Capítulo 2: Rapport
*1 Blairgowrie era su destino final, una de las tantas residencias propiedad de su padre lo albergó durante semanas. Sus días se fueron en largas caminatas entre los terrenos boscosos aledaños a una aldea llamada: Alyth, y la pesca, en el lago Rannoch. Muchas casas en Escocia fueron abandonadas desde que Inglaterra entró en el conflicto, algunos pueblerinos de la zona se marcharon rumbo a América, otros a Sudamérica, lo más lejos posible de esa cruel guerra ante los rumores de que los alemanes ya habían ocupado Polonia, Rusia y Lituania. Los diarios invitaban a todos los varones a enrolarse además de detallar con bastante precisión el desfile de armamento del enemigo: lanzallamas, granadas, tanques, submarinos, acorazados, aviones y dirigibles ―como los zeppelines― que dejaban grandes destrucciones y eran el orgullo de una carrera armamentista de la que hasta, ese momento, no se tenía recuerdo.
Esa misma mañana su paz se acabó al recibir dos cartas de Susanna Marlowe. "¿Cómo es posible que haya dado con mi paradero?", pensó. En la primera carta se deshacía en disculpas y expresaba sus sentimientos con una facilidad que le incomodaba. Tomó la segunda y el perfume impregnaba el papel, al principio le parecía un detalle insulso; pero con el tiempo reconocía ese olor y lo comparaba con el hostigoso aroma de la canela.
Nueva York, 17 marzo de 1915
Querido Terry:
Vuelvo a escribirte, ya sé que debes estar ahí. Tu padre me ha confirmado que un amigo suyo te vio en las cercanías de Londres.
Como no quieres contestar, te escribo para decirte que mañana viajo rumbo a Londres en el primer barco; a pesar de que mi madre me ruega que no vaya, ya que puede ser peligroso por la guerra, eso a mí no me importa. Quiero estar a tu lado.
Amor, por favor, espérame en el puerto.
Te ama
Susanna Marlowe
Dejó caer la carta sobre la mesa y se marchó. Un espiral de situaciones que se desmoronaron ante sus ojos fue lo que vivió ese último tiempo y lo repasó a cada galope; atrás quedó Nueva York desde hace ya más de un mes, dejó la compañía de teatro Stratford y encontró trabajo en otra compañía a la que también terminó renunciando. Intentó seguir con su carrera pero le fue difícil concentrarse y lograr la actuación que le exigía el director, bloqueo mental o tal vez se sentía sobrepasado o lo que era peor, era el fin de su carrera como le gritó uno de sus compañeros con el cual tuvo una feroz discusión.
Los diarios le habían destrozado, muchas especulaciones falsas rondaron y no quiso desmentir ninguna. Terminó empacando sus cosas y marchándose lejos, sin decir nada a nadie con excepción de una sola persona: su madre.
Acentuó el galope sin rumbo fijo y con la intención de inspirar el aire de libertad y calmar su ira. El viento rozaba con violencia sus mejillas y el relincho ahogado de Zeus le hizo detenerse. Tuvo lástima de su nuevo caballo y lo guió a pie por el sendero lacustre dejándole beber agua y descansar. Reconoció la historia que encerraban esas tierras, cerró los ojos. El aroma de unas nacientes flores silvestres llenaron el ambiente, los rayos del sol encandilaron sus ojos y el eco de su risa removieron esos recuerdos. Suspiró. Unos gritos acabaron con el silencio, dos jóvenes corrían por la llanura.
—¡Hey! ¡Ven acá! —gritó un joven muy bien vestido, salvo por el lodo que manchó parte de su chaqueta y pantalones.
—¡No quiero! ¡Ya déjame en paz!
Tomaron una pausa, intentando recuperar el aire. El joven no apartó la mirada de la chica, esperando a que bajara la guardia.
—¡Detente para que hablemos! —rogó exhausto.
—¡No!
—Bueno, supongo que puedes seguir corriendo descalza —dijo con una burlesca sonrisa, mientras sacudía en alto los zapatos —. Debe ser muy cómodo. ¿No?
—Ríete. ¡Ya te dije que no quiero hablar contigo! —chilló.
Al ver que él volvió a correr, ella también lo hizo.
—¡Llevo más de media hora tras de ti! Has ganado, creo que es mejor irse —dijo dándose por vencido —. ¡Dije que me voy! —gritó por última vez.
De reojo la vio asomarse detrás de un árbol y esconderse. Fingió no verla y caminó otro trecho, se giró y emprendió la carrera tras ella logrando por fin capturarla.
—¡Ya te atrapé! —gritó y rió victorioso. La abrazó por la espalda y sostuvo sus brazos, pese a los esfuerzos de ella por zafarse, la fuerza masculina pudo más.
—¡Suéltame! Estás enlodado, me ensuciarás.
Forcejearon y rodaron cuesta abajo por una loma cercana al lago. La joven ahogó un grito del susto, fue la primera en levantarse, se sacudió el vestido y recogió su sombrero. Al voltearse el joven permanecía en el suelo y no se movía.
—¡Hey! ¿Estás bien? —preguntó preocupada. Lo movió con un pie.
Vaciló ante la idea de acercarse. Sólo era una actuación porque saltó sobre ella, la sostuvo por los brazos quedando frente a frente, aunque evadió su cercanía e intentó zafarse no consiguió nada hasta que le dio un puntapié en el tobillo.
—¡Ay! Eso dolió, mula —se quejó saltando en un pie.
—Para que aprendas y ésta otra es por llamarme: mula —dijo molesta, quiso enviar otro puntapié, pero él lo esquivó. Tomándola por los brazos la volvió a acercar a él.
