¡Saludos, internautas! Aquí la entrega del primer capítulo de Cacofonía Silente, espero lo disfruten y veamos que tan profundas y obscuras se vuelven las calles de este pintoresco pueblecito... sin más, ¡disfrútenlo!
Capítulo 1 – Welcome Gift.
Los boscosos caminos de Virginia nos recibieron con una buena temperatura que iba bajando a medida que subíamos por las eternamente verdes colinas y cañones del estado. Koizumi y Nagato miraban por las ventanillas del vehículo, la segunda dándome la impresión de que algo le faltaba, y era sencillo adivinar qué.
—Es una pena que Ryoko-Chan no haya podido acompañarnos en esta ocasión—. Dijo Asahina mientras miraba las nubes y su cabello se mecía a la merced del viento que se colaba por su ventanilla abierta.
—Sí, pero tiene que asistir a clases y este trabajo no podía esperar más, además, esta ocasión no tendremos respaldo ante una situación de emergencia—. Respondió Haruhi.
—De hecho, sí lo tenemos, son Sasaki y su pandilla—. Respondí yo, y me arrepentí un momento después, al ver a Haruhi arquear las cejas y hundir el acelerador involuntariamente.
Algunos minutos después de cargar combustible nos encontramos un anuncio típico de carretera que rezaba: "Brahms 160 millas".
—Estamos muy cerca, la desviación debería aparecer en cualquier momento—. Dijo mi esposa recuperando el sosiego.
Todos nos dedicamos a ver por las ventanillas para ubicar cualquier indicio que nos llevara a nuestro destino, según nuestras averiguaciones, el camino a Silent Hill había sido cerrado y oculto para evitar que un hipotético curioso (como nosotros) fuera y pusiera en peligro su vida, pues a reserva de que fuera un pueblo embrujado o no, tenía riesgos potenciales. Sin embargo, parecía que el gobierno del estado había hecho un gran trabajo en esconder la desviación hacia Silent Hill, de tal suerte que por un par de kilómetros viajamos a menos de cincuenta kilómetros por hora tratando de ver algún indicio por pequeño que fuera para llegar al lugar.
Cansados al fin y pensando que eventualmente fallaríamos, Haruhi salió de la pista por la rampa de frenado, lista para dar la vuelta en "u" y volver al último poblado o para seguir derecho e ir a Brahms… entonces sucedió:
—Qué rampa de frenado tan curiosa…— Dijo Haruhi mirando por su ventanilla hacia la grava suelta debajo de nuestro vehículo sin dejar de conducir.
Abrí mi propia ventanilla para ver por qué de su comentario. Debo admitir que no detecté absolutamente nada fuera de lo normal.
—La erosión natural provoca el desgaste del suelo a un ritmo mayor que el normal en climas húmedos como este—, comenzó a explicarme Nagato, —estas piedras tiene un envejecimiento que corresponde a un periodo de exposición de entre dos y ocho años, mientras que lo normal debería ser entre treinta y cincuenta años, estas rocas tienen mucho menos tiempo que el promedio de la región de estar aquí, la rampa es nueva.
¿Cómo se supone que Haruhi dio cuenta de eso? ¿De verdad ese tipo de detalles saltan a la vista tan evidentemente? Debo ser realmente estúpido para no notarlo, o ella realmente especial para notarlo de sólo verlo por un momento. Aún no podía quitar mi cara de tonto cuando noté que el vehículo comenzó a acelerar de nueva cuenta, siguiendo el sendero de rocas sueltas y avanzando entre sacudidas y pequeños saltos hacia un espeso follaje boscoso.
—No deberíamos ir tan rápido, Haruhi—. Advertí mientras comprobaba que mi cinturón de seguridad iba bien cerrado.
—Oh, vamos, no sean cobardes, ¡estoy segura que encontramos el camino!— Dijo acelerando cada vez más, aún cuando las ramas de algunos árboles comenzaban a golpear el parabrisas y el toldo del auto (de alquiler, por cierto).
—¡No es cobardía, algo podría aparecer frente a nosotros y…! ¡Maldita sea!
Mi exclamación fue porque a menos de una veintena de metros de nosotros apareció una valla ciclónica de al menos siete metros de alto con anuncios que ponían "camino cerrado" e íbamos a colisión directa con ella.
