Capítulo 1 - Negación

Abrí los ojos, sin haber descansado, el sueño pesándome en los párpados. Me tapé la cara con las manos, frotándomela, preparándome mentalmente para levantarme de la cama y enfrentarme a un día sin Frost. Giré la cabeza sobre la almohada, viendo las sábanas del lado de Maura arrugadas pero frías. Resoplé, me levanté y me vestí. Tenía la sensación de estar en una nube, no por sentirme feliz, sino porque no era consciente de lo que había pasado, como si la realidad no pudiera llegar a donde yo estaba.

Cuando entré en la zona de nuestras mesas, mi corazón se saltó un latido al ver la silla vacía de mi ex compañero, su "muñeco de acción", como él siempre insistía en llamar al robot de juguete por el que se había peleado con Frankie y al que tenía encima de la mesa para lucirlo y restregárselo por la cara a mi hermano. Apreté la mandíbula y me senté a trabajar, tratando de concentrarme y dejar de levantar la vista cada dos minutos como si esperara a que Frost volviera de ir a comprar café o ir al baño.

No podía quitarme en encima la sensación de que todo era una pesadilla, un horrible sueño del que despertaría en medio de la noche, sudorosa, temblando y probablemente llorando, pero encontrándome a la forense profundamente dormida a mi lado y teniendo la seguridad de que Frost estaría igual en su casa o en sus vacaciones en San Diego.

Solo tenía que esperar a despertar.

Sin embargo, el mundo parecía conspirar contra mí. Con un caso que me mantuviera ocupada, especialmente uno tan raro como ese, el sueño se alargaría cada vez más.

Por lo menos, eso es lo que me decía a mí misma mientras esperábamos metidos en el coche junto con la víctima / sospechosa, todavía sin saber en qué categoría meterla, rondando por la zona de los restaurantes indios y esperando a que algo pulsara un interruptor en su memoria, buscando su gatillo. Aunque me negaba a rendirme ante la tristeza, aunque no pensaba llorarle sino alegrarme de que estuviera en un lugar mejor; aunque aparentaba estar bien, haber encajado bien el golpe, estaba hecha una mierda.

Y es que no podía aceptar que Barry Frost, mi compañero, mi amigo, años más joven que yo, se hubiera ido tan pronto. Podría parecer estúpida por negarme a aceptarlo pero era tan sencillo como decir no, cruzarse de brazos y sentarse en la mesa a esperar a que apareciera por la puerta, sonriendo y saludándonos como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sido una falsa alarma, un simulacro.

Fui consciente de que la joven, sentada a mi lado en el asiento trasero del coche, estaba diciendo algo, pero solo le presté atención a medias, mi vista perdida en el tráfico que se veía al otro lado de la ventana, teniendo la seguridad de que Korsak sí que estaba escuchando y me pondría al día en caso de ser necesario. Sentía que mi mente no podía concentrarse en algo por más de unos minutos escasos antes de saltar de nuevo al motivo que hacía que la pena estuviera oprimiéndome el pecho, comiéndome por dentro.

Observé a la gente ir de un lado para otro en la acera, siguiendo con sus quehaceres de manera normal, como si nada hubiera pasado. Y es que nada había pasado. No para ellos, no para mí. Todo era una pesadilla. Cerré los ojos brevemente, apenas unos segundos, menos de lo que tarda el corazón en dar un latido y, cuando los volví a abrir, vi a Frost parado en la acera que había estado mirando. Abrí la boca para gritarle, para decirle algo a Korsak, pero se me quedaron las palabras atascadas en la garganta, demasiado sorprendida y, a la vez, cabreada con mi compañero por gastarnos una broma tan retorcida y dolorosa. Sintiendo la urgencia de ir a darle un fuerte abrazo y una bofetada, salí del coche corriendo, ignorando las preguntas de la sospechosa y los gritos confusos de Korsak, que me llamaba por mi nombre, reclamando mi atención.

