-Bulma... ¡Bulma!

La cocina, silenciosa hasta ese momento, restalló con aquel grito de urgencia de alguien que acababa de llegar. En un segundo, la aludida saltó como por instinto al escuchar su nombre; a tiempo de evitar quemarse con el agua hirviendo que una mano varonil y más ágil que la suya consiguió apartar del fuego a tiempo. Bajando de su nube oscura de tristeza, la joven giró la vista para enfocar a su "salvador", que en ese momento soltaba una maldición.

-No esperes que vuelva a pasar -amenazó entonces Vegeta, tratando de recuperar el aliento a duras penas-. ¡Pero deberías tener más cuidado, Dios mío!

Conociendo a la muchacha, el saiyajin hubiese esperado una reacción más intensa de la que recibió; apenas una mirada vacía que basculó entre él y la cazuela que su mano había apartado del fuego, con riesgo para su integridad, antes de apartarse.

-No importa -masculló la joven, tomando por fin aparente conciencia de lo que estaba sucediendo a su alrededor, cogiendo el cazo y vertiendo agua en una taza que había unos centímetros más allá, sobre la encimera-. Gracias, Vegeta.

De espaldas a él, Bulma procuró tragarse las lágrimas y la vergüenza de que él la viese así mientras rebuscaba en la caja de los tés algo con lo que calmar sus nervios antes de ir a dormir. Pero... Era tan difícil dejar de pensar en ello...

"Como si fuera la primera vez", se recriminó, sintiéndose más estúpida que nunca. "¿Cómo he podido dejar que pasara?"

Tan inmersa volvía a estar en sus pensamientos que no fue consciente, hasta casi dos minutos después, de que Vegeta la observaba apoyado contra la encimera de la cocina, silencioso. Al sentirse observada Bulma dio un respingo y se giró hacia él, lo que provocó que él retirara la vista de golpe y se apartara, carraspeando.

-Esto... Yo... -dudó Bulma, incómoda, retorciéndose las manos y obligando a su bonito rostro a adoptar una mueca más servicial-. ¿Necesitabas algo, Vegeta?

El saiyajin de repente parecía sentirse como fuera de lugar.

-No, nada. Solo bajaba a buscar... -"algo de comer"; pero, extrañamente, se le había cortado el hambre al ver a Bulma así. Claro que no lo admitiría ni muerto-. Da igual -movió sus hombros desnudos en un gesto indefinido, rascándose la cabeza acto seguido mientras se encaminaba hacia la puerta. Sin embargo, cuando Bulma ya había asumido su desaparición por el pasillo, volvió a escuchar su voz a un par de metros tras su espalda-. Lo siento, Bulma.

La muchacha tragó saliva y se volvió despacio, creyendo que no había oído bien.

-¿Cómo? -atinó a preguntar, aturullada.

Para su sorpresa, Vegeta pareció enrojecer ligeramente mientras apartaba la mirada, respiraba hondo y respondía:

-Que... Siento lo de Yamcha.

La muchacha abrió unos ojos como platos a causa de la sorpresa y se quedó muda durante varios segundos, sin saber si estaba alucinando o aquello era real. Por otra parte, algo en ella pedía a gritos romperse y dejar salir las lágrimas. Quién sabía, incluso refugiarse en los brazos de Vegeta y llorar... "¡Eh, para quieta!", pidió a su mente, asustada por aquel súbito pensamiento. No podía ser que siquiera se plantease esa posibilidad, decidió sacudiendo la cabeza con fuerza.

Vegeta, por su parte, interpretó con más o menos acierto que ella no quería hablar del tema ni siquiera con él, se sintió doblemente estúpido y decidió que era hora de emprender camino de vuelta a su dormitorio. Con discreción, para no parecer un completo idiota, cogió una botella de la nevera y echó un largo trago antes de dirigirse hacia la puerta.

-Bueno... Buenas noches.

-Vegeta -lo retuvo ella, ya recuperada, cuando él ya había echado un pie adelante y la mitad de su cuerpo había desaparecido al otro lado de la pared-. Gracias. De verdad.

El saiyajin se sintió halagado sin saber por qué. Y, sin quererlo, encogiéndose de hombros, también también pronunció una serie de palabras de las que luego pensó que se arrepentiría toda su vida.