—¡Yuki!— Gritó mi esposa aumentando la velocidad en lugar de reducirla.
Entre ella y yo apareció la mano de Nagato, apuntando hacia el enrejado mientras rezaba un mantra, haciendo saltar por los aires los seguros y candados que mantenían las puertas cerradas, permitiéndonos pasar sin tener que derribarla. Corrimos cerca de cinco kilómetros por un sendero muy grande y largo para ser un camino rural, que luego entró a un nuevo claro en el bosque, colina arriba, en dicho lugar la tierra comenzó a adelgazar delante de nosotros en el suelo dando paso a asfalto, viejo y algo descuidado, con grandes invasiones vegetales y de rocas que habían caído desde las colinas. Estábamos en el viejo camino a Brahms, aquel que pasaba por Silent Hill y una de las principales vías de acceso al pueblo, era admirable el esfuerzo que los pobladores y las autoridades habían hecho para mantener Silent Hill oculto de todo mundo, y muy poco faltó para evitar que nosotros llegáramos.
Finalmente, un par de kilómetros más adelante el camino se cerraba con mallas y contenedores de tren haciendo imposible continuar en auto. Llegamos a un pequeño mirador abandonado desde el cual era visible el majestuoso lago de Toluca, rodeado de bosques de verde un poco más apagado que el resto de las montañas alrededor, efecto sin duda del incendio de las minas de carbón en el subsuelo. El mirador tenía lugares de aparcamiento que apuntaban hacia el lago, a un lado había un edificio de una sola planta que anunciaba que había un pozo, servicios sanitarios y casetas telefónicas, aunque una vez que descendimos del auto y comenzamos a revisar el lugar descubrimos que dichos servicios habían caído en igual abandono y ninguno estaba disponible ya.
—Es un lugar muy hermoso, es una pena que haya tenido que ser abandonado—. Reflexionaba Asahina mientras miraba absorta el lago junto con Nagato.
—Hay una sensación muy extraña en el aire… aunque no podría identificar de qué tipo es—. Dijo el ésper a mi lado mientras yo veía a Haruhi curiosear en la barra de contención de viejo concreto.
—¿Crees que es algo malo?— Le pregunté.
—No lo sé… está oculto, latente, pero es muy poderoso.
—¡Vengan aquí!— Llamó de pronto mi esposa, emocionada. Nos acercamos al aparcamiento donde ella estaba de pie, y donde era perfectamente visible un agujero en la barra de contención, lo suficientemente grande para dejar pasar un auto, y delante del trozo de muro faltante había marcas de neumáticos, ahora cubiertas por vegetación hasta un pequeño voladero que caía directamente al lago. —Estas son las marcas del auto de James Sunderland… debió lanzarse al lago desde aquí.
Era hasta cierto punto perturbador ver el sitio desde el cual aquél hombre había decidido tomar su propia vida… Pensé por un momento en el documento que leí sobre ese tipo llamado James, que terminó sus días en este mismo paraje. ¿Qué pudo haber visto aquí que lo llevó a buscar su propio final? De unos meses para acá no soy más un hombre temeroso de la muerte, sin embargo, creo que es prudente guardarle cierto nivel de respeto, casi tanto como el que se le debe guardar a lo desconocido.
Pasaría no más de un par de minutos para que el natural murmullo del bosque fuera interrumpido por el ruido de otro vehículo a la distancia, acercándose a nosotros. Haruhi y yo nos miramos con inquietud, pensando que quizás alguna patrulla notó nuestra desviación o que tal vez alguien nos había visto y dado parte a las autoridades, y si ese era el caso, seríamos arrestados en el acto. Teníamos los medios para evitarlos, pero no sería correcto... sin embargo, eso no fue necesario.
Un pequeño auto con nombre de insecto de un popular fabricante alemán salió a nuestro encuentro. Se detuvo a sólo unos metros de nosotros y descendieron cuatro pasajeros.
—Detective Suzumiya—. Saludó Sasaki.
—Doctora Sasaki—. Correspondió mi esposa.
—Comenzaba a preguntarme cómo hacer para comunicarnos con ustedes en caso de que necesitaran nuestra asistencia.
—O viceversa.
—Sí, cualquiera que sea el caso, pero es un gran golpe de suerte que hayamos coincidido aquí, podríamos entrar juntos al pueblo.
