A ese punto, Yūri sentía que la cabeza le daba vueltas y un pequeño dolor se había acentuado encima de sus cejas.
El suave ronroneo del motor del avión era tan sólo un sonido lejano, mientras que dentro la poca tripulación se mantenía totalmente en silencio. Pero absorbo de su entorno el joven japonés se encontraba con el ruido de sus pensamientos, sintiendo que ya eran hasta molestos.
¡Y es que no podía evitarlo!
Esa mañana se había despertando pensando que lo más relevante que acontecería en su día sería escuchar a Phichit hablar sobre las aventuras de sus hamster durante la hora de historia. En teoría, era un viernes normal, inclusive había comenzado teniendo clases y estaba regresando temprano a su casa.
Pensó que su padre aún estaría en el trabajo, pero cuando ingresó al modesto departamento su mundo cambió.
En el living había personas totalmente desconocidas para él. Un joven asiático y otro occidental, ambos sentados ante su padre. Apenas pudo ver su rostro su corazón se llenó de preocupación. Las alertas se encendieron en su cabeza, pero no pudo moverse.
—Yūri… Ven, tenemos que hablar.—
Esas habían sido sus palabras. El tono de voz que había ocupado marcaba una tristeza palpable, al punto que Yūri sintió su pecho oprimirse Pensó en retroceder, en escapar de lo que fuera que estaba por acontecer, pero no lo hizo. Avanzó lentamente hasta sentarse al lado de su padre.
Fue allí recién que sus ojos se encontraron con los del asiático que antes había notado. Era una mirada pequeña pero llena de intensidad. Aún así, lo que más había capturado su atención era la marca que se notaba en su cuello. Una profunda cicatriz que marcaba la piel trigueña del sujeto, formando una perfecta y dolorosa cruz.
Desde ese punto había sido como sumergirse en un sueño en donde su vida se desmoronaba como un castillo de naipes.
Todo había sido una mentira.
—Yūri, ¿No puedes dormir?—
El suave llamado lo sobresaltó un poco. Había estado con la mirada perdida por la ventanilla, sumergido en sus cavidades al punto que no lo había escuchado llegar.
Se giró, viendo como aquel muchacho de mirada intensa le sonreía con cierta pena.
—Lo siento… ¿Te asusté?— preguntó de nuevo él, tomando asiento a su par.
Por unos segundos Yūri se sintió indeciso. Sus ojos chocolate transmitía aquella inseguridad observándolo a través de sus lentes, pero el mayor no parecía haberse inmutado. Se mantenía con aquel cálido gesto sobre sus labios.
Tal vez todo aún fuera muy reciente, pero en cierta forma confiaba en él, a final de cuentas había decidido seguirlo. Por lo que optó hablar con sinceridad.
—Está bien, Yuzuru, tan sólo… Estaba pensando.— le confesó, animándose a dirigirle una sonrisa llena de vergüenza.
El otro muchacho soltó un suave "oh" entre sus pequeños labios. Se acomodó con la espalda contra el asiento, ladeando apenas su cabeza en su dirección. Parecía estar considerando las palabras que Yūri acababa de decir, y eso lo hizo apenarse aún más. Pero cuando estuvo a punto de retractarse la voz del otro hombre lo interrumpió.
—Sé que esto es muy complicado de digerir. Para mi lo fue… Pero quiero que sepas que si tienes alguna duda estoy aquí para ayudarte, ¿está bien? Tal vez es pedir mucho, pero quiero que confíes en mí. No voy a decepcionarte.—
Yuzuru poseía una forma única de hablar. Su voz marcaba cada palabra con tranquilidad y le transmitía esa misma sensación al menor. Yūri inevitablemente lo sintió sincero, calmando un poco la ansiedad que había empezado a desarrollarse en su pecho. Le sonrió en respuesta, moviendo su cabeza un par de veces en asentimiento.
—Sé que tienes dudas, así que puedes preguntarme ahora.— le informó, capturando la atención de Katsuki.
Yūri analizó brevemente el rostro de Yuzuru. Su nariz era muy pequeña, sus labios mantenían una particular curva a pesar de ser pequeños y sus ojos eran más rasgados que los suyos. ¿Qué podían tener en común? Dudaba que algo, pero si el mayor le había dicho la verdad en Detroit deseaba saberla por completo.
—¿Por qué…?— fue la primera frase que escapó, siendo dos palabras que englobaban muchos sentimientos. —¿Por qué me buscaste ahora? ¿Por qué viví todos estos años en Detroit pensando que estaba solo?... ¿Qué pasó con nuestros padres?—
Hasta ese momento Yūri intuía que la realidad iba a ser dura, pero no podía evitarlo por mucho tiempo. Había vivido hasta sus diecisiete años pensando que había sido abandonado y no tenía a nadie más en el mundo, hasta que había aparecido Yuzuru. Había aceptado acompañarlo. Pero necesitaba palpar la realidad que se le había sido negada.
Supo que aunque no fuera un tema agradable su hermano mayor había comprendido y le dio unos breves segundos para que le respondiera.
—Eras muy pequeño en ese momento, seguramente por eso no recuerdas… Pero lamentablemente yo sí.— empezó y su tono de voz fue bajando, corriendo sus ojos del perfil del menor. — Éramos una familia feliz, Yūri. Nos criamos en forma tradicional y pertenecimos a una dinastía muy importante. Los Katsuki han tenido un importante legado a través de los años.— aunque hablaba del pasado el tono que empañaba cada una de las palabras del muchacho era de orgullo y cariño.
Se tomó una breve pausa, volviendo a dirigir sus ojos oscuros a los chocolates de Yūri.
—Fue hace doce años, en una noche de invierno. Había nevado y madre nos había hecho acostar temprano. Pasada la medianoche nos atacaron… ¿Los motivos? Aún hay varias teorías, algunas que tal vez te suenen a una película de ficción.— el muchacho se detuvo una vez más y se relamió los labios, intentando encontrar las palabras para expresarse. –Creí que habías muerto, al igual que nuestros padres y nuestro hermano mayor. Por muchos años… Pensé que en ese ataque, había perdido a toda mi familia…—
La idea había presionado fuertemente la garganta de Yūri, casi cortándole la respiración.
