Disclaimer: la historia no es mía ni los historia pertenece a child Maureen y Los personajes a Rumiko Takahashi, la adaptación es mía.
Ahsayuni Taisho!
CAPITULO DOS
InuYasha cruzó la estancia atestada con los ojos clavados en los de Kagome. A pesar de la distancia, podía sentir la tensión que inundaba el cuerpo de ella. Su máscara estudiada de fría indiferencia se quebró un poco en la mirada y a él le gustó saber que la ponía nerviosa.
¿A qué hombre no le habría gustado?
—Kagome —dijo en voz baja, de modo que sólo lo oyera ella.
—Hola, InuYasha.
Él enarcó las cejas.
—¿Hola? ¿Nada más? ¿Llevas dos meses evitándome y sólo me dices hola?
Ella partió un trozo de bizcocho, se lo llevó a los labios y lo masticó. InuYasha sabía que intentaba ganar tiempo, pero ahora que la tenía arrinconada, no dejaría que se marchara hasta que le explicara por qué narices se había empeñado tanto en evitarlo.
Acercó un sillón al de ella y se sentó en el borde. Tomó un sorbo de café y la miró. Se había despertado muchas noches con su imagen en el cerebro. Se había dicho que la recordaba mal, que ninguna mujer podía ser tan hermosa. Ninguna mujer poseía aquella mezcla inquietante de inocencia y sensualidad. Y casi se había creído sus mentiras. Hasta ahora.
Ahora veía que ella no sólo era todo lo que prometía su memoria… era más. Sólo su aroma, algo ligero y floral, bastaba para tentarlo. Como si necesitara tentaciones.
—Pensaba llamarte mañana —dijo ella.
InuYasha volvió al presente.
—¿De verdad? —preguntó con escepticismo.
Ella se sonrojó y apartó la vista.
—Oye, sé que estás enfadado.
—Hace semanas que pasé la fase del enfado.
Ella volvió a mirarlo a los ojos y movió la cabeza.
—Pasamos una noche juntos y, cuando terminó, dejaste muy claro que sólo te interesaba una relación sexual.
Él soltó una risita y miró a su alrededor para asegurarse de que no los oían. Todo el mundo parecía distraído con sus amigos o detrás de un ordenador, con la luz de la pantalla reflejada en el rostro. Era como si Kagome y él estuvieran solos en una isla.
—Eso no pareció importarte aquella noche —señaló.
—No —admitió ella. Se lamió los labios y el gesto hizo que el cuerpo de él se tensara hasta el punto del dolor—. Aquella noche nos dejamos llevar los dos. Hicimos cosas que…
—He pensado en eso desde entonces —la interrumpió él, que quería estar seguro de que Kagome tenía presentes los mismos recuerdos que lo plagaban a él.
Nunca había estado con una mujer tan controlada por fuera y tan completamente desinhibida en la cama. Ella se le había metido dentro a pesar de sus esfuerzos por mantener una distancia emocional segura. Y eso lo enfurecía. InuYasha no era estúpido; conocía a las mujeres como ella.
Una mujer de la alta sociedad, nacida en un mundo en el que él sólo había podido entrar después de años de trabajo duro y perseverancia. Ella tenía pedigrí y él era un perro callejero. Sus diferencias eran palpables, pero esas diferencias no habían importado en la cama. En las horas que habían pasado juntos, los dos habían encontrado algo en el otro que no habían encontrado en ninguna otra parte.
Al menos, eso creía él.
—Créeme si te digo que yo también he pensado en aquella noche —musitó ella—. He pensado mucho.
—¿Y entonces por qué me esquivas? Los dos disfrutamos.
—Oh, sí.
—¿Y qué nos impide vivir otra noche… o más, igual que aquélla?
Ella lo miró a los ojos.
—Estoy embarazada.
InuYasha se quedó atónito. Su comentario sencillo, su mirada limpia y firme, la decisión de su boca… Todo dejaba claro que decía la verdad. Pero si quería que se creyera que el niño era suyo, le esperaba una sorpresa.
InuYasha sabía algo que ella desconocía y, debido a eso, no le cabía ninguna duda de que no era el padre del hijo que esperaba.
