Lamento la tardanza. Capítulo largo para compensar.

Resident evil no me pertenece.

La mañana siguiente fue vergonzosa. Jake continuaba a su lado cuando Sherry abrió los ojos y ella, ante este hecho, no pudo evitar ruborizarse apenada. Lo único que le apaciguaba era saber que continuaba vestida.

Se apartó silenciosamente de entre sus brazos (pues él aún permanecía dormido), y se dedicó a contemplarlo.

En los dos años que no lo había visto no había cambiado ni un poco. Seguía con el mismo corte de pelo, tenía su misma autoconfianza de siempre, inclusive cuando despierto, solía esbozar la misma sonrisa fanfarrona que ella tan bien conocía.

Al contrario de ella, la ropa de él no había sobrevivido la noche anterior. Al menos no su camisa, que yacía tirada sobre el suelo. Desde donde estaba, podía observar, a la perfección, el esplendor de su pecho desnudo. Las líneas duras de su abdomen. Las múltiples marcas de batalla que marcaban la piel bronceada de su torso.

Intentando distraerse, permitió que las puntas de sus dedos vagaran por su atractivo rostro, posándose unos instantes en sus labios, le resultaba increíble lo difícil que era recordar la noche anterior (sólo recordaba aquella cálida boca sobre la suya). Finalmente se sorprendió contemplando la cicatriz que surcaba su mejilla izquierda.

Él tenía muchas marcas como esas, esparcidas por todo su cuerpo. Recuerdos claros de sus antiguos días como mercenario. Sin embargo, no había ninguna cicatriz que le inquietara tanto como esa. Acarició con delicadeza la cicatriz, percibiendo como esa marca estaba ligeramente más fría que el resto de su piel. Resultaba casi siniestra a la vista. Se cuestionó las diversas formas en que pudo habérsela provocado. Una de tantas cosas que desconocía acerca de Jake Muller.

Jake se removió bajo su toque, y su atractivo rostro mostró una mueca de desaprobación, como si le disgustara el contacto de su piel. Después sus ojos se abrieron a la luz matutina y el mohín desaprobatorio se esfumó, remplazándolo por una mirada penetrante, Sherry percibió como sus ojos la contemplaban casi con asombro. Como si no pudiera creer que la tuviera a su lado. Aun cuando fuera algo meramente físico.

Sherry reparó en el hecho de que ella también agradecía su presencia. Más de lo que él, tal vez, pudiese llegar a comprender algún día. Y no era solamente porque al fin después de once años tenía su primera noche sin que la persiguieran sus usuales pesadillas. Disfrutaba francamente de su compañía.

—Gracias—susurró Sherry, casi involuntariamente. Entonces advirtió que su propia mano aún permanecía recorriendo su cicatriz. Esta vez, ya en todos sus sentidos, Jake parecía disfrutar de su toque.

— ¿Por qué me agradeces?

—Por quedarte conmigo—respondió ella en un tono que sugería la obviedad de su respuesta. —Cualquier otro se hubiera largado.

—No podía ser de otra forma. —La sonrisa fanfarrona regresó, curveando las comisuras de sus labios— Tú me lo suplicaste, súperchica. Cualquier otro tampoco se hubiera negado. No con esa expresión en tu rostro… muy tentadora cuando quieres. ¿Es otro de tus poderes?

Jake se rió entonces. El sonido de su carcajada ronca inundó la habitación con calidez.

Las mejillas de Sherry ardieron, y cuando menos se dio cuenta, ya había tomado la almohada en la que su cabeza había reposado unos minutos antes, y comenzó a golpearle débilmente, casi en un ademán juguetón.

—Lo decía enserio, Jake—replicó ella, cuando finalmente sus carcajadas fueron sofocadas, junto con sus golpes. —Es la primera vez, desde el incidente de Raccoon City, que puedo dormir sin pesadillas.

Resultaba tan fácil hablar de todo eso con Jake. Sobre todo cuando él parecía escucharla con suma atención. Y ella sabía que lo hacía con sinceridad, porque de alguna u otra forma, él la comprendía. Él era capaz de entender.

—Siempre es la misma pesadilla—comenzó, su voz lejana, como si se remontara muchos años atrás. —Siempre es mi padre, o al menos lo que quedaba de él en ese monstruo, persiguiéndome. Buscándome para implantarme su virus. Diciendo mi nombre con esa voz que debería ser la de mi padre, pero no. Es diferente. Es malvado. Y siempre, siempre me atrapa.

—Sherry eso debió…

—No te preocupes, no estaba consiente cuando sucedió. Aparte ahora estás aquí, y si eso significa que ya no hay pesadillas, supongo que es algo bueno.

