La historia y trilogía de "The Darkness Within" pertenece a la autora Kurinoone, quien me ha dado el permiso para utilizarla.

El crédito a la traducción de la historia "The Darkness Within" es para la autora Nymphadora Tonks, quien también me ha dado autorización de usarla.

Como bien sabemos y aunque me duela en el alma la saga de Harry Potter es propiedad de la increíble J. K. Rowling, la trama es solamente mía, yo solo juego con los personajes de dichas autoras.

Espero que les sea de su agrado.

Disfrútenlo.


Capítulo 2: James y Lily ¿muertos? ¿Quién es Harry?

-El niño que vivió.-apenas pronuncio el titulo, todos se miraron con incredulidad y confusión.

-¿Quien es ese niño?- pregunto con infinita curiosidad Sirius Black.

-Señor Black, por favor guarde silencio y deje al director hablar.- la profesora McGonagall no pudo evitar regañarle como si de un niñato se tratara y el hombre para consternación y burla de todos bajo la cabeza sumisamente.

Remus y James soltaron una pequeñas risitas, aunque el ultimo aun estaba un poco conmocionado con la nota anterior.

-¡Basta! Profesor continué por favor, quiero escuchar de Harry.

Los merodeadores enseguida se callaron y empezaron a poner atención.

El mago de largas barbas blancas, continuo.

Las miradas de los menores de edad que se dirigían especialmente a los señores Potter eran vistas por todos los adultos. No sabían como se iba a abordar la noticia, cuando se revelara al pequeño Potter que hacia tiempo tuvo un hermano.

Dumbledore carraspeo.

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive,

-¿Allí no vive tía Petunia?- interrumpió el mas pequeño de la reunión.

-Si, allí vive. Lo que se me hace raro.- dijo la señora Potter con extrañeza.

-¿Raro? ¿porque raro?- gruño un hombre con su ojo postizo moviéndose alrededor de la sala con postura defensiva.

-Por que pensamos que hablaría de Harry, no de su hermana.- Alice dijo con comprensión, mientras colocaba su brazo sobre el de Lily.. Ella entendía el sufrimiento de su amiga, y no por que haya pasado por lo mismo, sino por que vivió su tristeza, su dolor, su desesperación al no volver a ver a su bebé. Lloro con ella, se desvelo. Alice observo a su hijo, quien se encontraba entre Damien y Ronald prestando atención a la lectura.

Neville volteo y sus ojos se conectaron. Neville le sonrió con cariño. Su hijo estaba bien, nadie los iba a separar.

-Tal vez no sea nada pelirroja- comento Sirius tratando de tranquilizarla.

-Dejemos a Albus, continuar.- callo a todos McGonagall.

estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.

El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.

-¿Te pasa algo Dora?- se levanto angustiado Remus.

Todos voltearon a ver a la susodicha, quien ahora en lugar de su inusual color rosa chicle de cabello, poseía un verde amarillento, su piel se había tornado como el papel cebolla.

La joven aurora al notar que la observaban volvió a poseer los colores que le caracterizaban.

-No tengo nada Remus, solo le enseñaba a las chicas el como me sentía con la grandiosa descripción del cuñado de la señora Potter.- dijo. Su rostro estaba empezando a tornarse rojo, para gracia de Hermione y Ginny-. Lo siento - susurro apenada ante la obvia burla hacia los familiares de la pelirroja.

-No hay problema, no es como si fuera una mentira- dijo sin mirar a nadie mas que al libro.

Todos volvieron su atención de nuevo al director, menos un merodeador de cabello castaño quien se había quedado embobado mirando a la metamorfomaga. La cual curiosamente aun conservaba el color rojo en su rostro y ahora se había esparcido hacia su cabello.

La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.

-No quiero insultar a tu familia Lily pero, tu hermana no se parece en nada a ti.- una mujer rolliza y pelirroja pregunto desde el otro lado de la mesa.

-No es insulto. Es algo que no se puede ocultar. Parecemos dos polos opuestos.- dijo por primera vez apartando la mirada del director.

Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.

Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.

La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil, eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.

Lily bajo la mirada y sin ser consciente apretó con fuerza sobrehumana la mano de su marido. Sus ojos empezaron a soltar unas traicioneras lagrimas al recordar la frialdad con la que su hermana la trataba. Todos los adultos tenían mirada de indignación por lo antes leído. ¿Como alguien que era tu familia, podría tratar a su propia hermana de esa manera?

Severus Snape, quien había conocido a la ojiverde apretó la mandíbula con enojo evidente. Al parecer Tuney no tenia arreglo. Aun con desconsuelo observo como su Lily, aunque lejos de él de la forma en que quería, era querida aun siendo por esas personas de Potter, Black y Lupin.

Aun recordaba cuando perdió a su bebé. Todos sus amigos la habían consolado, habían soportado sus cambios de humor. Aun podía recordar como Alice se había quedado con ella muchos días dándole su apoyo incondicional, ayudándola a aceptar, en cambio su hermana simplemente le había enviado una simple nota que rezaba "Lo siento por tu perdida". Aunque quisiera aun negadlo tal vez si era cierto y ya no tenía una hermana. No en ella.

James le devolvió el gesto con suavidad, cariño y comprensión y le dio un beso sobre sus cabellos.

-Tranquila pelirroja flor, me tienes a mi para quererte. Ella se pierde a unas grandes personas, a ustedes y a mi.- comento Sirius con soltura. Remus le dio un zape.

-Tal vez no lo piensa realmente Lily. A veces decimos las cosas sin en realidad sentirlo.- dijo con reconforte el hombre lobo.

