Disclaimer:

ÉSTE FIC PARTICIPA EN EL RETO ANUAL "TE PROPONEMOS UN LONG FIC" DEL FORO "SOL DE MEDIANOCHE"

Como ya saben, los personajes le pertenecen a la señora S. Meyer y la historia es mía. El título fue tomado e inspirado en un comercial de TV que vi en un momento de ocio, pero no está inspirado en dicha historia.

Las palabras que me tocaron, de las cuales en éste capítulo solo aparecerán las subrayadas, fueron:

Televisión, Prestigio, Blanco, Comedia y Flor.

Sentimiento positivo: Efusividad.

Sentimiento Negativo: Celos.

Número de palabras de éste capítulo (sin contar disclaimer ni nota de autor): 5321

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-xx- ADVERTENCIA –xx-

Éste fic es rated M, por lo que se imaginarán (además del título) que contiene lenguaje fuerte y escenas sexuales explicitas.

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NOTA IMPORTANTE DEL AUTOR:

Este primer capítulo es narrado por Edward y comenzará a contar de cómo se desarrolló todo el hecho de haber conocido a Bella. Quiero que conozcan a nuestro obseso del sexo. Así que paciencia, primero todo lo que él sintió al tenerla cerca y luego la perversión.

Gracias por sus alertas y reviews.

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XXX- CAPÍTULO 1 –XXX

CONOCIENDO A MI PERDICIÓN.

-XXX-

Ninfomaníaco: Persona adicta a las actividades sexuales continúas y exageradas. Considerada una parafilia, es en sí la adicción al sexo con su determinado tipo y gusto por la perversión.

-xxx- Viernes, 2 de mayo del 2013 –xxx-

Nueva York, Estados Unidos.

-xxx- Grupo Enterpresis –xxx-

— Me gustaría poder saber quién le otorgó ese derecho a Charles Swan para que pudiese dictaminar tal cargo— digo mientras camino por los pasillos de la empresa, con Susana corriendo tras de mí y mi padre a mi lado.

— ¿Qué quieres que te diga, hijo? Charlie ha sido mi amigo hace años. No puedo negarle el derecho natural que tiene sobre la empresa.

— Él desempeña perfectamente su cargo fuera de la empresa, padre. ¿Por qué tiene que mandar a un sustituto? Ni siquiera sé si tiene la edad suficiente para retirarse.

— Su esposa le pidió tiempo para sí, además de que tiene otros negocios que atender. Un hombre enamorado hace cualquier cosa por la mujer que ama.

Susana, mi secretaria —una rubia completamente artificial en todo sentido y con tantas operaciones en todo su cuerpo— me entrega una carpeta y una pluma.

— Señor Cullen, acaba de llegar éste contrato. Necesito su firma para poder enviarlo.

Tomo los papeles y suspiro leyendo rápidamente. Es el contrato de los cambios de fibra óptica de la compañía de comunicaciones de Seattle. Estoy perfectamente enterado, así que no sirve de mucho leer. Lo firmo y se lo entrego.

— Llévalo a archivos y por favor, dile a John que necesito que haga los respaldos en la base de datos. No quiero fallas como con el administrador de la semana pasada.

— Sí, señor Cullen — responde y se retira.

Entro al laboratorio de cómputo junto con mi padre y verifico el informe de los servidores. Tengo subordinados que pueden hacer perfectamente esto pero no puedo estar todo el día en la oficina, me hace sentir como león enjaulado.

— Dices que cualquier hombre hace lo que sea por la mujer que ama— murmuro hojeando los informes y firmándolos.

Solo ha habido una pequeña variación en los sistemas pero nada de qué preocuparse.

— Así es, hijo.

— Pero ¿Por qué tiene que enviar a su hija? Según sé, tiene muy poco de graduada en finanzas. No puede ser que le dé toda la responsabilidad a una chiquilla.

— Edward, ella tiene 25 años y tú apenas le llevas 2 años más.

— La diferencia, es que yo he trabajado contigo desde los 18. Llevo trabajando para éste lugar casi 10 y no puedes decir que puedo confiar en una mujer que apenas sabe lo que es trabajar en el campo real.

Salgo del lugar y mi padre a mi lado.

— Es la mejor de su clase. "No te decepcionará", esas fueron las palabras de Charlie.

— Sí lo dices de ese modo, no puedo más que confiar en tu palabra porque crees en la suya.

