Capítulo 2: Reencuentro
Tamao no sabía qué responder. Sin querer, sus ojos estaban empañados en lágrimas y éstas salieron, surcando sus mejillas. Quería decir algo, pero no podía emitir sonido alguno. Los miraba y no dejaba de creérselo. El segundo acompañante, que poseía una negra capa con capucha, también se acercó a ella y se retiró la capucha, descubriendo el rostro y el pelo rubio y largo de una bella mujer.
- ¿Nos dejarás pasar? Recuerda… que es nuestra casa –dijo la mujer rubia.
- No te pongas dura con Tamao… –dijo el hombre, sonriendo ampliamente.
La antigua discípula de Mikihisa Asakura y que ahora era shugenja, se arrodilló como signo de respeto. Sin embargo, empezó a llorar. Tal era su emoción que solamente sabía expresarlo de esa forma.
- No soy digna de la misericordia y de la buena voluntad del Shaman King –murmuró Tamao, con las mejillas sonrosadas.
Aquel hombre joven que no superaría los 22 años de edad se acercó a Tamao y le acarició la cabellera, no dejando de sonreír. Tamao, al sentir el contacto, se encogió, sintiéndose como un ser pequeño e insignificante. Oyó la risa de él, siempre reía, nunca cambiaba.
- Jaja, Tamao… Sé que soy el Shaman King, pero prefiero que la gente me trate simplemente por cómo soy… y no como lo que soy. Además, sigo siendo el mismo, jeje. Soy yo, Yoh Asakura –dijo Yoh, con una sonrisa de oreja a oreja.
Alzó la vista hacia él. Ese rostro lleno de paz y alegría, sus facciones más adultas, su cabellera castaña que se dejó crecer moviéndose al viento haciendo que se despeinara y vistiendo siempre holgadamente. Los años, a pesar de haberle cambiado físicamente, él seguía siendo el mismo, su misma personalidad, su misma forma de ser. Sin poder evitarlo, lo abrazó con fuerza, sin dejar de llorar. Yoh la recibió entre sus brazos y acariciaba el cabello de la mujer con suma tranquilidad. Tamao se encogía más entre los confortables brazos de aquél que un día amó y todavía seguía amando, aunque sabía perfectamente que Yoh sólo tenía ojos para la mujer que los observaba. Esto hizo que se sintiera aún más avergonzada, pero no pudo reprimir su emoción de volver a verlos, y más a Yoh.
- Oh, jo-jo-joven Yoh… Yo… yo lo… lo siento…. Mu-mucho…. No era… mi… mi intención e-enfadarle… –gimoteaba Tamao, nerviosa a más no poder.
- ¿Tú has visto que me haya enfadado? –preguntó Yoh, retirándola de su cuerpo para mirarla a los ojos.
- No-no… pero yo… –ocultó la cara entre sus manos Tamao, con mucha vergüenza.
- Jaja, Tamao, nunca cambiarás, jijiji –reía el hombre de cabellos castaños, levantándose y ayudando a Tamao a que se levantara.
La mujer de 19 se quitó las lágrimas rápidamente, no quería que ante el "joven" Yoh se mostrara como si fuera la antigua niña llorica de siempre. Hizo una reverencia, guardando su compostura, ante los dos invitados que una vez fueron los propietarios de ese balneario y que antiguamente fue una pensión.
- No te tomes tantas confianzas con Yoh, ¿eh? –le dijo la mujer de la capucha negra, con las manos puestas en jarras.
- Perdón, señorita Anna… No lo pude evitar… Me emocioné tanto al verlos que… –se excusó Tamao, sintiendo miedo, juntando sus manos a modo de disculpa.
- Anna, ¿qué te dije? –le llamó la atención el shaman–. Que no fueras tan dura. De todas maneras, fuimos nosotros quien escogimos a Tamao para que se hiciera cargo del balneario y de nuestro hijo, que no se te olvide. Es normal esta bienvenida.
- Sí, pero no me gusta las cercanías que tiene mi marido con otras mujeres –se defendió Anna, cruzándose de brazos.
- Lo sé, pero Tamao es nuestra amiga, como si fuera de la familia, así que no deberías de comportarte así por celos –rió el Rey de los Shamanes.
- ¿Celos? ¿Yo? ¿¡Acaso estás bromeando!? –dijo Anna, con un tic en el ojo, casi escandalizada y con una vena palpitando en la sien ligeramente.
- No estoy bromeando, aunque piensa lo que quieras, jiji. Bueno, Tamao, ¿nos dejarás pasar? –preguntó Yoh, dirigiéndose a Tamao–. Hemos regresado de un largo viaje, y tanto Anna como yo estamos algo cansados, así que nos gustaría hospedarnos aquí.
- Por supuesto, cómo no, joven Yoh. No hacía falta que me lo pidiera, pues ésta, desde siempre, ha sido y seguirá siendo su casa –se arrodilló de nuevo Tamao, como signo de respeto y sumisión.
- Tamao, ¿qué pasa con la sopa? La cacerola está burbujeando y huele a quemado –chillaba Conchi, desde el salón.
- El asqueroso zorro y el abominable tejón –suspiró enfadada Anna, asqueada–. Lástima que todavía sigan siendo tus espíritus acompañantes, Tamao.
La shugenja se limitó a reír levemente y nerviosamente, con una gota en la sien, y dejó pasar a Yoh y a Anna. El shaman sonrió al recordar el lugar, todo estaba en su sitio, bien organizado y bien limpio. Tamao era una verdadera ama de casa que se preocupaba hasta en los mínimos detalles, el balneario estaba en las mejores y perfectas condiciones. Vio cómo la joven mujer se iba derecha a la cocina, gritando cosas como "¡La comida!" o "¡Se me va a quemar!", mientras Ponchi y Conchi se reían.
Anna retiró en un perchero de madera su capa y capucha negras, mostrando un vestido negro largo como el de Tamao y se fue un momento a alguna habitación del balneario. Mientras todo esto sucedía, Yoh se paseaba por los pasillos, observándolo todo. Hasta que se paró al ver una foto en la pared, y la cogió para mirarla mejor.
