Disclaimer:no soy jotaká y Harry Potter no me pertenece. Pero Sirius Black es MÍO y solamente MÍO ;D
Este capítulo tiene dedicación super-ultra-mega-hiper-especial. Para Siriusila9, que ama casi tanto como yo al más guapo e irresistible de los Merodeadores y por lo majísima que es. Y, obviamente, para ti Eri, por la inmensa sensación de alegría que me invade cada vez que veo un rr tuyo y porque te aprecio un montón, pero mucho, mucho.
Y porque sí, ¡porque sois las putas amas! Haaahahaha. Ojalá os guste ;)
Despertar
El sol entra a raudales en la espaciosa habitación. Sirius, todavía sumido entre las brumas del sueño, se revuelve incómodo en su cama, molesto debido a los resplandecientes rayos que inciden directamente sobre sus párpados cerrados. Trata de cubrirse la cabeza con su brazo desnudo, pero no hay nada que hacer. Morfeo lo ha abandonado.
Abre los ojos con pesadez. Parpadea repetidas veces para acostumbrarse a la intensa iluminación del dormitorio y se estiraza para desentumecer sus músculos. Sin embargo, su espalda topa con algo cálido y suave, como el roce de una pluma. Mira a su alrededor y lo primero que distingue al voltearse es una larga cascada de bucles desparramada sobre las sábanas. La intrusa descansa bocabajo y la bronceada piel de sus brazos contrasta visiblemente contra la impecable blancura del edredón. Pese a todo, el rostro de la chica queda prácticamente oculto bajo la melena castaña.
Sirius siente su cerebro especialmente embotado y entorpecido, como si le resultara difícil mantener la concentración y razonar. Pero, aun así, no tarda demasiado en identificar a la muchacha que descansa junto a él.
Desvía la mirada y ojea detalladamente el dormitorio. Las camas de sus tres amigos están exactamente como la noche anterior. Y Sirius intuye que no han dormido ahí. ¿Dónde se habrán metido? Bah, da lo mismo, en el fondo eso ahora no le interesa demasiado.
El joven Black decide despertar a Savannah de una vez. Atrapa un mechón de pelo castaño y tira de él con más fuerza de la que debería, haciendo que la muchacha cabecee bruscamente sobre el almohadón.
—Eh, despierta, Harley —la instiga él—. Venga, lárgate a tu habitación que Merlín ya se ha hartado allí arriba.
Savannah suelta un quejido y se deshace del muchacho con un fuerte manotazo. Se remueve perezosamente y, a continuación, oculta su cabeza bajo la almohada pensando, quizá, que de esa manera conseguirá conciliar el sueño otra vez. Sirius agarra el almohadón de un puñado y lo lanza de malas maneras contra la pared escarlata de la habitación. Aferra a la muchacha por el brazo y tira de ella, dándole la vuelta sobre la cama, encarándola. No, la paciencia no es una de sus virtudes.
Ella le devuelve la mirada, de un verde intenso, y arruga la frente. A juzgar por su semblante, la muchacha parece seriamente desconcertada. Observa al chico con atención y lo reconoce al momento.
Y al fin reacciona; abre mucho los ojos y su respiración comienza a acelerarse de forma inminente, como si acabara de correr una maratón. Una expresión de profunda angustia cruza su rostro. Instintivamente, tira de las sábanas hacia arriba, esforzándose en ocultar cada centímetro de piel que el jersey que luce deja al descubierto.
—¿Qué mierda estás haciendo en mi cuarto, Black? —inquiere Savannah con la cabeza dándole más vueltas que una noria.
—No te equivoques, maja, eres tú la que está en mi dormitorio —aclara Sirius con desplante—. Y además, todo hay que decirlo, anoche no dejaste de taladrarme la cabeza con esa voz de pito hasta que conseguiste colarte en mi cama. Me suplicaste y todo, ¿sabes? imagínate el panorama.
—¡Que te den por el culo, Black! —escupe ella con expresión desafiante y atravesándolo con la mirada.
Sirius suelta una risotada cargada de grosería. La nuez sube y baja con suavidad en su garganta.