—Felicidades —dijo con voz tensa. Tomó un trago de café y el líquido fuerte le quemó la lengua. Casi lo agradeció, pues la molestia le dio algo en lo que concentrarse que no fuera la súplica muda de los ojos de ella—. ¿Quién es el afortunado padre?
Ella echó atrás la cabeza y abrió mucho los ojos.
—Tú, por supuesto.
Él se echó a reír lo bastante alto para que algunas cabezas se volvieran a mirarlo. InuYasha miró a esas personas y ellas apartaron la vista enseguida. Volvió la cabeza hacia Kagome con una mueca.
—Buen intento, pero no me lo trago.
—¿Qué? —ella parecía también atónita—. ¿Por qué te iba a mentir?
—Una pregunta interesante.
InuYasha dejó el café en la mesa y se felicitó en silencio por la calma que mantenía. Nadie habría dicho al verlo que estaba furioso… y bastante decepcionado. Le quitó el vaso a ella, lo dejó y murmuró:
—Toma tu bolso. Nos vamos.
—Yo no quiero irme.
—Eso a mí no me importa —se puso en pie y la miró con fijeza hasta que ella tomó el bolso y se levantó. La agarró del codo con firmeza y la guió hacia la calle.
—¿Adónde vamos? —las piernas mucho más cortas de ella se esforzaban por mantener el paso largo de él, pero InuYasha no aminoró el ritmo.
Era una fuerza de la naturaleza que conseguía de algún modo apartar a la multitud que atestaba las aceras. La gente se hacía a un lado, se retiraba de su camino y él tiraba de Kagome. No pensaba tener aquella conversación en público. Si ella quería jugar, lo harían en su casa, donde podría decirle claramente lo que pensaba de las mujeres de sangre azul que intentaban engañar a la gente.
El bloque donde vivía era mucho más nuevo que el de ella. También era de mucho dinero, pero no viejo, sino de nuevos ricos. El portero se apresuró a abrir la puerta de cromo y cristal y se apartó cuando InuYasha tiró de Kagome por las baldosas brillantes del vestíbulo hasta los ascensores.
Pulsó uno de los botones y la miró de arriba abajo mientras esperaban.
—Ni una palabra más hasta que estemos solos.
Ella asintió con rigidez, tiró de su codo y se apartó con calma el pelo negro de la cara. El miró su reflejo en la puerta del ascensor y, a pesar de todo lo demás que sentía, el deseo lo invadió con fuerza.
Llegó el ascensor y, una vez dentro, InuYasha introdujo su tarjeta llave y pulsó el botón del único ático del edificio. Vivía en la cima del mundo, con una vista que cada vez que entraba en la estancia le recordaba que había triunfado. Estaba arriba. Todo el trabajo había valido la pena y había hecho realidad sus sueños.
En el ático, la puerta del ascensor se abrió en el vestíbulo. Tenía mil metros cuadrados de vivienda, pero InuYasha vivía solo, con excepción de la asistenta que iba a diario y se marchaba por la tarde. Había probado el matrimonio una vez.
Y había aprendido la lección.
Una parte de esa lección era la razón por la que sabía que Kagome le mentía.
Se hizo a un lado e invitó a Kagome a entrar. Ella ya había estado allí, en su única noche juntos, y él había visto su fantasma todos los días desde entonces.
—¿Quieres una copa? —preguntó, y bajó los dos escalones que llevaban a la sala de estar—. Oh, espera. Estás embarazada.
Ella se tomó unos segundos antes de preguntar:
—¿Tienes agua?
Él apretó los dientes, se sirvió un whisky y sacó una botella de agua mineral del frigorífico. Se acercó adonde estaba ella, al lado de los ventanales que se abrían desde el suelo hasta el techo y mostraban una vista increíble de la ciudad y del puerto.
—Había olvidado lo bonito que es esto —ella abrió la botella de agua.
A InuYasha le gustaba. Ahora que Kikyou se había ido, estaba decorado en un estilo claramente masculino. Unas cuantas alfombras puntuaban el amplio suelo de roble. Sofás y sillones grandes se agrupaban en grupos de conversación que raramente se utilizaban. En una pared había una chimenea, con estanterías a cada lado llenas de libros.
