Desde ese primer encuentro, se vieron prácticamente todos los días a excepción de los fines de semana. Se encontraban en el mismo parque a la misma hora, ella buscando bichos y el observándola con interés. También jugaban en los columpios, divirtiéndose entre risas y hablando de las cosas del colegio. Adrien recibía clases privadas por la mañana en su casa por su estricto padre y por la tarde, solía hacer actividades extraordinarias como tocar el piano y practicar esgrima, y Marinette practicaba ballet desde los cuatro años. Sus encuentros eran esporádicos y clandestinos puesto que se despedían antes de que sus madres los vieran. Esos pequeños momentos eran un suspiro para los niños, risueños, llenos de vida y con ganas de jugar.
Pasaron los días, las semanas y los meses cuando por fin sus progenitoras los pillaron en el parque, al cual ellos llamaban "Su rinconcito prodigioso". Estaban contándose historias y sin darse cuenta, perdieron la noción del tiempo. Sorprendentemente, las madres de ambos niños se conocían y hablaron amenamente. Sabine Cheng, la madre de Marinette, era una mujer de baja estatura, con el mismo pelo que su hija y rasgos asiáticos y María Agreste*, la madre de Adrien, era una mujer alta y esbelta, con una larga cabellera rubia y los ojos verdes como su hijo. Ambas fueron conscientes de lo bien que se llevaban sus hijos y en vez de ser un obstáculo para su amistad, ocurrió todo lo contrario. Ya no solo se veían entre semana sino también algún fin de semana aleatorio.
Con el paso del tiempo, su amistad se fue haciendo más y mas grande y prácticamente crecieron juntos. Iban al cine, a la bolera, con algunos compañeros de clase de ella, de acampada. Todo cuanto podían lo hacían juntos. No estaban exentos de peleas o discusiones, y las tenían, muchas de hecho.
En el Puente de Las Artes…
- ¡Espérame, Mari! –le suplicó Adrien entre jadeos, corriendo detrás de ella.
- Vamos, lentorro, casi me alcanzas –se burló la peliazul con una gran sonrisa.
Los dos ya tenían nueve años y con mas energía que nunca. Se notaba que habían crecido. Marinette era un poco mas alta, el pelo le había crecido hasta la media espalda y ya empezaba a vislumbrarse pecas en su rostro. Adrien era un poco mas bajo que ella y se apreciaba que estaba mas rellenito de cuerpo y rostro. Habían ido a comprarse unas chuches y de vuelta a casa, ella lo había retado a una carrera: el primero que llegara, se pillaba el mando de la tele. Sabine había invitado al niño Agreste a merendar y se pasaban horas viendo los dibujos animados o jugando a las cartas, un entretenimiento que los niños habían adquirido recientemente. Cruzaron el puente con mucho entusiasmo entre risas.
- ¡No vas a ganar! –le aseguró, apretando el paso y sudando mucho por el esfuerzo.
- Anda, toma mi mano –le ofreció, apiadándose por un momento de él.
Sus manos se rozaron y entrelazaron sus dedos a la perfección. Con ese impulso extra, corrieron juntos varias manzanas mas y se soltaron para avanzar el último tramo de carrera. Marinette estuvo a punto de cruzar el zaguán de su casa cuando los cordones de sus zapatos se deshicieron y tropezó. Lanzó un gritito de sorpresa y se precipitó al suelo al mismo tiempo que su amigo pasaba por su lado. Por instinto, extendió la mano para agarrarse a algo y arrastró a Adrien con ella tirando de su camisa.
- ¡Ayy! ¡Duele! –gimió el niño rubio abrazándose la pierna derecha.
La peliazul hizo una mueca y se sentó en el suelo. Se le había arrugado la falda y tenia algunos rasguños en las pantorrillas y sentía cierto dolor por el impacto en el muslo derecho pero nada grave.
- Dichosos cordones… -farfulló entre dientes.
- ¡Lo has hecho a propósito! –le echó en cara Adrien mirándola de mala gana.
