Bueno, el capítulo es ligeramente más cortito, pero quería darle cierto golpe de efecto. Gracias a Aurora Caelestis por su review :3

Pdt. Por si alguien tiene curiosidad sobre mi perfil, que sepa que fanfiction no me quiere y solo se puede acceder a él desde la versión móvil (que consiste en poner "m." delante del "fanfiction".


Capítulo 2: En realidad, 1 de septiembre de 1977

El carruaje se detiene bruscamente frente al colegio. Albus sale el primero, seguida de Rose y de Scorpius, y mira a ambos lados. Aún tiene la esperanza de encontrar a sus amigos de camino al Gran Comedor.

―Venga, muévete― le ordena Rose empujándolo hacia delante―, hace frío.

Sonríe. Le sale solo, natural. Por supuesto, Rose siempre ha sido una friolera. Algunos de sus mejores recuerdos de infancia tenían lugar frente a la chimenea de su casa, montando puzles y cosas así.

―Eres una mandona― protesta mientras sube el primer escalón de piedra de la entrada.

Rose le saca la lengua.

―¡Scorpius, defiéndeme!― le pide tirando de él.

―A mí no me metas― pide adelantándose.

Albus espera a que, por lo menos, se haya alejado un par de zancadas para mirar a Rose.

―Tu amigo… ¿odia a todo el mundo o simplemente tiene un problema conmigo?

Rose se detiene y aprieta los labios.

―No seas injusto con él, es normal que se muestre reticente. Tengo cuatro primos mayores que han decidido asumir las opiniones y preocupaciones de mi padre― se pasa una mano por el pelo y niega suavemente la cabeza―. No ha sido precisamente fácil, ¿sabes?

―Yo nunca le he hecho nada― protesta―. Soy educado.

Rose se encoge ligeramente de hombros. Es un movimiento casi imperceptible, pero todos sus rizos se mueven al compás.

―No es a mí a quién tienes que convencer― dice mientras le hace un gesto a Scorpius para que la espere.

Albus resopla y la sigue. Ni que quisiera ser amigo de Malfoy.

―Bueno, Rose― murmura alcanzándola―, supongo que mañana nos veremos en alguna clase.

―Hasta mañana, A…

Rose se detiene en la puerta del Gran Comedor, con la vista fija en el fondo de la sala. Albus la mira extrañado.

―¿Qué haces ahí parada?

―Rose, vamos.

Pero Rose no se mueve. Se queda allí quieta, muy quieta, con la boca entreabierta. Scorpius tira de su brazo y ella trastabilla. Enfoca en él su mirada.

―Estoy alucinando― farfulla mientras se incorpora―. Esto tiene que ser un sueño.

―Rose, ¿de qué estás hablando?

Levanta su dedo índice y señala. Albus se voltea, siguiendo la dirección y tarda un par de segundos en reaccionar.

―Imposible― murmura Scorpius a su lado.

Es una confirmación. Una confirmación de que no se lo está inventando. De que, sea lo que sea que esté pasando, les afecta a los tres por igual. Allí, en medio de la mesa de los profesores, está Albus Dumbledore.


―Imposible― repite Scorpius sin parpadear.

Están clavados en la entrada al Gran Comedor. Los pocos alumnos que han cogido tarde el carruaje les miran con curiosidad al pasar, pero ellos les ignoran.

No pueden estar viendo a Albus Dumbledore: ese hombre lleva muerto, por lo menos, un millón de años.

―Es imposible― concuerda Rose.

Pero parece real. Muy real. Tiene la barba larga y blanca y unas gafas de media luna, como los cuadros, y está hablando con un Filius Flitwick que aún conserva el color en el pelo. Es demasiado raro.

―Chicos, sentaros en vuestros sitios: la selección está a punto de empezar.

Los tres pegan un salto, sorprendidos. Frente a ellos está McGonagall, con su expresión seria de siempre. Pero su rostro no está plagado de arrugas y su cabello, aunque empieza a encanecer, mantiene en su mayor parte el color castaño.

Albus gime, provocando que la profesora se fije en él. Y que luego pase la vista a Rose y se detenga en su placa de prefecto. Apenas se fija en Scorpius: saca la varita y frunce el ceño.

Además, y con bastante disimulo, tira de los pomos de los portones del Gran Comedor hasta que se cierra con ellos fuera. Albus imagina que lo que quiere evitar es llamar la atención.