—Es una vista preciosa —dijo ella.
—Sí. Ya lo dijiste la última vez que estuviste aquí —él tomó un trago de whisky y dejó que el líquido ardiente lo calentara por dentro.
Ella lo miró.
—No sé por qué has insistido en venir aquí. Ya te he dicho lo que tenía que decir.
—Ajá. Estás embarazada de mí.
—Así es.
—Eso es mentira.
La mano de ella se tensó en la botella de agua.
—¿Y por qué te iba a mentir?
—Eso es justamente lo que quiero saber —murmuró él—. La noche que estuvimos juntos me dijiste que acababas de salir de una relación larga. Y lo que me pregunto es por qué intentas hacer pasar su niño por mío.
Kagome tomó otro sorbo de agua.
—El y yo llevábamos meses sin estar… juntos de ese modo antes de romper. Éramos sólo amigos.
—Demasiado civilizado para un sexo bueno, ¿no? No me extraña que vinieras a mí para una noche de diversión.
—Eso no fue así —argumentó ella, que se preguntaba por qué se había complicado tanto aquello. No había esperado que él se alegrara mucho de la noticia, pero tampoco que negara ser el padre—. Cuando nos conocimos, hubo una conexión entre nosotros. Yo la sentí y supongo que tú también. Una especie de…
—No lo conviertas en lo que no era, preciosa —InuYasha levantó la mano y le acarició la mejilla con los dedos—. Los dos estábamos necesitados aquella noche y fue el mejor sexo que he tenido en mi vida. Pero no fue nada más. No había coros de ángeles cantando. Fue lo que fue.
Kagome recibió aquellas palabras como una bofetada. Por eso precisamente no se le daban bien las relaciones sin sentido. Necesitaba sentir un vínculo con el hombre antes de acostarse con él. Y esa noche, arrastrada por el magnetismo de InuYasha , se había convencido de que el vínculo existía. ¿Podía haberse equivocado tanto? ¿Podía haber confundido el hambre sexual con algo más?
¡Qué idiota era!
—Así que, sea lo que sea lo que te propones, no te saldrá bien —continuó él con suavidad. Dejó el whisky en una mesa de cristal y se acercó más a ella—. No sé lo que buscas, pero sé lo que necesitamos los dos. Lo que los dos queremos.
—No, te equivocas.
InuYasha la abrazó con fuerza, hasta que ella notó la dureza de su pene presionado contra su cuerpo. Y entonces sus entrañas se convirtieron en fuego líquido.
El deseo se extendió entre sus muslos y la necesidad palpitante que recordaba de la única noche con él empezó a martillearle en las venas.
InuYasha le acarició la espalda hasta que Kagome tuvo la sensación de que no podía respirar. No podía concentrarse. No podía recordar que había sido su intención decirle que no. Decirle que ella no buscaba sexo sin compromiso.
Él la besó en los labios y se apartó para mirarla a los ojos con un deseo que encontró eco en lo más hondo de ella.
—Dilo ahora —susurró él—. Si vas a decir que no, dilo ahora y me pararé.
Ella sabía que debía decirlo, pero su cuerpo opinaba de otro modo. No había futuro con InuYasha . No la creía y, para demostrarle que era el padre con una prueba de paternidad, tendría que esperar a que naciera el niño. Por lo tanto, no había modo de convencerlo. Si tuviera algo de sentido común, saldría de allí y se consolaría pensando que había hecho lo correcto. Le había dicho lo del niño y él podía elegir no creerla.
Pero no quería irse.
Quería otra noche.
La pedía a gritos cada centímetro de su cuerpo. Cada latido de su corazón volvía más desesperada su necesidad de él. Y eso la llevó a tomar otra decisión que seguramente la atormentaría más tarde.
—No digo que no —repuso.
Llevó las manos al pecho de él y InuYasha subió también las palmas a los senos de ella, que acarició a través de la tela.
—Pues di que sí —exigió. Apretó los pechos con más fuerza, lo suficiente para que ella lo necesitara aún más.
—Sí, InuYasha . Maldita sea, sí.
