26/08/2015

Nota de la autora: Me sorprendió la respuesta de la gente, pensé que no les gustaría la idea, así que millones de gracias por los comentarios.

Y sí, sé que Harry debería ser caníbal, pero decidí que simplemente fuera asesino… uno muy perturbado, pero no se come a sus víctimas, por lo menos. Sin más, ¡ojalá les guste!

Resumen: La agente especial Hermione Granger es enviada a obtener información de un caso del sociópata Harry Potter.

Disclaimer: No me pertenece ni Harry Potter ni El silencio de los inocentes.

Capítulo 2: Doctor Harry Potter.

Toda la noche revisó el expediente del psicópata. No sabía por qué, quizá pensó que así tendría alguna ventaja sobre él, pero lo cierto fue que no le ayudó en lo absoluto, en todo caso, la puso más ansiosa de lo que ya estaba. Estaba al tanto de que era un asesino, pero 21 homicidios era algo más allá de lo que imaginó.

Y lo preocupante era a la edad que los hizo. De hecho, era jodidamente joven en sí.

¿Qué clase de genio podía cometer asesinatos tan perfectos a tan temprana edad sin ser descubierto?

No, la palabra no era genio, era maniaco. Y la respuesta era uno peligroso. Muy peligroso.

—Señorita Granger, la estábamos esperando —la saludó un hombre cuando entró a la oficina.

Era anciano, tenía anteojos de media luna y plateado cabello. Su barba también era larga, llegándole a la cintura.

—Soy Albus Dumbledore, director de la institución —se presentó y estrechó su mano con rapidez—. Tengo entendido que viene por…

—Harry. Harry Potter, sí —dijo sin tapujos. Quería salir de ahí lo más rápido posible.

—Bien, lo encontrará en la sección de Gryffindor. Minerva la guiará desde ahí. Llámeme si necesita algo.

Hermione ya había investigado todo eso con anterioridad, sabía dónde estaba el lugar al que debía ir, por lo que se dio media vuelta y desapareció después de cortas despedidas. Dumbledore se veía amable, pero sin lugar a dudas escondía miles de secretos, estaba grabado en sus ojos. No le agradaba.

El sistema de ahí era extraño. El psiquiátrico Hogwarts parecía un castillo medieval e incluso tenían su propio modo de clasificar a sus pacientes. Pero ella no preguntó nada antes de toparse con la que debía ser Minerva, la psiquiatra encargada de Gryffindor. Era vieja, con arrugas surcándole su rostro y también usaba anteojos, la mirada severa que le echó la hizo sentir como una chiquilla siendo regañada.

—Hermione Granger —la llamó, todavía seria y pareció dudar antes de continuar—. Pareces muy joven para estar aquí.

Cuando iba a responder se comenzaron a escuchar gritos de una puerta a su costado, obligándola a preguntar mientras rogaba que la respuesta fuera negativa:

— ¿Él está por ahí?

—No, esa es la sección de Slytherin. Potter está por aquí.

Comenzó a caminar y Hermione la siguió en silencio.

Hogwarts se dividía en cuatro secciones. Hufflepuff, los pacientes de baja seguridad; Ravenclaw, media seguridad; Slytherin, máxima seguridad que habían perdido la razón y Gryffindor, los de máxima seguridad que les quedaba algo de cordura. Harry estaba en Gryffindor, y no sabía si debía preocuparse o aliviarse.

Atravesaron una serie de puertas antes de descender, como si fuera un sótano. McGonagall ingresó una compleja contraseña en el panel junto a la puerta, la cual hizo un clic que dejaba saber que estaba abierta.

—He colocado una silla frente a su celda —le dijo McGonagall—. Hay un gabinete que comunicara su celda contigo, no le pases ningún tipo de arma y bajo ningún motivo te acerques al vidrio.

Hermione ni siquiera pudo abrir la boca antes de que desapareciera. Se metió por la puerta sin más, adentrándose en una especie de recibidor. Desde ahí podía ver una serie de celdas detrás de una reja que los dividía… la del final tenía una silla enfrente.

—Hola —había un chico en el pequeño escritorio, observándola con timidez—. Soy Neville. Neville Longbottom, enfermero. Tú debes de ser Hermione.

—Así es, mucho gusto.

Parecía amable, de hecho era la primera persona en todo el día que le sonreía. Era algo regordete y de complexión tosca.

—Perdona a mi jefa, no le gusta mucho que venga la policía —explicó y ella asintió sin saber qué responder—. Supongo que ya te han dicho lo que debes de saber.