Sonrió al verla, no recordaba para nada la foto. Habían pasado muchos años de aquello. En la foto estaban todos sus amigos, y también él y Anna. Desgraciadamente, Fausto no estaba, pero estaba con ellos en forma de espíritu, lo que pasaba es que no se reflejaba en la imagen. Ahora, todos se volverían a reunir… Dejó el marco de la foto tal y como estaba en la pared y siguió merodeando por el balneario.
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- ¿Ya? ¿Tan pronto? –preguntó Hana, dándole bambú al panda y acariciándolo junto con Jun.
- Sí, ya tenemos que irnos –asintió Ryû, con la puerta abierta y observando a ambos–. Ren ya lo tiene todo preparado: dinero, ropa, jet, nueva imagen…
- Jiji, apuesto a que Ren se ha quitado el bigote y la barba para que los demás no se rían de él –rió Jun, tapándose la boca con delicadeza.
- Pues sí, por eso lo hizo. Venga, Hana, Funbari nos espera y los demás también –lo apremió el hombre del tupé, pero Hana no estaba muy por la labor de ir.
- ¿Y mamá? ¿No se enfadará porque hemos tardado mucho y por los gastos? –inquirió el niño, temblando de miedo.
- Bueno, lo de que hemos tardado puede que lo comprenda (aunque le hemos dejado bastante tiempo sola), pero lo de los gastos los cubre nuestro buen amigo Ren Tao, que ha querido ser un alma caritativa con nosotros –lloriqueó Ryû por esto último, a pesar de ser tan serio y frío, en realidad Ren era una buena persona en el fondo de su corazón.
- ¿Cómo decías que te llamabas? –preguntó Hana a la taoísta–. ¿Yume?
- No, me llamo Jun –le sonrió con amabilidad.
- ¿Vendrás con nosotros? –volvió a preguntar el niño, algo esperanzado.
- Bueno, eso depende de mi hermano…
- Marchémonos ya –apareció Ren, cruzado de brazos y apoyado en el marco de la puerta, mirando a los tres con aire altivo, ya cambiado de ropa y de look.
- Ah, cómo me recuerdas cuando tenías 14 años, hermanito –recordaba Jun, riéndose un poco–. Vas vestido igual que en esa época, aunque ya estas mas crecidito.
- No me llames hermanito, que ya soy adulto, no un niño de 4 años –bufó Ren, molesto por el comentario de su hermana.
- Oh, pues ya que me lo recuerdas, cuando tenías 7 meses te daba el biberón y te cantaba nanas para que te durmieras. Eras tan gracioso y tan mono, con tu chupete y solamente estando en pañales… –contaba Jun, cabreando más al heredero Tao.
- ¡Cállate, Jun, que no es necesario que éstos sepan de mi vida! –gritó Ren, perdiendo la paciencia.
- Uy, seguro que serías una ricura de bebé –se cachondeó Ryû.
- ¬¬ –Ren les lanzó una mirada amenazante, a punto de sacar la espada ancestral de los Tao.
- Me da miedo… –murmuró Hana, agarrando las largas piernas de Jun–. Me recuerda a mi mamá…
- Bueno, tranquilo, tranquilo, no hace falta que te pongas así, hombre –intentaba tranquilizarlo el hombre de la espada de madera.
- Hum, no se bromea con el Gran Ren Tao ¬¬ Que quede claro –dijo Ren, guardando a Hôraiken en una mochila negra.
- Señor Ren, no se sulfure –salió del ihai un guerrero chino.
- Humm, no te preocupes, Bason –le quitó importancia Ren, colocándose la mochila en la espalda.
- O-Olll –Hana se quedó con la cara blanca, y de repente empezó a chillar–. ¡UN MONSTRUO GORDO CON UNA ARMADURA FEA!
- Mmj… mmjmjjj… mja… mjajajaja… ¡Jajajajajajajaja! –se rieron todos por la reacción del rubio.
- Ryû, tío Ryû, sálvameee… –pidió Hana, abrazando al que era su cuidador en este viaje.
- Hana, tranquilo, que es el espíritu acompañante de Ren, es un guerrero chino, no un monstruo gordo y feo –seguía riendo el del tupé, acariciando la suave cabellera del niño.
- Oh, perdón por haberlo molestado, señorito Hana –hizo una inclinación Bason.
- Mira, si hasta es educado y todo –le hizo mostrar a Hana que ese espíritu no era nada malo, sino un guerrero amable–. No tienes porqué tenerle miedo. Sin embargo, tú no has visto a mi espíritu acompañante desde que naciste… Sólo sale cuando no estás, porque él sí que te daría miedo…
- ¡Pues ya va siendo hora de salir! –salió del ihai el bandido Tokagerô, estirando los brazos y con cara de pocos amigos–. No voy a estar ocultándome toda la vida.
- La has fastidiado, Tokage.
- ¡Qué feoooooooooo! –gritó Hana, señalando al bandido con apariencia de lagarto verde.
- Oye, niño, más respeto, ¿eh? –se dirigió Tokagerô al chiquillo, amenazándolo con un dedo–. A mí nadie me llama feo, si tengo esta apariencia es por culpa de la hambruna que pasé en mi desdichada época, que incluso tuve que comerme a…
- No es necesario que des más detalles, el niño no estaría preparado para eso –lo regañó su amo, interponiendo una mano entre su espíritu y el niño.
- Bah, total, este niño es un malcriado como cierto personaje aquí presente… –murmuró Tokagerô, mirando de soslayo a Ren.
- ¿A quién te refieres? –preguntó Ren, sacando esta vez su lanza de oro y apuntándola al bandido.
- Uy, qué miedo me das… –fingía miedo Tokagerô, haciendo como que temblaba.
- Hermano, ¿no habías dicho hace un momento que nos fuéramos ya? –se hizo notar Jun, alzando la mano para llamar la atención–. Además, necesito saber si voy yo también…
- Claro que vas, hermana, cómo no… Bueno, pues preparad vuestras cosas, salimos en 10 minutos –dicho esto, Ren se fue de la habitación, yendo hasta la planta baja.
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- ¡Mira qué guapo estás!
- Al final te saliste con la tuya –dijo el hombre peliazul, suspirando.