Entro al elevador privado y oprimo el número 20. Cuando las puertas se abren, veo a Susana encismada en su computadora sin levantar la vista. Es competente pero a veces es floja. No puedo evitar pensar en que casi me la tiro. No follar con el personal, es un buen lema para evitar conflictos en el trabajo.

Mi oficina ocupa casi todo el piso. Me gusta porque es espacioso y es el único lugar en donde puedo concentrarme — es a prueba de ruido— y me permite trabajar en óptimas condiciones, aunque a veces es asfixiante.

— Y ¿Cuándo tendré el gusto de conocer a la famosa señorita Swan?

— El lunes de ésta semana entrante, Edward. Y hay algo más — murmura Carlisle a quien a veces no puedo evitar tutear por más respeto que merezca y el cual ningún problema tiene que le hable por su nombre de pila.

— ¿Qué cosa?

— Tendrás que compartir la oficina.

La puta mierda, lo que me faltaba.

— Debes estar bromeando — digo a la par que camino hacia el pequeño bar que hay en el lugar y me sirvo un vaso de agua con gas.

No debo beber en el trabajo pero si el día lo amerita, no falta whisky en el lugar.

— En lo absoluto. Charlie quiere que instruyas a su hija en el campo. Ella es nueva y tú sabes de esto.

— Y aparte de todo, deseas que sea su niñera.

— No su niñera, su mentor.

— Que para casos prácticos es lo mismo — murmuro.

— Sé que es difícil lidiar con novatos, pero creo firmemente en la palabra de Charlie— y mira su reloj—. Es tarde, tengo una cita con el presidente de finanzas Right. ¿Nos vemos en casa?

— Hoy no iré. Tengo una cita…

— De acuerdo, hijo. Hasta luego…

— Adiós.

La puerta se cierra y me tomo de un solo golpe mi vaso de agua. Oprimo en intercomunicador que da hacia el teléfono de mi secretaria.

Señor…

— Comunícate con el arquitecto Ryans, el que remodeló las oficinas del piso 14. Dile que necesito que trabaje en una pared para mi oficina. Lo más pronto posible. Necesito que trabaje este fin de semana y quede para el lunes a primera hora.

Enseguida, señor Cullen.

No me queda más remedio que compartir la oficina con la famosa Signorina Swan. Dejo de darle tantas vueltas al asunto y comienzo a trabajar, revisando contratos. Pero a la media hora estoy desconcentrado. Mierda, estoy excitado. No, aquí no… Quiero coger y la única mujer a mi alcance es Susana. No puedo permitirme ese desliz. Estoy como león enjaulado. Ni siquiera he visto pornografía o siquiera un escote para poder llegar estar así de duro. Miro mi agenda, hoy tengo una cita… Quizás masturbándome en el baño pueda liberar la tensión.

No, no es así como quiero acabar pero tampoco me puedo mantener así.

Marco el nuevo número en la agenda de mi celular y espero en la línea.

Diga…— responde una mujer.

— Quisiera saber si podemos adelantar la cita de ésta tarde.

Señor Cullen, no hay ningún problema. Podemos recibirle cuando usted guste.

— De acuerdo — dictamino—, voy para allá.

Salgo de la oficina. Susana me mira sorprendida. Son las dos de la tarde y yo soy de los que usualmente salen hasta que todos se han ido.

— Nos vemos mañana, no pase las llamadas y solo si es urgencia comuníquelo a mi móvil— ella sabe a qué me refiero.

— Claro, señor Cullen.

Camino hacia la entrada, saludando ocasionalmente a algunos con la cabeza. Me subo a mi auto y ando por la ciudad.

Media hora después.

El edificio es alto y tiene un color marfil. Tiene enormes ventanales y aire tan formal que parecería que cualquiera que entrase, es para hacer sus impuestos. Hay una mujer de edad avanzada en la entrada, es la recepcionista. Me saluda con una sonrisa y yo me acerco a ella.

— Tengo una cita a las 4 de la tarde, pero llamé para adelantarla.

— Claro. Usted es el señor Cullen.

Yo asiento.

— Pase por favor. Es la puerta color blanco.

— Gracias.

Camino a paso firme por un pasillo, las paredes son color beige y tiene cuadros de flores a estilo oleo. Toco la puerta y espero.

— Pase— dice una voz.

