CAPÍTULO 2. NUEVOS RUMBOS.
Y entraron al despacho de Regina Mills, directora de Storybrooke TV. Diez sillones de cuero, una mesa de cristal enorme en la que se podrían sentar mil caballeros, paredes blancas con un montón de cuadros de diferentes pintores clásicos, suelo enmoquetado y un ligero aroma a ambientador de frescor oceánico.
Estaba claro que ese lugar destilaba formalidad, seriedad, compromiso y elegancia por los cuatro costados. A Emma no le sorprendía en absoluto. De hecho, muchas veces se preguntaba si Regina habría hecho algo radical. Algo que no tuviera que ver con su día a día. No se refería a beber, ni a fumar, ni a nada de eso… Se refería simplemente a vestir con unos vaqueros y una camiseta y simplemente pasear por el mar…
Todos se sentaron. Regina comenzó a nombrar a todos uno por uno, asegurándose de que no faltara nadie y cerciorándose de que todo fuera según lo planeado.
Regina: Antes de comenzar, me gustaría repasar la lista para cerciorarme de que estamos todos. Los productores, Mr. Gold, Cora y Gregory. ¿Correcto?
Cora: el Señor Mendel se encuentra preparando la programación de las Fiestas. Yo misma se lo encargué.
Regina: De acuerdo, cuando tenga el informe, que me lo pase. Asimismo, tú serás la encargada de darle el informe de la reunión. (Cora asiente) Prosigamos. El encargado del programa de Medicina y Psicología, además del de "Buenos días, Storybrooke", Dr. Whale. Los encargados de los directos, Killian y Emma Swan.
Emma: Presente.
Regina: (Levantando la vista del papel) No estamos en párvulos como para que tenga que responder a mi llamamiento, señora Swan.
Emma se sintió incómoda con la respuesta, pero decidió callar. Aquel día no estaba de humor para seguir debatiendo. En sus mejores tiempos, se habría reído y habría seguido hasta agotar la paciencia de la directora pero hoy… Hoy no. Ni hoy, ni mañana, ni pasado. "Algún día" intentó animarse.
Regina: Sigamos. Señora Granny, encargada del programa de cocina. Señorita Mary Margaret, guionista… Señorita Belle, encargada del programa de corazón y de belleza… y finalmente tenemos a los señores Wisdom, realizador y coordinador de programación. ¿Es posible que me haya dejado a alguien?
El silencio reinó la sala. Si no había nada que debatir, no era necesario formular ninguna palabra ni romper el silencio. Después de mencionar a los asistentes, era la hora de comenzar la junta. Aquel día era crucial para el destino de la cadena.
Regina: le cederé la palabra entonces a Mr. Gold para que nos explique los últimos datos de la audiencia. Le agradecería que fuera breve y conciso. No contamos con mucho tiempo.
Mr. Gold: Siempre soy breve, Regina. No me gusta extenderme.
Regina: Adelante.
Mr. Gold: los últimos datos registrados nos muestran unos picos altos de audiencia en determinados programas y en determinadas situaciones que se dan en ellos.
Emma Swan, la periodista y aspirante a cantante… se temía lo peor. Eso sólo significaba una cosa…
Mr. Gold: en vez de mostrarles los gráficos, se lo explicaré sencillamente por programas y situaciones. Whale; en el programa de "Buenos días, Storybrooke", registramos un alto pico de audiencia cuando tuvo lugar una discusión entre Tamara y Neal en el Granny's. Apenas se retransmitió el conflicto, pero el tiempo que duró, la audiencia se mantuvo en altos niveles. Lo mismo sucedió en su programa de Medicina. Cuando falló el experimento que le realizaron al Señorito Philip, la audiencia se disparó. Killian y Señora Swan, vuestro programa de directos experimentó una subida bastante importante cuando Aurora se enzarzó en una pelea con Mulán por celos.
Mr. Gold siguió hablando sobre datos y audiencias que se incrementaban considerablemente cuando se daban situaciones bochornosas. La rubia dejó de escuchar. Al final, sus peores pesadillas se habían hecho realidad. Sólo faltaba que saliera por voz de la directora. Aquel día estaba siendo desastroso, aunque todos parecían contentos de que se tomara un rumbo más informal, más desdichado y más carroñero.
El problema, y bien lo sabía Emma Swan, era que la gente cada vez iba a pedir más y más, y los límites se iban a empezar a quebrantar. Ella lo había vivido en sus propias carnes y no estaba segura de poder ser partícipe del camino que iba a tomar la cadena. Recordó las deudas, y eso le angustió. Por momentos sentía que se ahogaba… Cuando se fue a vivir con él, no se imaginaba que las deudas se trataban de millones. Nunca se paró a pensar en la magnitud de los hechos, simplemente se dejó llevar…
Y en aquel momento, le sonaba tan bien dejarse llevar, pero todo acto conllevaba sus consecuencias y jamás imaginó las consecuencias que iba a tener casarse con él y vivir juntos.
