Nota del autor: Agradezco profundamente las lecturas que el primer capítulo ha recibido. Si tan solo pudiera formular un deseo a mis lectores es que dejen un comentario, sea de la naturaleza que sea, ya que toda crítica tanto positiva como negativa es un preciado regalo para mí. Ahora os dejo con el segundo capítulo.
Capítulo 2
Se hospedó en una humilde casona junto al puerto. No sabía qué quería para sí, pues la decisión de su vida ya la había tomado y el no querer permanecer solo pasa factura a un guerrero abandonado por la que, hasta ahora, su única amiga había sido: su fuerza. Pero las flaquezas lo obnubilaban y de ceguera no muere nadie, pero torpe se desplaza a tumbos por lo guijarros del mar de islas. Y no había para él compañía dulce entre los borrachos que a su lado poblaban la estancia o las sirenas sin alas que cantaban sobre la tarima. Así, tuvo que pasearse por la brisa del socavón que era el puerto y verse muerto de hambre, ávido de entablar conversación con aquel que lo escuchara, noble virtud.
Se encontraban en aquellos días hombres dispersos por el embarcadero pidiendo limosna a gritos de mano vacía; él tenía para darles y no les daba, porque no creía que en algo les beneficiase. Así había sido educado en la escuela del esfuerzo constante por la superación propia, siendo la única meta llegarse mejor. No obstante, aquellos valores ya no le servían, se habían quedado frágiles y rotos en el desván de su ensueño, también truncado. Pues ahora no buscaría una meta, si no era precisamente arraigada a otro. Y si a uno de aquellos junto a sí toleró fue porque nada le pidió más que compañía en sus últimos instantes de vida, moribundo, flacucho y enfermo el luchador quiso cederle su tiempo y sus manos asieron su diestra, perdida la siniestra. En un principio ambos estaban hablando a ojos llenos de terror: él uno por la certeza de la muerte, el otro por temor a quedar preso de la indecisión. Hasta que los labios del medio muerto pronunciaron:
-¿Quién eres tú, joven, que de mi último aliento eres partícipe, que de otros has rehuido el auxilio inmediato, negándoles de vida unas monedas? Perdóname si deshablo. ¿Qué alma tienes que prefieres agarrar al muerto de un brazo, en lugar de la sonrisa a un vivo exprimir? ¿Con qué ánimo miras el espejo si lo que ves no te agrada y en otro buscas lo que tú te tienes que regalar? ¿Qué lobo buscas ser que de las ovejas quieras ver el miedo mundano, que no seas capaz de padecer por cobardía? Perdóname si malhablo. Si a otros buscas, encuéntralos en la verdad del todo; no quieras lechos de muerte compasivos, sino días sin fin.
Mientras hablaba, la fuerza de su rostro demacrado y raído recobró, viéndose más vivo, demostrándose valioso incluso al final, cuando ya nada queda salvo deshacer el camino de un golpe: el hálito. Y mientras apagaba su voz y con la mirada leía la respuesta en los ojos desnudos de su huésped, compañero de desperdicios, este articuló una respuesta inaudible:
-Que te creas con el suficiente coraje para desdeñar mi compañía en este, tu último, te honra. Que digas verdades inequívocas, unívocas, llanas y despeñes sin manto atollando al bandido de corazones en el fango de su propia mentira descreída al darse la vuelta, me maravilla. Pero no toleraré, si algo de orgullo aún roe la entraña de mi sinrazón, que juzgues altruista mi actuación contigo, solo porque nada te pida a cambio. Porque nada tengo que pedirte. Porque tú eres la vela que he decidido girar y que de rumbo vire el todo y la nada. Creando vida nueva.- dijo.
Él ya no lo escuchaba desde el primer "lo siento" que al mundo dirigía, personificado en un paupérrimo moribundo con escrúpulos de muerte: Aunque muerto, le había regalado la fuerza de viento que un pequeño hombre necesita: le había dado una férrea maraña de valores. Se levantó y sin agradecérselo más que habiendo sido su testigo de agonía se despidió.