Yo entro, el lugar parece demasiado pequeño para mi altura. Dentro, como creí suponer, hay un enorme estante de libros de psicología y psiquiatría. Una maceta con una planta de sombra que luce perezosa en una esquina, una lámpara blanca de foco tenue, un sillón reclinable amplio de color carmín, un escritorio de madera que parece viejo y una silla de color café.

El piso es oscuro caoba y las paredes son como las de los pasillos, adornadas por diplomas y títulos que no me molesto en leer.

— Señor Cullen— me tiende la mano un hombre de baja estatura y edad media. Tiene un amplio bigote y viste de traje y corbata. Yo le correspondo el saludo—, soy el doctor Nicolas Mitchell.

— Doctor Mitchell.

— Póngase cómodo y tome asiento, por favor.

Lo obedezco, no sin antes quitarme mi saco. Miro perezosamente el lugar. Aun sentado siento que es muy pequeño para mi estatura.

— ¿Cómo está, señor Cullen?

— Por favor, llámeme Edward.

— Es un buen inicio, Edward. Me gustaría que centráramos la relación que tendremos en la confianza. Esta es la primera sesión que tendremos, por lo tanto necesito que me digas abiertamente las cosas. A mí me gustaría que me tutearas.

— De acuerdo, doctor Mitchell.

Él parece confundido pero no presiona en el asunto.

— De acuerdo, Edward. Estuve revisando tu expediente y me gustaría poder hacerte unas preguntas que son algo delicadas y quiero que seas honesto y abierto, para determinar desde donde vamos a partir y cómo vamos a trabajar contigo.

— Adelante — lo animo.

Saca un pequeño cuadernillo y una grabadora.

— Grabaré tus respuestas, si no te importa.

Yo asiento y coloco mis manos en mis rodillas. Estoy un poco ansioso.

— Bien. ¿Fuiste abusado de niño o adolescente?

— No— respondo firmemente.

En lo absoluto, mi infancia fue regularmente buena, pero mi adolescencia fue precipitada. Tuve mi primera experiencia sexual a los 13 años de edad con una compañera de la secundaria y eso me cautivó demasiado. Era un crío, lo sé, pero todas las mañanas amanecía con una erección latente y dolorosa que fui apagando— por cierto tiempo— con la masturbación.

— De acuerdo— apunta—. ¿Compras regularmente revistas de contenido romántico o sexual explicito?

Su pregunta me desconcierta. ¿Romance? No, en lo absoluto.

— No creo en el romance, creo en el amor, pero no creo que sea buen participe en él. En cuanto a la siguiente opción, la verdad es que no me van mucho las revistas, prefiero ver videos.

Mitchell me mira con los ojos entrecerrados y prosigue escribiendo.

— De acuerdo… ¿Has permanecido en relaciones románticas aún luego de que se convirtieran en físicas o emocionalmente abusivas?

— No mantengo relaciones por mucho tiempo y en cuanto al romance, ya se lo dije. No me atraen. Busco parejas sexuales, procurando siempre llevando un control en mi salud y en la de mis compañeras.

Me mira a la cara y luego apunta. Parece un acto reflejo, creo que lo intimido.

— ¿Te encuentras con frecuencia preocupado con pensamientos sexuales o fantasías románticas?

Lo pienso un momento.

— La verdad es que sí. Me gustaría poder realizarlas pero a veces eso no es posibles. Y nada de romance, doctor Mitchell.

— Es parte del cuestionamiento, Edward. Tengo que saberlo todo.

Entiendo, pero en cierta parte es fastidioso.

— De acuerdo — digo sin más.

— ¿Sientes que tu conducta sexual es normal?

— Nunca he sentido que haya sido anormal, pero supongo que he llegado a los límites.

Mitchell cruza una pierna y suspira.

— Explícate, Edward. ¿Desde cuándo te diste cuenta de eso?

— Tuve una compañera sexual hace un par de meses. Ella complacía todo lo que yo le pedía. Manteníamos una buena relación, pero no fue hasta hace poco que noté que ya no conocía los límites del pudor o de las necesidades de ella— explico colocando una mano sobre mi barbilla y recordando—, técnicamente la secuestré— confieso.

— ¿Por qué, Edward?

— Porque la mantuve a mi merced por tres días. La pobre mujer estaba toda ojerosa y pálida— digo—. Confieso que estaba un poco extrañado sin entender por qué no podía seguirme el ritmo. Para mí era perfectamente normal el hecho de haber tenido sexo tres días seguidos y solo haber descansado para dormitar unas horas y comer bocadillos.