— ¿Que es peligroso y no me le acerque? Sí, lo tengo bien grabado —ironizó y Neville rio entre dientes antes de agachar la mirada.

— ¿Sabes? Una vez fingió tener un ataque de asma y cuando entró el doctor lo ha matado —Hermione abrió los ojos como platos. Eso no estaba en el expediente—. Había tres guardias, pero Harry, literalmente, sólo le rompió el cuello —Neville soltó un suspiro—. No es peligroso, es lo que le sigue y es muy impredecible. No dejes que se meta a tu cabeza, porque si lo hace no podrás sacártelo.

— ¿Tú cómo has sobrevivido?—preguntó por mera curiosidad.

Pareció que esa pregunta lo tomó desprevenido. Se quedó pensando unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Sólo le agrado, supongo. Si no, quizá ya me hubiera matado también.

Oh, vaya consuelo. Agradarle o morir.

Neville apretó un botón y la reja comenzó a abrirse. Hermione soltó un suspiro antes de caminar por el pasillo, pegada a la pared derecha para alejarse lo más posible de las celdas.

Si esos eran los cuerdos no quería ni imaginar cómo estaría Slytherin. La mayoría eran hombres psicóticos que gritaban obscenidades, sin embargo había una mujer justo antes de la celda que tenía la silla delante. Tenía el cabello rubio y los ojos abiertos de par en par, dándole pinta de desquiciada.

—Tienes torposolos en toda tu cabeza —le dijo y ella pasó de largo.

Cuando llegó finalmente no pudo evitar ver el interior. Era la única celda que tenía un cristal de vidrio, como si no quisieran siquiera que sacara sus manos por las rejillas. Era simple su interior, un baño; un librero pegado a una de las paredes y una cama. Había un muro tapizado de dibujos de paisajes.

Hubo un libro extraño en el librero, como fuera de lugar, que notó al instante.

Sin embargo su atención fue rápidamente dirigida a su ocupante.

Harry Potter estaba de pie a la mitad de su celda con las manos en sus bolsillos, como si hubiera estado esperándola. Sus facciones estaban endurecidas, sin deje de rasgos infantiles; su cabello negro le tapaba las orejas y su frente, revuelto. Pero fueron sus ojos la que la atraparon. Eran verdes, un verde jade que la miraba con profundidad, como si intentara descifrar todos sus secretos. Y juraría haberlos visto antes.

Parpadeó varias veces, saliendo de su estupor para también notar que tenía unas ojeras de considerable tamaño e iba descalzo.

Sabía que era joven, de hecho era un año menor que ella, pero, madre santa, nadie le había dicho que era tan apuesto.

—Hola, agente especial.

Su voz era amable, pero a Hermione le pareció que había algo de burla. Harry sonrió. Era una sonrisa pícara que casi la hace estremecer.

—Doctor Potter —respondió y asintió en su dirección—. ¿Sabe por qué estoy aquí?

—Para entrevistarme sobre el caso de los aurores —respondió de forma rápida y monocorde, como si no le importara—. Disculpe, no escuché bien su nombre.

Ella se tensó. Harry la miraba directamente a los ojos, como presionándola en silencio.

—Eso es porque no lo dije, doctor —respondió con calma. Lo pensó unos segundos pero finalmente dijo—: Hermione Granger, agente especial.

La sonrisa de Harry se ensanchó, poniéndola nerviosa. No le gustaba. No le gustaba en lo absoluto.

— ¿Puedo ver su credencial, por favor?

Si Harry estaba jugando algún juego, definitivamente iba ganando. Ella era una agente reconocida, la mejor de su campo, pero en esos momentos estaba nerviosa, aunque nunca lo admitiría. No sabía por qué, quizá era todo el hombre en sí quien la alteraba, pero dudó unos segundos antes de sacar la placa de su bolsa.

Se puso de pie y estiró su mano en su dirección. Él se acercó más al vidrio.

—Más cerca, por favor.

La sonrisa de Harry se había tornado malvada, no sabía cómo explicarlo, como si estuviera pensando en millones de atrocidades mientras la veía. No le agradaba en lo absoluto. De igual forma, avanzó unos pasos más hacia él.

—Más cerca.

Hermione cumplió, sólo para no demostrarle debilidad, y tenía la placa prácticamente pegada contra el cristal. Harry también se aproximó aún más y estuvieron cara a cara, separados únicamente por el cristal. Y no fue hasta entonces, al estar a escasos centímetros de distancia, que entendió que Harry no estaba viendo su identificación.