En respuesta, Jake posó sus manos a ambos lados de su rostro y la atrajo hacia él. Su boca encontró los labios de Sherry y le dio un breve beso. Dulce. Casi un simple roce de labios.

—Venga, vamos a desayunar—sugirió él, muy cerca de su boca. —O podríamos quedarnos en la cama otro rato…

Ella asintió con la cabeza pero no agregó nada mientras se dirigían a la cocina.

Jake cayó sobre la cama en medio de jadeos entrecortados. Sherry permaneció recostada a su lado, su pecho vibrando violentamente. Ambos trataban inútilmente de controlar el ritmo de sus respiraciones. La piel de ella lucía lustrosa, cubierta por una pequeña capa de sudor.

En ese momento no hubo espacio ni tiempo para las palabras. Ninguno de los dos ansiaba quebrantar el silencio con muestras de afecto que sólo resultarían innecesarias.

Jake jamás había experimentado un sexo tan… placentero.

Él había jurado, desde el momento en que el resto de su ropa rozó el suelo, que sería un momento lleno de cálida torpeza. Pero no. No era su primera vez haciendo esto. Tampoco era la primera vez de ella.

No había necesitado una afirmación de su boca, ella se había dedicado a confirmárselo en el momento en que demostró ser capaz de volverlo loco con su toque. La forma en que sus pequeñas manos parecían siempre tocar los sitios correctos. La manera en que movía sus caderas contra las suyas. Como su pequeño cuerpo se amoldaba al suyo con una perfección que resultaba abrumadora. Los sonidos que escapaban de su boca. Inclusive la forma sensual en que llamaba su nombre en medio de gemidos.

Jake pensó que podría acostumbrarse a todo esto.

Fue entonces que decidió que podría quedarse en Nueva York por una temporada (una muy larga) y ella pareció complacida con la idea.

Terminaron con alguna clase de acuerdo silencioso. Hacían todo lo que una pareja normal solía hacer, pues Sherry no buscaba algo serio (o al menos eso le había asegurado ella), y aunque Jake no se encontraba muy convencido de sus palabras, ahí quedó el asunto. Eran mejores amigos. Nada más, nada menos.

Jake sabía, muy dentro de sí, que eso no funcionaría. Algún día acabaría y tendría que irse, esta vez para siempre. Pero optó por permanecer en silencio y decidió disfrutar de su compañía mientras pudiese.

Era lo menos que podía hacer.

Enero, 2015.

Un par de días después de año nuevo, Sherry recibió una llamada de un viejo compañero. Su propósito había sido claro. Le invitaba a una pequeña reunión. Ella le hizo saber la noticia a Jake, con la esperanza de que le hiciera compañía.

Para Jake el verdadero y único inconveniente había el origen de la invitación y lo que esto implicaba.

Para comenzar, el agente Leon Kennedy era el anfitrión y por ende, la reunión iba a ser en su hogar. No le disgustaba Leon. No tenía razones para que no le agradara, pero por otro lado estaban sus invitados… ningún nombre se le antojó conocido, hasta el momento en que Sherry sugirió el nombre de Chris Redfield, Jake le regaló una mirada llena de desdén y le respondió con un no rotundo.

Era totalmente predecible que Sherry siguiera intentando persuadirlo para que la acompañara. Pero mientras más persistía, Jake parecía encontrar más razones para no asistir.

Primeramente, era una "reunión". Los asistentes eran veteranos (la mayoría sobrevivientes de la destrucción de la ciudad de Raccoon) que se agruparían de nuevo, suspendiendo sus ocupadas labores por una noche para ponerse al tanto de sus vidas. Y claro que Jake no pertenecía a aquel grupo. Ni siquiera conocía a esas personas.

También estaba el asunto de… Chris. No era que no le simpatizase el tipo, pero por el contrario, tampoco le gustaba mucho. Simplemente no quería verlo.

No estaba listo.

Porque Jake sabía que una vez que Chris tuviese una oportunidad, él le contaría la verdad sobre aquella persona a la que él tenía que llamar padre. Y si Chris no comenzaba por sí mismo para empezar la conversación, Jake insistiría hasta saberlo todo.

Algún día tendría que saberlo. Algún día, Chris y él tendrían esa charla. No obstante Jake no lo consideraba el tiempo adecuado. No aún.

Prefería descansar un par de años antes de poder ser capaz de preguntárselo.

Aun sabiendo que solamente estaba retrasando lo inevitable.

Sin embargo posteriormente se encontraría en medio de un pequeño grupo. Aglomerado en un enorme departamento en lo más alto de un edificio. Al final, Sherry había conseguido persuadirlo.

