Aclaracion: Esto es una ADAPATACIÓN, la cual solo querian verla desde ED/BE
Disfruten de esta novela, que meee encantoooo, es muuuy muuy buena ..!
Disfruten *.*
Intentar salvar el mundo solo tenía un problema. Nadie quería ayudar, pensó Isabella Swan mientras le daba un bocado a una magdalena de moras.
Estaba sola en la cocina de Stonegate Farm, sentada al borde de un taburete, con la falda del vestido arrugada entre las piernas mientras devoraba la magdalena. No tenía ninguna importancia que fuera una magdalena de tamaño gigante, de las que tenían suficiente grasa como para obstruir las arterias de una familia de cuatro. Creía firmemente que las calorías consumidas en privado no surtían efecto. Habían sobrado tres magdalenas del desayuno, así que empezó con la segunda.
No era porque nadie las quisiera. Su madre, Renee, sólo comía lo necesario para mantenerse con vida, y cuando su hermanastra Alice salía a la luz del día, se negaba a otra cosa que no fuera beber café y fumar.
Bella entendía lo de los cigarrillos. Ella había dejado el tabaco cuatro meses antes, y esto había añadido casi siete kilos a su generosa estructura corporal. No pasaba un solo día sin que echase de menos una calada.
Partió la segunda magdalena en dos y dejó una mitad en el plato del centro de la mesa, con la esperanza de no sucumbir completamente a la tentación. El azúcar y la mantequilla eran un sustituto satisfactorio de la nicotina, pero por desgracia sabía perfectamente lo que le estaban haciendo a su cuerpo. Los cigarros le estaban poniendo negros los pulmones, pero nadie veía sus pulmones; sin embargo, si continuaba a aquel ritmo, aumentaría dos tallas en poco tiempo. Tomó la segunda mitad de la magdalena y la engulló.
Tenía que recuperar el control de su vida. El primer año de su nuevo negocio sería probablemente un poco difícil, pero Stonegate Farm era el lugar perfecto para montar un hotel rural, y Bella tenía entusiasmo y energía de sobra. Durante años había ejercido de decoradora y de cocinera, pero solo en teoría, mientras investigaba para los artículos que escribía para diferentes periódicos cuando vivía en su pequeño apartamento de Nueva York.
Sin embargo, en aquel momento tenía una granja del siglo diecinueve en Northeast Kingdom, en Vermont, un lugar de ensueño para una profesión de ensueño. Era una vieja casona llena de recovecos, con media docena de habitaciones y otra edificación anexa en la parte de atrás, abandonada, que podría restaurarse para ofrecer más habitaciones de huéspedes. Todo le había parecido muy fácil cuando había hipotecado su vida y su alma para ir allí con Renee y Alice.
A Renne no le había hecho mucha ilusión. Desde luego, su carácter no era especialmente bucólico, pero había sufrido un cáncer de pecho que la había dejado muy débil, y por primera vez en su vida había reconocido que necesitaba ayuda. Había ido con Bella de mala gana, dejando bien claro que en cuanto se recuperase volvería a hacer uno de sus viajes interminables. Pero cuatro meses después, Bella sabía que no iba a ir a ningún sitio.
Aquella vez no era por el cáncer. Parecía que lo había superado totalmente. Sin embargo, cada vez estaba más olvidadiza. Bella nunca había sido una gran pensadora; de hecho, el padre de Alice y de Bella solía comentar, con malicia y cariño al mismo tiempo, que siempre estaba en su propio mundo.
De todas formas, no había mucho que ella pudiera hacer al respecto. Doc, que se había convertido en su mejor amigo y la persona en quien más había confiado desde que había llegado, había sacudido la cabeza al enterarse.
—No sé si está sufriendo ligeros ataques de apoplejía o que está empezando a mostrar síntomas de Alzheimer —dijo. Renne se había negado rotundamente a ir al hospital a hacerse pruebas, y Doc le había dicho que ya tendría tiempo suficiente si la enfermedad avanzaba.
