Capítulo
-2-
Inconsciencia
11 días después, 3 días antes de los exámenes finales.
El coach está más que molesto y qué decir de Tanya.
Me he ausentado los últimos días mientras intento aprender un poco de matemáticas y biología. Y aunque no siempre he sido un súper aplicado en la escuela, me siento enormemente cómodo en compañía de mis nuevos amigos los nerds. Bueno, ¿A quién carajos engaño? Me gusta la compañía de Bella cada día un poco más, incluso yo no entiendo esta absurda determinación con que intento salir adelante y no es que no lo intente, es que simplemente quiero estar ahí.
Pero como todo, había descuidado dos partes importantes de mi vida: el futbol americano y mi novia. Tanya está más que furiosa conmigo. La he dejado plantada no solo una, sino tres veces en la última semana, la cual, he estado alargando hasta por dos horas las asesorías perdiendo la noción completa del tiempo y es inevitable para mí. Es por eso que fui reprendido también por el entrenador, el cual extrañado me mandó a llamar a su oficina. Jamás había faltado a un entrenamiento por lo que indudablemente, la preocupación nació. Incluso Jake, el cual me mira de manera extraña con cierta preocupación y desdén en cuanto le decía a donde me dirigía, más nunca me reprochó nada.
Después de un día lleno de quejas y reproches, como cada tarde de un viernes y justo tres días antes de mi examen final, llego puntual a la hora en la biblioteca. O incluso antes, no lo sé. Me siento en la acostumbrada mesa de fondo donde indudablemente es perfecta y cómoda para la poca percepción de ruido y distracciones. Una parte de mí está feliz porque finalmente todo esto terminará y por fin seré libre, pero no me hace muy dichoso dejar la costumbre de venir a estudiar y no entiendo el por qué. La graduación está en puerta y definitivamente mi futuro se abre paso.
Muevo las manos enfrente del escritorio con nerviosismo. Carl — el que siempre se pica la nariz cuando habla — y su amigo el de los Pókemon cibernautas, se enfrascan en una conversación muy poca usual. Quiero no entrometerme en sus asuntos pero me es inevitable oír.
— Es injusto que quieras invitarla al baile de graduación — murmura Carl—. Ella me habló primero.
— Estás loco — contesta el otro que por cierto responde al nombre de Joe, solo que me es muy difícil recordar —, la chica es linda y no perderé la oportunidad de hablarle a una y que no llame a la policía en el intento.
No puedo evitar reír en silencio.
— Siempre haces lo mismo — le discute el afro — crees que porque es linda ya es tuya. No será así hasta que ella acepte.
— Bella saldrá con el mejor — apunta Joe en forma de desafío y no puede evitar sobresaltarme.
Pero en cuanto me doy cuenta, una mano toca mi hombro con suavidad y luego con brusquedad inesperada. Joder, que susto me ha dado.
— Hola, amigo — saluda Jasper, un sujeto de cabello rubio que algunas veces salía de farra conmigo y también un integrante de mi equipo. Aunque siendo honesto es más frustrante que una patada en los bajos — ¿Qué haces aquí? Pensé que a esta hora salías con Tanya.
— No, estoy en mis últimas clases de asesorías.
— No puedo creerlo — dice burlón — ¿Y cuánto tiempo estarás aquí? — pregunta demasiado interesado para mi gusto. Alzo una ceja expectante y suspiro mirando mi reloj de mano. Faltan diez minutos para las tres de la tarde.
— Como dos horas, ¿Por qué?
— Por nada — expresa con cierto tono de misterio, cosa que me hace dudar demasiado—. Entonces ¿estarás aquí?
— Por el amor de Dios, Jasper ¿A dónde quieres llegar? — pregunto con fastidio ante la insistencia del desesperante individuo que tengo frente a mí.
— A nada, nada — responde alzando las manos como si fuese necesario defenderse de algo que seguramente lo arrollaría—. Solo me interesa donde está nuestro desaparecido mariscal de campo.
— Bueno, ya lo sabes — y noto como la figura distraída de Bella entra por la puerta principal, embelesada leyendo un libro— ahora vete— ordeno.
El rubio me sonríe chasqueando los dedos y se retira despidiéndose con la mano con una señal insolente en sus labios de algo que llevaría a cabo. Seguramente algo pervertido por la fama que tiene. No pude evitar molestarme en cuanto fija la mirada en la espalda de Bella o mejor dicho, en su trasero. Casi escucho tronar las astillas de un lápiz que tengo entre las manos y estoy a punto de pararme para molerlo a golpes cuando su voz me distrae.
— Vaya. Llegaste temprano — comenta depositando sus cosas en la mesa y yo sigo con la mirada perdida, notando como la cabeza de Jasper Withlock sigue absorto mirando a través de la ventana el cuerpo de la chica.