- ¡Eso no es cierto! –abrió mucho los ojos, horrorizada.
Fue entonces cuando se percató del motivo de su cabreo. Tenia una herida semiabierta en la rodilla. Había recibido la peor parte de la caída y sangraba de manera preocupante.
- ¡Claro que si! No querías que ganase y por eso me agarraste –gritó con los ojos llorosos. Le dolía mucho la rodilla.
- No digas tonterías. ¿Es que no lo viste? Me tropecé –intentó disculparse.
- ¡Mentirosa!
Su amiga retrocedió dolida y sin mirarlo, se ató los cordones que le provocaron la caída. Se incorporó despacio y lo miró seria.
- ¡Bien! ¡Pues quédate ahí tú solo! –le gritó tras unos segundos, enfadada y echó a correr a su casa.
El niño se mordió la lengua, aguantando el dolor de la herida y se balanceó en el asfalto. Intentó levantarse pero le dolía lo suficiente como para siquiera mover un músculo. Unos minutos después, apareció Sabine con expresión preocupada.
- Mi niño, ¿estás bien? –se arrodilló a su lado.
- Me duele mucho… -gimoteó sorbiéndose la nariz con la manga de su camisa.
- Ay, pobre, ¿puedes levantarte? Tengo un botiquín en casa –sonrió dulcemente para tranquilizarlo.
Adrien quería decir que no pero se dijo a si mismo que tenia que hacerlo él solito y ser fuerte. Así que rechinando los dientes y con ayuda de Sabine, logró incorporarse y entraron juntos en la casa, subiendo unas escaleras. Era una humilde morada con una pequeña entrada decorada con una estantería y un jarrón con flores, a mano derecha la cocina, un cuarto matrimonial, el baño y el salón ocupaba el resto de la estancia con dos sillones y el mueble de la televisión. Junto a la cocina, se encontraban unas escaleras plegables que conducían a una buhardilla, donde estaba el cuarto de Marinette. Sabine lo dirigió al baño y lo sentó en el retrete.
- Sabine –la llamó su marido en ese momento. Por la puerta se asomó un hombre corpulento, casi tan grande como un luchador de sumo pero musculoso en vez de gordo.
- ¿Qué pasa, cielo?
- ¿Sabes donde están…? Vaya, ¿qué ha pasado aquí? –preguntó acercándose al niño- ¿te has hecho daño, campeón?
- Estaba jugando con Marinette y se ha caído
- ¡No es verdad! Ella me tiró de la camisa –replicó Adrien ofuscado y apretó los puños por la punzada de dolor que le dio en la rodilla.
- Bueno, bueno, estoy seguro de que no quería hacerte daño, jovencito –sonrió Sabine y el niño hizo un mohín, contrariado- querido, ¿te importa alcanzarme el botiquín?
Él asintió y solo estiró la mano para abrir el armario donde se encontraba el maletín de primeros auxilios. Sabine remangó un poco mas el pantalón del niño, cogió un paño nuevo y lo humedeció abundantemente en el lavamanos. Con sumo cuidado, limpió la sangre que había llegado a la pantorrilla hasta la rodilla y mientras lo hacia, Marinette se asomó tímidamente por la puerta del baño. Adrien aguantó el dolor como pudo pero las lágrimas discurrieron por sus mejillas en silencio. La niña sintió como la culpabilidad la invadía y se mordió el labio inferior.
- Marinette, cariño, ¿vas a quedarte ahí? –dijo la madre con una pequeña sonrisa. Ella se sobresaltó, sorprendida de que se percatara de su presencia.
Adrien la ignoró deliberadamente, incapaz de dirigirle la palabra. Su amiga se acercó despacio, apretándose el pecho con los puños cerrados, en señal inequívoca de su culpabilidad. Observó con ojos atentos como su madre lavaba la herida con agua y jabón y después abría el botiquín y sacaba el alcohol.
- Mamá, ¿puedo hacerlo yo? –susurró entonces sin poder contenerse.
- Claro, cielo –sonrió Sabine, complacida y le tendió el algodón humedecido en el desinfectante.
