¡Hola!

Gracias por los tres reviews y... FELIZ AÑO NUEVO :D espero que este sea mejor que el anterior. Y como regalito, aquí os dejo otro cap, espero que os guste :D

2. Estupefacción

La cena transcurría de forma lenta, o al menos así lo sentía Ron. Su pierna se movía con nerviosismo y cada vez que su mirada se desviaba al gran reloj del comedor, apenas si habían pasado dos minutos desde la vez anterior.

Jane y Arthur hacían preguntas a los chicos tratando de romper el hielo y aquella visible tensión. Ambos sabían que los dos iban juntos a clase, y si esperaban que su relación fuera muy íntima, desde luego no tenían ni idea. Ginny les observaba a ambos con evidente curiosidad. No era necesario ser un genio para ver que no soportaban la presencia del otro.

Ron evitaba levantar la mirada de su plato. ¿Cómo no se había enterado antes de que la hija de la novia de su padre era Hermione Granger? Supuso que su madre usaba su apellido de soltera y no el de su exmarido.

Cuando Viviane trajo el pastel de queso, ambos adultos carraspearon sonoramente para llamar su atención.

—Bueno –empezó Arthur— hemos decidido reuniros hoy no sólo para que nos conociéramos todos, sino también para daros una noticia importante que creo que os afecta a vosotros más que a nadie.

Los tres chicos miraron a la pareja, expectantes. Ambos se levantaron y Arthur cogió de la cintura a Jane, y al unísono dijeron, visiblemente emocionados:

—¡Hemos decidido casarnos! –Jane alzó la mano para enseñar su dedo, en el cual lucía un enorme diamante.

Ginny, que en ese momento bebía un trago de agua, se atragantó y empezó a toser. A Ron se le cayó la cuchara y Hermione hizo unos ojos como platos. Tras unos minutos de silencio eternos para todos los presentes, el futuro matrimonio puso unas caras tan desconcertantes que los tres jóvenes supieron qué debían hacer en ese momento:

—Es… genial, me alegro por vosotros –dijo Ron.

—Sí, es una gran noticia… —seguía Ginny.

—Espero que seáis muy felices –concluyó Hermione.

Pero por sus rostros y el tono de sus voces, Arthur y Jane no terminaron de creerse aquellas felicitaciones obligadas.

—Bueno… —empezó a decir Jane, soltándose del agarro de su pareja para dejar descansar sus brazos a la altura de su cintura—. Hemos acordado que la boda será en junio, cuando hayáis terminado el curso. Todavía no hemos elegido el lugar ni el día, pero ambos creemos que es mejor que nos acostumbremos a la vida como una familia antes de ese momento. Así que… —miró a su prometido para que terminara lo que iba a decir.

—Jane y Hermione se mudarán con nosotros este fin de semana –completó Arthur.

Aquello ya fue la gota que colmó el vaso. Jane y Arthur no esperaban saltos de alegría, pero tampoco aquellas reacciones tan estupefactas y poco ilusionadas. Ambos se encogieron de hombros y volvieron a sentarse en sus respectivas sillas para concluir la cena en un silencio solo roto por el sonido de las cucharas chocar con el plato.

—Tienes unos hijos encantadores, Arthur –dijo Jane con sinceridad, en el portal de la mansión de los Weasley. Todos habían evitado el momento del té, porque era evidente que todo el mundo quería que aquella cena terminara.

Hermione se encontraba dentro del coche de la familia, esperando a que su madre se despidiera de su futuro marido.

