Bienvenidos al segundo capítulo. Este en particular solo quiero avisarles que Sandor ehm… No, mejor lean n.n
DISCLAIMER: los personajes no me pertenecen, son de la saga "Canción de Hielo y Fuego". Cualquier referencia de temporalidad está basada en la serie Juego de Tronos. Más allá de eso, los escenarios y diálogos son invento mio. Reviví algunos para el contexto de la historia.
ADVERTENCIAS: rated M. Lenguaje fuerte, contenido sexual.
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LOS PERROS SON FIELES POR NATURALEZA
II. MÁS ALLÁ DE LAS CICATRICES
Con el primer albor del día, Sansa despertó. Todavía en su regazo permanecía dormitando Sandor. No tenía ese semblante agrio de siempre, le daba la impresión que sentía paz solo al dormir, solo cuando escuchaba silencio, lejos de los Lannister, de las guerras, de todo. Acarició suavemente el lado de su rostro quemado en un gesto delicado y dulce.
Un toqueteo a su puerta la distrajo.
—Mi lady, su padre ha solicitado que vuestro marido y usted bajen para el desayuno —escuchó a una mucama al otro lado.
—En unos momentos estamos ahí —respondió, zarandeando ligeramente a su marido. Ojala no siguiera tan borracho como para no despertar.
Unos segundos después, el Perro abrió los ojos de par en par, confundido por estar sobre el regazo de Sansa, mareado y con un jodido dolor de cabeza proporcional a la cantidad de vino que ingirió anoche.
—¿Qué putas? —saludó, a su manera, sentándose a la orilla.
—Esperan por nosotros para desayunar, sir —avisó la pelirroja, yendo a vestirse en seguida.
—No me llames sir, carajo —respondió el otro, levantándose y fracasando en mantener el equilibrio, regresando a la cama —. ¿Desayuno? Jodidas formalidades. No pienso bajar ahora.
—Pues no puedo bajar sola
Era inaudito que la dejara salir de la habitación como cualquier otra mujer. Ella era su esposa, aunque fuera por cordialidad debía acompañarla. Le daba igual que se sentara a cinco sillas de ella, diez, veinte; no esperaba un caballero de armadura dorada, pero desearía no ser el hazmerreír de los Clegane.
Al final resultó inútil despertarlo, y sin remedio, Sansa bajó para unirse en el desayuno a su familia y nueva familia. Cuando su suegro preguntó por su hijo, ella solo sonrió cortésmente diciendo que estaba sumamente agotado por la gran celebración anterior; lo excusó y siguió desayunando mientras hablaba con sus hermanos sobre el próximo cumpleaños de Rickon para mandarle un regalo hasta Braavos.
—¿Todo bien? —preguntó a su derecha Robb
—Mi señor solo está cansado y tiene una terrible jaqueca —susurró por lo bajo Sansa, bebiendo un poco de hidromiel.
Jon soltó una risa pequeña. Era graciosa la sinceridad de su hermana con ellos.
—¿Cuándo llegan las tropas a Winterfell, sir Clegane? —preguntó lord Stark
Sir Clegane alzó una ceja, como si la pregunta lo hubiera ofendido. Su carácter era déspota la mayoría del tiempo, pero debía ser un hombre honorable y de palabra, ya era suficiente ventaja que los grandes señores del Norte mezclaran su casta con la suya.
—Llegaran cuando deban, mi lord —respondió inclinándose sobre la mesa para tomar otra pieza de pollo.
El desayuno no tuvo más tópicos que fueran de interés general, oyéndose más los chaqueteos de los cubiertos. Sansa no pensaba quedarse a la plática de sobremesa, así que se disculpó con los presentes en cuanto terminó, para poder recorrer el frio tapiz de nieve que embellecía su casa.
Caminó hacia el árbol corazón. Sentía que obtendría respuestas ahí, aunque irónicamente era el sitio que le había generado más dudas al momento de pronunciar sus votos. Sintió una ráfaga helada que palidecía su hermosa tez sonrosada, que hacía volar su cabello. Cerró los ojos buscando una respuesta dentro del viento, como si intentara escuchar las voces del bosque para saber si era lo correcto embarcarse en esa travesía a lado del Perro.
Respiró profundamente, prestando atención a su alrededor. Su madre siempre decía que si escuchaba con cuidado, podría sorprenderse. Eso intentó.
—¿Cantarás para mí?
Esa voz áspera que conocía la distrajo, obligándola a voltearse sobre sí misma. El Perro estaba mirándola desde el otro lado del estanque frente al árbol. Iba vestido muy somero, con botas que no rebasaban la rodilla, pantalones negros de tela gruesa, una camiseta de mangas largas rota en las superficies de fricción. Por lo que alcanzó a oler, Sansa supo de inmediato que no era fanático de tomar baños después de levantarse.