-Si Lily, solamente no hay que hacerle mucho caso. Es tu hermana, estoy segura que te quiere y no piensa eso, como dijo Remus.- termino Alice.

-Estoy segura que si lo piensa.- dijo levanto su mirada. Les sonrió con afecto y cariño-. Pero he decidido que no me va a afectar nunca mas. Ella me niega como su hermana, yo no la necesito, ya tengo una y estoy rodeada de personas que si me quieren.- termino mirando a todos. Alice Longbottom rió con felicidad aunque se notaba desde lejos sus ojos cristalinos. Su esposo la abrazo para reconfortarla.- Y Sirius, ¿como esta eso de pelirroja flor?

-Bueno, hay tres pelirrojas, tengo que diferenciarlas, aunque creo que la llamare Molly.- soltó un sonrisa con toque coqueto al mirar a la matriarca Weasley.

Los hijos Weasley, Damien, Hermione y Neville se rieron con soltura, cuando Molly lo miro soltando dagas por los ojos, si hasta Percy el mas serio de todos tenia un toque de humor en sus facciones.

-Ya basta de tanta cursíleria. Continuemos con el libro.- gruño Moody. Todos soltaron sonoros bufidos.

-Siempre tan sentimental Alastor.- dijo Albus con una sonrisa, antes de seguir leyendo.

Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.

-¿Por que temerían que nos juntáramos? Dudley y yo nos llevamos tres años y jamas seríamos unidos.- sus amigos lo miraron con una ceja levantada y pareciendo insultados.

-Damy, nosotros nos llevamos tres años.- dijo Ron. Hermione y Neville asintieron, como pidiendo una explicación, aunque sabían el motivo por el cual había dicho eso, y no lo culpaban.

-No me refería a ustedes chicos. Pero deben de admitir que teniendo esa diferencia de edad y con su actitud, es obvio que lo evitaría.- dijo diciendo "dah" con sus gestos.

El cuarteto soltó una carcajada a aire limpio.

Los adultos negaron con la cabeza.

Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.

Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.

-¿Qué hace una lechuza en un barrio muggle?.- comento un hombre alto y fornido de color oscuro, quien se había mantenido callado en el transcurso de la lectura.

-Y en pleno día. Que extraño, ¿qué estará sucediendo?- pregunto Tonks con incertidumbre.

-Pues vamos a leer Nymphadora.- ladro Ojoloco, ocasionado la ira de la susodicha.

A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes.

-Hay Petunia, ¿que estas haciendo con tu hijo?- exclamó con exasperación Lily, siendo secundada por la profesora McGonnagall, Molly y Alice.

«Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa.

Se metió en su coche y se alejó del número 4.

Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.

Los tres merodeadores junto a Frank miraron suspicazmente a la profesora de transfiguración.

Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato.

Éste le devolvió la mirada.

Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).

Los cuatro sonrieron entre ellos. Si, era la profesora McGonnagall.

Mientras los demás de la habitación empezaron a analizar los hechos. Un gato leyendo debería ser un mago, o dicho con mas lógica un animago.

Los mas ingeniosos dirigieron enseguida sus miradas hacia una profesora, quien poseía una mirada de total concentración mientras se preguntaba si era posible que el gato del cual se hablaba en el libro fuera ella.

Nadie se atrevió a decir ninguna palabra sobre sus conjeturas.

Albus Dumbledore quien iba a continuar leyendo, miro sobre sus gafas el desconcierto de todos en la sala.

El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.

Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.

-Eso no es extraño.- dijeron todos, la mayoría cabe decir eran sangre limpia-. ¿Qué se creen estos muggles?

-Para la gente no mágica, si es extraño. Aun recuerdo la mirada de mis padres al ver mi uniforme, y no se diga cuando vieron la ropa de las personas al entrar al callejón Diagon.- explico Hermione.

-Si, paso lo mismo con mi familia.- corroboro Lily.

Aunque entendieron que podría ser extraño para los muggles, por alguna razón no quisieron estar de acuerdo con ese idiota de el "señor" Dursley. Así que decidieron asentir con compresión pero no quitaron su mirada insultada.

El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados.

-¡ALERTA PERMANENTE!- grito Alastor golpeando su bastón con el suelo.

Todos sin excepción pegaron un salto y soltaron un grito de miedo.

Las señoras Potter, Weasley y Longbottom pellizcaron a sus maridos, los cuales casi se caen hacia atrás.

Los joven Weasley (los siete), Potter y Longbottom cayeron al piso junto a Tonks quien se había levantado de un salto con varita en mano, pero por su mal equilibrio habría tropezado con sus pies y se había llevado a Kingsley quien había reaccionado igual.

La profesora McGonagall se agarraba su pecho con una respiración agitada.

Si hasta el director Dumbledore se había sorprendido al dejar caer el libro, pero había reaccionado rápido y nadie lo noto.

-¿Qué te pasa Alastor? Por Morgana!- gritaron todas las mujeres enfurecidas.

-Esos magos están apunto de romper el Estatuto que estipula no exponer lo que somos a los muggles. Que irresponsable de su parte- exclamo enfurecido sin hacer caso al enojo de todos.

-Moody tiene razón, ¿que estarán pensando?- susurro Kingsley mientras se levantaba y ayudaba s su colega pelirrosa.

¿Qué estará sucediendo? era el pensamiento general.

Dumbledore dio un tiempo para que los demás se levantaran, sobaran y acomodaran antes de continuar leyendo.

El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda!¡Qué valor!

Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.

-Me estoy aburriendo. ¿Qué ese hombre no tiene algo mas interesante que taladros? Mejor leamos otra cosa- exclamo Sirius pegando su rostro a la mesa.

