Clarke no sabía cómo resolver esa situación.

Habían pasado dos semanas desde su último encuentro con Lexa y era incapaz de sacársela de la cabeza. Aquellos ojos verdes daban vueltas como un carrusel en su mente, eran lo último en lo que pensaba antes de quedarse dormida y su primera imagen de la mañana, aun cuando el dueño de sus pensamientos debería ser su prometido.

Sí. Le había dicho que sí a Finn. Aunque a veces le parecía que era todo demasiado apresurado, porque todavía le quedaba medio año para terminar la universidad y ni siquiera estaban viviendo juntos. Quizás había aceptado porque se sentía culpable de haberlo engañado por tanto tiempo, quizás por lástima o costumbre.

A veces pensaba que realmente lo amaba, pero entonces Lexa aparecía en la ecuación y todo se volvía un remolino de sentimientos confusos. Tal vez lo amaba, pero como se ama a un amigo, no como se ama a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida.

Se suponía que esa tarde iría con su madre y Octavia a visitar las tiendas de vestidos de novia, algo que debería tenerla emocionada, pero había puesto una excusa para no asistir porque necesitaba hacer otra cosa mucho más importante, según ella. Y tampoco tenía ganas de pasarse el resto de la tarde poniéndose y quitándose vestidos blancos. Ni siquiera debería ser un vestido blanco.

Sabía que Lexa había encontrado a alguien más porque por la última semana la había visto llegar a la universidad todos los días junto a Luna, una chica de cabello rizado que trabajaba en la cafetería frente al campus. Clarke sabía que a Luna le gustaba Lexa por la forma en que la miraba cuando estaba haciendo su pedido, por la forma que le sonreía cuando le daba el cambio y porque sus ojos no le mentían. Aquello le provocaba una sensación extraña en el pecho, como si un pequeño monstruo se despertara dentro de ella cada vez que Lexa hablaba con Luna. Tal vez aquello debería ayudarle con una epifanía, pero Clarke evitaba pensar sobre eso a toda costa.

Tal vez aquello fuese demasiado y ciertamente no lo había meditado realmente, pero antes de poder sopesarlo más, Clarke se encontraba dentro de su automóvil estacionado a una cuadra del café donde Luna terminaría pronto su turno de trabajo. No estaba segura, pero podía adivinar que Lexa aparecería por ahí en cualquier momento porque era atenta y así como a veces iba a buscarla a ella cuando salía tarde de clases, se imaginaba que haría lo mismo con Luna.

No le agradaba Luna. Y sí, por la simple razón de que estaba tomando su lugar en la vida de Lexa.

Cuando se estaba oscureciendo y el atardecer tenía un color azul que hacía parecer todo más frío, divisó a lo lejos una silueta que caminaba con demasiada gracia como para no ser Lexa. Le gustaba verla caminar porque era delicada y muy segura para moverse, como un felino.

Eran días cercanos a la víspera de navidad, por lo que las calles estaban bastante concurridas hasta tarde.

Se bajó del automóvil y caminó con paso apresurado hasta que estuvieron a unos metros de distancia.

Lexa se había detenido y tenía en el rostro esa expresión inescrutable que Clarke nunca sabía cómo interpretar. Sus ojos tampoco le decían nada claro.

Clarke tenía ganas de llorar porque la había extrañado tanto que era ridículo. Quería correr y abrazarla y besarla y no soltarla más, pero no lo hizo porque tampoco quería espantarla, ni volver a romperle el corazón.

La gente parecía moverse en cámara lenta entre ellas y uno que otro le dio un empujón con el hombro porque la acera estaba demasiado atestada como para quedarse allí haciendo de estatua.

Clarke dio un paso hacia Lexa primero y ella tragó con fuerza.

Aquella última vez Lexa le había preguntado si la amaba y ella no había sido capaz de responderle. Le había dicho que no sabía… y seguía sin tener una respuesta clara, pero tampoco quería alejarse como habían dicho que lo harían. Lexa seguía siendo como una ley de gravedad.