Los ojos de él brillaron un momento, victoriosos, y la besó en la boca de nuevo. En cuanto sus labios se tocaron, Kagome cerró los ojos con un suspiro de rendición. La embargó una ola de calor, que recorrió sus venas electrificando todas las células de su cuerpo. La lengua de InuYasha le separó los labios y ella la dejó entrar y la recibió con su lengua para formar juntas una danza erótica de expectativas.
Mientras la besaba, InuYasha le desabrochaba los botones de la blusa. Tardó sólo segundos en abrirlos y quitarle la camisa, que dejó caer al suelo. A continuación le tocó al sujetador y le acarició los pechos. Sus dedos jugaban con los pezones y él no dejaba de besarla.
Acabó el beso con brusquedad y se inclinó a mordisquear primero un pezón y después el otro. Acarició los pechos con la lengua, los labios y los dientes y ella se sintió volar cada vez más arriba, aferrándose a la boca de él con la suya mientras miraba Manhattan extendido debajo de ellos, con las luces de la ciudad formando un caleidoscopio de colores.
—Más —susurró él contra su piel.
—Sí, InuYasha , por favor, más.
Nunca se había sentido como se sentía con él. Aquel hombre era a su cuerpo lo que una cerilla encendida a un cartucho de dinamita. ¿Por qué era el único que podía provocarle sensaciones tan increíbles?
Él le desabrochó el botón y la cremallera de los pantalones y los bajó por las piernas, arrastrando consigo el minúsculo tanga de encaje. El aire fresco de la habitación le besó la piel y ella se estremeció. Pero no tenía frío. ¿Cómo iba a tener frío con las manos de InuYasha en su cuerpo?
—Agárrate a mí —él se arrodilló ante ella y esperó a que las manos de la joven se posaran en sus hombros musculosos. Le levantó la pierna derecha, la apoyó en su espalda y levantó la vista hacia ella.
El deseo y la pasión brillaban en sus ojos y Kagome se sintió atrapada en su mirada firme y observadora. Él acercó la boca a su pubis y Kagome empezó a temblar. Separó con los dedos los rizos obscuros y Kagome dio un respingo y tomó aire con fuerza, como si temiera que fuera la última vez.
Pero lo soltó con la misma fuerza cuando la lengua de él rozó su piel más íntima. InuYasha cerró los ojos, se apoyó en ella y empezó a torturarla gentilmente con caricias inteligentes y prolongadas. Kagome se agarró a la camisa de él con todas sus fuerzas. Su equilibrio era precario, pero ni todo el dinero del mundo la habría convencido para que se moviera de allí.
Quería quedarse así para siempre. Tener la sensación de la boca de él en la piel, el calor de su lengua, el roce de su aliento y la caricia de sus dedos cuando él le introdujo primero uno y después otro.
—¡InuYasha ! —se tambaleó y él usó la mano libre para sujetarla y mantenerla en posición de modo que pudiera continuar con sus caricias.
Mientras sus dedos entraban y salían del cuerpo de ella, su boca proseguía con aquella tortura deliciosa. La llevaba casi hasta el límite y después se apartaba para mantenerla al borde del orgasmo, peligrosamente cerca del límite, pero siempre a un suspiro de distancia.
El cuerpo de Kagome era una masa estremecida de necesidad y pasión. Se agarraba a él y movía las caderas lo mejor que podía. Abrió los ojos y lo miró acariciarla cada vez más rápido, hasta que ella se olvidó de respirar y sólo pudo pensar en el orgasmo, que estaba siempre justo fuera de su alcance.
—InuYasha , por favor —susurró con voz rota—. Por favor. Ahora. Ahora.
La boca de él siguió acariciándola y los dedos siguieron entrando y saliendo de ella al mismo ritmo que la lengua. Y cuando Kagome estuvo segura de que no podría resistirlo más, InuYasha siguió acariciándola hasta que ella se olvidó de todo y el único punto en su universo fueron los hombros de él bajo sus manos.
Antes de que hubiera terminado de estremecerse, InuYasha la tomó en brazos y la miró. Kagome leyó en sus rasgos el control rígido que mantenía. Levantó una mano y le acarició la mejilla.
—Más. Te quiero dentro.
—Me tendrás —prometió él.
Cruzó la habitación y salió al pasillo, donde sus pasos resonaban como un latido frenético en el suelo de madera brillante.