De un momento a otro el pelinegro se encontraba colgado de un tobillo. Todos soltaron una gran carcajada. Sirius indignado empezó a ver a su alrededor y vio a una pelirroja con la varita alzada.

-¿Qué te hecho Lily? Bájame ahora mismo. Estoy empezando a marearme.

-Te voy a bajar con la única condición de que te mantengas callado por lo que queda de la lectura, mínimo un par de capítulos., ¿de acuerdo?

-No puede nadie silenciarme. Pero al parecer no tengo otra opción.- se cruzo de brazos. Un segundo después cayó sin ninguna consideración al frío suelo.

Nada pudo quitarle su mal humor, y tampoco ayudaba mucho el que sus amigos y sobrino y la mayoría de los jóvenes siguieran burlándose de él.

Al cabo de unos minutos todo se había vuelto a relajar y prosiguieron.

El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros.

No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra.

Hubo mas miradas angustiadas.

La mayoría pensaba que algo muy gordo debió de haber pasado en la comunidad mágica para que hubiera una ola masiva de entrega de cartas.

La preocupación los embargaba por que no sabían si el motivo era bueno o malo.

¿Qué puede estar ocurriendo?

La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche.

Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar.

Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.

-Que horrible hombre, mira que sentir su día normal y peor aun estar de buen humor al gritar a gente.- exclamo Nymphadora con una voz llena de repulsión.

Todas las mujeres estuvieron de acuerdo.

Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.

—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...

Todos se pusieron alerta. Tenían el presentimiento de que por fin iban a enterarse del porque de los extraños sucesos.

Los Potter presentes se miraron entre ellos. James y Lily se agarraron de las manos y Damien se encontraba con sus amigos.

El resto (los adultos) veía con preocupación a los Potter mayores en vez de al hijo, puesto que tenían la corazonada de que podría tratarse del hijo mayor. A excepción de los chicos que veían a su amigo con nerviosismo.

—Sí, su hijo, Harry...

Todo aquel que conociera a Lily Evans ahora Potter la catalogaría como una mujer fuerte, con voluntad y con una serenidad que era muy difícil de romper.

Jamás, en todos los años que llevaban conociéndola la habían visto derrumbarse.

Claro, habían visto tristeza, enojo, arrepentimiento y una que otra cosa; pero eran unos sentimientos que había logrado superar rápido.

Cuando sus padres murieron, la consolaron, le dieron su apoyo. En poco tiempo acepto lo sucedido y continuó con su vida.

Cuando fue insultada por su mejor amigo, se mantuvo fuerte y se dio la vuelta.

Nadie la había visto sucumbir en el dolor. Hasta ese momento.

Su Harry, su bebé fue secuestrado y asesinado.

Esa mujer que consideraban un roble se partió en miles de pedazos como si fuera una simple rama seca.

Y no hubo fuerza suficiente que pudiera hacer superarlo. Continuó viviendo, pero las fisuras allí seguían y jamas iban a ser sanadas.

Lily bajo la mirada tratando de retener las lagrimas.

Era una mala madre. No pudo proteger a su hijo; una buena madre hubiera muerto defendiéndolo sin permitir que nada ni nadie lo dañara.

Aun con todos esos años que habían pasado, aun se ponía a pensar en como pudieron haber continuado las cosas, si su hijo estuviera vivo.

James Potter uno de los lideres merodeadores, bromista, con autoestima alta, un gran auror, esposo de la mujer que ama y que lo ama, nunca había mostrado ninguna debilidad, siempre con elegancia había logrado superar cualquier dificultad que se le había atravesado.

En sus años de escuela al verse rechazado por su pelirroja si, se sentía herido, pero al día siguiente lo seguía intentado.

Cuando la única vez perdió un partido de Quidditch no le dio importancia, entreno mas duro para reforzarse.

Cuando sus padres fallecieron, no le fue tan difícil seguir avanzando, sabía que en algún momento llegaría y ademas sus padres ya eran mayores. La muerte era algo inevitable.

Jamas había tenido una dificultad en toda su vida. Todo a su alrededor era perfecto. Hasta que sucedió.

Su hijo fue secuestrado en sus propias narices, y lo peor es que mantenían al enemigo bajo su propio techo.

No había razón suficiente para que pudiera aceptar el hecho, de que técnicamente el había ocasionado que mataran a su bebé. Alguien en quien confiaban lo había matado, y el no se había dado cuenta.

Nada podría hacer que pudiera superar esto, no había nada que lo ayudara a sanar.

James apretó los dientes con ira retenida. Se encajo las uñas en las palmas de su mano con enojo y desesperación. Era un mal padre. Si hubiera sido bueno, habría luchado, habría muerto él, no se hubiera dejado engañar por nadie, pero lo mejor su Harry estaría vivo.

-¿Quién es Harry? ¿Papá, mamá?- pregunto con confusión Damien, y mas al ver la tristeza reflejada en los rostros de sus padres, de sus tíos, padrino y de todos los demás adultos que estaban presentes.

-Damy, no creo que sea un buen momento.- trato de que su voz no se quebrara, pero Sirius no pudo dejar de soltar un sollozo. La culpa también le carcomía, él también se sentía culpable de la muerte de su ahijado. Él hubiera matado a ese infeliz que se atrevió a dañar a la personita que consideraba un hijo, aunque eso le hubiera dado un pase directo a Azkaban. Se puso de pie y tomo un vaso para agarrar whisky de fuego. Se lo tomo de un tragó. Sin embargo el dolor no se iba. Se volvió a sentar en la mesa con botella y con la mirada perdida.

Damien sin entender el porque de tanto misterio miro a sus amigos, quienes se encontraban igual que él.