- Qué fastidio de que la peluquería unisex esté cerrada por vacaciones… Y sí, aunque no sea buena peluquera, pero anda que no te he dejado bien guapo, sin esa barba que pincha como un demonio y el pelo en condiciones –decía Pilika, guardando las tijeras (estaban en el cuarto de baño común de la casa de Hokkaidô).
- No tienes remedio… –dijo Horo, yéndose a su habitación para coger la ropa ainu más cómoda que tenía para el viaje que tenían que hacer en avión.
- Ya he llamado a un taxi, que vendrá a recogernos para ir al aeropuerto. ¡Ponte algo presentable! No vaya a ser que se figuren una mala imagen de ti… –contaba su hermana, crispando por momentos a su hermano.
- Pilika, si a mí me reconocerán en cuanto me vean, anda, no seas tan quisquillosa –bufó Horo Horo, quitándose los pantalones.
- Hum, pues tú deja de ser tan vago y simplón –le chilló desde la puerta de su habitación, pues si abría la puerta sabría lo que se encontraría dentro.
- Me das risa, ¿cómo voy a ser vago si estoy trabajando todo el día en el campo? –reía Horo, poniéndose una camiseta azul oscuro con bordados ainu en negro y unos pantalones cortos en tono beige con dos rayas laterales negras.
- Para las cosas importantes sí eres un vago. ¿Te has echado desodorante?
- Sí, cansina –afirmó Horo Horo con la voz cansada, anudándose unas zapatillas deportivas de color azul y negro.
- Creo que nunca me escuchas… Eres malo, hermano –Pilika estaba haciendo como que lloraba, emitiendo sonoros y fingidos lloros detrás de la puerta para que Horo tuviera remordimientos.
- Es que hablas por los codos que ni me entero a veces de lo que dices… –bostezaba el ainu a propósito, colocándose en la frente una bandana blanca con un motivo ainu rojo en el centro.
- Eres cruel…
- Y tú insoportable… –farfulló Horo Horo abriendo la puerta de su dormitorio y viendo a Pilika.
La ainu empezó a olisquearlo como un perro oliendo la comida que le dieron sus dueños. Hizo un mohín extraño, se alejó de él y se fue corriendo al cuarto de baño. Horo Horo suspiró, diciendo "¿Qué pasa ahora esta vez?", cruzándose de brazos. Rápidamente llegó la chica con colonia de hombre y desodorante, creándose una nube perfumada de estos dos productos, haciendo que el peliazul empezase a toser y estornudar.
- Voy a por tu mochila, tu ikusupai y tu snowboard, que como te olvides de ellos parecerás un abuelo de la tercera edad –dijo Pilika, adentrándose en la habitación de su hermano.
- Cof, cof… Pilikaaaa… ¡Deja de organizar mi vida! –chilló el hombre, haciendo aspavientos con las manos para salir de ese humo perfumado.
- Kokorooo –reía Kororo, divertida, apareciendo.
- Aich, desde que tiene la regla está más insoportable… –musitó Horo, dirigiéndose a su esencia de la naturaleza–. Cambios hormonales de las mujeres…
- Kokorokoo… koko.
- Mira, ya he preparado nuestras maletas y todo –fue al pasillo la de cabellos azules, con dos grandes maletas, cuatro bolsas, un bolso de ella de color rosa pastel y una mochila para su hermano. Iba arrastrándolos, cuando el sonido de una bocina de un coche sonó–. Ése debe de ser el taxi. ¡Apresúrate y ayúdame! ¡No te quedes ahí mirando!
- Mira que eres, no puedes llevar todo eso tú sola… Haberme avisado antes, y te hubiera ayudado a llevar todo esto, no ahora que estás sudando como un pollo y haciendo un esfuerzo sobrehumano –le regañó su hermano mayor, llevando las dos maletas en ambas manos y su mochila a cuestas.
- Eres un despistado… –sólo llegó a decir la ainu, cerrando la puerta con llave y ambos entrando en el taxi, con el equipaje en el maletero del taxi, partiendo ya hacia el aeropuerto.
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- Señor Tao, dentro de una hora llegaremos a Japón –le avisó la azafata del avión.
- Gracias por la información, Xiaomei –inclinó la cabeza Ren como muestra de agradecimiento, ambos hicieron la respectiva reverencia, y la azafata se fue a la cabina del copiloto.
- Llevamos sólo media hora de viaje y dentro de una hora ya estaremos en Funbari, ¿¡has visto qué bien, Hana!? –dijo Ryû, al pequeño, que estaba en el asiento de al lado.
- Ps… Sí –asintió Hana, aunque estaba más pendiente en ver los dibujos animados que echaban en la televisión del avión y tomándose un zumo de naranja natural en una finísima copa de cristal con una pajita amarilla y una sombrilla de papel rosa fuerte.
- Zumo de naranja… Igual que él… –se dijo a sí mismo el Tao en voz baja, pensativo. No podía ser… Dirigió su mirada hacia el pantalón del niño, viendo que tenía una espada muy familiar–. La Futsu no Mitama… Pero si esa espada es de…
- Hermano, ¿qué te pasa? Te noto algo contrariado… –lo sacó de sus pensamientos su hermana, mientras ésta acariciaba el cabello largo que se dejó su hermano, además de que su tongari creció.
- No es nada, Jun… Sólo que… cuando lleguemos a Funbari, desearé que se respondan muchas dudas que tengo…
- Ren… Estabas murmurando cosas… Y yo pensaba que el Gran Ren Tao no tenía dudas de ningún tipo…
- Pues en esta ocasión… sí que tengo dudas… No es necesario que estés tan encima de mí, que ya soy mayorcito… –se encogió de hombros el chino, pues se sentía incómodo por la preocupación tan notoria de su hermana Jun.