Entreabrió los labios, queriendo correr y al mismo tiempo no.
—Le he dicho que no conozco ninguna canción, sir
Pareció confundirse, ¿acaso no recordaba la pequeña plática que habían tenido en su habitación?
—No mientas, niña —respondió, caminando hacia ella —. ¿Me tomas por un imbécil? —fijó su mirada y volvió a reclamar: —Canta.
Sansa parpadeó un par de veces, alterada. Su marido iba acercándose más, hasta lograr acorralarla contra la corteza del árbol; pero más allá de su porte orgulloso y demandante, Sansa creyó ver de nuevo esa parte humana y comprensiva a través de sus ojos. Era extraño, aun para ella, creer que podía mirarlo de otra manera. Apeló a esto último para responder:
—Debe perdonarme mi señor, pero no puedo entonar un canto alegre ahora. Me separaré de mi familia cuando usted y su padre dispongan —sentía un nudo en la garganta —. Le suplico que comprenda mi dolor
—Suenas como un pájaro herido —recalcó el hombre, tomándola del mentón —. Los pajaritos como tú no sobrevivirían en este mundo si no hubiera otros animales protegiéndolos —apretó su brazo con la otra mano, recriminando que no le haya cantado —. Vete a despedir de tu familia, niña. No pienso quedarme más en este mugroso lugar
Aunque le soltó el brazo, el alivio no llegó. Sansa apretó los labios y salió a paso firme de ahí, yendo a buscar a su madre.
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Ni la despedida de Arya, Bran y Rickon fue tan melancólica como la de Sansa. Todas sus mucamas estaban preocupadas por ella y la suerte que correría con un marido así, despidiéndose a las afueras de la fortaleza. Lady Catelyn dio bendiciones por los Siete dioses a su hija, abrazándola fuertemente, e igualmente sus hermanos y su padre.
—Si sientes miedo, no dudes en regresar —dijo Jon, besando su mejilla.
Robb se acercó para darle algunos dulces de la cocina que tanto le gustaban. —Para el camino —informó, acariciando su cabello.
Finalmente su padre, con quien no tuvo oportunidad de hablar como quisiera, la sostuvo entre sus brazos, jurándole que la protegería siempre.
—Aunque esté lejos, cuidaré de ti —dijo, besando su frente.
El único miembro de su familia que iría con ella era su loba Lady, porque ambas eran inseparables, igual que los otros niños Stark con sus lobos. La pelirroja, con todo el dolor de su corazón, montó la caravana que estaba esperando, llevándose a Lady dentro con ella.
Empezando a andar, asomó su rostro por la ventana hasta que las figuras de sus padres, hermanos y amigos se desvanecieron en el camino.
Sandor no viajó con ella. Él prefería montar a caballo. ¿Estar horas, incluso días, sentado? Que un puto rayo lo partiera primero.
Una ocasión Sansa tuvo oportunidad de observar mejor al Perro cabalgar. Tenía un porte que asustaba, pero que sin duda estaba lleno de empoderamiento; su cicatriz que abarcaba la mitad de su rostro no le parecía una aberración sin embargo. Estaba segura que nadie podría ponerle un dedo encima si él estaba protegiéndola, a no ser, claro, que fuera el propio Sandor quien la lastimara. Odiaba pensar que ocurriera.
—Mi señor ¿cuánto falta para llegar? —preguntó, pero el otro ignoró por completo la pregunta —. Me gustaría caminar un tramo. Estar sentada mucho tiempo entumece mis piernas
Sandor arrugó la nariz, refunfuñando. Levantó el brazo y gritó a la caravana detenerse para cumplir el deseo de su esposa. La ayudó a bajar y caminó a lado de ella porque tenía que hacerlo. Todos estaban observando, como si no tuvieran otra cosa que hacer. Casi los degollaba por meter la nariz donde no les importaba.
Sansa y Lady bajaron y después de unos minutos andando, la pelirroja sintió curiosidad por un asunto.
—¿Puedo preguntar algo? —Sansa giró hacia él —. Los Lannister os brindaban todo: paga, tierras, títulos. ¿Por qué dejar todo eso?
—No es a mí a quien debes preguntar, Pajarito; sino a mi padre —Sandor volteó inconscientemente hacia el mencionado —parece que le importa un coño que la Casa sea llamada traidora
A él no le importaba eso de los títulos y la posición para el poder, pero le hervía la sangre que fuera usado para alcanzar los objetivos de su padre. Podía ser perfectamente obediente a un lord, príncipe o un rey, pero su padre… No. Un perro no servía a otro perro.
