[ii].

Hay un chico—

(y los secretos que guarda su corazón son espinas perforando sus pulmones).

Alex podría coserse los labios y llevarse a todos a la tumba con él. Podría llevarse consigo aquella forma peculiar en la que miraba a Miles y que rogaba nadie más notara. Y es que sus pensamientos sobre él dan vueltas, vueltas, vueltas en su mente y le aterra (más que nada, más que nadie) que alguien le vea entre las esquinas de sus fantasías. Se repite como cántico mañanero que no debería dejar aquel jardín de ilusiones florecer sobre el pecho de su (mejor) amigo, pero Alex es obstinado y al final del día solo quiere llegar ante Miles y preguntarle si acaso ¿saldría con él después del estudio?.

No lo hace, pero sin embargo lo mira con ojos muy abiertos, tan grandes como un girasol en verano y se embalsama en la forma que sus labios de constelación rozan el micrófono –se pregunta entonces cómo se sentirán aquellos mismos contra su piel de leche descremada-.

Sonríe brillante y en un último suspiro de pensamientos –sueño contigo cada noche desde que te conozco- frunce el ceño y se retira, quizá si se queda mucho, comenzarán a sospechar.