Capítulo 02
A Marcus Brodor la naturaleza le había proporcionado un cuerpo resistente a la temperatura que ese invierno estaba trayendo consigo. Era grande en todas sus direcciones y estaba acostumbrado a tener que mirar a la gente desde arriba y a ponerse de lado cuando había que pasar por algún sitio estrecho. Acorde con una persona que tenía que gastar casi toda su energía en mover su propia masa, Marcus era de carácter pacífico y conciliador, sin embargo, guardaba una reserva de determinación que sabía explotar en su propio beneficio y no dudaba en hacerlo cuando lo consideraba necesario.
En sus inicios como policía guardaba la forma de un jugador de rugby y se movía a una velocidad que sorprendía dado su tamaño. Aprovechaba su imponente presencia para no tener que emplear la fuerza física ya que había aprendido que aunque a él sintiera el dolor igual que el resto, la gente no veía con buenos ojos que se defendiera cuando su adversario no sumaba ni la tercera parte de su peso. Los años tras una mesa y el descuido propio de su carácter, habían conseguido invertir su forma y cuando antes sus hombros eran la parte más ancha de su anatomía, ahora el mayor grosor se acumulaba a la altura de la tripa, en un orondo michelín que le proporcionaba la mayoría de las peleas con su mujer.
La idea que Marcus había codiciado en un principio era convertirse en quizá incluso comisionado, o por lo menos eso le había dicho a su mujer por aquel entonces, aunque en el fondo sabía que la cumbre de su carrera iba a ser teniente. Para cuando le dieron su nueva y última acreditación, tras las pruebas pertinentes, ya había asumido hacía tiempo que no era una persona hecha para estar perpetuamente detrás de una mesa coordinando agentes. Quizá era que no quería verse desconectado de las calles o tal vez era por el repelús que sentía con todo aquello que tuviese que ver con política. No estaba seguro de la razón, pero no se arrepentía de los 26 años que llevaba pateando aquella ciudad 12 de ellos como detective de homicidios y 5 como teniente. Así que esa noche se había levantado cuando el teléfono sonó, había dado un beso de despedida a su mujer, la cual murmuró algo sobre un buen abrigo para el frío y había partido hacia el parque de la unión donde una nueva víctima le esperaba.
El café que sostenía ahora entre sus manos no conseguía calentar más que la punta de sus dedos y no le hubiese importado que el asesino hubiera tenido la consideración de hacer sus labores bajo techo, pero ¿Qué se podía esperar de alguien que se dedica a arrancar la vida de un joven sin mayor conciencia que la que pudiera tener un dictador caprichoso? Dio un sorbo al vaso de cartón, torciendo el gesto cuando notó que el líquido comenzaba a enfriarse. Estaba convencido de que si lo dejaba el tiempo suficiente tendría un polo de café. Maldito tiempo. Era uno de los inviernos más fríos que recordaba y dada su edad podía recordar bastantes. Lo único bueno que tenía es que la mayoría de la gente prefería quedarse en sus casas, chabolas o tugurios y no tenían mucho movimiento, especialmente por las noches.
Pateó el suelo con fuerza, no del todo convencido de que sus pies siguieran al final de sus piernas o ya hubieran decidido emigrar a lugares más cálidos, y después dirigió la mirada hacia el cadáver que aparecía tendido boca abajo sobre el pulcro césped del parque. No estaba seguro de si sería por la pérdida de sangre o por el frío que lo rodeaba, pero el cuerpo mostraba un tono azulado que no pudo dejar de asociar a una figura de hielo. Tenía los ojos abiertos y ya presentaban una cierta película que velaba el iris haciendo difícil saber de qué color eran. Marcus se arrodilló tentado de cerrar los párpados del muchacho y así dejarle descansar por fin. Su cara no era ya la de un niño pero tampoco era la de un adulto y dudaba que hiciera mucho que había empezado a afeitarse. Los científicos todavía seguían recogiendo muestras y pruebas, trabajando como abejas y emitiendo un único zumbido que Marcus no lograba desentrañar del todo. Suspiró aliviado cuando vio bajar de uno de los coches aparcados al otro lado de la cinta a su compañera, quizá no fuera una persona que normalmente quisiera tener al lado, pero al menos a ella era capaz de entenderla.
Sheila Jamet era la antítesis de Marcus. Pequeña y delgada parecía que al moverse la estuvieran dando descargas eléctricas. No solía mantenerse más de dos segundo quieta y durante ese tiempo no paraba de jugar con los anillos de sus manos o con el colgante de su cuello. Con un carácter que Marcus describía de vibrante, no parecía que hubiese nada que desalentara a aquella chica y eso ponía de los nervios a la mayoría de la gente. Sólo llevaba un año en homicidios y seis meses como compañera de Marcus y aunque no se dedicaran a salir a tomar unas cañas después del trabajo, ambos habían llegado a una especie de equilibrio que les permitía funcionar de forma eficiente.
