Muchas que pero muchas gracias a quienes me habeis premiado con uno de vuestros comentarios, no sabeis lo feliz que me habeis hecho, pues para mi escribir un Draco/Hermione es salirme de la norma, y no sabía sí sería capaz a hacerlo. La verdad es que no se porque pero las palabras me nacen solas cuando pienso en Draco, cuando es Hermione me cuesta un poco más. Pero aún así espero que este capítulo siga siendo digno de vuestros cumplidos y sobre todo y ante todo que os agrade.
De verdad que millones de gracia.
Quiero hacer una aclaración, la historia se situa entre esos diecinueve años de los que habla JK, que sigue la historia original y que espero que los personajes sean lo más parecidos posible a como ella los relata. Este capítulo es algo más corto por motivos literarios, y sobre todo por la trama, que me gusta dejarla siempre en un momento cumbre. Deciros que no crea que sea un fic extremadamente largo, pero no me hagais mucho caso, en esos temas soy bastante voluble. Perdonad si hay alguna falta de ortografía lo he repasado varias veces, pero siempre suelo colar un dedazo.
Ahora sí, el capítulo.(contiene un ligero lemmon en la antepenùltima viñeta)
Él desea lo que ella teme.
Tarda más de diez minutos en salir del baño. Con las manos temblando y sin comprender ninguna de las palabras que Nicolle Malfoy acaba de decirle. Está confusa y aturdida, por eso llega con pasos temerosos hasta la mesa. Malfoy le espera solo.
- He pedido por los dos – sonríe – espero que no te moleste.
- No… - musita.
- Tengo aquí – con una floritura de su varita hace aparecer sobre la mesa un pequeño dossier – los datos del juicio del que quería hablarte – "él te quiere" retumba en su cabeza una y otra vez. "Él te quiere" "Él te quiere" - … no es nada del otro mundo, pero al tratarse de un conflicto internacional… Granger¿me estás escuchando?
- ¿Dónde está tu esposa?
- En casa, solo vino para acompañarme, se aburriría – el camarero elige ese momento para aparecer con el primer plato. La cena transcurre tensa y delicada, sobre todo para Hermione, que tiene la sensación de haberse metido en la boca del lobo, y tiene que salir de allí, como sea pero tiene que salir. Y cuanto antes.
Draco la observa con la mirada ausente y una expresión confundida en el rostro. Probablemente Nicolle es la responsable de su estado. Su mujer no es tonta, es egoísta, caprichosa y una víbora cuando se lo propone, pero es inteligente y es casi seguro que ha caído en la cuenta. Draco desea a Hermione. Desea hacerla suya, poseerla. Es algo irracional que le nace desde dentro, desde el preciso instante en el que vuelven a encontrarse.
Desde que la ve en aquel auditorio ha hecho todo lo posible para encontrarse a solas con ellas, al principio no es consciente de lo que hace, hasta que se da cuenta de que sabe exactamente a la hora que coge el ascensor, y que deja pasar tres o cuatro antes de subirse, porque sabe que ella subirá detrás de él. Sus conversaciones, si es que ha esas cuatro frases que comparten pueden catalogarse de aquella forma, cada día han cambiado su vida. La espera, la antesala a ese encuentro es angustiosa, y sus tripas se retuercen sin control, y no logra comprender porque. Mientras están juntos quiere pisotearla, quiere hacerla ver que no es más que escoria, pero entonces ella le habla, y tiene una voz melodiosa, y un aroma a fruta, melocotón, que le embriaga por completo, y esos instantes son oro puro. Pero entonces las puertas del ascensor se abren y el mundo real vuelve a estar frente a ellos, y Draco es siempre el primero en salir. Porque probablemente si no lo hiciera querría quedarse encerrado con ella para siempre.
Tiene 32 años. Y una vida que nunca ha deseado.
El paso de la guerra es devastador para su familia, su padre va a parar a la prisión una vez más, y aunque son solo unos años, Azkaban hace efecto en su cordura. Probablemente cuando vuelve ya no es Lucius Malfoy, ni siquiera una sombra de que un día fue. Su madre lidia lo mejor que puede contra el viento y la marea que azota su apellido, lo envía lo más lejos posible, quiere sacarlo de aquel mundo que una vez les admiró. Ahora les desprecian.
