Alec despertó y miró el reloj de su mesa de noche, aún le quedaba mucho tiempo para que empezaran las clases, pero tenía algunas actividades pendientes, además de que a él le gustaba aprovechar cada minuto de su día, por lo que se levantó y entró a ducharse.
Al salir del baño en medio de una nube de vapor se dirigió a su armario y sacó unos jeans con un suéter azul oscuro. No necesitaba ponerse nada ostentoso, solo quería sentirse cómodo en su primer día, aunque no es como si las cosas fueran a cambiar, de todos modos era la misma universidad, su misma carrera y sus mismos compañeros.
Antes de ponerse el suéter se paró frente a su espejo y se contempló; de hecho, él quería que ese semestre fuera diferente. No le gustaban los cambios, pero el único de ellos que anhelaba que sucediera era encontrar a la persona que tenía escrita sobre la piel. Era una marca negra un poco más abajo de su hombro. Levantó una mano y pasó los dedos sobre el nombre, aún sabiendo que se sentiría exactamente igual a las otras cientos de veces que había hecho la misma acción.
— Magnus, ¿dónde estás? –Se preguntó; desde que era un niño y supo lo que ese nombre significaba en su vida lo había repetido varias veces en su cabeza y en sus sueños. Le habían enseñado que cuando dos almas gemelas se encontraban sus sentimientos podían llegar a fusionarse, creando una conexión entre ellos como si fuera un lazo invisible. Pero nunca nadie le había enseñado que podía tener esa conexión antes de haber encontrado a su alma gemela, y sin embargo ahí estaba, tocando esa marca en él y preguntándose no por primera vez dónde estaba "Magnus", teniendo la esperanza de que tal vez pudiera sentir algo, un indicio de dónde buscarlo.
Pero obviamente eso no ocurría, no tenía la menor idea de dónde podría estar.
Con un suspiro se puso el suéter, tomó su mochila y salió de la habitación.
Al bajar las escaleras se encontró a uno de sus tres hermanos sentado en la mesa, era Max.
— Buen día. –Saludó Alec al sentarse, Max lo miró un momento antes de saludarlo con la mano y regresar a su cereal.
— Alec. –Llamó su madre, Maryse, al salir de la cocina. — ¿No es muy temprano para ti?
— Soy parte del comité de bienvenida. –Informó. — Además, Jace me pidió que lo llevara temprano hoy.
— Entonces les traeré el desayuno. –Maryse se giró y Alec pudo ver, bajo su cabello perfectamente recogido, el nombre de "Robert" escrito en plateado. Cuando las marcas tomaban ese color, significaba que se habían encontrado, pero había casos no muy frecuentes en que el destino hacía lo que Alec llamaba "una mala broma".
— Hola familia. –Saludó Robert, bajando por las escaleras y finalmente sentándose en la mesa. El padre de Alec tenía su marca en la muñeca, sólo que ésta decía "Celine" en negro. Lo dicho, parecía como si el destino escogiera parejas al azar para divertirse con ellas.
Alec siempre había creído que existía un gran amor, el único fuerte y verdadero. Cada persona podía querer a muchas, pero sólo amar verdaderamente a una en toda su vida, y si ese era el caso, ¿para qué debía nacer alguien, como su padre, con un nombre diferente al de Maryse, cuando para ella él era su alma gemela? Era como si Robert hubiera tenido que elegir entre estar con la mujer que tenía su nombre, o estar con la mujer marcada en su piel. Afortunadamente para Alec y sus hermanos ésa otra mujer nunca había aparecido, por lo que Robert terminó casándose y dándoles la vida.
Unos momentos después Maryse salió de la cocina y puso un plato de cereal frente a Alec y otro frente a Robert.
— ¿Y Jace? –Preguntó a los presentes. Ninguno respondió a excepción de Alec, quien se encogió de hombros. Maryse suspiró. — ¡Jace! –Gritó para apurar a su hijo.
— Ya oí. –Informó el rubio mientras bajaba las escaleras. Después se sentó en su lugar y esperó su desayuno.
— ¿Dónde está Izzy? –Preguntó Max.
— Ella no tiene que ir temprano hoy. –Informó Alec.
— Pero no me perderé la oportunidad de que Alec me lleve en el auto. –Dijo una voz femenina en la escalera; un momento después Isabelle se sentó en la mesa, con su característico cabello negro colgando a su espalda. A Alec no le gustaba curiosear sobre las marcas, de todos modos no era común verlas cuando aún eran negras y por lo tanto las personas tenían cierta reserva, pero si tuviera que apostar diría que la marca de su hermana estaba en la nuca como la de Maryse. Las razones eran que Isabelle había dejado al descubierto muchas partes de su cuerpo al usar varias prendas y él jamás había visto nada, y su hermana siempre estaba con su cabello suelto cubriendo esa zona.
— Así se habla. –Celebró Jace.
Luego de desayunar, los tres hermanos entraron al auto y Alec se dirigió a la universidad.
— ¿Puedo manejar? –Preguntó Isabelle.
— No. –Contestó Jace tajante.
— ¿Por qué?
— Porque tus habilidades para la conducción son las mismas que tienes para la cocina, y realmente espero llegar vivo a clases. –Isabelle le pegó suave a Jace, lo suficiente para hacerlo callar, y se dirigió a Alec.
— Alec… –Empezó ella con voz de niña pequeña, la que siempre usaba para conseguir lo que quería.