-Pero... ¿Cómo que su hijo?- se giro hacía su padrino, quien le rehuyo la mirada mientras negaba con la cabeza con lamento. Vio a sus padres quienes lloraban y sin saber como, sintió la tristeza que embargaba la sala.

Él junto a sus amigos observaron al director. Este les devolvió la mirada para después continuar leyendo.

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo. Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.

Potter no era un apellido tan especial.

Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño.

"Un hermano. ¿Será posible?" Damien estaba dividido. Feliz por que posiblemente tenía un hermano, algo que siempre deseo, enojado por que si era verdad nunca lo supo, confundido por que no sabía donde se encontraba.

Todos gruñeron a Dursley. Esa gente al parecer estaba demostrando que no poseían sentimientos y lo que es peor empatía alguna.

Podría llamarse Harvey.

O Harold.

-¡Que horribles nombres!- Sirius con indignación coloco el vaso en la mesa.- Jamás habría permitido que a mi ahijado se le pusieran esos nombres y menos a un mini-merodeador, ¿verdad Cornamenta, Lunático?

-Claro Canuto. Un hijo mio tendría que llevar un nombre que pusiera en alto a la familia Potter, no como esos... nombres.- dijo fingiendo arcadas James, mientras le sonreía con agradecimiento a su hermano.

-Obviamente. No somos idiotas para ponerle esos o algún otro como Dudley.- aporto Remus. Los tres, junto a los gemelos y uno que otro se rieron. Damien sonrió al ver a su padre salir de esa depresión en la que evidentemente estaba entrando, estaba tan distraído en la recuperación de su padre que no se dio cuenta en la declaración de que Harry si era su hermano.

No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo.-

¡Si él hubiera tenido una hermana así...!

-Si eso hubiera pasado, habrías sido muy afortunado.- gruño Molly, tornándose del mismo color de su cabello, preocupando a todos a su alrededor por una posible explosión de su parte.

Lily le sonrió con cariño.

Pero de todos modos, aquella gente de la capa. Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.

—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.

Todos miraron a Albus con sorpresa.

-Al parecer si tiene modales.- dijo Arthur, quien aun se encontraba estupefacto. Jamas se habría imaginado llegar a conocer o leer sobre unos muggles tan maleducados como estos.

Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:

—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!

Al director se le arrugo el ceño con confusión. ¿Voldemort se ha ido? ¿Cómo ocurrió esto? ¿Cuándo? ¿Quién? eran las prerrogativas del anciano, quien dejaba a su mente divagar en posibles teorías que esto pudiera implicar.

-¡Esto es una vil mentira!

-¿Por qué este engaño?

-Alguien se esta burlando de nosotros

Eran los griteríos en general de los adultos.

-¡GUARDEN SILENCIO!- Todo aquel que fue estudiante en Hogwarts (lo cual reducía a todos, a excepción del pequeño Potter, quien aun no asistía) se quedo quieto en su lugar, con porte derecho y sin emitir ningún ruido.

La profesora McGonagall se irguió en su silla con una sonrisa de suficiencia. Aun no perdía su toque.

-Hay que continuar leyendo y...- levanto su mano para acallar las replicas.- ...y saber el porque de esa información que acabamos de escuchar. Todo tiene una explicación.- todos aceptaron a regañadientes. Albus aun seguía riendo por los aires que poseía su profesora de Transfiguración.

Hermione empezó a recordar. Las notas explicaban que un paquete de libros provenían de una dimensión diferente. ¿Este libro es de un mundo alternativo?

Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó. El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).

Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.

—¡Fuera!—dijo el señor Dursley en voz alta.

El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.

-Si. Evidentemente es la profesora Minnie.- exclamaron los merodeadores con alegría. Los gemelos los veían con admiración ante la evidente osadía.

-¡Potter, Black, Lupin! No les permito que se dirijan hacia mi de esa forma.- les mando su mirada severa, lo que ocasiono mas risa en ellos y esta vez tambien en Frank.

-Ya, ya tranquilos. Dejemos tranquila a la profesora Minn... digo a la profesora McGonagall.

-¡ALBUS!- grito.

-Lo que en verdad debería interesarnos es, ¿que hace Minerva allí? En un barrio muggle- dijo en un gruñido Moody.

Todos guardaron silencio para seguir con la lectura y averiguar el motivo.

El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato.

Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.

-Cobarde.- mascullaron todos con una pequeña excepción.

La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había prendido una nueva frase («¡no lo haré!»).

Las mujeres y los educadores negaron con la cabeza. Ese niño no iba a tener un futuro nada prometedor.

El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.

—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—.

-Hey, mi papá trabaja en un noticiero, ¿podría ser él? Parece que sabe el por que del comportamiento extraño de las lechuzas.- exclamo con alegría Tonks.

Todos asintieron de acuerdo.

Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?

—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces!

"¿Estrellas fugaces? ¿En plural?" se cuestionaron los magos adultos.

Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.

El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...

La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.

—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?

Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.

Lily mantuvo su rostro sin emocion ante el rechazo de su "hermana". Había problemas que en verdad importan.

—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?

—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...

—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley

—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.

La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:

—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?

—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.

—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?

—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.

-Nadie la pidió.- gruño Ginny quien pensaba que Harry era un nombre de lo mas hermoso.

-Exacto mini pelirroja.- exclamo con alegría Sirius.

Los adultos negaron con la cabeza ante el infantilismo del azabache. Un hombre de piel cetrina lo fulminaba con la mirada.

—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.

No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.

Un vació empezaba a adueñarse en el interior de todos.

¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.

Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...

¡Qué equivocado estaba!

Se miraron preocupados, en especial los señores Potter quienes estaban mas relacionados.

