—¿Qué...? —intentó, algo desorientada aún—. ¿Qué ha pasado?
—Te desmayaste en la puerta —señaló él con el dedo hacia la parte trasera del sofá con una expresión de preocupación. Sin embargo, no sabía si era por lo que acababa de pasar o por lo que estaba a punto de iniciarse—. ¿Estás bien? —suavizó aún más la voz.
—¿Qué haces aquí, Castle? —espetó con una sacudida de incomprensión.
—Yo... He... —el miedo a meter la pata le impidió hablar con claridad. Aquella situación no era lo que había esperado para el reencuentro—. He venido a verte.
—¿Dónde estás, cariño? —lanzó ella con repentina celeración, como si acabara de recordar algo olvidado, buscando por encima de los hombros de Castle, quien le impedía parcialmente la visión de la alfombra.
El pequeño llevaba ya un par de minutos observando la escena, con un camión de plástico colgando de su manita y unos ojos celestes abiertos como platos, cautivos por las anchas espaldas de aquel extraño. Rápidamente soltó el juguete y corrió en brazos de su madre.
—Mamá, ¿qué te pasa? —se avalanzó estirando sus extremidades.
—Nada, cariño, mamá está bien. No te preocupes, me he mareado un poco, pero no es nada. ¿Ves? —lo calmó al reclinarse sobre el respaldo, apretándolo contra sí misma, y besó su frente—. Ya puedes volver a jugar, te voy a traer el biberón, ¿de acuerdo? —recibió una afirmadora expresión de satisfacción tras haber conseguido la atención de su madre.
—¿Y jugaremos con papá después? —cuestionó con naturalidad, entornando su cabeza hacia la izquierda, donde un confuso Castle se encontraba paralizado, con los labios entreabiertos y las cejas apretadas, absolutamente perdido, procurando entresacar la respuesta oculta a aquella pregunta. El niño conectó sus bondadosos ópalos, transmitiéndole aquel tipo de confianza ingenua y despreocupada que caracteriza la pureza de los niños.
—Claro, ahora merendamos y luego podemos jugar otro ratito —al resolver la sencilla petición del pequeño, ella también inclinó su cabeza hacia donde Castle se encontraba, todavía de rodillas, y le hizo comprender con su expresión tranquila que todo estaba bien en aquel intercambio cifrado de palabras. Castle posó sus ojos sobre los de ella, que por un momento cargaron el ambiente al hacer resurgir los recuerdos, y, después, volvieron al niño. Tras saltar un par de veces de uno a otro, la situación de tensión se rompió y todo volvió a su lugar.
—Vamos —Kate fue la primera en recuperar la posición inicial y el pequeño dio un beso a su madre cuando ésta expuso su mejilla. Seguidamente, lo elevó de su regazo y lo dejó en el suelo; acarició su mentón y lo dejó marchar. Kate hincó los codos en el cuero y se propulsó fuera del sofá. Comenzó a caminar tras ofrecer una mirada furtiva hacia Castle, quien estudiaba con perplejidad toda la escena.
Castle resiguió el trazado que Kate había emprendido sobre sus pies desnudos hacia la cocina. Su figura se mantenía estilizada como tiempo atrás, hoy escuetamente tapada por un pantalón corto de pijama y una camiseta de tirantes blanca que dejaba al descubierto sus hombros y parte de la espalda. Castle se volvió hacia la alfombra y vaciló unos instantes para al fin seguir los pasos de ella hacia la cocina, donde se detuvo bajo el dintel de la puerta, con los brazos caídos, a la espera de ser advertido. Silenciosamente, Kate había vuelto a colocar el biberón dentro del cazo y encendido el fuego. Después de todo aquello, se había vuelto a enfriar.
—Kate —la llamó, fijando la mirada en su cuello, despejado éste gracias a la posición en la que estaba su cabello castaño, ensortijado en ondas gruesas por encima del hombro derecho.
Ella se contuvo, apretando con ambas manos el filo de la encimera a la vez que vigilaba el cazo, cabizbaja. Cogió aire y lo expulsó con un sonoro suspiro que denotaba cansancio. Cerró los párpados con resignación, cavilando una respuesta. Se sentía perdida y le temblaba el cuerpo al pensar que lo tenía allí, detrás de ella. Los pensamientos se agolpaban en su frente con aceleración, y no era algo para lo que estaba preparada.
—¿A qué has venido? —resolvió con dureza, todavía ofreciéndole su retaguardia.