Estudia en Francia, Derecho mágico internacional, los cinco idiomas que domina le sirven en demasía. Conoce a Nicolle en su tercer año y le habla de ella a su madre en una de sus cartas, en seguida Narcissa se pone manos a la obra y descubre que la posición social de la joven es la ideal para su hijo, se reune con sus padres, y con todo su encanto Black, y su astucia Slytherin los tiene comiendo en su mano.
Nada más dejar la universidad contraen matrimonio.
Nicolle y Draco se soportan, pero nada más. Hacen vidas separadas, solo mantienen el matrimonio de cara a la sociedad, aunque es cierto que su esposa está encaprichada, que no enamorada, de él, por eso se deja querer durante los primeros años, incluso cumplen con la tradición y otorgan un nuevo miembro a la familia Malfoy.
Draco nunca ha tenido instinto paternal pero Scorpius le cambia la vida. Ve todo de otro color, de un color menos negro del que surge tras la guerra, cuando es solamente un mortifago cobarde que Harry Potter tiene que salvar en más de una ocasión de una muerte segura. Tiene una ilusión en la vida, y aunque no es como había esperado intenta quejarse lo menos posible y amoldarse a ella.
Él ha cambiado.
Pasa de tenerlo todo a no tener nada en un abrir y cerrar los ojos, y eso golpea lo poco que queda de su ego tras la guerra. Madura a pasos a agigantados, y aunque sigue siendo un caprichoso, estirado y algo pedante, valora cada vez más las pequeñas cosas.
Como el día que Scorpius dice su primera palabra, siente que el pecho se le hincha y el orgullo le sale a borbotones por las orejas. Aprecia la amistad que Theodore sigue teniendo con él, la cual le permite tener un puesto adecuado a sus aptitudes, pues aunque lleva la marca en su antebrazo – deslucida, apenas un borrón – es un hombre inteligente y capaz, pero su apellido pesa demasiado como para poder salir a flote.
Le satisface la expresión asombrada de Granger cuando entra en el ascensor y se topa con él, porque pese a todo echa de menos Hogwarts, sobre todo los primeros años, donde sus mayores preocupaciones son estar preparado y alerta para pisotear a Potter y a sus amigos.
Pero ha cambiado, y no puede evitar apreciar que ella también lo ha hecho. Es una mujer, hecha y derecha, y hay algo, algo en ella que absorbe por completo todo su yo.
Locura. Loco. Locura.
Llega a la conclusión de que ha perdido la cabeza por completo, cuando se pasa toda una tarde en la que no tiene trabajo esperando junto a la puerta para verla salir y colarse en el ascensor con ella. Pero no puede evitarlo, es algo que le da sentido a su vida, gris y oscura. Granger abre un claro de luz en un cielo oscuro y tormentoso.
Y eso le asusta, porque es Granger una sangre sucia. Y él Draco Malfoy un aristócrata, un sangre limpia que militó en las filas de Voldemort. Definitivamente ha perdido el norte cuando aparca todos esos pensamientos para seguir tarde tras tarde el camino de su despacho hasta el ascensor.
Son escasos los minutos que comparten, pero le da tiempo a percatarse de pequeños gestos. De cómo sus ojos brillan cuando se encuentran, de las pequeñas sonrisas que le dedica en los pasillos que quiere evitar a toda costa pero que no consigue. Pero sobre todo tiene tiempo para observarla cuando cree que nadie lo hace, como cuando baja a comer con sus compañeras, y se debate entre una ensalada ligera o una comida más copiosa. O cuando se toma el café de las cuatro de la tarde junto a la máquina con su compañera de despacho, la oye reír y su carcajada es melodiosa.
La primera vez que se da cuenta de todo lo que está haciendo está a punto de darse de cabezazos contra la pared pero eso, además de arruinar su peinado, no arreglaría nada, por eso se inventa un viaje de trabajo. Dos semanas alejado de ella serán suficientes para sacarla de su cabeza, aunque realmente no tiene ni idea de cómo ha conseguido meterse en su interior.