A Alice, en plena adolescencia, no le gustaba nada que tuviera que ver con aquella casona, especialmente tener que ayudar. Sentía mucho resentimiento hacia su hermana mayor. Además, Renne cada vez iba perdiendo más y más la memoria, y se movía alrededor de ellas como si fuera una extraña, anciana antes de tiempo. Aquello era todo lo que le faltaba a Alice. ¿No era lo suficientemente horrible que Bella la hubiese arrastrado hasta allí, como para que encima tuviera que aguantar a aquella vieja? ¿No era suficiente tortura?, había preguntado.
Bella le echó un vistazo a la última magdalena. Si se comía tres, se pondría enferma. No inmediatamente, pero en poco tiempo. No importaba: quería aquella magdalena, y no había nadie a su alrededor.
Estaba a punto de tomarla, cuando oyó que alguien se acercaba a la cocina y retiró la mano sintiéndose culpable.
Renee entró en la estancia. Llevaba prendas de diferentes conjuntos. Renne, que siempre había sido tan especial en lo que se refería a la ropa y el peinado. Parecía que tenía ochenta años, y no sesenta. Alice venía tras ella y no parecía muy contenta.
—He hecho magdalenas —dijo Bella alegremente, obviando que solo quedaba una.
—¡Qué amable, cariño! —respondió Renee con voz suave. Había intentado hacerse un moño, pero se le habían escapado todos los mechones y se le iba a caer en cualquier momento—. Creo que yo solo voy a tomar un café.
—Tienes que comer, mamá —le dijo Bella—. Ya sabes lo que ha dicho Doc.
Renee se detuvo a mirarla con una expresión rara.
—No creas todo lo que te diga la gente, hija. La gente no siempre es lo que aparenta.
—Yo no... —empezó a decir Bella. Estaba acostumbrándose poco a poco al estado de su madre, que ya se había servido una taza de café y salía de la habitación, dejándola sola con su hermana.
Alice fue directamente hacia la cafetera sin articular palabra.
—Buenos días también para ti —dijo Bella, pero se arrepintió al instante. El sarcasmo no mejoraría las cosas.
Alice ni siquiera la miró. Se sirvió el café y le dio un buen trago.
—¿Has puesto las toallas nuevas en el armario? —preguntó Bella, intentando darle a su voz un tono ligero y amigable. Alice podía encontrar ofensiva la frase más inocente, y Bella intentaba por todos los medios evitar el conflicto.
Alice empezó a leer con atención el crucigrama del periódico. Llevaba el pelo muy corto, y aquella semana tenía las puntas teñidas de fucsia. Tendría que decolorárselo de nuevo cuando quisiera cambiar de color. Si seguía así, en poco tiempo se quedaría completamente calva, y Bella esperaba el fenómeno con sentimientos ambivalentes. Al menos, estaba segura de que ningún tipo poco recomendable querría tener nada que ver con una adolescente de diecisiete años sin pelo.
—Tú me has dicho que lo hiciera, ¿no? —le respondió Alice en tono hostil.
Bella suspiró e intentó controlar la frustración que sentía.
—Necesito que me ayudes, Bella. Tienes que trabajar, si queremos que esto funcione. Se está acercando el final del verano, y sabes que tenemos que abrir para otoño si queremos recuperar algo del coste de la reforma. Ya tenemos algunas reservas para septiembre...
—¿Y a mí qué me importa? Fue idea tuya arrastrarme hasta este lugar en medio de la nada, lejos de mis amigos. A mí no me interesa llevar una pensión. No me interesa estar atrapada en el campo con una vieja loca, y no me interesa ayudarte.
Había sido providencial no haber podido comerse la tercera magdalena, porque la segunda estaba dándole vueltas en el estómago.
—Esa vieja loca es mi madre —le dijo—. Ya sé que no es la tuya, pero yo tengo responsabilidades hacia ella. ¿Es que tenemos que tener la misma discusión todos los días, Alice? ¿Por qué no te buscas a alguien más a quien hostigar?
—Porque no tengo problemas con nadie excepto contigo, y seguiré haciéndolo hasta que me escuches.
—Yo te escucho —dijo Bella pacientemente—. Sé que crees que son tus amigos y los echas de menos, pero, Alice, no lo son.