—No lo creo, la idea básica de tener dos equipos es que puedan cubrir un terreno mayor—, Haruhi miró reflexiva a los alrededores, luego apuntó con su índice los señalamientos—, propongo que cada quien tome una ruta diferente, desde aquí podemos llegar a Paleville y a South Vale.
—¿Nos da la posibilidad de escoger, detective?
—Justamente.
Sasaki escruto ambos caminos. Unas escaleras bajaban desde el mirador donde estábamos hacia los embarcaderos del lago y hacia South Vale, la parte turística del pueblo. Siguiendo por la misma autopista abandonada por la que habíamos llegado, era el camino hacia Paleville o el viejo Silent Hill, centro poblacional y cívico. Ambos destinos estaban imposibilitados para llegar a ellos en auto.
—Entonces permítame consultarlo con mi equipo—. Hizo una pequeña reverencia a modo de disculpa con la brigada y regresó hasta su auto, donde los otros tres miembros de la anti-Brigada SOS la esperaban. Dialogaron entre ellos en voz baja por cosa de un par de minutos, después de los cuales ella volvió a caminar hacia nosotros mientras Tachibana, Suou y Fujiwara se quedaban esperándola, el último lanzándome una mirada sucia mientras lo hacía.
—Si no encuentran inconveniente, iremos hacia South Vale.
—Entonces nosotros iremos al viejo Silent Hill—. Resolvió Haruhi. Sasaki tomó su móvil lista para hacer un intercambio de números ante cualquier eventualidad. —Es inútil, no hay cobertura aquí—. Continuó mi esposa entregándole un walkie-talkie y dándose la media vuelta sin decir una palabra más
Nos indicó nos acercáramos a nuestro propio auto. Los cinco sacamos del maletero sendas mochilas de supervivencia que contenían bolsas de dormir, una muda de ropa y raciones de emergencia para algunos días. Haruhi dio una revisión rápida a su nueva arma de cargo y su nuevo repuesto mientras yo alcanzaba el obsequio que la escuela de Niten Ichi Ryu había hecho por mis últimos servicios: un nuevo par de espadas previamente acondicionadas por Nagato.
—Eres descuidado—. Me dice una voz arrastrada a unos metros. —¿Qué pasó con la funda magnética que te di?
—Perdí mi cuchillo de supervivencia, así que no tiene propósito cargarla.
Dicho eso Fujiwara lanzó un nuevo cuchillo de combate.
—Cuídalo bien.
—¿Por qué me ayudas?— Pregunté al verlo seguir a su comitiva escaleras abajo.
—No me malinterpretes, aún me desagradas, pero quiero que nuestro respaldo tenga posibilidades de ayudarnos si algo sale mal.
Haruhi puso un folio dentro del auto adherido al parabrisas, de tal suerte que cualquiera pudiera leerlo. Era la primera vez que tomaba una precaución de ese tipo, y me provocó una sensación rara. El documento decía:
10 de junio.
Hoy, la Brigada SOS compuesta por (el listado de nuestros nombres) comenzará una investigación internándose en el pueblo abandonado de Silent Hill. Si alguien encontrase este escrito a más de dos semanas de su elaboración, por favor comunicarse a la embajada de Japón en E. U. A. o Canadá, a Interpol o al arzobispado más cercano.
Haruhi había repetido en la misma hoja el texto en inglés, español, japonés y francés y los teléfonos de las instancias citadas.
—Yuki, blinda el auto—. Solicitó mi esposa y la alienígena obedeció.
Me giré a nuestros improvisados acompañantes, pero se habían perdido escaleras abajo varios minutos atrás ya.
La autopista cerraba justo en la colina donde iniciaba un túnel de cerca de una milla de longitud dentro de la roca, y tal como había mencionado, no sólo la malla obstruía el paso, sino también enormes contenedores ferroviarios que difícilmente permitirían el paso de dos personas muy juntas en algunas partes. Fue una sorpresa que Haruhi no pidiera a Nagato los quitara del camino para llegar más rápidamente.
—Eso podría ser contraproducente—. Me explicaba la alienígena después de cortar una sección de la malla y que comenzáramos a pasar entre los enormes contenedores. —El volumen de estos contenedores y su peso han vuelto inestable el túnel, si los movemos o desintegramos el túnel completo podría colapsar e ignoramos el grado de daño que podría hacer al entorno, seguramente Suzumiya notó eso y por ello no hizo la solicitud.