Él había vivido cómodamente con su padre adoptivo en Detroit. Por sus ojos rasgados sabía que era imposible ser el hijo biológico de Celestino, pero jamás había indagado, jamás se atrevió a preguntar. Su vida había sido amena, como cualquier otro estudiante. Pero ahora se imaginaba a un pequeño Yuzuru (¿Cuántos años habría tenido en ese momento? ¿Diez?) Afrontando la muerte de todos sus seres queridos.
Se sintió egoísta y en forma automática su mano se dirigió a tomar la de Yuzuru. Este se sorprendió ligeramente por el gesto, pero no lo rechazó, aceptó aquella caricia mientras intentaba sonreír.
—Creí que estaba solo… Al cumplir la mayoría de edad pude recuperar las acciones financieras de nuestra familia. Retomé el rumbo de nuestras empresas y hace una semana me enteré que estabas con vida.— aquello le había hecho ilusión y en reflejo a esos sentimientos sus dedos se presionaron un poco más con los de él. —Tuve que asegurarme que estuvieras bien, investigué y pensé que si habías vivido bien hasta hoy mi presencia tan sólo lo arruinaría todo…—
Yūri se sorprendió de inmediato, negando apenas con su cabeza, pero su hermano siguió hablando.
—Pero… Esa misma gente que una vez me quitó todo aún no desapareció. Y si yo podía encontrarte ellos también lo harían.— Yuzuru mostraba miedo y en la forma en que sostenía su mano notó claramente ese temor. –Sé que no soy la persona más fuerte de todas, pero…Quiero protegerte, Yūri.—
Era cierto que no recordaba nada, ni siquiera el rostro de su madre. Pero la forma en que los ojos de Yuzuru lo miraban y sus dedos se aferraban a él le hacían imposible el dudar de su palabra. El mayor era sincero.
Yūri asintió, sintiendo como el corazón golpeaba fuertemente contra su pecho.
—Desde hoy no estás solo… ¿Si? No tendrás toda la responsabilidad sobre tus hombros, yo cuidaré de ti también, Yuzuru…— no sabía de donde había sacado la determinación para expresar aquellas palabras, pero estaba seguro en lo que estaba diciendo.
Los pequeños ojos del mayor de los hermanos se llenaron de lágrimas. Estas no fueron derramadas, pero sí tembló la suave unión que mantenían.
—Seremos los hermanos Katsuki contra el mundo, ¿No suena eso bien?— preguntó Yuzuru sonriendo divertido, arrugando su pequeña nariz en ese gesto.
Yūri le correspondió la sonrisa, asintiendo con su cabeza antes de extender su mano a limpiar una lágrima rebelde que había caído por la mejilla ajena.
—No estás más solo…—
El mayor tuvo que respirar profundamente porque esas palabras significaban mucho para él. Se dio un momento en esa posición tan sólo para romperlo cuando sacó de su chaqueta una pequeña fotografía. Con cuidado se la extendió a Yūri.
—Es… El único recuerdo que tengo de ellos.—
Los ojos de Yūri se abrieron grandes y con urgencia miró aquel pedazo de papel. Tembló su mano cuando la extendió, sintiendo un hueco en su estómago.
Los bordes estaban quemados y se notaba la antigüedad del retrato. Pero aunque fuera un objeto viejo y las manchas del tiempo hubieran comido sus tonalidades, aún se podía apreciar la belleza de la imagen.
Se veía un jardín cubierto de nieve y una familia sonriendo en el centro. Una mujer de blanca piel y gesto elegante portaba un kimono tradicional, su delicada figura abrazaba a un niño pequeño que dormía contra su pecho. Yūri se reconoció allí, refugiado en su seno. Al lado izquierdo estaba un hombre, este tenía una sonrisa amplia que achicaba sus ojos y arrugaba su nariz, una mueca muy similar a la que había visto a su hermano. Ese era sin duda el padre de ambos, quien sostenía de una mano a un pequeño Yuzuru y en la otra, a quien había sido el mayor de los primogénitos Katsuki.
Era la postal de una familia perfecta que había sido consumida por las llamas.
Todo eso le había sido arrebatado sin darle siquiera el beneficio de recordarlos. Pequeños murmullos vinieron a su mente, pero no eran más que frases fantasmas.
De repente sus ojos se habían empapado y las lágrimas caían pesadamente por sus mejillas. Un sollozo se escapó de sus labios y Yuzuru lo había abrazado reconfortándolo contra su pecho.
Si no podía recordar, ¿por qué dolía tanto?
Rise As God
El vuelo seguía su rumbo mientras que dentro del avión predominaba el silencio. Ninguno de sus ocupantes tenía palabras que expresar y Yūri había caído rendido al sueño luego llorar durante varios minutos. Yuzuru lo tenía resguardado entre sus brazos, como si fuera tan sólo un niño pequeño. Porque aunque recién se reencontraban compartían el mismo dolor y un lazo que ninguno sabía explicar.
Durante todo ese tiempo, el acompañante del mayor de los Katsuki se había mantenido al margen. Pero cuando notó que la situación había apaciguado se incorporó de su asiento para caminar en dirección a ellos.
Yuzuru notó su presencia cuando pasó a su lado, sentándose en el lugar libre del otro lado del pasillo. Se miraron en silencio hasta que el nipón formó una pequeña sonrisa.
—Son diferentes físicamente, pero hay algo que los hace muy parecidos.— las palabras del joven occidental fueron expresadas en un torpe japonés.
—Eso que dices no tiene mucho sentido Javi…— por primera vez la voz de Yuzuru salía con un toque de gracia, emitiendo una pequeña risa.
—¡Pero es cierto! Es más pequeño que tú… Y tienen facciones algo distintas. Pero poseen el mismo impacto de aura.— intentó excusarse el español de inmediato, cruzándose de brazos.
—Puede ser~— respondió el otro con un suave tono cantado.
Aunque expresara su duda en palabras, Yuzuru pensaba de la misma forma que Javier. Por ello se giró a observar cómo el más pequeño dormía con los labios entreabiertos y su mano aferrada a la camisa que él portaba. Lo apreció durante algunos segundos, para luego deslizar sus dedos por las hebras azabaches.