—A saber de ti —respondió sin dudas—. Te echaba de menos.
—¿Qué? —se volteó de golpe y le clavó una mirada inquisidora. Fruncía el ceño con incredulidad—. ¿Ahora te acuerdas de mí?
—Lo siento —bajó la cabeza momentáneamente y la volvió a encarar—. Nunca me olvidé de ti, sólo necesitaba... ¿Podemos hablar o no es el lugar? Realmente no sé si es el mejor contexto —preguntó con franqueza y posicionó su cuerpo de perfil en medio de la puerta, pudiendo virar hacia el salón, donde se econtraba el pequeño, y hacia ella—. ¿Está él aquí? ¿Me voy?
No obtuvo respuesta. Kate le dio la espala de nuevo, retiró el biberón del cazo y lo secó con un paño. Con el recipiente entre sus manos, se encaminó hacia el comedor y atravesó la puerta por entre el marco y su cuerpo con furia, rozándolo con el brazo.
—¿Él? ¿Quién? —era una pregunta retórica. Sabía a quién se refería, pero le parecía tan surrealista aquella cuestión que no pudo evitar sonar severa, casi hiriente.
—El padre —se atrevió con voz quebradiza.
La siguió hacia la alfombra, donde ella había vuelto a entablar una conversación apenas audible con su hijo; lo sentó sobre un cojín y le ofreció el biberón, que el pequeño aceptó con apetito. Kate encendió el televisor, sintonizó un canal de dibujos animados y abandonó al pequeño apaciblemente tras besarle la cabecita.
—Castle, está bien. Y, pese a no entenderlo, puedes quedarte —respondió frente a él, con los párpados apretados y masajeándose la sien con las manos, todavía algo temblorosa. Buscaba en algún lugar de su mente la clave para el siguiente paso.
—Tienes un hijo precioso —terció con sinceridad, delineando el contorno de los labios de ella—. Sus ojos son bellísimos, profundos.
Aunque hubiera transcurrido tanto tiempo, no esperaba reencontrarse con ella en una situación tan cambiante, con un hijo. Era un pensamiento estúpido, lo sabía, porque habían pasado muchos meses tras la última vez que se vieron. Era la evolución natural. Sin embargo, no podía asimilar que lo que habían tenido se había marchitado para siempre. Era obvio que ella había rehecho su vida a diferencia de él, que lo había estado intentado infructuosamente y se había negado a perpetuidad la única verdad de toda aquella historia, motivo por el que había vuelto impulsado por una fuerza involuntaria hasta la puerta de su casa.
—Lo sé —articuló lentamente—. Los tiene como su padre —en aquel instante recobró la seguridad y volcó su penetrante mirada en los iris azules de Castle, como si quisiera desvelarle algo que él no estaba capacitado para comprender—. Se parece mucho a él: es igual de travieso, hablador y cabezota. Pero también es bondadoso, y cariñoso. Y muy inteligente —añadió e hizo una pausa—. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Un punzón se clavó en sus entrañas. Aquello le había dolido: el saber que ella había generado lo mejor de su vida lejos de él. Pero se sentía parcialmente recompensado al oír sus palabras, al pensar en la posibilidad de que ella fuera feliz. De todos modos, el amor puro es algo incondicional, un experimento emocional que se siente al margen de las circunstancias personales, así que quería su bien por encima de todo, algo que no dejaba de amargarle y de encogerle el corazón en la misma proporción.
—¿Sabes? Pensé que no te volvería a ver —lanzó a bocajarro tras cruzar los brazos bajo su pecho.
Había conseguido retomar la confianza, escondiendo su propia debilidad y haciéndose valer del sentimiento de constricción que emanaba el lenguaje corporal de Castle. El rostro de él denotaba derrota, y lo iba a utilizar para alejar la inicial sensación de vértigo, de inseguridad.
—Intenté huir pero no he podido. Ésta es mi castigo —contestó mientras observaba al pequeño.
—¿Huir de qué? ¿Por qué te fuiste? —increpó—. Desapareciste un día, sin más. No lo entiendo. No estoy segura de si te debería perdonar. Porque, ¿has venido a eso? ¿Qué es lo que quieres, después de todo? Ni siquiera sé por qué estoy hablando ahora contigo y aquí, en mi casa —ayudó a empezar la conversación que ambos tenían miedo a desarrollar desde que se vieron en la puerta de entrada.