Sheila levantó una mano para indicarle que le había visto y bajó con paso ligero la cuesta. Marcus se preguntaba cómo era capaz de mantener la estabilidad sobre esos tacones, por muy anchos que fueran. Sin embargo había visto correr a su compañera con ellos e interceptar a más de uno con placajes que harían sentirse orgulloso a cualquier entrenador de rugby. Tenía que reconocer que ella sabía sacarle partido, sobre todo cuando usaba la cuadrada base en pies de personas reticentes a hablar. Seguramente su mujer tenía razón y era cosa de acostumbrarse. Inconscientemente se encogió de hombros, mientras ella desempeñara bien su trabajo, no sería él quien se quejase de su indumentaria y a pesar de la corta cazadora de cuero con interior de borrego que llevaba y los pantalones ajustados que no parecían ser capaces de proteger de la temperatura exterior, todavía no había cogido ningún día de baja por enfermedad. Marcus lo achacaba a toda esa energía que la muchacha guardaba en su interior, debía de funcionar como una especie de pila radiactiva. Seguro que era de esas que desprendía calor por la noche. Sacudiendo la cabeza ante las imágenes que de repente habían asaltado sus pensamientos sin invitación, trató de centrar su atención en el cuerpo que descansaba a escasos pies de distancia.
La grava crujió cuando la muchacha detuvo sus pasos a su lado. La vio echarse el rizado pelo negro hacia atrás y posteriormente volver a colocarlo cubriendo sus orejas al tiempo que sus labios se fruncían en un mohín de disgusto. Marcus sabía que al final de la noche acabaría en una cola de caballo o en un moño hecho con un lápiz si no encontraba una goma. Ella le dio un codazo amistoso a modo de saludo y se frotó con fuerza las manos soplando sobre ellas para conferirlas algo del calor que la noche se obstinaba en robarle.
- Pero que frío hace. Mira, creo que tengo la punta de la nariz congelada ¿Y mis orejas? Seguro que si las toco se me caen. ¿Este es el cuerpo? Es solo un crío ¿Qué tendrá, 18 años? Puf igual ni eso. Cualquiera diría que son las dos de la madrugada, qué cantidad de gente ¿Hacía falta tanto foco? Si con la luna que hay no hace falta nada de luz ¿Tienes café? ¿Me das un poco? En serio, estoy helada.
Marcus estaba acostumbrado a la verborrea de Sheila y se limitó a asentir o a negar con la cabeza en cada momento. Cuando su compañera estaba presente la cantidad de palabras que Marcus llegaba a decir se podían contar con los dedos de la mano. Sin embargo Sheila se adaptaba con rapidez al ritmo de su compañero y sus preguntas comenzaron a ser menos seguidas, incluso dando la posibilidad de contestar.
- ¿Tenemos un nombre?
- Brian Adler, 19 años. Una cuchillada, se desangró aquí mismo.
Sheila torció el gesto y se acercó al cadáver sin sacar las manos de los bolsillos.
- ¿Los de la científica ya han terminado? ¿Hay algún sospechoso, algún detenido?
- Si y no, - respondió Marcus desistiendo con el café. - Ni siquiera sabemos quién lo encontró.
- ¿Llamada anónima?
Marcus asintió y se disponía a decir algo más cuando un agente llegó a la carrera, resbaló ligeramente sobre el congelado asfalto y se detuvo con poca gracia delante de los dos detectives.
- Señor, tenemos otro cadáver.
Marcus no era un hombre especialmente imaginativo y muchas veces había dado gracias a esa incapacidad suya para salirse más allá de lo que sus ojos veían. Sin embargo esa escena le mostraba algo más que una muchacha envuelta en plástico negro. Los ojos totalmente abiertos le hablaban de un miedo arraigado en el corazón, los dedos crispados de una lucha injusta y la boca parecía estar emitiendo todavía el último suspiro. El veterano detective sabía que ya había visto esto antes y temía las implicaciones que acarrearía el descubrimiento. Miró por encima de su hombro, deseando por un momento poder echar tierra sobre aquel cadáver y hacer como que nunca lo habían encontrado. Pero no cabía esa posibilidad y la transformación, de lo que hasta entonces había sido una especulación, a una realidad innegable, no hacía sino poner un pesado lastre a un alma de por sí cansada. Una mano se alzó para frotar unos ojos que habían visto demasiado en muy poco tiempo, pero el gesto no trajo confort, ni borró la imagen que se extendía a sus pies.
- Llama a los chicos de la científica - dijo Marcus sin preocuparse de quién se adjudicara el papel de emisario.
Notó una mano que se cerraba sobre su brazo y necesitó de ese contacto físico como hilo de Ariadna para recordar el camino de vuelta a la realidad. Se giró hacia unos ojos que le miraban con ligera preocupación, hacia qué o por quién, no estaba seguro, pero tampoco quería saberlo.
- Es una de ellas ¿Verdad? Una de las chicas de las que habla DiNozzo.
Marcus suspiró y sacudió pesadamente la cabeza. Escuchó como Sheila dejaba escapar un quedo silbido.
- Esto va a traer cola, - dijo la muchacha fijando su atención en el cadáver.