—Pues espera a conocer a los otros cinco… —asintió con la cabeza, con una media sonrisa en el rostro—. Tu hija sí que es encantadora, y muy guapa. Siento que la cena no haya ido como esperábamos, pero dejémosles tiempo, seguro que en cuanto os mudéis todo cambiará para mejor. Son buenos chicos…

Tras unas breves palabras de despedida, Arthur Weasley observó cómo aquella mujer que le había robado el corazón abandonaba su porche y volvía con su hija. Fue en ese momento en el que suspiró y volvió a entrar en la casa, cerrando la puerta a su paso. ¡

—En fin… no ha ido como esperábamos, desde luego, pero gracias por estar aquí esta noche –dijo Arthur, visiblemente decepcionado por la actitud de sus dos hijos más jóvenes, en cuanto volvió a reunirse con ellos en el recibidor. Ron tan sólo frunció el ceño y abandonó el aula para dirigirse a su cuarto, sabiendo que, si abría la boca, se arrepentiría de las estupideces que saldrían por allí. Entendía a su padre: le había costado rehacer su vida y que ahora una mujer fantástica como podía ser Jane apareciera en ella era bueno para él. Pero Ron no podía evitar pensar que iba demasiado rápido; según sabía, apenas estaban juntos desde hacía tres meses, y desde luego apenas si les había dado tiempo a Ginny y a él el digerir que dos desconocidas convivirían con ellos a partir de esa misma semana.

Desde su habitación podía oír las voces de su padre y su hermana pequeña. No se preocupaba, sabía que la pelirroja era lo suficientemente madura y capacitada para tranquilizarle y hablar por los dos.

Al día siguiente, cuando Ron y Ginny bajaron a desayunar, su padre ya se había ido. Ambos se miraron, pero no dijeron nada, y en el trayecto a Hogwarts tampoco iniciaron conversación alguna.

—Hola Ron. Por la cara que tienes, debo intuir que la cena no fue muy bien, ¿verdad? –dijo Harry al percatarse de la mueca en el rostro del pelirrojo, a medida que se acercaba a él.

—Si yo te contara… No te lo creerías….

—Venga, cuéntamelo –le animó su amigo— tampoco puede ser tan malo… ¿No te cae bien tu nueva madrastra?

—No, no –se apresuró a decir el pelirrojo—. Jane parece una buena mujer. El problema es su hija.

—¿Su hija? –Harry rió— ¿Es que es un ogro o algo así?

—Peor.

—¿Qué puede ser peor? –preguntó Harry, a punto de perder los nervios. La curiosidad le mataba.

—¡TU! –aquel grito interrumpió la respuesta de Ron, pero aun así, Harry obtendría su respuesta—. Así que ahora mi suegra se ha enamorado de pelirrojo padre, ¿no?

El rostro de Draco Malfoy, normalmente blanco como la nieve, estaba más rojo que un volcán en erupción. Fuera de sí, el rubio se puso a dos centímetros del pelirrojo y le agarró bruscamente de la camisa del uniforme.

—Malfoy, ¿te has vuelto loco? –dijo Harry, tratando de zafar a su mejor amigo del agarre de este.

—¡Draco! ¡No hagas tonterías! –chilló Hermione mientras se acercaba corriendo. El chico se calmó cuando su novia le agarró de la cintura y por fin soltó a Ron tan bruscamente como le había agarrado.

—Espero por tu bien y el de tu familia, que no se te ocurra acercarte a mi chica y que la trates como lo que, para bien o para mal será, tu hermanastra — poniendo énfasis en las dos últimas palabras, era evidente que aquello era una amenaza.

—Draco por… —empezó la castaña, pero sus palabras fueron interrumpidas por una carcajada de Ron, dejando atónito a todos los presentes.

—Malfoy, tu novia me repugna tanto o más que tú. Será un placer por primera vez hacer algo que te va a gustar y no dirigirle la palabra… jamás –escupió Ron, mirando primero al chico y después a la chica. A Hermione le impactaron esas palabras, pero Draco pareció satisfecho con ellas y cogió de la mano a su novia para luego hacer ademán de irse.

Hermione siguió los pasos de su novio, no sin antes lanzar una mirada cargada de odio a Ron.

—Oye, creo que te has pasado un poco con la chica. Ella ha conseguido que Malfoy te soltara. Además, es… o será… tu hermanastra –fueron las palabras de Harry, quien, después de lo ocurrido, estaba estupefacto.