- Siempre tan independiente y solitario… –susurró la mujer de cabellos verdes–. Nunca cambiarás…
Siguió viendo al niño con cara de extrañeza, ¿por qué se parecía tanto a Yoh? Además, el chiquillo dijo que su madre trabajaba en el Balneario Funbari… ¿Y si este niño era el hijo de Yoh? ¡No podía ser! Entonces… ¿qué pasaría con Anna? ¡Parecía que su cabeza iba a estallar, no tenía las cosas claras, tantas eran sus dudas…! Decidió no pensar más sobre ello, mientras se sentaba, le pidió a una de las azafatas que le sirviera un vaso de leche con un poco de miel y limón, acompañado de unos 3 cubitos de hielo.
Miró cómo Ryû estaba coqueteando con una de las azafatas y su hermana estaba hablando con su zombie Lee Pai Long de manera animada. Y por último, a ese niño de cabellos rubios llamado Hana…
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Tres fotos por los muertos. Incienso para la purificación de sus almas. Tres velas como símbolo de esas tres personas. Una sonora campanilla repiqueteando cada cierto tiempo. Se oía un sonar de cuentas de un rosario azul. Ahí estaba Anna, rezando, hincada de rodillas. Era también como un signo de bienvenida, y de recordar al antiguo propietario de la pensión, Tamegorô, a Fausto VIII y a su suegro Mikihisa. Pero antes, también bendijo al balneario.
Dejó de rezar, y se levantó, dejando que las velas y el incienso siguieran encendidos para impregnar el aroma por todo el cuarto. Al girarse sobre sus talones para salir, vio que su marido la estaba observando desde hace rato.
- Sabía que te encontraría aquí, ya que necesitabas algo de paz y de saber que todo estaba bien –dijo Yoh, acercándose a la rubia mujer.
- Ten presente que soy una itako, no una shaman cualquiera –recibió el abrazo del castaño con calidez, más que nada porque estaban a solas, porque si se encontraban personas delante, de seguro el shaman recibiría una paliza–. ¿Echas de menos… a Mikihisa?
- No lo sé… Han pasado muchos años de aquello… Me hubiera gustado que él viviera por más tiempo… pero así lo ha querido el destino –explicó Yoh, mirando el rostro de su esposa–. Hoy seguramente veremos a Hana.
- Habrá crecido mucho –murmuró Anna, acordándose de su hijo–. Es una pena no disfrutar de él cuando el deber te llama… No lo hemos visto crecer… No sabemos de su vida…
- Pero ahora eso cambiará –sonrió el Asakura, con una mirada tranquila–. Sin embargo, todavía nos queda una misión más, y todo habrá terminado.
- Sí –asintió Anna, mirando hacia la ventana–. Todo habrá terminado.
Se hizo silencio, cada uno pensando en sus pensamientos. Yoh veía a Anna un tanto seria (no su seriedad habitual, sino una más bien distinta), una cara que mostraba preocupación. No era muy habitual en ella, eso hizo que Yoh le diera un tierno beso en la mejilla. Anna se sonrojó violentamente, y se apartó un poco de él.
- ¿Qué te ocurre? ¿Te pasa algo?
- No me des besos, no estoy de humor –agachó la cabeza la sacerdotisa.
- Pues por eso te he dado uno, para que estés de mejor humor… –rió Yoh, abrazándola de nuevo–. No te pongas así, sólo porque te dé muestras de cariño, porque al fin y al cabo, somos una pareja de esposos… y por si no lo recuerdas, tenemos un hijo en común, jiji. Si no nos quisiéramos, no hubieras estado embarazada ni estaríamos casados.
- Yoh, pero tú ya sabes que… no es lo mío demostrar demasiado cariño y demostrar sentimientos de amor…
- Pues esa es una asignatura pendiente que tienes que aprobar sí o sí. ¿Tú me quieres o no? –le preguntó directamente.
- ¿Acaso lo dudas? –lo evadió con otra pregunta.
- Anna… –su voz sonó como un sermón.
Muchas veces, él la evidenciaba e incluso la probaba. Sabía cómo manejar las situaciones, con las experiencias que pudo experimentar a lo largo de toda su vida. Casi podía dominar a la fiera inquieta que era Anna, cortar sus prontos y su mal humor. Yoh cogió la muñeca de Anna y la tiró hacia él suavemente, la mujer dio tres cortos pasos, enfrentándose con la mirada de su esposo. Mantuvieron la mirada por un momento, hasta que Anna dio un tirón del brazo para soltarse y le dio un pequeño coscorrón a Yoh con su puño izquierdo, pillando al shaman en un momento de despiste.
- Así es como te lo demuestro –dijo ella, dándole la espalda.
- ¡A golpes! –exclamó Yoh, acariciándose la cabeza–. ¡Eres una sádica, me has hecho daño! ¡Además, eso no significa que me quieres!
La rubia se dio rápidamente la vuelta y le estampó un suave y corto beso en los labios. Yoh abrió desmesuradamente los ojos por la impresión, pero no quiso que Anna se fuera de su lado, así que rodeó con sus manos la cintura de su esposa y siguió con el beso. Y esta vez, Anna no puso resistencia, sino que respondió el beso, acariciando el cabello de Yoh.
Sólo duró unos pocos segundos, pero fueron suficientes para relajar la tensión y los nervios que tenían. Era verdad, estaban nerviosos por el hecho de que todos, de nuevo, se volverían a reunir… y tampoco sabrían la reacción de Hana, quizás… ¿se enfadaría? ¿Les rechazaría? ¿Diría que ellos no son sus verdaderos padres? ¿Lloraría? ¿O por el contrario… se alegraría?
Retiraron sus labios y se miraron a los ojos, para después abrazarse fuertemente…
- Tengo miedo, Yoh… Tengo miedo de que Hana… –balbuceó Anna, con la cabeza apoyada en el pecho de Yoh.
- Lo sé, además, sería de esperar su reacción… y tenemos que estar preparados para eso… y ser fuertes –dijo Yoh, protegiéndola con sus brazos.