―Allí― señala hacia una pequeña habitación que, según Albus recuerda, está llena de cuadros y de cachivaches.

―¿Pro…? ¿Profesora?― pregunta Rose con un ápice de terror en su tono. Albus no puede culparla.

Es incapaz de leer las emociones en su rostro. Y eso le asusta más que nada. La profesor McGonagall siempre ha sido un libro abierto. Sabe cuándo está enfadada porque arruga el ceño y aprieta los labios. Y cuando está contenta siempre se le ensanchan un poco los labios, aunque ella cree que es perfectamente capaz de controlarlo.

Pero está blanca. No puede ser buena señal.

―Como no empecéis a moveros os juro que no tendré problemas en utilizar mi varita.

Ve a Rose boquear por el rabillo del ojo y a Scorpius arrugar el ceño.

―Venga, vamos― dice tirando de ella. Albus ve como dan un paso, dos, y entonces reacciona.

Los sigue hasta la habitación de los retratos y los cachivaches.


En cuanto McGonagall cierra la puerta dejándolos dentro, Albus se lanza en contra de ella e intenta abrirla.

Pero de nada sirve: está cerrada.

―Joder― murmura volteándose. Oye a su alrededor, a los cuadros, cuchichear y siente el impulso de gritarles que le dejen en paz.

Se deja resbalar hasta sentarse y suspira.

―¿Cuánto tiempo nos van a dejar aquí?― Rose está apoyada en uno de los brazos de Scorpius, quién se mantiene de pie y con expresión seria.

Parece una estatua de mármol a la que han pintado.

―No mucho― promete Albus.

Rose asiente, pero tampoco da pie a más conversación, así que simplemente se dedica a mirar algunos de los cachivaches de la habitación.

―¿Cuántas posibilidades puede haber?

Albus pega un respingo cuando Scorpius rompe el silencio. No se le nota nervioso, no tanto como lo está él. O Rose.

―¿Cuántas posibilidad hay de qué?― pregunta incómodo Albus. No tiene claro que sea buena idea seguirle la corriente.

―De que esto no sea un sueño. De que de verdad esté pasando. De que nos hayan encerrado aquí porque nos consideren una amenaza.

―¿Amenaza?― repite Rose separándose de él.

―No nos van a hacer nada.

―¿Y, entonces, por qué estamos aquí? ¿Encerrados?

Albus aparta la mirada, incómodo. No quiere seguir con esa conversación. No quiere que Rose se ponga, aún, más nerviosa. Y no quiere ponerse tampoco él.

―Una― murmura Scorpius al cabo de un rato―. Había una entre millones. Y nos ha tocado a nosotros.

Albus parpadea. Nota como un sentimiento de molestia va subiendo por su pecho. ¿Una entre cuántas? No era cosa del destino ni de las probabilidades.

Fuera lo que fuera lo que había pasado tenía un único culpable: Scorpius Malfoy.

―¡Cállate!― grita apoyándose sobre sus rodillas y haciendo el amago de levantarse―. ¿Sabes por qué estamos aquí? Porque a ti se te ocurrió ir detrás de unos chavales. ¡A ti! Así que cállate y aguanta.

Scorpius aprieta los labios.

―Potter, no se te ocurra volv…

―¡Oh, vosotros dos! ¿Podéis callaros?― Rose da un par de pasos hacia delante, como poniéndose en medio de los dos―. Esto no está pasando porque es imposible. Estoy segura. Solo… solo es un sueño, ¿vale?

El silencio se instaura entre los dos. Albus no quiere ser el primero en ceder, pero Scorpius parece tan impasible que acaba encogiéndose de hombros.

―Tienes razón, Rose― murmura volviendo a recostarse sobre la puerta. Pero no aparta la mirada de Scorpius.

Ha tenido una revelación y no piensa ignorarla.


Cuando Albus ya está seguro de que el sueño de Rose (porque ha decidido que es suyo) no podía ser más aburrido (ni más hambriento), la puerta que da al Gran Comedor se abre.

Albus se levanta de un salto. Siente el corazón latiéndole a mil por hora y está nervioso. De pronto, solo puede recordar las palabras de Scorpius. ¿Qué si les consideran peligrosos?

McGonagall espera a que el profesor Albus Dumbledore entre en la sala y, entonces, cierra la puerta tras de ella.

―Ya veo lo que me decías, Minerva― murmura Dumbledore pasando la mirada sobre ellos. A Albus ya no se le antoja un anciano amable, como el de los retratos.