Cuando salió del sucio callejón en el que las tormentas y las ratas se cobraban vidas a expensas de los desperdicios de una luenga y desordenada carcoma, azote de pueblos, vio a un grupo de los mendigos agazaparse junto al fuego: todos callaban y desviaban su vista de la faz nocturna y gris que surgía. Había oído las palabras de promesas y júbilo que no se habían pronunciado. Sabían que él estaba solo. Por eso, mientras se marchaba, uno de ellos, obligado por el poco aprecio al prójimo que le quedaba, gritó:
-Ven, acércate al fuego y cúbrete con una manta. Habla con nosotros, que, aunque callemos ahora, sabemos fácilmente avivar nuestro espíritu con canciones para combatir la desesperanza. No te gires ni me mires como si te estuviera regalando lo que no te perteneciera: esto no es lo que te damos sin pago, tú has querido estar junto a nuestro igual en su muerte; si no nos has dado limosna, incluso aunque tengas de sobra, no te lo reprocharemos. Pero es justo y creo que todos así lo queremos: vente con nosotros.
Él nunca hubiese ido, aunque aquel, que aquello no hubiese hecho, no por desprecio, sino por convicción, no era él. Ahora le barruntaron las ganas de acompañarse y allí lo encontraron: un lugar diminuto junto a la marisma de podredumbre. Un primer hogar muy modesto junto a unos corazones. Corazones nacidos de miseria, corazones buenos. Su primer hogar en la vida. Y uno de ellos, que no tenía nombre, pues los que en el mundo carecen de importancia, de renombre, pueden pasar sin uno y ser queridos de todas formas; así le preguntó, con mucho cariño y acercándole un harapo de manta que sus rodillas cubriese, quién era.
-Yo no puedo con livianas palabras contestar, pues daño me harían- respondía Poliskwan- ni voy a veinte años resumir en una preambulosa conjunción de anécdotas. Pero sí que es cierto que he tenido una vida apasionante, la cual os relataré para que, como mis allegados, toméis y de la misma manera, combatiendo el dolor de la pérdida de vuestro colega, pasemos la noche entre historias:
«Su nacimiento y primeros años fueron un periodo oscuro, del que por razones más o menos razonables no recordaba nada. Pero así se halló él con seis años solo en una isla buscando saber qué quería ser. Pues lo único que se le había enseñado era que todo se consigue con esfuerzo y ya no le quedaba nadie, había sido abandonado, pues. El joven muchachín, que era Poliskwan entonces, nació con grandes cualidades de batalla, otorgadas por la sucesión sanguínea de su padre y por su estirpe dura, el carácter y el honor. Así de rudo creía ser aún sin levantar palmos del suelo. Lo primero que hizo, al parecer, fue ser entrenado por un maestro que a hacerlo todo por sí mismo lo empujaba. Pero cuando, pasados unos años, libre del vínculo discipular, quiso ser aventurero, se tuvo que marcar un objetivo en sus peripecias, para que estas tuvieran en algún momento fin.
Se dijo que quería llegar a ser el más poderoso, capaz de vencer a todos en un combate de fuerza y agilidad, a los más incluso podría vencerlos siendo joven, pero el propio esfuerzo de crecer, de mejorarse le ayudaría a romper los moldes que lo habían forjado. Así evolucionaría por sus avances hasta llegar a la difusa meta. Iría de isla en isla, buscando los retos entre los hombres y de aquellos de los que los obtuviese lo harían mejor.
Y así anduvo durante diez años venció muchas veces, perdió otras; pero no arrebataba la vida para que no le fuese arrebatada: hubo enfrentamientos que días le costaron, costillas, incluso. Logró grandes amigos entre vencedores y vencidos. También enemigos, aunque menos, pues él no buscaba más que el enfrentamiento sano: Marines, piratas y el gran sinfín de marabunta de brazos y pies. Todos los que a su ojo parecían merecedores de ser batallados acababan por encontrar un duelo justo.
Pero recientemente, hace nada, en realidad, encontró ante sí una de aquellas frutas dispuestas por todas partes que todo lo contaminaban con su alquitrán de corrupción, truncando sueños a bocanadas. Si en otras ocasiones, como quien ha viajado mucho lo sabe, había pasado por alto las que por camino adelante encontraba, para que no le pasaran factura, aquella no quiso ser dispuesta de la misma manera. Pues tan pronto como la vio, sintió irrefrenable deseo de sentirse grande. Para crecerse cometió la injusticia que lo marcaría de por vida: se alimentó de la fruta que lo expulsaría del paraíso de su sueño lento y solitario y lo empujaría a buscar la ayuda del otro.