—Tan previsora como siempre—. Dije mientras alcanzaba a Haruhi.
No habíamos avanzado más de cien metros cuando el fulgor del luminoso sol en medio de ese día del final de la primavera comenzó a decaer, aunado a lo abandono del túnel, ahora sin energía eléctrica, que con una obscuridad absoluta al frente invadía el corazón con una molesta sensación de ser enterrado vivo. Cinco lámparas LED de bolsillo se encendieron regalándonos apenas unos metros de visibilidad delante de nosotros mientras que Haruhi nos advertía que tuviéramos cuidado con los murciélagos y otras alimañas que anidan en las sombras, advertencia que hizo a Asahina palidecer y andar de puntitas el resto del viaje subterráneo.
—No estoy del todo seguro de empezar este viaje por este camino—. Comenté a Haruhi mientras la veía andar estoica en la obscuridad apuntando hacia el frente.
—¿Por qué no?
—No lo sé… esta enorme tumba de hormigón me pone de nervios.
—No me digas que eres claustrofóbico.
—No, pero me parece un buen momento para adquirir el padecimiento—. Dije esas palabras mientras apuntaba mi propia lámpara en todas direcciones, en especial hacia arriba, donde a ratos podía ubicar algún murciélago que se lamía las alas.
Un pequeño grito de Asahina nos hizo detenernos y apuntarla, ella se cubrió instintivamente el rostro al sentir el fulgor de nuestras linternas.
—Lo… lo siento, creo que pisé algo vivo por accidente.
Apuntamos todos hacia sus pies. Una fobia más que debía sumar a la lista: entomofobia.
Debajo del delicado pie derecho de Asahina yacía un insecto semejante a una cucaracha, pero jamás había visto una de ese tamaño, mediría cerca de ocho o diez pulgadas de envergadura, pero las largas antenas que sacudía fácilmente lo hacían doblar esa longitud y sus patas aún se sacudían en agonía mientras despedía un apenas audible silbido… el asqueroso esputo verde que escapaba de sus entrañas comenzaba a hacer un charco alrededor del pie de su incidental victimaria. Asahina no pudo ocultarlo, su rostro pasó de una lívida palidez a un verde escandaloso mientras que tomaba la mano a Haruhi con desesperación, dejando que el desafortunado animal muriera unos instantes después.
—¿Qué demonios es esto, Yuki?— Preguntó mi esposa mientras se hincaba ante el cadáver del bicho, iluminándolo y viéndolo más de cerca.
Nagato se hincó junto a ella, lo miraba fijamente, analizándolo.
—No tengo registros entomológicos sobre el espécimen, pero su descripción concuerda con la de una criatura criptozoológica originaria de Silent Hill que en algunos testimonios es conocida como creeper. Son agresivos, aunque no muy peligrosos, no sabemos si tienen enfermedades o si son ponzoñosos.
Dichas esas palabras, el bicho dio una última sacudida de sus patas, haciendo que todos, salvo por Nagato, diéramos un respingo. Compartimos todos miradas dubitativas mientras nos levantábamos y nos disponíamos a seguir nuestro camino… estoy seguro que de todos los miembros de la brigada, Nagato incluida, sentimos el impulso de deshacer lo andado corriendo… no así nuestra líder, que emitía nuevamente ese deslumbrante fulgor de sus ojos, que me hizo pensar que podría iluminar el túnel si apagábamos las linternas.
—Bien, entonces esta será una evidencia de las cosas que pasan en este lugar—. Resolvió al fin, poniéndose de pie y reemprendiendo la marcha.
—Bien, detective—, dije siguiéndola, —¿eso no significa que deberíamos levantar al espécimen muerto y llevarlo con nosotros?
—Por supuesto que no, ¿no leíste los archivos? ¡El pueblo debe estar plagado de ellos! Será mejor capturar uno vivo.
—Escuchaste que son agresivos, ¿no?
—Sí.
—¿Y también que no sabemos los riesgos que su ataque puedan llevar?
—Sí.
—¿Y aún así te aventurarás a tratar de capturar uno?
—No, le ordenaré al miembro de menor rango en la brigada que lo capture.