—Tiene los ojos grandes como nuestro padre… aunque la blancura de piel de nuestra madre. Yo no soy tan blanco— bromeó al final, entrecerrando su mirada con cariño.
—¡Eso es un detalle!— respondió el otro de inmediato, llevando una de sus manos a tocar la punta de la nariz de Yuzuru. –Me pregunto si él también arrugara esto cuando ríe, o si sus ojos se harán como dos líneas cuando está faliz.—
El japonés sintió aquel gesto con vergüenza a medida que su rostro enrojecía torpemente.
—¡Javi…!— soltó su nombre con un reproche, mirándolo de reojo. –Yo no hago tal cosa…—
El mayor expresó una mueca divertida, sonriendo de tal forma que sus dientes eran visibles. Le gustaba alterar de esa forma a su compañero.
—Yah, no grites o lo despertarás.— le advirtió, aunque tan sólo buscaba impedir que le refutara. —¿Están notificados en Estados Unidos que estamos yendo?—
Yuzuru Katsuki odiaba que le evadieran el tema, sin embargo, lo que mencionaba ahora Javier era de importancia. Asintió con su cabeza recuperando su postura, aunque una de sus manos quedó apoyada sobre la espalda de su hermano.
—Lo están, Leroy me confirmó que está todo en orden para nuestra llegada. Aunque ya sabes, me cuestionó el por qué decidimos ir allí antes que a Japón.— soltó esa última frase con disgusto.
Javier sonrió divertido, porque en ese momento Yuzuru arrugaba su nariz.
—Creo que él es el único que se atreve a cuestionarte de esa forma, oh gran Ceo Katsuki.— le respondió torciendo una sonrisa y ocupando un tono lleno de jocosidad.
—Lo es. Aunque no lo hace por irreverencia, sino por curiosidad en las decisiones.— emitió un pequeño suspiro al final. —Aún así debo admitir cumple perfectamente con su papel.—
Javier se acomodó en su asiento, apoyando la espalda pero sin dejar de mirarlo. —Tienes un grupo bastante particular, Yuzu…—
—Créeme que lo sé. Empezando por ese tal Javier Fernández.— le respondió en forma desafiante, logrando que su compañero soltara una risa divertida.
—Oye, estás abusando de tu felicidad.—
Yuzuru optó por responderle con una sonrisa amplia, esa que achicaba aún más sus ojos pequeños y que Javier había mencionado.
Sin embargo la charla se vio interrumpida por el altavoz, anunciando que en unos minutos más comenzaría el descenso. La tripulación a cargo empezó a prepararse y Javier regresó a su asiento inicial.
Mientras que a tan sólo unos kilómetros de ellos dos hombres controlaban el procedimiento de aterrizaje. Uno era un canadiense de gran estatura que se mantenía hablando por un intercomunicador. A su lado, una figura elegante con un alargado tapado negro observaba al cielo oscuro.
—Comienza el aterrizaje. Cambio y fuera.—
Jean Jacques Leroy cortó la comunicación sin perder la sonrisa que se mantenía en sus labios. Desde su posición, estaba observando todo a través de unos lentes oscuros que ocultaban sus vivaces ojos verdes.
—La primera fase fue completada. Katsuki debe de estar frenético.— comentó, ladeando apenas su cabeza para observar a su compañero.
El ruso a su lado hizo una mueca divertida, llevando a despejar sus ojos color tormenta al sacarse los lentes negros.
—Yuzuru mayormente es una fuente de energía. Espero que su hermano sea parecido. Nos serviría de ayuda ahora.— la respuesta fue brindada mientras el ruido intenso de las turbinas cortaba el ambiente, haciendo que el viento se revolviera y azotara la ropa de ambos hombres.
—Ahora lo descubriremos…—
La respuesta del canadiense no fue escuchada por el otro, pero eso era un detalle menor. En unos minutos el aterrizaje había culminado en forma exitosa, siendo asistido por el staff del aeropuerto que colocó la escalera al borde de la puerta.
Ambos hombres estaban al pendiente del deceso de los pasajeros, siendo el primero en salir Javier. El español les sonrió de inmediato, con una forma jovial mientras sacudía su mano en el aire.
—JJ, Viktor, diría que me sorprende verlos aquí, pero en realidad sería una mentira.— comentó riendo, acercándose hasta ellos hasta estrechar sus manos en forma amistosa.
—Ya se habían tardado.— contestó Jean Jacques luego de haber golpeado brevemente su hombro.
Pero antes de que pudieran desarrollar cualquier conversación, la atención fue capturada por los hermanos que habían salido y bajaban por los escalones.
Yuzuru se había negado a soltar a su única familia, entrelazando sus dedos para guiarlo. Por su lado, Yūri no se había negado y en cierta forma defensiva se mantenía a la par del mayor, como si así pudiera enfrentar a los desconocidos que ahora lo analizaban.
El muchacho de cabello negro y sonrisa extrovertida lo recorrió con su mirada sin disimulo alguna, emitiendo un pequeño silbido al finalizar. Un gesto que hizo que las mejillas pálidas del japonés se tiñeran de rojizo. Pero a diferencia de él, Viktor le había dirigido sus ojos a él apenas unos breves segundos, antes de enfocarse por completo en el mayor de los Katsuki haciendo una breve referencia.
—Bienvenido, está todo lo que ordenaste.— le anunció Viktor una vez se hubiera encontrado directamente con sus ojos oscuros. –Hay dos automóviles esperando afuera.— movió su cabeza en un pequeño movimiento para luego volver a deslizar sus lentes de sol a tapar las orbes claras. –Pero hay algunos detalles que requieren tu especial atención.—
Yūri no sabía su nombre, pero el inglés que manejaba aquel hombre de cabello blanco lo delató como ruso. Su apariencia elegante, casi como el de un artista le afirmaba esa sospecha. Mientras que el hombre que estaba atrás y poseía una gran sonreía parecía ser de América, aunque sin precisar bien el sitio.
Pero lo que más había capturado su atención no era la apariencia de estas dos personas, sino la cicatriz que portaban en su cuello. La misma que poseía su hermano.
Por otro lado, Yuzuru había asentido a lo que Nikiforov le había dicho, girándose para dirigirise a Javier.