Muchas veces ni él mismo se comprende.
Porque la echa de menos, a rabiar. Cada vez que coge el ascensor de su hotel cierra los ojos y puede sentirla a su lado, con su aroma de olor a melocotón, y esa voz aguda que siempre ha considerado molesta, pero que ahora es música para sus oídos. Y la idea de golpearse la cabeza contra la pared vuelve a aparecer, porque es cursi hasta rabiar, y porque no puede echarla de menos. No debe hacerlo.
Se pasa las dos semanas encerrado en un hotel de Zurich, viendo la tele y comiendo chocolate muggle, es tan patético que piensa incluso en llamar a un psicomago que revise su mente, o quizás a un medimago, si eso es, puede que un filtro de amor sea el culpable del lamentado estado en el que se encuentra, pero es superior a él, la desea, desea tocar su piel, besar sus labios y enredar las manos en su cabello, hasta hacerla chillar, quiere oírla gritar y gemir su nombre, quiere que desgarre sus cuerdas vocales mientras él la hace suya.
Pero al mismo tiempo no quiere tocarla, no puede hacerlo, porque no es más que una asquerosa sangre sucia, alguien al que siempre ha odiado y despreciado, pero ahora la odia y desea por partes iguales.
Algo está pasando con él, y no es capaz de comprenderlo.
Pierde la razón y no es capaz a encontrarla.
Se le escapa en mitad de una conversación con el primer ministro.
- Espera, espera – Theo deja su botella de cerveza de mantequilla sobre la mesilla auxiliar – Repítelo.
- Quiero follar con Granger – masculla – Estoy loco lo sé, por favor manda un dementor para que me lobotomice – le mira con rencor – deja de reírte.
- Es que… que… no puedo… - se lleva las manos al vientre y se retuerce en el sofá - ¿Tú y Granger?
- ¡Cállate! – Se pone de pie – Es una estupidez, pero es que… ¡Agh!
- De todas las tonterías que te he oído, esta es posiblemente la mayor de todas.
- Gracias – sisea dejándose caer en el sofá – Tengo que hacer algo, no puedo sacármela de la cabeza¡dios! Es como si la hubieran grabado a fuego en mi cerebro.
- Pues vete olvidándote de ella. Granger es una mujer casada, y sí ya se que para ti eso no es un impedimento, pero creo que para ella lo es, además, te has pasado la mitad de tu vida insultándola, vejándola¿crees que ahora va a correr a tus brazos?
Las palabras de Theo le duelen y tranquilizan por partes iguales. Duelen porque está acostumbrado a conseguir lo que desea, y saber que no podrá conseguirla lo desquicia, pero le tranquilizan también porque gracias a ese odio que Granger siente por él, jamás acabaran juntos, jamás tendrá que someterse a sus bajos instintos y correr tras esa asquerosa sangre sucia.
Quizás si no la hubiera visto en aquel café con la mirada perdida, y la taza entre las manos, hubiera podido hacer caso a las palabras de su amigo, pero se encuentra con ella. Y la observa como un autentico idiota, bajo la lluvia zarandeado por quienes intentan circular con normalidad en la calle. Está preocupada, lo nota y le gustaría saber porque. Sacude la cabeza ante esos pensamientos y las gotas de lluvia resbalan por su cara.
Calado hasta los huesos escondido en un portal la ve salir a toda prisa con el portafolio sobre la cabeza, y se fija en sus piernas largas, en esos zapatos que cubren sus diminutos pies, y el deseo le ciega por completo.
La desea tanto que está asustado.
Su mente es perversamente simple.
Siempre, ha tenido lo que desea. Incluso después de la guerra. Ha urdido planes tan retorcidos para conseguir lo que se le antoja, que quienes son merecedores de su confianza para ser cómplices de dichos planes, se han asustado, por eso ya que no puede hacer nada contra ese deseo que le nace desde dentro, va a obtener lo que quiere.