¿En que podría afectar a algunos muggles el mundo mágico?

El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive.

Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche. Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.

En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón.

Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna.

Albus se sorprendió al ver su descripción, ¿que estaría haciendo él allí?

Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez.

El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.

Todos lo miraron con sorpresa, pero no permitió que nadie emitiera comentario alguno.

Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido.

Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle.

Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:

—Debería haberlo sabido.

Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata.

Lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido.

Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.

-¡Yo quiero uno!- los gemelos gritaron.- ¿Donde lo compro, profesor?

Albus se dio cuenta de que todos lo miraban con interrogación. Soltó una risita.

-Lo lamento señores Weasley, pero ese aparato es de mi invención, y solo hay uno en existencia. Y me pertenece.- dijo con diversión al ver la cara caída de todos.

Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.

—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.

Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda.

Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.

—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.

—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.

Nadie se rió, aparte del hecho de que podrían ser maldecidos por la mujer, porque estaban a punto de enterarse de lo que estaba sucediendo en el mundo mágico que afectaba al mundo muggle.

—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo—respondió la profesora McGonagall.

—¿Todo el día? ¿Cuando podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.

La profesora McGonagall resopló enfadada.

—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.

Los bromistas sonrieron al ver que las estrellas se pueden ocasionar con un hechizo. Nadie lo noto.

—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...

—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...

Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.

—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?

Todos miraron con expectación y nerviosismo.

—Es lo que parece —dijo Dumbledore—.

Hubo suspiros de alegría, pero por una extraña razón eso no los calmaba por completo.

...Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?

—¿Un qué?

—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.

—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...

—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—.Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.

Hubo estremecimientos generales en algunos. Albus observo con tristeza como la mayoría aun tenia miedo de pronunciar su nombre.

—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.

—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.

-Disculpe mi imprudencia profesor, pero usted no esta loco ni es un demonio sádico para usarlos.- dijo Ginny con soltura.

Su madre y Percy la vieron con reproche, mientras su padre, sus hermanos (el resto) y los demás hombres la veían con respeto impreso en todas sus caras.

-No se preocupe señorita Weasley... Y es muy amable por sus palabras tan halagadoras.- le sonrió el director.

—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.

-Me quedo con la respuesta de la mini pelirroja.- exclamo Sirius levantando su vaso de whisky (el cual rellenaba cada vez que le vaciaba), haciendo que Ginny se sonroje.

—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.

La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.

—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?

Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad.

Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.

—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric.

Todos se tensaron.

Desde los Potter a quienes se les había endurecido la mirada. Ese monstruo no se iba a aparecer en su casa.

Sirius y Remus, a los cuales se les observaba con un aura de terror. Sirius tenia el vaso temblando en sus manos.

Los Longbottom quienes se miraron con la alerta presente en sus ojos, por la preocupación de sus amigos.

Ojoloco, Kingsley, Tonks seguían con los instintos de peligro latentes, corriendo por su cuerpo.

Minerva veía a sus alumnos con miedo, al igual que Albus, quien se negaba a continuar leyendo, por no querer saber el desenlace de ese comienzo tan terrible.

A Damien se le veía angustiado, él cual era reconfortado por sus amigos, los cuales esperaban que no ocurriera nada malo.

Iba a buscar a los Potter.

No se escuchaba ni un ruido.

El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.

Dumbledore inclinó la cabeza.

El sonido de un vaso quebrándose rompió el silencio que se adueñaba como un virus por toda la sala.

Todos voltearon a ver a un Sirius con la mano sangrando por los vidrios del vaso que antes poseía. Su mano seguía apretándose en un puño ocasionando que la sangre fuera en un aumento peligroso.

-¿Qué maldita broma es esto? Por que no tiene nada de gracia.- el rostro de Sirius estaba impreso con furia que trataba de no sacar de golpe. Solamente se le había visto una vez así de enojado.- ¿QUÉ ES ESTO QUE ESTAMOS LEYENDO? Es una mierda, por no decir algo mas.- gruño tan bajo, que erizo los vellos. Su voz estaba tan afilada que parecía al rugido de un perro salvaje.

Los Weasley y Hermione miraron a los Potter. Por la orden se habían vuelto cercanos, a parte del hecho de que sus hijos eran amigos del hijo de ellos. No podían pensar como serían las cosas con ellos muertos; aun viéndolos en esto momentos de frente sentían el vació como si les hubieran comunicado una posible perdida.

Alice estaba en los brazos de su esposo llorando, esto era horrible. Sus mejores amigos muertos. Esto era imposible.

Remus se había vuelto pálido, y su lobo interior estaba clamando venganza. Sus ojos se habían vuelto de un dorado brillante llenos de enojo.

Los compañeros aurores que conocían a James del trabajo sentían una gran perdida. Si hasta Alastor se había quedado sin palabras. Esta noticia era de lo mas impactante.

McGonagall lloraba la perdida de sus alumnos favoritos junto a Albus que sus ojos no estaban con el centello que lo caracterizaba.

Snape miraba a su Lily con desesperación. Por primera vez en mucho tiempo estaba de acuerdo con Black, esto era una maldita broma que no tenía ni una poca de gracia. Era de muy mal gusto. Ese final no era posible y mucho menos aceptable, para nadie y obviamente mucho menos para él. Jamas permitiría que eso ocurriera, primero moriría. Con un suspiro, vio que Lily estaba a salvo, eso no ocurrió y no iba a ocurrir de eso se encargaría y por lo menos estaba tranquilo por que sabía que aunque detestara lo que estaba por decir Potter tampoco iba a permitir que nada le pasase.