— De acuerdo, pero primero dinos dónde está tu marca. –Dijo Jace, e Isabelle le sonrió.
— ¿Y por qué tú no nos dices dónde está la tuya? –El rubio se giró en el asiento de copiloto y le dio a su hermana una mirada pícara.
— ¿Enserio quieres saber? –Preguntó lentamente.
— Ya basta. -Cortó Alec. — Ninguno revelará dónde está su marca. –En ese momento el celular de Alec sonó en su bolsillo y detuvo el auto. — Al volante Izzy. –Dijo, mientras dejaba a su hermana sentarse en su lugar y él se hacía atrás para recibir la llamada. La pelinegra dio pequeños saltitos mientras se sentaba y luego miró el volante sonriendo.
— ¿Y qué tengo que hacer? –Preguntó. Jace, sin que ella se diera cuenta, se agarró de su propio asiento.
— Sólo ten en mente que una chica me está esperando, y que ella quiere que yo llegue en una pieza. Si puedes recordar eso, lo demás no importa.
— Entendido…
— Tomaste el curso Izzy, tú sabes qué debes hacer, ¿recuerdas? Probablemente debes empezar con los pedales que estás pisando con tus botas tamaño familiar.
Alec dejó de escuchar a sus hermanos y atendió la llamada. Era Helen, una de sus compañeras del comité de bienvenida; al parecer no podía ir a la universidad a guiar al nuevo alumno que le correspondía, por lo que le pedía el favor a Alec de hacerlo por ella. Alec sabía que el alumno al que había sido asignado llegaba una hora después, y que probablemente el de Helen ya esté esperándola. No podía elegir a los dos, así que tuvo una idea.
Después de afirmar a Helen que la ayudaría, volvió a guardar el celular y se concentró en sus hermanos: Jace parecía estar tratando de ayudar a Isabelle, guiándola y recordándole la función de cada parte del auto, pero Alec y Jace sabían que era inútil, por alguna razón extraña Isabelle no podía manejar un auto o cocinar algo.
— ¿Lo estoy haciendo bien? –Preguntó ella, sonriendo orgullosa de sí misma a pesar de estar variando la velocidad del auto cada pocos segundos, haciendo que éste diera sacudidas.
— Excelente, no quites los ojos de la carretera. –Comentó Jace, luego se giró hacia Alec y susurró un: — Ya quítala de ahí…
— Quiero pedirle un favor a alguno de ustedes dos. –Proclamó Alec, antes de pedirle a Isabelle un cambio de lugares porque sabía que después de eso ella se enfadaría. — Era Helen, no podrá encontrarse con el alumno nuevo que debería estar esperándola ahora en los jardines, así que tomaré su lugar, pero el que me asignaron llegará en una hora y no podré guiarlo, ¿a alguno le importaría tomar mi lugar?
— Yo lo hago. –Contestó Isabelle desinteresada, de todos modos no tenía nada más qué hacer antes de que empezaran sus clases. Jace se encogió de hombros y pensando que podía relajarse se dio el lujo de mirar levemente hacia su ventana. Gran error. Casi en el acto se escuchó el impacto, el grito ahogado de Alec y el freno.
Unos minutos después los tres hermanos observaban cómo el auto era remolcado. Jace se había cruzado de brazos y contaba mentalmente, ya iba muy tarde para el encuentro y Alec trataba de usar voz suave para explicarle a Isabelle cuál había sido su error, que había terminado en un choque con un árbol.
— Ya está. –Dijo el hombre de la grúa acercándose a ellos. — Pero necesito que uno de ustedes me acompañe al taller para llenar algunos formatos.
— Yo iré. –Se ofreció Isabelle. — De todos modos fue mi culpa.
— ¿Y el alumno nuevo? –Preguntó Alec, Jace lo miró con una ceja levantada.
— ¿En serio? ¿Te preocupas por eso? Deberías estar pensando en qué dirán nuestros padres cuando se enteren.
— Les diremos en la noche. –Le respondió el oji-azul. — Pero alguien debe guiar al alumno nuevo en cuarenta minutos. –Jace soltó un sonido exasperado.
— Lo hago yo, pero ya vámonos. –Alec le sonrió en agradecimiento y después de que se despidieran de Izzy se dirigieron a la universidad.
Jace jugaba con el cabello de una chica rubia mientras ambos reían, estaban sentados muy juntos en el césped de uno de los jardines de la Universidad, con sus espaldas apoyadas en un gran árbol.
— ¿Me ayudarás en historia? –Preguntó ella, Jace volvió a tomar otro de sus mechones y a acariciarlo con sus dedos.
— No lo sé, Camille, ¿qué gano yo? –Ella sonrió y se acercó al rostro del rubio.
— Ya veremos. –Respondió antes de acercarse y besarlo, Jace le correspondió el beso y liberó el cabello rubio de la chica de sus manos, sólo para levantar una y con ella acariciar la piel tersa y blanca de la mejilla de Camille. Un momento después Jace se separó, como siempre dejándola con ganas de más.
— Cuando sepas cual será mi ganancia, entonces me avisas. –Le dijo, Camille llevó su cabello para atrás dejando al descubierto el escote en su pecho donde la palabra "Ralph" se había borrado tanto hasta quedar de color blanco. Jace sabía que normalmente las personas no mostraban sus marcas, y cuando lo hacían era porque ya no les importaban, como era el caso de Camille. Ella había conocido a su alma gemela, pero el chico había muerto en un accidente unos meses después y ahora la rubia mostraba el nombre como señal al mundo de que estaba libre y buscaba diversión.
