Disclaimer: Estos personajes no me perteneces son de Stephenie Meyer
Pequeños recuerdos
Aún recuerdo cómo te conocí, como si hubiera sido ayer y, sin embargo, han pasado ya más de 10 años.
Era un día soleado en las afueras de Chicago, mis pequeños pasos retumbaban por las piedras de la calle principal. Mi querida madre me llevaba casi a rastras.
-Mamá no quiero ir. ¿Por qué no pude quedarme con papá mejor?
-Mi querida hija, tu padre tuvo que salir esta semana por asuntos… personales, no podía dejarte en esa casa sola, además solo iremos a visitar a mi amiga.
Hice un mohín y un pequeño berrinche, pero eso no hizo que mi madre bajara el paso y mucho menos que diera media vuelta en dirección a la casa, cruzamos tres calles mas antes de llegar a un barrio acomodado. Mi madre se detuvo en una casa antigua pero hermosa, era bastante grande y tenía un hermoso jardín lleno de diferentes flores. Me recordó a mi casa de muñecas que papá me había traído de Nueva York, en el buzón se leía una pequeña inscripción, "Casa Mansen"
Caminé lentamente por la calle en silencio, como si fuera a un funeral, mi vestido blanco hacia ondas con el aire haciendo también revolotear mi listón. Mi madre tomó aún más duro mi mano y me apuro casi arrastrándome a la casa Masen.
Miré la estructura enorme de ese castillo, claro a esa edad una casa así en verdad parecía un castillo. Me pregunté si dentro habría un dragón.
Nos acercamos y mi madre toco la puerta para luego agacharse y arreglarme un poco. Cuando se abrió la puerta quede sorprendida, había una mujer de pie, era completamente hermosa, su cabello largo y sedoso tenía un Tono broncíneo y unos hermosos ojos verdes que resaltaban con el color de su piel. Era alta y delgada, en su cara, que parecía más un corazón, una pequeña sonrisa se dibujaba de una manera natural. Era la mujer más hermosa que había visto.
-Elizabeth querida me da gusto verte. - dijo mi madre sonriendo y dándole un beso en la mejilla. Luego me arrastró frente a ella. - Recuerdas a mi hija Daniela?
-Igual a mi Carmen, hacía tiempo que no te veía. - su voz era tan suave y bella, como campanas de viento.
Se acerco a mí lentamente y se agacho para quedar a la misma estatura, me mostró su bella sonrisa, lo primero que pensé es que ella era igual que mi padre, pues era hermosa y su sonrisa te hipnotizaba por completo. No pude mas que contestar con otra sonrisa, hice una reverencia como las princesas a lo que ella contesto con otra.
-Mucho gusto Daniela- me sonroje por escucharla hablarme- Soy Elizabeth, amiga de tu madre desde pequeñas.
-Hola- dije en un susurro que apenas fue audible para mí.
-Pasen por favor, llegan a la hora del té.
Pasamos a la casa, nos condujo por un pasillo que terminaba en la salida al patio. A los lados tenía diferentes habitaciones, un comedor de madera a la izquierda con una puerta que daba a la cocina, a la derecha un piano en medio de un saloncito, los sillones eran de un bello color crema que contrastaban con las paredes azules de la habitación, mas adelante del lado derecho las escaleras de caracol que daban al segundo piso, y del lado izquierdo la cocina, que olía exquisitamente.
Llegamos a una puerta de cristal que daba al patio, un jardín enorme donde un niño jugaba con su pelota y un guante de beisbol era muy parecido a su madre, el cabello y los ojos los tenía del mismo color. Volteo para vernos, pero al no ser nada de su interés, prefirió seguir con su pelota de beisbol.
-Les presento a mi hijo Edward- hizo una seña con la mano para que se acercara ese niño a saludar, el obedeció- Edward, ella es mi amiga Carmen y su hija Daniela.
-Un placer- le dio la mano a mi madre y después a mí. Para acto siguiente volver a su juego.
Era un niño curioso, mas educado que los que conocía y demasiado silencioso. Me agrado su comportamiento, tal vez podíamos ser amigos, aunque fuera un chico.
Pasaron los minutos terminamos el té y comenzó la plática de "adultos" que no comprendía, comencé a aburrirme y decidí mirar todas las flores, el lugar se parecía a aquel que mi madre me había leído ese de "Alicia en el país de las maravillas", estaba lleno de flores, rosas de colores, gardenias, tulipanes, margaritas y azucenas. Mi mente divagaba entre sorbitos de té y galletas, incluso imagine que esos eran los postres que te hacían grande y luego pequeña. Y en algún momento pedí permiso para levantarme e ir a buscar un conejo blanco, tal vez con mucha suerte lo encontraría y me llevaría a otro lugar muy lejos.
-Edward, querido, deberías jugar con Daniela- dijo su madre desde el portón. El se me quedo mirando.
- Madre es una niña, dudo que sepa jugar las mismas cosas que yo. - me levante muy molesta por ese comentario y fui a quitarle la pelota para lanzarla y que le cayera en la cara.