—Te confió a Yūri, Javi. Vayan ustedes con Leroy—san en el segundo automóvil. Yo iré en el primero para reforzar el frente.—
El español no cuestionó las indicaciones, es más, a los ojos inexpertos de Yūri, consideró que en realidad nadie le cuestionaba nada. Ni "peros", ni objeciones, parecía que todos estaban siempre de acuerdo con lo que él ordenaba. A pesar de que Yuzuru era el más joven (o eso parecía) de los de allí presente, era el líder.
—Ven por aquí, muñeco.— el sujeto extrovertido lo llamó, consiguiendo que Yūri volteara a él. –Nos esperan.— finalizó aquella frase con un pequeño guiño de su ojo luego de sacarse los lentes de sol.
Javier le había palmeado suavemente el hombro, indicándole que lo siguiera y así lo hizo. Pero antes de girarse por completo dirigió una última mirada a su hermano, pero este se encontraba concentrado hablando en otro idioma con el hombre de cabello platinado.
Sin poder evitarlo la preocupación se instaló en su pecho, pero no sabía si le correspondía él cuestionar. Por ello, cuando subió al vehículo que los dos occidentales le habían indicado arrugó apenas su ceño.
—¿Sucede algo, pequeño?— Javier había sido directo y había notado de inmediato su cambio de humor, haciendo enrojecer al japonés.
—Si, tan sólo… ¿Está todo bien con esa persona…?— supuso que en ese punto no valía fingir, así que estableció sus preocupaciones en voz alta.
—¿Con Yuzuru y Viktor?— cuestionó el español, sorprendido apenas antes de recuperar su sonrisa. –Claro que sí. No te preocupes… Él es Viktor Nikiforov, es de las personas de mayor confianza de tu hermano.—
Leroy miró a través del retrovisor, dirigiéndole una sonrisa que marcaba sus dientes blanquecinos.
—No debes preocuparte, mini Yuzu.— le dijo volviendo su mirada al frente para indicarle al conductor que arrancara. –Tu hermano puede parecer una persona frágil, pero él solo podría derribarnos a todos nosotros. Además, aquí no estamos para atacarlos, sino protegerlos.—
Aunque parecía siempre hablar con un ligero tono de burla, en ese instante sus palabras se tiñeron de sinceridad. Eso lo hizo sonreír.
—Yūri… Así me llamo.— le dijo mientras lo miraba apenas.
—¡Un gusto! Soy Jean Jacques Leroy, al servicio de los Katsuki.—
Yūri se repitió su nombre mentalmente para memorizarlo, pero el hombre parecía ser de gran habla y luego de aquella frase de cortesía había empezado a soltar palabra tras otra. Todo manejado con un inglés que lo hizo descartar como estadounidense, pero que era suficientemente entendible para que el japonés pudiera comprenderle.
Desde ese punto la charla había sido más amena, entre pequeñas preguntas sobre su vida en Detroit y él aprendiendo un poco sobre los amigos de Yuzuru. Si bien Yūri llevaba poco tiempo conociendo a su hermano (¿se podía decir que lo conocía?) sabía que podía confiar en las personas que este mantenía a su alrededor.
Mientras que en el otro vehículo, el ambiente que se producía era muy diferente. El tan mencionado mayor de los Katsuki estaba revisando unos archivos en su tableta electrónica, moviendo su dedo cada tanto en la pantalla. El ruso se mantenía a su lado, mirándolo de reojo mientras que la charla era constante.
—Hemos perdido el ala sur de Tailandia, por lo que pensábamos hacer expedición hacia allí la segunda semana del mes que viene.— mencionó Nikiforov, volteando la hoja que leía.
—Ya veo. ¿Hubo alguna novedad de las bases japonesas?—
El hombre de elegante porte se cruzó de piernas, apoyando uno de sus dedos sobre sus pequeños labios. Un gesto que acostumbraba a hacer.
—Lamentablemente lo hay. Han atacado una de las fortalezas de Osaka. Pero no han logrado penetrar el segundo campo, se han retirado antes de una batalla más frontal.— sus ojos amatistas se volvieron hacía el menor, mostrando seriedad en todo momento.
Yuzuru Katsuki arrugó sus labios a esa respuesta, inconforme pero sin mencionar palabra alguna. Se tomó unos segundos para teclear sobre la pantalla táctil antes de volver a observar al otro hombre.
—No van a retroceder.— dijo en forma lenta, cauteloso.
—Exacto, no lo hacen. Por lo que estipulamos que se dieron cuenta de tu ausencia. Los rumores del nuevo Katsuki está recorriendo los subsuelos.—
El japonés soltó un bufido entre sus labios y arrugó el puente de su nariz. Viktor sabía que estaba desconforme con la situación, sin embargo no pudo evitar sonreír, aquella mueca lo hacía ver más adorable que amenazante.
Yuzuru estaba consumido por sus pensamientos al punto que no notó el gesto del otro, tan sólo tomó su teléfono móvil presionando un botón.
Esperó dos pitidos antes de ser atendido. —Soy yo.— mencionó con aquel tono autoritario que promulgaba en su lengua natal. —Aumenten la seguridad de la residencia cuarenta y cinco al nivel siete…—
Viktor hizo un pequeño silbido entre sus labios para después acentuar su sonrisa al escucharlo. Los ojos del nipón no se voltearon a verlo aunque fue consciente de su gesto.
—Las cosas van a ponerse emocionantes.—
Rise As God
—Esto es… Increíble.—
Cuando Javier había mencionado que se dirigían a la residencia que poseían en Estados Unidos, Yūri se imaginó algo más ameno. Un departamento a las afueras de la pulposa ciudad o una pequeña casa que correspondiera a un familiar. Sin embargo, apenas habían estacionado se sintió abrumado.
La enorme estructura no correspondía a una simple morada, sino a una mansión que se extendía con múltiples habitaciones en una propiedad privada. Habían sido recibidos por el personal que lo despejó de su enorme chaqueta y cuando pasaron en dirección al living sintió que era una broma.