- Lo echo mucho de menos… Mi bebé… –la voz de Anna sonaba bastante tomada, sin querer, unas traviesas lágrimas de tristeza se asomaron por sus ojos, cayendo y resbalándose por sus mejillas–. Lo abandoné, no estuve cuando él me necesitaba, no lo vi crecer, no le enseñé a hablar, ni a andar… Todo por una estúpida misión de los Paches…
- Anna… –murmuró sorprendido el shaman, acariciando sus mejillas–. Tranquilízate… No llores, por favor… no me gusta verte así de mal…
- ¿Cómo no quieres que me sienta mal? Yoh, ¡es nuestro hijo! Y seguro que, si venimos de buenas a primeras y de sopetón en su vida, él tardará mucho en asimilarlo. O incluso ni nos aceptará como padres suyos que somos… porque se ha criado con Tamao y con Ryû… Su madre postiza y su tío…
- Sabes que era necesario que ellos nos sustituyeran por un tiempo…
- ¡Han sido 6 años, Yoh, 6 años! No han sido cuatro días de ausencia… ¿Y si Hana no nos quiere ver? ¿Y si él se enfada con nosotros o nos rechaza? ¿Y si él dice que Tamao es su verdadera madre? ¿Y si él nos echa en cara que…?
- Shhh –Yoh posó un dedo en los labios de la sacerdotisa–. No sigas diciendo más, que así conseguirás hacerte más daño a ti misma pensando en esas cosas… Lo que venga tendrá que venir… E incluso Hana tendrá razones de sobra para odiarnos… Pero no pienses más en ello, porque todavía no ha llegado…
- Pero será hoy, y tengo miedo de su reacción… Es mi hijo, y no puedo negar que lo quiero con toda mi alma, es la personita a la cual le di a luz para que pudiera vivir en este mundo, es sangre de mi sangre, y no aborté de adolescente porque quería tenerlo conmigo… y contigo…
- Anna… –le susurró al oído, abrazándola con ternura–. Si piensas que eres o has sido una mala madre, no pienses eso… Por lo menos, lo estuviste cuidando hasta los 5 meses… y de la mejor manera posible. Cuando lo sostenías en tus brazos, cuando le cantabas nanas, cuando le dabas el pecho… yo veía a una madre que quería a su hijo y que asumía por completo su maternidad, que incluso estaba orgullosa de serlo… Así que no te martirices, ¿de acuerdo? Todo se soluciona con el tiempo.
Lágrimas recorrieron de nuevo su rostro inmaculado y blanco, tristeza e impotencia estaban cubriendo su corazón; Anna Kyôyama, que siempre era seria y fría como el hielo… necesitaba desahogarse… y su marido, su Yoh, siempre estaría ahí, siempre lo estuvo e incluso en los momentos difíciles por los que ella pasó. Lloró en su pecho, no le importaba llorar, su esposo sabía a la perfección cómo era ella, cómo era su ser y su esencia. No era debilidad lo que mostraba con su lloro, ella era fuerte, pero la situación por la que estaba atravesando y pensando en un futuro la estaba incluso superando. El Shaman King entendía el miedo por el que pasaba su Reina, y era totalmente natural y humano.
Los sentimientos que tenía no eran de la adolescente que era capaz de dar miedo con la mirada cargada de odio y reproche, que se aislaba en su burbuja de piedra y que se escondía bajo una máscara de frialdad, sino los de una madre que amó a su hijo desde el momento en que supo que estaba embarazada y lo tuvo arrullando entre sus brazos. Supo dar amor y cariño, esas manifestaciones que antes no sabía dar o cómo dar, supo llevar a flote millones de sentimientos y expresarlos y manifestarlos abiertamente, estaba agradecida de tener un hijo con el shaman, aunque joven, pero no se quejaba por ello. Para ella, lo más importante era su hijo, no quería que le pasara nada.
Lloró en el día en el que tuvo que dejarlo, no dejó de llorar en ningún momento. Veía las caras de compasión que tenían Ryû y Tamao, veía cómo su bebé dormía plácidamente entre los brazos de Tamao, mientras Yoh intentaba reconfortarla de alguna manera, pero su pena era demasiado grande, no era suficiente, ¡como si alguien de buenas a primeras pudiera mitigar su dolor cuando tenía que separar a su hijo de ella!
Lo único que le quedaba era Yoh, gracias a él, podía ser comprendida. Quería a Yoh con toda su alma, su espíritu y su ser; y cómo no, estaba orgullosa de ser la esposa del Shaman King. Agradecía a los Grandes Espíritus que lo hayan puesto en su camino, ayudándola en su vida. Con él, siempre fue feliz y lo seguirá siendo, él era su apoyo, su compañero, su marido, su amigo, su confidente, su amante. Y sobre todo, el padre de su hijo. Eso era lo más importante, gracias a él, tenía un hijo. Un hijo que amaba muchísimo, amaba a los dos hombres de su vida.
Se arrodillaron en el suelo, para luego sentarse, mientras Anna seguía llorando, él la abrazaba con fuerza, besando su pelo, sin decir nada. Dejó que Anna se desahogara en su abrazo, era hermoso ese sentimiento de amor que Anna le profesaba a su hijo, los sentimientos de la sacerdotisa eran puros, sinceros y claros, por eso la amaba tanto; no pasaba ni un solo día en que ambos pensaran en él, porque Hana era el fruto de su amor.
Tamao se paseaba por los pasillos, hasta que escuchó un sollozo, se arrimó a la puerta y vio a la pareja abrazándose mientras que la rubia lloraba y el castaño la tranquilizaba. A Tamao se le hizo un nudo en la garganta, pero no podía hacer nada, no podía entrometerse en la pareja, además, ya estaban casados y tenían un hijo, que era la prueba más clara de su amor. Y, aún así, ella seguía queriéndolo… Aún así, crió a su hijo… Pero tendría que olvidar aquel sentimiento de amor por Yoh y valorarlo como un amigo y nada más. Porque no habría ninguna posibilidad de que él se fijara en ella… ninguna.
Siguió caminando por el pasillo, algo melancólica, hasta que tocaron el timbre. Se sobresaltó y se preguntó quién sería. Bajó las escaleras, sin saber qué es lo que le esperaría cuando abriera la puerta.
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- ¡Jo! ¡No abre!
- ¿Entonces no os quedaréis? –preguntó el hombre del tupé, enfrente de la puerta del balneario mientras Hana tocaba insistentemente el timbre.
- Prefiero no molestar. Será mejor quedarse en un hotel, así que ahora haremos la reserva y un poco más tarde vendremos aquí –contestó Ren, mirando de vez en cuando al rubio que se quejaba porque no abrían la puerta.