—¡Ja! No pudiste —dijo riendo.
—Suéltame, Ben.
—No, ¡ven acá! —exigió y la alzó en vilo.
—¡Qué haces! ¡Bájame en este preciso instante!
—¡No te bajaré hasta que me dejes hablar! —advirtió mirándola a los perfectos ojos azules e incomodándola con su inspección —. Además soy muy fuerte y puedo sostenerte por horas —dijo levantándola por sobre su cabeza.
—¡Ah! Me vas a dejar caer, lo sé —reclamó asustada.
—No, no lo haré. No pesas tanto —aseguró soltándola en el aire y tomándola nuevamente en sus fuertes brazos.
—Está bien. Bájame primero y podrás hablar —respondió, cediendo a su petición, ante el asombro del chico. Obedeció.
—Veamos, por donde empiezo… —dándose valor para encararla le dio la espalda.
Tenía muchas preguntas que guardó celosamente y por años, con ese impulso por aclararlas lo antes posible, las hizo todas sin respiro hasta que sintió que se sacaba un gran peso de encima. Al no escuchar nada se dio la vuelta. Ella tenía los ojos cerrados, las manos en sus oídos y canturreaba sin parar, esa actitud infantil lo molestó.
—¡No seas niña! Dijiste que podía hablar —gritó y le quitó las manos de sus oídos.
—Dije que podías hablar, otra cosa es que yo pueda escuchar —argumentó sacándole la lengua. Volvió a taparse los oídos y cerrar los ojos.
—Muy inteligente ¿no? Conozco otra forma para que me escuches.
Giró en busca de una idea y la tuvo. En la orilla del lago había unos botes y en un costado unos baldes. Lo revisó y lo llenó de agua.
—Veamos si ahora sigues cantando… —dijo lanzando la cubeta con agua.
Gritó. El agua estaba helada, miró su ropa: estropeada.
—¡Esta vez me las pagas! –—bufó. Tomó la cubeta y se fue a zancadas hasta el lago.
—¡Qué haces! No hagas algo que lamentaras. Era un inofensivo juego. ¿No lo recuerdas? Creo que vi una sonrisa hace un rato atrás cuando me lanzaste esa cubeta de lodo ¿o no?—explicó riendo de su travesura y huyendo de su persecución.
—No era para ti y ahora yo no estoy jugando. ¡Ni me estoy riendo! Debiste pensarlo antes de hacer algo como eso —amenazó corriendo tras él.
El muchacho la detuvo con una mano en su cabeza. La cubeta con agua se derramó encima del vestido de la chica, enfureciéndola.
—¡Uy! ¡Qué miedo! —se burló. Ella volvió al lago por otra cubeta con agua.
—¡Te odio! ¡Toma! —gritó lanzando el agua y sólo logró mojar una parte de la blanca chaqueta de franela inglesa que llevaba.
—¡Qué puntería! Hey, ten cuidado esa zona está resba… —advirtió al verla ir a llenar otra cubeta con agua. Demasiado tarde la chica cayó de bruces en el cieno —. Resbaloso, eso iba a decir…
Corrió a ayudarla, le rechazó y en ese manoteo volvió a caerse en el cenagal.
—¡Qué divertido es burlarte de mí! ¿no? —replicó al borde la las lágrimas.
—Tú comenzaste con este ridículo juego. Déjame que te ayude, no me gusta verte llorar.
—¡No estoy llorando! ¡Lárgate de aquí de una vez! —exigió empujándole de su lado.
La observó arrepentido, por supuesto que no se burlaba, solo quería sostener una conversación con ella. Se fue a la orilla del lago y mojó su pañuelo.
—Toma —dijo, extendiéndolo cerca de sus manos —. Vamos, quítate el lodo del rostro. Si quieres te llevo a casa para que te cambies de ropa.
—¡Vete al demonio! —gritó con toda sus fuerzas. Llevándose el pañuelo —. ¡Dije que no quiero nada de ti!
—¡Pero bien que sí quieres el pañuelo! ¿no? —gritó. Metros más allá lanzó el pañuelo al aire —. ¡Es un pañuelo fino! ¡Necia!
—¡Necia será tu abuela! —gritó a todo pulmón habiéndose alejado bastante del lago —. ¿Me habrá oído? Espero que sí.
—Difícil que no te haya oído, con esos pulmones que tienes para gritar así: "¿Necia será tu abuela?" ¡Vaya! ¡Vaya! …si eso no es amor… —le dijo una voz con acento inglés.
Buscó alrededor hasta que la persona que estaba arriba de un árbol bajó de un salto. Ambos se reconocieron. La joven más avergonzada que él ya que su fugaz encuentro no fue del todo agradable, y menos ahora, en que su apariencia parecía al de un lechón.
—¿Y tú? ¿Acostumbras a espiar a las personas arriba de los árboles, como un mono? —dijo intentando arreglar su atuendo.
—¿Mono? No, yo sólo estaba aquí descansando y un par de locos enajenados perturbaron la paz de este lugar, gritándose de todo. Aunque no puedo negar que me he reído con el espectáculo —comentó riendo.
—Lo siento, pero la función ya se terminó.
—Qué pena, estaba tan entretenido.
—Ja. Veo que ya estás mejor —dijo, señalando su pierna y rostro.
—Sí…Mejor para ir a la guerra. ¿No? Si vas a darme un sermón, ahórratelo, porque no me interesa —respondió a la defensiva. Giró sobre sus talones.
—No tengo la menor idea de qué sermón me estás hablando —repuso adelantándolo y mirándole de cerca.