-Si Yamcha está tan jodidamente ciego para no valorar la suerte que tenía contigo, entonces se merece estar solo toda su vida.

En un instante, Bulma notó como si su corazón se detuviese de un salto que casi pareció volverlo del revés. Incrédula, boqueó y enrojeció al mismo tiempo, mientras una discreta lágrima se atrevía por fin a desbordar sus párpados. Pero Vegeta, súbitamente consciente de que había superado la barrera de sus principios como un imbécil, se había retirado a toda velocidad de la cocina, maldiciéndose a sí mismo durante todo el trayecto a su habitación.

¿Qué demonios le estaba pasando?

Por otra parte, Bulma casi había olvidado hasta que quería prepararse una infusión para calmar los nervios. De repente, era como si una torrentera mental hubiese arrasado con toda la amargura provocada por las traiciones sucesivas de Yamcha: por sus "no volveré a hacerlo", por todas las noches en vela preguntándose dónde estaría...

"Si Yamcha está tan ciego como para no valorarte, se merece estar solo".

Llevándose una mano al corazón, Bulma jadeó, sintiendo cómo el calor subía con más intensidad a sus mejillas y una sonrisa boba curvaba sus labios hacia arriba. "Vaya, vaya", pensó, conmovida y divertida al tiempo, mientras salía de la cocina como en una nube y enfilaba las escaleras de ascenso a su dormitorio. "Así que sí que hay algo más debajo de esa dura sesera de guerrero, ¿eh?" Mientras caminaba, su cabeza recreaba sin querer su silueta medio desnuda, sus músculos moviéndose bajo el tono bronceado de su piel, cuando había alzado la botella para beber...

Aún recordaba Bulma el susto cuando estalló la sala de gravedad y creía que lo había perdido para siempre. En el fondo, debía de haber sabido hacía tiempo que su corazón empezaba a inclinarse hacia lo prohibido, en vez de hacia la "seguridad" de una relación duradera con Yamcha. Y el deseo se hacía patente en la humedad que cubría sus braguitas sólo con evocar la espalda desnuda de Vegeta alejándose por el pasillo cuando se cruzaban y él volvía de entrenar.

Bulma suspiró mientras se adentraba por fin en su habitación y se desnudaba. "Al cuerno la infusión", determinó. Tenía una forma mucho más útil y placentera de, primero olvidar a Yamcha y segundo, irse a dormir como una bendita.

Despacio y asegurándose de cerrar con clave la puerta a su espalda, la joven se acercó a la cama y se metió sin camisón ni ropa interior debajo de las sábanas. Mientras abría las piernas y deslizaba un dedo sobre su vulva, que ya empezaba a acusar los síntomas de sus recientes pensamientos eróticos, Bulma recostó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos, dejándose llevar por su fantasía mientras su índice hacía círculos lentos sobre su clítoris, buscando recorrer sin prisa la ruta hacia los límites del placer.

En su mente, Vegeta no abandonaba la cocina tras decirle que Yamcha era un estúpido por no valorarla. En ese instante, en vez de quedarse tiesa y avergonzada, Bulma sonreía con coquetería y se levantaba apenas unos centímetros la falda.

-Sí, tienes razón -decía, haciendo que Vegeta sonriese con deseo y se acercase un par de pasos. Bulma entonces se sentaba sobre la mesa de la cocina con las piernas abiertas y la falda levantada, acariciándose por encima de la braguita y asegurándose de que Vegeta lo viera. Él se acercaba más aún, con la botella de agua helada abierta en la mano.

-Creo que estás demasiado caliente, Bulma -susurró él, con esa profunda y excitante cadencia varonil, situándose entre sus piernas abiertas-. Quizá haya que enfriarte un poco, ¿no crees?

Bulma echaba la cabeza hacia atrás, tanto en el sueño como en la realidad; mientras su dedo mantenía la cadencia y su cuerpo físico empezaba a notar, recorriéndolo, los primeros ramalazos de placer.

La Bulma onírica sentía entonces un chorro de agua fría deslizarse entre sus pechos, ahogando un grito de sorpresa y placer al mismo tiempo. Ahora su camiseta de tirantes en el sueño estaba empapada y Vegeta sonreía con falsa inocencia.