Jace sacó su celular y se sorprendió al encontrarse con que era muy tarde para el favor que debía hacerle a Alec.
— Me tengo que ir. –Comentó, parándose de un salto y tomando su mochila.
— ¿Me llamarás para almorzar juntos? –Preguntó ella. A Jace no le gustaba encontrarse con la misma chica más de una vez diaria porque sentía que las cosas podían llegar a formalizarse.
— Almorzaré con mis hermanos. –Mintió. —Te llamo mañana. –Ella pareció sentirse bien con eso y le sonrió.
— Cuídate, entonces. –Jace sin más se giró y con paso apresurado se dirigió al jardín principal donde se suponía que se encontraría con el alumno. Sinceramente esperaba que fuera una chica sexy.
Decidiendo cortar camino, entró a una de las facultades y al ir tan rápido por los pasillos no vio que iba a estrellarse con una chica.
— ¡Wow! –Exclamó ella, alejando su envase de juego para evitar derramarlo sobre Jace, pero su movimiento lo hizo tarde ya que una gran mancha morada empezó a gotear desde el frente de la pulcra camisa blanca de abotonar del rubio.
— Agh, ¡Clary! -Reclamó enojado al reconocerla. Ella no pudo evitar reírse, aunque hizo un considerable esfuerzo al disimularlo.
—Perdóname, Jace, no te vi. –Contestó a modo de disculpa. — Ven, vayamos a objetos perdidos, tal vez haya algo para que te puedas cambiar. –Él sabía que iba muy tarde, pero también sabía que no podía presentarse con una camisa manchada de jugo de uva, así que tuvo que aceptar.
En la oficina de objetos perdidos el hombre encargado dijo que no había llegado ninguna camisa masculina o algo que se le pareciese, y Jace con temor de tener que andar sin camisa le pidió que al menos revisara, así que el sujeto había desaparecido tras una puerta dejando a Clary y a Jace esperándolo. La pelirroja se concentró en terminar su jugo mientras Jace miraba la mancha morada. Si no encontraban algo tendría que caminar con esa camisa manchada, porque definitivamente no estaba en discusión caminar sin camisa. Él consideraba que era un lamentable desperdicio, pero no se gana nada cuestionando al destino.
— ¿Y a dónde ibas con tanta prisa? –Preguntó ella.
— Al jardín principal. Iré a hacer un recorrido en favor a Alec. –Clary asintió y regresó a su jugo. Jace empezó a impacientarse por la demora del hombre, no le gustaba llegar tarde y mucho menos cuando conocería a alguien. Él creía firmemente en el poder de la primera impresión.
La pelirroja a su lado sacudió su envase para comprobar que ya no tenía jugo y se dirigió a la basura, al girarse Jace tuvo un vistazo de su marca plateada bajo la oreja. No alcanzó a leer lo que allí decía pero no necesitaba hacerlo, él y Clary eran tan cercanos que sabía que el "Sebastian" que estaba marcado en la piel de la chica era su actual novio. Y muy seguramente los dos terminarían casados en unos cuantos años más.
Jace nunca se había puesto a pensar en lo que ocurriría al encontrar a la persona con la que había nacido marcado. Le habían enseñado que cuando ese momento llegara él sentiría algo en su pecho, una oleada de felicidad producto del gran amor que sentiría, ya que esa persona sería su alma gemela. No la escoge él, no la escoge la otra persona, lo hace algo más grande y poderoso que cualquier ser humano, y no había errores. Sólo existía una persona a la qué amar verdaderamente, y aunque Jace demostraba ser escéptico, realmente era que no se preocupa en pensar qué sucederá porque una pequeña parte de él cree que lo sabrá cuando llegue el momento.
Finalmente el hombre salió cargando lo que a primera vista Jace le pareció un pedazo de trapo marrón.
— Tienes suerte. –Dijo el hombre sonriendo. — Encontré algo. –Jace miró del trapo al sujeto, tratando de detectar el sarcasmo en aquellas palabras. Pero no lo había. El hombre realmente pensaba que había hecho un buen trabajo.
— Gracias. –Dijo Clary recibiendo el trapo y extendiéndolo. Realmente era una camisa de lana marrón con manga larga y cuello redondo. Jace trató de recordar si a su universidad asistían ancianos que hubieran podido perder eso. — Es perfecto. –Agregó, algo burlona, la pelirroja apretando la camisa en sus manos y tomando a Jace del codo para sacarlo de ahí.
— Clary… –Le susurró en advertencia cuando estaban caminando por los pasillos. — Esa cosa la perdieron a propósito, ¡no me pondré eso! –La chica se detuvo frente al baño de hombres.
— ¿Entonces prefieres estar sin camisa? Les cumplirías el sueño a muchas chicas de aquí, pero no estoy muy segura de lo qué dirían los profesores. –Jace gruñó y recibió la camisa, a lo que la pelirroja sonrió. — Excelente, quisiera quedarme a ver la revelación pero debo irme a clases. ¡Te llamo después! –Y se fue por el pasillo. Jace entró al baño y aseguró la puerta antes de quitarse la camisa manchada y arrojarla al bote de basura. Después levantó la horrenda camisa marrón y se preguntó qué había hecho de malo en su vida para merecer aquello. No había sido precisamente bueno, pero tampoco malo. Se consideraba a sí mismo como alguien que disfrutaba el estar vivo.