—¿No? ¿Tú no eres de la orden de la pluma?
—¿Yo? No. ¿Por qué lo dices? —repasó mentalmente lo vivido en Londres y comprendió —. Ah ya sé, lo dices por la pluma que le di a los cretinos de la otra noche. Bueno es que ellos merecían ser llamados: gallinas.
—Entonces es un alivio no encontrar a alguien así por aquí.
—Las veras más a menudo en Londres y en ciudades más pobladas. Si te alejas de ahí, todo bien.
—Lo tendré en cuenta. Ya debo irme, que tengas un buen día —dijo y caminó a través de la senda, en busca de Zeus.
—¡Qué fastidio! ya viene de nuevo. ¿Es que realmente no se cansa? —pensó en voz alta, al ver que el muchacho la estaba buscando —¡Ah!, ¡que hago!
Corrió, giró graciosamente de un lado a otro, buscando dónde esconderse ante la mirada de Terry.
—¡Ya sé! ¿Ese caballo es tuyo?… ¿Me lo prestas? —preguntó acercándose al caballo.
—Es que él no se lleva bien con las chicas…es un poco brusco…—advirtió, pero Zeus se había dejado peinar el tupé y que le rascaran la frente con los ojos cerrados. Acto seguido ella ya estaba montando el caballo sin problemas.
—No lo creo, parece que le agrado. ¿Cómo se llama? —preguntó acariciando el cuello del purasangre castaño.
—¿Yo? Terruce
—Me refiero al caballo.
—Ah, es Zeus, el traidor —dijo entre dientes
—Entonces, Terry. Mañana a primera hora, lo dejaré atado a la orilla del lago. No demores en venir a buscarlo.
La vio perderse y al voltearse ante sus ojos estaba el joven que la perseguía.
—¡NECIA! —le gritó por última vez, sin importarle mucho que el oído de Terry estaba justo al lado.
—Cenicienta dejó sus zapatos con el príncipe enlodado —comentó al ver los zapatos en sus manos.
—Así parece. Si yo soy el ¿príncipe? entonces tú serías… ¿El hada madrina que le consiguió el caballo?
Ambos rieron, se dio una pausa incómoda y decidió presentarse.
—Hola, me llamo: Benjamín F. Rothschild —extendió la mano para saludarle.
—Hola, Terruce G. Grandchester.
—¿Grandchester? El hijo… del duque… ¡¿Grandchester?! —lo observó sorprendido.
—Ajá. ¿Y tú eres el hijo de uno de los banqueros más ricos de Londres? ¿No? —inquirió desviando así la atención. No quería entrar en detalles.
—Sí, pero dime algo…¿Conoces a Joan? —interrogó con confianza.
—¿Joan? ¿Qué Joan?
—La chica que se acaba de ir, se llama: Joan y es mi… —hizo una pausa—. Mi nada… lo siento. Entonces, ¿de dónde la conoces?
—La conocí en Londres. Aunque no me había dicho su nombre —pensó y notó cierta atmosfera de inseguridad que terminó por argumentar —. Tranquilo, yo sólo he prestado ayuda, nada más.
Benjamin Rothschild fue quien después de preguntar mucho sobre la chica ―a pesar de que él le insistió en que no le conocía lo suficiente―, terminó dándole una breve reseña sobre el tipo de relación que tenían. El monologo y la clara intención del joven desconocido, por entablar amistad, le contrarió. Terry, solo respondió con monosílabos, pero debía admitir que tenían mucho en común: fiestas y eventos sociales, educación y exigencias protocolares. Su apatía finalmente terminó cuando se dio cuenta que compartieron los mismos maestros particulares en esas disciplinas que sus progenitores les imponían con el afán de hacer de ellos, unos hombres de bien. Sonrió.
—En fin, ya se me hizo tarde. ¿Te llevo? Tengo mi auto estacionado cerca del camino de allá, en la curva —indicó Ben.
—Sí, te lo agradecería. Debo preparar, otra vez, mi regreso a Londres.
—¿De verdad? ¿Cuándo?
—Dentro de estos días.
—Yo también debo volver. Pues si quieres te dejo hasta allá.
Lo miró, era evidente que había conseguido un amigo, pese a su abulia y sus escuetas respuestas.
—De acuerdo.
—Entonces mientras eso sucede, te invito a jugar golf. ¿Sabes?
—Sí, algo aprendí. ¿No te gusta pescar?
La conversación distendida y agradable le auguraba una naciente amistad que terminó con una invitación a la residencia de los Rothschild en St Andrews y no lo esperaba, no estaba en sus planes. Amistad, para Terry era algo que nunca conoció en su totalidad, salvo una excepción: Albert.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
Desde que comenzó la guerra, la gran mayoría de los trasatlánticos de las principales navieras inglesas fueron retirados de los muelles y confiscados por el almirantazgo; muchos dormían encallados entre Liverpool y otros puertos siendo transformados en secreto para el traslado de tropas franco-británicas, entonces conseguir un transporte marítimo fiable fue una verdadera odisea.
Absorta en el oleaje golpear la proa pensó en como el destino la llevaba otra vez a Londres tal como años atrás, aunque esta vez, en un barco más pequeño y menos lujoso que el Mauretania. Suspiró con pesar y recordó. Gracias al matrimonio Foster tenía una pista clara y averiguó muy bien que tan fidedigna era: la familia Hooker existía y tenía una dirección. De cualquier forma la última palabra la tendría sólo si viajaba, por supuesto que al contar su decisión, obtuvo una dura oposición. Había escuchado los argumentos repetitivos, lo peligroso que podía ser ese viaje en medio de un conflicto bélico más aún cuando Alemania poseía submarinos que atacaban barcos mercantes sin piedad alguna. Ninguna de las suplicas de su entorno lograron que cambiara de parecer y se comprometió a cuidar al chico que iba a su cargo. A fines de marzo, su travesía había comenzado.