Regina: Pues creo que ha quedado claro. Tenemos que darle a la audiencia lo que pide. Y lo van a tener.
En aquel momento, Emma sintió un impulso. Ése era el momento perfecto para rebatir tal premisa. A lo mejor tenía una oportunidad…
Emma: No estoy de acuerdo.
Todos los allí presentes giraron su cabeza para mirar a la periodista. Era la primera vez que vivían tal situación. ¿Cuán valiente era aquella mujer? Pero eso no era valentía, ¡eso era temeridad!
Regina: ¿Disculpe, señora Swan? Creo que no la he escuchado bien.
Emma: La audiencia es como un niño pequeño. Piden lo que creen que desean… y nosotros les malacostumbramos.
Regina: Los datos han demostrado perfectamente que la gente desea conflictos, no historias de hadas donde todo es perfecto. Sin ir más lejos, tomemos el ejemplo de la telenovela escrita por Mary Margaret. Todo es perfecto: una familia unida, amor verdadero… ¡No tiene audiencia! Eso no llama la atención, Emma Swan. ¡La gente está cansada de la felicidad!
Emma: Creen que están cansados de la felicidad, pero no lo están. Sus vidas son tan solitarias, tan tristes… que desean ver sufrir a alguien, aunque sea por televisión, para compadecerse y decir: "mira, ése está peor que yo". Hay que mostrarles esperanza, no autocompasión.
Regina: Es ridículo. Los datos hablan por sí solos. Tú estás construyendo la casa sobre las nubes. Nosotros tratamos de construirla sobre tierra firme.
Emma: Estás muy equivocada.
Regina: Esta reunión ha finalizado. Pueden marcharse.
Aquella noche, la directora se marchó a casa completamente derrotada. Había sido un día duro de trabajo a pesar de las buenas noticias, y lo único que deseaba era poder reunirse con su marido y con su hijo para tratar de temas triviales.
Sidney: ¡Regina! ¡Mi amor! ¿Qué tal? ¿Cómo ha ido el trabajo? (Quitándole el abrigo cuidadosamente)
Regina: Las audiencias han subido bastante en los últimos tiempos. He de suponer que está todo perfecto.
Sidney: (Colocando el abrigo en el perchero del hall) ¡Eso es fantástico, Regina!
Su marido… Sidney Glass. Un fotógrafo reconocido a nivel nacional. Era el prototipo de hombre ideal: le hacía siempre la comida, la cena, le regalaba flores por San Valentín, le escribía poemas de amor en Navidad, se acordaba de su cumpleaños, era el padre fantástico para Henry, era atento, amable… pero ella no estaba enamorada.
No estaba enamorada porque… el amor también era otra cosa. Era sentirse confortable con una persona, no aburrirse de ella cuando llegaran las altas horas de la madrugada, estar cuando vienen mal dadas… Y ella nunca se sintió así.
No se sentía confortable, se sentía completamente cohibida, excesivamente mimada y consentida, se aburría de él pasada la media hora, y nunca estuvo ahí cuando Sidney la necesitaba. Y aun así… él estaba ciego de amor. Siempre encontraba excusa para todo, y la verdad es que Regina nunca tuvo justificación.
Regina: Sidney, ¿dónde está Henry?
Sidney: Está arriba, haciendo los deberes.
Regina: ¡Henry!
Aquel niño de diez años… Ése sí que sería el amor de su vida. Un pequeño encantador, fascinado con los cuentos de hadas, ingenuo, inocente… Ojalá tuviera diez años toda la vida, ojalá sólo estuviera con él viendo una película en el televisor mientras cenaban, ojalá Sidney… En fin.
Henry bajó las escaleras deprisa al escuchar la voz de su madre. Se abrazó a ella y comenzó a relatarle su día en la escuela mientras Regina preparaba la mesa y su marido preparaba el caldero con los platos.
Henry: ¡Y la profesora Aurora me dijo que, cuando sea mayor, me tengo que dedicar a las matemáticas! Dice que soy muy bueno.
Regina: De eso estoy segurísima. ¿Y qué tal el examen del otro día de Lenguaje, Henry? El año pasado te aprobaron con la condición de que te pusieras las pilas este año.
Henry: ¿Lenguaje? Bien.
Regina: No me mientas.
Henry: (Bajando la cabeza) He sacado un 4'6. ¡Y he sido la nota más alta de los suspensos!