Los lentes azules se habían deslizado hasta la punta de su nariz, a medida que sus enormes ojos chocolates analizaban cada detalle de la lujosa sala. En su mente hizo un cálculo estimado de lo que debía salir el jarrón que se exponía cotidianamente allí, contrayendo su ceño. Por la forma en que Yuzuru había ido a buscarlo y se había manejado en un avión privado hasta esa ciudad estimaba la gran cantidad de dinero que poseía, pero esto era simplemente absurdo.
—Si estás sorprendido ahora espera ver la residencia de Japón.— Leroy se encontraba divertido con su reacción, palmeando apenas su hombro.
Javier no había hecho comentario al respecto, pero con la amabilidad que lo caracterizaba guió a Yūri por los largos pasillos. Le había anunciado que Yuzuru tardaría en llegar, así que era más conveniente que se instalara en la habitación que le habían asignado hasta que fuera hora de la cena.
—Aquí puedes descansar, Yūri. A las 20:30 hs se servirá la comida, así que debes bajar por donde te indique al comedor principal, ¿Está bien? Cualquier cosa mi habitación es la del frente.—
Hasta ese momento Javier había sido siempre cordial, ganando la simpatía del japonés de inmediato. Le agradeció con una leve reverencia y una sonrisa. El mayor le correspondió de la misma forma antes de retirarse, cerrando la puerta detrás de él.
Estando por primera vez solo desde que esa aventura había comenzado, Yūri sintió que su mente colapsaría.
—Esto es simplemente una locura…—
Había dado unos cuantos pasos, los suficientes para que su cuerpo cayera pesadamente sobre la cama. El suave aroma de la tela cálida inundó su nariz, haciendo que se encogiera en su sitio.
Había dormido en el vuelo, pero aún ahora se sentía realmente agotado. Su mente no dejaba de pensar una y otra vez, imaginarse cosas, recordar otras, las palabras dichas por su hermano resonaban fuerte aún y no podía evitar batallar con la culpa que abrazaba su pecho.
No recordaba nada, ni siquiera la voz de su madre o la sonrisa de su padre que deslumbraba en la fotografía que había visto. No había nada de nada en su interior y eso lo hacía sentir vació.
Con aquella inquietud no se percató cuando cayó rendido a Morfeo.
Rise As God
En el momento en el que el reloj marcó las 20:30 exactas Yūri había sido despertado por uno de los asistentes de la residencia y guiado hasta el comedor. Aunque estaba avergonzado por haberse dormido ninguno de los presentes hizo comentario alguno y la cena fue un alivio en más de un sentido.
Yuzuru había ocupado la punta de la mesa, manteniendo en todo instante a Yūri a su lado. Mientras que Nikiforov, Fernández y Leroy ocuparon los otros sitios con total naturalidad.
El ambiente parecía relajado y la comida japonesa que habían servido era deliciosa, al punto que el menor de los Katsuki no había podido parar de comer, sorprendiendo a los presentes.
—Creeré que Celestino no te alimentaba realmente.— bromeó Yuzuru llevando un poco de té a sus labios.
Se le hizo inevitable a Yūri el toser al escucharlo, bajando un poco su cabeza al sentirse avergonzado.
—Lo siento, tan sólo… es que está delicioso.— mencionó con una pequeña sonrisa tímida.
Su forma de actuar era tan sincera y transparente que provocó de inmediato una mirada reconfortante en su hermano mayor. Yuzuru estaba feliz de tenerlo allí, y eso se notaba en la manera en que sonreía con cariño.
—No tienes porque disculparte, debes comer todo lo que desees, ¿Está bien?— le aseguró mientras le alcanzaba un bol más con arroz.
—¿En serio…?— Yūri seguía avergonzado, pero la comida era tan tentativa que no pudo disimular su alegría.
Del otro lado de la mesa, los ojos turquesa de Viktor seguía la charla de los hermanos con una mueca divertida.
—Creo que Yuzuru desea dejarte como un cerdito. Aunque… debo admitir que no falta mucho para eso.—
Aquella frase fue tan contundente que todos los presentes habían reaccionado. Leroy riendo sin ocultarlo, Javier por lo bajo, mientras que ambos hermanos arrugaron apenas su ceño, en un gesto idéntico. Yūri había bajado la cabeza avergonzado, alejando apenas el platillo, mientras Yuzuru estrechaba sus ojos con molestia.
—No le hagas caso, Yūri…— le dijo de inmediato, volviendo a insistirle con la comida.
Durante el resto de la cena Nikiforov se abstuvo de hacer otro comentario similar, aunque por la mirada que le dirigía el menor de los Katsuki supo que estaba tentado a seguir molestándolo.
Todo el proceso duró alrededor de una hora y media, siendo tiempo suficiente para que Yūri pudiera afirmar una de las hipótesis que se había planteado. Las tres personas que residían en la mansión veían a Yuzuru como un jefe, ¿o tal vez un líder? No estaba seguro, pero era evidente su obediencia y lealtad hacia él.
Con una suave sonrisa que acentuaba sus ojos en dos pequeñas líneas, el mayor de los Katsuki anunció el final de la comida y acompañó al nuevo inquilino hasta su habitación. Los demás se dispersaron por diferentes puntos de la enorme residencia.
Aunque llevaban poco tiempo de haberse conocido la conversación entre ellos dos fluía en forma natural. Acompañado de pequeñas dudas que ambos poseían y algunas trivialidades que les permitían irse conociendo.
—Estudié en una universidad en Canadá y luego regresé a Japón. Pero a pesar de eso mi inglés no es tan bueno… hay veces que Viktor se burla de mi pronunciación o que Javier debe ayudarme.— aquella confesión de parte de Yuzuru fue acompañada por una mueca divertida.
Yūri rió a su lado, porque había notado también la particularidad del platinado en alterar a los demás. Así que no dudaba fuera cierto.
—Creo lo haces muy bien. Se nota que a pesar de eso te respetan y siguen.— comentó con cierta cautela, mirándolo por el costado de sus anteojos mientras seguían caminando por el alargado pasillo.
—Si. Soy afortunado de ello. Fuera de ser compañeros de trabajo ellos son mis amigos y confidentes. Así que puedes confiar plenamente en cualquiera de esos tres, ¿si?—
Yūri asintió con una amena sonrisa, pensando que tal ve era cuestión de tiempo para poder establecer una buena relación con esos hombres dispuestos a ayudarlos.
