Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pero los amo. Son creación de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, y sólo pretendo entretener con ellos nuestras imaginativas mentes…un abrazo.
CAPITULO 2: Un Huracán.
Con la fuerza de un torbellino despertó a la mañana siguiente, contento, apurado y completamente seguro de dirigirse a Candy una vez que se sentaran a la mesa durante el desayuno. Pero, ¿cómo hacerlo?, estaría la Tía Abuela Elroy…sería incómodo, ok. la buscaría con la mirada, intensamente y le haría señas para que hablaran en el jardín, sí ésa era sin duda la mejor opción. Casi corrió por el pasillo y bajo ágilmente la escalera, a sus 29 años tenía un estado físico envidiable, consecuencia de su prolífica vida al aire libre como el amante de la naturaleza que desde siempre había sido. Llegó a la sala del comedor y su tía lo recibió más formal que de costumbre, y al mirar hacia la esquina izquierda de la mesa pudo ver que junto a Candy se encontraba sentado el Doctor Martin. Un extraño presentimiento lo invadió pero quiso alejar cualquier vibración negativa después de todo sería una mañana importante. Con todo el aplomo que encontró en su interior, saludó a la visita, no sin antes entregar a Candy una intensa y fogosa mirada que sin él percibirlo la hizo sonrojar. Candy cambió rápidamente su postura, acercándose al doctor y haciendo énfasis en que probara un pastelillo que Dorothy, una joven y amable cocinera había preparado la noche anterior.
"¿No les parece que los pasteles de chocolate son lo mejor del universo?" señaló Candy alegremente. " Al, creo que no los he presentado como debía, él es el Doctor Martin, Donald Martin, no te parece familiar?"
"No exactamente pequeña, pero su nombre es igual al de un amigo muy querido con el que trabajé una temporada en su clínica veterinaria en Londres, ¿recuerdas? Me visitaste allí un par de veces. Aún mantenemos contacto. Es un gran sujeto." No quiso señalar más detalles, recordaba que a esa clínica casi siempre asistía con Terry, y temía que si lo nombraba su recuerdo empañaría el momento y la atmósfera que él deseaba crear para su próxima declaración.
"Muchas gracias Sr. Andrew, a quien usted alude se trata de mi padre, soy su único hijo, y hace unos años decidí aceptar una beca para estudiar medicina acá en Chicago, luego me enamoré de esta ciudad, y bueno, de lo que aquí encontré..."
La verdad es que de las pocas veces que se había encontrado con el joven nunca le había prestado mayor atención, principalmente porque le parecía demasiado interesado en aquella que era el amor de su vida, pero al mirarlo de reojo percibió la sonrisa afable de Donald, y su mismo ondulado y castaño cabello, desprovisto del bigote, acompañado de un alto porte, casi cercano a su propio talle. No le gustó el tono en que dijo la última frase "me enamoré de esta ciudad y de lo que aquí encontré…" ¿qué edad tendría este sujeto? Sin duda un par de años menos que él, pero si ya estaba recibido como doctor no podía tener menos de eso.
Perdido estaba en sus cavilaciones, cuando un movimiento de la mano de Candy lo dejó pasmado. Con sus níveos dedos apretó la mano izquierda del doctor, ambos se miraron cómplices y luego ella señaló:
"Les agradezco que antes de partir a la clínica nos hayan permitido tomar desayuno acá, avisamos a la Tía Elroy que hoy estaríamos juntos, pues tenemos una noticia que antes de hacer pública quería compartir con mi familia. Steven y yo llevamos un tiempo siendo amigos, y ayer me ha pedido que acepte ser formalmente su novia. Es una hermosa persona, espero puedan conocerlo y quererlo tanto como yo lo hago."
Las palabras fueron dagas en su alma, no podía hilar alguna frase coherente y de hecho, no lo hizo. Se excusó impertérrito y cabizbajo, saliendo rápidamente de la sala ante la mirada atónita de la Tía Elroy y el desconcierto de la pareja. Sentía el pecho oprimido, casi al borde de quemarle el corazón. Otra vez no, no era posible, ¡no más!