—Lamento que os disguste el matrimonio
—¿El matrimonio? —Preguntó sorprendido —oh, no Pajarito. Casarme es la menor de mis preocupaciones
—No entiendo
—Lo entenderás cuando te haga mía
Sansa tragó grueso, reconociendo que lo que implicaba aquello le daba pavor. Sumió sus labios y decidió de pronto que no estaba cómoda con seguir caminando. Regresó a la caravana junto con su loba y no se le ocurrió salir por otro paseo hasta llegar a su nuevo hogar.
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Arribaron entrada la noche a un punto en medio de Puerto Blanco.
La recepción fue vulgar, conociendo la calaña de los Clegane; pero Sansa no estaba en posición de exigir formalidades porque en cuanto puso un pie en tierra y le fue dada la bienvenida por su suegro, palideció. Aquel lugar era pequeño, con capacidad de albergar a no más de veinte personas, con muros de piedra y dos establos apenas. No tenía barracas que lo rodearan, simplemente parecía una posada muy solitaria.
Sandor desmontó su caballo, y de inmediato todos se callaron, como si estuvieran esperando que él les ordenara moverse. Se paró delante de Sansa, tomando su cintura para poder cargarla entre sus brazos y entrar con ella. Lady empezó a ladrar queriendo proteger a su ama de aquel personaje tan grande, pero uno de los encargados la llevó a un establo junto con otros animales. Sansa le dolía que alejaran a su amiga, pero sabía que tenía un deber que cumplir.
Sandor pateó para abrir la puerta, cerrándola de la misma forma. Se dirigió a unas escaleras de caracol para llegar a un pasillo, donde al final se encontraba su habitación.
La joven Stark ocultó el rostro en el pecho de su marido, atemorizada.
—Desnúdate —dijo llanamente Sandor cuando la bajó, sentándose en la cama.
"¿Sólo así? ¿No piensa ni siquiera cotejar, o intentar hacerlo?" pensó la joven, queriendo negarse.
—Déjame decirte algo para que sea menos horrendo para ti —interrumpió sus pensamientos Sandor —. No voy a ser gentil, ¿entiendes? Pero si no te resistes, acabaremos más rápido, y sé que no quieres verme más de lo necesario, así que empieza a desnudarte Pajarito
No pudo ni siquiera emitir una respuesta sin sentirse violada con sus palabras. Acumuló todas las fuerzas que tenía para obedecer.
Desanudó su falda lento. Sus manos temblaban con cada nudo que desataba, su corazón intentaba inhumanamente no salirse de su pecho, sus ojos guardaban lágrimas, pues sabía que era inútil derramarlas ahora; volteaba de vez en vez para observar a Sandor hasta que éste último se desesperó, levantándose para voltearla y quitar con sus propias manos la ropa, partiendo a la mitad la parte posterior del vestido.
Por ventaja, no era su favorito.
Sandor empujó a Sansa sobre la cama, alzando su falda y su enagua. Con una mano desabotonó su pantalón para bajarlo y soltar una descomunal erección sobre las sábanas.
—Espera —suplicó ella, batiendo sus manos sobre su pecho —por favor no
—No te resistas —respondió bajando su ropa interior para empezar a tocarla con más aplomo. Enterró sus dientes sobre el cuello de miel de Sansa, oyendo un grito de molestia, coló una mano para rozar sus muslos y sentir cómo su carnosidad se humedecía con el contacto de sus enormes dedos.
La pelirroja ahogó un gemido de dolor. Su cuerpo respondía ante las manos de Sandor, pero su mente aún estaba en letargo; no entendía qué significaba su rubor, o su calambre en la espalda. Respiró hondo, aunque no sirvió de mucho cuando el Perro decidió desgajar su vestido por la parte anterior, dejando expuestos sus duraznos. Apretó las sábanas debajo suyo cuando la boca del hombre los lamió y succionó, moviendo inconscientemente su cadera.
—¿Qué…? No —pidió al ver que el otro se erguía hasta meterse entre sus piernas.
Cerró los ojos, mientras Sandor succionaba su yugular, frotando su enorme erección.
Antes de ser desflorada, la joven apoyó sus manos en los hombros del Perro, rindiéndose ante la avalancha de sensaciones y, sobretodo dolor, que iba a experimentar. No estaba de acuerdo con este acto, pero ese gesto fue su manera de indicarle a Sandor que lo hiciera de una buena vez o se tiraría por la ventana.