-Oh, vaya -comentaba entonces él en el sueño-. Debería haber pensado antes en este detalle.

Entonces, Vegeta arrancaba el top con una sola mano, destapando los redondos pechos de la joven. Ella, aunque en la realidad probablemente hubiese puesto el grito en el cielo, en el sueño solo mostraba un gesto pícaro y se tapaba apenas con una mano.

-Vegeta... -murmuraba, ardiendo y mirándolo con deseo-. Eres un chico muy malo...

Él entonces pellizcaba sus pezones y lamía el agua que quedaba como pequeñas gotitas entre sus pechos, haciendo que Bulma gimiese en voz alta en las dos dimensiones, real y sueño.

El saiyajin onírico bajaba entonces hacia su bajo vientre y retiraba la falda y las braguitas, levantando sus piernas con sus poderosos antebrazos y dejando su zona íntima expuesta a un nuevo chorro de agua que Vegeta lamía acto seguido con dulzura y parsimonia, abriendo de vez en cuando un ojo para asegurarse de que ella no perdía detalle de lo que le hacía. Las dos Bulmas se arquearon hacia atrás, jadeando, mientras un dedo de la real se introducía, al igual que el del Vegeta onírico, dentro de su vagina y la lengua de él en el sueño seguía haciendo maravillas con su sexo; el pulgar real de Bulma, mientras tanto, seguía acariciando su clítoris sin prisa pero sin pausa durante varios minutos gloriosos que quiso fueran eternos.

Pero al cabo de unos minutos, el saiyajin del sueño retiraba su mano y su lengua, se bajaba el pantalón mientras se relamía y, sin darle respiro a la joven, le levantaba de nuevo las piernas flexionadas y la penetraba encima de la mesa, con una energía y una expresión en el rostro casi animales.

La Bulma real, con los ojos cerrados, trataba de no gemir muy alto para no despertar a toda la casa, pero empezaba a notar que el orgasmo se aproximaba mientras seguía soñando despierta que Vegeta se la tiraba de forma salvaje en la cocina de su propia casa. Casi podía imaginar cómo sería que su miembro viril rozase cada recodo de su interior, adentrándose hasta el fondo del todo y haciéndola marearse de disfrute; verlo entrar y salir de su vagina mientras la observaba con esos ojos negros que parecían brillar con el fuego de una lujuria sin freno.

Hm. ¿Y si cambiaban de posición?, pensó entonces, pícara. Con media sonrisa y sin abrir los ojos, Bulma lo visualizó en un instante, muy excitada. Sentía los nervios a flor de piel y dudaba que pudiese aguantar mucho más, pero quería soñar con ello. Solo un poco más...

Así, de golpe, ella se vio entonces con los pechos húmedos y los pezones erectos rozando la madera, sintiendo cómo él derramaba más agua fría sobre su espalda lamiéndola después, mientras su pene la empotraba sin piedad contra la mesa una y otra vez.

Como una descarga eléctrica, mientras Bulma se introducía tres dedos y el pulgar mantenía la cadencia sobre el clítoris, el címax llegó, extendiéndose por todo su cuerpo con la fuerza de un placentero huracán. Músculos, nervios... Bulma notaba latir su zona íntima al compás de su corazón desbocado mientras la ola de éxtasis alcanzaba todos sus sentidos y después se retiraba, lenta y dulcemente, dejándole una maravillosa sensación.

"Oh, Dios...", pensó la joven, sudando, mientras lograba abrir los ojos por fin a la realidad y sonreía. "La verdad es que me encantaría saber si en la realidad es tan maravilloso como en mi sueño".

La cuestión era, ¿sería capaz de conseguirlo en algún momento? Lánguida entre las sábanas, Bulma sonrió confiada mientras miraba hacia la noche sin luna del otro lado de la ventana. No era alguien a quién se le resistiese lo que quería conseguir, por norma. Al cuerno Yamcha y todas sus tonterías.

Si tenía que conseguir acostarse con Vegeta, la joven Briefs tenía claro que nada ni nadie se pondría en su camino para lograrlo.