II
Encuentro con un Caballero
— Tranquila señorita Dashwood — dijo la señora Jennings con su aire maternal al notar la decepción en el rostro de Margaret cuandok, a las pocas horas de viaje, una fuerte tormenta limitó la vista del paisaje — cuando lleguemos a Londres, el tiempo habrá mejorado considerablemente — Margaret asintió sin estar realmente preocupada.
— No me molesta el cambio en el clima señora Jennings, de hecho me gustaría ver Londres con nieve, Edward… quiero decir el señor Ferrars insiste que es quizás lo único que le agrada de la capital.
— ¡Que envidia muchacha! — exclamó la señora Jennings — ¿Quién tuviera un ánimo como el suyo señorita Dashwood? — Margaret volvió la vista del paisaje a ella y le sonrió.
Era cierto, en acorde con el espíritu aventurero que le embargaba en aquella pequeña travesía, lo esperable era que el sol brillara intensamente como una bienvenida hacia el ánimo de Margaret, pero así misma se dijo que si bien no era la vista adecuada o preferible; la lluvia así como el sol tenían maravillas guardadas para aquel que supiera verlas y ella aprovechando su primera salida de Barton Cottage no pondría en duda aquello.
No se sentía nerviosa como le ocurriera a cualquier chica principiante, aunque si emocionada. Leer y escuchar de tantas aventuras, no hizo menos que predisponer su carácter para querer vivirlas ella misma. Pero desde el matrimonio de sus hermanas prácticamente había sido abandonada a la tutela de su madre, la cual se había vuelto en extremo sobreprotectora. Agradecía al coronel Brandon y a Edward por haber hablado tan favorablemente ante la idea de ir a Londres.
Más una vez que se vio junto a la señora Jennings algo parecido al pánico le preguntó qué tan capaz sería para desenvolverse en la observadora sociedad de Londres siendo lo que normalmente se llamaba una campirana.
Volteó hacia la señora Jennings para preguntarle sobre esto, pero la mujer ya dormitaba, aún con todos sus años se mantenía con el energía de siempre pero la edad ya estaba haciendo mella en, al menos, en sus horarios para descansar.
El movimiento continuo del carruaje más el golpeteo de la lluvia en el exterior terminó obrando de la misma manera sobre Margaret, quién al cabo de una hora cabeceaba apoyada y dándose calor al lado de la robusta señora. Aquella mujer que Marianne y Elinor encontraban tan imprudente resultó ser la mejor amiga que su familia podría haberse granjeado. En una ocasión Marianne, muy molesta, le había preguntado al Coronel Brandon como es que la soportaba así como a Sir John, a lo que su esposo tranquilamente contestó que ellos eran buenísimas personas, amigos con los que realmente podían contar. Y no había manera en la cual Marianne pudiera negar aquellas virtudes, las cuales al lado de los defectos de ambos prácticamente pasaban desapercibidas. Era algo que Margaret había aprendido no solo del Coronel sino también de Edward.
Entonces el carruaje saltó. Con la suficiente fuerza para despertar a ambas de una vez. Fue la señora Jennings quién en su papel de anfitriona e impulsada por su naturaleza curiosa, la primera en salir del carruaje.
— Espérame aquí pequeña… es posible que una rueda haya caído en algún bache — Margareth asintió, y vio a la señora Jennings descender del carruaje con dificultad, justo en el momento en que la lluvia comenzó arreciar con mayor fuerza dejándola sorda ante todo lo que ocurría en el exterior.
El alivió de ver a la señora Jennings regresar desapareció en cuanto esta le pidió ayuda para subir al cochero al carruaje.
— ¡Bendita tormenta! ¡Mira que atraparnos en este lugar! — exclamó esta mientras sujetaba, con una energía que Margaret no esperaba, al pobre cochero. Este se quejaba a cada movimiento y nuevamente Margareth se vio sorprendida cuando la señora Jennings sin problema alguno; desató la corbata del cochero, arrancó el pañuelo y abrió la camisa en canal, para mostrar una deformación que a la muchacha le sacó un sonido, no sabía si de asco o sorpresa.
— Oh… pobre Elliot — dijo la señora Jennings lastimeramente — es necesario que te quedes quieto — e hizo señas a Margaret para que esta le diera su puesto — necesitamos fijar ese hueso querido — aclaró con ternura a lo que el viejo cochero solo terminó asintiendo — ¡Mark! — gritó entonces, logrando que un muchachito de unos quince años apareciera en la puerta del carruaje, visiblemente asustado y empapado.