Con una carta en sus manos, pensó: "la última persona en enterarse debió ser Albert". Ya no quería dar explicaciones sobre sus decisiones. Ya no quería arrastrarlo a su vida y exponerlo, bastantes ocupaciones debía tener con asumir a la luz pública su rol como William Albert Ardley. Así que aquella carta escrita desde antes de zarpar, terminó danzando en la brisa hasta sumergirse en el mar.
Charlie, su pequeño acompañante, se indispuso y le obligó a dormir una siesta en compañía de Klin. No solamente a él le afectó el balanceo, ya que la noche anterior y al salir a cubierta se cruzó con un hombre mayor que también se sentía mareado, a pesar de querer ayudarle se negó.
—¿Por qué no habrá querido que le ayude? Qué personas más antisociales y extrañas viajan en este barco ―pensó en voz alta.
Miró a su alrededor. Un señor con una gabardina oscura, leyendo. Un japonés gesticulando con un mesero sin poder darse a entender. Unos hombres que la miraron con agresividad logrando asustarla y un grupo de chicas que al mirarle de arriba abajo se mofaron de su atuendo. Repasó su indumentaria: sombrero ala ancha de paja con flores secas amarillas, falda color chocolate con bordados de hilo de seda negro que acentuaba sus caderas, chaqueta de brocado del mismo color, guantes de red, camisa de encajes color mantequilla y zapatos de gamuza taco medio. No parecía tener nada fuera de lugar, salvo… sus pecas. Resopló.
—Señorita Alegría, ¿por qué se ha puesto usted bizca? —le dijo un joven que estaba sentado frente a ella con un cuaderno y un lápiz en sus manos.
—¿Me he puesto bizca? Oh, estaba mirando mis pecas —se sonrojó ante su absurda explicación.
—No me diga que usted lleva la cuenta de sus pecas. En esta travesía… ¿Le ha salido una más?
El comentario, lugar y las circunstancias. No, no se parecía a él, en nada, pero sus palabras le hicieron recordarle y al sentir la mirada del desconocido inspeccionándola volvió a la realidad y respondió:
—¡No! Por supuesto que no —aclaró y se acercó a él —. ¿Por qué señorita Alegría?
—Por su sonrisa de ayer —dijo y explicó —: La vi con un chico que se cayó de las escaleras y usted le ha curado la herida, para hacerlo reír le ha puesto la misma cara esa…la que tenía hace un rato.
—Ja,ja,ja,ja. No me di cuenta.
—¿Quiere usted sentarse? —le señaló otra silla a su lado, que Candy aceptó.
—¡Oh! Está dibujando. ¿Quién es el señor que está ahí? —indicó el retrato que estaba retocando. Le sorprendió ver cómo las expresiones y hasta los sentimientos podían ser plasmados en unos cuantos trazos y darle vida en un papel.
—Este señor estaba en el puerto antes de abordar el barco. No sé cómo titularlo, pero ya lo pensaré luego —miró al cielo con una graciosa mueca —. Es bueno tener con quién conversar. En este barco las personas son un tanto extrañas. ¿No lo cree?
—Sí, es lo que justamente estaba pensando.
—¿No le importa si la dibujo a usted? ¿Puedo?
—¿Qué? ¿Dibujarme a mí? Bueno, si me promete que omitirá mis pecas —pidió con una tímida sonrisa.
—Está bien, señorita… No sé su nombre, el mío es: Liam Henson.
—Mucho gusto señor Liam, yo me llamo: Candice White —estrechó su mano —. Y por favor no me trate de usted, dígame, Candy.
—De acuerdo, tú sólo dime: Liam.
—Liam, ¿qué es lo que debo hacer para que me dibujes? —se acomodó en el asiento esperando sus instrucciones.
—Sólo quédate así como estás, con la misma expresión que tenías… antes de mirar las pecas.
Candy obedeció y se mantuvo inmóvil observando al joven artista, tiempo suficiente para percibir su agradable rostro anguloso y pálido, una incipiente barba que rascaba con la punta de sus largos dedos, su cabello negro y largo se despeinó dejando al descubierto esos grandes ojos azul turquesa enmarcados en pobladas cejas oscuras que se entrecerraban ante la intromisión de los rayos del sol que se colaban entre las nubes. Intentó echar un vistazo al dibujo.
—¡No! Todavía no lo termino, estoy haciendo el bosquejo de tus facciones y luego haré las sombras y detalles. ¿Por qué no me cuentas adónde vas con el chico? —comentó y continuó difuminando.
—Se llama: Charlie y nuestra primera parada será Londres… ¿Tú también vas a Londres?
—Sí, tengo asuntos pendientes con mi familia y amigos que estaban en Escocia. Además debo volver a mi trabajo —se detuvo y la inspeccionó con la mirada —. Supongo que no eres de la orden, así que puedo sentirme aliviado.
—No entiendo. ¿Qué orden?
—Créeme, lo sabrás cuando llegues a Londres.
—¿En qué trabajas? —preguntó buscando tema de conversación.
—Por el momento, trabajo en "Noticias ilustradas de Londres"[1]
—¡Qué interesante! ¿Eres reportero?
—No, soy pintor y dibujante. ¿Qué haces tú? ¿Eres enfermera, maestra o estás casada?