El doctor está sorprendido pero no hace ningún comentario.

— ¿Qué pasó con ella?

— No me buscó más— sonrío como un maldito—, parece que tuvo suficiente sexo por toda una vida, pero yo seguía con ganas de más.

— ¿Tienes idea de que esto puede afectar tu salud?

— Me ejercito, como correctamente, me hago chequeos cada seis meses y duermo horas apropiadas. Soy el encargado de una empresa, debo mantener mi concentración al máximo. 40, 000 personas dependen de mis decisiones y si yo tambaleo en una, ellas podrían perder su empleo.

— ¿Y qué te trajo aquí?

— Que días hacia acá estoy pensando en sexo a cada momento— respondo con frustración.

El hombre me mira cuando me paro y comienzo a caminar por la habitación.

— Por eso quisiste adelantar la cita.

— Sí— respondo mirando por la ventana—, si no hubiese venido justo ahora estaría follándome a mi secretaria. Y es algo que no puedo permitirme.

Me aferro a la ventana. Dios, qué perdido me siento.

— Cuéntame de tu familia, Edward.

¿Mi familia? ¿Qué tiene que ver eso con el problema que tengo?

— ¿Cómo qué? — me giro para verlo.

— Sobre tu padre, por ejemplo.

¿Está intentando descifrar que fui abusado sexualmente por él y yo no lo recuerdo? No, Carlisle se mataría antes de hacer algo así con un niño. Carlisle Cullen es el hombre más correcto y honorable que he conocido. Pobre de él, enviudar y quedarse con un niño de 5 años que apenas y podía estar sin su madre. Yo era muy dependiente de ella y aquel devastador cáncer nos la quitó hace 22 años. Recuerdo que viajaba mucho y yo me quedaba con una nana, pero sintiéndose culpable, decidió criarme. No sé exactamente lo duro que fue para él manejar una empresa en otro país, supongo que esa fue la razón por la que él le vendió el 30% de sus acciones a Charles Swan y que por el cual la razón — en un momento de la transacción del luto de mi madre—, nos quedamos a vivir en Italia, aunado a que él no se sentía lo suficientemente competente como para seguir trabajando.

La muerte de mi madre casi lo mató también a él. Mi padre es el hombre más bueno que yo he conocido y conoceré. Cuando tuve la edad suficiente como para quedarme solo con la servidumbre, viajaba trimestralmente a Estados Unidos y cuando yo tuve 18 años, ambos viajamos hacia Nueva York para que pudiésemos residir en la ciudad y comenzar mis estudios universitarios en Boston. Viajaba todo el tiempo y fue así, como paulatinamente me fui convirtiendo en la mano derecha de mi padre.

Desde ese entonces hasta la fecha, Charles Swan había estado ayudándolo en todo y era algo que yo le tenía en mucho aprecio.

Le cuento a Mitchell todo, desde la confusa pérdida de mi madre hasta los días en lo que veía a mi padre derrumbarse llorando en nuestra casa en Italia. Fueron años duros y dolorosos y yo estaba ansioso por crecer.

— Tu padre parece ser la persona más cercana que tienes, Edward.

— Lo es— respondo.

— ¿Él sabe de tus comportamientos sexuales?

— Por supuesto que no— digo fríamente.

Él me examina con la mirada y comienza a leer.

— Dime, ¿Alguien se ha herido emocionalmente debido a tu conducta sexual?

Sí, muchas mujeres… Muchas veces en una misma ocasión.

— Sí.

— ¿Cómo?

— Se humillan… Ellas quieren más… Pero yo no.

— ¿A qué te refieres con más?

— Romance, doctor— murmuro como si fuese obvio.

— Entiendo… ¿Alguna vez has sido acusado, conducido o detenido por la policía o seguridad, debido a tus actividades sexuales en lugares públicos o inapropiados?

Oh, sí. Vivian Jones… Hace 3 meses. Casi nos detienen porque comencé a masturbarla en mi auto. Ella comenzó a jadear más alto de lo debido y la policía casi nos atrapa. Afortunadamente, pude persuadirlo monetariamente. Solo me llamó la atención y sínicamente lo mandé a la mierda. El sujeto no dijo nada, ¡claro! Con 3000 dólares, ¿quién iba a rechistar?

— Me parece que si— digo burlón.

— Podrías tener problemas legales si prosigues así.

— La verdad es que en ese entonces no creí verlo como un problema del cual tuviese que darle mi atención.

