Poseidón movió sus manos de forma grácil y las olas obedecieron su orden. La noche lució la tempestad océanica y los barcos voltearon hasta perderse en las profundidades del agua.
Lo único que entretenía al Dios de los Mares era eso: hacer bailar a sus olas y admirar la belleza de éstas en su danza.
Estando siempre en soledad, debía encontrar maneras de pasar el tiempo, de hallar ideas para no reflexionar innecesariamente y tomar consciencia de lo solo que estaba en realidad.
Y es que, por más que fuese un Dios, su vida no era como deseaba.
Su padre Kamimatsu había repartido los papeles de todos: su hermano mayor Zeus había sido designado al Cielo y su hermano menor Hades a la fría tierra del Inframundo.
Él, como hermano del medio, fue seleccionado como guardián de los siete mares junto a la flora y fauna marinas, además de todos sus misterios habidos y por haber.
La diferencia con sus hermanos estaba en que Zeus podía tener toda la diversión que él deseara en su mundo, ya que al ser el Dios principal nadie podía negarse a sus caprichos y por eso era que tomaba y tomaba cuerpos y esposas por montones sin restricciones.
En cuanto a Hades, se había enterado hace unos años atrás que un valiente y reconocido guerrero había llegado al Inframundo luego de una dura y sangrienta batalla en aquella guerra cruel y despiadada que había estado próxima a durar aproximadamente cien años. Y que su hermano, de helado corazón y nula piedad, había caído rendido a sus pies en la trampa llamada amor.
Por lo tanto, el único de ellos que estaba (y probablemente seguiría siempre así) solo era él.
Las sirenas y tritones no eran una opción, ya que su especie era reconocida por tener una pareja predestinada para cada individuo. Y él no seguiría el ejemplo de Zeus que por un simple capricho provocaba conflictos entre naciones y fatídicos desastres.
Pasaba los años enteros en completa soledad y su único modo de olvidar o distraerse un poco del dolor era jugar con su extenso océano, aunque eso significase arrasar barcos con vidas enteras.
Claro que esto no podía pasar como si nada, sin tener obvias y severas consecuencias.
Y así fue como antes de que se cumpliera un mes de sus juegos con las olas, Hades abandonó el Inframundo para aparecersele frente a frente.
No lucía muy contento.
—¿Que se supone que estás haciendo, infeliz?—preguntó con su mejor voz de ultratumba.
Poseidón lo miró extrañado y curioso. Hades no era de visitar a ninguno de sus dos hermanos, así que sabía que si lo tenía frente a él era por algo serio.
—¿Qué pasa?—Quiso saber, sentándose en una roca que encontró en medio del mar mientras el menor se mantenía a flote en su nube negra.
—Tus estúpidos juegos con las olas están haciendo que barcos enteros se hundan junto con toda la tripulación ¡Y ninguno sobrevive porque no les das tiempo a nada!—reclamó enfurecido. Tanto, que de la nube de tormenta salieron un par de rayos pequeños.
Poseidón ladeó la cabeza, desinteresado.
—¿Y eso en que te afecta? Son humanos que pasan por mi océano, por mi territorio. Puedo hacer lo que quiera con ellos.
—¡Pero al matarlos los mandas al mío! ¡Estoy cansado de recibir tantas almas! ¡Quiero estar con Ares y no puedo!—gritó, generando unos truenos.
La diferencia era notoria: la nube de Hades relampagueaba y le faltaba poco para llover mientras que el mar de Poseidón se mantenía calmo.
—Es tu trabajo. Siempre recibirás almas. Todos los días muere alguien—dijo frunciendo el ceño y Hades se dio cuenta de que solo tendría una opción.
Respiró profundo y soltó la amenaza.
—Si llego a recibir una tripulación entera otra vez, te juro que me encargaré de contaminar a todos sus seres y animales del mar ¡A ver si tanto te gusta que todos los días vidas se acaben! —vociferó antes de desaparecer, dejando a Poseidón sorprendido por su impertinencia y atrevimiento.
Sabía que Hades jamás mentía cuando se trataba de algo entre ellos. Si debía enfrentarse a Zeus, lo hacia sin problemas, aunque éste pudiera castigarlo severamente luego. Y por eso también sabía que si volvía a jugar con sus olas, cumpliría su amenaza y contaminaría sus aguas.
No pondría en peligro a sus hijos.
