengan sus gritos, aún queda mucha historia por contar, y muchas verdades por desvelar. ¿Qué gracia tendría ver cómo se los lleva el viento, mis señorías? No, no podemos permitir que eso pase.
Aún.
Tomen asiento, si son tan amables. Eviten realizar cualquier sonido, porque recuerden, nuestra bestia se alimenta de gritos…
¿Penden oírla?, ¿sienten sus garras perforando las paredes?, ¿escuchan el viento, azotando con la fuerza de mil hombres, las puertas que los separan de la muerte?
Estén atentos pues, damas y caballeros. La pausa termina, y la historia continúa ahora.
La pequeña criatura, de padres muertos en una terrible noche, crece alimentada por el viento. La oscuridad es su cobijo en los días fríos, y la muerte, su nueva madre. El niño no necesita alimento alguno, aunque cuenta la leyenda que los aldeanos desaparecen, las tropas nunca regresan, y el viento es más fuerte en las noches sin luna. Dícese que la sangre es su sustento, y que los huesos de sus víctimas cuelgan de sus ropas como trofeos.
Durante mucho tiempo pasa inadvertido. Las cosas no cambian, los aldeanos siguen desapareciendo, y la criatura alcanza la edad de seis años sin percance alguno. El monstruo se encarga de que nada le suceda y la bestia prepara a su retoño para la matanza.
Pronto, le susurra entre las sombras, su voz cubierta de muerte y sangre carmesí. Pronto, mi niño, pronto estarás listo. Y el joven escucha, porque a pesar de ser un monstruo, sabe que no puede negarse.
Para él, el mundo es una paleta de negros y grises, de oscuridad infinita. Nunca ha visto la luz, no la recuerda. No la necesita.
La detesta.
No puede verla, y lo más cerca que ha estado de ella es a través de los corazones y de la sangre de sus presas, que aún caliente, se escurre entre sus labios.
Por eso, cuando la criatura ve la luz por primera vez, no la comprende. Se siente débil, atacado. Y recurre a un instinto primario al que nunca había accedido. Cuando el monstruo ve la luz por primera vez, escapa. Corre como jamás había corrido, y se resguarda en las sombras, a salvo. Espera. Contiene la respiración.
El corazón le late desbocado, y algo en su interior se remueve, expectante. El niño se lleva las manos al pecho y cae de rodillas, resguardado por las sombras. Calor comienza a extenderse como un fuego por sus venas, y en un momento está gritando, retorciéndose de dolor.
La bestia se revuelve, agonizante; se agita, grita y respira con dificultad. El niño no comprende qué le está sucediendo a su cuerpo, y, por una vez, el viento no está allí para ayudarle. De pronto se desespera, y el control escapa entre sus finos y pequeños dedos. Algo dentro de él se rompe entonces, y la criatura comienza a convulsionar en el suelo.
Nadie sabe a ciencia cierta lo que pasó después, pero la leyenda habla sobra la oscuridad más pura tomando forma sobre el rostro de un niño. Dícese que esa noche un pueblo entero fue borrado del mapa.
Cientos de ciudadanos del reino de Kommel son masacrados esa noche, y con ellos todas las tropas de marinería enviadas en su rescate.
La historia nos cuenta sobre un cielo rojo, teñido con la sangre del pueblo, y una niebla donde habitan las pesadillas. Una niebla que no había sido vista desde hacía seis años y veintisiete días.
En la oscuridad, el monstruo acecha a sus presas, y una sonrisa macabra corrompe su rostro. La negrura más espesa lo cubre, y unos ojos inhumanos brillan blancos en la negrura de la noche.
Durante trece horas, veintiséis minutos y cuarenta y tres segundos, los gritos rompen la quietud de aquel pueblo sin nombre de Kommel. Sólo toman treinta y cuatro segundos más para que la luz aparezca, y cuarenta y seis segundos después la pesadilla desaparece, dejando al niño en su lugar, ahogándolo en un mar de sangre.