— Ya veo. ¿Ha sido el sexo o las fantasías sexuales una forma de escapar a tus problemas?

— Algunas veces pero…

— ¿Pero…?

— A veces no me satisfacen. Quiero más… Y después recuerdo que estoy solo, me siento una mierda. La satisfacción dura por unos momentos, no me gustaría encontrar una pareja "formal" — digo entre comillas con los dedos— porque siento que no sabría manejarlo.

Mitchell suspira, como atando cabos.

— Si la satisfacción no es suficiente, ¿Te has involucrado regularmente en conductas sado-masoquistas?

— Sí— confieso sorprendido— y no es suficiente.

— ¿Te sientes controlado por tus deseos sexuales y fantasías?

— La mayor parte del tiempo. Me siento como un animal, soy instinto. A veces siento que no tengo que ver a una mujer atractiva para tener una erección. Es emocionante aún más en seducir a una y para el colmo, no me es difícil. En realidad no tengo que hacer demasiado.

— ¿Sientes que esto es más fuerte que tú?

¿Lo es?

— Aún no… Por ahora.

El doctor me mira y se mueve de su asiento. Deja su libreta de lado y suspira.

— Eres adicto al sexo, Edward y sé que no estás aquí para escuchar lo que ya sabías. Pero hay una diferencia entre lo que crees saber y lo que en realidad es. ¿Cuándo se sobrepasa el límite? — me pregunta y yo solo niego escuchándolo atentamente—. En éste punto, existe bastante desinformación. Puede llevarse una vida sexual muy activa y no por ello ser considerado un adicto, ¿Dónde radica la diferencia entonces? La persona que lleva una vida sexual activa, está satisfecha consigo misma, algo que no ocurre con el adicto. Éste, carece de control sobre sus actos, como me has explicado de los impulsos que has sentido hacia tu secretaria y esas ganas arrebatadoras de ver pornografía o inclusive masturbarte. No ves el límite, no sabes cuándo parar y sabes que mientras haya dinero, no habrá nada qué o quién te detenga.

Cuando más pasa el tiempo, requerirás de mayores estímulos para saciar tu creciente necesidad, como sucede con las adicciones, la calma lograda sólo es momentánea; inmediatamente regresa al vacío, si cabe con más fuerza, generándose un ciclo autodestructivo del que después no será fácil salir.

Los adictos al sexo son grandes consumidores de pornografía en todas sus variantes— me explica y yo entrecierro los ojos—, sé lo que me comentaste pero es parte de una de las descripciones, Edward. Se llega recurrir compulsivamente a la masturbación así como continuas citas de una sola noche o periodos muy cortos, bien sea con conocidos o mediante la prostitución— dictamina y yo me siento verdaderamente identificado—. Cuando todas estas actividades invaden y anulan otros campos, la respuesta solo puede ser una: la adicción es un hecho.

— Entonces… soy un ninfómano.

— Preferimos llamarlo hipersexualidad… Pero si te sientes cómodo con el término, es aceptable.

Bueno, para mí es lo mismo.

— Tengo una pregunta.

— Dime, Edward.

— ¿Cómo es que llegué a ser así?

— Varía por persona, algunas veces puede llegar a ser por soledad, depresión, ansiedad o estrés… En algunas ocasiones es porque experiencias sexuales traumáticas del pasado.

¿Por eso su pregunta? Tiene sentido ahora.

— A veces siento que no podré parar.

— Vamos a ir despacio, Edward. Por lo pronto, no puedo darte un tratamiento ni mucho menos prohibirte que tengas relaciones sexuales. Pero cuídate de las enfermedades, tu adicción al sexo podría llevarte a tener problemas a largo y duradero plazo.

Comprendo a lo que se refiere.

— De acuerdo, doctor.

— Bueno, Edward — toma la grabadora y la detiene—. Hemos tenido una buena sesión, te daré una cita para la próxima semana y hablaremos de lo que pasó desde hoy hasta la fecha.

— De acuerdo, doctor— le tiendo la mano y él me corresponde—. Hasta la semana entrante.

— Cuídate, Edward.

Asiento ante su recomendación y salgo del consultorio.

-xx- Ese fin de semana -xx

Sábado por la noche.

Camino por la habitación de mi Pent House como león enjaulado. Tengo un buen rato dándole vueltas al asunto pero no quiero romper la promesa que me he autoimpuesto.