Se despidió de su hermano en la puerta de su habitación. Deseaba seguir hablando con él, pero notaba en sus delicados rasgos que estaba agotado y necesitaba descansar. Prometieron desayunar juntos y se despidieron allí.
Aunque se encontraba agotado Yūri se sentía más a gusto. Poder conversar con su hermano le traía una paz que hasta ese momento había desconocido, porque sentía que los fragmentos rotos que habían de su pasado podían ser restaurados lentamente.
La cama lo tentaba a sucumbir, pero optó primero por una ducha cálida. Se secó el cabello con una toalla y se vistió con el pijama que habían dejado para él.
Una vez estuvo listo salió del baño para dirigirse a su cama. Estaba cansado, pero cuando estaba a mitad de la habitación un pequeño sonido capturó su atención. Por inercia giró a mirar al gran ventanal que poseía el cuarto, sin encontrar nada relevante. El viento estaba soplando con fuerza, meciendo los árboles que se encontraban en el jardín cercano a la mansión. Las nubes tapaban cualquier luz natural de la luna, por lo que todo se veía envuelto por un manto de oscuridad.
Yūri parpadeó varias veces, pensando que su mente agotada le estaba pasando una mala pasada. Se giró de nuevo sobre sus talones para dirigirse a la cama, pero antes de que pudiera dar un paso un estallido fragmetó el ventanal.
Todo sucedió en cámara lenta. Cuando volteó su mirada asustada a dónde había provenido el ruido se encontró con una sonrisa macabra. Parado en su balcón, un sujeto sostenía entre sus grandes manos un hacha, ese que había ocupado para romper el vidrio.
Sus ojos se toparon y por inercia Yūri retrocedió un paso, totalmente espantado. El hombre disfrutó cada uno de sus gestos lleno de miedo, soltando una carcajada rasposa que heló los sentidos del japonés.
Hubo otro estallido, esta vez de una magnitud mayor que resonó en la planta baja de la residencia. En unos segundos una alarma retumbó por todas las paredes, combinándose con el sonido eufórico de voces a lo lejos.
Yūri sintió pánico, deseaba correr o comprender qué estaba sucediendo. Pero el hombre que estaba en su balcón lo estaba estudiando como a su presa, regocijándose.
El sujeto expresó una frase con su voz grave, pero fue inentendible a sus oídos. Desde allí todo sucedió demasiado rápido. El intruso avanzó en su dirección sacudiendo en el aire el arma y Yūri corrió desesperadamente en dirección a la puerta. Fue un torpe intento y apenas había dado tres pasos cuando su tobillo fue sujetado, haciendo que cayera abrupto contra el suelo.
El cuerpo de Katsuki se giró para golpear lo que lo estaba sujetando, pero quedó estático al no poder ver nada. Su pierna no era retenida por nada material, a pesar de que él notaba a la perfección en su piel la presión.
—Así que no pueder verlo…— las palabras fueron promulgadas en un inglés tosco. —Que decepción.— aunque pretendía ser una frase con pena, su sonrisa se expandió, mostrando aquella dentadura amarillenta. –No sirves…—
En ese punto Yūri no sabía si es que no le entendía a su deficiente idioma o si estaba hablando de algo que no llegaba a procesar. Pero en ese punto donde lo separaban apenas unos metros y el hacha se sacudía en el aire el comprender era un tema menor.
Desesperadamente intentó moverse, pero de nuevo aquella fuerza invisible lo había atacado, aunque esta vez en un golpe contundente. Sintió como un algo duro se estrellaba contra su pecho, embistiéndolo con tal magnitud que su espalda se estrelló contra la pared.
Los oídos le pitaban y el ruido de la alarma se acompasaba con su respiración errática. Habían gritos, cosas rompiéndose y sonidos de golpe. Yūri quería gritar por Yuzuru, pero apenas pudo moverse del suelo sintiendo el dolor sobre sus costillas.
No iba a poder salir de la habitación y ni siquiera era capaz de gritar. Estaba perdido.
—Vendrás conmigo, niño bonito…—
Las palabras eran promulgadas con asquerosidad, avanzando la poca distancia que los separaba. Yūri ahogó un sonido en su garganta y cerró fuerte los parpados, esperando el golpe. Pero este nunca llegó.
Hubo un sonido ahogado y cuando el japonés se atrevió a mirar quedó atónito. El robusto cuerpo del intruso estaba siendo elevado en el aire, como si algo invisible estuviera sujetándolo por el cuello.
—Son demasiado tenaces como para atacar directamente…—
La frase fue dicha en ruso, captando la atención de Katsuki que miró con alivio a Viktor Nikiforov parado en la puerta de su habitación. ¿Él estaba haciendo eso?
—Tenaces o estúpidos…— fue lo último que dijo antes de mover su mano, haciendo una seña directa hacia la ventana.
Yūri pudo ver cómo el hombre era sacudido una vez antes de ser tirado abruptamente por la abertura. Desapareció de su vista, pero pudo escuchar el estruendo del cuerpo siendo azotado en el suelo.
Las nauseas golpearon su garganta, pero los gritos que se escuchaban en los pasillos no le dio tiempo de encorvarse. La mano de Viktor se había posado sobre su hombro, ayudándolo a incorporarse.
—No hay tiempo para explicaciones y sé que te costará correr por todo lo que has comido, pero necesitamos salir de aquí.— le había hablado en inglés, ocupando un tono jocoso que contrastaba abruptamente con la preocupación que demostraban sus ojos.
Por esta vez no se cuestionó nada, asintió con su cabeza y apoyó firme sus piernas aunque las costillas le dolieran por el golpe. Se movió con la mayor rapidez que pudo, mirando con preocupación la puerta de la habitación de Yuzuru que se encontraba destruida. ¿Dónde estaba su hermano?
—Tranquilo. Él está bien, se está encargando de esto.—
Supuso que su mirada había hablado por sus labios, por ello es que Viktor sin siquiera dirigir sus ojos a él le había tranquilizado.