- Eres un tozudo, pero bueno, respeto tu opción de no quedarte a dormir aquí. Jun, intenta convencer a este burro, a ver si se queda un día o dos… Además, hemos reformado las termas, así que te podrías quedar como nuevo una vez que las pruebas… –Ryû hacía un movimiento raro con los brazos en alto, tambaleándose como un flan y con la cara atontada.
- Hum, intentaré convencerlo. No es necesario que te preocupes, Ryû –dijo Jun, sonriendo.
- De acuerdo, entonces nos veremos más tarde –asintió el hombre de la espada de madera–. Hana, no hagas tanto ruido, que sino tu madre se enfada.
- Seguro que estará viendo la tele ¬3¬
- Bueno, hasta luego –se despidieron los dos Tao, rumbo al hotel y desapareciendo por una esquina.
- Venga, entremos –dijo Ryû, dirigiéndose al niño, y respiró hondo, para luego decir–. ¡Doña Anna, somos nosotros! ¡Ábranos la puerta!
- … –se oyó un repiqueteo de metal y madera, y la puerta se abrió, mostrando a Tamao con el rostro muy serio–. Pasad, la comida estará hecha dentro de una hora.
- ¿… Mamá? –se extrañó Hana, pues su "madre" no tenía una seriedad habitual como la que mostraba ella, era una seriedad… ¿influenciada por la tristeza?
- Doña Anna… ¿qué le ocurre? –se preocupó Ryû por Tamao.
- Ya sabéis que vuestro cometido es reunir hoy a los Cinco Guerreros que una vez consiguieron derrotar al shaman más poderoso y despiadado de los últimos años… Y tienen que venir hoy. Espero que así sea… –dijo con dureza fingida Tamao, yéndose de nuevo a la cocina.
- "Es increíble cómo hace a la perfección el papel de doña Anna…" –pensaba el hombre del tupé, rascándose la barbilla–. "Sin embargo, noto a Tamao demasiado melancólica… ¿por qué será?".
- Hemos visto a Ren… así que vendrá seguro con el espíritu gordinflón chino, ¿no? –preguntó Hana, tirando del pantalón a Ryû.
- ¿Eh? –se despistó el shaman–. Sí, claro que vendrá, dentro de poco, así que no te preocupes, que uno de los Guerreros vendrá.
- Pero… al quinto no lo hemos visto… ¿no se supone que son cinco?
- Espero que también el quinto venga. Él ya sabe de sobra que tiene que venir hoy, por eso no lo hemos ido a visitar y que ni siquiera sé dónde estaba, así que ni lo hemos buscado porque no sabemos su paradero, Hana. Además, ¿sabes qué? El quinto Guerrero Legendario es también el Shaman King –le reveló su "tío".
- ¡¡Waaalaaa!! ¿Qué dices? ¡¿En serio?! ¡El Shaman King vendrá al Balneario Funbari! –chilló el rubio con emoción.
Entraron dentro de la casa, cerrando la puerta, y Hana se fue directo a su habitación para dejar la Futsu no Mitama en el escritorio con mucha ilusión y pensando que el gran Rey de los Shamanes visitaría el Balneario de su madre. Abrió el armario, sacó un disco de vinilo de Bob y lo puso en un pequeño jukebox (que también estaba en el armario), se puso unos cascos bien grandes para escuchar "Bob Love". Oyó todas las canciones de su cantante favorito de ese disco, se empezaba a aburrir, así que dejó todo en su sitio, y se fue a su escritorio a dibujar garabatos en un papel con lápices de colores. En ese instante recordó lo que le dijo Tamao: "Esta habitación era de tu padre". El niño se puso triste y miró hacia la ventana, como si eso fuera a hacer que su padre volviera. Miró la habitación y se sentó en el suelo, suspirando, dejando al lado el dibujo y los lápices, sin prestarle atención a lo que hacía anteriormente.
- Ni siquiera sé cómo era mi papá. No sé nada de él. No sé cómo es su rostro, si tiene mi pelo o tengo sus ojos, si le gustan las naranjas o le gustan las canciones de Bob o de Ringo… y mamá no me ha dicho casi nada de él. No tengo fotos suyas, y el único recuerdo que tengo de él es su habitación y la Espada Legendaria de Piedra. ¿Por qué mi mamá no me dice nada de él? ¿Acaso no lo quería? ¿O él no me quería? –se decía a sí mismo, haciendo pucheros con la boca, tumbándose boca abajo y cogiendo un cojín blanco–. Quiero… quiero… quiero ver a mi papá… ¡Quiero ver a mi papá! ¡¡Papá!!
AVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVAVA
Abrió los ojos. Presintió que alguien había dicho "Papá". Miró a ambos lados, pero nada. Seguía en la habitación de Anna, ella estaba dormida después de tanto llorar, y se quedaron así, abrazados, sumergidos en el silencio. Quizás fue una ilusión acústica o que estaba soñando en sueños que su hijo le llamaba. De todas formas, volvería a ver a su hijo después de tantos años. Decidió despertar a Anna, pues no eran horas de dormirse, con cuidado la zarandeó suavemente.
- Anna… despierta…
- ¿Humm? –Anna despertó, abriendo los ojos y levantó la cabeza para ver a su marido.
- No son horas de dormirse, Annita –le sonrió, besando su frente.
- No soy pequeña, así que no me llames Annita –dijo la rubia, un tanto molesta por aquel diminutivo.
- Jeje, de acuerdo. ¿Me quieres? –le preguntó el castaño con dulzura.
- … Te quiero –respondió ella con una sonrisa y un corto beso en los labios.
- Vale, ya estoy más alegre porque por fin me has dicho que me quieres… Será mejor que bajemos, ¿no te parece? –propuso el shaman.
- Mejor baja tú… Luego bajaré yo, no te preocupes –dijo ella, bajando la cabeza y suspirando.
- ¿En serio? –preguntó Yoh, cogiendo la barbilla de la rubia mujer y mirándola a los ojos.
