ACCIÓN
There is no parasol that would shelter this weather. Oil and Water, Incubus
3.
Miscible
Miscible, Quím.: son sustancias miscibles las que pueden ser mezcladas.
−Creo que ha llegado el momento –dijo ella. Apoyó sus palmas, firmes, sobre la mesa.
Él no contestó.
Luego, alargó el silencio.
−Creo que ya lo hablamos… −susurró al fin, aunque dubitativo.
−A ellos les está yendo bien. Yamato y Sora rompieron una relación de una década que parecía forjada en mármol. Y míralos ahora.
Sus frases eran firmes, seguras. Las de él, enclenques, endebles. Se arregló los anteojos. Ella sonrió, reconociendo allí su gesto de nerviosismo.
−Nosotros no somos ellos.
−No. Somos nosotros.
El joven dio un sorbo a su café. Siempre lo tomaba negro. Ella, con canela y crema.
−Pensé que estabas contenta con nosotros… −A veces, él no podía leerla, y por eso le preocupaba que sus ideas cambiaran. Probablemente no se enteraría.
−Soy muy feliz contigo –Estiró su mano sobre la mesa y apretó sus dedos largos. Siempre tenía las uñas rectas y bien limadas−. Pienso que ya ha pasado un tiempo prudencial.
Ella tenía la costumbre de unir frases inconexas. Hablaba con firmeza, sí, pero sin orden y sin concluir sus ideas. Era una persona espiritual a la que debía entendérsela y completarle las palabras.
Él, no se sentía a la altura.
−Hay muchos riesgos –recalcó.
−La vida está hecha de riesgos —remató.
Terminó su café negro y miró nervioso a los lados. Cada vez que se citaban en público, él buscaba un lugar lejano, distante, ausente. Ocupaban una mesa lejos de ventanas, tras una columna o en el sótano. Rara vez se dejaban ver dos veces por el mismo lugar.
−¿No nos conocimos acaso viviendo aventuras? –volvió a arremeter, ella, apretando más sus palmas sobre la mesa.
−Esto no es una aventura. Es la vida real —contestó, con seriedad.
Ella se estiró hacia atrás, apoyando las manos en el borde de la mesa. Levantó una ceja. Pensó que la había hecho molestar.
−No te molestes conmigo –pidió, rozándole los dedos−. Lo que quiero decir es que nosotros no somos una aventura.
−Justamente –afirmó, con seriedad.
−… ¿justamente por eso te molestas…?
−No. Justamente.
El joven se revolvió inquieto en su silla, ya sin intentar tomarle la mano. Volvió a acomodarse los anteojos y, en un rápido movimiento, ella se los arrebató.
−Sé que te tocas los anteojos cuando estás nervioso.
−¡No estoy nervioso! –protestó.
−Entonces, pienso que ya es hora.
Sin anteojos, pudo apretarse la cara con las palmas al apoyar los codos sobre la mesa.
−Hemos vuelto al principio…
−Tal vez la vida es un círculo.
Pidió otro café, pensó que tendrían para un largo rato. Ella aún revolvía el suyo, la crema se había desarmado en pequeñas montañitas en el fondo de su taza. Oía un barullo ininterrumpido, constante y ausente. Se sentía en una burbuja, con ella, oliendo a canela. La joven tenía migas en la barbilla.
−¿Por qué quieres cambiar lo que tenemos? –reinició la charla, sabiendo que se metía en la boca del lobo, pero le gustaba complacerla.
No era caprichosa ni malcriada y sorprendía más por certezas y sonrisas. A veces tenía sentido del humor y hasta jugaba o embromaba a sus amigos. Siempre pensó que ellos dos habían comenzado como una broma, o que tal vez para el resto serían un chiste de buen gusto.
A sus certezas él respondía con dudas y a sus sonrisas con miedos.
−Porque estoy segura. ¿Aún dudas de mí?
−Yo no dudo de ti –dijo, mientras le acariciaba los dedos−. De quien dudo es de mí.
Ella sonrió.
−¿Acaso tienes otra novia compitiendo conmigo?
Debería haber reído, pero muchas veces no podía seguirle los chistes.
−Dudo estar a tu altura –lo dijo, y sin dudar−. ¿No te das cuenta de que cuando sonríes, yo dudo? ¿Qué cuando afirmas, yo pienso? Tú te sientes cómoda en reuniones multitudinarias y yo escapo del primero de agosto. Sonará tonto pero, ¡si tú eres pegamento, yo soy limón!
Soltó una carcajada, él no se lo proponía, pero era muy gracioso. Jamás podría tomarlo como un chiste, porque él era su propia dosis de humor.
Cuando él dudaba, ella repensaba. Cuando él afirmaba, ella consentía.
−Solo te estoy pidiendo que nos des una oportunidad. Hace diez meses que estamos juntos –pidió, devolviéndole los anteojos.
−Me gusta cuando hablas claro.
−A mí me gustas tú, y a veces quiero gritarlo. ¿No sería divertido? Creo que podemos adivinar las reacciones de cada uno de nuestros amigos. ¡La diversión que tendríamos confirmándolo!
Cuando ella se emocionaba, sonreía. Se acercaba hasta la punta de la silla y él podía prever que sus pies quedaban en puntillas, por tener los brazos atravesando la mesa hasta él. Le empalidecían los nudillos.
Cuando ella se emocionaba, él se atontaba. Medicinalmente, no era más que una combinación de sustancias bombardeando su cerebro. Pero con ella nunca pensaba en medicina.
−Está bien, pero debemos empezar por tu hermano –finalizó Jyou, apretándose la frente con pesar—. Y recuérdame recordarte que tengo un pésimo presentimiento sobre esto…
Hikari asintió. Pidió la cuenta y se paró. Lo tomó de la mano.
−Mis tiempos, tus reglas –concluyó.
Notas: ¡Hola! Quedó muy cortito, no pude evitarlo. Sé que algunos estarán desconcertados y hasta decepcionados de que no continúe la historia de Yamato y Miyako. ¡Pero eran historias autoconclusivas!
No me queda más que agradecerle a Scripturiens por haber saltado a la borda de este proyecto y timonearlo (porque, claro, a mí jamás se me habrían ocurrido las genialidades de títulos que pensó).
Y sobre todo, gracias por haber leído y dejado reviews. Me alegraron mis tardes. ¡Hasta el próximo cuento!