¡Maldita sea mi suerte! Eso me saco por preguntar.
Pasaría cerca de una hora para que una mortecina luz comenzara a ser perceptible a la distancia. Debimos recorrer quizás un par de kilómetros bajo la montaña, pero se antojó como toda una vida, y el primer efecto notado de inmediato fue el cambio de temperatura. Estamos en verano, es común que el calor haga estragos aún en esta región del mundo (estamos muy al norte), y aún así me pareció raro que la temperatura fuera inversamente proporcional a la claridad que nos recibiría en poco minutos. Estuve en Prípyat, un lugar abandonado por la contaminación nuclear, donde un aura de tristeza y olvido sin igual puede sentirse en el aire, asfixiándote. Luché en isla de Hashima, lugar dejado a la tutela del océano y dónde estás aparatado del mundo. Estuve en Tokio, completamente solo, donde el tumulto de gente te hace pensar que eres insignificante. Atravesé a pie un desierto mexicano, donde todo luce tan inmenso y hostil que no puedes soportarlo. Todo de pronto pareció lejano…
Al salir del túnel, fuimos recibidos por una espesa y húmeda niebla que de inmediato justificó el descenso de la temperatura. La neblina era tan pesada que hubiera sido imposible determinar la posición del sol y privaba completamente de la capacidad de ver más allá de unas decenas de metros. Saben desde siempre que soy el menos místico de mi grupo, y aún así, el ambiente de ese lugar era un ataque directo a cada uno de los sentidos, lo que al menos a mí me produjo un miedo casi infantil que nacía en la boca de mi estómago y se propagaba por toda mi garganta, dejándola seca de inmediato.
—Vaya… de verdad es un lugar olvidado y maldito…— Susurró Koizumi mirando a todos lados, encontrando exactamente el mismo panorama: sólo el asfalto a unos metros de nosotros.
Nos detuvimos todos a la mitad de esa carretera abandonada habiendo dejado sólo unos pasos atrás el túnel, y tratando todos de encontrar un punto de referencia en el cual ubicarnos, como tratando de dejar un camino de migajas detrás de nosotros, aún bajo el riesgo de atraer al mítico coco con ellas.
—¿Qué es eso de allá?— Preguntó Haruhi avanzando con su paso decidido de siempre, señalando algo que sobresalía entre la espesísima neblina.
Era un anuncio al lado de la carretera. Este fue alguna vez el camino que los paseantes ocupaban para llegar a un pintoresco y diminuto pueblito turístico a las orillas del lago Toluca, y por tanto, era conveniente tener este anuncio y evitar que pasaran de largo. El enorme cartel de madera mostraba más que evidentes signos de erosión, no obstante era perfectamente legible el mensaje, que a mis ojos parecía más una sentencia:
Bienvenidos a Silent Hill.
Nos quedamos inmóviles observando el letrero, en una incomodidad muy poco común que comenzaba a hacerme sentir enfermo.
He escuchado silencios absolutos antes, pero curiosamente este no era el caso… es algo complicado de explicar, aun así lo intentaré: había silencio, tanto como un lugar deshabitado te puede ofrecer, no había fauna a la vista, dada la tragedia que cayó sobre el pueblo, no es algo que me impresione, sin embargo, puede sentirse lejanamente el murmullo del movimiento… también la chocante briza de un viento indiferente que mecía las minúsculas motas de ceniza que caían incesantemente del cielo, que flotaban y las cuales respirábamos.
—Bueno… ya estamos aquí—. Comenzó Haruhi recobrando la concentración. —Como saben, esta es una zona de silencio, así que nuestros teléfonos no serán útiles, también es importante que usen sus cubrebocas, la ceniza y los gases que manan del subsuelo pueden ser muy nocivos para la salud.
Cubrí mi nariz y boca con la pieza en cuestión, notando de inmediato el cambio, mi garganta comenzó a aliviarse de una incipiente irritación.
Según el sentido en el cual estaba escrito el letrero, el pueblo comenzaría unos cuantos cientos de metros más adelante. Como un niño pequeño sentí algo parecido al muy humano miedo a la obscuridad y a lo desconocido, tanto así que caminaba a un paso más lento de lo usual mientras trataba inútilmente de ver algo a través de la espesa neblina.
