Al cabo del rato, Sarah Tayyip hizo acto de presencia en la sala donde estaban todos reunidos, con una sonrisa. Todos los presentes, excepto su padre, hicieron la correspondiente reverencia y ella caminó hasta su progenitor.

Ah: Sarah, estos son el agente especial de la CIA Clayton Webb y el comandante de la marina de los Estados Unidos, Harmon Rabb. Él será quien te acompañe en todo momento mientras tengas un pie fuera de la embajada.
S: Con todo respeto, padre, ¿quieres convertir a un marino en mí sombra? –Harm se sintió con las palabras de ella-. No es que menosprecie tus intenciones, pero de momento, no tengo pensamiento de ir a ninguna parte. –Su padre suspiró derrotado, y continuó la lucha verbal-.
Ah: El comandante Rabb ha sido enviado no solamente para protegerte, si no para enseñarte y explicarte cada esquina de su país. Ahora mismo no piensas racionalmente. –Cuando ella se disponía a protestar, prosiguió-. Este tema ya está más que hablado. Hoy irás a donde el comandante disponga, siempre que no salga de la ciudad.
H: Le prometo que no nos alejaremos mucho, señor. –Ahmet sonrió, mientras su hija le fulminaba con la mirada-.
Ah: Lo que si voy a pedirle, comandante, es que mantenga a mi hija lejos de cualquier bar o de cualquier discoteca. Ya hemos sufrido bastantes chismorreos. –Él asintió-. Bien. Si no le importa, preferiría que se instalase en la embajada, a fin de que mi hija pueda disponer mejor de sus servicios.
H: No tengo inconveniente. –Admitió-. Solamente deme dos horas para recoger algunas cosas de mi apartamento.
Ah: Eso, podrá hacerle durante la visita turística. –Sonrió-. Le dejo la vida de mi única hija en sus manos, comandante. Me fío de su lealtad hacia su país y hacia el mío.
H: La defenderé como a mí vida. –Se levantó y se puso firme. En ese momento, Sarah no pudo evitar mirarle furtivamente de los pies a la cabeza. Con un poco de suerte, no tendría porque divertirse con una copa y música dance. Sonrió ante su idea y después, siguió al comandante-.
S: ¿A dónde piensa llevarme primero? Realmente no me importa si tiene que hacer su maleta. Podemos ocupar toda la tarde en ello.
H: Deduzco que no tiene muchas ganas de conocer la ciudad, ¿no, alteza?
S: Todo lo relacionado con Washington DC lo he leído o visto en películas. Esta ciudad es como todas las demás. –Sentenció-. Lo único que cambia es el idioma, la gente y sus costumbres.

Harm suspiró. Tendría que soportar los comentarios de la malcriada hija del presidente turco durante dos semanas. Catorce días en los que debería olvidar los juicios, las leyes y su despacho para velar por la seguridad de una mujer borde y demasiado creída.

Cuando llegaron a donde les dejó la limusina, se encontraron con otro coche en color negro. Webb se despidió de ellos y entró en el mismo coche en el que habían venido, dejándole allí con la princesa.

S: Creo que nosotros tendremos que coger ese. –Señaló el Ford negro-. Seguramente mi padre lo haya mandado para nosotros. –Suspiró. Sonrió al empleado que esperaba con las llaves en la mano y cuando él le abrió la puerta trasera, ella la rechazó, abriendo la del copiloto-.
H: Por su seguridad… -Iba a decirle que cambiara de asiento, cuando ella lo interrumpió-.
S: Por mi seguridad, es mejor que vaya delante, pues sería demasiado llamativo que una mujer mayor de edad viajase en la parte de atrás, con un comandante de la marina conduciendo. Si quiere, puedo poner un cartel en el que digamos que viajo aquí dentro. Así se lo dejaremos mucho más fácil a los terroristas.

Sin decir nada más, cogió las llaves y avanzó hasta el lado del conductor. Sarah le miró hacer durante todo el trayecto, ignorando las calles y el paisaje. Aún no entendía porque con ese hombre se sentía tan segura. Ese sentimiento provocado en ella la revelaba aún más contra la autoridad de su padre. De vez en cuando miraba sus manos y se imaginaba ser tocada por ellas. De pronto, ese pensamiento la enfurecía y giraba bruscamente la cabeza, haciendo que Harm la mirase intrigado.

H: Ya hemos llegado. –Dijo, antes de apagar el motor-.
S: ¿Aquí vive?
H: ¿Algún problema?
S: No, es solo que me esperaba entrar en una base, y estar rodeada de militares, nada más. –Dijo, con sinceridad-. En mí país la gran mayoría de la milicia vive en bases. Los únicos que se permiten una casa son los generales y los almirantes. –Admitió-.

Caminaron el uno al lado del otro, observando como ella se sorprendía con cada parte que veía del edificio. Se asombró aún más cuando Harm abrió la puerta y Sarah entró en su apartamento. Recorría con la mirada todos y cada uno de los muebles que decoraban la pequeña estancia. Cuando vio que él iba hacia otro sitio, lo siguió llegando a la habitación.

S: Creerá que soy rara, pero es la primera vez que entro en un apartamento.
H: No creo que sea rara. –Le sonrió, comprensivo-. Es lógico, dependiendo de donde haya vivido.
S: Desde pequeña estoy acostumbrada a lujosas mansiones, las cuales parecían más castillos. Esto es realmente nuevo para mí. ¿Sabe que mi habitación en Turquía es tan grande como su apartamento entero? –Ella rió con la comparación, despertando algo en el fondo del corazón de Harm-. ¡Es increíble! ¿De verdad se puede vivir aquí?
H: Bueno, los hay más grandes e incluso, más pequeños.
S: ¿Más pequeños? –Preguntó, asombrada. Harm asintió-. Creo que si tuviera que vivir en un sitio más pequeño que este tendría claustrofobia.
H: Entonces le aconsejo no entrar en un submarino, o en un tanque.
S: ¿Bromea? Muero por ver el interior de un submarino. Pero mi padre se opone fervientemente a ello, así que… tendré que imaginármelo.
H: Pensé que su padre quería que aprendiese a gobernar.
S: Él lo que quiere es que aprenda a estar todo el día sentada en una gran silla, con una enorme mesa y pasarme el día firmando papeles, los cuales ni siquiera tendré que leer, porque mi secretario me hará un resumen. –Suspiró-. Usted lo ha dicho, comandante Rabb. Eso es lo que mi padre quiere.
H: ¿Y usted?
S: ¿Yo? –Se señaló-. Debo de obedecerle. No importa con lo que yo sueñe o quiera. Eso no es importante.
H: A mí parecer, si lo es.
S: ¿Sabe? Quizá un día de estos se lo cuente. Quizá si hacemos buenas migas, cuando vuelva de vacaciones podré llamarle y hablar con usted.
H: No creo que se acuerde de mí, una vez se haya marchado. –Susurró, pensando que ella no le había escuchado-.
S: Los egipcios solían decir que del mañana nadie está seguro. –Sonrió-. Por eso yo vivo el día como si no existiera un mañana, puesto que de lo que haga hoy si estoy segura, pero nadie puede asegurar lo que haré, diré y pensaré mañana. Es más, nadie podría asegurarme que mañana yo continuase en este mundo.
H: Mi trabajo es asegurarme de que usted tendrá un mañana.
S: Si, o morirá por defenderme. –Sentenció-. Pero, dígame, ¿acaso merece la pena que se sacrifique por mí? No me conoce de nada, aunque seguro ha escuchado de mis escándalos.