Actualizaré un poco más rápido de lo normal. Hoy tuve que quedarme tarde en el colegio, así que aproveché para avanzar.
Quiero darle las gracias a Aurum before Argentum y a Guess who. Muchas gracias por darle una oportunidad a esta historia.
Percy Jackson no me pertenece.
Ahora con la historia…
Annabeth se miró en el espejo y, con un pañito húmedo, removió la última mancha de sangre de su cara. Con sus manos ligeramente temblorosas, depositó la evidencia de la pérdida de su cordura en la basurera del baño.
Se sentó en la tapa del inodoro y puso la cabeza entre sus manos. No lo podía creer. Quería que todo lo ocurrido fuera solo un sueño y pronto despertaría en la cama en casa de su padre. Pero ya había verificado que no era un sueño, leyendo los ingredientes de la pasta de dentífrico y contando sus dedos. No sabía cómo reaccionar a aquella realidad.
Después de entrar en la casa, Annabeth corrió escaleras arriba y se encerró en el baño de su habitación. Recordar aquella escena, la había hecho querer vomitar. Pero en vez de arrodillarse al frente del sanitario, decidió tomar un poco de agua del grifo y lavarse los rastros de la escena de su cuerpo. Las manchas en la camisa eran imposibles de quitar, pero al menos pudo remover los de su piel. Y ahí, sentada en el inodoro, pensó cuan ridícula era su vida. No era estúpida. Había visto demasiados programas y películas de muertos vivientes como para saber que estaba pasando. Solo que era simplemente absurdo, que en una sola noche toda la gente de San Francisco hubiera evacuado la ciudad o se hubiera convertido en una de esas cosas. Recordó el pasto esa mañana y los garajes abandonados… tal vez ella había sido el problema, tal vez no había dormido solo una noche sino más tiempo…
Quería gritar. Después de todo lo que ella y Percy…
Percy
Annabeth se levantó de un salto, salió del baño y buscó en su nochero, al lado de su cama, una dracma. Volvió al baño, cerró la puerta y abrió el grifo del lavabo taponado para lograr un mensaje vía Iris. Maldijo en voz alta y lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas ¿Qué le había pasado a Percy? ¿Qué había sido del Campamento Mestizo y de Nuevo Roma? ¿El resto de sus amigos?
Formó el arco iris y depositó la dracma en el agua estancada.
"Oh Iris, diosa del arcoíris, por favor acepta mi ofrenda" murmuró, rápidamente. El agua seguía quieta con el arco iris en ella. "Muéstrame a Percy" pidió en voz baja, mientras varias lágrimas caían sin piedad sobre el inmutable lavamanos lleno de agua. La joven se quedó mirando el agua inmóvil por un tiempo, y luego, en un ataque de desesperación, gritó obscenidades al aire y se deslizó por la pared hasta llegar al suelo, llorando silenciosamente.
Alguien tocó a la puerta, suavemente.
"¿Está todo bien?" preguntó una voz masculina. Annabeth se secó rápidamente con un pedazo de papel higiénico. Se había olvidado del joven que le había salvado la vida.
"Sí, todo está bien. Saldré en un momento" respondió. Se levantó y se enjuagó el rostro marcado por las lágrimas con agua fría. No puedo perder la esperanza, pensó, tendré que ir a Nueva Roma y luego a Nueva York para averiguar que ha pasado. Seguramente los dioses tienen sus narices metidas en todo este asunto. Necesito un plan, pero primero…
Respiró hondó y se dio valor. Era hora de tener respuestas. Abrió la puerta lentamente y se encontró a salvador, esperándola en la silla de su escritorio. En sus manos sostenía una taza con vapor saliendo de ella, y estaba husmeando entre los planos de edificios en los que Annabeth había estado trabajando en los últimos días. La chica aprovechó ese instante para detallarlo. Cabello un poco largo con varios mechones rebeldes de color avellana. Podía jurar que sus grandes ojos habían sido de un color dorado destellante, pero ahora eran del color del musgo en un tronco húmedo por la lluvia. Pero de algún modo, reconfortantes. Vestía una camisa gris sencilla, manchada de diferentes tonos cuyos orígenes, Annabeth, prefería no conocer. Portaba Jeans cómodos y amplios y un par de tenis desgastados para correr. En su espalda llevaba una mochila de Jansport vieja de color azul oscuro, que a simple vista parecía totalmente vacía.