Kagome no podía apartar la vista de él. Miraba la línea fuerte de su mandíbula, el modo en que le caía el pelo oscuro por la frente y el brillo de sus ojos de color dorado. Su cuerpo volvía a desearlo.
El dormitorio era un espacio enorme, iluminado sólo por la luna y las luces de la ciudad que llegaban de abajo. En la pared opuesta a las ventanas había una cama lo bastante grande para acoger a seis personas. La colcha de seda granate estaba ya retirada y cuando InuYasha la depositó sobre el colchón se sintió como rodeada de nubes.
Lo observó desnudarse con rapidez. Miró su pene duro y le cosquillearon las entrañas. Levantó los brazos y lo recibió en su interior, y cuando él la cubrió con su cuerpo, se regodeó en la sensación de sus pieles juntas. Sus cuerpos se movían uno contra el otro como si estuvieran hechos para eso y para nada más.
Las caricias y acometidas de él volvieron a llevarla al límite, inmersa en un mar de sensaciones demasiado numerosas para identificarlas todas. Ni siquiera lo intentó. En lugar de ello, se concentró en estar con él y, cuando InuYasha se tumbó de espaldas y la colocó encima, Kagome se dejó hacer de buen grado.
¿Cómo habían llegado a aquello? La única otra noche maravillosa con él había creado una vida. Vida en la que él no creía y que no le importaba. Una vida que ella estaba deseando cuidar.
Habían sido dos desconocidos y, en realidad, seguían siéndolo. Y sin embargo, allí en su habitación y en su cama, se sentía como si lo conociera desde siempre. Como si una parte de ella hubiera estado siempre esperando que él entrara en su vida. Como si su cuerpo lo reconociera.
Él le agarró los muslos. Sus labios se curvaron en una sonrisa perezosa y Kagome no pudo resistir el impulso de inclinarse y besar aquella boca. Su pelo cayó a ambos lados de ellos, formando una cortina obscura suave y aislándolos del resto del mundo.
Sus bocas se encontraron, sus lenguas jugaron y sus alientos se mezclaron como si fueran uno. Como si aquello estuviera destinado a ocurrir. Pero antes de que pudiera pensar en eso, él le levantó las caderas y la guió despacio para colocarla de modo que pudiera penetrarla.
Kagome se enderezó, arqueó la espalda y respiró hondo a medida que él la iba llenando lenta a inexorablemente. Su pene duro penetró en el calor de ella, que lo recibió en lo más profundo. Su recompensa fue ver los ojos de InuYasha nublados por la pasión.
—Me toca —susurró ella. Y empezó a moverse. Balanceó las caderas, se retorció y arqueó la espalda. Subió y bajó las manos por su pecho y rozó los pezones con sus uñas cortas.
Él gimió y la miró a los ojos, como si en ese momento no hubiera nada en el mundo más importante que ella. Kagome le sostuvo la mirada, levantó las manos y rodeó sus propios pechos con ellas.
Mientras él miraba, ella se acariciaba los pezones y disfrutaba de la mirada excitada de él. Ahora lo había atrapado en su red y a él no le quedaba más remedio que aceptar, sentir, seguir hasta el final ese viaje húmedo del placer.
Contemplando la mirada vidriosa de InuYasha, la embargó una fuerza puramente femenina. Veía su deseo y sentía su pasión. Sonriendo, levantó los brazos en alto por encima de la cabeza, arqueó la espalda y lo cabalgó más fuerte y más rápido. Empezó a gemir en la penumbra. Las manos de él se aferraron con más fuerza a sus muslos, hasta que ella sintió la presión de cada uno de los dedos quemándole la piel.
Entonces él bajó una mano al punto en el que sus cuerpos se unían y le acarició el clítoris. Buscó el punto exacto y lo acarició mientras ella no dejaba de montarlo y, en cuestión de segundos, cambiaron las tornas y fue de nuevo Kagome la que empezó a gritar avanzando sin aliento a la cima que los esperaba.
Mientras llegaba al clímax Kagome, oyó el grito ronco de él. InuYasha la abrazó y la sostuvo con fuerza para frenar así su caída de vuelta a la tierra.
Continuara...