—Fue él quien me pidió te pusiera a salvo.— le comentó el ruso sonriendo un poco. –Así que coopera, cerdito.—
Los pasillos estaban consumidos por el humo que se deslizaba del fuego de las habitaciones. La luz no funcionaba y el sendero destruido de la mansión era alumbrado por las luces de emergencia. La sirena seguía sonando a lo lejos, pero corriendo por esa zona podía escuchar más palpable el sonido de una lucha.
Intentó mantener el ritmo de Nikiforov, siendo torpe, pero siguiéndolo. No conocía el camino que estaban tomando, pero cuando subieron la tercera escalera comprendió que se dirigían a la terraza.
Tan sólo quedaba una planta más antes de acceder al exterior cuando el paso de ambos fue interrumpido por tres hombres de gran tamaño. Estos se reían, disfrutando el caos que se habían provocado mientras empuñaban diferentes armas.
—Mira, mira a quién vinimos a encontrar.— pronunció uno de cabello rubio y un marcado inglés. —El lindo gatito Nikiforov… Estará muy feliz de tenerte de vuelta.—
Esas palabras y la sonrisa lasciva tensó los músculos de Yūri, haciendo que por inercia su mano se contrajera al costado de su cuerpo.
—¿En serio quiere mi regreso?— Viktor rió divertido, apoyando una mano sobre su propio mentón.— Es una pena que para capturarme hayan mandado a personas tan ineptas…—
Los hombres se enfurecieron ante la burla tan directa del ruso, pero antes de que pudieran reaccionar un inmenso lobo de color blanco saltó en su dirección. Yūri miró asombrado como el inmenso animal de un tono semi transparente los embestía y de inmediato utilizaba sus colmillos para desgarrar su carne. El gruñido del lobo opacó los sonidos lastimeros de los sujetos.
—¿Qué…?— Katsuki expresó un sonido ahogado.
—¿Ahora puedes verlo?—
La pregunta hizo que dejara de ver el asesinato para encontrarse con la mirada turquesa. Tan sólo se atrevió a asentir con su cabeza. Viktor abrió sus labios a punto de decirle algo, pero antes de que pudiera hacerlo un grito los hizo voltear.
—¡Anciano! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?! ¡Salgan de una maldita vez!—
Un joven de cabellera rubia y contextura delgada apareció corriendo por el pasillo. A su lado, un tigre de gran dimensión lo acompañaba. A unos metros de este muchacho se veían personas persiguiéndolo.
Yūri pensó que era evidente que había enloquecido o que estaba dentro de una alucinación, aunque el calor del fuego cerca lo hacía dudar.
—Estos jóvenes de hoy siempre alterados.— mencionó Viktor antes de tomar del brazo a Yūri y volver a correr.
Pasaron al lado del lobo que estaba terminando su labor con los cuerpos. De allí subieron la última escalera hasta llegar a la puerta que daba a la terraza. En medio de esta un helicóptero ya listo los esperaba.
—Sube, rápido, no hay tiempo que perder.— Nikiforov lo soltó y empujó un poco su espalda, dándole a entender que se debía adelantar.
Yūri lo miró brevemente, pero cuando el ruso le dio la espalda y el lobo se posicionó en frente de él comprendió que lo estaban cuidando. No dudó más, corrió en dirección al helicóptero y subió por la puerta abierta de un lateral.
Leroy estaba ya allí, con unos auriculares y un micrófono sobre sus labios, hablando con gran rapidez. Apenas le había dirigido una mirada cuando ingresaron y de inmediato les hizo una seña con la mano.
Allí parecía estar ya a salvo, pero sus piernas le temblaban y las nauseas aún golpeaban su estómago. Se apoyó contra una de las paredes, mirando desde allí cómo Viktor evitaba que cualquier intruso se acercara a ellos. Tuvo que ahogar un sollozo mientras se encogía en su posición.
El chico de melena rubia había llegado ya a la terraza y le indicó de inmediato a Nikiforov que él lo relevaría. Eso fue suficiente para que el ruso subiera al helicóptero.
—Diez minutos para que salgamos.— le ordenó de inmediato a Leroy que asintió.
Viktor estaba herido, su brazo tenía manchas de sangre de una abertura cerca de su hombro. Pero aunque la preocupación abordó de a Yūri, no pudo reprimir la ausencia de su hermano.
—¿Aún no llega Yuzuru? ¿Dónde está?— no pretendía alterarse, pero su voz lo traicionó y mostró aquella angustia que estaba comiendo su pecho.
Viktor dudó durante algunos segundos, arrugando un poco su ceño. Se giró hacia donde aún se encontraba el rubio combatiendo y analizó la situación. Sin mediar palabra alguna empuñó un arma que hasta ese momento Yūri no había notado y se incorporó dispuesto a salir.
A ese punto el menor de los Katsuki sentía que su presencia había sido más una molestia que algo que aportara. Por lo que, movido por la preocupación por su hermano, se levantó como pudo dispuesto a seguir al ruso. Sin embargo, cuando este notó sus intenciones chasqueó su lengua.
—No te muevas de aquí, no harás nada favorable saliendo. Yo iré a buscarlos.—
Las palabras que salían de los labios del ruso eran abruptas y Yūri sintió su corazón presionarse. Todos parecían estar en medio de una lucha pero él apenas y había podido moverse. Viktor ignorando por completo si había alguna replica abandonó el helicóptero y corrió con gran rapidez por la terraza, volviendo a ingresar a la mansión en llamas.
Katsuki sentía sus manos temblar, estas estaban contraídas en puños al costado de su cuerpo mientras veía como la batalla del rubio con su tigre empezaba a menguar. Aún así se sentía vulnerable, desesperado y lleno de impotencia, porque aunque no entendía qué estaba sucediendo sabía que estaba siendo un estorbo.
—Lo puedes ver, ¿No es así, Yuu—chan?—
Hasta ese momento se había olvidado que Leroy estaba allí. Su tono cantarín hizo que volviera a verlo, encontrándose con su amplia sonrisa. Pero antes de sorprenderse por el buen humor del occidental sus ojos se ensancharon al notar un pequeño dragón de color azul sobre su hombro.
—Estás despertando, Yuu—chan. No le creas las palabras de Viktor, tú eres de los nuestros. Yuzuru lo sabía y por eso decidió buscarte. Para protegerte…—
¿De los suyos?