Pongo mis manos sobre la mesa aferrándome fuertemente a ella para no salir en dirección del fastidio humano que forma parte de mi equipo y poder romper su maldito cuello. Me siento enfermamente molesto sin saber por qué. Bella pasa su mano frente a mi cara, trayéndome a la realidad y disipando levemente mi rabia.
— Lo siento — me disculpo tratando de sonar lo más calmado y amable posible—. Me pareció ver algo que hacían allá… — y muevo las manos sin ningún rumbo. Ella gira la cabeza y no ve nada interesante.
— Parece que no hay nada más llamativo en la escuela hasta ahora que el baile de graduación, si eso es lo que viste. Bueno, eso me han dicho que será genial — y ella sonríe sin ganas sacando un libro enorme de algebra. ¿Me está mandando un mensaje subliminal? La confusión de su comentario me hace centrarme en su rostro y me olvido de los demás. Ella se ve un poco triste con ese tema a flote y me pregunto por qué—. Bueno, comencemos — continua rompiendo su faceta triste — ¿Dónde nos quedamos?
Paso saliva en seco.
— La verdad es que hemos terminado la unidad — digo satisfecho — no hay nada más y el examen es este lunes. Lo que estábamos haciendo era ver temas nuevos — y me siento un sabiondo al decir aquello.
Bella es una chica increíblemente inteligente, tanto que me estaba enseñando temas que es imposible ver a nivel preparatoria. No entiendo cómo sabe tanto, pero supongo que todo se debe a ese afán de leer como si el mundo dependiese de ello. Pero luego de dos semanas junto a ella, me di cuenta de pequeños detalles que obviamente nunca antes había notado en una mujer y mucho menos en mi novia, porque aunque la ame tanto, a veces Tanya es una chica sin mucha complejidad. Pero Bella es totalmente diferente. No me había equivocado, es más o menos un año menor que yo — o de mi edad al menos—, e increíblemente aplicada en sus estudios.
Aunque su vida es un completo misterio, refiriendo a que no sé de donde viene, ni de su familia e incluso de sus apellidos, sé que ella misma quiere formar parte de la generalizada población estudiantil, es decir, quiere pasar por desapercibida. Demasiado culta y respetuosa y ningún novio o pretendiente a la vista aparte de los extraños y nerds amigos que usualmente hablan con ella y con amigos hago referencia a todo el clan Pókemon cibernauta que se desvivía hablando en la biblioteca, todo en torno a Bella.
Quizás debían ser que esas gafas feas eran una especie de escudo contra el mundo porque la chica es verdaderamente muy bonita si le pones atención, aunque fuese la más mínima y lo podía comprobar con la manera demandantemente asquerosa en que Jasper la veía y también los demás. Gruño de solo recordarlo. No había mucha información respecto a ella, así que me tenía que acostumbrar con el misterio del ratoncillo de biblioteca.
— No hay demasiado qué hacer entonces, Edward — dice rompiendo mis cavilaciones y se muerde sutilmente la boca. Parpadeo un par de veces y carraspeo para centrarme. Otra vez.
— Ok. Entonces, ¿qué haremos?
Ella baja la mirada y la dirige a sus pies mientras un rosado pálido mancha sus mejillas. Me siento desconcertado.
— Creo que puedes tomarte la tarde libre. Solo estudia el fin de semana y estarás más que preparado para tu examen. Además, tu clase de biología está liberada.
Vaya. Me siento sorprendido, por fin tengo la tarde libre en dos semanas. Una parte de mí se alegra pero otra siente nostalgia de nuevo, me estaba acostumbrando a la usual rutina de pasar primero de una y luego de dos horas diarias, tres veces a la semana que, paulatinamente se fueron convirtiendo en tutorías diarias que no supe cómo, comencé a necesitar y no porque quisiera aprender necesariamente. La chica de los ojos marrones es una excelente compañía cuando llegabas a tratarla. Alguien al fondo pega un luminoso cartel de letras chillonas fluorescentes que dice:
Graduación generación 2006- 2009.
Próximo viernes a las 8:00 pm en el auditorio del instituto.
Tema: una noche en la luna.
Ambos giramos nuestras cabezas y noto como Bella se muerde el labio en cuanto sus ojos se desplazan sobre el anuncio, se ve ansiosa y aprieta la mano alrededor de la correa de su mochila. Yo vuelvo a mirarla y recuerdo lo que ha dicho.
— Eso sería genial — casi grito y obtengo su total atención —. Podré ver a Tanya — y miro a mi pequeña tutora con los ojos abiertos a la par.