Harry la estaba mirando a ella.

Se vieron unos cuantos segundos, ferviente verde contra marrón, antes de que él rompiera el contacto visual.

—Póngase cómoda, agente —pidió como si nada hubiera sucedido y señaló la silla.

De un momento a otro, toda aquella aura maligna que lo rodeaba desapareció. Se sentó sobre el borde de su cama mientras esperaba a que lo imitara, como si se trataran de viejos amigos.

Llegar hasta ahí era más de lo que los demás habían logrado. Según tenía entendido, el psicópata comenzaba a jugar con sus mentes hasta el punto de hacer llorar a cualquiera que osara visitarlo con fines policiacos. No tenían ni tiempo de sentarse antes de rozar la locura, por lo que Hermione aceptó la oportunidad y tomó asiento.

—Una policía de la Unidad de Análisis de Conducta, ¿eh? Interesante —dijo Harry.

Ella frunció el entrecejo. Nunca había mencionado a qué se dedicaba, y su identificación tampoco lo especificaba.

—Está grabado en ti —explicó él antes de que preguntara—. Incluso tu olor.

— ¿Mi olor?

Harry se puso de pie de imprevisto y ella a duras penas contuvo el impulso de alejarse.

—No eres un policía común. Ellos siempre huelen a un deje de sulfuro debido a las armas —arrugó la nariz con desagrado—. Me resultan nauseabundos.

Se acercó a uno de los cinco agujeros que había en el vidrio y tomó grandes bocanadas de aire. Una sonrisa peligrosa se formó en sus labios y la miró con mórbida diversión.

—Pero usted huele diferente. Tiene ese pequeño rastro de ungüento de mentol y eucalipto disfrazado tras su perfume y la piel bajo su nariz está algo irritada; no tiene ningún tipo de barniz en tus uñas porque afectaría el proceso, lo que significa que pasa mucho tiempo en la morgue.

Hermione arqueó una ceja, impresionada. Era verdad todo lo que decía. Tenía un olfato y vista sobrehumana. De igual manera, si dejaba de observarla como si estuviera a punto de atacarla ayudaría mucho a sus nervios.

—Creí que sólo eras de la Unidad de Análisis de Conducta, pero no —afirmó lleno de seguridad—. Cuando llegaste no me viste antes que a lo demás, ni siquiera la pared de dibujos. Tu mirada estuvo en el tercer compartimiento de mi librero.

Hermione se congeló. Lo hizo tan rápido y estuvo tan segura que su expresión no cambió en lo absoluto que nunca imaginó que él lo notaría.

Harry inclinó su cabeza hacia un lado en gesto de curiosidad y su maniaca sonrisa se ensanchó.

—He recibido centenares de policías en mi estadía aquí, y usted es la única que ha notado que tengo una biblia —dijo casi con diversión—. Ha sido entrenada para fijarse en los detalles más mínimos y…

Repentinamente Harry golpeó con sus manos el cristal mientras hacia un sonido amenazador, como si fuera a atacarla. Hermione, quien ya se lo veía venir por sus gestos, ni siquiera se movió y se limitó a entrecerrar la mirada.

—Leer los movimientos —completó con felicidad—. Oh, no, tú no sólo eres una agente. Tú eres una psiquiatra con años de experiencia que ha ayudado en infinidad de casos.

Hermione no dijo nada. Por lo que había leído, Harry nunca tuvo estudio alguno en psicología o algo parecido, por lo que debía ser jodidamente perceptivo para notar todas esas cosas.

Él no era lo que Hermione pensó. Lo imaginaba dentro de su celda, gritando o murmurando cosas sin sentido, en lugar de ese joven atento y completamente cuerdo, dentro de lo que cabe para un psicópata, sonriéndole seductoramente que tenía enfrente.

—Sabes que no soy como tus demás casos —aseguró y recargó su frente contra el cristal, mirándola altivamente—. Y yo he estado esperando mucho tiempo por ti, así que espero que comprendas que no puedo dejarte ir tan fácilmente.

Un estremecimiento la recorrió. No sabía a qué se refería, no entendía en absoluto lo que quiso decir, pero fue su voz, aparentemente tranquila pero con aquel deje de amenaza aun latente, la que le dejó en claro que en verdad no planeaba dejarla ir… fuera lo que fuera que eso significara.