Sin mirar hacia los coches que en esos momentos de más tráfico recorrían la calle, crucé un carril pasando de largo frente al monovolumen que frenó bruscamente para no pillarme. No quería apartar los ojos de Barry, temiendo que, si parpadeaba, huiría para continuar con aquel absurdo juego. Fui a cruzar el otro carril, el único que me quedaba para llegar a la acera, todavía sin escuchar a Vince gritando mi nombre a mi espalda, sin hacerle caso a los pitidos y las protestas; entonces oí el chirrido de los neumáticos derrapando contra el asfalto caliente y miré hacia derecha justo cuando el morro de un coche azul se me echaba encima.

- ¡Oh, dios mío! ¡Cuidado con ese coche! – gritó una mujer en alguna parte de la calle.

Extendí las manos para parar el golpe, imágenes de cadáveres atropellados apareciendo en mi cabeza como el flash de una cámara. La matrícula frontal del Ford golpeó suavemente mis rodillas, parándose justo a tiempo, y mis manos quedaron colocadas sobre el capó. Estaba demasiado asustada como para reaccionar, pero algo me urgió a alzar la cabeza y apartarla del coche que casi me mata para mirar hacia la acera.

No había rastro alguno de Frost.

- ¿Qué haces? ¿Estás loca? – me gritó el conductor.

Me quedé allí parada, apenas respirando, el cuerpo entero doliéndome como si realmente me hubiera pasado el coche por encima. El conductor salió de detrás del volante, mirándome con una mezcla de furia y restos del susto. Me llevé una mano al pecho, sintiendo a mi corazón latir desbocado, tratando casi de salirse por la boca; y entonces Korsak apareció en mi rescate. Ante mi evidente falta de respuesta, colocó un brazo protector sobre mis hombros y calmó al hombre, instándole a volver a meterse en el coche y seguir su camino. Por el rabillo del ojo vi al Ford azul desaparecer calle abajo y la circulación peatonal fue restaurándose poco a poco.

Korsak no me dijo nada, ni me echó la bronca. Me señaló con un gesto de la mano el morro del coche y me apoyé contra él, todavía temblando por la descarga de adrenalina del momento. Se sentó a mi lado y esperó a que hablara.

-R&I-

Entré en el despacho de Maura para despedirme de ella.

- Me voy a casa – anuncié.

Ella alzó la mirada del bolso, también estaba recogiendo sus cosas para irse.

- Estás invitada a pasar la noche otra vez, si quieres.

- No, gracias, prefiero estar sola. – Sonreí de lado, tristemente, y salí del despacho.

Era verdad, no quería que hubiera testigos si esa noche me caía de la nube y me venía abajo. No quería que nadie me viera llorar. Entonces pensé que quizá había sido un poco brusca con la forense y volví a su despacho para rechazar más suavemente su oferta.

- Sin ofender. – Aclaré, asomando la cabeza de nuevo por su puerta.

Maura sonrió y se encogió imperceptiblemente de hombros.

- No me había ofendido. – Se quedó unos segundos en silencio antes de expresar su preocupación. - ¿Cómo estás?

- Estoy agotada – confesé con un suspiro, frotándome los brazos como si tuviera frío.

- Bueno, el desarrollo de la placenta es uno de los procesos más agotadores, energéticamente hablando, del primer trimestre; esa podría ser la razón… - Explicó la rubia recurriendo a sus conocimientos científicos y recordándome por primera vez en ese día que estaba embarazada.

- O podría ser porque uno de mis mejores amigos acaba de morirse… - propuse.

Ella se quedó callada, asintiendo suavemente. Me sorprendió que ella también se escudara detrás de una máscara y el trabajo para no pensar en lo que había pasado.

- Hoy le he visto en la calle – comenté con la mirada perdida.

- ¿Perdona? – replicó, confusa.

- Quiero decir, no le he visto – tartamudeé – Creí haberle visto en la calle.

- Eso se llama una experiencia anormal y, contradictoriamente, es bastante normal en casos como este.

Asentí, mordiéndome la parte interna de la mejilla, y reflexioné sobre la conversación que Maura había tenido con mi madre aquella mañana, parte de la cual había escuchado a hurtadillas.

Acababa de superar la fase de negación.