— ¿Tanya? — Pregunta desconcertada y luego suspira colgándose la mochila en el brazo izquierdo —. Ah ya, tu novia — y sonríe sin ánimo — Bueno, espero que te vaya muy bien en la prueba, Edward — y su presencia se hace cortante —. Me tengo que ir, suerte — y me da la espalda.
No sé por qué, pero la despedida me es insuficiente. Aunque primeramente quiero pasar el resto de la tarde con mi rubia, la idea de no estar con Bella no me agrada.
— Oye, Bella. Espera — la llamo y ella se gira. Puedo ver como una chispa de esperanza brilla en sus ojos mientras noto como de nuevo ve el anuncio de la graduación de manera sutil.
— Dime — sonríe respondiéndome con ansias.
Yo me quedo aturdido por la profundidad de su mirada y muevo la cabeza dos veces para salir del trance.
— ¿Quieres que te lleve a algún lado? Quizás donde vayas esté de camino a casa de mi novia — fue lo único que se me ocurre decir y me regaño internamente.
Idiota, idiota, idiota.
Ella me mira como si le hubiese dado una bofetada y baja la vista rompiendo nuestro contacto.
— Yo creí… No creo que… Es decir… — balbucea —. Estoy bien, gracias — y alza las manos como si quisiera evitar una cercanía inexistente y suspira de nuevo mostrando decepción en sus ojos—. Adiós.
Y sale tan rápidamente de la biblioteca, dejándome perplejo. Incluso es tan repentino para Carl y Joe quienes ni siquiera tuvieron la oportunidad de despedirse o decir algo más. Decepcionados ambos, vuelven a sus lugares. Yo me quedo absorto y con los pies plantados en el suelo, como si me hubiese quedado estúpido y no supiese como caminar… O pensar.
— ¿Quería que la invitara al baile? — Reacciono después de casi treinta segundos. Y me golpeo la frente con la palma de la mano—. Soy un imbécil, ni siquiera le di las gracias por lo que hizo estás semanas. Ella esperaba eso, pero no puedo. Si Tanya sabe que invité a otra, me castra con el hacha de su padre— y paso un trago de saliva enorme posando mis manos por mi muchacho—. Dios, soy un imbécil, debí al menos invitarla a comer — y salgo corriendo a buscarla.
Camino por los pasillos y corro hacia el aparcamiento. Cuando encuentro su achocolatada melena entre la poca gente que queda en la escuela, ella sube a una viejo Mustang gris, quizás más viejo que su abuelo y sale hacia la carretera dejando un leve rastro de humo de un desahuciado motor de los años ochenta.
— Me siento un asno — digo para mí solo y una voz en mi cabeza, a la que creo que muchos llaman conciencia me dice: Eres un imbécil.
Subo a mi Volvo negro y miro mi reloj de mano. Ha pasado apenas media hora desde que salí de mis clases de tutoría, por lo que supongo que mi novia se llevará una enorme sorpresa al verme llegando a su casa por primera vez en semanas, temprano.
Cuando llego a su casa, aparco el auto lo más silencioso que puedo para asombrarla, a sabiendas de que tenemos toda la disposición de la casa para nosotros dos — ya que sus padres están ausentes a esa hora de la tarde y vuelven más allá de las ocho de la noche —. Era una ventaja que ambos trabajaran en Port Angeles. Afortunadamente tengo una copia de la llave de la casa, que la misma Tanya me había dado. Entro en silencio con una sonrisa en los labios y me dirijo hacia su habitación. Tomo la perilla con cuidado y mi alegría se apaga en cuanto noto que extraños ruidos que se escuchan desde la pieza. En ese instante, me arrepiento hasta del momento en que había entrado a la carretera para ir a su casa.
Mi novia, la mujer que yo amo, está abierta, desnuda y sudada con el hijo de puta de Jasper Withlock entre las piernas. Mi cabeza me da vueltas, las manos me tiemblan y solo a mí alrededor puedo escuchar el chillido aterrorizado de Tanya en cuanto le parto la cara al rubio. Me siento enfermo, desquiciado y con el poder y todas las ganas de acabar con la vida del ser miserable que está sangrando por la nariz y los labios. No es más mi cuerpo ni mis pensamientos, ahora yo no pienso, solo siento y odio, hasta que su tacto me trae a la realidad.
— ¡Eddy! ¡Suéltalo, lo matarás! — llora y entonces, no sé por qué pero la obedezco. La miro a los ojos, mi rabia me sobrepasa y siento como ella tiembla de miedo.
— ¿Por qué? — pregunto solamente con un nudo en la garganta.
Ella comienza a llorar y se acerca hacia a mí pero yo se lo impido.