—¿Cómo puedes saber tú eso? Nunca he visto que nadie se acercara a ti. Reconócelo, Bella, no sabes cómo hacer amistades y estás celosa porque yo tenga muchos amigos.
—Los que tú llamas «amigos tuyos» no son otra cosa que gente problemática.
Otro error, pensó Bella en cuanto hubo pronunciado aquellas palabras. Lo único que había conseguido era darle a Alice otra razón para seguir discutiendo. ¿Cómo era posible que su hermana pequeña siempre encontrara algo en lo que apoyarse?
Bella sonrió con amargura.
—Entonces yo estoy bien con ellos, ¿no?
—Por favor, Alice...
—Las malditas toallas están en el maldito armario. Las beis, las blancas y las azules y todos los otros malditos colores que tú has considerado imprescindibles —le soltó—. Todo preparado para tus malditos huéspedes. Y ahora, déjame en paz.
Salió dando un portazo y se llevó el café y el periódico. Bella observó cómo se marchaba con el corazón encogido. Tomó la tercera magdalena.
No parecía que las cosas fueran a mejorar en un futuro próximo. Desde que llegaron a Colby, Alice había estado malhumorada y deprimida. Bella había puesto sus esperanzas en que sacarla del entorno de la ciudad le proporcionaría otro comienzo; el sol, el aire puro y el trabajo harían milagros.
Pero hasta aquel momento las cosas no habían cambiado. Aunque hacía todo lo que podía por sonreír y no prestar atención al malhumor de Alice, Bella no era una santa. «El amor no siempre es fácil», se repetía como una letanía.
Eran una familia poco convencional. Cuando Bella tenía nueve años, Renee se había divorciado de su padre, Charlie, la había metido interna en un colegio y se había marchado a explorar lugares desconocidos. Charlie volvió a casarse rápidamente, y tuvo otra hija, Alice. Desde entonces, había ido poco a visitar a su hija mayor, solo algunas veces durante las vacaciones. Pero todo aquello cambió cuando él y su mujer murieron en un accidente de tráfico. Alice se quedó huérfana a los nueve años y Bella, recién licenciada por la universidad de Columbia, acogió a su hermana en el viejo apartamento de Renee, en Nueva York. Ellas dos intentaron llenar el vacío que había dejado en la vida de Alice la muerte de sus padres, y lo consiguieron, en parte. Hasta el año anterior, cuando Alice había empezado a cometer una imprudencia tras otra, y a Renee le habían diagnosticado un cáncer de pecho. A partir de entonces, todo había ido de mal en peor.
Se terminó la magdalena y se alejó de la mesa antes de empezar a buscar más comida para consolarse. Había trabajado sin descanso durante los últimos meses. Stonegate Farm había dejado de funcionar como pensión en los años ochenta, y había estado abandonado durante los cinco años anteriores. Quitar los escombros y la basura, reformar y pintar, por no mencionar los arreglos en la estructura del edificio, que habían terminado con los ahorros de Bella había sido un esfuerzo titánico. Había terminado el edificio principal, pero trabajar en el ala trasera resultaba peligroso, así que lo había clausurado mientras decidía si salvarlo o derribarlo por completo.
Por el momento había tenido suficiente con arreglar la casa. No podía permitirse contratar a gente que la ayudara, Renee estaba demasiado dispersa y Alice no quería cooperar en absoluto. El hotel estaba casi listo para la inauguración, y Bella tenía los nervios de punta. Ya estaban reservadas todas las habitaciones para el otoño, y si tenía éxito sus preocupaciones acabarían.
Fue hacia la ventana de la cocina y observó el lago. La tranquila frialdad de la superficie le resultaba tentadora, pero intentó resistirse.
Tenía que volver al trabajo y lo sabía, pero por alguna razón no pudo controlarse. Era una mañana preciosa de verano. Tenía las ventanas abiertas y una suave brisa recorría la casa. Había trabajado sin descanso durante seis meses. ¿Es que no se merecía un día libre? Un día haciendo crucigramas y fumando, tal y como hacía Alice cuando Bella no la obligaba a trabajar.
«Ni hablar. No vas a volver a fumar», pensó. Y en realidad, preferiría tumbarse en una hamaca con media docena de libros de cocina y otra magdalena...