Annabeth se aclaró la garganta y el chico dirigió su mirada hacia ella. Su cara era pulida y definida. Parecía ser el ejemplo de proporciones perfectas de Da Vinci. A pesar de ser muy apuesto, su cara denotaba cansancio y agotamiento, pero a pesar de ello, logró una sonrisa sincera hacia ella.
"¿Cómo te sientes?" le preguntó. Annabeth lo miró con cara de tú cómo crees.
El muchacho suspiró. "Lo siento, fue una pregunta estúpida" dijo y luego recordó la taza que tenía la mano. Se levantó del escritorio y se le arrimó. "Te traje té de manzana y miel. Pensé que te haría bien un poco de calidez… y era lo único que encontré en la despensa de la cocina".
Annabeth le sonrió, agradecida, y lo tomó de sus manos.
"Gracias. Muy amable de tu parte"
"Es lo menos que puedo hacer, después de…" se detuvo y miró a Annabeth con cautela. Esta suspiró y sentó al borde de la cama.
"Soy yo la que debería agradecerte" comentó con tono apenado. "Siento que hayas arriesgado tu vida por mí, eh, …"
El muchacho sonrió.
"Me llamo Thomas, pero todos los que me conocen me dicen Fox"
"¿Cómo un zorro?" preguntó Annabeth divertida. Thomas se rascó el cuello.
"Si, bueno…es una historia muy larga" comentó, también un poco divertido.
"Para mi serás thomas" dijo la joven. "No me gusta tutear a alguien que apenas conozco y menos en medio del apocalipsis"
"Entiendo…Annabeth"
Dicha joven casi escupe el té que tenía en la boca. "¿Cómo sabes mi nombre?" preguntó, alarmada.
El chico parecía avergonzado. "Tu firma estaba en los planos sobre el escritorio, solo hice una suposición" respondió. "Eres muy buena en ello" agregó.
Annabeth parpadeó varias veces.
"Gracias"le contestó. Ambos se quedaron un rato incómodos sin saber cómo continuar con la conversación. "Así que…" comenzó Annabeth, "podrías explicarme como empezó todo esto". Señaló todo a su alrededor y miró con temor y ansiedad al chico.
Thomas se restregó las manos en el jean, reflejando lo nervioso que estaba. "La verdad", empezó "es que sé muy poco sobre todo esto" admitió.
Annabeth lo miró con cara atónita.
"¿A qué te refieres?"
El joven suspiró.
"De acuerdo, sé que esto va a sonar algo raro. Y, que probablemente estemos es una situación parecida. La cosa es que…hace tres días me fui a la cama por la noche en un hotel de carretera, viajando hacia aquí. Venía a visitar a un viejo amigo mío y planeaba llegar antier por la tarde. Pero, cuando desperté, noté que el hotel parecía envejecido y decaído a comparación de la noche anterior. Pensé que era mi imaginación, pero todo cambió cuando salí a devolver la habitación, y encontré a la recepcionista comiéndose un ratón a sangre fría. Pasé estos dos últimos días, matando a varias de esas cosas e intentando llegar a San Francisco para encontrar una respuesta". A este punto, la cara del chico denotaba frustración y enojo. "Pero solo encontré cadáveres y más desesperación"
Annabeth no lo podía creer. Dejó la taza vacía en el nochero y empezó a reflexionar sobre lo que había escuchado. Le había pasado lo mismo que a ella. Solo que él había tenido que arreglárselas por sí mismo. Ella no había durado ni 5 segundos en el exterior, sino fuera por él.
"¿Te parece si trminamos esta conversación en otra parte?"
Annabeth salió de su trance y se percató de que Tom estaba mirando por la ventana y se veía nervioso. Al ver la cara de confusión en la joven, hizo señas para que esta se acercara y viera lo que a él le preocupaba. Annabeth dio un salto al notar lo que tanto alteraba al muchacho. Una docena de muertos vivientes habían rodeado la casa de su padre y varios de ellos empezaban a romper los vidrios para poder entrar.
Thomas reaccionó al instante. De su mochila, sacó el machete con el que había asesinado al hombre come perros y un bate profesional, un tanto más pequeño.
"Es lo único que he conseguido en mi apuro por llegar a San Francisco" dijo y luego extendió a Annabeth el machete mortífero.
"¿Sabes utilizarlo?" le preguntó.
Annabeth casi sonríe ante la pregunta.
"Por supuesto"