Al estar allí en medio de la vereda observándola y sin saber qué decirle, Clarke llegó a la conclusión de que tal vez no la amaba, tal vez simplemente era una obsesión porque era egoísta y no quería a nadie más con Lexa, porque no podía soportar la idea de que alguien la reemplazara.

No podía siquiera imaginarse a Luna besándola, no podía imaginársela con alguien más.

— ¿Clarke? —Preguntó Lexa, aproximándose un tramo.

—Lo siento. Tenía que verte —siempre la misma excusa. Tal vez debería comenzar a explicar por qué "tenía" que ver a Lexa.

— ¿Estás bien?

Clarke se limitó a asentir. ¿Qué le iba a decir? ¿Que estaba allí porque no quería que fuese a buscar a Luna? ¿Que estaba celosa? Nada de eso parecía oportuno.
Quizás debería decirle la verdad.

Lexa la tomó de un brazo y la obligó a hacerse a una orilla de la acera junto a ella para dejar de estorbarle a la gente, pero Clarke la tomó de la mano segundos después y la hizo caminar hasta su automóvil sin llegar a explicarle nada. Abrió la puerta del copiloto, invitándola a entrar, porque pensaba que la siguiente conversación no era asunto de nadie más que ellas dos y porque quería una excusa para tenerla cerca.

Después de dudarlo por unos segundos, Lexa entró al coche y Clarke la imitó, acomodándose en el asiento del conductor.

— ¿Estás saliendo con Luna? —Inquirió Clarke.

Lexa dudó un momento, pero terminó por asentir. No tenía por qué sentirse culpable. Se suponía que eso era lo que tenía que hacer después de Clarke; seguir con su vida. Clarke la imitó y también movió su cabeza de forma asertiva.

— ¿La quieres?

—No lo sé… supongo que sí. Ella me importa —se limitó a decir Lexa y Clarke sintió que le estaban enterrando miles de alfileres en el corazón—. ¿Por qué me estás preguntando esto, Clarke? ¿Es un interrogatorio?

—No… Es sólo que…

—Tú quisiste que las cosas fuesen de esta forma, Clarke —la interrumpió Lexa, con ese tono de voz como si le estuviesen haciendo daño. Y sí, Clarke le estaba haciendo daño nuevamente—. ¿Qué esperabas? ¿Qué yo me quedara sentada frente a la puerta esperándote por siempre? ¿Querías que fuese un secreto para siempre? No soy tu segunda opción, Clarke.

Las palabras de Lexa tenían la intención de lastimar a Clarke, sin embargo, le dolían más a ella. Clarke le había roto el corazón y aquellas heridas aún no sanaban.

Se sintió cobarde. ¿Cómo es que había podido tener a Lexa más de un año como un secreto? Y ni siquiera había sido capaz de decidirse entre ella y su novio. Lo peor de todo es que todo el tiempo había estado muy consciente de que alguien (si es que no eran los tres) saldría herido de ese enredo.

— ¿Así que la eliges a ella para que ocupe mi lugar? —Sin querer los ojos de la Clarke comenzaban a llenarse de lágrimas. Últimamente se había acostumbrado a que estuviesen constantemente húmedos.

Siempre era lo mismo entre ellas. O estaban en un pequeño mundo utópico donde todo era felicidad, o las cosas se volvían un universo distópico lleno de lágrimas. No había término medio. Con Lexa siempre era todo o nada, aunque la relación no fuese totalmente equitativa por ambas partes.

Lexa negó con la cabeza y se llevó una mano al cabello, como hacía cada vez que estaba frustrada o molesta. Por un momento Clarke pensó que iba a gritarle.

—No es justo, Clarke —pronunció la frase con lentitud, asegurándose de que la rubia lo entendiera—. Te vas a casar. Y yo tengo que seguir con mi vida.

—No estoy segura si quiero casarme —la voz de Clarke sonaba trémula, porque estaba aguantándose las lágrimas.

—No puedo esperarte por siempre, amor —dijo Lexa en un tono que sonaba como un lamento más que como un hecho, como si realmente quisiera esperarla por los siglos de los siglos, pero ambas sabían quién sería la única perjudicada si eso pasaba.