La niña lo cogió con la palma de su mano y ocupó el lugar de su madre. No se atrevió a mirar a su amigo y con suavidad, rozó la herida con el algodón. Adrien dio un pequeño respingo y un ligero escozor lo obligó a mirar hacia abajo con el ceño fruncido. Estuvo a punto de gritarle cuando Mari volvió a repetir el proceso, con tanta ternura que no sintió dolor en aquella ocasión. El niño enmudeció y con los ojos muy abiertos, se quedó mirando como su amiga desinfectaba su herida.
- Lo siento mucho… -murmuró su amiga cabizbaja, centrada en su tarea- no quería hacerte daño pero de verdad me tropecé.
El rubio hizo un mohín y desvió la mirada. Fue entonces cuando se percató de los zapatos de su amiga. Los cordones de uno de ellos estaban sucios y maltrechos como si hubieran sido pisoteados. "Quizás si que se tropezó" pensó avergonzado. Sabine sacó una gasa y unas vendas y se las pasó a su hija. Bajo sus instrucciones, la niña se las arregló para envolver la herida y así evitar contacto con la suciedad u otros factores externos. Él la observó nuevamente y ella alzó la cabeza por fin. Sus ojos azules se cruzaron con los verdes de él, llenos de cariño pero también culpables por lo ocurrido.
- ¿Te encuentras mejor? –le preguntó con una dulce sonrisa.
El rostro de Adrien adquirió un cierto tono rojizo con esa sonrisa y sacudió la cabeza azorado. Marinette también se sonrojó sin poderlo evitar y contuvo una risita. Era un poco vergonzosa aquella situación.
- Si, estoy bien –murmuró al fin, arrugando con nerviosismo sus pantalones.
- ¿Qué te parece si vemos juntos la tele? Puedes coger el mando –le ofreció ella mas animada.
- ¿De verdad? –alzó las cejas sorprendido.
Ella asintió sin dejar de sonreír. Sus padres los veían enternecidos. Un rato después, ya estaban en el salón, sentados en el sillón con la merienda en la mesa. De mejor humor, Adrien cogió el mando y pulsó los botones en busca de algo entretenido en la tele.
- Anda que guay, ¡Tom y Jerry! –exclamó encantado.
- ¿Tom y Jerry? –dijo ella haciendo una mueca, perpleja.
- ¿Qué? Está genial. Me rio mucho
- Es aburrido –replicó cruzándose de brazos- pon otra cosa anda.
- Dijiste que podía tener el mando –frunció los labios, indignado.
- Si, pero podríamos ver algo los dos ¿no?
- ¡Yo quiero Tom y Jerry!
- Bueno, niños, no se peleen otra vez –dijo Sabine, trayéndoles unos zumos tropicales.
- Es que no me gusta Tom y Jerry. El gato es tonto y el ratón parece un oso pequeño con un hilo en el culo –protestó con un resoplido.
Su madre se echó a reír mientras ellos seguían discutiendo un buen rato. Finalmente, llegaron a un acuerdo: Marinette veía Tom y Jerry con él pero solo dos episodios y luego ponían Pokemon. De esa manera, podían disfrutar por igual.
En otra ocasión, tuvieron una bronca porque Adrien haría por primera vez un recital de piano de categoría infantil. Estaba muy ilusionado con la idea y quería que Marinette fuera a verlo. Le había costado mucho convencer a su padre, junto la persuasiva ayuda de su madre, de querer participar en un evento como ese. El profesor que impartía sus clases pertenecía al Conservatorio de Paris y varias ocasiones le había hecho saber que tenia potencial para ser un buen pianista. Quería demostrar todo lo que había aprendido.
En el parque, "Su rinconcito prodigioso" (con diez años)
Aquella tarde, Sabine y su hija habían ido a recoger las notas al colegio. Todo había salido a las mil maravillas, Marinette era una buena estudiante y para dar las buenas nuevas, quedaron con María y Adrien. Mientras las madres se iban a tomar un cortado en una cafetería por la zona, ellos conversaban mientras se columpiaban. Marinette estaba tan contenta que contagiaba con su alegría a su amigo.