Maquina absurdos planes de conquista y seducción, pero enseguida cae en la cuenta que para su desgracia Granger es demasiado inteligente y terminaría por pillarle y seguramente por mandarle al carajo, y un Draco frustrado no es algo que nadie quiere ver.
Por eso opta por lo más simple y directo. Una cita. De trabajo, sí, pero una cita. Y si todo sale como tiene planeado, esa misma noche conseguirá sacarse a Granger de la cabeza.
Ella desea lo que él teme.
Mira su reloj insistentemente, mientras tamborilea los dedos sobre la mesa, sabe que lo que está contándole es importante para el caso pero no puede mirarle porque probablemente si lo hace no tendrá valor para salir de allí.
Es relativamente simple – explica – puedes ganar el caso si los llevas a tu terreno, si haces ver al juez la ineptitud de quienes realizaron los contratos – se pasa la mano por la nuca, está nervioso y no sabe porque, tal vez tiene que ver con la impaciencia que ella demuestra claramente. Quiere irse y él no puede permitirlo.
- Ya… - susurra – Creo que… - carraspea ligeramente – tengo que irme, he de ir a casa para…
- Estamos tratando el caso que pondrá a los senadores a tus pies, y tú ¿quieres irte?
- Yo… - no levanta la vista, no puede. ¡Mierda! Lo hace y se fija en los ojos grises, y recuerda la primera vez que los vio de cerca, en el ascensor. Como el firmamento.
- Estupendo –sonríe aliviado, por nada del mundo va a permitir que ella se vaya, no hasta que la haya hecho suya. Después, después puede desaparecer de la faz de la tierra.
No sabe beber y él se ha dado cuenta.
Rellena su copa por tercera vez, y ella la mira horrorizada, nunca bebe demasiado porque enseguida se nota achispada, se siente más volátil y frágil y es una sensación que no le gusta nada. Por eso se debate entre coger o no coger la copa, pero cuando él acaricia su mano en un descuido para que mire unos datos en el pergamino, tiene que hacer algo, y lo único que se le ocurre es llevarse la copa a los labios.
Se fija en sus ojos, ahora que están frente a frente observa que no se de una única tonalidad de marrón sino que hay varias, más oscuro en torno al iris y clara en el exterior, además hay pequeños destellos verdes rodeando todo su contorno. Y esa noche parecen que brillan más que nunca. Cuando la ve llevarse la copa a la boca, se da cuenta que es el alcohol quien le da ese brillo característico a sus ojos, y siente que aquello es una baza a su favor.
Pero enseguida su estomago patea molesto, porque no quiere las cosas fáciles, no quiere que el alcohol haga el trabajo sucio, él quiere que ella se rinda a sus encantos, que arda en deseos de la misma forma que lo está haciendo en ese momentos, cuando sus labios están más sonrosados por el color del vino sobre ellos.
¡Merlín se apiade de él! Porque está a punto de perder al cabeza.
Lo que una aparición conjunta ha unido que no lo separe el mago.
El aire frío golpea sus mejillas, respira aliviada porque ha conseguido resistir el embiste de Malfoy y está a punto de regresar a casa, con su marido y sus hijos, al calor del hogar, donde se olvidará de toda esa estúpida conversación con Nicole.
- ¿Estás bien? – su aliento me mezcla con el viento, y golpean su oreja.
- Sí.
- ¿Seguro? – pregunta poniéndose frente a él – Creo que estás un poco… ¿borracha?
- ¡No! – chilla – estoy bien - Mete las manos en los bolsillos – Gracias por la información y el caso, me pondré con él mañana mismo.
- Estupendo – va a irse, y él va a perder la oportunidad de sacársela de la cabeza, y no podrá resistir otra noche más con el deseo carcomiéndole las entrañas - ¿Seguro que puedes aparecerte en tu casa?
- Claro… - él la mira escépticamente.
- Realmente no es que me preocupe tu salud. Pero sí la mía, si la comadreja se entera de que te he dejado que te escindas me cortara las pelotas - ¡Sí! grita para sí mismo, el color en sus mejillas le indica que probablemente ese pobretón no tiene ni idea de donde está su mujer y eso es un punto a su favor – Vamos – la agarra por la cintura.