"No sexo al menos esta semana a partir del sábado"

— Tal vez ver un poco de pornografía cese un poco mis ganas — murmuro para mí.

Camino a la pantalla de 80" que está en la sala y subo el volumen. Hay un canal muy bueno al que me he suscrito hace un buen tiempo. Elijo la categoría más obscena que se me pueda ocurrir en ese instante y doy play. Los ruidos se escuchan retumbantes por el lugar pero no me importa porque sé que todo es privado.

Siento la necesidad de masturbarme. Oh, sí. Meto la mano dentro de mi pantalón y comienzo a tocarme. De arriba abajo, como simulando el acto de penetración hasta poder sentir que me corro. Tardo en lograr mi cometido, tanto que la película se acaba antes de que pueda venirme.

Me recuesto en el sofá y suspiro. Debo bañarme y lo hago. Me meto a la ducha y comienzo a pensar de manera vacilante en banalidades. Esta mañana leí sobre sexo tántrico. La práctica de éste requiere de tiempo y una relación constante con una pareja, practicarla a diario para poder prolongar el orgasmo y el coito. Suena interesante, pero ninguna mujer dura conmigo lo suficiente como para poder llegar a practicar algo así. Me tiene insatisfecho no poder probarlo.

Tendré que leerlo, quiero informarme más acerca porque me mantiene curioso.

Pero extrañamente mi pensamiento salta a las palabras que poco antes de irme me dijo el doctor Mitchell:

Una persona que recurre de un modo compulsivo al sexo, es alguien que busca equivocadamente llenar su soledad con compañías y actividades que terminan generando una mayor soledad.

¿Y si yo ya estaba jodido y solo desde hace tiempo? Quizás mi problema radica años atrás y yo nunca lo noté. Salgo de la ducha con una sola toalla enredada a las caderas. Me quito los excesos de humedad del cabello y me meto a la cama desnudo. Me gusta dormir así, me da libertad en todo sentido. Solo ropa interior cuando es necesario. Soy un maldito pervertido, tanto que a veces ni siquiera me dan ganas de usarla cuando voy al trabajo.

Me recuesto en la enorme cama King Size y cierro los ojos. Solo quiero descansar y así por lo menos dejar de pensar unas horas en sexo.

-xxx- Domingo –xxx-

Señor Cullen— dice la voz del arquitecto Ryan a plena tarde de domingo—, la pared ya quedó. La coloqué de tabla roca y una puerta, es un material ligero pues pensé que si la oficina era suya, algún la iba a recuperar.

— Gracias, Ryan — le respondo ya que lo conozco hace tiempo—. Le diré a Susana que te deposite a tu cuenta el pago.

Gracias, hasta pronto— y cuelga.

Estoy en casa de mi padre, él me mira con detenimiento. Parece extrañamente orgulloso.

— ¿Pasa algo?

— No es nada— dice sonriente—, es solo que hace tiempo que no te veía con detenimiento. Estás tan grande, hijo.

— Tengo 27 años, Carlisle. Algún día tenía que crecer…— digo cortando mi filete de res.

— Si, bueno… Es que… Recuerdo cuando recién llegaste a Nueva York… Eras un niño. La empresa te forjo, como el fuego al metal.

— Sí, fueron años duros de aprendizaje. Volar a Boston y Nueva York cada fin de semana entre la universidad y la empresa, llegó a ser endemoniadamente estresante— suspiro y tomo de mi copa para beber un sorbo.

— Bueno pues mañana conocerás a la señorita Swan y ella podrá aminorarte el trabajo.

La signorisa Swan, ¿Cómo será ella? Debo admitir que eso me mantiene pensativo. Tengo la ligera impresión de que es una chica mimada, tal vez rubia artificial con enormes tetas… Mmm… Suena interesante pero es un poco aburrido. Como Susana, solo me llama la atención porque es el prototipo de la fantasía de un hombre, pero hasta yo debo admitir que no tiene completamente mi atención.

— Seguro— respondo poco convencido, dando por sentado que ella solo de que es el prototipo de mujer cabeza hueca—, tal vez tenga que comprar nieve para mantenerla ocupada comiendo y esmalte para uñas rosa.

— Edward… Ella no es así.

Alzo una ceja.

— ¿La conoces?

— Bueno — murmura pensativo—, la verdad es que solo la vi una vez.

— ¿Cuándo?

— Ella era joven…

Eso suena interesante.

— ¿Qué tan joven?