Levantó la vista hacia el espejo y unos brillantes ojos dorados le regresaron la mirada. Miró hacia su pecho desnudo para comprobar que la mancha de jugo no hubiera alcanzado a mojarle la piel, y sin poder evitarlo terminó dando media vuelta y contemplando su marca en el lado derecho superior de la espalda.
— Tómate tu tiempo. –Le dijo al nombre allí marcado; no era que no quisiese conocer a su alma gemela, claro que quería, pero después de conocerla posiblemente dejaría de salir con otras chicas y no quería dejar hileras de corazones rotos.
Pero de no ser por eso, se moría por conocer a la tal "Magnus", la afortunada de haber nacido con su nombre en la piel. Jace había salido con muchas chicas en toda su vida, muchas de ellas habían sido muy bellas. Y sólo podía pensar en que si ninguna de ellas había sido "Magnus", entonces su alma gemela debería de parecer una diosa. Y a juzgar por el color negro de su marca era obvio que ni siquiera había cruzado una mirada con ella.
Se sonrió a sí mismo y se puso la camisa marrón. No tenía prisa de amar realmente a alguien, sólo necesitaba disfrutar cada segundo de ignorancia antes de conocerla, y mientras esos segundos pasaban su expectativa crecía aún más.
Finalmente salió del baño y se dirigió al jardín principal.
Magnus se vistió y tardó un buen tiempo eligiendo la bufanda que se pondría ese día.
— Mags, ¿aún no estás listo? –Preguntó Catarina desde el primer piso. Magnus, después de evaluar sus jeans oscuros y su camisa roja, decidió que la bufanda blanca le quedaría de maravilla.
— ¡Un momento! –Respondió; tomó la bufanda de su elección y la puso alrededor de su cuello, pero antes de enrollarla estudió la letra "A" grabada en negro sobre su clavícula. No recordaba a qué edad lo supo, el caso es que había crecido sabiendo que era diferente. Se consideraba a sí mismo "especial" en muchos aspectos, y todos los encontraba positivos, pero no sabía qué pensar de sus marcas. Había pasado mucho tiempo investigando y leyendo, pero no había logrado encontrar algo que le explicara el por qué de esa única "A". Levantó un poco su camisa roja y jaló su pantalón, revelando la "J" justo sobre el hueso de la cadera. Le gustaba ser diferente del resto de las personas porque siendo diferente atraes la atención, pero sus padres habían decidido mantener el secreto y él entendía por qué: muchas veces las personas se asustan cuando algo es "particular" y/o terminan apartándose. Él no quería que eso ocurriera, así que no le había hablado a nadie de sus marcas y procuraba siempre esconderlas. La "J" era sencilla, pero la "A" no, por lo que acostumbraba usar camisas de cuello redondo o alto, y cuando estas eran abiertas en el pecho, como la roja que usaba en ese momento, las combinaba con alguna bufanda.
Finalmente terminó de arreglarse, agregando a su conjunto un delgado delineado negro bajo el ojo y puntas rojas en su cabello negro. Cuando quedó complacido con lo que veía salió de la habitación.
— ¡Al fin! –Celebró Catarina al verlo bajar las escaleras. — ¿No llegarás tarde? –Magnus le restó importancia con un movimiento de su mano.
— Sólo es el comité de bienvenida, será como una guía turística solo que más aburrida. Lo que realmente me emociona son mis clases. –Su amiga levantó la mirada del periódico que estaba leyendo.
— Debes de amar mucho el diseño como para haber dicho esa frase. –Magnus se rió y se dirigió a la cocina para prepararse algo de comer.
— Lo hago. –Concordó él. — Y si todo es como en mi anterior universidad, entonces será un gran semestre…
—… hasta que tengas que irte. –Completó la chica en un suspiro. Magnus regresó a la mesa junto a ella con un tazón de cereal y se encogió elegantemente de hombros. Realmente no era un "tener" que irse, era un "querer" irse. Desde que entró al primer semestre de Universidad sus padres se despidieron decidiendo viajar por el mundo y tomando fotografías con las cuales parecían estar ganando lo suficiente para mantenerlos a los tres. Magnus envidiaba esa vida nómada, pero sabía que antes de tenerla debía graduarse con un título. Sin embargo, eso no impedía que pidiera un traslado de Universidad cada que quisiera. Sus padres le decían que si él no le veía el problema ellos tampoco, aunque solían burlarse resaltándole todo el tiempo que de tantas veces que le homologaban el horario nunca se graduaría. Pero a Magnus le gustaba, sentía que se volvía más bueno en el diseño al verlo con tantos enfoques en diferentes universidades.
— ¿Y tú qué harás toda la mañana? –Le preguntó a su amiga; él y Catarina se conocieron el día en el que llegó a la ciudad buscando dónde quedarse. Ella era una estudiante universitaria que había comprado una casa y le había permitido usar una de las habitaciones. Con el tiempo se habían vuelto muy unidos, y Magnus sentía que al irse realmente la extrañaría.
— Creo que saldré a comprar algunas cosas. –Dijo ella. Afortunadamente sus clases iniciaban una semana más tarde que las de Magnus, lo que le daba la oportunidad de molestar al moreno con ello siempre que podía.
Magnus terminó su cereal y subió por su mochila. Al bajar de nuevo Catarina lo esperaba en la puerta sacudiendo unas llaves en su dirección. Magnus sonrió y se acercó a ella.
— Sí sabes que si te arrepientes, una vez que las haya tomado ya será demasiado tarde, ¿verdad? –Le preguntó.
