No puedo prometer nada. Aún no sé siquiera lo que pretendo con esto, pero necesito de alguna manera que mi cabeza se mantenga trabajando en algo además de la escuela –y el trabajo, aunque ese me da menos problemas-. Así que… veamos a donde llega a parar esto.
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¿Qué mierda había sido eso?
Su atención estaba en otro lugar. El profesor escribía sobre la pizarra verde, el chirrido de la tiza y el discurso del maestro había pasado a un segundo plano, eran sonidos de fondo junto a los murmullos de sus compañeros de clase. Movía frenéticamente el lápiz entre sus dedos, su mano libre enterrada en su cabellera y rascando su cuero desesperadamente, su quijada apretada hasta que sus dientes rechinaron.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿¡Por qué!?
Su mente estaba en blanco cuando buscaba una respuesta. No había nada que le dijera por qué había hecho eso. Necesitaba salir de ahí. Tenía que alejarse de él, no quería mirarlo. Perdió el control y el lápiz en sus dedos se quebró. Si no se controlaba lo suficiente sería capaz de explotar algo. Mordió su labio inferior buscando distraerse con el dolor pero no consiguió absolutamente nada y la presión de su quijada enterró sus dientes en la fina carne de sus labios hasta lastimarse. El sabor a hierro inundó su boca y percibió un hilo de sangre bajar por su barbilla.
Limpió el líquido rojizo, era caliente contra sus dedos, dio un vistazo rápido y encontró la dentada que el menor había marcado en su piel, recordó lo recién sucedido. La sangre se acumuló en su cabeza y sintió la cara arderle, sin saber si era debido al bochorno o al enojo que aquello le provocaba. Realmente no sabía qué le había pasado allá en los baños.
-¿Midoriya? -Preguntó el maestro -Estaba aquí esta mañana -, el mayor buscó al alumno -¿alguien sabe dónde está?
La simple mención del peliverde le hizo hervir la sangre y quiso romperle la cara si llegaba a verlo, aunque en realidad sabía que si lo veía cruzar por la puerta del salón no sería capaz siquiera de mirarlo. Lamió la herida hasta que el líquido cesó, vio la sangre en sus dedos y a su mente vino la descabellada idea de cómo sería hacer que el chico de ojos verdes la chupara de sus dedos. Furioso se levantó de su asiento y salió del salón a pesar de las protestas del profesor.
Estaba perdiendo la cabeza.
Con pasos bastante violentos caminó por el pasillo y se detuvo al encontrar el bebedero. Presionó el botón que accionaba la llave y metió la cabeza debajo del chorro. Su cabello cenizo alborotado comenzó a caer por la gravedad al estar mojado y su color oscureció un poco. El agua helada le vino perfecta para bajar su temperatura, la cual había subido de golpe tras el pensamiento desagradable y molesto que acababa de tener. Bueno, no estaba tan seguro, era molesto sí, había estado imaginando el rostro del más bajo durante los segundos siguientes a su pensamiento y seguían rondando su cabeza en ese preciso instante, pero de que fuera desagradable no lo creía, porque por más que lo negara y no lo aceptara aunque su vida dependiera de ello, la imagen de su compañero era muy atractiva y voluptuosa.
El vaso de su autocontrol volvió a derramarse y destruyó el bebedero.
Deku, ¿impúdico? ¡Absurdo, alguien tan simplón como él era todo menos erótico!
Necesitaba una mentira mediocre para cuando le preguntaran cómo había sucedido eso. No podía decir que era debido a que sus hormonas se habían alborotado y ahora tenía fantasías extrañas con su antes mejor amigo.
Maldición, no. Que lo enterraran varios metros bajo tierra si llegaba a soltar eso enfrente de alguien.
Llegó a su casa con un llamado de atención y una nota para sus padres sobre el daño de propiedad escolar. Ignoró por completo los gritos de su madre y se encerró en su habitación sin deseos de salir para la hora de la cena.
Se dejó caer sobre la cama, su cara quedó hundida contra la almohada y después de unos segundos ladeó la cabeza al dificultársele el respirar a través del bulto de esponjas y telas. Se sentía extraño. Y aunque no le gustara decirlo, era culpa de Deku.
Su comportamiento cambió después del incidente en el baño de hombres. Había estado ligeramente más manso cuando le llamaron a la oficina del director y al regresar al salón tras el sermón de la importancia de la disciplina y el orden dentro de la institución no miró al de pecas ni una sola vez. A la salida ni siquiera lo molestó, no podía hostigarlo, y se retiró rumbo a su casa sin quemar sus cuadernos ni chamuscar su cabello bajo la mirada confusa de sus adeptos.
Intentó conciliar el sueño, dejando completamente de lado sus deberes escolares, ya se pondría al corriente después. Los primeros minutos su respiración era relajada, un suspiro lento y pausado que le arrulló. Debería ser suficiente para olvidarse de todo y borrar lo sucedido después de la clase de educación física y con eso en mente se quedó dormido.
Grave error.