Damien se encontraba perdido. Jamas había considerado esa alternativa. Mis papas están muertos se repetía sin cansancio. Su mente no relacionaba que sus padres se encontraban frente a él. Sus ojos soltaban lagrimas sin cesar. Estoy solo su respiración se empezó a agitar alertando a Neville quien empezó a notar como empezaba a alterarse su amigo.

-Damy, ¿que te ocurre? ¡Respira!- Remus se levanto con su ahijado y lo arrullo.

-Esta bien Damy, tus papas están bien, no vamos a permitir que nada les pase.- le conforto. Damy simplemente asintió tratando de calmarse. Giro su mirada a sus padres.

Todos giraron sus ojos para ver a los Potter. En sus movimientos no había nada que indicara su desasosiego.

James y Lily se miraron, pero en lugar de ver miedo o angustia por su alternativa muerte, en sus ojos se veía alegría, alivio y felicidad. Si, ellos estaban muertos pero había una pequeña posibilidad de que él estuviera vivo. Su Harry podía estar vivo. No había nada que pudiera amargarles la noticia.

Rieron. Empezó con algo débil pero termino en algo que expresaba su felicidad.

-¿Cómo pueden estar riéndose?- le espeto. James despego su mirada de la verde de su esposa y vio a su mejor amigo.

Los ojos grises expresaban una tristeza infinita.

James se puso de pie y se acerco a su hermano.

-Sirius, deberías calmarte- dijo con calma, mientras destensaba la mano ensangrentada del azabache. Al ver su confusión le susurro.- Puede estar vivo. Morí luchando.- nadie mas escucho, pero observaron como el ultimo Black abrazaba a su amigo con afecto por fin entendiendo.

Después abrazó a Lily quien le respondió el gesto, después le ayudo a sanar la herida.

Nadie entendía nada, pero al no querer arruinar el momento esperaron que Dumbledore continuara la lectura.

La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...

Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.

—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.

La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.

—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño.

Lily y James gritaron de felicidad. Su bebé estaba vivo. No permitieron que nada le hiciera daño.

Todos los que habían visto extrañados a los Potter momentos antes empezaron a entender.

Su muerte no les afectaba, algo importante para ellos estaba a salvo, ¿que importaba su propia muerte?

Damien se acerco a sus padres, quienes lo abrazaron.

-¿Como no pudo matar al niño?- pregunto Moody, ganando se miradas asesinas de todos, ¿cómo preguntaba eso?- Cálmense, es una cuestión razonable, ¿que fue lo que le impidió matarlo? ¿quien lo paro?

Todos empezaron a analizar las palabras de veterano auror, a excepción de James quien lo seguía fulminando sin tratar de razonar nada.

-Creo que deberíamos seguir leyendo.- la voz de Albus estaba cargada de estupefacción por lo que había leído de adelantado.

Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.

Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.

—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?

—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.

-¡Mi ahijado derroto a Voldemort!- exclamo con alegría Sirius contagiando a todos.

Todos celebraban la derrota del mas temible mago de la historia, pero rememorando el hecho de que para la caída había costado la vida de dos increíbles personas. No sabían que pensar con claridad.

Albus Dumbledore estaba analizando los hechos.

Al parecer Harry Potter era a quien hacia nombramiento la profecía. Él era el destinado a derrotar a Voldemort, aunque aun había algunos hilos sueltos.

Volteo su mirada hacia el vástago de los Longbottom.

Cuando los Potter fueron traicionados por Pettigrew, ocasionando la muerte del primogénito Potter, había resuelto que había cometido un error en cuanto a quien era el profetizado y se había fijado en Neville. Pero él no cumplía con los requisitos de la profecía, puesto que no había sido señalado por Voldemort. Es mas Tom en estos casi trece años no se había interesado en acercarse a ellos, como si hubiera olvidado la existencia de la profecía misma.

Y ahora con esta información se empezaba a dar cuenta que en realidad Harry si era el elegido en ese mundo, pero ¿por que no en éste? ¿Que había ocasionado que el Harry de aquí si muriera y el de allí no? ¿Qué factor había intervenido?

Tan metido se encontraba en su mundo, aun con la mirada puesta en Neville que no noto que todos se le habían quedado mirando. Tres miradas fueron las que mas lo sacaron del trance.

Una pertenecía al joven Longbottom, quien lo miraba extrañado por la mirada que estaba recibiendo.

La segunda pertenecía al Señor Potter. Su mirada denotaba furia y un leve resentimiento. Albus se estremeció al recordar el momento que le había dicho que posiblemente se había equivocado al señalar a su hijo como el destinado a la destrucción de la oscuridad. No había recibido un hechizo por que era muy ágil.

Y la ultima pero no menos importante pertenecía a Frank Longbottom. Sus ojos se mostraban decididos. Estos le informaban al igual que hace 13 años que lo olvidara. Que no se atreviera a ni siquiera sugerir que su hijo iba a ser utilizado como una herramienta para poner fin a la guerra. Mostraban la misma ira, que cuando se lo comunico días después de la tragedia de los Potter.

Sacudiendo la cabeza para despegar su mente agarró el libro para continuar leyendo.

La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba.

Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:

—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.

-Eso es lo que todos nos preguntamos.- dijo Lily con consternación. Aun no entendía en como su hermana entraba en todo este embrollo.

—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.

-¡DEBE DE ESTAR DE BROMA, DUMBLEDORE! ¿QUE ES QUE ESTA LOCO? ¿CÓMO SE ATREVE A ENVIARLO A ALLÍ?- el pelo parecía estar electrificado en todas las direcciones. Los ojos verdes centellaban y reflejaban una ira contenida-. Ha visto como es mi hermana, me odia y se desquitara con mi hijo, y todavía peor aborrece la magia, le va a hacer la vida imposible.