— Sólo tómalas. –Le espetó la chica, entregándoselas. — Y hoy preparas la cena. –Magnus suspiró y recibió las llaves, si tenía que cocinar para poder llegar en auto a su primer día en una nueva universidad, entonces lo haría.
— Me vengaré Clary… –Murmuraba un rubio mientras caminaba algo presuroso.
Jace llegó al jardín principal usando la camisa marrón y buscó con la mirada alguien que pareciese un alumno perdido y deseado de una orientación. No lo encontró. Lo único que vio fue la espalda de un chico sentado sobre una banca, pero como no había nadie más allí decidió pensar que ése era el nuevo.
Mientras se acercaba se dijo que nadie que llegara a un lugar nuevo se sentaría tranquilamente. Él se había tardado, pero no ameritaba tomar confianza tan rápidamente con el lugar. Cuando llegó junto al chico se sorprendió de ver que estaba dibujando lo que para Jace era un sombrero, pero que seguramente los estudiantes de diseño conocían con un nombre distinto. Estaba decidido a girarse y buscar a un novato que no pareciese la personificación del talento avanzado, cuando el chico sentado sintió la mirada sobre él y le observó.
Jace se encontró clavado en su lugar, viendo cómo aquellos ojos dorados-verdosos le devolvían la mirada. No se sentía capaz de hacer ningún movimiento, ni siquiera sabía si al menos estaba respirando; pasó saliva y puso las manos en su espalda tratando de ocultar el temblor en ellas.
El chico sentado frente a él era llamativo, brillante. Su piel era dorada y se veía suave en las manos, el rostro y el pecho, las cuales eran las partes expuestas. Tenía cabello negro, pero lo más resaltable eran sus ojos. Parecían brillar. Jace siempre había creído que sus ojos dorados eran luminosos, pero ahora ya no estaba tan seguro de que siquiera comprendía lo que realmente significaba tener ojos luminosos.
El chico lo evaluó un momento antes de sonreírle, seguramente decidiendo que le gustaba lo que veía.
— ¿Eres del comité de bienvenida? –Entonces Jace se obligó a volver a la realidad y parpadear sorprendido.
— ¿Eres el novato? –Después bajó la mirada al dibujo. — ¿Es alguna especie de broma? –El chico evaluó su dibujo.
— ¿Te gusta? –Jace no respondió. No le gustaba halagar a las personas.
— Obviamente no eres de primer semestre. –Contestó en su lugar, el chico pareció recibir la respuesta que quería, ya que sonrió orgulloso de su dibujo. Jace tuvo que respirar hondo y dirigir su mirada hacia un árbol cercano, todo porque no sentía que pudiera soportar ver aquella sonrisa más tiempo.
— No lo soy, me trasladaron. –El pelinegro guardó su dibujo y se puso de pie. — Bueno, yo me trasladé. –Jace volvió a pasar saliva y miró hacia uno de los edificios de las facultades, intuía que podía estar enfermándose, no se sentía bien, algo parecido a la fiebre crecía cada vez más en su pecho. Necesitaba terminar rápidamente con la guía y después ir a la enfermería.
— Tengo prisa así que empecemos con esto. Sígueme. –Jace se giró sin darle otra mirada al chico y se encaminó hacia una de las facultades, sólo contando con que el otro lo siguiera, pero al parecer no era de los que se quedaban atrás, ya que apresuró el paso para ir a la par.
— Esta es la facultad de ingeniería. –Comentó señalándola, al terminar la frase soltó un involuntario suspiro y empezaba a sospechar que se debía al chico a su lado. Una vez había escuchado que había personas que les robaban la energía a otras. Seguramente el nuevo era uno de ésos.
— ¿Te sientes bien? –Le preguntó el chico. — No te ves nada bien… –Jace le iba a replicar que pusiera más atención a la guía, pero una vez que giró la cabeza y lo volvió a ver las palabras se le esfumaron de la garganta, tuvo que sacudir la cabeza para tratar de tranquilizarse.
— No me siento bien, pero por lo que me dijeron tienes clase en una hora y debo hacerte este recorrido. –Contestó. Sin previo aviso el chico puso una mano en su cintura y pasó la mano del rubio sobre su cuello.
— Te ves terriblemente mal, y no me refiero sólo a esa horrenda camisa, porque debo decirlo, desde que te vi quise decirte que está horrible. –Jace sonrió algo incómodo por la posición.
— ¿Sólo eso?
— No. –Aceptó el chico. — También quería decirte que eres increíblemente guapo. –Jace se rió nervioso, era la primera vez que escuchaba a otro hombre que no fuera Alec decirle ese cumplido, y debía aceptar que le agradaba.
— ¿Cómo te llamas? –Le preguntó.
— Soy Magnus Bane. –Jace se quedó helado, y pronto sintió que su cuerpo se quedaba sin aire, y hubiera caído al suelo de no ser porque ése chico lo sujetaba. De no ser por… Magnus. — ¿Qué te parece si empezamos el recorrido diciéndome dónde está la enfermería? –Propuso, Jace respiró hondo y humedeció sus labios.
— No, llévame al baño. Puedes entrar a esta facultad. –Magnus le hizo caso y empezó a guiarlo hacia allí, Jace no tuvo tiempo de pensar en lo qué dirían las personas si los vieran, sólo pensaba en que le agradaba estar en esa posición y, más fuerte aún, se decía a sí mismo que ése no podía ser el Magnus que él pensaba.