— Como 6 años — ríe—, me presentó un conejito que se llamaba "Señor bigotes", le faltaban dos dientes y tenía coletas rosadas.

No estoy seguro si mi padre se está burlando de mí o qué.

— ¿Es en serio, padre? — expreso soltando los cubiertos.

Él no puede evitar reír y yo niego, incapaz de aguantar la risa también.

Será interesante conocer a la señorita Swan. Quizás le sigan faltando algunos dientes…

xxx- Lunes, 5 de mayo del 2013 –xxx

Abro los ojos de golpe cuando la alarma suena a las 5:30 de la mañana. La luz de la ciudad entra apenas. Hoy es día de volver a la oficina. ¿Qué tengo pendiente? Llamadas con el director general de Microsoft, debo capacitar algunos empleados, firma de contratos y reuniones con clientes. ¡Ah! También está lo de la señorita Swan. Umm interesante.

Entro al gimnasio y uso la caminadora. Pongo a velocidad máxima y mi cuerpo rápidamente comienza a sudar. 3 horas después, estoy afeitado, he tomado un rápido desayuno y he escogido un traje gris de Hugo Boss, corbata acorde, camisa de lino blancoy zapatos de corte italianos.

— Buen día, señor Cullen — me saluda uno de los guardias cuando llego en mi Aston Martin negro.

— Buen día, Joe— digo entrando—. ¿Qué tal el trabajo? — y checo mi entrada con mi huella digital.

— Todo en orden, señor.

— Me alegra escucharlo — respondo dándole la espalda y llamando al elevador.

— Que tenga buen día.

— Igualmente, Joe.

Entro y las puertas se abren en el piso que ocupa toda mi oficina. Susana está ahí esperándome de pie.

— Buen día, señor — saluda caminando hacia mí y yo tomo la correspondencia de su escritorio.

— Susana. ¿Mi padre? — digo leyendo los sobres.

— Está en su oficina, con el señor Swan y su hija.

¿Ya están aquí? Estoy sorprendido. Punto bueno para la señorita Swan.

— De acuerdo, ¿algún mensaje?

— El licenciado Jenks lo busca para firmar el contrato con los brasileños, quiere que hagamos el trato. También llamó la señora Adams, dice que si quiere remodelar la oficina.

— Dile que si a Jenks y a la señora Adams yo no la contacté— respondo tomando los sobres más importantes y caminando hacia la puerta de mi nueva oficina.

— De acuerdo, señor— se retira y yo me quedo en la entrada.

Estoy ansioso por conocerla y llevarme la decepción que he esperado desde éste viernes o lo que yo mismo me he impuesto está mañana: chica plana, trajes de vieja secretaria, anteojos de abuelita y zapatos feos. Según la descripción de mi padre, no puede ser que ahora sea una rubia tetas follables.

— Esto va a estar de risa— murmuro para sí y entro a mi oficina.

Hay dos personas en ella. Mi padre tiene una mano en el bolsillo y habla amenamente con un hombre de edad similar a la de él. Ambos visten traje diplomático y reconozco quién es: Charles Swan.

— Edward— saluda Carlisle y yo asiento—, mira quién está aquí. Es Swan, el hombre tras el imperio.

Le tomo la mano y le saludo. Me da un apretón firme y seguro. Me agrada. Yo nunca había conocido al señor Swan ya que él no trabajaba oficialmente dentro de la empresa pero sí para ella.

— Es un gusto conocerlo al fin, señor Swan.

— El gusto es mío. Tengo entendido que su padre le ha comunicado la decisión que he tomado.

— Así es — respondo.

— Bueno— dice con una sonrisa—, quiero presentarle a alguien. ¿Isabella?

¿Dónde estás pequeño ratoncillo? La puerta que separa la mitad de mi oficina se abre lentamente y de ella sale una mujer con la mirada cabizbaja.

— ¿Dónde estabas, hija?

— Lo siento, papá. No pude resistirme a mirar — dice avergonzada y entonces alza la mirada.

MADRE SANTA.