Así fue como su único entretenimiento se extinguió y su corazón empezó a desmoronarse al hallarse encerrado en días llenos de monotonía.
Pasaron semanas en las que solamente veía como las sirenas seguían casándose con sus tritones predestinados o las épocas de apareamiento de los mamíferos acuáticos.
En resumen todos tenían a alguien, menos él.
O eso pensaba hasta que un atardecer todo cambió.
Estaba afilando su tridente sentado en la roca de siempre cuando un sonido extraño interrumpió la calma, colándose entre los sonidos arrulladores del mar y sus olas.
Parecía un aleteo, uno irregular y pesado, por lo que creyendo que encontraría algún ave herida, alzó la mirada hacia el cielo.
Y se quedó perplejo.
Una criatura alada, de bonita y perfecta figura cuan sirena, intentaba mantenerse en vuelo sin lograrlo con mucho éxito. Parecía tener dos alas hechas de plumas blancas, pero si Poseidón no se equivocaba, podía divisar también en una de ellas un salpicado color carmesí.
En un momento, la criatura extendió sus brazos y trató de imitar el movimiento de sus alas, porque dejó de moverlas de inmediato, provocando que cayera en picada hacia el mar a una velocidad alarmante. Su cuerpo quedó flojo por completo y mientras caía dio varias vueltas, inconsciente, tal como si fuera una muñeca de trapo.
Poseidón, preso de la curiosidad, se sumergió rápidamente y nadó hasta la zona en la que estaba pronto a zambullirse. Emergió justo a tiempo para atraparlo en sus brazos, notando que no pesaba nada. Lo admiró maravillado, sintiendo un tenue calor en sus mejillas al ver su rostro.
Su piel era tan blanca que parecía de porcelana y sus pestañas tan largas que podría apostar todo a que habían sido creadas por su mismo padre Kamimatsu. Pensar en eso le hizo reaccionar, y no perdió tiempo en llevar a la criatura alada a la roca en la que había dejado su tridente.
La apoyó con cuidado, extendiendo sus alas sobre la misma y luego tomó un poco de agua entre sus manos para mojarle el rostro, buscando hacerlo reaccionar.
La criatura frunció apenas el ceño y apretó los párpados al sentir la humedad sobre su piel… y pronto tomó una bocanada de aire al tiempo que abría los ojos horrorizado.
—¡N-No…! ¡N-No me maten! ¡N-N-No volveré a tomar una espada…! ¡N-No lo haré! ¡P-Por favor no me corten las a-alas, n-no…!—Sus ruegos hicieron que Poseidón retrocediera levemente ante lo impredecibles que habían sido, pero no tardó en regresar para acunar su rostro en sus manos y hacer que sus miradas se encontraran.
—Tranquilo, está bien. Estás bien. Nadie cortará tus alas—tranquilizó, utilizando en su voz el murmullo tenue de las olas. El pobre respiraba errático. Se notaba que estaba asustado—Soy Poseidón, Dios de los Mares y no te haré daño. Estás a salvo—dijo, sonriéndole, sintiendo extrema curiosidad por esos orbes rosados que tenían el mismo color que los caracoles más grandes de las profundidades del mar.
Poco a poco, el pecho ajeno fue bajando, delatando que su dueño se estaba calmando. Poseidón lo sintió removerse incómodo en la roca antes de soltar un pequeño quejido.
—Una de tus alas está sangrando—dijo, amagando a tocarla, pero él se levantó de golpe y retrocedió en pánico.
—¡N-No te acerques! ¡N-No me toques!—chilló, protegiéndose con sus manos al extenderlas hacia arriba en una posición defensiva. Las palmas quedaron al descubierto por completo y Poseidón notó que estaban magulladas.
—Estás herido ahí también—murmuró, mirando con curiosidad sus heridas. Tanto tiempo solo lo había hecho olvidar que podría ser de más confianza si decía esas cosas desde una posición preocupada.
—E-Estoy… bien… —susurró, arrastrándose un poco más, pero sin ser consciente de que estaba en una roca y que atrás solo tenía agua, en la cual cayó.
Poseidón alzó las cejas al ver las gotas salpicar y se quedó unos momentos esperando a que la criatura emergiera, pero no lo hizo. Se preguntó si realmente valía la pena entrar a buscarla y sacarla o si era mejor que descansara en su océano para siempre.