Por primera vez en seis años, la criatura puede sentir las lágrimas quemando en sus ojos, sus manos temblando en desesperación pura, y culpa pesando en su corazón. Algo está mal, y el monstruo en él ruge encolerizado; la luz está brillando en su mundo de eterna oscuridad, unos rayos de arrepentimiento y perdón que no puede tolerar.
La bestia lo insta a escapar de aquel lugar de muerte y el infante obedece. Corre hasta quedarse sin aliento, corre hasta que sus pies sangran, y corre hasta que los músculos en sus piernas colapsan e impacta fuerte, duro contra el suelo.
Cuando ya no puede correr más, se arrastra.
Diecisiete horas después, el niño pierde la consciencia cerca de un río, incapaz de seguir adelante. El monstruo calla y le permite un descanso. La luz comienza a retirarse, y eso es suficiente.
No toma demasiado tiempo para que alguien lo encuentre.
Una hermosa niña aparece en la margen del río, y lo observa detenidamente, sorprendida. Se acerca al maltrecho cuerpo del joven y lo sacude con cautela. El monstruo gruñe en su sueño, y la niña, asustada, se marcha corriendo.
Cuando los últimos rayos de luz desaparecen, la joven regresa y esta no está sola. Un hombre la acompaña, su rostro tan bello como el pecado. Se cuenta que sus cabellos eran largos y finos, brillantes y exquisitos como el oro fundido. Y sus ojos, azules como el cielo de un día de verano, se turban tormentosamente ante el niño exhausto que descansa en el suelo.
Sus bellas facciones se relajan una vez que lo alcanza, y con delicadeza toma al infante entre sus brazos, completamente consciente de la bestia que, despierta, lo observa intensamente. El niño duerme, pero la noche es su elemento, y despierta pronto. Cuando lo hace es recibido por el apetitoso olor de un manjar cocinado al horno, y mantas cubriendo su cuerpo. Donde quiera que mire las vendas tapan su piel, y su garganta, seca como nunca, pide a gritos algo que la alivie.
Una cabeza asoma en la puerta, y el niño se remueve en su asiento, intimidado. Una luz tan brillante como el mismísimo sol entra en la habitación y el monstruo tiene que taparse los ojos. Trata de alejarse de aquella molesta fuente de luz, pero la niña insiste y le ofrece una brillante manzana color carmesí.
El niño la observa con cautela, pero no la toma.
─No tienes que tener miedo ─, ella le dice. Deja la manzana sobre la cama y se marcha.
Con ella la luz desaparece y el monstruo suspira aliviado. Observa el alimento con hambre, y cautelosamente toma la rojiza fruta, devorándola en un instante. Aquello no sacia su apetito, y la saliva se escurre entre sus labios cuando la huele.
Sangre.
Fresca y pura.
El niño baja de la cama de un salto, sus ojos tornándose blanquecinos en el proceso, mientras sigue el rastro de aquel manjar. Lo encuentra por instinto residiendo en el cuerpo de la luz, pero aquello ya no le molesta, ya no tiene importancia.
La niña sonríe cuando lo ve entrar en la sala, pero da un paso atrás cuando él le sonríe de vuelta. Asustada, su corazón se acelera, y el miedo endulza su sangre. La bestia lo siente, y no puede esperar.
El viento sacude las ventanas de aquella casa, y antes de que el monstruo pueda devorar a su presa, algo se interpone en su camino.
Es el hombre de nobles facciones, que viste su oscuridad con orgullo, pero que camina en la luz más brillante que la bestia hubiera visto jamás. Algo en él empujó al monstruo lejos, y en un parpadeo el niño observaba a aquellas personas, pegándose a la pared con miedo.
El adulto da un paso al frente y le sonríe; se coloca delante de él y se agacha hasta quedar a su altura. Él le habla, y su voz es melodiosa, con una elegancia y firmeza que la bestia no poseería jamás.