Los siguientes minutos que dedicamos a buscar las primeras calles del poblado, ninguno de nosotros habló. Buscábamos cualquier indicio que confirmara que seguíamos siendo parte del mundo, que no habíamos sido devorados por esa niebla y llevados al limbo de Dante. Arriba, a los costados del camino, era posible ver las ramas de algunos árboles muertos, sin duda víctimas de la triste luminosidad que los incapacitaba para hacer fotosíntesis, también podían verse altas farolas siempre apagadas y un cableado eléctrico que parecía abandonado por décadas.
Y sin embargo, era ese mismo sentimiento el que estaba volviéndome loco… ese silencio tan escandaloso, repleto de sonidos apagados y lejanos, advirtiendo movimiento, pero no necesariamente vida, inerte y vacío, pero al mismo tiempo repleto de sensaciones inquietantes, igual que los ojos abiertos de un cadáver.
Antes de darme cuenta, sujetaba con impaciencia la tsuka de mi daito, notando que mi corazón latía con tanta fuerza como para matarme con la más mínima sorpresa.
Siempre he dicho que el frío es bueno para mí. Me ayuda a pensar con mayor lucidez mientras que me mantiene despierto y alerta, aunque esa vez no estaba logrando ese efecto. La temperatura no debía superar siquiera los tres Celsius, eso es muy raro pensando que es junio, y aún sobre una montaña deberíamos tener una temperatura agradable en este hemisferio, pero en lugar de eso camino con torpeza y tenga la cara y las manos entumecidas mientras veo escapar un espeso vaho por mi boca y la de mis acompañantes.
No es normal, definitiva y aplastante verdad, nada desde que llegamos ha sido normal. No hay señal telefónica, ni siquiera señal de radio (Asahina ya intentó sintonizar, pero sólo halló el triste silencio de la estática), es como estar en un mundo aparte, en una soledad enloquecedora, desquiciante…
El ésper, pensando con un poco más de claridad que el resto, tomó su móvil y comenzó a filmar… lo que se me hizo de alguna forma un despropósito, considerando que no captaría nada más que la niebla al menos algunos cientos de metros más.
Sin embargo, mi mente seguía alerta en cuanto al silencio que nos rodeaba… no sabría cómo describirlo a mayor detalle, perdónenme si no soy capaz de manifestar lo que sentía en ese momento: era metálico, industrial, complejo y repetitivo, los apagados sonidos del vacío, entramados entre ellos, daban la impresión después de un tiempo de escucharlos de ser la respiración de un ente inmenso sobre el cual caminábamos. No había maullidos, ladridos o siquiera el trino de un pájaro, salvo por el cada vez más constante pataleo de insectos sobre el asfalto a medida que nos acercábamos a la ciudad, y eso me hizo recordar al aterrador bicho que pereció bajo el peso de la viajera del tiempo, en el espasmódico movimiento de sus patas y el recalcitrante silbido de las alas que no le servían para volar. Si eso no era suficiente para perder el juicio, lo único que eventualmente interrumpía ese inquietante concierto era el sonido de nuestras pisadas, tan potentes dado el silencio circundante que podía sentir mis tímpanos vibrar.
Lo que seguramente fue alguna vez el basurero municipal se presentó ante nosotros. Una delgada malla ciclónica dividía el camino por el que andábamos de un voladero de varios cientos de metros de profundidad de donde escapaban diminutas y abundantes cenizas a merced del viento, y que con el paso de los años habían dejado varios centímetros de recubrimiento polvoriento y grisáceo sobre el pavimento, los techos y los las copas de los árboles… ah, ahí están las casas…
Algo parecido a una calle principal podía verse al pie de la montaña desde la cual veníamos caminando, se reveló cuando salimos de la última curva del camino. No nos separarían ni cien yardas, pero los muros de los edificios de dos plantas que la custodiaban apenas si eran visibles entre la neblina y la incesante lluvia cenicienta. Podía escuchar a la distancia algo semejante al repique de una campana, pero muy lejana, a kilómetros, y como en cámara lenta.
—No me importa si me tachan de gallina, pero este lugar me pone muy nervioso—. Dije cuando nos detuvimos en ese primer cruce y miré los nombres de las calles.
El cruce de camino Bachman y la calle Finney. Había una vieja tienda con los rótulos de una famosa cadena de conveniencia que involucraba números en su nombre, muy abandonada, quizás por décadas, de tal suerte que los candados de las puertas de vidrio habían cedido a merced del tiempo.