Sentir la inquietud del mar lo hizo escoger la primera opción.
Las olas le estaban gritando con una fuerza desgarradora que no lo dejara ir.
Se sumergió enseguida en su búsqueda y lo halló perdiéndose en las profundidades. Apresuró su nado, que aunque fuera impulsado por dos piernas y no una cola de pez como los tritones y sirenas era más rápido que el de ellos y pronto consiguió tomar su brazo para jalarlo hacia arriba.
Nuevamente, lo dejó en la roca y observó si despertaba.
No lo hizo y entonces entendió que había tragado demasiada agua, por lo que debería actuar.
Se subió a la roca, arrodillándose a su lado, apoyó sus manos en su pecho y empezó a presionar rítmicamente para hacer reaccionar a su corazón. No necesitaba buscar oír su latir antes, después de todo era un Dios y sabía cuando la vida de alguien se estaba apagando o no.
Poco a poco su reanimación comenzó a funcionar, podía sentirlo, pero no podía dejarlo así y lo sabía, por lo que no dudó en apretar su nariz y unir sus bocas para darle parte de su aire mediante un beso, en el mismo instante en el que el sol terminaba de ocultarse y daba paso a la noche.
El aire de un Dios era mucho más potente e importante que el de un simple mortal y apenas tuvo que entregarle un poco para que se reanimara.
Poseidón se separó, sabiendo que le tosería en la cara. La criatura se colocó de costado y se tomó el estómago al tiempo que empezó a toser, sacando el agua que había tragado. Comenzó a normalizar su respiración y a abrir sus ojos confundido y desconcertado. Tenía la visión nublada.
—A-Ah… ah…—jadeó, queriendo incorporarse, pero no pudo e iba a caer por lo mismo, sin embargo Poseidón lo atrapó a tiempo.
—Eres muy torpe, ¿lo sabías?—reprochó, aunque con una voz tan amena y suave que la criatura logró relajarse, manteniendo sus ojos en los ajenos mientras seguía recuperándose. Poseidón no le quitaba la mirada de encima y decidió preguntar—¿Qué eres? Luces como un mortal, pero tienes alas y una belleza cuan sirena, pero no tienes cola, ¿cuál es tu especie…?
Los jadeos pesados fueron apaciguándose poco a poco cuando su dueño empezó a buscar su voz, sabiendo que no le quedaba de otra más que responderle a aquel Dios, ya que no podría huir a ningún lado.
—S-Soy un ángel… del reino de Dios…—respondió con la voz pesada. Poseidón se extrañó al escucharlo.
—¿De un Dios…? ¿De mi hermano Zeus? ¿O Hades, quizás? Pero eso sería extraño… No tienes chupones para ser de Zeus y tu piel no está maltratada en caso de estar en el Inframundo…
—N-No… mi Dios es… otro… y no es…—Sus ojos comenzaban a cerrarse, presos del cansancio y de la relajación que extrañamente Poseidón empezó a brindarle—…misericordioso…
Poseidón ladeó la cabeza cuando lo vio dormirse, sintiendo su vitalidad a flor de piel, lo que hizo que no se preocupara por él. Recordó su ala herida y las palabras del ángel cuando lo había despertado, hablando de alguna espada.
Podía asociar las magulladuras de sus manos a haber empuñado un arma de ese porte, después de todo por lo que sabía, los ángeles eran criaturas delicadas (nunca había visto uno, pero había oído historias de ellos) …o podía asociarlas junto a su ala herida al castigo que le hubieran otorgado por haber tomado la espada.
Torció los labios, decidiendo cargar al ángel para meterlo al océano con él. Antes de hacerlo, regularizó la temperatura del agua para entibiarla levemente y que no se despertarse por el frío, sino que fuese cobijado por éste.
Manteniéndose a flote y tomándolo de la cintura con un brazo, limpió las zonas de piel que su ropa dejaba a la vista y retiró la sangre de su ala herida. Sintió algo viscoso y descubrió que tenía una herida profunda, tal como si le hubieran apuñalado, pero nada que el mar no le pudiera curar.
Poseidón sonrió, admirando la belleza que le dejaba ver la luz blanca de la luna iluminando las curvas de sus delicados rasgos y se inclinó para besar sus labios, manteniéndose unido a ellos un par de minutos.
Cuando se separó, acarició su mejilla y lo abrazó.
Ya no estaría solo.