Finalmente llegaron al baño y Magnus abrió la puerta para dejar que Jace entrara.
— Te espero aquí. –Le dijo y se apoyó en la pared del pasillo con una pequeña sonrisa en sus labios y la mirada totalmente centrada en Jace; el rubio apartó la vista y cerró de un portazo la puerta del baño, antes que nada tuvo que sostenerse del lavabo y controlar su respiración, si ése no era el Magnus que pensó, entonces realmente se estaba enfermando. Luego de un rato calmándose, se quitó la camisa marrón y dudoso se giró para ver su marca en el espejo… casi se muere allí mismo cuando la vio plateada.
Ése era… su alma gemela se encontraba fuera del baño, esperándolo tras esa puerta. Jace sonrió suavemente ante su reflejo, nadie le había dicho que encontrarla le afectaría tanto, pero por lo que sabía los síntomas eran diferentes para cada persona.
Después de que el momento de felicidad y plenitud pasó, se obligó a volver a la realidad, aterrándose con el hecho de que no estuviera ni siquiera un poco decepcionado.
¡Él no era gay! ¡No lo era! Magnus debería ser el alma gemela de Alec, no de él. Pero apenas hubo pensado aquello, se arrepintió. Definitivamente no hubiera deseado que Magnus fuera el alma gemela de Alec o de algún otro. Era suyo. Lo sintió sólo al verlo por primera vez, supo que era perfecto, que era todo lo que necesitaba. Pero no era fácil de procesar.
Volvió a ponerse la camisa y salió del baño. En el pasillo Magnus lo vio y se acercó.
— ¿Te sientes mejor? –Le preguntó con algo que Jace detectó como preocupación, el rubio se mordió fuerte el labio antes de responder.
— Sí, mucho mejor, continuemos con el recorrido. –Magnus lo miró dudoso, pero estaba dispuesto a seguirlo de no ser porque Jace quiso probar algo. — Por cierto, soy Jonathan. Me dicen Jace, pero mi nombre es Jonathan. Tú dime como quieras. –Dijo con una sonrisa. Magnus le devolvió la sonrisa y asintió.
— Jace, es un placer. –Respondió, y el rubio volvió la mirada extrañado hacia el pasillo, no notó sorpresa o reconocimiento. Él era bueno leyendo las miradas y sabía que Magnus lo admiraba, el moreno hasta había dicho que era guapo. Pero hay una gran diferencia entre gustar y amar, ¿acaso Magnus no sabía qué nombre tenía marcado? ¿No podía leer que decía "Jonathan" en su piel? — ¿Ocurre algo más, sexy rubio? –Preguntó, sin quitarle la mirada de encima. Jace se convenció de que Magnus debía ser un gran actor para no demostrar sorpresa, o al no querer comprobar su marca y ver si ahora era plateada.
— Nada, ven, sigamos. –Comentó algo distraído.
Magnus siguió a Jace durante el recorrido y le prestó atención a cada una de las indicaciones que el rubio le daba, descubriendo que la facultad de diseño era mucho más bonita que las otras, al menos para él.
En algunas ocasiones, cuando no estaba mirando a todos lados memorizando los nombres de las facultades, miraba de reojo al chico a su lado; no recordaba haber visto a un chico más guapo en su vida, y eso que había visto y salido con muchos. Jace tenía algo, como si una llama de aventura y vitalidad creciera en su interior sólo pudiendo ser vista a través de esos ojos dorados como el oro.
En un momento Jace saludó de lejos a un grupo de estudiantes y después acomodó con una mano un mechón de cabello rubio. Ese simple gesto, una sonrisa en medio de un acto cotidiano, hizo a Magnus sonreír y quedársele viendo admirando y memorizando cada detalle. No sabía qué relación tendría con Jace después del recorrido, si serían amigos o simples conocidos que se saludarían de vez en cuando, pero sí sabía que, al menos él, no dejaría ir al rubio tan fácil.
Jace notó la mirada sobre él y en lugar de apartarla sintiéndose cohibido, se cruzó de brazos y miró directo al moreno.
— ¿Realmente estás prestando atención? –Cuestionó, Magnus estaba escuchándolo, pero puede que no haya estado cien por ciento atento.
— Eres muy insistente, ¿verdad? –Preguntó en su lugar, Jace dirigió la mirada hacia uno de los jardines.
— Dime, Magnus, tras ese jardín, ¿qué facultad hay? –Magnus miró hacia donde Jace señalaba.
— La facultad de… –Pensó rápidamente, pero no tenía idea de qué lugar quedaba por allí. Finalmente rindiéndose regresó la mirada a Jace y lo encontró espiándolo, aunque el rubio parpadeó y levantó las cejas, cambiando su expresión. — Está bien, me atrapaste. Tenía cosas mejores que ver. –Jace sonrió orgulloso.
— Ciertamente no puedo ir en contra de eso. –Admitió, la sonrisa de Jace, como él mismo, era casi igual a contemplar una explosión de luz; su cabello rubio, sus ojos dorados, su piel bronceada… todo en él hacía que Magnus pensara en estrellas brillantes, en oro puro, en las chispas destellantes en el color dorado. — Y no queda ninguna facultad, hacia allá es la enfermería. –Magnus frunció el ceño.
— No me habías dicho dónde quedaba la enfermería.
— Otra prueba de que no me estabas prestando el mínimo de atención.