Se había terminado la tercera sin darse cuenta. Era toda una suerte que llevara ropa tan amplia, que escondía todos sus pecados dietéticos. Al contrario que su hermana, que prefería demostrar a todas horas lo delgada que estaba.
Pero hacer el perezoso en una hamaca no era para ella, y mucho menos aquel verano. Quizá el año próximo, por aquellas fechas, cuando el hotel marchara viento en popa y pudiera permitirse el lujo de contratar gente, se tomaría algún día libre para disfrutar de la paz del campo, algo que había estado deseando durante toda su vida.
Pero mientras tanto, tenía mucho trabajo por hacer, si quería tener la casa preparada para la invasión de huéspedes que se produciría en dos semanas. Y no solo eso, sino que tenía que entregar un artículo antes del viernes. Ni siquiera lo había empezado.
Probablemente tendría que dejar de escribir, pero por el momento no podía. «Cartas desde Stonegate Farm», la colección de artículos que estaba escribiendo para un pequeño periódico de Long Island, hacía que mantuviera los pies en el suelo y que recordara que estaba viviendo un sueño. Después de años explicándoles a mujeres aburridas cómo hacer pasta fresca o cómo convertir jarras de leche en jarrones elegantes, o cómo decorar su casa al estilo rural, finalmente había conseguido poner todo aquello en práctica.
Aquel día iba a ser muy cálido, algo poco usual a mediados de agosto. El sol brillaba con fuerza, y Bella se subió las mangas del vestido hasta los codos. Quizá fuera a dar un paseo corto hasta la orilla del lago. Allí, en el extremo septentrional de Still Lake, todo era relativamente solitario, incluso en el punto álgido del verano. La casa más cercana era la del viejo Whitten, y llevaba cerrada muchos años. Bella era la propietaria del resto de los terrenos y de las edificaciones que había por allí, un granero y algunas cabañas. No merecían la pena, y en cuanto tuviera dinero, haría que los derribaran.
Al final, conseguiría que aquel lugar fuera prístino y perfecto, y que se llenara de clientes. Pero por el momento, era un oasis en mitad del ajetreo del verano.
No sabía si en realidad quería tantos huéspedes, pero era la única forma en la que podría permitirse vivir allí, y tenía que ser realista. Si cuidar de hordas de turistas significaba que podría vivir en el campo, pagaría el precio de buena gana. Además, sería agradable tener visitantes que apreciaran el lugar, para variar.
Se levantó y caminó hasta el lago. El agua estaba tranquila y oscura. Uno no se imaginaría, disfrutando de aquella paz, que en la orilla sur del lago la actividad era frenética. Still Lake era una inmensa masa de agua, serpenteante, y en la orilla norte era fácil pensar que todo era tan silencioso como Whitten's Cove, la cala que se extendía enfrente de la casa vecina.
Aquella era la parte menos poblada de Colby. Años atrás, Stonegate Farm había sido una vaquería próspera, pero hacía cuarenta años que ninguna res pastaba en sus prados. Ella le había comprado el terreno al más pequeño de los hijos de Peggy Cope. Parecía que se había quedado muy contento al librarse de la propiedad. A Bella no le costaba mucho imaginar por qué. A casi nadie le atraía el escenario de un violento asesinato.
Los miembros de la familia Cope siempre habían sido unos holgazanes y unos borrachos, según le había contado su amiga Alice Brandon. El padre se había fugado, los hijos habían acabado con todo el dinero de la madre y habían vendido el terreno de la familia parcela por parcela, mientras ella intentaba ganarse la vida alquilando habitaciones a los veraneantes. Se las había arreglado bien, hasta aquel crimen.
Era casi increíble que en aquel pueblo perfecto de Nueva Inglaterra hubiera ocurrido tal cosa, pero Bella no era ninguna ingenua. Ocurrían en todas partes. Por supuesto, había sido una gran tragedia que hubieran asesinado a tres adolescentes, pero al menos el caso había sido resuelto y un drogadicto de dieciocho años había sido condenado. Solo con pensar en perder a Alice, Bella sentía un miedo irracional, no importaba lo detestable que fuera la niña.
