Serie: One life, one story.

Rating: M {Violación y lenguaje soez}.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el dueño de todo músculo de Kuroko no Basket.


Haizaki: Principio

No pretendía follármelo.

En principio, y siendo claros, quería darle una paliza. No por nada relacionado con el club o por el hecho de que se creyese mucho más bueno en la cancha que yo. Es que el gilipollas me caía mal. Su puta actitud me molestaba desde que empezó a familiarizarse con el equipo e iba destacando entre los miembros; siempre con su estúpida sonrisa, su necesidad por destacar, por estar al frente.

Pero el niño era más falso que un duro de madera. Y a mí no me la pegaba.

—¡Haizaki, basta! No puedo estar perdiendo el tiempo por culpa de tus estúpidos caprichos. ¿Qué es lo que quieres?

Me cabreó. E insistí en tener una charla de esas que se dan en la intimidad, por lo que le arrastré a la parte de atrás de la tienda que hay junto a la escuela. Él no dejaba de patalear e intentar crear un espacio que le permitiese mantenerme vigilado. Y cuando no se lo permití me enfrentó.

¿Quién pensaría que el prodigio de los cojones tendría la fuerza suficiente para encajarme un golpe? Le hundí los nudillos en el estómago y la rodilla en la cara. Y no volvió a dar el coñazo. No me di cuenta de que se había desmallado hasta que en mi búsqueda de la humillación absoluta, me lo tiré. Y hombre, visto de espaldas parece una mujer, así que…

—¡Aah…! ¡Agh! ¡Nh! ¡Mmnh! —cuando gime también parece una mujer. ¿Pero qué…?

Me moví más rápido, enterrándole la polla hasta que era imposible que se la tragase más. Frenando sus inútiles intentos por levantarse y volviendo a embestirlo hasta dejarlo sin aire. Me he corrido dos veces y todo el semen está intentando salir de él cada vez que retrocedo, dándome una idea de cómo puedo acabar la tercera vez. No sé si es su cintura estrecha, la situación en la que estamos o los gemidos que me está soltando, pero me ha puesto cachondo de verdad.

—¡Haizaki…! —intentó gritarme y fulminarme con la mirada cuando salí de él, lo cogí de un brazo y lo arrastré hasta dejarle sentadito contra la verja oxidada que bloqueaba la parcela. Le quedaba la voluntad para darme un manotazo, pero le calmé con un puntapié antes de agarrarle del pelo y correrme sobre su cara. Hablando de humillaciones…

—Estaba equivocado, Kise. Tienes potencial para mucho —escupí, juraría que con una sonrisa satisfecha, mientras me arreglaba el pantalón—. En todos los equipos tiene que haber un come-mierda como tú, así que esfuérzate. Puede que llegues a ser la putilla de alguno de los cinco. O puede que de todos a la vez.

Me agaché a su altura y le quité el cinturón de los pantalones, ahora en los tobillos. Le cogí las manos, a lo que él volvió a retorcerse con menos entusiasmo, y se las até a la valla. Cogiéndole del mentón, hice que me mirara. El muy quejica ha llorado y todo.

—Aunque tú ya le has echado el ojo a uno, ¿eh, marica? —se puso pálido, y casi desee volver a follármelo. Le di una palmada antes de levantarme—. Alégrate y espera un rato. Mandaré a algunos amigos a los que les encantan las rubias.

Saqué el teléfono y lo escuché llamarme. La verja vibró al son de su desespero por soltarse, pero lo ignoré, le di una patada a su mochila y salí del callejón, preguntándome con que tía debería quedar aquella noche. Pasé los terrenos del instituto y seguí de largo hacia la parada del autobús.

Fue cuando vi aparecer al que me ayudaría a estarme riendo de Kise toda mi vida.