Seguía perdida, sentía que todos los cuentos de hadas se habían desvanecido en milésimas con solo sentir la punta de Sandor apretando. Abrió los labios, exhalando gemidos burdos. ¿Por qué hacía esto? Si era distinto a cualquier hombre que se vendía por dinero (pensando en su servicio a los Lannister), ¿por qué?
Sansa arqueó su cuerpo y con debilidad miró a Sandor antes de que la penetrara. Por un momento se detuvo, pero solo eso. Al segundo siguiente, su única base de apoyo eran los hombros del Perro al sentir cómo se deslizaba dentro de ella, cómo aquel miembro la poseía con lujuria y centímetro a centímetro partía su cuerpo en dos. Un calor invadió su entrepierna que le causó escozor en su clítoris. Dolía mucho.
Sandor continuó avanzando con dificultad puesto que las paredes eran vírgenes y Sansa, como no podía relajarse, lo estaba apretando sin saber. Hasta que su miembro chocó contra un obstáculo que confirmaba que la joven seguía siendo doncella. Eso le hizo sonreír internamente, y por alguna razón le causaba alegría saber que era el primer hombre, al punto de no controlarse cuando llegó a tope.
—Eres mía —susurró contra su oído, tomando su cadera para elevarla y enterrarse más.
Sansa enterró las uñas sobre su espalda al tener miedo de lo que pasaría. La voz de Sandor contra su oído, tan cerca y llena de deseo la contrapuso en dos lados opuestos, con sentimientos encontrados. Quería volver a escucharlo, pero a la vez repudiaba que fuera él quien la violara. Soltó una lágrima sin decir nada, ocultando su rostro en el pecho del hombre al sentir una embestida fuerte.
—Mia… —repetía, y Sansa solo soltaba gemidos de queja y dolor.
Cuando sus paredes comenzaron a recibir por completo a Sandor, el dolor se desvaneció instantáneamente. Confundida, pudo abrir sus ojos, mirando cómo él seguía en su labor mirando hacia la pared, encima suyo. De repente se sorprendió a sí misma queriendo que volteara a verla mientras la tomaba.
"Por todos los dioses" pensó, jadeando ahora en busca de saber qué era lo que causaba placer. Enredó sus piernas en la cintura del Perro, mientras él la empujaba más contra su erección por la cadera. Sus grandes manos la manipulaban como quería, y Sansa quedó nublada en medio de deseo, procedente de sentir toda la hombría de Sandor dentro. Lo deseaba, en nombre del santo grial.
El Perro no pasó desapercibido ese cambio en los gemidos de su esposa, cosa que lo complació sobremanera. Agachó la cabeza para grabarse cada facción, cada jadeo, cada movimiento. Le gustaba verla así, tan inocente aún, tan perfectamente hermosa y desnuda. Desde que la vio su belleza lo había cautivado, y tenía oportunidad de enseñarle todo el placer del mundo.
Siguió penetrándola al mismo tiempo que lamía un pezón, mordisqueando un poco. Las manos de Sansa se enredaban en su cabello, sus paredes lo recibían increíblemente bien al punto de ya no soportar más y correrse.
La pelirroja sintió cómo las últimas embestidas eran fuertes y rápidas, provocando ondas placenteras y gemidos desbordados cuyo punto clímax fueron su clítoris siendo frotado incansablemente por la erección de Sandor. Y por primera vez, experimentó un orgasmo cuando su marido se corrió dentro.
Sandor, sosteniendo su peso en sus antebrazos, salió lentamente. En la sábana estaba una mancha de sangre y en su propio pene había un poco también.
"Mi virginidad…" pensó Sansa, aletargada por la actividad y cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, la vergüenza la invadió. Tomó las telas para cubrirse y no lidiar con nada. No quería ver al Perro, era incapaz de sostenerle la mirada ahora. Sentía asco, disgusto, pena por ella misma. Escuchó cómo la cama rechinaba al sostener el peso de Sandor recostado a lado suyo. Permaneció en silencio, dándole la espalda, tratando de no llorar.
Que le cayera un rayo si creyó disfrutar de ese acto tan sórdido contra su persona. ¿Entonces qué fue esa vorágine de placer recorriendo su cuerpo, cuando Sandor tocó su vientre y pechos, cuando la profanó? No podía ser solo un violador desalmado. Ella sentía que había algo más allá de las cicatrices y de ese carácter ruin y descuidado. Su señor empezaba a causarle cierto interés… Y debía descubrir el motivo, aunque el calambre en sus piernas no la tranquilizaba.
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Gracias por leer. Sansa cambia de actitud, y si, puede ser algo desesperante, pero… bueno, al siguiente capi estarán más claras sus ideas. Espero les esté gustando