El pueblo de Colby lo había superado y ya no tenía importancia a qué chica habían encontrado en el lago y a cuáles en la casa. Las tres trabajaban ayudando a Peggy Cope en la pensión. Doc incluso había sugerido, con un sentido del humor macabro, que Bella podría sacar partido de la historia morbosa de la casona y hacer publicidad de que estaba encantada.
Pero ella no podría hacer eso, y mucho menos en un pueblo tan pequeño. Y Doc Uley no hablaba en serio. Era el arquetipo de médico rural, amable y a la vieja usanza. Había ayudado a venir al mundo a la mitad del pueblo, incluidas las tres chicas asesinadas, y había visto morir a un buen número de ellos cuando les había llegado la hora.
Se sentó en un banco, dejó descansar los pies sobre una roca y se dispuso a dejarse llevar por la tranquilidad.
Pero había algo que no marchaba bien.
Oyó el sonido de un coche que se acercaba por el camino de gravilla, y reconoció el ritmo irregular del viejo Saab de Alice Brandon. La saludó con la mano, perezosamente, sin molestarse en levantarla mucho. Alice era de mediana edad, cariñosa y con algo de mezquino bajo la apariencia sólida. Había sido muy solícita con ella desde que le había vendido la vieja granja, probablemente, sospechaba Bella, porque había pagado demasiado.
—¡Hace una preciosísima mañana! —Alice saludó a Bella, y se acercó a ella con su acostumbrada determinación —. ¿Qué tal está tu madre?
—Muy bien —contestó Bella. Aquella era la época del año más ocupada para un agente inmobiliario, y ella no era de las que iban a hacer una visita si no tenía una muy buena razón—. ¿Qué te trae por aquí?
—No te va a gustar —le dijo Alice directamente, sentándose en el banco con ella y apartándose el pelo de la cara enrojecida.
Bella soltó un gruñido.
—¿Qué ha hecho Alice esta vez?
—Nada en absoluto, que yo sepa —dijo Alice, distraída por un momento—. No, es algo que he hecho yo, me temo. Han alquilado Whitten House.
Bella se giró y entrecerró los ojos para protegerse del sol mientras miraba hacia la casa. Aquello era lo que estaba diferente. La vieja casa ya no estaba vacía. Las contraventanas y la puerta estaban abiertas, aunque no se veía ningún vehículo ni a nadie por allí.
—Maldita sea —dijo ella.
—Yo no tengo la culpa. Nadie se ha interesado por ese lugar durante seis años, y de repente me llamaron los abogados que se encargan de la propiedad para decirme que tenían un inquilino, y que es posible que esté interesado en comprarla. No pude hacer una contraoferta por ti sin hablar contigo primero, y no pude evitar que el tipo apareciera.
—No puedo permitirme comprar la casa ahora, y lo sabes —respondió Bella. La tercera magdalena estaba incrustada como una piedra en el fondo de su estómago.
—Mira, hay muchas posibilidades de que esto se quede en nada. Nadie ha estado en esa granja más de unas cuantas semanas, y no hay ninguna razón para que este hombre sea diferente. Solo tienes que ser paciente. En cuanto oiga lo de los asesinatos, se asustará.
—Yo no me asusté —dijo Bella.
—Pero las dos sabemos que las mujeres somos mucho más duras que los hombres —replicó Alice—. Míralo así: ni siquiera se ve la casa de los Whitten desde la tuya, a no ser que bajes a esta parte de la orilla. Y además, él no es feo, por enfocarlo de una manera más positiva. No hay muchos hombres solteros de más de treinta por aquí.
Bella miró en la misma dirección que ella. La luz del sol era casi cegadora, pero vio a un hombre moviéndose al lado de la casa. Estaba demasiado lejos como para verlo bien. Era el enemigo. Ella quería ser la propietaria de Whitten House; lo deseaba casi más de lo que había querido Stonegate Farm. Era una parte de su plan, que consistía en transformar el extremo norte de Still Lake en un enclave de serenidad que curara el cuerpo y el espíritu. No quería que hubiera ningún extraño cerca, obstaculizando sus planes. Y mucho menos un extraño guapo, teniendo ella una hermana adolescente y vulnerable.