Tal vez había sido simplemente que Jake no podía decirle no. O tal vez había sido la tentadora posibilidad de que al llegar el fin de la noche, podría quitarle ese corto vestido negro, que se ceñía a la perfección a cada una de sus curvas. Sí, probablemente era eso.

Jake no iba a negar que, cuando Leon lo recibió educadamente en la puerta y lo hizo entrar a su hogar, le fue imposible evitar la sorpresa. El lugar estaba lejos de lo denominado como "humilde".

Era bastante grande para ser un simple departamento, posiblemente cuatro veces la dimensión del hogar de Sherry. Contaba con una decoración sobria y elegante, de muebles negros, muros blancos y rojos, y mucho cristal. Todo tenía apariencia de ser o demasiado frágil, o excesivamente caro. Por supuesto que Leon tenía su dinero, era un jodido agente del gobierno.

Lo que resultaba curioso, era la manera en que se cohibía ante este hecho. Sonriendo levemente tras recibir los cumplidos de Sherry, era como si lo hubiesen obligado a comprar un techo ostentoso donde vivir.

—Gracias… aunque no paso aquí ni dos meses al año—respondió él, antes de irse a atender a otros invitados.

Después, Sherry lo arrastró del brazo por toda la estancia. Jake reparó en las personas que se encontraban. Todos alrededor de sus treinta y algo, o más. Mucho más. Inclusive había un enorme señor de barba rojiza quedaba apariencia de contar con todos los privilegios que le proporcionaba la tercera edad.

Él y Sherry eran, claramente, los más jóvenes de ahí.

Pasaron frente una mesa de cristalería en la que reposaban un par de botellas de bebidas alcohólicas y Jake se detuvo, con el propósito de servirse whisky. Posiblemente para ahogarse en él, antes de que la misma gente lo "ahogara" a él.

—Vamos Jake, sé que te van a agradar.

—He perdido la cuenta de las veces que lo has repetido, y cada vez que lo dices te creo menos—contestó Jake, antes de rodar los ojos con sarcasmo, y darle un sorbo a su bebida fría. —Aunque me conformaría con no cruzarme con Chris.

Sólo pensar en él le hacía apretar los dientes.

Pero parecía que esa noche, el destino no estaba de su lado, y como si pronunciar su nombre fuese una invocación, de súbito percibió una hostil presencia conocida a sus espaldas y antes de que pudiera retirarse, Chris ya le hablaba.

—Jake, que sorpresa.

Jake se giró para verlo y una vez que estuvo en la posición de encararlo, asintió con la cabeza. Odiaba su actitud tan tranquila, como si fuera inocente de toda culpa. Como si fuese el héroe. Aunque la mayoría de las personas solía verlo como tal, a los ojos de Jake solamente le resultaba prepotente. Y le irritaba. Más de lo que podía recordar.

—Los dejaré a solas un rato. Si me necesitan, estaré en la sala de estar —avisó Sherry antes de retirarse.

A Jake no le asombró que Sherry los dejara a solas, inclusive sentía la traición punzarle contra los costados. Resignado, soltó un pequeño suspiro de frustración y finalmente habló.

— ¿Qué demonios es lo que quieres? —farfulló, necio a ocultar su disgusto. A Chris no pareció importarle su reacción, o su actitud a la defensiva.

—Quiero que conozcas a alguien, solamente. ¿Me acompañas?

Jake suprimió el gruñido que amenazaba con salir por entre sus labios ante su amable respuesta. Sabía que había algo oculto detrás de ese "solamente". La forma suave en que lo había dicho. Como disfrazándolo con una máscara de delicadeza. Odiaba que fuera tan amable. Que actuara como un buen tipo cuando para él, era todo lo contrario.

Le había quitado el único privilegio con el que de verdad había fantaseado con sinceridad en toda su vida.

Aun así, terminó por seguirlo por el extenso pasillo del departamento, siendo dirigido hasta una cocina grande y limpia. Ahí recargada contra la barra de mármol, una mujer madura les esperaba con una copa en la mano.

Profundos ojos azules penetraron en lo más profundo de sí, como si lo conociera muy bien. Él le devolvió el contacto visual, tratando de no mostrar ninguna emoción. Notó la clara cabellera rubia que apenas le rozaba el nacimiento del cuello y la forma en que enmarcaba sus bellas facciones. No aparentaba ni cuarenta años, pero su mirada lucía como si hubiera vivido una eternidad.

—Jake, mi esposa, Jill Valentine. Jill, él es Jake—los presentó Chris, al mismo tiempo que ella estiraba la mano que tenía libre en su dirección. Jake le dio un apretón suave, casi amigable. Casi. De todas formas estaba casada con Chris, así que Jake se compadecía de ella.