Se alzó repentinamente de su lugar y volteó a ver el reloj despertador, sólo había dormido quince minutos, su calma se vio interrumpida por el recuerdo de su compañero de ojos esmeraldas. Sin quererlo la imagen volvió a su mente, su piel se erizó y un escalofrío recorrió su espalda desde su cóccix hasta su cuello, podía escuchar sus jadeos claramente contra sus oídos, tragó saliva con dificultad cuando visualizó el rostro lloroso contraído en placer del más bajo, el concupiscente acto que había sido tenerlo frente a él le asaltó en sus pensamientos. Cubrió su boca con una de sus manos y se avergonzó de sí mismo.
Tenía una erección.
A pesar del dolor que le provocaba no se movió, no se levantó, no tenía intenciones de deshacerse de eso si era debido a Deku. No podía, no debía. Formó puños con sus manos y con frustración apretó con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos. ¡¿Qué demonios estaba pasando con él?!
Jugueteó con sus dedos contra la mesa de su pupitre, golpeándolos uno a uno en un ritmo que simulaba un galope. Su vista fija en el pizarrón le permitía evadir las cuestiones del profesor porque no estaba prestando atención alguna a lo que sea que estuviera diciendo. Su ceño se arrugaba cada vez más al pensar en la noche anterior, durante la cual no durmió lo suficiente y pasó la mayoría de esas horas debajo de la regadera fría en lugar de su plácida cama. La imagen recurrente de Izuku masturbándose para él le impidió dormir.
¿Qué estupidez era esto? ¿Por qué le afectaba tanto? Había sido un impulso completamente hormonal, ¿no? ¿Entonces por qué cojones tenía que seguir pensando en aquello? ¡¿Por qué putas Midoriya estaba en sus fantasías?!
¡¿Por qué él de entre todas las personas?!
Su mirada esmeralda estaba clavada en su espalda. Recostado sobre su pupitre, oculto entre sus brazos evadía al profesor. Preocupado había estado mirando a su compañero de cabello rubio desde que llegó al salón. Parecía inquieto, molesto, desesperado, entre otros sentimientos negativos. Su aura se percibía bastante peligrosa. ¿Estaría molesto por lo de ayer?
Claro que lo estaba. ¿Por qué no habría de estarlo?
Recordó el rostro que puso después del incidente, lucía adolorido, asqueado, enfadado. Algo oprimió su pecho, le dolía pensar en aquello, su pobre corazón adolescente estaba prendado de quien alguna vez fue su mejor amigo y ser el causante de tantas emociones dañinas en él le hacía sentir terrible. Cubrió su cabeza con ambos brazos e hizo lo posible por impedir que sus lágrimas salieran, su boca fruncida tembló y en su garganta se acumularon sollozos que trató de ahogar.
¿Qué podía hacer para evitar su desprecio?
Cuando sonó la campana del descanso se dio cuenta de que se había quedado dormido en el transcurso de la mañana. Aunque hubiera preferido no tener que despertarse. La gélida mirada rubí estaba encima de su persona y nunca antes había deseado desaparecer como en ese preciso momento. Era como un animal asustado, herido, refugiado en su lugar.
El salón empezó a vaciarse y aprovechó la conmoción para rehuir la mirada del más alto. ¿Qué podría querer de él? Se rió entonces, no es como si fuera difícil saberlo. Fingió quedarse dormido de nuevo y deseó que Bakugou saliera de la habitación junto con el resto de sus compañeros.
Pero vamos, su suerte era terrible.
Levantó un poco la cabeza, lo suficiente como para poder mirar hacia el frente, se petrificó al ver que el de ojos rojos estaba frente a su banco. No pudo verle s la cara, tenía miedo de lo que pudiera ver en él. ¿Qué más quería después de aquello? Había sido bastante para humillarle, que su cuerpo reaccionara de esa manera había estado fuera de su control, que lo supiera él había sido lo peor y que le hiciera deshacerse de eso enfrente suya había acabado con la poca autoestima que le quedaba.
-K-K-Kacchan. -Por más que lo hubiera querido no podía evitar que su voz temblara, estaba demasiado asustado y nervioso.
Sabía lo que el rubio era capaz de hacer y tras lo que pasó en los baños dudaba que se quedaría de brazos cruzados. Escuchó el chasquido de su lengua contra su paladar y se encogió en su lugar en reflejo. ¿Qué sería está vez, su cabello? ¿Sus cuadernos? ¿Su ropa? ¿Su cara?
Pateó la mesa de su pupitre y le sorprendió, alterando más sus nervios. Se contrajo aún más cuando vio a su compañero inclinarse, quedando lo suficientemente cerca como para poder hablar en susurros.
-Es todo culpa tuya. -Soltó entre dientes.
Le lastimaban sus palabras pero en un pensamiento enfermizo quiso permanecer así, cerca de él. Distraído en sus anhelos el mayor le agarró por el flequillo, jalando su cabello y torciendo su rostro en un gesto de dolor, le obligó a mirarle.
-Espérame a la salida.
Y con eso le dejó de manera brusca, empujándolo antes de soltar el agarre. Se alejó hasta salir del salón.
Se quedó solo con sus ideas, pensando en todo lo que el más alto era capaz de hacerle. ¿Cómo es que las cosas habían terminado así? ¿No podía simplemente ignorarlo? ¿Dejarlo a su suerte y olvidarse de él?
Se ocultó con los brazos y esperó que todo fuera un mal sueño.