-Lily, debes calmarte.- Albus trato de tranquilizarla sin ver como James, Sirius, Remus y hasta Alice negaban con la cabeza, pero ya era muy tarde.

Todos se hicieron hacía atrás, si hasta Molly que podría decirse que poseía un carácter similar jamas se había visto en el lado que recibía la ira. Sintió pena por sus hijos, pero se le paso enseguida.

-¡NO... ME... PIDA... QUE... ME... CALME!- grito.

-¿Por que no lo tengo yo? Es mi ahijado, yo debería cuidarlo.- la confusión era evidente aunque también quería cambiar la tempestad.

-¿No sera que te paso algo?- mostró preocupación por primera vez por la posible muerte de su amigo.

-También debió de haberme sucedido algo a mi.- inquirió Remus con desconcierto.

Todos se miraron con miradas lúgubres.

¿Podría haber mas muertes? era el pensamiento general.

—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!

—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.

-¿UNA CARTA! ¿QUE USTED ESTA LOCO!- esta vez no solo fue Lily Evans Potter, si no que también se habían unido otra pelirroja con casi el mismo temperamento como el infierno y que aparte había creado siete hijos, una pelinegra quien era la mejor auror de la generación y con un carácter que rivalizaba con el de las pelirrojas madres y nada mas y nada menos que su profesora Minerva McGonagall quien aparte fulminaba con ira e incredulidad. La señorita Granger y Weasley miraban a su director como si le hubiera salido otra cabeza, y la señorita Tonks poseía un cabello rojo como el fuego por el enojo.

Ningún chico dijo nada para no despertar la ira de las siete mujeres presentes.

Sin esperar un ataque continuo leyendo.

—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.

—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda!¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?

-Pero ese no es el mejor lugar, tiene que creerme profesor.- le suplico Lily a Albus.

Dumbledore con los ojos abiertos por una posible idea que se le había venido a la mente la miro con los ojos llenos de tristeza. Estaba empezando a comprender el porque del desespero de la ojiverde. Se estaba aferrando a la idea de que en algún lugar estaba su hijo vivo, y si sus deducciones eran correctas iba a sufrir cuando se diera cuenta que no podría tenerlo cerca de ella.

Nadie tomo como extraño el comportamiento de la pelirroja. Si hasta Damien creía que su mamá estaba en lo cierto; no era un buen lugar que su hermano fuera a vivir con sus tíos.

La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:

—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.

La mayoría soltaron una risa, conociendo las excentricidades de su profesor era posible.

—Hagrid lo traerá.

—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?

-¡Ey! A Hagrid le podríamos confiar nuestra propia vida.- exclamaron los merodeadores y los gemelos, quienes eran los que tenían mas contacto con el, con indignación. La profesora tuvo la decencia de verse avergonzada.

—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.

—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?

Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.

-¡Wow! Yo quiero una moto.- dijo con alegría, para después quedar pensativo para extrañeza de los demás.

-¿En que piensas, Canuto?- inquirió Lupin.

-Solo me imagina lo bien que me vería montado en una y una joven bruja por detrás.- dijo con una sonrisa socarrona.

James y Remus rieron por las locuras de su amigo, mientras los demás hombres empezaron a sopesarlo.

Toda mujer sin excepción los miraron con odio.

La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín.

En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.

—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?

—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.

-¡SI! Es mía.- hizo un baile de victoria, acompañado por todos los hombres.

Después de un pequeño momento de alegría reanudaron con el libro.

—¿No ha habido problemas por allí?

—No, señor. La casa estaba casi destruida,

Damien sintió un nudo en su interior. La casa que era todo lo que conocía, se encontraba destruida. En si la casa no era lo importante si no todo los recuerdos que allí tenían.

James y Lily lo consideraban como a un precio a pagar.

pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.

Lily se lleno de odio hacia Voldemort por haber herido a su bebé. Algún día se lo iba a cobrar.

—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.

—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.

—¿No puede hacer nada, Dumbledore?

—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.

Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley

—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.

Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba.

Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.

Sirius involuntariamente frunció el ceño.

—¡Shhh!—dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!

—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...

—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.

-Hace frió, se podría resfriar. Voy a tener que llevarlo a que lo examinen en San Mungo.- susurro siendo oída por una contrariada Alice, quien se encontraba mas cerca, pero decidió dejarlo pasar, pensando no haber escuchado bien.

Albus volvió a negar con la cabeza. El golpee podría ser muy duro, si no se daba por enterada, pero no tenía el valor para hacérselo saber.

Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente.

La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.

—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.

—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.

Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.

—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.

Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.

—Buena suerte, Harry —murmuró.

Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.

Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley…No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».

Albus cerro el libro dando entender que el capítulo había concluido.

-Así que el titulo se trataba de mi ahijado.- susurro Sirius con desasosiego.

Todos se encontraban en un silencio de ultratumba. En cambio Lily tenía un rostro radiante, y nadie entendía el porque, hasta que...

-James logro sobrevivir. Podremos tenerlo con nosotros.- su esposo lo miro con una triste comprensión.

-Lily, sabes que no es posible.- dijo con calma.

-Pero, esta vivo y...

-Si, pero él pertenece a otro mundo.- dijo manteniendo la calma aunque por dentro se estaba muriendo. No iba a negar que en su momento también creyó que podría tener a su familia completa y unida.

-Podemos traerlo. Podemos intentarlo James.- grito desesperada.

-No creo que sea posible Lily- intervino Albus.