— Ordene usted, mi señora — contestó contrariado, aunque firme.
— Bajo el equipaje hay una caja de primeros auxilios, tráela y no tardes — Margaret no pudo menos que mirar con sorpresa a la señora Jennings, gesto que esta notó en cuanto alzó la vista hacia la muchacha.
— Querida mía, se te saldrán los ojos por la sorpresa — le sonrió, a lo que Margaret nuevamente en silencio, solo asintió — El señor Jennings que en paz descanse, no se casó con ninguna tonta, aun cuando al resto le guste pensar lo contrario. Era costumbre de él tener un botiquín siempre a mano… pero yo soy más sutil que él. El pobre quería que todo el mundo se accidentara para poder lucir su hábito por la seguridad — entonces el pequeño Mark regresó con el maletín indicado por la señora, más esta vio con desagrado que solo contenían vendas y ningún cabestrillo.
— Lo mejor será que nos apresuremos a Londres, querida… Mark conduce el carruaje… — ordenó esta vez con gran seriedad. A lo que el muchacho le miró significativamente — ¿Qué pasa niño? ¡ve!
— Eh, mi señora… le recuerdo.
— Oh… no me digas ¡ni me lo digas!
— ¿Estamos atascados en el lodo? — preguntó Margaret, aunque la respuesta era más que evidente, la inclinación del mismo carruaje se lo decía, pero había estado tan ocupada admirando a la señora Jennings que lo había olvidó.
Esta vez Margareth no dejó que la señora Jennings la excusara de ayudar y ella junto al pequeño Mark más la robusta señora bajaron a ver el estado de la rueda, la cual no conforme con haber caído en un bache, cedió en la mitad de su estructura quebrándose.
— ¡Esta suerte! — exclamó ahora visiblemente molesta la señora Jennings — ¡Debería dejar a Elliot a la intemperie por no haberse preocupado de su mantención! ¡Que se las arreglara solo! — el muchacho, quién a fin de cuentas era sobrino del pobre Elliot, palideció ante aquella palabras, Margaret le observo y sonrió;
— Tranquilo, solo lo dice porque está enfadada.
— ¡Por supuesto que estoy enfadada! Con este clima pasaran horas antes de que veamos a alguien, sin mencionar que el pobre Elliot sufre mucho dolor.
— Pero… mi señora, hace un par de horas pasamos una posada, seguramente alguien ahí nos podrá ayudar— los ojos de la señora Jennings se iluminaron con las palabras del muchacho.
— ¡Que niño más astuto! Claro… ve entonces — y acercándose a él le entregó un par de monedas — Toma uno de los caballos y ten cuidado — entusiasmada, Margaret ayudó a Mark a soltar uno de los animales que tiraban del carruaje, para luego cubrirse de la lluvia en este.
— ¿Necesita más ayuda señora Jennings? — preguntó Margaret, emocionada por todos los sucesos de aquella noche, los cuales lejos de molestarle había disfrutado como nunca, era lo más parecido que conociera a una aventura.
— Oh, muchacha… lo repito nuevamente ¡Quien pudiera tener tu ánimo! Aunque la tragedia ocurrida al pobre Elliot no es algo divertido — finalizó regañando a medias a la muchacha. Pero aun cuando la señora Jennings quisiera mostrarse seria ante todo lo ocurrido Margaret no dejaba de verle el lado positivo. Dentro de poco Mark estaría de vuelta con la ayuda suficiente como para cambiar la rueda y salir de ahí.
Pero las horas pasaron y Mark no regresaba y entre más pasaba el tiempo, empeoraba el ánimo de la señora Jennings, quién pasó de la desconfianza a la tragedia y después a la amenaza.
— Lo juro Elliot, aun si tu sobrino estuviera perdido, siquiera eso lo salvará de un buen castigo en Londres.
— Es un buen muchacho, mi señora, seguramente ha ocurrido algo que se le ha salido de control — era entonces cuando la señora se llevaba una mano a la boca asustada.
— ¿Crees que le han asaltado? ¿Qué le han golpeado?
— Prefiero no pensar en ello, mi señora — pero la señora Jennings ya miraba afligida a Margaret, quien a pesar de su entusiasmo inicial se vio rápidamente arrastrada a los pensamientos fatalistas de esta.
Poco a poco comenzó a sentirse inquieta, situación que inconscientemente indicó primero golpeteando sus dedos sobre la madera y luego sus pies, además entre las oraciones de la señora y los lamentos del pobre Elliot, la paciencia, que nunca había sido su fuerte, estaba cediendo a un evidente estado de molestia.