Una vocecita en su cabeza comenzó a refutarle que probablemente Chris era un esposo modelo, y apretó los dientes.

¿Para qué demonios querría conocer a su esposa?

No es como si fueran amigos, y estuvieran en la obligación de presentarse sus correspondientes familias (no es como si Jake tuviera una).

Entonces Jake se reparó en como el cuerpo de Jill se hallaba sutilmente tensado, y en una posición defensiva, claro signo de desconfianza ante su presencia.

—Un placer conocerte, supongo. —habló ella finalmente. Su voz era dulce y clara. Luego hizo una breve pausa como si dudara lo que iba a decir a continuación. —Eres su viva imagen, ¿lo sabes, verdad?

Entonces todo tuvo sentido. Si ella sabía que se parecía a Albert Wesker, eso implicaba que ella lo había conocido.

—Probablemente, ella es la persona que conoció mejor a tu padre—agregó Chris como si fuese capaz de leerle el pensamiento.

¿Tendrían la "platica" en ese momento? ¿En medio de todas esas personas aun con el riesgo de su propia reacción?

A su consideración, no estaba dispuesto a escuchar las brutalidades que había cometido su padre. Mucho menos los motivos que le habían empujado a hacer cada una de ellas.

Aturdido, Jake asintió con la cabeza, antes de mirar a Jill, que en esos instantes se llevaba parsimoniosamente la copa a los labios, como si esperara que él le preguntara algo. Él en respuesta le miró en silencio. No quería hablar de su padre. No aún.

Chris comenzó a remover algo en el bolsillo de su chaqueta, en contestación al silencio incómodo. Parecía buscar algo. Después de unos segundos que a Jake se le antojaron eternos, consiguió un papel amarillento que yacía doblado y algo gastado en las orillas, y se lo pasó a Jake, las comisuras de los labios sonrientes, como si intentara tranquilizarlo.

Jake desdobló el papel rugoso, viejo, que resultaba duro al tacto. Era papel de fotografía.

Al fondo de la foto, había un helicóptero. En primer plano, un grupo. Uno pequeño conformado soldados. Para ser precisos, una docena.

Era dos hileras de hombres que sostenían pesados rifles en sus hombros, unos de pie, otros apoyados sobre sus rodillas. Unos mostraban sonrisas bonachonas, otros le regalaban un gesto agrío a la cámara.

Reconoció a Chris en la fila de abajo, arrodillado junto a lo que parecía ser una versión más joven de la mujer que se encontraba frente a él. La diferencia más notable, el cabello rubio que aparecía castaño en la fotografía.

Y ahí, justo al lado de un hombre pelirrojo (parecía el mismo que el que se encontraba junto con ellos en el departamento), con porte gélido y los labios tensados en una fina línea, estaba su padre. Estaba Wesker.

Jake pudo comprender por qué la gente solía decirle que se parecía a aquel extraño. Tenían la misma nariz recta, los mismos pómulos agudos, los mismos labios, e incluso el mismo semblante distante. Si no fuera por lo contradictorio que resultaba su cabellera anaranjada, sería su viva imagen.

—Cuando estés listo, quiero que me busques para hablar de tu padre. No te voy a obligar a oír cosas que no quieres escuchar—avisó Chris, mirándole con calidez, como si le tuviera un profundo afecto. —Por cierto, quédate con la foto, al reverso está mi teléfono. No te preocupes, quiero que la tengas tú.

De nuevo, Jake nomás asintió con la cabeza. Ya tenía más que mil razones para querer irse. Comenzó a ponerse ansioso, así que dobló la foto (con más cuidado del que hubiese deseado) y lo guardó en su pantalón, casi en un modo reflejo.

—Gracias a él… murieron más de la mitad de las personas que están en esa foto, ¿o me equivoco? —inquirió él, mirando como sus propias manos se cernían en puños.

—No te equivocas… —respondió Jill en voz baja, las pupilas perdidas en el fondo de su copa, como si recordara algo lejano. —Pero es una larga historia.

No se iba a quedar a empezar el interrogatorio, así que tras un largo silencio incómodo, se retiró. Recogió en el perchero de la entrada su abrigo negro, con más violencia de la necesaria y por ello, ganándose las miradas curiosas de las personas que se encontraban en las cercanías. Procuró no tomarles importancia mientras se retiraba con los ojos fijos al frente. Sin mirar atrás.

Sólo se fue. Se marchó. Vagó sin rumbo por las calles nevadas sin pensar si quiera en si le perseguía alguien o no. No le importaba una mierda de todas formas. Ni siquiera aunque fuese Sherry quien le siguiera los pasos.