Al comerla se vio más fuerte, ilusión rechinante, capaz de todo. Por fin podría ir y retar a todos aquellos que ya la élite misma del mundo suponían. Así viajó buscando el temible hogar de su terror y desesperanza heladas. Pues a manos de un solo hombre fue tal la derrota, tan grande el desánimo, que se dio cuenta de que ni una vida entera de enfrentamientos, de mala vida entre lágrimas de sangre, bastarían para ayudarle a alcanzar tal escalón. Muy abajo se encontraba: Aquella derrota le supuso la pérdida de la meta específica. Y fue entonces cuando decidió hacerse a la mar. Destrozado y roto y medio desvivo. Arribó a aquella costa, donde las olas rompen, quizá esperanzado, maravillado o tal vez realmente derrotado. Ahora no buscaba enfrentamiento alguno, ahora solo le quedaba encontrar a quienes quisieran forjar un sueño con él.»
Cuando así hubo hablado, todos comprendieron que aquel, junto a ellos sentado, no era sino merecedor del mayor honor; un guerrero ahora solo que buscaba entre ellos ayuda para tener compañeros que con él hicieran estela. Las olas no podrán romper un vínculo tan fuerte:
-Joven, yo también tuve un sueño- hablaba uno, que tampoco tenía nombre- y fue truncado, aunque más modestamente, pues si hay alguna cualidad que a mí me corresponda es la modestia. Mi gran historia es mucho más pequeña que la tuya:
«Tuve tres amigos que desde jóvenes soñaban conmigo cómo viajar por la mar logrando los tesoros y la fortuna del todo, una épica, aventura. Así, cuando el viento favorable nos fue revelando qué estela debíamos dejar, abandonamos los puertos y las olas y los peces, pescadores éramos, y con negra bandera quisimos surcar. Los cuatro juntos no creímos de piedra. Pudimos disfrutar durante casi dos años del viento en los rostros con botines que entre todos amistad forjaran, infinita.
Navegamos y lloramos y ganamos y perdimos. Pero siempre nos tuvimos. Hasta que, un mal día, uno a quien todos queríamos, claro, ingente, cayó. Da igual si fue en batalla, si se lo llevó un dardo, si fue la ponzoña o el duro filo; cayó y con él nuestro sueño. Pues los tres restantes no teníamos ánimo de seguir con fechorías infantiles y así decidimos llegar a buen puerto para darle sepultura y decidir cuál sería nuestro destino. A pesar de haber perdido a nuestro querido amigo, la presencia de los otros dos me ayudó a no morir de terror por soledad.
Fue en este mismo puerto, hace ya muchos años: atracamos y preparamos los ritos y exequias para el caído. Los tres juntos seguimos y tras el funeral a él lo quisimos recordar por siempre levantándole una gran lápida que reza aún: A los cuatro tú nos eras. Ahora los tres te somos. Y volvimos a la posada donde nos hospedábamos. Pero en el camino sentí, vaya nimiedad, la necesidad de bañarme en la espesura del espumoso mar. Así se lo hice saber: que más tarde a ellos volvería, que allí me esperasen. Y me bañé, fue lo último que hice con vida.
Cuando volví varias horas más tarde a la posada, encontré un horror de terrible destino para mí: los marines habían preparado una asechanza en la habitación y habían capturado o muerto a mis compañeros, todo lo que me quedaba. Al parecer se habían defendido, pues vi sangre. Pero no quise saber si se hallaban vivos, miedo me hubiese dado la respuesta, fuese cual fuese. Yo era cobarde solo y lo sigo siendo. Por eso, sin barco, sin mis hermanos de aventura, sin mí, ni cuatro, ni tres, tuve que rondar el puerto y aprendí a convivir entre los deshechos de sueño, como yo.»
No era una historia que uno pudiese escuchar precisamente sin quedar conmovido y así se concienció de que no era posible ni los sueños cumplir sin su esfuerzo, ni sin amigos; los necesitaba. Así tomó ejemplo de aquel hombre, que carecía como tantos de renombre y sería olvidado a pesar de tener el mayor privilegio de historia vivida. Se haría pirata. No necesitaba nada más que un estímulo pequeño para crearse su nueva realidad que lejos lo llevase: Tendría su tripulación y su navío, sus ciudades y tesoros en ellas. Recompensas y desfortunas aguardaban en el duro camino. Pero, cómo no, estaría acompañado. Así iba elucubrando mientras a su alrededor los demás sin nombre construían la maraña de sus vidas destejiendo y exponiendo lo aprendido, hasta la médula le calaron la historias que escuchó atento. Aquella noche rio junto a desconocidos que ya se hermanaban a un hombre nuevo, distinto al que llegase a aquella tierra de ensueño.