Esa frase retumbó como un eco dentro de su cabeza, aún así no pudo indagar mucho al respecto cuando un ruido contundente llamó su atención. Una explosión había levantado humareda, pero para alivio de Yūri entre ese espesor pudo ver como Viktor abría paso a un agotado Javier y Yuzuru.
El ruso y el español quedaron en la terraza, aniquilando a los pocos sujetos que estaban atacando al rubio en cuestión de segundos. Mientras que el mayor de los Katsuki había pasado directamente en dirección a su hermano. Subió con rapidez al helicóptero, tirándose a abrazar el cuerpo de Yūri apenas hubiera estado a su alcance.
—Estaba tan preocupado…— le susurró contra su oído, estrechándolo con desesperación.
Era un sentimiento abrumador, pero el menor comprendió. Acababan de encontrarse, acababan de saber que no estaban solos en el mundo y no iban a perder eso bajo ninguna circunstancia.
—¡Yuzuru! ¡No nos esperen! ¡Despeguen de una vez!—
El grito de Viktor los obligó a regresar a la realidad, notando cómo la situación había empeorado. A pesar de que ahora el tigre era acompañado por el lobo blanco y un imponente caballo, sus aliados estaban rodeados por casi el triple de enemigos.
Yuzuru tembló ligeramente de impotencia y estuvo a punto de moverse, pero la voz de Leroy lo retuvo.
—No se te ocurra hacer ninguna estupidez, Yuzu. Sabes que eso no funcionará. Debemos despegar ahora mismo.—
Aún así el mayor de los Katsuki no se movía, manteniendo sus ojos en sus compañeros.
—No puedo…—
—¡Joder, Yuzuru! ¡Vete de una maldita vez!— el grito fue perpetrado por el sujeto rubio, que a esas alturas tenía una herida que manchaba sus ropas en la zona de su espalda.
Todo había salido de control. Javier fue embestido por un hombre que superaba su tamaño y apuñalado en uno de sus brazos. Viktor lo asistió apenas pudo, evitando que siguiera siendo herido. Yuzuru miraba con impotencia temblando, cerrando fuertemente sus ojos que habían sido empañados por lágrimas.
—Que inicie el despegue…—
El corazón de Yūri latió con fuerza cuando Leroy asiendo caso a la orden empezó a manejar el helicóptero. Habían perdido y esas tres personas se quedaban para protegerlos, ¿podía tener un sabor más amargo la derrota? La desesperación le cortó la respiración en forma dolorosa y musitó un suave "no" cuando las compuertas se estaban cerrando.
Se negaba, no iba a permitir ese sacrificio. Entonces todo sucedió en cuestión de segundos.
Una de las manos del japonés se ciñó en el centro de su pecho, en esa zona donde las palpitaciones eran frenéticas y un calor abrasador estaba quemando sus entrañas. Su visión fue nublada abruptamente y no se percató de cómo Yuzuru lo estaba sosteniendo para que no se desplomara contra el suelo, ni tampoco escuchó como su nombre era pronunciado. Tan sólo quedó absorto en una figura que había salido de su propio cuerpo y se elevaba con un chillido.
Lo que era primero visible como una luz blanca tomó una forma animal, desenvolviendo unas largas alas. Era un fénix blanco que se dirigió de inmediato hacia donde se estaba desarrollando la batalla.
Primero produjo una ráfaga de viento, antes de embestir directamente contra los intrusos. El bramido del ave cortó el cielo una vez más, antes de que envolviera con llamas blancas toda la superficie de la terraza. El grito agonizante de los hombres se mezcló entre sí, aullando del dolor mientras eran consumidos.
Viktor miró sus manos envueltos por aquella flama, pero sin sentir dolor alguno. Miró de inmediato a sus compañeros, notando que en efecto, ninguno de ellos tres había sido afectado. Sin perder más tiempo en cuestionarse, le dio la voz de retirada.
—Yūri…—
La voz de Yuzuru había sido suave, apenas un murmullo, pero fue suficiente para traerlo de nuevo a la realidad. Sus ojos habían estado negros sin que este fuera consciente, pero cuando volteó el color chocolate envolvió sus iris. Lo miró, apenas siendo consciente, antes de sentir como todo era envuelto por penumbras. Su cuerpo cedió por completo sin encontrar energía alguna con la cual sostenerse, siendo abrazando de inmediato por su hermano.
La compuerta del helicóptero aún no se habían cerrado a pesar de estar a unos metros del suelo, siendo suficiente para que los tres integrantes que faltaran abordarán. Encontrándose con la imagen de Yuzuru sosteniendo a un dormido Yūri entre sus brazos.
—¿Eso fue el aura de Yūri…?— preguntó Javier mientras presionaba fuertemente su hombro herido.
El mayor de los Katsuki asintió con un movimiento de su cabeza, mordiéndose fuerte el labio inferior con nerviosismo. Aunque este hubiera sido un gesto mínimo no había pasado desapercibido para Viktor.
—Acaba de despertar su poder. Hasta ahora no era consciente de él y fue… Un golpe muy fuerte…—
—Fiu~ ¿Quién lo diría? Nuestro pequeño polluelo tiene un fénix blanco… Parece que esto está recién por comenzar para él.— comentó Leroy mientras que su mirada estaba centrada en el cielo, piloteando.
Ninguno se atrevió a hacer comentario al respecto, sabían que esas palabras estaban llenas de razón y la batalla estaba comenzando.
Continuará…
Originalmente el capitulo I y II eran uno solo, pero como me quedó algo largo decidí dividirlo en estas dos partes. Aquí, finalmente, se ve el elemento fantástico que tiene la historia. ¡No es necesario que lo entiendan aún! Iré explicando todo en los siguientes capítulos, pero espero que les vaya gustando lo que leen hasta aquí 3
Aunque son poquitos los que empezaron esta historia me entusiasmó mucho los comentarios que me dijeron, y como lo prometí, seguiré actualizando cada dos semanas.
¿Tienen dudas, sugerencias, críticas o una opinión de este capitulo? ¡Los estaré leyendo! Muchísimas gracias por seguir esta historia.
Sayounara Bye Bye