Es una pequeña escultural muñeca, la vista es casi angelical y arrebatadora. Tiene los cabellos de color caoba y es ondulado hasta las puntas, le va muy bien lucirlo así de suelto, debo admitir. Porta una falda de color vino ajustada a sus piernas y caderas que le llega a las rodillas pero que se acomoda perfectamente a su figura, una blusa en color blanco con un ligero escote y un saco que combina con su falda y le acentúa la figura. Lleva lentes, pero al momento en que alza su cara, se los quita y un par de chocolates me miran con curiosidad. Ella se muerde los labios que son adornados por un ligero labial de color rosa y un rubor se extiende por sus mejillas. Parece una flor a media mañana en primavera. Y sus zapatos… ¡Maldita sea! Zapatos altos que hacen lucir sus piernas de muerte. Son… Una puta obra de arte en sus pies. Si el doctor Mitchell me escuchara, ¡Mierda! A parte de adicto al sexo ¿soy fetichista?

— Señor Cullen — me saluda—, mi nombre es…

— Isabella Swan— respondo por ella. Me mira sorprendida y sonríe.

Yo le tomo la mano y tengo la inminente necesidad de evitar besar su piel blanca y suave. Dios, se siente tan bien. Ella me mira sorprendida, parpadeando frenéticamente y de nuevo ese sensual gesto en su boca de fresa.

— Mucho gusto.

— El placer es mío— digo descaradamente porque es la verdad. Nos miramos a los ojos. Soy incapaz de perderla de vista y segundos después tengo la obligación de soltarla.

Isabella baja la mano y se acomoda un mechón de cabello tras su oreja. Mierda, me siento excitado en ese gesto. Me muerdo los labios y aquella visión llega directamente hacia mi polla dura. ¡Joder!

— ¿Qué te parece, Edward? ¿Es un buen prospecto?

¿Qué que me parece? ¡Puta madre! Ella es perfecta para muchas cosas…

— Mi chica — presume Charles tomándola de los hombros— es buena en lo que hace. No lo defraudará. Se lo aseguro.

— No tengo la menor duda— respondo con las manos en los bolsillos, porque soy incapaz de mantenerlas quietas.

Ella parece sonrojada. Oh nena. No me defraudarás lo sé. ¿Por qué pareces tan tímida, signorina Swan? Imagino que no lo has de ser en la cama, solo es un camuflaje para atraer… ¿No es así?

— Tengo la seguridad de que formaremos un buen equipo— digo mirándola a los ojos y ella de nuevo se sonroja.

¡Mierda! ¿Cómo es que hace eso y me hace sentir tan excitado?

— Bueno, Isabella — dice mi padre a quien veo que le tiene más confianza—. ¿te gustaría poder conocer la empresa?

— Sería un placer — responde sonriente.

— Pues andando — la anima Carlisle junto con Charles—. Hoy es el primer día, así que solo te mostraremos las instalaciones. Mañana tendrás tu secretaria y trabajarás en la oficina contigua. ¿de acuerdo?

— Sí, señor Cullen— contesta con un tono no intencionado pero sensual y discreto hacia mi padre, y no sé por qué deseo que me lo diga a mí y no a él, bajo otras circunstancias.

Sí, señor Cullen… ¡Más fuerte, señor Cullen!, ¡Oh, señor Cullen! Métamela toda, por favor… ¡Por favor! ¡Piedad, señor! ¡Duro! ¡Duro! ¡Así, ahí! ¡Oh, Edward!

Tengo que negar dos veces antes de gemir en voz alta por mis fantasías con ésta muñeca. ¡Mierda!

— Por aquí, señorita Swan. Charlie— invita mi padre a pasar y yo me quedo estático en mi oficina—. Edward — llama mi atención Carlisle—, más tarde vendré hablar contigo.

— Claro, padre— y miro a Isabella quien tímidamente es atrapada mirándome y yo le sonrío—. Un gusto conocerlo, señor Swan y será todo un placer trabajar con usted, señorita Swan.

Ella abre los labios, sus regordetes labios y se los muerde. ¡Carajo!

— Hasta luego, señor Cullen— se despide Charles Swan, inadvertido de lo que sucede.

Isabella baja la mirada y sonríe entrando al ascensor.

— Edward…

— Isabella— y las puertas se cierran.

Suspiro, su perfume impregnado se queda en el lobby de la oficina. Me meto a la mía y cierro la puerta, grabando con fuego su silueta delgada y provocativa. Abro los ojos y sonrío con malicia.

— Soy adicto al sexo y esa mujer es el objeto de mi obsesión.

GRACIAS POR LA ESPERA, ESTARÉ ACTUALIZANDO LOS DEMÁS FICS POR SI TARDO EN ACTUALIZAR ÉSTE.

ESPERO LES HAYA GUSTADO :D