—Menuda falta de elegancia.
La muchacha ignora al apuesto joven olímpicamente e introduce su cabeza bajo las sábanas, rogando a Merlín, a Circe y a todos los dioses muggles, que las sospechas que asaltan su mente no sean ciertas. Por favor, por favor, por favor… Pero enseguida vuelve a aparecer con las mejillas totalmente encendidas y los ojos como pelotas de tenis. Oh, Merlín.
—¡Estás en calzoncillos! —se escandaliza la chica con la voz repentinamente aguda. Parece fuera de sí—. ¿Qué es lo que me has hecho, Black?
Savannah no reconoce el pijama azul marino que viste. Trata de evocar todo lo acontecido la noche anterior, pero lo último que recuerda es la esporádica fiesta que se organizó en las mazmorras. Y, a partir de ahí, nada más. Todo aparece difuso en su mente. Un torbellino de colores y extrañas sensaciones se agolpan en su interior, confundiéndola aún más si cabe. No obstante, por más que intenta refrescar la memoria, no tiene la más remota idea de cómo ha ido a para a la cama del engreído de Black.
La voz grave del muchacho la sobresalta.
—¿Cómo? ¿no te acuerdas? –Sirius abre los ojos exageradamente, fingiendo estar dolido. Se echa hacia atrás el brillante flequillo y Savannah no puede impedir quedar plenamente cautivada por lo sensual del movimiento. El animago le lanza una mirada libidinosa, totalmente deshonesta—. Fue un auténtico espectáculo. Estás hecha toda una fiera, no me dejaste descansar ni un solo minuto, ¿sabes? Y bueno, a mí no es que me haga falta, claro, pero tú habrás perdido un par de quilos como mínimo. ¿No estás contenta, nena?
Sirius refrena el impulso de reírse delante de ella, sin embargo, la amplia sonrisa que esboza destila bravuconería por los cuatro costados. Savannah, por su parte, se muestra notoriamente turbada y aturdida. Su terso semblante se descompone en cuanto su cerebro termina de procesar la espantosa noticia. Le cuesta muchísimo trabajo asumir que algo haya podido suceder entre ellos. Y se niega a creer lo que Black acaba de decir, el muy fanfarrón. Pero la sensación de desazón no la abandona.
—En serio, Black, déjate de tonterías ¿qué coño me has hecho? –la voz de Savannah denota nerviosismo y se ve obligada a pestañear varias veces para evitar que las imprevistas lágrimas rueden por sus mejillas. Pero ella no necesita oír ningún tipo de confesión para figurarse lo que pudo suceder la noche anterior, basta con tener un poco de sentido común—.Te has aprovechado de mí aún a sabiendas de que no era consciente de lo que hacía. Eres despreciable.
Sirius tensa la mandíbula ante la inesperada e injusta acusación de Savannah; se muestra rotundamente indignado y la irritación comienza a apoderarse de él por momentos. Lo único que él pretendía soltando todas esas sandeces era irritar un poco a la muchacha, pero jamás, ni en sus más retorcidas pesadillas habría imaginado que Savannah interpretaría sus palabras de ese modo.
—¿De qué estás hablando, Harley? —sus ojos han adquirido una misteriosa tonalidad oscura, como el cielo cuando anuncia tormenta—. Estoy bromeando, ¿de acuerdo? Nada de lo que he dicho antes es cierto, estaba tomándote el pelo. Anoche no sucedió absolutamente nada ¿de acuerdo? ¿o acaso me crees capaz de hacer algo así?
Savannah niega lentamente con la cabeza, manteniendo su mirada fija en los ojos de él.
—No recuerdo nada, Black. Sólo sé que he amanecido aquí, en tu cuarto, metida en tu cama y prácticamente desnuda. ¿Qué coño quieres que piense? Estoy convencida de que no me trajiste hasta aquí únicamente para enseñarme tu nuevo manual de quidditch —comenta irónica, arqueando una ceja.
—Pues claro, ¿cómo vas a acordarte de nada? Tenías tanto alcohol en las venas que habrías sido capaz de desinfectar a todo San Mungo tú sola.