Se volvió a mirar a Alice, frunciendo el ceño.
—¿Quién es?
—Dice que se llama Anthony Masen. Alguien ha dicho que puede que sea un programador informático, que está pensando en establecer aquí su negocio; otro dijo que podría ser un consultor financiero. Sea lo que sea, no va a durar más de seis meses. Nadie puede ganarse la vida aquí, a no ser que sea rico e independiente.
—Yo lo estoy planeando.
—Eso es diferente —contestó Alice alegremente—. Tú y yo vivimos del turismo. Nos las podemos arreglar muy bien. Si el señor Masen fuera carpintero o fontanero, sería diferente, aunque por esta zona ya hay muchos. De todas formas, quería advertírtelo por si acaso decidías ir a investigar a la casa. Tiene un año de alquiler con opción a compra, pero me apuesto lo que quieras a que se marchará en cuanto empiece a nevar. O en cuanto se entere de la historia de los asesinatos.
Él había desaparecido detrás de la casa, y Bella se quedó pensativa.
—Quizá —dijo—. O quizá ya lo sepa.
—¿Qué quieres decir con eso?
Bella se encogió de hombros.
—Me resulta extraño que haya alquilado esta casa al final de lago. Tú misma me has dicho que hay varias al sur en mucho mejor estado, que no han estado abandonadas como esta. ¿Por qué querría alguien venir a una granja ruinosa sin haberla visto antes?
—Eso me sobrepasa. Yo solo tengo que cobrarle el alquiler —respondió Alice. Se levantó y se sacudió un poco de hojarasca que se le había quedado pegada a los pantalones—. Voy a investigar un poco. Es demasiado joven para mí, pero nunca he dejado que algo tan insignificante como una década o dos se interpongan en mi camino, y estoy empezando a cansarme de dormir sola. A menos que tú estés interesada.
—No —dijo Bella rotundamente.
—Ni siquiera lo has visto de cerca.
—No estoy interesada en lo más mínimo. Ya tengo suficiente con mantener mi propia vida bajo control. Yo no necesito complicaciones, y Alice mucho menos.
No se le escapó la expresión de frustración de Alice. La mujer nunca había disimulado que no estaba de acuerdo con la forma en que Bella trataba a su hermana.
—Alice podría cuidarse sola si la dejaras —le dijo.
—Pues hasta el momento lo ha hecho bastante mal —replicó, y se quedó callada, esperando a que Alice le dijera que ella también lo había hecho mal, pero no dijo nada. Sabía que no debía hacerlo.
—Tengo que volver al trabajo —dijo Alice, y se levantó del banco—. Doc ha dicho que a lo mejor venía más tarde. Me apuesto algo a que está muerto de curiosidad acerca de tu vecino. Si ese hombre tiene algún secreto, Doc se lo sonsacará.
Alice miró de nuevo a la granja.
—Tiene muy buena planta —dijo chasqueando la lengua—. Déjame que vea si puedo ayudarte en algo.
—Si no puedes desahuciarlo, no creo.
—Tú mantén a Alice alejada y todo irá bien —respondió Alice—. En pocas semanas estarás demasiado ocupada como para preocuparte del vecino, y tu hermanita también.
—Siempre me las arreglo para sacar unos minutos en los que preocuparme.
—Pues deja de hacerlo —le ordenó Alice.
—Sí, señora. Quizá le lleve al señor Masen algunas magdalenas para darle la bienvenida al vecindario. Así podré intentar averiguar cuánto tiempo tiene planeado quedarse en realidad.
—Si le llevas tus magdalenas, no querrá marcharse —le dijo Alice sonriente—. Si yo le llevara algo que hubiera cocinado, entonces sí se volvería directamente a... al lugar del que venga.
—Supongo que podría envenenarlo —dijo Bella, pensativamente—. Esa sería una buena forma de librarse de él.
—No hagas bromas de asesinatos, Bella. Aquí no —de repente, Alice habló en un tono muy serio—. La gente lo recuerda todo.
—¿De verdad? —preguntó, y volvió a mirar hacia abajo, hacia la casa de los Whitten, buscando al vecino, pero no estaba a la vista.