- ¿Qué… qué haces? – intenta separarse de él, forcejando unos segundos antes que su aroma le embriague por completo y se sienta una muñeca de trapo en sus brazos.
- Me apareceré contigo para que puedas usar la red flu – agacha la cabeza y sus miradas conectan por primera vez en todo ese tiempo, el corazón le late tan aprisa que podría ganar al sprint cualquier maratón, y el estomago se le retuerce.
Pero sabe que su corazón no es el único que late de ese modo. Siente como ella se aferra a él como si le fuera la vida en ello. Y sobre todo ve en sus ojos todo lo que necesita.
Cuando se aparecen en mitad de una habitación de hotel, ella tiene los ojos cerrados y la frente apoyada contra su pecho. Está seguro que sabe que no es una terminal flu lo que les rodea, también siente que está aterrorizada. Y él, él está eufórico porque va a conseguir lo que lleva tanto tiempo deseando.
Razones para cometer una infidelidad.
Los brazos que siguen entorno a su cintura y la aprietan contra su pecho. El aroma que la embriaga y marea. La mano que se asciende hasta enredarse en sus cabellos. Los ojos que la miran como nunca nadie lo ha hecho, como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra.
Los labios que se pasean sobre los suyos, en apenas un roce. El aliento sobre ellos, y esa ligera presión. La cordura que se va al traste cuando jadea inconscientemente y permite que su lengua se cuele dentro de su boca.
Las manos que cogen su rostro como si se tratará del más valioso de los tesoros. Los besos que casi la asfixian, porque no solo le roban el aliento sino el alma.
El calor que su cuerpo emite, y que se funde con el suyo. Las caricias que recibe encima de la ropa, que empieza a ser molesta e incomoda.
La rapidez con la que sus prendas vuelan por la habitación. La suavidad de su piel cuando introduce sus pequeñas manos bajo su camisa, y que le roban un gemido.
Los pasos a trompicones hacia la cama. La suavidad con la que la deposita sobre la cama. La lentitud con la que recorre su cuerpo, primero con las manos y después con besos.
La ansiedad por sentirlo dentro de ella, el calor que siente en sus entrañas con cada caricia y cada beso. Los gemidos que le arranca cuando acaricia su sexo por encima de la ropa interior.
La forma en que lame sus pechos, la parsimonia que tiene para dedicarse a adorar de una manera que nadie ha hecho. La desesperación por recorrer cada uno de los rincones de su cuerpo.
La sensación de perder el control y no darle importancia. La tranquilidad de dejarle hacer, y recibir esa satisfacción por hacerlo.
El instante en que sus cuerpos desnudos, por fin, entran en contacto. El aura que les rodea, el calor que la abrasa. La imperante necesidad de sentirle dentro.
La mirada velada que pide permiso para continuar. El ronco jadeo que emite cuando se introduce dentro de ella.
El segundo en el que se miran, sin hacer nada más que eso observarse el uno en los ojos del otro.
Los movimientos lentos. El vaivén de sus caderas. El calor esparciéndose por todo su cuerpo. Los besos que roban sus gemidos, tragándoselos.
Los besos que devoran su cuello y sus hombros. Sus uñas clavadas en la espalda. El orgasmo que la marea. El calor de su semilla en su interior.
El beso más dulce y tierno que nadie, absolutamente nadie le ha dado.
Obtener lo que se desea no siempre acaba bien.
La nube de deseo se disipa y la realidad golpea contra su pecho. Cuando abre los ojos se da cuenta de todo lo que ha sucedido, de que Malfoy sigue sobre ella. Ha engañado a su marido, probablemente con la persona que más detesta sobre la faz de la tierra. Se siente ruin y despreciable.
Las primeras lagrimas se arremolinan en sus ojos cuando Draco está apunto de besarla otra vez, pero se queda a mitad de camino porque aquello es algo que no cuenta. Siempre ha podido lidiar con multitud de situaciones, pero hay una con la que no puede.
El llanto.
