Dos: Labios
Antes de que pueda pensar, ya atrapó los labios de Peter, como si fueran el tesoro más preciado.
Ya olvidó cuándo decidió dirigirse a su apartamento, cuándo tocó la puerta, ignorando la expresión de horror dibujada en el rostro del joven.
Ignora en qué momento preciso gritó todas las verdades alojadas en su pecho a los cuatro vientos, sin importarle la reacción, el orgullo o la prudencia. Y, sin esperar su respuesta, lo besó con desesperación que rozaba la obsesión.
Necesitaba saciar su maldita sed, embriagarse con el dulce sabor de sus labios (que extrañamente saben a café barato), aferrar su nuca con un movimiento brusco y profundizar ese beso, todo rápido, en cuestión de un segundo.
Y así lo hizo.
Francamente, no le importa que Peter disfrutará o no, si quiere besarlo o no, si se siente extraño o no. Su momento de individualismo aún no acaba.
Sólo puede acariciar su cuello, intentando ser tierno, disfrutando de sus labios perfectos, el oasis en el desierto, el rayo de luz en la más profunda oscuridad.
Peter gime, levemente, vibrando sobre su boca. Y eso basta para que Gabriel quede en blanco.