—¿Eh? ¿Cómo lo sabes? —sintió curiosidad por saber cómo fue que acertó con tanta precisión.
—¿En cuál he acertado?
—Enfermera.
Liam, sabía que vencer los convencionalismos no era una tarea fácil, no era necesario ser mujer para saberlo. Él, sabía de sobra que optar por una profesión distinta a la "establecida" ―en esa época― era una irresponsabilidad, y por consiguiente el apodo de "la oveja negra de la familia" era inevitable. Sostuvieron una amena conversación sin prestar atención a la hora.
Entre el cielo encapotado, el impetuoso sol coloreó el firmamento de líneas naranjas, rojizas y azuladas hasta perderse por completo en el horizonte. Candy, fue en busca de Charlie y tras las presentaciones Liam le enseñó sus dibujos y el chico quedó maravillado e insistió en que le enseñara a dibujar y así lo hizo, aunque sólo dio tiempo para explicarle nociones básicas y antes de despedirse le dejó como tarea tener el dibujo de Klin listo para mañana.
—Tengo hambre, Candy —reclamó el chico, frotando su vientre.
—Entonces vamos a comer algo antes de irse a dormir. ¿De acuerdo?
—Ya dormí toda la tarde.
—Aunque así haya sido, después de cenar y terminar el dibujo te irás a dormir con Klin.
—¿Cuánto falta para llegar a Londres? Ya llevamos muchos días en este barco y comienzo a aburrirme.
—Mañana, a primera hora, pisaremos tierra inglesa. Ahora, vamos a cenar —invitó, tomando a Charlie de la mano.
En el salón - comedor le esperaba un variado buffet: pescados, carnes, pollo y todo tipo de guarniciones, hasta los más deliciosos postres y jugos. Les tomó tiempo decidir qué comer y una vez servidos sus platos se sentaron en la mesa cerca de la entrada.
Ensimismada pensó en lo poco que faltaba para llegar al puerto de Southampton y eso acrecentaba sus nervios, motivo por el cual no fue capaz de digerir nada en todo el viaje; aquella apariencia pálida y ojeriza de esos días logró preocupar al chico que se vio obligada a tomar, por lo menos, un jugo de frutas. Acompañó a Charlie a la litera y llevaron la comida que guardaron en servilletas a Klin. Ayudó al chico a ordenar una ropa en su maleta, pintar el dibujo y lo arropó al verlo quedarse dormido.
Candy, recostada y vestida sobre su cama no dejaba de pensar, decidió ir a dar una vuelta para despejarse. Caminó a paso ligero desde la cubierta superior hasta llegar a la proa. La noche estrellada estaba helada y la enorme luna llena rozaba como un manto de luz las olas del mar atlántico clareando el fondo de esas inhóspitas aguas. Calmó sus ansias de llegar a tierra respirando bocanadas de aire salado y el relajante sonido de las olas al chocar contra la amura. Sintió un ruido que la alertó, al darse vuelta divisó a un hombre mayor tambaleante quitarse la chistera y dejarla caer, logró afirmarse de la baranda con una mano y con la otra sostuvo con fuerza el antebrazo que le socorrió.*2
—¿Señor? Se siente usted mal. ¿Puedo ayudarlo? —preguntó preocupada.
—No… Yo… s-s-s-ólo estoy mareado… p-por el balanceo del barco… —dijo con la voz entrecortada. Soltó la mano de ella y se afirmó de la baranda.
—Se le dificulta respirar. Déjeme que le ayude a sentarse —lo tomó por la cintura y pasó uno de sus brazos por su hombro —. Puede recargarse, soy más fuerte de lo que aparento.
El hombre no se negó, logró llegar a una silla y sentarlo. Candy se agachó quedando frente a él y le reconoció de inmediato, era el mismo señor de la noche anterior.
—No tiene fiebre —dijo tocando su frente con la mano —. ¿Es usted propenso a marearse en los barcos?
—Se… p- podría decir que sí —bisbiseo tratando de volver a la normalidad.
—Llegando a Londres debería ir a un médico para que le revise. Yo soy enfermera pero no sé en qué más puedo ayudarle —dijo, logrando que el anciano que hasta ese minuto tenía los ojos cerrados los abriera con sorpresa.
—Tú… eres… en- fer-mera —afirmó más que preguntar.
Candy asintió con una gran sonrisa y miró con ternura al abuelo. Tenía unos hermosos y grandes ojos azules, pobladas canas y un gracioso y delgado bigote blanco. Recogió su chistera, le ayudó a colocársela, frotó sus manos frías con las de ella para que entrara en calor y le ayudó a ponerse los guantes que llevaba guardados en el abrigo negro.
—Tranquilícese. Las personas cuando se sienten mal tienden a ponerse nerviosos y eso no ayuda. Respire hondo, así. Inhale y luego exhale para que pueda reponerse —aconsejó, Candy. El hombre obedeció.
—Ya… Ya… estoy mejor.
—No se esfuerce. Los guantes y el sombrero no debe quitárselos, por las noches refresca mucho y más si sale a pasear en cubierta —aconsejó nuevamente.
—Ya… ya…déjeme, ya me siento mejor —dijo. Se puso de pie y se alejó de su escrutinio.
—¿Debo ir por alguien? Si usted quiere le acompaño a enfermería del barco —insistió y lo siguió tras sus pasos.
—No, no es necesario.
—De verdad no debería estar por ahí solo, si se siente mal.
—No lo estoy, usted viene justo detrás de mí —respondió el hombre mirando de rabillo la sombra de Candy unirse a la de sus pies.
Por primera vez en mucho tiempo sintió la compañía de alguien.