Hubo un momento de mutismo en que todo parecía estar en pausa y a Lexa no le tomó demasiado tiempo darse cuenta de que Clarke estaba llorando en silencio.

Aún le rompía el corazón verla derramar lágrimas, más si era su culpa, pero aquella situación no era justa. Lexa merecía más que ser un secreto por el resto de la vida, merecía más que visitas fugaces a las dos de la madrugada o besos robados en los pasillos de la universidad cuando no había nadie mirando. Al principio era emocionante todo eso de estar a escondidas, parecía un juego inocente, pero las cosas se volvieron reales cuando Clarke se aparecía en el departamento de Lexa en la madrugada, cuando Lexa corría a verla cada vez que Clarke la llamaba, cuando a Lexa se le hacía difícil respirar si no estaban juntas, cuando Clarke le tomaba la mano por debajo de la mesa en la cafetería de la universidad.

—Nunca fue justo, Clarke —comenzó a decir, sintiendo como su propio corazón se rompía nuevamente a medida que pronunciaba las palabras—. Tú nunca fuiste completamente mía como yo lo fui de ti. Hay una parte tuya que jamás me perteneció.

Y tal vez esa parte era justamente su corazón. Tal vez esa parte siempre fue de Finn, después de todo. Tal vez Clarke no podía darle su corazón porque nunca estaban solas.

Lexa se volteó hacia la rubia con los ojos húmedos y llevó una mano hacia su mentón, para acunarlo y así obligarla a mirar sus ojos. Necesitaba que le creyera lo que iba a decir y los ojos verdes de Lexa nunca mentían.

Aquel mal hábito de mirar los labios de la rubia se hizo presente por un segundo y Clarke sintió que su corazón se aceleraba como si hubiese corrido dos kilómetros.

—Sabes que te amo, Clarke, pero eso no significa que tenga que estar contigo. Quizás las cosas son así porque no hay otro camino —le dijo, muy a su pesar, pues lo único que quería en el mundo era a Clarke. Quería que fuese completamente suya.

Y sí, había otro camino y ambas sabían cuál era. Y ambas sabían que Clarke no iba a elegirlo. Lexa había dejado de tener esperanza.

— ¿Me besas una última vez? —Preguntó Clarke en un siseo que apenas se escuchó. Estaba como hipnotizada por los ojos de Lexa, que parecían haberse robado todo el color verde de Seattle.

Lexa no dijo nada, pero Clarke supo que no iba a negarle aquel pedido. Se inclinaron hacia adelante casi de forma pauteada y sus labios se encontraron en un beso cargado de ternura y tristeza, en un último beso que cerraba el trato para siempre.

Clarke era cobarde, lo sabía. Era cobarde por mentirle a Finn, por darle esperanzas a Lexa, por no dar respuestas claras, por no reconocer sus sentimientos, por evadir las epifanías cada vez que venían. En ese preciso momento en que sus labios se movían lentamente sobre los de Lexa supo que no la merecía. Ni en un millón de años iba a merecer que Lexa sacrificara toda una vida para esperarla.

Lexa se alejó primero y dejó un último beso en la cabeza de Clarke antes de bajarse del automóvil.

Clarke la observó alejarse, mientras las lágrimas le nublaban la vista. No la quería con alguien más, no quería que besara a alguien más, no quería que tocara o que la tocara alguien más. Era jodidamente egoísta y lo sabía, pero tampoco era capaz de decirlo en voz alta. Supuso que allí era donde aplicaba aquella famosa frase de "si la amas, déjala ir".

Sí. Realmente amaba a Lexa.

Allí en la oscura cabina de su automóvil, cuando eran casi las siete de la tarde y la temperatura comenzaba a bajar en picada, cuando Lexa estaba entrando al café para buscar a Luna, allí llegó a la conclusión de que estaba completa e irrevocablemente enamorada de Alexandria Woods como nunca lo había estado de otra persona.

Pero no fue capaz de bajarse del coche para decírselo… porque seguía siendo cobarde.