—Eres realmente repugnante.
—Escúchame… —la presiona el moreno con exasperación.
Sirius percibe un breve brillo en los ojos verdes de Savannah y comprende que la muchacha está al borde del llanto. Pero ella, orgullosa y altanera, no se permite derramar una sola lágrima delante del Merodeador.
—¡No! No quiero escucharte ¿lo entiendes? —brama Savannah, que retira las recias mantas que la cubren y se levanta enfurecida. Busca su ropa y la localiza sobre la cama que se encuentra más próxima al cuarto de baño—. Me das náuseas, Black, no puedo creer que te hayas atrevido a hacer algo así de descabellado.
El joven Black se apresura a imitar a la chica y se reincorpora sin importarle que las sábanas resbalen por su envidiable musculatura hasta caer sobre el frío suelo, y que la única prenda que lo separe de la total desnudez sean unos simples bóxers.
Savannah no puede evitar sentirse perturbada al ver a Sirius prácticamente desnudo frente a ella. Su vista se posa en el magistral pecho de él, en la oscura pelusilla que nace bajo su ombligo y se pierde allá, más abajo, en el borde elástico de sus bóxers azul índigo. Tiene un culo realmente soberbio e indescriptible. Los brillantes rayos del sol arrancan destellos broncíneos a su tostada piel. Es la perfección materializada en un cuerpo masculino.
El Merodeador percibe el breve instante de vacilación de la chica, y sonríe abiertamente.
—Deja de babear, Harley, cuando te apetezca repetimos. Mira que yo estaré encantado, eh, tan sólo asegúrate de hacérmelo saber con antelación, no vaya a ser que me encuentre con algún otro asunto entre las manos —bromea él irónico y divertido, tratando de quitarle un poco de hierro al asunto.
Ella enrojece violentamente al verse descubierta y entrecierra los ojos peligrosamente hasta que éstos se convierten en dos finas rendijas. A continuación, Savannah impulsa hacia atrás el brazo con el que sujeta el zapato de tacón y se lo lanza a Sirius con todas sus fuerzas, intentando causarle el mayor daño posible. Sin embargo él, como buen jugador de quidditch, esquiva el zapato con suma facilidad y éste se estrella contra una de las alargadas ventanas, causando un gran estruendo. Pequeños fragmentos de cristal saltan por los aires y el zapato cae irremediablemente a través de la ventana, desapareciendo del campo de visión de ambos muchachos.
—¡Pero bueno! ¿y ahora qué te ha molestado? Ya te he dicho que estoy dispuesto a repetir ¿qué más quieres?
Savannah prefiere hacer oídos sordos e ignorar el grosero comentario. Gira sobre sus talones y se decide a salir de la habitación. Pero antes de llegar siquiera a rozar el picaporte de la puerta con la yema de los dedos, la voz de Sirius vuelve a detenerla:
—Eh, eh, eh ¿adónde crees que vas con mi pijama? —la castaña se voltea para mirarlo a la cara, esperando, quizá, que eso no sea más que otra de sus estúpidas bromitas. Pero, aunque los ojos del Merodeador brillan divertidos, Savannah intuye que habla totalmente en serio—. Devuélvemelo, ladrona.
Harley nota una abrasadora oleada de ira que le nubla los sentidos por completo. Y percibe cómo las piernas le tiemblan violentamente debido a la irritación. No obstante, aferra con determinación el borde del pijama y tira de él hacia arriba, para deshacerse de la enorme prenda. Luego se lo lanza a Sirius con enojo. Se cubre como puede con su vestido de color crema y abandona el cuarto, desapareciendo tras el marco de la puerta.
Y Sirius no puede evitar carcajearse de lo lindo. Tiene un trasero precioso.
¡OMG! No sé a vosotras, eh, pero a mí me pone cachondísima Sirius. Con ese aire de rebeldía y esa actitud chulesca... buff, hahahaha. Muchísimas gracias por todos, todos y todos los reviews, y por los piropazos ;D Me alegra enormemente que os gusten los capítulos.
¡Se os quiereeeeeeeeee! :D
Danna.
