Antes de ver su imagen, antes incluso de percibir su aroma, o de distinguir su rubia cabeza entre la marea de niños, sabe que se acerca a ella

Antes de ver su imagen, antes incluso de percibir su aroma, o de distinguir su rubia cabeza entre la marea de niños, sabe que se acerca a ella. Se deleita por un instante con el familiar hormigueo en su estómago, que anticipa su presencia. Decenas de años, y las mariposas siguen bailando en su interior cada vez que lo ve.

¿Por qué no va a ser así? Siempre ha sido así. Incluso antes de conocerlo, incluso antes de encontrarse con él por primera vez, sabía que iba a ser así. Encontrarlo fue hallar el pedazo que le faltaba a su alma. Porque sabe que tiene un alma. ¿Cómo no va a tenerla, si la mitad de ella está ahí, ante sus ojos caminando en su dirección?

Pero no está bien. Lo sabe. No necesita una visión para eso, lo conoce demasiado. Antes de que diga nada, antes de que se acerque, sabe que hoy no lo está llevando bien. Lo ve en sus ojos, en el modo en que encorva ligeramente los hombros, en la forma en que se mueve, evitando de manera casi imperceptible cualquier roce con las decenas de alumnos que abarrotan el pasillo. Acaba de tener otro mal día. Un día muy malo.

Se fuerza a sonreír, a intentar infundirle ánimos con ese gesto. Quiere decirle sólo con su sonrisa que lo sabe, que lo entiende, y que siempre lo apoyará y lo disculpará, aunque él no se disculpe a sí mismo.

A pocos pasos de ella, él responde a su sonrisa. Ralentiza un instante el ritmo de sus rápidas zancadas, seguras, arrogantes, y sonríe. Abiertamente, sinceramente. Y por un momento su rostro recuerda al del muchacho que un día debió de ser. Antes de que la violencia y la sangre entraran en su vida. Antes del horror y las pesadillas.

Ella no sabe que ha cambiado, ni porque, pero tampoco le importa. Cuando se detiene frente a ella y la mira a los ojos, sonriendo, todo lo demás desaparece de su vista. No se hablan. No se tocan. No lo necesitan. Las palabras no pueden expresar más de lo que ese simple cruce de miradas está diciendo ya. Adjetivos, nombres y verbos empequeñecen bajo la fuerza de sus emociones. Las caricias de sus dedos no pueden igualar al roce desnudo de sus miradas. No necesitan del sonido ni del contacto para decirse lo que ambos saben. Que se aman.

Que son uno del otro desde siempre y hasta el fin de la eternidad.

………….

Es bastante corto, lo sé. Quería hacer una versión del final del día desde el punto de vista de Alice, pero mientras estaba escribiéndolo se me ocurrió otra idea, bastante más humorística, y era incapaz de seguirlo sin hacer un chiste que, la verdad, no me parecía que encajara. Así que creo que lo dejaré así, y me pondré con la otra historia. (Necesito sacarme ese chiste de la cabeza como sea!!)

Y si habéis llegado hasta aquí, gracias por leerme. Aunque os lo agradecería mucho más si apretarais el dichoso botoncito. ;)