-No soy una niña tonta que no sabe hacer cosas, el tonto eres tú. - saque la lengua, mire a mi madre que antes de reprenderme fue interrumpida por su amiga.
-Por qué no van a la biblioteca, seguro habrá algún libro que a ella le interesaría hijo el suspiró, dejo su guante y su pelota y empezó a caminar a la casa.
-Por aquí Daniela por favor. - di un sobresalto al escucharlo decir mi nombre y lo seguí lo más rápido que pude tropezando de vez en cuando con mis pies.
…
Mis siguientes años eran igual, iba a visitarte cada que podía, jugábamos con tu pelota o leíamos en la biblioteca, me enseñaste a tocar el piano y aprendí violín para tocar a dueto, la mejor decisión de mis padres fue mudarnos a Chicago, aun lo pienso así. Te convertiste en mi mejor amigo. No se en que momento fue, ni como, pero me enamoré de ti. Se que es una locura, pero así fue. ¿Y tú? Bueno no es difícil adivinar que tú también te enamoraste loca y profundamente de mí.
-Mamá lo sabe? -Estaba sentada en el porche de la casa mirando el cielo azul habían pasado ya los años, cumplía 15. No era la primera vez que mi padre y yo tocábamos el tema, pero nunca me había atrevido a hacer esa pregunta.
-Si, tiene tiempo que lo sabe y me ha cubierto bien, lo que siento por tu madre es real. - Dijo el señor sentado a mi lado. Para mi él era mi verdadero padre, tenía el cabello negro y unos hermosos ojos dorados, su piel era blanca como la nieve y tenía siempre una pose rígida y perfecta que trataba de pasar desapercibida.
-Eso ya lo sé, sé que lo que sientes por mamá es real, no seguirías aquí si no fuera así. ¿Dime, hay más como tú? Me refiero a que hay mas vampiros, pero vampiros que no beben sangre humana. -Voltee a verlo, mi mirada era tranquila, yo sabía lo que era mi padre casi desde que llegó, en la infancia de un niño la magia deja que vea con mayor claridad las cosas.
Mi padre había muerto casi al mismo tiempo que mi madre se enteró que estaba embarazada, yo era muy pequeña, el llego un año después, se enamoro de mi madre y desde entonces éramos una familia muy feliz. Aunque claro por la situación de mi padre era difícil quedarnos en un mismo lugar.
-Carlisle y su esposa- susurró para que sólo yo lo escuchará, mi hermano salió corriendo a jugar al patio con el perro. Nadie le había dicho y al parecer no se había dado cuenta nunca.
Me quedé pensando en el doctor que acababa de llegar al pueblo, era muy amable y dedicado a su trabajo. Y su esposa, una hermosa señora a la que muchos tenían envidia, pero de la que se burlaban por no tener hijos.
Un niño llego corriendo calle arriba, traía en las manos una rosa rosa, mis favoritas, me la dio y volvió a salir en la misma dirección por la que llegó. Traté de disimular mi sonrisa, Edward jamás se cansaría de darme flores y regalos, de llevarme a pasear y regresarme antes del atardecer. Recordé que hace unos días no lo veía, después de… robarme ese beso.
…FLASBACK…
Edward y yo habíamos ido en un día de campo aquella tarde, platicamos y comimos una deliciosa comida que su madre nos había preparado, las clases habían terminado, el venía con s pantalón caqui de vestir, su camisa blanca y sus tirantes que eran tapados por su chaleco que combinaba con el pantalón, su cabello fue tapado por una boina que yo misma le había regalado.
Luego fuimos a caminar por la ciudad, riendo y jugando. Para terminar la velada nos sentamos en el columpio que había en el portón de mi casa.
-Recuerdo que cuando te conocí casi me rompes la nariz- dijo con una sonrisa juguetona.
-Bueno tu no creías que fuera lo suficientemente buena para jugar contigo por ser "niña"
-Que equivocado estaba, estaba equivocado sobre muchas cosas.
-Ah sí? - fue un tono de coqueteo nada normal en mí. Por lo que me sonroje al terminar de decir esas palabras.
-Si, como me equivoque al creer que no me iba a enamorar nunca de ti, por ser una niña mimada- me congelé al escuchar sus palabras y voltee a verlo de reojo, miraba el atardecer.
-Edward… yo… - estaba sin aliento, mi corazón iba a mil por hora y las mejillas eran ahora rojas completamente.
Me paralicé sin saber que decir, cerré los ojos un momento, para acomodar mis ideas, yo también sentía algo por el pero no sabía como decirlo. Así que simplemente cambie el tema.
-Entonces quieres enlistarte e el ejercito? -Susurré
-Si, sería un honor volverme un soldado.
-Ya no nos veríamos más, ni tendrías tiempo de salir a pasear conmigo- susurré y cerré los ojos tristes.
En un momento sentí sobre mis labios los suyos, dulces, suaves su aroma me llegaba a la nariz y me embriagaba, posó entonces haciendo un poco de presión sus labios. Se retiró lentamente, abrí los ojos y me encontré con esos ojos verdes tan cerca de mi que todo el color se me subió al rostro. Se volvió a sentar en su lugar.