— Señora Jennings — dijo con voz tensa, lo que llamó de inmediato la atención de la mujer.
— Dime querida.
— Creo que es conveniente ir por Mark.
— Lo siento querida no puedo exponerte a eso, menos a estas horas.
— Pero está de acuerdo en que algo ha de hacerse — en aquellos momentos Margaret le recordaba tanto a Marianne — cuando amanezca si es que Mark no ha llegado, partiré en busca de ayuda, entre más tiempo perdamos más dañino será para el pobre Elliot y con el frío actual es peligroso dejarlo en ese estado sin hacer nada ¿No lo cree?
— ¡Hay querida! ¡Tienes el espíritu de Marianne y hablas como Elinor! Y a pesar de que no quiero dejarte partir a solas, sé que hablas con razón, lo lamento tanto mi pequeña — fue en ese momento en donde Margaret dejó de ser una copia de sus hermanas para sonreírle como solo ella sabía.
— Nada de esto es su culpa… no se preocupe por mí — e inmediatamente cambio el gesto para no arriesgarse a otro regaño de parte de la señora Jennings.
La lluvia fue cediendo al frío y para cuando el sol salió no solo ningún carruaje se había cruzado por el camino, si no que había comenzado a nevar. Esas dificultades, fuera de desanimar a Margaret, sirvieron para hacerla sentirse como una mujer adulta, que en momentos tan complicados sabía cómo salir adelante por si sola y ayudando a sus cercanos.
— ¡Querida! — dijo la señora Jennings, antes de que la muchacha saliera de la seguridad del carruaje — ¡Lleva contigo el otro caballo!
— Lo había pensado señora Jennings, pero si alguien llegara ayudarles antes de mi regreso, lo necesitarían para en un último caso ir por mí y por el pequeño Mark — nuevamente la señora Jennings asintió mientras que en Margaret la sensación de estar sola contra el mundo, en vez de infundirle temor, le pareció el inicio de algo que cambiaría por completo su visión de la vida si no es que esta misma.
Con seguridad, fuera de llevar su abrigo, hizo uso de una gruesa bufanda que la señora Jennings le entregaba en aquél momento y de un saltó se dejó caer para, con paso fijo y determinado, alejarse del carruaje.
La señora Jennings bajó a despedirla, hasta que no fue posible verla. Solo en aquél momento algo parecido a un espasmo salió de su pecho y la obligó a volver al carruaje para calmarse y revisar el estado del pobre Elliot, era cierto lo que la pequeña Margaret decía, la herida de purpura había pasado a negra y todos sus intentos por hacer un cabestrillo decente se habían visto entorpecidos por la falta de algún material consistente. Entendiendo que esperando tampoco lograría nada, salió del carruaje y se internó en lo más cercano del bosque a buscar alguna rama gruesa que le sirviera o al menos, con la ayuda de Dios, una tabla abandonada.
Enfundada en un chal, su abrigo y con aquella gruesa bufanda sobre su cuello y hombros, Margaret solo podía lamentar la imposibilidad de moverse a gusto, así como de recorrer aquél camino de la misma manera, la urgencia de la situación requería que por al menos en esos momentos fuera capaz de disciplinar sus ideas y pensamientos en lo más urgente. Pero a medida que el paisaje de blanqueaba y el calor teñía sus mejillas, se sentía menos preocupada por el problema que había dejado a sus espaldas.
Era entonces cuando pensaba en la buena de la señora Jennings, quién le había invitado a Londres, quién desde que era una niña le había divertido con sus historias, agasajado con sus regalos y ayudado en lo posible a su familia. Quien le había sorprendido aquella noche, cuando ayudara a su pobre cochero, a sabiendas que existían ciertas damas de mejores recursos y corazones mezquinos. Por lo mismo ella debía de seguir su camino y no distraerse, no dejarse avasallar por lo que veía a su alrededor. Sin embargo se despojó de la gruesa bufanda, el aire que en esos momentos se colaba por su cuello, siquiera le pareció frío, solo refrescante.
El regreso a Londres se había adelantado, puesto que a Alice Bingley le había molestado la compañía de sus primas. Era cierto que Esther y Meredith eran algo bulliciosas pero a su gusto era la joven Bingley, quién se daba demasiados aires, siendo que en personalidad no se diferenciaba mucho a las niñas, varios años menores, que había dejado atrás en Netherfield.