—Es cierto, es que me preocupa. Usted no debió venir solo en este viaje. ¿Tiene hijos? —interrogó siguiendo sus pasos y siempre alerta.
—No.
—¿Alguien le acompaña? ¿Su esposa?
—No.
—¿Le aviso a alguien? Puedo ir a enfermería y…
—No. ¿Qué acaso usted no me ve caminando? Eso quiere decir que ya estoy mejor —replicó siguiendo la ruta hacia su exclusivo camarote.
—Es cierto, le dejo entonces. Que tenga una buena noche. ¡Qué se recupere y qué llegue bien a Londres!
El hombre al escuchar esas palabras se frenó en el pasillo y volteó a verla. La falta de luz solo lo dejaba en penumbras a él, sin embargo la luz daba de lleno al rostro de Candy que le sonrió. En un murmullo sincero se le escapó un inaudible:"Gracias"
—¿Ha dicho usted algo? —preguntó Candy, pero no obtuvo respuesta solo la mano del señor agitarse en el aire —. ¡Adiós, señor!
Sin duda era un anciano extraño, solitario y hostil; pero había algo en su mirada solitaria que le inspiró ternura. Se marchó a su camarote, las horas de esa noche fría sin duda pasarían veloces ya que mañana por fin llegaría a Londres.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
*3 Sentado en el escritorio repasó sus apuntes por décima vez. Tomó un sorbo del café ya frío que tenía junto a la máquina de escribir Underwood n°5 [2] que le esperaba. Entrelazo las manos y estiró sus brazos al frente para luego tamborilear con sus dedos la mesa, simulando las teclas de un piano; un juego instintivo como precalentamiento antes de empezar a escribir. Tecleo: "Alguna vez…" Sacó la hoja del rodillo, la arrugó y encestó al papelero de la esquina. Miró la hora de su reloj de bolsillo, sabía que la imprenta sólo lo esperaría media hora antes de medianoche y algo le faltaba al artículo, mejor dicho le faltaba todo. Si no encontraba una inspiración rápido recibiría el regaño de su editor, además de los escupitajos con panecillos de canela a medio morder; y si daba con su venia tendría de recompensa ese habano cubano que guardaba en la penúltima gaveta, más una palmada en su espalda. Miró a su derecha, el escritorio vacio, de seguro su compañero Gael Sullivan estaba en terreno investigando para su último reportaje sobre "Transatlánticos y sus usos en la guerra".
Se estiró, agarró su chaqueta y se dirigió hacia la salida. Subió los peldaños de las escaleras de dos en dos hasta llegar a la azotea. El aire y el sol acariciaron su pálido rostro, buscó con la mirada y aún seguía el estaño de madera tallada que dejó hace más de dos semanas. Avanzó y se recostó boca arriba mirando las nubes vaporosas pasar ante sus ojos azules, por más de media hora. El cielo evocó una escena de su pasado lejano. En una reacción maquinal comenzó a tararear una canción:
"Au clair de la lune, mon ami Pierrot, Prête-moi ta plume, Pour écrire un mot, Ma chandelle est norte, Je n'ai plus de feu, Ouvres-moi ta porte, Pour l'amour de Dieu"…[3]
—Señor Seth ¿busca usted inspiración en las alturas y cantando? —preguntó la voz de un joven, interrumpiendo la canción. Sacó de su bolsillo la cajetilla de cigarros.
—No, sólo estaba admirando el paisaje —respondió sentándose en el banco y ordenando su corbata.
—¿Sabe francés? —preguntó ofreciendo un cigarro a su compañero y él lo rechazó.
—Algo. ¿Cómo te fue?
—La verdad ni sé —dijo suspirando y lanzando el humo al aire —.Tuve la entrevista con el almirante Wellston, para saber su opinión sobre los rumores de contrabando armamentista, me miró como si estuviera desquiciado. Dijo que a él no le consta, pero ya sabe… ellos no hablan sobre las decisiones militares de otros países. Solo se refirió escuetamente al tratado y sus excepciones. ¿Desde cuándo la guerra tiene códigos y éstos se respetan?
—No, no los tiene. ¿Olvidó que desde febrero que Alemania declaró la guerra sin restricciones marítimas?
—Sí, se lo recordé pero me dijo que los ataques eran sólo a barcos mercantes.
—Seguro. ¿La información que manejas sobre el Nithel es fiable?
—No lo sé…aún tengo dudas.
—Primero debes estar seguro. Luego…pues ya sabes que existen dos bandos, los dos lados de una moneda: lo que conviene que se sepa y lo oculto. Sabes que si tomas la segunda opción no te será fácil conseguir testigos que den la cara y lo que es peor, tu reportaje podría no ver nunca la luz —advirtió. Era algo que con sus años de experiencia ya lo había vivido.
—¿Usted cree que el editor haría algo así? Estamos en Estados Unidos.
—Sí, pero el editor también obedece a una jerarquía. ¿No recuerdas lo que te dijo en la última reunión? "Mi querido, Gael. Estás desviándote del sentido de la entrevista" —imitó con voz ronca.
—Cierto, esto puede tener peores consecuencias de lo que estoy imaginando —replicó apagando el cigarro en el suelo.
Pensando en su futuro como periodista, después de haberle costado tanto pagar sus estudios y conseguir ese empleo, debía meditar sobre sus pasos a seguir.
—El contrabando armamentista es un secreto a voces en América y Europa. ¿Realmente crees que no ha llegado a oídos de los alemanes? Tu reportaje no debería ir enfocado a las naciones, sino que a las personas que ignoran que son una pieza más de este juego de ajedrez, y lo que es peor sin ser consultados. Es tu decisión, Gael —aconsejó dándole una palmada en su espalda.