- En serio, de verdad –respondió Anna, levantándose del suelo–. Quiero ordenar mi habitación un poco, cambiar las cosas de sitio, ya que volveremos a vivir aquí…
- Vale. Voy a bajar a la cocina y buscar algo para picar, tengo hambre –dijo Yoh, cerrando la puerta.
Oyó el ruido del armario abrirse, Anna estaría buscando entre sus cosas de su antigua habitación. Y hablando de habitaciones… no había entrado en la suya propia. Pero en esos momentos la tripa le rugía y veía prioritario bajar a la cocina para matar el hambre que tenía. Bajó por las escaleras, escuchando el murmullo de las palabras soeces de Ponchi y Conchi, viendo a una mujer que pasaba por una pasarela en biquini por la televisión, el ruido de la cocina y de las cacerolas hirviendo y friendo comidas varias. Supuso que ahí estaba Tamao, siempre ocupada en los quehaceres de la casa. Entró en la cocina y vio a un hombre que estaba de espaldas suyo, largo y gran tupé negro de cabellera, alto y fuerte, con una espada de madera en una mano y un ihai negro. Ahí estaba Ryû, ¡el de la espada de madera! ¡Cuánto tiempo!
- Dime, Ryû, ¿te gustan las delicatesen de Tamao? –preguntó Yoh, divertido.
- No puede ser… no… –balbució Ryû, temblando de arriba abajo y girando poco a poco la cabeza para encontrarse con la sonrisita casi exasperante para algunos de Yoh.
- Sí, soy yo, querido amigo n.n
- ¡DON YOH! ¡DON YOH! ¡DON YOH! –se puso a llorar como una magdalena Ryû, abrazándolo fuertemente y elevándolo en el aire.
- Joven Ryû, tenga cuidado con el joven Yoh, por favor. Acabaron de venir él y la señorita Anna hace poco, pero no arme un escándalo –le llamó la atención Tamao, probando un guiso y mirándolo reprobatoriamente.
- ¿Doña Anna también está aquí? –se quedó paralizado–. Debe de ser hermosa…
- Ryû, tranquilízate, que sino te tendremos que llevar al hospital y te estás desangrando por la nariz –decía Yoh, en brazos de su amigo–. Y sí, Anna está hermosísima y cada día lo está más.
Tamao no prefirió seguir escuchando, así que se fue a la despensa para buscar azúcar moreno para un postre bien grande que iba a hacer de bienvenida.
- Es genial, oh, qué emoción, todos de nuevo nos volveremos a reencontrar… snif –se emocionó el del tupé–. ¿Y doña Anna dónde está?
- En su habitación, quiere reorganizar algunas de sus cosas, ya que será nuestra habitación. Dentro de poco la verás a ella también. Tamao, ¿cómo va la comida? ¿Puedo coger algo de la despensa? –pidió el castaño, acercándose a la despensa.
- Por supuesto –asintió ella, saliendo de la despensa–. Y la comida estará dentro de una hora, joven Yoh.
- Patatas fritas, jejeje –sonrió Yoh, abriendo la bolsa de patatas fritas.
- De verdad, don Yoh, usted sigue siendo el mismo de siempre, no ha cambiado en absoluto, salvo… un poco en lo físico y en la vestimenta –afirmó Ryû, todavía emocionado de ver a su "jefe".
- Me llevaré las patatas fritas arriba, voy a cambiarme de ropa, si no os importa –avisó Yoh, haciendo un gesto con la cabeza y de nuevo yéndose por las escaleras hasta la habitación compartida con Anna–. Anna, ¿se puede?
- Sí –dijo la voz de Anna, y el shaman abrió la puerta y la cerró detrás de él.
Anna se estaba poniendo una fina cinta blanca en el pelo, mirándose a un espejo de la habitación. El cuarto no presentaba mucho cambio, solamente estaba un futón de sábanas blancas con flores de cerezo de color rosa claro, la gran bolsa gris que llevaban durante el viaje y una foto colgada en la pared en la que estaban tres personas: Yoh, Anna y Hana, pero los dos primeros eran adolescentes, y el tercero sólo contaba con meses de vida.
Se terminó de acicalar y se dio cuenta de que Yoh miraba con ternura la foto. Tocó el hombro del joven padre para llamarle la atención.
- Seguro que te gusta lo que llevo puesto –le dijo ella.
- Una auténtica hippie, sin lugar a dudas, jeje –rió Yoh, mirándola de arriba a abajo.
No por nada, Anna tenía un llamativo y largo vestido estampado con corazones de colores blancos, rojos, rosas y violetas, unas sandalias blancas con plataforma, el pelo largo con la cinta blanca rodeando su cabello y una pulsera del mismo color. Era lo que Yoh siempre profesaba: paz, amor y tranquilidad; y Anna lo tomó como un símbolo y un lema en su vida. Y sí, aunque pareciera mentira, ambos practicaban una filosofía y modo de vida igual a la de los hippies. Hasta la indumentaria de ellos lo decía.
Vivir con tranquilidad y cómodamente, con eso les bastaba. Abrazó a su mujer y le dio un beso, y también… le ofreció la bolsa de patatas fritas por si ella quería.
- No, gracias, no me apetece mucho, no me pica el hambre –contestó ella.
- Hum, fgbueno, fvale… –se encogió de hombros el castaño, con la boca llena, y después tragó–. Si quieres decorar la habitación, por mí de acuerdo, pero tendremos que comprar cosas… y por cierto, yo también me cambiaré de ropa.
- En mi presencia ni te cambies –le advirtió casi amenazadoramente, pues Yoh dejó la bolsa a un lado y se estaba quitando su camisa.
- Annita… ¡paz y amor! –exclamó Yoh con una sonrisita, ya quitándose la camisa por completo y haciendo con la mano el signo de victoria (o también conocido como el signo de la paz).
- En fin, haz lo que veas, "Don Espíritu Libre" –se giró para no mirarlo y abrió el armario.
- Pobrecita, que aún le da vergüenza mirarme desnudo –la abrazó por la espalda, con los pantalones colgando haciendo ver sus calzoncillos.
- Quítate, quítate, quítate –pidió la rubia, cerrando los ojos.