La misma mañana alcanzó al joven despierto meditabundo sobre la arena de la playa cercana al puerto, aunque limpia, establecería sus prioridades: No quería estar solo. Para ello necesitaba tripulantes junto a su sombra, apoyo y fuerza, pero no serían para él los hombres débiles ni ordinarios; quería a los mejores. Navegó entre los edificios de la ciudad, azabaches por el hollín de la extracción de hierro con carretas a los lados apiladas, sucias y negras las calles desorientaban el olfato. Por doquier se apiñaban niños y bestias de carga y enfermos y moribundos. Cuando vio una hoja de blancura en la espesura del mar de podredumbre de aquel barrio obrero: Una pequeña comitiva de tres batas blancas se seguían entre sí formando una estela de pulcra bondad que aliviaba los corazones de cuantos por allí se dejaban medio morir. Eran doctores bien ataviados: pudo describirse una melena de rizos.
En efecto, las dos piedras angulares de Inglaterra el hierro y la venda estaban hermanadas desde hacía mucho: pues al principio los practicantes del arte de la sanación, buenos por naturaleza, habían evitado no ir en primer lugar a los barrios más pobres, dándoles así preferencia sobre los demás haciendo que el barrio amarillo, precioso sobre la colina quedara relegado y en compacta lista de espera sus patéticos moradores tuviesen que ver demorado el trato de sus penurias, siempre menos graves que las de los azabaches del negro barrio. Así, la escuela médica acogía con gusto a los buenos samaritanos practicantes de todo el mundo que su tiempo regalasen a cambio de menos que poco. Y no muchos iban, con razón. Pero de entre los nacidos en Inglaterra también unos cuantos se costeaban el aprender a cuidar las almas ajenas, para ser los conciudadanos, mejores. Así aprendían: sanando desde el primer momento a los pobres desarropados que ni para morirse dignidad tenían y se medio arrastraban por el fango nauseabundo: así se les enseñaba la lección.
Pues ese espejismo de bondad en una isla buena por naturaleza, pero sucia y fea, no pasó desapercibido a Poliskwan que decidido vio como los doctores ayudaban a un vetusto a salir de entre unos escombros que lo sepultaban. Mal dispuestos aprisionaban al lamentable de quien la cabeza no se veía, tan solo un brazo magullado. El más corpulento doctor echó su hombro, inmaculado por la bata, a la polvareda mientras empujaba con afán y sudor y gritos. Pero no podía mover con demasiados progresos la escombrera fatal y sus compañeros, nerviosos se murmuraban el fin de la vida del anciano. Cuando ya la espalda iba a matarlo de dolor, unos brazos fuertes, entrenados desepultaron toda la inmensa cantidad de polvo y muerte que liberó al atrapado. Ya muerto. Así diagnosticaron unos labios bajo una rizada cabeza.
Y él quedó sorprendido del dolor que acompañaban a tales palabras, sin estar inmiscuidas al sujeto, sin conocerlo de nada, sin saber su nombre, ni siquiera si lo tuviera; lo sentía de veras y lloraba lagrimitas de sal. Tan sorprendido quedó que hasta escuchó las gracias de aquel a quien a levantar los escombros había ayudado, pero en vano. ¿Por qué lo había hecho? Si no lo hubiese sabido más intensamente, la pregunta no hubiera tenido más sentido. Pero, el porqué se le escapaba, pues estaba débil y solo y necesitaba a alguien junto a sí. No era ni idóneo ni cómodo para él. Pero se sentía un poco más vivo que aquel que por la bahía había venido y, desde luego, mucho más que el pobre allí tendido.
Cuando se pusieron en marcha, apenas un instante después, él quedó sorprendido, no se habían dirigido ni una palabra y ya quería hablar. Pero no pudo, desde luego, pues tras las gracias se marcharon a otro lugar, a otro curar, a hacer el bien. Y quedó solo de nuevo, pero sin rumbo, de nuevo, pero con meta. Eso sí que tenía: quería seguir a la joven. Y lo hubiese hecho corriendo tras ella de no haber sido por la vergüenza pequeña que sintió de no saber qué decirle, ni si ella siquiera sabía hablar. Por eso se puso en camino encaramado a la pared, subido, al tejado, dispuesto a encontrar la lágrima que por su mejilla había estado rodando un instante y cuyo destino, en tanto que incierto, quería conocer.