—La guerra no sólo abarca territorio aéreo y terrestre, sino que también marítimo. Creo que las personas saben que navegan en un mar atestado de submarinos alemanes y que… —guardó silencio —. Todavía debo investigar más.
—Investigar en las altas esferas no es lo indicado. Solo obtendrás respuestas de buena crianza y más aun en un gobierno en pro de la paz y de las buenas relaciones con un socio comercial tan importante —comentó con un tono sarcástico.
—Pensaba que tal vez… ¿Usted cree que podría hablar con su amiga inglesa, la corresponsal? Necesito su ayuda —preguntó complicado ante la petición.
—¿Felicity? —miró a su interlocutor y éste asintió —. Ella aún no es corresponsal.
—Pensé que sí.
—No, aún no sabe si aceptará ese cargo.
—Oh, ya veo.
—Gael, yo creo que ya sabes suficiente, mejor la pregunta háztela a ti mismo. ¿Qué te dice tu olfato periodístico?
Sus notas y contactos no le mentían, en esas largas semanas de investigación había descubierto situaciones interesantes y que merecían salir a la luz. Su instinto y las mismas circunstancias lo llevaban cada vez a involucrarse más, aunque ese camino no tenía retorno. Lo sabía. Ahora tras la conversación con el señor Seth, un gran amigo desde que llegó a trabajar al diario hace casi dos años, comprendió que tarde o temprano debería elegir qué camino seguir. Ya había vivido las ediciones desmedidas en sus reportajes sobre la gran guerra: sinónimos, cambiar el tono de su síntesis, resumir, no citar ha determinado personaje. Aunque cedió en pro de los buenos resultados y comentarios positivos, el sentimiento de que tal vez el original podía ser aun más exitoso le penó por horas.
—Éxito y ética son el dilema. Las dos difícilmente van de la mano —dijo el hombre golpeando su espalda, poniéndose de pie para volver al trabajo.
—¿Cómo supo lo que pensaba?
Era una virtud o mera casualidad, siempre sabía lo que pensaba. Tal vez era porque tenían la misma pasión por la profesión. Desde que le conocía lo sintió como un verdadero padre, aunque de su vida supiera poco, creía que podía confiar en él.
—También fui joven e impetuoso alguna vez —respondió con una afable sonrisa.
—Vamos, todavía lo es.
—Para algunas cosas ya no. Mi tiempo pasó y a pesar de eso, todavía siguen por ahí ciertos sueños incumplidos.
—¿Se refiere a la señorita Felicity?
—¡Qué dices! No hablo de amor —exclamó agarrándolo por el cuello y con su puño restregó su cabello negro en un gesto paternal.
—Yo quisiera tener una novia así de dedicada y preocupada por mí —musitó decepcionado al pensar en su nula vida amorosa.
—Felicity no es mi novia, es una buena amiga… —aclaró de inmediato bajando sus ojos azules a sus zapatos y guardando sus manos en sus bolsillos.
—Sí, para usted.
—Vamos a regresar al trabajo. Tengo que entregar el reportaje sobre grandes literatos de la era medieval y ni siquiera sé por dónde empezar. ¿Alguna idea? —comentó desviando la conversación.
Llegaron al piso 12 del edificio donde se encontraba la sala de redacción del periódico, les esperaba la mirada adusta de su jefe a través del vidrio de su oficina. Supieron que uno debía terminar su trabajo y el otro enseñar sus avances en su investigación periodística. Antes de ir a esa reunión ineludible, miró sus notas las conocía muy bien y ya no era necesario ni siquiera releerlas porque cada palabra la meditó muy bien. Respiró hondo, arrancó una hoja del cuaderno y las dejó a un costado de su escritorio.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
Terry, buscó a Zeus donde la joven le indicó y ahí estaba: bañado, perfumado, cepillado y con una nota agradeciendo el préstamo. No pudo evitar sonreír al ver el lazo rojo que estaba atado alrededor del cuello del caballo.
A los tres días después viajó junto a Benjamín Rothschild hasta Londres y aunque insistió en ofrecerle hospedaje, se lo agradeció pero decidió quedarse en un hotel cercano al puerto de Southampton. Desde que había recibido el telegrama de Susanna, hace más de una semana atrás, sabía que debería enfrentarla y ahora que venía en camino, asumía la responsabilidad de cuidarla y hacer lo posible para que volviera a América. Luego de dejar su maleta, tomó un baño para refrescarse, se vistió y salió.
Caminó con la mirada en los adoquines de las callejuelas y sus manos en los bolsillos. La algarabía de unas personas que bloqueaban la acera le alertaron así que dobló antes de llegar a la esquina y entró a la primera cafetería que vio. Recorrió con la mirada el recinto: acogedor y distendido, pocas personas y al fondo a la derecha una puerta de salida que daba a la acera de al frente; su inspección se detuvo en el letrero de un hotel, de haberlo visto antes se hubiese hospedado ahí. Decidió escoger la mesa del fondo a la izquierda y sucumbir a la tibieza del ocaso a sus espaldas con la lectura de un libro, si mantenía la mirada en esas páginas nadie le hablaría, a excepción de la mesera que le tomó su orden: Café.
—¡¿Podría apurarse con el café?! —exigió la voz de un anciano.
Un hombre muy bien vestido, sus canas cubrían la totalidad de sus cabellos que alguna vez fueron rubios y sus ojos azules sobresalían de aquel rostro hostil.
—Aquí tiene. ¿No desea algo más? —preguntó la mesera.