-No seas una tonta, siempre tendré tiempo para ti, pero por ahora es tarde, debes entrar a casa y yo debo ir a la mía, nos veremos luego. - Se levanto sin dejarme decir nada y se fue de ahí. Me congele un tiempo hasta que mi madre salió por mí.
…FIN DEL FLASHBACK…
Jamás entenderé como te enamoraste de mí. Pero ese beso me hizo dar cuenta que realmente te amaba, que no quería a nadie ni nada que no fueras tú.
Suspiré a lo que mi padre se rió. Yo voltee a verlo sin entender mucho del asunto.
-Edward de nuevo? - mi padre tenía una sonrisa pícara en la cara- he vivido bastantes siglos para Saber que él está enamorado de ti.
Me sonroja de inmediato y mire para otro lado. No quería hablar de aquel beso robado o de lo que pasaba por mi cabeza en ese momento. Mi madre fue mi salvadora esa vez, me grito desde la casa. Mi padre soltó una carcajada al ver como corría y tropezaba para no contestar a sus preguntas.
Por alguna extraña razón, mi madre me tuvo haciendo mandados todo el día afuera. Cuando llegue ya era hora de la comida, pero esta vez no solo comeríamos los cuatro: por la ventana logré ver a la familia Masen que estaba de visita, su padre, casi la misma imagen que el hijo, sin embargo, los ojos eran café obscuro igual que su cabello, su madre como siempre hermosa y el, estaba vestido para una ocasión especial. Entre enseguida a la casa, pero al parecer aún no me esperaban. Mi padre y Edward se separaron del grupo para hablar, mientras mi madre contenía un llano abrazada a su amiga.
Entre entonces y mi madre se deshizo en sollozos rente a mí. Solo logré abrazarla sin entender que pasaba. ¿Estaba todo bien?
-Daniela- dijo mi padre desde su oficina
Entre en ella sin comprender aún nada, mi padre sonreía casi de oreja a oreja.
-Hay alguien esperando en el patio, yo y lo personal no lo haría esperar mucho más. Por cierto, tienes mi bendición.
Esas palabras me despertaron completamente, corrí sin saber a donde me llevaban los pies, y ahí, en el pequeño jardín, estaba el. Traía un traje gris claro que hacia resaltar todo en él. Se veía aún mas apuesto que de costumbre. Me miró y sonrió de una manera coqueta, pero triunfante.
-Eres un mal caballero Edward, yo una damisela en apuros abandonada por dos días- Me acerque lentamente con una sonrisa en mi rostro.
-Tu no eres una damisela en apuros Daniela. - Tu a veces eres más el caballero que las va a salvar- soltó una carcajada y luego guardo silencio aun con esa sonrisa en su cara. - Te ves más hermosa que de costumbre.
Me ruboricé y traté de hacer alguna broma, pero no me salían las palabras.
-Daniela, no eres una chica como las demás, sabes que el valor de un vestido es mínimo comparado con tu felicidad, eres amable y alegre, iluminas todos mis días con una sonrisa. Toda mi felicidad es estar a tu lado, tú curas mi tristeza, no puedo imaginarme una vida sin que tú estés a mi lado, sin regalarte mi amor cada día. No sé cómo, ni desde cuándo, ni de qué lugar proviene tanto amor. Pero sé que te amo. Te amo sin problemas y sin orgullo. Te quiero de una forma que no conocí antes. No soy nada especial, de esto estoy seguro. Soy un hombre común con pensamientos comunes y he llevado una vida en común. No hay monumentos dedicados a mí y mi nombre pronto será olvidado, pero te quiero con todo mi corazón y toda mi alma y por eso, ¿quieres casarte conmigo?
Me quedé completamente helada, y luego el calor me recorrió de pies a cabeza, sentí una lagrima caer por mi mejilla, pero era una lágrima de felicidad.
-Edward- me hinque- claro que si mi amor, por supuesto que quiero compartir toda mi vida a tu lado, te amo Edward, te amo desde hace mucho tiempo.
Me abrazo y me levanto dándome vueltas en el aire, me miro a los ojos ahora llenos de felicidad. Trato varias veces de ponerme el anillo hasta que por fin lo logró. Era un aniño que había sido el anillo de compromiso de su abuela. Era delgado y curiosamente era plateado no dorado como la mayoría, y en medio tenía una pequeña joya azul.
De pronto ambas familias nos sacaron de nuestro mundo de ensueño para felicitarnos a ambos. Mi madre lloraba y gimoteaba mientras alternaba sus abrazos y felicitaciones entre todos.
-Felicidades Daniela, ahora serás de la familia- dijo su madre tomándome de las mejillas con ternura.
Mire a mi padre que tenía cara de niño que había hecho una travesura, me abrazo muy fuerte y luego me llevo al lado de Edward.
-Feliz cumpleaños- me susurró al oído. Lo había olvidado por completo.
Fui una ingenua al pensar que todo eso sería verdad, esos momentos eran sólo eso, sueños, recuerdos de lo que pudo ser... Pequeños recuerdos de lo que era felicidad. Ahora yo ya no tenía idea de que era eso.