Cuando Scorpius empieza a berrear pierde los nervios y es incapaz de hacer nada para controlarlo y cesar su llanto. Cuando la madre de Theo muere se queda sin palabras al ver a uno de sus mejores amigos derrumbarse, apenas puede darle un tímido abrazo. La noche de la batalla final cuando sus padres aparecen en el gran comedor y su madre corre a estrecharlo en sus brazos, sus lágrimas le llegan muy a dentro pero no dice una sola palabra para consolarla.
La observa en silencio, aprieta los labios para contener un sollozo, y cierra los ojos con fuerza porque no quiere dejar escapar las lágrimas. Y hay dentro de él se remueve, y le hace sentir inquieto, y tiene que hacer algo, algo porque está empezando a sentir cosas que nunca antes ha sentido.
Y se bebe sus lagrimas, besa sus ojos, y sus mejillas, pasea su nariz olisqueando su rostro, y desliza su lengua bajo sus ojos que saben salados, recorre el camino hasta su boca y se traga sus sollozos.
Tiembla entre unos brazos que la aprietan con fuerza, unas manos que se afianzan una tras su nuca y la otra en su cadera, mientras beso tras beso consigue hacerla olvidar todo, como si la realidad fuera la que comparten en esa cama, y el mal sueño es lo que le espera fuera. Y se aferra a él con tanta desesperación, que es Draco el que se siente abrumado.
Mientras se viste no puede mirarlo, no se atreve porque no sabe que decir. Porque las palabras que se arremolinan en su garganta no quieren salir y no las culpa pues están asustadas, tanto o más que ella. Se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos, siente como se acerca a ella y se tensa.
- No, por favor – pide – no digas nada.
Termina de vestirse y desaparece de la habitación.
Draco, completamente desnudo, tendido sobre la cama piensa que lo ha conseguido que ha ganado esa batalla de piel contra piel que es el deseo, y que por fin todo va a terminar.
Pero la almohada guarda su aroma mezclado con sus lágrimas, y se da cuenta de que pese haber obtenido lo que desea, se siente vacío e incompleto.
Tiene una ligera sospecha de que es lo que le hace falta para sentirse completo.
Mea Culpa.
El silencio invade la casa y la culpa su cuerpo.
Está a punto de derrumbarse en medio de las escaleras pero consigue llegar a la puerta del cuarto de Rose, la luz está encendida como siempre, y su hija descansa ajena a la tormenta que se desata en la cabeza de su madre. Hugo protesta cuando ella le arropa pataleando las mantas, pero con un beso en su mejilla parece calmarse.
Abrir la puerta de su dormitorio le cuesta mucho más, pasa más de diez minutos frente a ella, pero tiene que ser valiente y afrontar la realidad. Ron descansa en la cama, boca abajo con un brazo colgando y las mantas pateadas al fondo de la cama. Recoge algo de ropa tirada por el suelo antes de darse una ducha, que no purifica ni su cuerpo ni su alma.
Entrar en la cama es lo más duro de todo. Con más miedo que nunca retira las mantas y se acuesta boca arriba mirando al techo con los ojos abierto durante toda la noche. Siente la respiración de Ron a su lado, y es capaz de controlar sus lágrimas y sollozos.
¿Qué ha hecho? Se pregunta una y otra vez, y cada vez que lo hace siente un escalofrío recorrer su cuerpo, porque las imágenes son nitidas en su mente, y casi puede sentir sus besos y sus caricias, y ¡maldita sea! Porque se estremece al recordarlas. Y porque pese a que se ha frotado enérgicamente bajo el chorro de la ducha, aún sigue oliendo a é, sigue impregnada en ese aroma que lo ha envuelto todo.
Y la culpa la embarga. Pero no puede evitar el deseo de volver a sentir entre sus brazos.
Muchas gracias por los comentarios de,
beautifly92, Anne Rose Malfoy, karyta34, Sra.Danvers, katty watson, AnyT Grandchester, SBM-AnGIE
-YrE- : Bueno espero que este capítulo también te enganche aunque como habrás comprobado es algo más corto, pero tengo mis motivos para que sea así. Besis y muchas gracias.