Caminó por el amplio jardín de la mansión hasta el portal de rosas de Anthony y se sentó con ambas manos en la cabeza en la banca que quedaba bajo éste. De pronto, una diminuta figura se apareció entre las flores, era Candy que preocupada lo había seguido. Sin siquiera levantar la vista dela tierra aún mojada por el rocío mañanero la increpó ásperamente.
"A qué juegas Candy, menuda sorpresa me has dado esta mañana, no te acerques por favor, toda paciencia tiene un límite y el mío ha sido rebasado."
"De qué hablas Bert, no entiendo a lo que te refieres, si es por lo de anoche, yo…estaba muy compungida por lo ocurrido, pero vamos, vivimos juntos mucho tiempo, y somos prácticamente hermanos, ¿qué esperabas que hiciera? Tomarlo con humor es una de las formas de alivianar una tensión innecesaria entre nosotros, hemos pasado por tanto juntos…", mientras decía la última parte de su frase la rubia intentó tocar el hombro del patriarca, mirándolo fraternalmente, pero éste en un rápido movimiento sostuvo su muñeca en el aire, y parándose de su asiento quedo frente ella, bajó el rostro para dirigirse directamente a sus verdes ojos, quedando tan cerca que se podía sentir la respiración agitada del magnate. Los azules ojos de Albert ya no eran serenos como el mar, se habían oscurecido como cielo tormentoso y echaban chispas, haciendo que por segunda vez en la misma mañana ella se ruborizara.
"No más Al, ni Bert, okay? Soy un hombre Candy, un hombre que se aburrió de esperar que lo tomes en cuenta. Estoy próximo a cumplir mis treinta años, ya no soy un chiquillo y no seguiré en este tipo de jugarretas. Hasta aquí llego, comenzaré a hacer mi vida, más bien a rehacerla. No te preocupes, doy por entendido de que en realidad nunca habrá en tu vida un espacio para mí. ¿Sabes cuantas mujeres habría podido tener si quisiera en todo este tiempo Candy? Qué crees que soy, ¿tu muñeco? ¿Tu eterno paño de lágrimas? No más, soy un buen partido, un hombre decente y un tipo agradable. Me aburrí de esto, me salgo hoy. Ah! Y sólo para que lo sepas, ¡soy también un excelente amante!" Dijo esto último tan cerca de sus labios que en un impulso involuntario Candy cerró los ojos, sintiendo que un beso se aproximaba, pero cuando los abrió sólo alcanzó a ver que el huracán Andrew ya estaba a unos cuantos pasos de distancia y se alejaba presuroso.
No fue capaz de seguirlo, ¡sus piernas le temblaban! Cómo era posible que su querido y entrañable Bert, le hubiese hablado de esa forma, ¿y si se hubiese acercado a besarla? Qué estaba pasando ¡no lo entendía!
"¡Ay Candy que cabeza dura eres!" Se dijo a sí misma mientras se pegaba un coscorrón. ¿Y qué era eso de que sentía algo por ella?, ¿cómo era posible que no se hubiese percatado antes? Vivieron juntos durante varios años, jamás creyó sentir nada distinto a un profundo cariño por su príncipe, y ahora esta faceta pasional e impetuosa la había descolocado por completo. Tragó saliva y trató de no recordar con tanto detalle el incidente de la noche anterior, pero demonios, ¡no podía olvidarlo! Muchas veces lo vio en paños menores en el departamento, lo curó en el hospital, pero la forma en que le acababa de hablar se mezclaba con las imágenes de lo sucedido en el baño, tenía un lío de proporciones en su mente.
De pronto sintió un calor en el dorso de su espalda, y creyendo que era Albert se dio vuelta esperanzada, encontrándose de lleno con la sonrisa amigable del Dr. Martin, que la instaba a apurarse.
"Candy estamos muy retrasados, debemos partir a la clínica, estas bien?"
"Sí Steven, muy bien, vámonos". Y mintiéndose a ella misma y al guapo doctor emprendieron camino a su trabajo.