Así, para aquella ronda mañanera los médicos siguieron circulando entre calles hasta donde un reguero de sangre los llevaba: anoche dos hombres malhadados se habían encontrado poseídos por el malvado ron y a puñaladas se emprendieron. Uno yacía muerto, el otro moribundo. Pero los agentes del bien de la curación no escatimaron en registros ni identidades: acometieron a salvar la vida de aquel desvalido cortando, pegando, limpiando y vendando. Pasados unos minutos desde que llegaran, en un instante el grandullón despertó quizá sabedor de su nueva condición de hombre vivo y los que allí contemplaban la escena quedaron atónitos, pues no creían que realmente fuese a ser salvado. Pero entre el murmullo de júbilo y alegría general que reinaba entre los transeúntes que fascinados observaban la escena hubo un resplandor: Una hoja, pequeña se blandía contra el cuello de quien hace nada estaba volviendo de entre los muertos:
La mujer del trabajador muerto veía como, mientras su marido yacía, el asesino se recostaba y hasta el color a la cara le volvía. Hecha una furia estaba dispuesta a vengar al caído, por su gloria y su amor truncados. Así la hoja se acercó certera, sostenida por tremulante muñeca y peligrosamente osciló sobre la espalda y la rizada melena: ella, centrada en el vendaje, no oyó el grito de pánico salido de la muchedumbre, ni vio la sombra del puñal, ni a la mujer, ni a esta siendo derribada desde lo alto. Sin embargo, sí escuchó claro el golpe contra el duro asfalto y giró la cabeza para ver a la esposa desplomada, desarmada y a un joven serio con el arrebatado cuchillo en la mano: Supo lo que había pasado y se sorprendió. Recuperada de la impresión, la mujer arremetió a gritos contra el joven y contra el asesino pero rápidamente fue silenciada, prestos los guardias, conducida lejos para que se calmase.
Así, entre gritos y sangre y un tumulto tembloroso se conocieron por vez primera y hablaron quedos los dos:
-Gracias, me has salvado.
-No las des, tú me has salvado a mí.
Ella no comprendió ni supo qué responder, no se había topado con un joven de tales cualidades. Como no tenían más que darse, intercambiaron rápidamente sus nombres:
- ¿A quién debo el gusto de salvaguardar mi vida?- Preguntó Zahe aún debilitada por el fulgor del ataque
- Poliskwan es mi nombre, aunque la mayoría me llama Polis.-Fue una respuesta ensayada fruto de la repetición. Pero ahora quería desenredar su lengua y dar rienda suelta a mil decenas de cuestiones que, al verla, habían brotado.
Sin embargo, el destino no es codicioso ylos guardias llegaron y les hicieron declarar sobre lo que allí había pasado separándolos. Cuando logró zafarse de ellos Poliskwan buscó a la doctora Zahe entre la multitud, pero no pudo encontrarla.
Desconcertado abandonó la muchedumbre que seguía rodeando el lugar del incidente y comenzó a deambular por las calles, hasta quesu oído percibió un sonido que se elevaba por encima del resto del capicaído murmullo de entrecalle. Pues a través de la ventana abierta de que desemboca en balcón de un segundo piso de una lunariega casa, las voces de tres varones entrechocaban quedas y a hondas se filtraban por las rendijas; así oyó el caminante que los tres temían un peligro sobre cuya naturaleza no pudo indagar más, pero cuya fuente sí llegaron a revelar:
Así levantó las pestañas para ver, bañado en el último suspiro de oro, el retrato de la ciudad, y entre la fealdad de la portuaria y hollinosa villa, encontró lo qué alteraba a sus espiados informadores; pues sobre una colina, poco antes del linde con el reducto salvaje de la isla, se cimentaba una hoguera de grandes dimensiones. Ellos, pirófobos, no temían las llamas atendiendo a sus instintos primitivos, sino que era la propia razón la que les impulsaba a querer huir del lugar. De hecho, como bien es sabido: «Los hombres de antaño, temiendo a los piratas y otros asaltantes puntuales que, sabiéndose seguros y experimentados cerca de la mar, atacaban con crueldad todo campamento que a mano les quedase, se internaban en los bosques para erigir allí sus ciudades; pues los hombres del mar temen alejarse de su elemento y se arriesgan a perecer en tierra firme, lo que es para ellos, que pasan sus vidas sobre cascarones de madera, impedimento para el descanso eterno»; no obstante, aquella ciudad, desoyendo la petición de seguridad, se había construido en la mismísima marisma.
Él pensó en olvidar el intercambio de susurros que apenas acababa de oír; más la curiosidad le empujó a dirigirse hacia el crepitar que aún le era inaudible. Por tanto, se volvió en dirección contraria a la que había estado avanzando (pues quería ir al puerto a hacerse con un velamen a una quilla sujeto) y en dos pasos continuó deslizándose entre la marabunta de tejas y cañerías por azar dispuestas.