─ No debes temer ─, le dice, aunque el niño comprende con horror que él sabía. ─ Mi nombre es Suffolk Kavandisc y esta es mi hija Cafna. ─ La niña, cuya luz recobra fuerzas, le sonríe nerviosa. ─ ¿Tienes nombre, chico?
El niño niega lentamente con la cabeza, puesto que no recordaba haber sido nombrado nunca. El viento era su único compañero, y de sus labios, si es que los tenía, no había escapado jamás palabra alguna. El hombre lo escruta con la mirada y continúa hablando.
─¿Sabes hablar?─ El niño niega nuevamente, y el adulto suspira resignado, sonriendo. ─ Cafna-chan, llévalo a la cocina y dale algo para que llene su estómago. Yo prepararé una habitación para él.
─Sí, padre.
La luz entra en dicha estancia, pero el niño no la sigue. Se queda allí parado, observando al hombre oscuro que camina lejos de las sombras, una pregunta brillando en sus ojos carmesí.
─No estoy dispuesto a permitir más matanzas, chico. Te quedarás con nosotros hasta que la bestia se haya ido, ¿comprendes? Ni un segundo más.
El chico asiente y lo observa marchar, mientras él mismo entra en la cocina, su estómago rugiente instándolo a que se diese prisa.
El niño calma su hambre y por primera vez en mucho tiempo la bestia se mantiene a raya. No la escucha, ni tampoco la siente, pero sabe que está ahí. Todo violencia y oscuridad, escondida en lo más profundo de su mente.
Se permite olvidarlo por un tiempo; poco a poco se va acostumbrando a la luz, y ya no le disgusta como antes. La bestia no lo habría permitido, habría escapado de nuevo, y hubiera cometido otra masacre. El infante, sin embargo, comenzaba a sentir el peso de todas aquellas muertes sobre sus hombros.
Toda su vida había permanecido en la oscuridad, cometiendo actos horribles, amparado por el viento y por las voces del monstruo en su interior. Aquel día, toda la luz que había tardado seis años en ver se presentaba ante él de golpe, eliminando las sombras y obligando al monstruo a recluirse.
Pero nuestro protagonista, al fin y al cabo, no es más que un niño, y no comprende que se está engañando a sí mismo al pensar que podría escapar de su propia oscuridad.
Con el paso de los días el chico vuelve a dormir por las noches, y aprende a tolerar la luz del sol. Se permite disfrutar de un tiempo sin la bestia, gracias a la presencia de Sulkoff, que la mantenía durmiente.
O eso es lo que ambos, hombre y niño, pensaban.
El joven sin nombre aprende a hablar con el tiempo, poco a poco. Primero unas palabras, luego pequeñas frases, y cuando Kavandisc lo sorprende discutiendo acaloradamente con su hija por una pelota, el hombre no puede evitar reír.
Algunos días Sulkoff se une a sus juegos, y el niño comienza a admirarle y a buscar su aprobación. Ve en él el padre que el viento nunca fue, y aunque no comprenda del todo el significado de 'familia', está feliz de por fin tener una.
En un momento dado, exactamente ciento setenta y dos días después de la llegada del niño sin nombre, Kavandisc se lo lleva a las montañas. El invierno está en pleno apogeo, y una severa ventisca azota la zona. Esto no impide que se marchen, ataviados con todo lo que encontraron, hacia su destino.
El niño sin nombre no entiende por qué es tan importante para ellos salir con aquel temporal, pero tampoco pregunta. Se fía de Sulkoff y no se atreve a cuestionarle. No tiene por qué.
(Si el monstruo aún estuviera ahí, le habría arrancado la cabeza de cuajo).
Se dice que tardan seis horas en llegar a su destino, caminando sin descanso bajo la invernal tormenta. Cuando bajan el último de los picos, el joven se queda sin aliento. Ante él un valle permanece en completa quietud, hermoso, inalterable y blanco.