Regina: Por el amor de Dios, Henry… ¡El año pasado igual!
Henry: ¡Es que no entiendo las rimas! ¿Asonantes, consonantes? ¿Qué más me da eso? ¡Yo quiero ser matemático!
Regina: Ya hablaremos tú y yo.
Sidney: (Dejando los platos sobre la mesa) Yo le podría ayudar, cielo… Yo sacaba las mejores notas de Lenguaje en mi colegio.
Regina: No, Sidney. Bastante trabajo tienes tú como para ayudar a Henry todas las tardes. Tendremos que llevarle a una academia.
Eso le cayó como un jarro de agua fría al pequeño. Toda su vida había estado de academia en academia y nunca le habían gustado los métodos de enseñanza. No te explicaban por qué se tenían que aprender las lecciones por obligación, ni tampoco respondían correctamente sus dudas. Siempre eran evasivas.
Henry: No me gustan las academias, mamá.
Regina: No empecemos otra vez, Henry.
Henry: ¡Nunca me responden a lo que les pregunto! Se dedican a decirme lo que pone en los libros… ¡Y yo me aburro!
Sidney: (Intentando que el pequeño se sintiera mejor) ¿Estarías mejor con un profesor únicamente? Tal vez no te respondan porque no tengan tiempo suficiente para emplearlo en un único alumno.
Regina: ¿Sidney?
Sidney: Podríamos probar un mes.
Henry: ¿Un profesor sólo para mí?
Sidney: Sí.
Henry: ¿Le podré preguntar todo lo que quiera?
Sidney: Sí. Y por un tiempo casi ilimitado.
Henry: ¡Mami!
Regina: Déjame que lo consulte, Henry…
Henry: ¡Porfi!
La mujer de hielo se derretía por las súplicas y los ruegos de un niño de diez años. Realmente, él era el único que conseguía sacarle una sonrisa por las mañanas cuando se le derramaba un poco de leche del tazón de los cereales y ponía pucheros, era el único que le hacía evadirse de su trabajo cuando hacía algo mal y tenía que correr tras él zapatilla en mano. Reía al recordar la escena y se preguntaba si alguien sería capaz de imaginarse a una Regina, a una mujer de hierro… lanzando una zapatilla de Piolín al aire y profiriendo toda clase de gritos mientras daba vueltas en círculo correteando y tratando de atrapar a Henry para castigarle por haberle despertado un Domingo de Santa Claus a las 5 de la mañana con el único objetivo de ver los regalos.
Sonrió triste y melancólica. A veces, echaba de menos tener alguien a su lado con el que poder compartir esa clase de risas, de miradas cómplices… Porque Sidney no era ese alguien. Sidney le consentía todo, y eso era algo que aborrecía.
Ella disfrutaba con los debates, con los intercambios de argumentos, con las noches de reconciliación… y todo eso lo perdió el día que Daniel se marchó para no volver. Y no creía que lo fuera a recuperar. Había perdido toda esperanza, toda lucha por la vida, por un final feliz… Ahora sólo tenía estabilidad… y ninguna meta, ninguna ambición además de la profesional.
Y fue cuando se dio cuenta de que su vida era triste, vacía, solitaria… Al menos, le quedaba la satisfacción de ver feliz a su hijo cuando le concedía cualquier cosa que había pedido.
Después de acostar a Henry, abrió el portátil y se dispuso a colocar un anuncio en Internet en el que se buscaba profesor particular de Lenguaje y Literatura. Cerró la tapa y miró el móvil: ni una sola llamada, ni un solo mensaje. ¡Cómo echaba de menos aquellos mensajes que se enviaba con Daniel!
Sidney: ¿Y esa sonrisa tan nostálgica?
Regina: Estaba recordando viejos tiempos…
Sidney: A mi lado, espero.
Regina: Siempre los recuerdo a tu lado…
Esa frase sonaba tan vacía de significado. Cuando estaba con Daniel, cada frase salía de su corazón. No. Mentira. Cada frase salía desde lo más profundo de su alma. Estaba destinada a estar con él toda la vida. Hasta que se lo arrebataron. Pero no quería recordar lo que había sucedido. Simplemente quería tumbarse en la cama y dejarse llevar.
Regina: Me voy a la cama, Sidney.
Sidney: Te acompaño. Así te abrigo…
Regina: Meh.
Contestaba por inercia. Y Sidney, además de ciego, estaba sordo… El amor era la fuerza más poderosa de la Tierra, sin duda alguna… pero también era la que más te podía debilitar. Qué fácil resultaba destruir a alguien que estuviese enamorado.
Cerró los ojos y quiso evadirse. Pero era demasiado tarde. El sueño la venció sin darle margen a pensar en la organización del día siguiente.