—¡No! ¿Es esa la hora? —indicó un reloj de madera de haya tallado que estaba en la pared.
—Sí, son las ocho y media.
Miró impaciente por la ventana, cruzando y descruzando sus brazos, secó el sudor de su frente con un pañuelo de seda y volvió la vista al sobre que sostenía en sus manos. Una vez más miró a la puerta de entrada y por fin la llegada de la persona que esperaba: un joven con el típico traje teatral del siglo XVII, que llamó la atención de Terry; calzones hasta la rodilla, un jubón ocre corto, zapatos cafés de hebilla y un sombrero de fieltro con una pluma. No fue mucho lo que dialogaron, ya que se puso de pie listo para marcharse, el viejo le tomó la mano obligándole a quedarse con un sobre, no lo aceptó y el joven se marchó.
—¡Por favor, deténgase! —gritó el anciano. Intentó ponerse de pie para alcanzarle, pero se desplomó.
—¡Un médico! ¿Hay algún médico por aquí? —preguntó la mesera nerviosa.
—No, pero hay un hospital cerca —sugirió otra persona —. Sólo hay que levantarlo.
—Voy por un carruaje —dijo otro saliendo a la calle.
—¡¿Señor?! ¿Me escucha? ¿Cuál es su nombre? Vamos…le ayudaremos a levantarse —dijo Terry.
Con la ayuda de otras personas lograron levantarlo del suelo y sentarlo en la silla, mientras esperaban el carruaje para llevarlo al hospital; pero el hombre apenas podía abrir los ojos.
—No, no —pidió con un hilo de voz y dando respiraciones cortas —. No se preocupe… por… mi —le rogó a Terry.
—Es importante llevarlo al médico, usted no está bien. Aquí unas personas lo llevaran al hospital.
—No…Es-to… Déselo… no... No… no se quede aquí conmigo… va- vamos sí-ga-lo… déle esto, es importante… se lo suplico... —le costó mucho pronunciar esas palabras, solo le sostuvo firme la mano a Terry y le dio el sobre.
—¿A quién? ¿A la persona que estaba con usted?
—S- sí. Va-ya… —rogó cerrando los ojos.
Terry tomó el sobre y corrió varias cuadras en la dirección que vio desaparecer al chico; pero no logró divisarlo, preguntó a los curiosos y le indicaron que lo vieron irse en dirección al puerto. Corrió y al llegar buscó entre las personas que circulaban, por más de 10 minutos recorrió las cercanías. Nada. Miró el sobre para saber si tenía algún nombre o dirección, solo figuraba unas iniciales: J. W. Con esos datos era difícil llegar a saber a quién pertenecía, decidió volver a la cafetería.
—¿Qué fue del anciano que estaba aquí? —preguntó al ver a la mesera.
—Lograron subirle a un carruaje y se fue hace unos minutos.
—¿Sabe su nombre?
—No, es primera vez que le vemos por aquí.
—¿A cuál hospital se lo llevaron?
—Creo que al Hospital San Bartolomé, realmente iba muy grave.
*4 La noche se dejó caer y también el cansancio de ese ajetreado día. Candy se acercó a la ventana.
—No la había visto y pensar que fuimos a comer algo tan lejos con Charlie y teníamos una cafetería frente a nosotros… —dijo Candy sonriendo de lo distraída que podía ser.
Iba a cerrar las cortinas y un hombre con una gorra que le cubría el rostro la había mirado, se inquietó, no sabía a qué atribuir el escalofrío que sintió. Lo vio alejarse en ese oscuro callejón, pensando que intentar dormir esa noche sería muy difícil. Su mente estaba perdida, sus pensamientos vagaban en cómo se presentaría ante la familia Hooker. No tenía ningún discurso, por ahora, no tenía las palabras adecuadas.
Terry, no sabía a que atribuir el escalofrío que sintió cuando vio a esa persona mirando desde la ventana, no se animó a ver más, con miedo a ser reconocido se ocultó tras la gorra. Su mente estaba perdida, sus pensamientos vagaban en que había huido de todo y hasta de sí mismo. Mañana volvería al mismo punto de partida con la llegada de Susanna. ¿Debería aprender a amarla?
Continuará…
Lista de música:
*1 "I wonder as I wander"- David Nevue.
*2 "Lady of the moon"- 2002
*3 "Living in exile" – 2002
*4 "We meet again" – 2002
Notas de pie:
[1] Noticias ilustradas de Londres:Revista que se publicó desde 1842 y su gracia fue ilustrar acontecimientos relevantes. Trabajo ideal para un pintor- dibujante como Liam. [2] Underwood n°5: marca de una de las más antiguas maquinas de escribir de origen norteamericano. El modelo mencionado fue lanzado al mercado desde 1900. [3]"Au clair de la lune" canción popular francesa que data del siglo XIX. Si la buscan en la web es considerada una canción de cuna y la verdad que a mí ya se me pegó.
Notas de autor: Reconozco que me costó un siglo dar con el título de este capítulo, el antiguo era muy largo y sin sentido: El caballero inglés, la Cenicienta, El pintor…
Ya saben que me caracterizo por dar a entender ―de manera velada― el sentido de mis fics a través de los títulos que dicen mucho sólo una vez que lo lees. Busqué por aquí y por allá hasta que di con la explicación a lo que buscaba: Rapport del francés rapporte que significa aquella armonía, afinidad y simpatía que se da entre dos personas, no necesariamente amorosa. Almas amigas…
Candy cada vez más cerca de Terry y viceversa, sus almas reconociéndose sin ellos notarlo. We meet again…
*Edición 10 de diciembre del 2016.
Ladyzafiro