Era esta una gran casona que, desde que era un niño, los padres de Alice solían visitar para ver de vez en cuando a sus abuelos. Él y su madre, Lidia, vivían junto a su tía Jane desde que esta enviudó. La ventaja de aquella situación residía en que cada cierto tiempo tenía a su merced los beneficios de ser sobrino de una Bingley, situación más que prometedora. El problema se centraba en tener que aguantar a su prima, una preciosa jovencita de catorce años demasiado arraigada al seno paterno de su familia, quienes no solo alababan su belleza, si no que solían inculcarle todas las costumbres que hacían a las hermanas del difunto señor Bingley, insoportables. Sin mencionar a todos los pretendientes que cada día llevaban a su casa.
Era increíble, algunos le doblaban la edad.
Pero de momento, lo bueno de todo aquello es que se había separado de ella un par de días. En cuanto Alice Bingley decidió que ya estaba harta de Netherfield Park, él se ofreció a dejar todo ordenado y despedirse por ella de sus abuelos. En un principio la muchacha le había mirado con recelo, pero a Jack Wickham poco y nada le importaba aquello, así que haciendo uso de la confianza que su tía Jane depositaba en él, se encargó de todo, tal cual como lo había expuesto.
Sin embargo, en esos momentos se arrepentía. El clima se presentó para él de la manera más hostil posible, logrando que se lamentara de volver a Londres. La lluvia de la noche anterior le había obligado a refugiarse en una posada, donde pasó una noche incómoda, la cual se vio reforzada por una falla en el sistema de calefacción, logrando que no solo despertara de mal humor, si no que se levantara un par de horas antes de la salida del sol completamente congelado.
El relincho del caballo, para Margaret, sonó como una canción proveniente del cielo, aquello significaba ayuda y lo mejor de todo llegar a Londres. En cuanto vio la silueta del animal y su jinete, no se controló en alzar los brazos y correr hacia él.
Jack también logró vislumbrarla y por la forma en la cual se agitaban sus faldas, entendió de inmediato que algo parecido a una desgracia o urgencia le había ocurrido a esa muchacha. Así que aminorando el paso del animal, logró acercarse a ella y viceversa.
— ¿Se encuentra bien? — preguntó interesado, una vez que se encontraron los suficientemente cerca. La muchacha respiró con fuerza un par de veces para recuperar el aliento y en cuanto pudo contestó:
— Sí señor, pero necesito su ayuda — Jack no reparó en explicaciones y extendió su mano.
— Venga, suba — Con una agilidad inesperada Margaret subió tras él al caballo, giró entonces Jack y le observó de reojo — ¿Está en el camino? — Margaret asintió y se sujetó con fuerza en cuanto él dio el galope a su corcel.
La extraña idea de que eso se parecía demasiado al día en que Marianne conociera a Willoughby, le hizo sonreír y preocuparse en cantidades iguales. No había sido desconocido para ella, que si bien se trató de un primer encuentro amoroso, lo desgraciada que ese mismo terminó haciendo a su hermana mayor. Aunque confiaba en que su prudencia, influenciada por su madre y Elinor, sería capaz de hacerla juzgar con mayor sabiduría una situación semejante.
En el camino le explicó a aquél joven todo lo ocurrido; el muchacho perdido, el cochero accidentado y la pobre señora Jennings demasiado vieja y corpulenta para montar a caballo o ayudar con el cambio en la rueda del carruaje.
— Y es que… ¿Acaso usted sabe? — preguntó de pronto el muchacho, desagradando por su impertinencia a la muchacha. Margaret no supo si es que estaba siendo desagradable o no a propósito, el solo hecho de ir en su ayuda ya decía mucho de él. Aunque lo cierto es que era lo que correspondía a cualquier caballero, el mismo Willoughby que hizo tan infeliz a su hermana se comportó casi como un héroe, cuando las encontró en medio del campo con el tobillo de Marianne dañado, había sido osado y atento. Pero fuera de ello, este joven solo resultaba caballeroso. Siquiera gentil.
Quizás se estaba adelantando mucho. Solo le había conocido recién.
— No imagino que pueda ser tan difícil — respondió Margareth. El joven siquiera le prestó atención. Situación que la ofusco. Ya tendría más tiempo para analizar aquella conducta.
Cuando finalmente vislumbraron al carruaje, la señora Jennings se encontraba fuera de este y no habían pasado las suficientes horas como para que alguien más se detuviera a ayudar a la pobre mujer.
— ¡Oh, mi pequeña! ¡Mi pequeña! — exclamó alzando los brazos cuando le vio llegar.
Fue entonces cuando la muchacha, logró, finalmente llamar la atención de Jack. Sobre todo cuando se bajó como un verdadero jinete y corrió hacia aquella baja y corpulenta mujer.