- Es fantástico, Mari. Sabia que lo aprobarías todo –sonrió abiertamente Adrien
- Si. Por fin podré comprarme ese libro de dibujo que tanto quiero –dijo ilusionada.
Adrien sabia de su pasión por el dibujo como nadie y no lo hacia mal. Practicaba mucho en su tiempo libre y eso se notaba en sus progresos. Él, por el contrario, prefería los números. Era capaz de memorizar fórmulas y calcular cualquier operación sin ayuda. Sin embargo, su padre tenia otros planes para él. Sacudió la cabeza alejando esos pensamientos y dándose impulso, bajó del columpio.
- Tengo algo para ti
- ¿En serio? –dijo emocionada, saltando igual que él.
Su amigo se acercó a su pequeña mochila, cerca del columpio, y la abrió. Sacó un paquete envuelto en regalo y se lo entregó con una sonrisa. Invadida por los nervios, Marinette lo aceptó agradecida y no tardó mucho en desenvolverlo.
- ¡Ahhhh! ¡No puede ser! –gritó sorprendida y con los ojos muy abiertos, sosteniendo el libro de dibujo que tanto había deseado. Era un cuaderno negro con detalles grabados en dorado y un bolígrafo personalizado con los colores de la mariquita.
- ¿Te gusta? –murmuró tímido y nervioso, moviendo un pie y el otro.
- ¡Me encanta! –se lanzó a sus brazos, feliz- gracias, gracias, gracias.
Adrien se sonrojó con su repentino impulso y la recibió compungido. Sabia cuanto había deseado ese cuaderno y le hacia feliz saber que había acertado. Ella se separó un momento y le plantó un beso en la mejilla. Cuando lo miró con una gran sonrisa, sus mejillas se sonrojaron al instante, dándose cuenta de sus acciones. Se ocultó tras su regalo y él se rascó la nuca nervioso.
- Bueno… es genial. Me alegra que te guste, sabia cuanto lo querías
- Es perfecto –lo abrazó contra su pecho. Sus ojos brillaban de emoción y el pequeño corazoncito de Adrien latió un poco mas deprisa.
Siguieron jugando un poco mas por el parque, hablaron, rieron y se lo pasaron genial hasta que Adrien sacó un tema que llevaba un tiempo guardando.
- Oye, quiero contarte una cosa
- Si, dime –cruzó las piernas en el césped y lo miró con interés.
- El viernes por la tarde voy a tocar el piano en el conservatorio
- ¡Hala! ¡Que guay! Eso es bueno ¿no? –sonrió entusiasmada.
- Si. Mi madre consiguió que mi padre me dejara tocar en público
- ¡Bravo! –aplaudió contenta por él- no habrá sido fácil.
- ¡Ya te digo! Me preguntaba si podrías ir a verme –murmuró nervioso, jugando con las briznas de la hierba.
- ¿En serio? Claro que si, me encantaría. Cuenta conmigo
- ¿Prometido? –la miró con los ojos brillantes.
- Prometido –asintió segura y sellaron la promesa como solo podían hacerlo entre ellos.
Dibujaron una cruz a la altura del corazón, palparon dos veces simulando sus latidos y se llevaron los dedos a los labios sin dejar de mirarse a los ojos.
Sin embargo, durante la semana en sus clases de ballet, Marinette se lesionó el tobillo y tuvo que hacer reposo. Se acercaba el día del recital y su tobillo no mejoraba, a pesar de seguir todas las instrucciones del médico. Entre lágrimas, intentó convencer a su madre de querer ir a ver a Adrien.
- Cariño, tienes que entenderlo, no estás bien
- ¡Pero se lo prometí! –replicó la niña con tozudez.
- Ya lo sé, mi amor, pero si caminas puede ser peor
- ¡Quiero ir! Llévame tú, por favor –le pidió, casi le rogó.