―¿Y qué vamos a hacer?― Minerva se inclina ligeramente hacia Dumbledore, de manera confidencial.

Albus se tiene que morder la lengua para no saltar. No soporta que estén hablando sobre ellos como si no estuvieran allí.

―¿Cómo que qué van a hacer?

Y lo consigue. Es Rose la que ha hablado. Ha dado un par de pasos hacia delante y tiene el rostro tintado de pánico.

―Sin duda se han colado en el colegio― asiente Dumbledore dando un par de pasos hacia delante. Lleva una túnica añil y la punta de la barba decorada con una cinta―. Deberíamos encerrarles en un aula vacía para luego interrogarlos.

―¿Per…?― comienza a decir Scorpius, pero la voz de Rose le silencia.

―No pueden encerrarnos. Nuestros padres son importantes, ¡se quejarán! ¡Les echarán de su puesto de trabajo! ¡Su… su padre es el Elegido!― Rose lo señala con el dedo con vehemencia― ¡Mi madre…!

Rose le mira. Tiene los ojos, sus preciosos ojos azules, abiertos de par en par y su respiración es irregular. Albus ha aprovechado su discurso para dar un par de zancadas y colocarse junto a ella.

―Tranquila― musita. Ella se aferra a su mano y asiente.

Albus nunca ha visto tan claro que su prima estaba a punto de echarse a llorar.

―Miren, en realidad nosotros no nos hemos colado en ningún sitio― Scorpius aprovecha para intervenir. Al otro lado de la sala, Dumbledore y la profesora McGonagall los miran con curiosidad―. Nosotros… venimos del futuro.

Albus abre y cierra la boca tontamente. ¿Por qué ha tenido que decirlo así? Es ilógico. Completamente ilógico.

La profesora McGonagall bufa al otro lado de la sala.

―¿Del futuro, decís?― Dumbledore da un par de pasos hacia ellos con expresión curiosa.

―¡Albus! Están diciendo disparates para que los…

―Aunque no lo crea, nosotros estamos tan confusos como ustedes― insiste Scorpius. Albus no puede evitar sorprenderse de que hable tan bien―. Tenemos algo que quizá les convenza más… Rose, por favor, ¿me prestas tu novela?

Rose se suelta y saca de su bolso la novela de tapas negras. La mira un instante (y la serpiente se desliza tétricamente sobre la tapa) antes de ofrecerla al aire.

―Miren― Scorpius se la arrebata y abre la primera página del libro.

Dumbledore acepta el libro y lo mira con curiosidad.

―Minerva, pone que ha sido impreso en enero del año 2022― comenta divertido.

―No es como si fuera algo difícil de falsear― protesta la profesora McGonagall sin hacer el menor interés en comprobarlo―. Son espías. Solo están intentando engañarnos.

―Probablemente― asiente Dumbledore casi divertido―, pero lo del libro es un detalle. "Amor en tiempos de muerte. Primera parte"…

―No somos espías― protesta suavemente Rose. Albus no está seguro de que alguien más aparte de él la haya escuchado.

―Entiendo que sea difícil de entender, pero no les estamos mintiendo― insiste Scorpius―. Quizá podríamos contarles algo sobre el futuro que les convenza. Algún detalle de… algo.

Y de pronto, Albus se da cuenta de que Scorpius no está sereno como una estatua de mármol. Está asustado, tanto como ellos, y un poco desesperado.

Dumbledore debe de verlo también, porque asiente levemente.

―Hagamos una cosa. Minerva, acompáñalos a mi despacho. Mandaré un elfo doméstico con algo de comida y, mientras tanto, comprobaré sus baúles.

Scorpius dibuja en sus labios una media sonrisa llena de alivio.


―Les creemos.

Albus traga saliva y jamás se ha sentido tan aliviado. Ve como Rose suspira y se hunde en su asiento y a Scorpius taparse la cara con las manos.

―¿En serio?

―Por supuesto. No tienen ningún tipo de equipaje y sus caras parecen lo más inocentes― se encoge de hombros mientras atraviesa su despacho y se sienta en su silla. Sobre la mesa descansas tres platos a medio terminar―. Lo que me ha convencido, sin lugar a dudas, es que llevaseis la placa de prefectos. No creo que ningún espía fuera tan tonto como para llevarla.

Albus oye una risita a su espalda, proveniente de uno de los cuadros, pero no se molesta en girar la cabeza. Por un momento ha pasado miedo, miedo de verdad.