— ¡Jamás volveré a dejar que te vayas a solas! ¡Oh, mi pequeña! — solo entonces giró hacia él y le observó con un brillo muy conocido para Jack.
Siendo el primogénito de George Wickham y Lidia Bennet, Jack comprendió muy joven que había muchas cosas que no se esperaban de él. Solamente el haber resultado tan guapo como su padre, lo salvaba de todas aquellas palabras indiscretas que susurraban a sus espaldas. No ayudaba mucho que su madre fuera, muy a su pesar, mentalmente aún una niña y que su padre hubiera desaparecido en una campaña en Santo Domingo.
Pero esa mirada, era la que le dirigían todas las tías de Alice, la que sostenía su madre, para enorgullecerse de su único logro como hombre; ser la viva imagen de su padre.
No fue necesario que aquella corpulenta mujer lo dijera, Wickham ya sabía lo que se imaginaba.
— Pero que joven tan apuesto y galante has traído — sonrió a la muchacha. Le tranquilizó que esta siquiera se inmutara ante el cumplido de la mujer.
— Eh… si, señora Jennings… él es…— dijo Margaret extendiendo su mano y mirándole interrogante, solo entonces, en medio de una sonrisa, Jack recordó que a ninguno de ellos se le ocurrió presentarse.
— Jack Wickham — finalizó descendiendo del caballo y dirigiéndose hacia el carruaje. Observó la escena con detenida atención y giró hacia la señora Jennings — ¿Tiene rueda de repuesto?
— Si mi querido muchacho —Wickham alzó una ceja — está debajo del carruaje — Jack procedió a sacarse el abrigo y extendérselo a la señora Jennings, rodeó el carruaje y se hincó en el suelo para observar bajo este. Con algo de dificultad pudo soltar la rueda. Cuando alzó la vista Margaret le observaba con atención.
— ¿Desea algo? — Margaret asintió.
— Solo saber si es que necesitaba algo de ayuda — Jack se acercó a ella con gesto de autosuficiencia.
— No es necesario señorita, basta con que no se interponga — Miró entonces a Margaret como si ella fuera algo tonta — ¿Lo entiende?
Margaret no contestó, solo dio la media vuelta y le dejó a solas.
Al analizar completamente la situación, Jack entendió que no sería tan simple como en otras ocasiones, la rueda no solo había caído en un bache, si no que se había quebrado precisamente en la mitad. Lo que les obligaba a hacer palanca y mantener el carruaje en el aire el tiempo suficiente para reemplazarla, pero él solo no tenía la suficiente fuerza y el otro hombre en la escena tenía una fea herida en el hombro, así que su ayuda también estaba descartada.
— ¿Qué tal…— interrumpió de pronto la señora Jennings — si usted y yo hacemos palanca y la señorita Dashwood, coloca la rueda en su lugar? — Nuevamente haciendo gala de su autosuficiencia sonrió y miró a la muchacha.
— ¿Acaso sabe? — en aquella segunda oportunidad Margaret se vio provocada a dar una respuesta tan diplomática como la daría Elinor pero aguda y cortante como respondería Marianne. Finalmente fue Margaret quién prevaleció y sonriendo agregó.
— Si usted puede hacerlo, no debe ser muy difícil— provocando entonces las risas de la señora Jennings y las del pobre Elliot, quién a esas alturas ya se había acostumbrado al dolor, lo que no significaba que no le molestara.
Y finalmente en una escena completamente surrealista. Margaret se hundió en el lodo hasta las rodillas, mientras que la señora Jennings y el joven Wickham enrojecían ante el esfuerzo que significaba hacer palanca por el peso del carruaje, cuando en la tercera oportunidad un repentino espasmo logró debilitar la fuerza de la palanca, Margaret aconsejó bajar el equipaje. Acción que les tomó una hora más. Pero tras la cual felizmente fue posible sacar, bajo las atentas exclamaciones de alegría de los presentes, la rueda, para que rápidamente Margareth lograra cambiarla por la de repuesto, antes de que la señora Jennings, cediera ante otro espasmo.
Frente a semejante resultado, Jack Wickham no pudo menos que sentirse aliviado y agradecido. Tanto por aquella señora corpulenta y escandalosa, así como por la pequeña muchacha, llena de lodo, que ahora le sonreía como si fuera el día más feliz de su vida.
N/A:
Creo que al menos en este capítulo, no pude y realmente me costó, mucho, pero mucho mantener el estilo Austen. Pero ya trataré de mejorarlo. Obviamente espero les guste.