La madre la miró con tristeza. Entendía el deseo de su hija y era muy testaruda cuando se le metía una idea en la cabeza.
- No te prometo nada –dijo finalmente, acariciando sus cabellos.
Marinette frunció los labios, sollozando quedamente y le costó mucho conciliar el sueño.
El día del recital se encontraba mejor pero no lo suficiente para caminar. Mientras tanto, Adrien se preparaba y salía de su casa en la limusina a las seis para estar a las siete menos cuarto como un reloj en el conservatorio. Estaba muy elegante con un esmoquin negro, camisa blanca y una pajarita. Un mini hombre de punta en blanco, ilusionado y nervioso por su primer recital. Ya eran las seis y media y Marinette todavía no había logrado convencer a su madre de ir a ver a Adrien.
- Solo verlo, mamá, por favor
- Ya lo hemos hablado, Marinette, no estás en condiciones –repitió Sabine por quinta vez probablemente- ¿tú crees que a mi me gusta esto?
- Pero mamá… Adrien se enfadará conmigo. ¡Se lo prometí!
- Adrien es tu amigo y estás mala. Todavía te cuesta poner un pie en el suelo
La peliazul sollozó y se cruzó de brazos enfadada y dolida por no poder ir al recital. No concebía esa posibilidad, ella quería ir y no se encontraba tan mal como su madre decía.
- No es justo…
- Ya lo sé, cariño –besó su frente con cariño- voy a por unos recados y ahora vuelvo, ¿si?
Ella asintió como una autómata. Cuando oyó la puerta que se cerraba, se levantó despacio del sillón, se apoyó de la pierna izquierda y de puntillas con la derecha, cogió una chaqueta del perchero de la entrada y salió de casa en silencio. Se aseguró de que no había rastro de su madre y empezó a andar. Al principio cojeaba un poco y hacía esfuerzos por no hacer caso del dolor pero cuando miró la hora, no pensó lo que hacía y echó a correr. Una punzada de dolor recorrió su tobillo pero lo ignoró deliberadamente y continuó la carrera. En el conservatorio, Adrien esperaba pacientemente su turno mientras una chica tocaba una sinfonía de Vivaldi. Desde bastidores, no pudo atisbar a su amiga pero confiaba que estuviera allí como le prometió. Quería sorprenderla y que se sintiese orgulloso de él. Las últimas notas se perdieron entre las paredes del escenario, una modesta sala con capacidad de doscientas personas, adaptada para un pequeño recital. El público aplaudió y cuando la chica abandonó la sala, seguidamente pronunciaron su nombre. Inspiró hondo con los nervios a flor de piel y salió a escena.
Marinette no dejaba de correr, exhausta, cada vez le resultaba mas difícil avanzar, ni siquiera sabia si había recorrido mucho camino. Solo pensaba en llegar al conservatorio. Por desgracia, su tobillo pronto le falló y una irregularidad en la acera facilitó su tropiezo y cayó cuan larga era. Gimió de dolor y las lágrimas volvieron a sus ojos.
Adrien deslizaba sus dedos por el piano, concentrado en las teclas y como tocarlas, sin equivocarse, siguiendo las notas notablemente. Ahora tocaba un tema de Yiruma, "A walk in the forest" pero ya había tocado otros temas como "My heart will go on" de Titanic, "El himno de la alegría" de Beethoven y algún otro tema de Ludovico Einaudi. El público le aplaudió cuando terminó su actuación e hizo una reverencia como manda el protocolo. Su rostro se entristeció cuando vio el asiento vacío donde debería estar Marinette.
-AUTORA-
*Maria Agreste: Debido a que todavía no sé sabe el nombre real de la madre de Adrien, me he inventado uno jeje.
Muy buenas amigos! Que grata sorpresa el recibimiento a este nuevo fic. Estoy muy ilusionada. Me encanta leeros, me animan mucho a seguir y escribir sobre esta encantadora pareja y todo lo que conlleva. Cualquier cosita aquí me tienen. Muchas gracias por seguirme y leerme.
Os manda un fuerte abrazo,
Dama Felina.