Kavandisc le pide paciencia y silencio, y, al cabo de un tiempo, una manada de caballos aparece tras el espeso pinar que cubre la ladera este de la montaña. Son grandes y oscuros, de potentes cuerpos y hermosas crines. El hombre le sonríe y señala a los animales.
─Aquí fue donde conseguí mi primer potro ─le dice─. Hace diez años mi padre me trajo aquí y me permitió escoger uno. Tuve que conseguirlo por mi cuenta, y llevármelo conmigo fue complicado, pero esto seguro de que podrás con esto.
El hombre de cabellos dorados le da una palmada en el hombro, y el monstruo abre los ojos en la oscuridad. Alarmado, el infante observa al adulto, y éste le dedica una sonrisa de tranquilidad.
─El animal tiene que aceptarte a ti, todo lo que eres, sino jamás dejará que lo montes. ─ El niño le dedica una mirada extrañada, sin entender ─. Estas son las mejores monturas que podrás encontrar en muchos kilómetros, y no se muestran ante cualquiera.
Ánimo, chico
De pronto el niño se encuentra sólo ante la manada, y sin saber qué hacer, se lanza agresivamente hacia las yeguas, que protegen a sus retoños con coces y golpes. Trata y trata, pero en todo momento los animales escapan y él termina en el suelo.
El joven observa su sangre carmesí sobre la blanca nieve, viendo al monstruo a través de ella.
No estaba conforme.
Quería dominar.
El niño se levanta sin dificultad alguna, su cuerpo rezumando violencia y poder, superioridad. Camina con seguridad hasta la manada, y los animales escapan ante el peligro. Todos menos uno. Un potro blanco permanece en el sitio, observándolo impasible. Ambos se miran, y en ese cruce de miradas algo encaja. El monstruo y el niño lo observan a través de los mismos ojos, y el control es total.
La bestia extiende el brazo, y el potro se acerca en sumisión total, depositando su gran cabeza bajo la palma extendida de su nuevo amo. Blanco y potente, tan mortal como hermoso, el animal se convierte en el nuevo compañero del monstruo, que involuntariamente vuelve a las profundidades de la mente del niño.
A partir de hoy responderás ante el nombre de Farul
El chico se da la vuelta y comienza a caminar por donde vino. En la entrada del valle Kavandisc le espera, sonriente y hermoso como siempre.
─Me has sorprendido, chico. Serás alguien grande algún día, estoy seguro. ─El hombre le revuelve los cabellos y el niño ríe, agradeciendo la fe depositada en él. ─ Creo que Hakuba será un gran nombre.
─Kavandisc-san, el potro se llama Farul… ─ El niño frunce el ceño ante las risotadas del mayor.
─Yo no hablaba del caballo, Hakuba-kun.
El infante lo observa con los ojos muy abiertos durante un instante. Conocía la historia de Hakuba, el hombre sin miedo. Una verdadera leyenda, famoso por su carácter agresivo y por conquistar el reino de Kommel cientos de años atrás. Se decía de él que era uno de los hombres más hermosos que el mundo hubiera visto, pero que con su mirada podía matar.
Lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas, y una sonrisa tonta se plasma en su rostro. Sulkoff está subiendo la montaña, y con un '¡Espera, Kavandisc-san!' Hakuba lo sigue. El potro lo acompaña, sintiendo que aquel nombre significaba mucho para su unión con el niño.
La bestia se revuelve en su interior, iracunda. El chico le sonríe y la domina, empujándola lejos. El viento se vuelve violento, y fuertes ráfagas comienzan a azotar el valle. Ambos hombres, más el caballo salen ilesos de aquella repentina ventisca, y ninguno llega a escuchar a las sombras susurrando el nombre de la leyenda.
Hakuba observa el cielo oscuro, lleva la vista atrás tan sólo un instante, y después desaparece en la oscuridad.