— Oh, créeme, vaya que lo hacía. –Jace volvió a sonreír ante el cumplido, pero después Magnus notó que giró el rostro, no apenado, sino como si no quisiera que el moreno notara aquel gesto. Entonces Magnus se decepcionó terriblemente al pensar que tal vez Jace ya había encontrado a su alma gemela y por eso no correspondía abiertamente a sus acercamientos. O podría ser hétero, lo que volvía las cosas mucho más interesantes. El chico era hermoso… excepto por un detalle. — Trato de ignorarlo pero es como una mancha que opaca todo frente a mí, ¿qué clase de persona cruel te sugirió comprar esa camisa? –Jace se miró a sí mismo y una mueca cruzó su rostro.
— Estoy de acuerdo, es espantosa, pero es todo con lo que cuento. –Magnus evaluó un momento al chico, y después de estar seguro que tenían una complexión parecida, abrió su mochila y sacó una chaqueta negra.
— Ten. –Comentó, para luego estirar su mano y entregársela. — La traje por si me daba frío al salir de clases, pero prefiero congelarme que seguir viendo eso. –Jace recibió la chaqueta y después miró a su alrededor, buscando el lugar más cercano para cambiarse, lo encontró en el baño de la facultad de arte. Luego levantó su muñeca y miró su reloj.
— Tienes clase en diez minutos. –Le habló nuevamente al pelinegro, y después volvió a verlo. — ¿Siquiera sabes dónde está tu facultad? –Magnus sonrió y señaló el lugar.
— Después de todo mi trabajo no fue en vano. ¿Te parece si almorzamos juntos? Así podría devolverte tu chaqueta.
— Me encantaría.
— Excelente, le pediré tu número a los del comité. Adiós. –Jace apretó la chaqueta con una mano y se alejó para encaminarse hacia el baño de la enfermería. Magnus se le quedó viendo mientras se alejaba y estaba casi seguro que Jace se iría sin más, pero después de unos diez pasos el rubio se giró, quedando igual de sorprendido que el moreno. Instantáneamente sonrió y agitó una mano. — Adiós. –Repitió, caminando unos cuantos pasos hacia atrás, después se giró y continuó su camino.
Magnus sonrió hasta que la silueta del de cabello dorado salió de su campo de visión, y se encaminó a su facultad. De un modo difícil de explicar veía las cosas a su alrededor diferente, todo lucía más aburrido sin Jace señalando cada lugar e indicando el nombre.
Soltó un suspiro de pesar y metió las manos en su bolsillo, caminó un rato más hasta encontrar el número del salón al que correspondía su clase; era "Comunicación y Expresión", una de las pocas materias que debía ver con personas de otras carreras. Bien podía hablar con las personas a su alrededor y tratar de socializar, pero por primera vez se encontró con que no quería hacer eso, en su mente unos ojos dorados destellaban y lo habían mantenido ocupado en todas las dos horas en las que el profesor no había parado de hablar. Finalmente las personas empezaron a pararse de sus asientos y salir, así que imitándolas se puso de pie y salió del salón, tratando de disimular un pequeño suspiro involuntario.
Jace…
De pronto sintió un dolor abrazador en su cadera, era como si le estuvieran quemando con un trozo de metal al rojo vivo. Hizo una mueca de dolor con un gruñido mientras estiraba una mano y se sujetaba de la pared sin importarle que se hubiera detenido justo en la puerta del salón donde los alumnos detrás de él buscaban salir. Alguien justo detrás de él había alcanzado a golpearlo en la espalda por haberse detenido abruptamente.
— Disculpa… –Dijo el chico rodeándolo, pero se detuvo al ver su expresión. — ¿Estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo? –Preguntó sorprendido, Magnus no respondió, ni siquiera podía verlo, el dolor en su cadera era insoportable, nunca había sentido algo más doloroso hasta el punto de querer llorar. Por la ubicación sabía que se trataba de su marca, pero no sabía qué podía estar pasando, necesitaba verla.
— Baño. –Murmuró entre dientes, el chico pareció entenderle y con cuidado lo ayudó a llegar al baño más cercano, para finalmente abrirle la puerta.
— Te...espero aquí. –Comentó con suavidad su acompañante. Magnus no estaba seguro, pero creyó que asintió.
Dentro del baño miró su marca en el hueso de la cadera y se sorprendió con lo que vio, había estado tan acostumbrado de ver la solitaria "J" que no lo pudo creer y tuvo que pasar sus dedos y comprobar, que ahora su marca decía "JO" en negro.
Abrió la llave del lavabo y humedeció aquella parte, esperando que así el dolor de la quemazón pasara un poco; irónicamente su piel no estaba roja o inflamada, era el mismo dorado que había tenido siempre, sólo que ahora había una letra nueva.
¿De dónde había llegado esa letra? ¿Su alma gemela se llamaba "JO"? Se dijo a sí mismo que si había aparecido esa letra, probablemente con el tiempo aparecieran más, aunque eso no era muy halagador. Tuvo que esperar lo que llevaba de vida para que apareciera la "O", así que probablemente tendría que esperar unos cien años para que se completara el nombre; con un poco de suerte conocería el nombre de su alma gemela un segundo antes de morir de viejo.
Frunció el ceño y volvió a acomodar su camisa, qué suerte tenían las otras miles de millones de personas del planeta por nacer con su marca, porque dentro del vientre no sentían el dolor de las letras grabándose en su piel, o al menos no lo recordarían.
Soltó un suspiro exasperado, no por primera vez molesto con el destino, pero por experiencia sabía que aquella acción no servía de nada, así que decidió abrir la puerta para salir del baño y agradecerle al chico que lo había guiado.