Y ahora parece que pronto habrá una solución.

―La pregunta ahora es… ¿qué vamos a hacer con vosotros?

―Mandarnos de vuelta a nuestro tiempo― resuelve con soltura Scorpius―. Aquí no pintamos nada.

―Ese es nuestro plan a largo plazo― Dumbledore sonríe―, pero tenemos que pensar en corto plazo. ¿Por qué no empezáis presentándoos?

Es amable. Mucho más amable que al principio, pero eso no implica que vayan a confiar más en él. Albus aparta la mirada, deseando que no lo escoja a él. No sabría qué decir.

―¿Por qué no empiezas tú?― Rose parpadea y mira a los dos lados, un poco abochornada.

―¿Yo?― Dumbledore asiente brevemente y ella toma aire―. Bueno, me llamo Rose. Rose Weasley. Y… voy, vamos, a sexto. Y… ¿tengo que decir algo más?

―No, Rose, eso es suficiente. Tú.

Scorpius se incorpora un poco en la silla y le mira desafiante, como retándole a decir algo.

―Me llamo Scorpius Malfoy, señor.

―Encantado, Scorpius.

Es su turno, el de Albus. No hay manera de evitarlo. Siempre ha sentido admiración por el Albus original, un mago poderoso y valiente. Alguien a que su padre apreciaba.

Pero la idea de que pueda sentirse decepcionado o enfadado le empieza a poner nervioso. ¿Y si hace preguntas?

―Yo soy Albus― suelta de golpe, sin esperar a que le pregunte―. Potter.

Dumbledore no hace ninguna muestra de reconocimiento. Simplemente asiente y le saluda, exactamente como al resto. Albus se da cuenta de que la profesora McGonagall le mira con curiosidad, desde su posición de espectadora, pero no dice nada.

Se aclara la garganta nervioso y se revuelve en su asiento.

―Sin duda sois personas singulares. Supongo que entenderéis que importancia de que nadie sepa nada sobre su futuro, ¿cierto? De no llamar la atención…

Albus arruga el ceño.

―¿Qué quiere decir?― Scorpius se remueve en su asiento, incómodo.

―En primer lugar, y siempre que a Minerva no le importe, os incorporareis a la casa Gryffindor.

―Pero, señor…

―El motivo es completamente racional: ella está al tanto de su situación y podrá ayudarlos― la interrumpe Dumbledore―. Además, cuantas menos personas lo sepan mejor. En segundo lugar, necesito que me deis esas placas de prefectos.

Rose deja caer con un suspiro su placa sobre la mesa. Albus sabe, por boca de Hugo, que le encanta ese pequeño trozo de metal.

―Estaban tan orgullosos de mí― murmura casi para si―. Mis padres― añade mirando a Dumbledore fijamente―, dieron una fiesta y todo.

―A mí me regalaron una escoba nueva― aporta Scorpius dejando la suya la lado de la de Rose―. ¿Ahora vamos a hablar de nuestros nombres?

Dumbledore sonríe.

―Un muchacho inteligente, señor Malfoy. Por supuesto, si intentan llamar la atención lo menos posible no creo que sea un problema que los mantengan.

Scorpius asiente.

―Minerva, ¿te importaría llevarlos hasta su dormitorio? Mandaré a un elfo para que haga los cambios correspondientes.

―Vamos― la profesora McGonagall abre la puerta del despacho.


―Mañana tendréis que decidir a qué clases queréis asistir― les indica la profesora McGonagall.

Acaban de atravesar el retrato de la Dama Gorda (Ignorancia sabia) y la sala común está desierta. Parece que han estado más tiempo del que se creían en el despacho del director.

―Como no tenemos los resultados de vuestros TIMOS, asumiremos lo mejor. Intenten pensar qué asignaturas quieren cursar este año. Si alguien les pregunta, han estudiado en casa y, debido a los últimos acontecimientos, vuestros padres han decidido que estaríais más seguros en Hogwarts. ¿Tenéis alguna duda?

Albus duda. En realidad sí, tiene como un millón de preguntas. Entre ellas cuánto tardarán en devolverles a su tiempo. Pero decide callarse.

―¿En qué año estamos?

―1 de septiembre de 1977. Hoy es jueves, señorita Weasley.

1 de septiembre de 1977, se repite Albus.

Continuará.


Bueno, ¿qué os ha parecido? :3