—Pues sí, eres un gallina, ninguno de los chicos más que tú se queja—. Dijo Haruhi con su usual aplomo, sin embargo, sé que esas palabras de aliento en realidad son para ella misma. Al volverme a ver a mis acompañantes pude ver que Asahina no podía ocultar su temor y temblaba irremediablemente, mientras que Koizumi y Nagato se tomaban fuertemente de la mano, ambos vigilando el cielo y los alrededores, alertas, como anticipando un potencial peligro… los ojos de Nagato han ganado mucha expresión en los últimos meses, sé que quizás no al mismo nivel que nosotros, pero estaba sufriendo también el miedo visceral que carcomía al resto.
—Creo que lo mejor será que nos quedemos juntos. No sabemos que podemos encontrarnos más adelante—. Sugirió Koizumi adelantándose unos pasos. —¿Cuáles son tus indicaciones, Suzumiya?
—Buscar a Truque, por supuesto—. Dijo ella convencida emparejándose al ésper.
—No sabría por dónde comenzar…
—Entonces lo mejor será comenzar con lo más obvio: vocearlo—. Y dicho eso, tomó tanto aire como pudo: —¡Cardenal Truque! ¡Mi nombre es Haruhi Suzumiya! ¡Vine aquí para llevarlo a casa!
—Haruhi, quizás no debamos gritar de esa forma…— Dije un poco inquieto y sabiendo que no era el único que pensaba eso.
—¡Oh, vamos! ¿A qué temes? ¿Despertar a alguien? Venimos aquí a buscar a una persona, y eso es exactamente lo que haremos…
—Haruhi…— Llamé su atención en voz baja mientras le pedía silencio con las manos… creí escuchar algo a cierta distancia delante de nosotros.
—¡Cardenal Truque! ¡Soy una oficial de Interpol! ¡Déjenos ayudarlo!— Continuó ella, ignorándome.
—¡Haruhi! ¡Guarda silencio!— La reprendí un poco más fuerte.
Esa vez no sólo era yo. Nagato, igual de perceptiva miró en dirección al invisible centro del pueblo. Sonaba como si algo se acercara a nosotros, a gran velocidad, ¿pero qué…? Presté más atención cuando finalmente Haruhi dejó de gritar, notando también que algo venía hacia nosotros.
Aleteos… un animal inmenso, quizás un águila o un pelícano, que agitaba sus alas con fuerza, y cuando estuvo a sólo unas decenas de metros de nosotros, sonó un graznido, lejanamente parecido al de un cuervo, aunque más estridente y chocante.
La niebla nos permitió ver parcialmente a la criatura cuando estuvo a tan poca distancia que pudimos sentir el viento moverse a merced de sus enormes alas… lo vi sólo un instante, y era como un extinto pteranodon, aunque parecía escuálido y enfermo. Asahina profirió un grito mientras se cubría la cabeza y Haruhi se agachaba alcanzando su arma. Yo desenvainé en el momento mismo en que la cosa voló a sólo centímetros de nuestras cabezas, dejando caer algo que a punto estuvo de golpearnos. Intercepté el proyectil partiéndolo en dos con el daito mientras escuchaba como el animal (aunque dudo que "animal" sea una forma correcta de referirme a dicha criatura) se alejaba tan rápido como había llegado.
—¿Están todos bien?— Pregunté mientras trataba de recuperar mi ritmo cardiaco normal.
—Sí, pero… ¿qué…? ¡¿qué mierda es esto?!— Preguntó Haruhi crispada mirando el obsequio dejado por la bestia voladora.
Asahina ahogó un grito, mientras que el resto de nosotros tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no imitarla…
El bulto arrojado a nosotros era el cadáver en un incipiente estado de descomposición y a medio comer de un buitre… si eso no era bastante para sentirse inquietos, el animal estaba "vestido" con media sotana negra…
Capítulo 1 – Welcome Gift.
Fin.
Y la pregunta es... ¿qué pasará a continuación...? ¡No se olviden de dejarme una opinión y hasta la actualización!
Por cierto, olvide poner un disclaimer en el Prólogo: Alexander Anderson es un personaje de Hellsing, creado por Kota Hirano.
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