Alec puso una mano en su pecho y se dejó resbalar apoyándose en la pared hasta quedar sentado en el suelo, se permitió recostar la cabeza contra la pared y cerrar los ojos mientras regulaba su respiración y dejaba que el calor que había empezado a crecer en su pecho creciese. Siempre había soñado e imaginado ese momento, tratando de visualizar lo que sentiría, pero ninguna de sus ensoñaciones se parecían a lo que le estaba pasando.
Estaba saliendo del salón de clase de "Expresión y Comunicación" cuando el chico frente a él se había detenido de golpe en la puerta, haciendo que Alec se estrellase con su cuerpo. Se disculpó, pero apenas lo hubo visto lo supo.
Era él.
No necesitaba saber su nombre o mirar su marca, su corazón le decía que era él.
El chico parecía estar pasando por algún dolor, así que Alec lo apoyó en su propio cuerpo y lo guió al baño; mientras el oji-verde mantenía los ojos cerrados, Alec se permitió disfrutar un poco del momento, sentir su cercanía hacía que algo saltara dentro de él, apreció el delicioso aroma a sándalo que desprendía el moreno, su cabello negro acomodado de tal forma que tu atención era principalmente dirigida a él. Su piel dorada y suave, su ropa, sus labios, hasta su forma de apoyarse sobre Alec; todo era perfecto.
Finalmente aquél chico había entrado al baño y Alec se permitió dejarse llevar por lo que sentía. Una sensación de plenitud se apoderó de él, y se preguntó cómo era posible que hubiera vivido tantos años sin haber sentido aquello antes. Ahora estaba completo.
Despertó de su ensoñación cuando escuchó la puerta del baño abrirse, abrió los ojos y los dirigió al moreno, quien parecía sentirse mucho mejor.
— Te lo agradezco… –Comentó delicadamente, y sus ojos se encontraron; la respiración de Alec se detuvo al encontrarse con esos ojos verdes-dorados. Cuando se imaginaba la apariencia de "Magnus" pensaba en un chico lindo, pero la persona que tenía frente a él era mucho más que linda. Era magnífica, hermosa.
Magnus también se le quedó viendo en silencio y una pequeña sonrisa apareció en sus labios, Alec quería pararse de un salto y gritar "¡te encontré!" o "¡nos encontramos!", tal vez correr a abrazarlo, seguramente si hacía eso terminaría llorando, pero no le importaba. Quería liberarse, finalmente se habían encontrado mutuamente.
Pero la expresión del chico cambió rápidamente por una mueca, su mano dorada voló a su clavícula y el dolor le hizo acuclillarse en el suelo.
— ¡Magnus! –Gritó Alec preocupado y corrió hasta él, agachándose y poniéndole protectoramente una mano en el hombro. El moreno se apretó la clavícula y bajó el rostro mientras trataba de ahogar sus gruñidos. — ¿Qué tienes? ¡¿Qué te pasa?! –Magnus negó con la cabeza y esperó un momento, después levantó la mirada y observó aquellos ojos azul oscuro, tan brillantes y hermosos como un zafiro.
— ¿Quién te dijo mi nombre? –Preguntó, mientras se esforzaba en cambiar de su rostro la expresión de dolor; Alec le sonrió tiernamente.
— ¿No lo sabes? –Magnus iba a volver a negar con la cabeza, pero se encontró encantado con aquella sonrisa. — Ven, levantémonos. –Alec se puso de pie y ayudó al moreno a pararse también. — Soy Alec, por cierto. –Una vez de pie Magnus le sonrió.
— Déjame adivinar… ¿diminutivo de Alexander? –Alec volvió a sonreírle tiernamente.
— Eso ya lo sabías. –Magnus no entendió aquello, pero decidió dejarlo pasar.
— Es un hermoso nombre. –Dijo en su lugar; un leve rubor se extendió por las mejillas del oji-azul, haciendo que éste volteara el rostro adorablemente. — Oye. –Le habló Magnus para llamar su atención. — ¿Eso ocurre siempre, o sólo conmigo? –Alec se rió.
— Siempre. –Contestó decidido, el pelinegro parecía una persona suficientemente segura de sí misma, Alec no necesitaba subirle el ego, al menos no aún. Primero quería conocerlo, hablar con él y tal vez reírse cuando empiecen a hablar de lo que cada uno sintió al encontrar al otro. — ¿Tienes algo qué hacer? Te invito a un café. –Magnus sacó su celular, miró la hora e hizo una mueca.
— Tengo clase justo ahora. –Se lamentó. — Pero si me dejas tu número te llamaré cuando salga. –Magnus le extendió su celular, Alec lo tomó y con dedos temblorosos anotó su número y después se lo regresó. — Tienes unos ojos hermosos. –Comentó de repente, Alec le sonrió apenado de nuevo cuenta y empezó a alejarse.
— Los tuyos lo son aún más... –Contestó y después se giró, desapareciendo por un pasillo, Magnus volvió a guardar su celular y sonrió; Alec parecía un ángel, un hermoso ángel que lo había ayudado sin recibir nada a cambio, y no sólo eso, sino que le había dado su número. El moreno pensó que ese bien podría ser uno de los mejores días de su vida.
Miró disimuladamente a su alrededor y después de comprobar que no había nadie cerca, levantó un poco la bufanda, no se sorprendió de encontrar que ahora su marca en la clavícula decía "AL".