— Tú… — balbucea mientras veo de soslayo a Jasper inconsciente y molido por golpes. El enclenque hijo de puta no ha aguantado nada —. Te alejaste de mí… Solo estabas en esas estúpidas clases y yo estaba sola el resto de las tardes… Te olvidaste de…— llora.
Es increíble, que excusa más idiota.
— No te atrevas a decir eso — le recrimino — no te atrevas a decir que me olvidé de ti porque todo, desde el inicio has sido tú. ¿Y qué mierdas crees que hacía ahí, Tanya? ¿Eh? ¡Estaba intentando formar nuestro futuro! Un futuro de mierda que sin duda no valía la pena, como tú — y la miro a los ojos—. Mientras tú te follabas al más grande cretino hijo de puta del equipo, yo salía adelante con cada maldita clase que hacía peligrar nuestra vida, nuestros planes, porque quería ir a la estúpida Alaska contigo, solo para seguirte. Me enfrenté a mis padres, a mis maestros por ti. ¿Tan fácil fue para ti todo? ¡Mierda! ¡Teníamos planeado algo! — Y noto como baja la mirada — me dijiste que me amabas, Denali. Me lo dijiste. ¿Y qué encuentro? A mi novia abierta de piernas… ¡Carajo! — golpeo la pared con fuerza — ¿No pudiste aguantar unos días sin mí? ¿¡No pudiste?!
— Edward… Lo siento…— Solloza de nuevo y evito su contacto.
— Se acabó, Tanya. Yo no merezco estas mierdas y mucho menos después de lo que hice por ti— y salgo de su casa sin importar el dolor que me aturde por el fluido de sangre que salía de mis nudillos.
Viajo por el kilómetro 83 a toda velocidad no sin antes hacer una parada a una licorería a las afueras del pueblo. Estoy seguro que el señor Ashford no tendrá problemas en venderme una buena botella de whisky o cualquier cosa que me mande directamente a la inconsciencia, legalmente era capaz de comprar una. Me siento tembloroso en cuanto me coloco frente a la caja registradora, no quiero que me cuestione por el verdadero manojo de nervios que me he convertido y yo solo me limito a asentir en cuanto me dice el total y me entrega la botella en una bolsa de papel. Yo salgo sin tomar el cambio y de nuevo subo al auto a toda velocidad.
Son aproximadamente las seis de la tarde y como en Forks usualmente siempre está lloviendo, no me extraña que esté oscureciendo ya. Comienzo a beber de la botella y mi mente viaja al pasado, pero no precisamente con lo que tenía con Tanya, sino a los momentos verdaderamente felices: mi infancia. Subo una colina que da al lago donde iba a pescar con los Black, los Swan y mi padre. Ahí, hay una pequeña cabaña donde a veces dormíamos y hacíamos fogatas, hacía años que no volvía.
Me estaciono y azoto la puerta en el auto con tanta fuerza que me sorprende el sonido del mismo. Entro mediante tumbones y forcejeo la entrada para poder entrar. Todo está en su lugar, me sorprende ver todo increíblemente pulcro debido a los años, como si alguien hubiese pasado un tiempo ahí, antes y no hacía mucho. Me siento con la botella de vidrio en la mano derecha y comienzo a beber haciendo pequeños gestos en cuanto desciende por mi garganta. Quiero llorar, gritar y golpear todas las cosas a mí alrededor pero tampoco puedo permitirme destrozar el santuario de mi infancia.
Pero entonces puede más mi enojo y tomo una silla de madera — esperando no tuviese después un enorme valor sentimental para alguien especifico — y la reviento contra el suelo.
— ¡Mierda! — Gruño jalándome solo del cabello y comienzo a golpear la pared, lastimándome los nudillos.
— ¡Hey, hey, hey! — Alguien llama a mi espalda y yo sigo sangrándome las manos — ¡Para! ¡Para! ¡Edward! — Chilla tomándome de las esquinas de mis hombros y me dejo caer por aquel repentino movimiento. Estoy mareado. No, a decir verdad, estoy más borracho que un alcohólico en fiestas navideñas. La cabeza me da vueltas de manera horrible y como no he comido nada, el efecto del alcohol fue inmediato y fuerte—. Dios santo ¿qué estás haciendo? — pregunta aquella voz que no reconozco. Estoy en medio de sus piernas e instintivamente recargo mi nuca en su pecho, que sube y baja con irregularidad, quizás por el movimiento brusco. Me siento muy cómodo.
Entorna los brazos alrededor de mis hombros en un intento por tranquilizarme y yo me acurruco ahí, si un sujeto me está abrazando, sé que suena homosexual pero quiero que lo siga haciendo. Y sin más, me quedo dormido.
Bueno chicas, aquí está el segundo capítulo. Espero que les haya gustado y para que vean que no soy mala onda,
¡SUBIRÉ EL TERCERO!