- Vaaale –aceptó el de cabellos morenos, sonriendo y despojándose del abrazo que le dio a su mujer–. Pero mañana por la noche… no te librarás de mí.
- Sigue imaginando, jaja –dijo con ironía Anna–. Creo que eso de "Haz el amor y no la guerra" te ha pasado factura.
- Es que… con la misión de los Paches… snif –lloriqueó Yoh, mientras se cambiaba–. ¿Tú sabes lo que es no tocar a tu mujer durante tres meses? ¡Estoy desesperado!
- Pues sigue aguantando, Yoh. A mí no me hace falta tener relaciones por el momento –dijo Anna, mirando por la ventana.
- A mí sí –murmuró su esposo de mal humor, poniéndose unos pantalones de pescador, muy holgados, de color naranja oscuro.
- Te he escuchado, pervertido –le dirigió una mirada amenazante, viendo cómo Yoh se ponía una camiseta de manga larga de color blanco palo abierta por el pecho pero anudada con una cuerdecita de cuero.
- No soy un pervertido, sólo soy un hombre que te dice que te quiere mucho –le dijo al oído, ya con el calzado puesto (unas sandalias marrones que se ataban a los tobillos) haciendo que la mujer se estremeciera.
Le dio un beso en la frente, mirándola con esos ojos de cordero degollado que hacían que la sacerdotisa se pensara mejor el no regañarlo. Se rindió, después de todo, no podía negar que amaba a Yoh y que ella estaba por él (porque antes, ni en su sano juicio, se hubiera puesto un vestido de corazoncitos). Le besó en un corto periodo de tiempo, el suficiente para que el shaman le robara otro beso y abrazara a su esposa.
Por fin se separaron, ambos sonriéndose mutuamente. Todo era mariposas en el estómago, emoción, como si fuera la primera vez, como si fuera el primer beso; todos los días eran así, todo era sorpresas y cosas inesperadas, para ellos su relación no era nada monótona.
Anna se sentó en el futón, sin embargo, Yoh siguió estando de pie.
- Voy a mi antigua habitación, a ver cómo está… –le dijo, con la mirada tranquila y rascándose el cabello con la mano derecha.
- De acuerdo, yo me quedaré un rato más aquí, pensando en lo que haré cuando me encuentre al niño…
- Vale –aceptó el shaman–. Nos veremos dentro de un rato.
Salió de la habitación, pero no cerró la puerta, dejándola abierta y caminaba por el pasillo con despreocupación hasta que se topó con la puerta de su antiguo dormitorio. Presentía algo si abría la puerta, como si, cuando la abriera, vería algo sorprendente o algo inesperado. Tomó la decisión de abrir la puerta de su cuarto y así lo hizo.
Y sí, se encontró con una sorpresa. Vio una mata de pelo rubio alborotado descansando en una almohada sobre un futón con las sábanas coloreadas con hojas verdes. Hacía sonidos raros, como hipos o algo parecido. Entonces cayó en la cuenta. ¿Era Hana? Porque si Ryû estaba ya aquí, en el balneario… lo más probable es que su hijo estuviera aquí también. Y en efecto, lo era.
Dio un lento paso hacia delante, y fue suficiente para que Hana se diera cuenta. Notó que no estaba solo. Había alguien que lo observaba. Quería que lo dejaran en paz, fuera quien fuera. Quería estar solo, pensar en sus cosas. Pero esa presencia le molestaba, le resultaba tan molesta que estaba tentado en tirar la almohada a esa persona que estaba mirándolo fijamente. Levantó la cabeza para recriminarle y decirle que no le observara o si no se enteraría de quién era él… Pero no pudo decir nada.
Aquél hombre, de largos cabellos castaños, se le quedó mirando, y él igual. Era como si le sonara de algo, como si lo hubiera visto de antes, pero eso era imposible… y, por cierto, ¿qué hacía ese desconocido en el balneario, que, además, era su casa? No había escuchado el timbre… De repente el hombre abrió la boca y dijo su nombre, dubitativo, casi con miedo… ¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo era posible?
Hana sentía una sensación extraña, como si se le encogiera el pecho, con sólo mirarle a la cara y al haber escuchado su nombre en boca de aquél desconocido se le hizo más intenso. Se miraron unos segundos más, que para ambos fueron horas eternas…
Y el niño rubio se seguía preguntando, en medio de ese silencio… "¿Quién es ese hombre?".
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¿Quién es ese hombre? Que me mira y me desnuda… Una fiera inquieta que me da mil vueltas y que me hace temblar, pero me hace sentir mujer….
Ops, lo siento, es que con la última frase de este cap me recordó a la telenovela Pasión de Gavilanes y no lo pude contener xD Y eso que apenas vi pocos episodios de esa telenovela.
Bueno, aquí estoy, sé que han esperado mucho, pero espero que la espera valga la pena :)
En la primera nota de autora puse que aquí todos se reunirían, pero viendo que este cap se alargaba demasiado y veía que el toro se me iba a abalanzar, decidí cortar hasta aquí. En el siguiente cap si estarán TODOS en el balneario, así que no se preocupen.
Vi el volumen 27 del Kang Zeng Bang… Aunque no entiendo ni una pizca de japonés, pero en fin… el final resulto raro xD Hasta que no se traduzca en español, no sabré lo que habrá pasado en realidad.
No saldrá Men, puesto que dije que habría pareja de RenxPilika… además, el RenxJeanne es muy… alocado xD Y dije que pondría un LysergxJeanne xD
Pero muchas cosas de ese volumen estarán cercanas a este fic, o al menos, lo intento. Pero yo ya tenía cosas pensadas de esto y nadie me las va a hacer cambiar. Es mi perspectiva de la continuación del Funbari no Uta, y creo que Takei cambió sustancialmente el final de éste en el último volumen del Kang Zeng Bang.
Espero que les haya gustado este cap y espero sus comentarios y reviews, que me harían mucha ilusión.
Ya nada más, me despido, que es tarde, de madrugada y tengo que levantarme temprano para la universidad, jeje.
Muchos besos y cuídense!!
Con todo mi amor…
Anna Mary Marian
Disclaimer: Todo lo de Shaman King pertenece a Hiroyuki Takei