—Será mi hermanastra, pero sigo pensando lo que he dicho, y más –dijo Ron, sonando convincente por fuera, aunque no mucho por dentro.

La campana sonó anunciando el final de las clases. Además, era viernes, lo que significaba que la jornada de clases había terminado por esa semana. Era un hecho que alegraba a todos los estudiantes, a todos excepto a Ron, a quien se le venía encima un largo fin de semana.

—Te llamaré si puedo salir, aunque dudo que vaya con vosotros al cine –le dijo a Harry— mañana vienen Hermione y su madre a vivir con nosotros y seguramente estaremos desempaquetando todo el fin de semana, ya sabes.

—Vale, no pasa nada. De todas formas tenía pensado llevar a Pansy a cenar, así que yo tampoco iba a ir… —dijo Harry como si nada pero evitando mirar a su amigo. Sabía, ya que no lo ocultaba, que su novia no era de su devoción, y no lograba comprender por qué, pero tampoco tenía intención de cortar con ella o empezar una discusión con su mejor amigo. Ron le miró con el ceño fruncido, pero no tuvo tiempo de contestar porque Ginny se acercaba a él corriendo.

—Ron, me voy a casa de Demelza Robins. Dile a papá que llegaré a las ocho, ¿vale? –dijo sonriendo. Luego se volvió a ir antes de que su hermano pudiera decir nada al respecto.

Tras despedirse de sus amigos, se fue delante del colegio para esperar a Hagrid. Le sorprendió que no estuviera allí todavía; siempre llegaba media hora antes de lo habitual.

En otro lado del colegio, Hermione salía de la biblioteca. Madame Pince se había mostrado algo más hostil con ella, pero eso seguramente se debía a lo que había ocurrido días antes con Ron Weasley. Bufó. Esa mujer era una rencorosa. Y ese chico era… sencillamente indescriptible. Y le tocaría, no sólo vivir con él, sino también estar junto a él durante dos semanas seguidas castigados por su mala conducta. Hizo una llamada para asegurarse de que su chófer Dingle viniera a buscarla y se dispuso a esperar delante del colegio. Cuando llegó, se dio cuenta de que no era la única que esperaba a alguien.

El sonido de unos tacones hizo que Ron se girara. Vio a Hermione, que le observaba con sus inquisidores ojos miel, y el chico no pudo evitar perderse en ellos, intentando descifrar qué le querían decir. Supo entonces que la chica seguía dolida por las palabras de antes. "Malfoy, tu novia me repugna tanto o más que tú". Realmente tenía que controlar sus ataques de ira.

Abrió la boca con un único objetivo: tragarse su orgullo y disculparse con la chica por su conducta chapucera. Temía que su padre se enterara de ello y le castigara, y no quería decepcionarle ahora que parecía feliz. Pero entonces oyó un claxon. Un coche se había parado delante de él, pero no era Hagrid.

Hermione sonrió y pasó por delante de Ron sin dirigirle la palabra. El chico pudo notar sobre él los cabellos castaños de ella que, empujados por el viento, rozaban su pecosa cara. Un hombre salió del coche y se apresuró a abrirle la puerta trasera a la castaña, quien, antes de subirse, se giró al pelirrojo y le dijo:

—No te olvides que la semana que viene estamos castigados, Weaseley –su tono era frío como el cristal. Los ojos de Ron empequeñecieron y las ganas de disculparse le desaparecieron de golpe. ¡Encima había pronunciado mal su apellido! La chica se subió al coche sin mirar más al pelirrojo. El hombre le cerró la puerta, subió al asiento piloto, y se marchó.

Ron observó cómo el coche se alejaba con desprecio. Lo tenía claro: le haría la vida imposible a esa castaña rancia, al menos mientras tuviera que coincidir con ella. Un largo curso acababa de empezar, pero podía consolarse sabiendo que el año siguiente podría ingresar en la universidad más lejana del país.

Poco sabía aquél impulsivo pelirrojo lo que le deparaban las próximas semanas.