-¡Claro que es posible! Si los que nos mandaron estos libros pudieron atravesar a una dimensión diferente para traerlos, nosotros podemos hacerlo para traer a Harry. Él no tiene a nadie allá y nosotros lo queremos aquí.- grito enfurecida por que nadie la comprendía. Volteo hacia su esposo quien la miraba con tristeza. Se echo a llorar-. Por favor James.- suplico.

-Lily...- lo que iba a decir se vio interrumpido por un ¡Plop!

En medio de la mesa había una nota.

Señora Potter.

Lamentamos en verdad que este sufriendo por la perdida de su hijo, y también por la esperanza rota de volverlo a tener.

Sin embargo no todo es tristeza y hay que afrontar lo sucedido. Como dijimos en la nota anterior "No todo es oscuridad. Solo hay que encontrar la luz" y le aseguramos que muy pronto la hallaran.

Para aliviar su pena, le recomendamos que lean el primer capítulo del otro libro, como explicamos uno pertenecía a un mundo alterno al de ustedes y el otro a su mundo. Si se ponen a analizar lo que ya han leído se darán cuenta de cual acaban de leer.

Se que esto es muy confuso. Enterarse de un nuevo mundo podría alterar lo que ya creen, así que hemos decidido darles un obsequio, úsenlo con cuidado, puesto que aunque es inofensivo todo se transforma en un arma de doble filo.

Con este regalo se podrán comunicar con nosotros y podremos resolver sus dudas, obviamente claro que estas dudas no se vayan a resolver en los libros por que habrán de esperar, aunque a veces podamos ser indulgentes.

Continúen leyendo, y déjenos advertirles una cosa: "Los horrores apenas comienzan"

Att: El trío de Oro y compañía.

La nota se disolvió en una mota de humo. En su lugar había un paquete de dimensiones de 7''.

James quien estaba mas cerca lo tomo con cierta dificultad, puesto que aferraba a una melancólica pelirroja.

No es necesario que lo sostengan con la mano, simplemente coloquen el objeto en el centro.

"A veces la palabra resuelve mas dudas que la mirada"

James Potter vio con asombro el objeto, se lo paso a Sirius quien lo compartió con Remus. Los tres se quedaron mirando el objeto con adoración.

-Nos podrían iluminar, diciendo ¿qué es?- el sarcasmo era evidente en la dicción de Moody.

-Es un espejo de doble cara.- susurro excitado Sirius.

-Me lo permiten.- dijo Dumbledore, quien miraba el objeto con fascinación. Tenia una leve sospecha de lo que era y el fin por el cual fue enviado.- ¿Cómo saben lo que es?

-Emm... Nosotros creamos un par cuando estábamos en la escuela para comunicarnos cuando nos castigaban en lugares diferente. Era solo para no aburrirnos.- se apresuro a explicar el animago de perro ante la mirada de McGonagall.

-¿Cómo funcionan?- cuestiono Kingsley con interés, al igual que Tonks quien se le habían vuelto sus ojos brillantes por enterarse.

Damien quien ya había visto una que otra vez el espejo no le veía mucho interés, ¿De que les serviría?

Hermione estaba tratando se saber que hechizos poseían para que funcionaran. Mientras los demás chicos estaban extasiados y ansiosos por poseer uno.

-Solo mencionábamos el nombre de la persona que posee el espejo gemelo y enseguida aparece el rostro de dicha persona y podemos hablar como si estuviéramos frente a frente.- explico con simpleza Remus-. El problema es, creo, no sabemos el nombre de la persona a quien le pertenece el otro. Solo se hacen llamar "Trío de Oro"

-Pues intentemos con ese seudónimo.- sentencio Minerva.

-Pero, primero ¿no deberíamos pensar en que es lo que queremos preguntar?

-¿Puedo hacerla yo?- musito con monotonía Lily, levantando levemente su mano.

Todos vieron el pesar en la pelirroja, así que asintieron. Albus puso el espejo en posición.

-"Trío de Oro"

Hubo una luz originarse desde el centro del cristal, para después expandirse hacia todo el contorno.

"Señora Potter, es un gusto escucharla. Teníamos la sospecha de que usted sería la primera en utilizarlo." hicieron coro tres voces.

La imagen era borrosa y no se podía apreciar a nadie, mas que tres siluetas.

-Quiero hacer una pregunta, ¿Harry es feliz?- se quebró completamente. Si ella no podía tenerlo con ella, al menos esperaba que el estuviera bien.

La voz que respondió, removió el corazón de la pelirroja, aumento la esperanza que albergaba James, sorprendió a Damien. Y trajo una tranquilidad a el resto. Nadie supo a quien pertenecía, hasta ya pasar mucho tiempo. Pero eso lo veremos en otra ocasión.

-Si ma... Si, señora Potter. Harry es feliz.

Lily sonrió.

-¿Por que no cuide yo a Harry, o Remus o los Longbottom?- pregunto apresurado Sirius. Eso era lo que mas lo carcomía.

-Eh...- había duda. Era muy evidente.

-Deben de comprender que la muerte no es el peor final que alguien puede tener.- dijo una voz femenina, que era extrañamente conocida.

-Ni el menos trágico.- dijo un hombre con voz gruesa.

-Por el momento, esa sera nuestra única respuesta. Continúen leyendo. Encuentre y mantengan la esperanza.- dijo la primera voz.

Se apago la luz emitida del espejo.

Damien quien aun quería preguntar sobre su hermano al ver el estado de su familia decidió que esto no era un buen momento y por un momento lo dejo pasar.

Albus carraspeo tratando de apartar la voz ronca que había ocasionado el sufrir de sus alumnos.

-¿Comenzamos con el otro libro, o tomamos un tiempo para reconfortarnos?- todos negaron. Querían saber la otra versión. En especial Los merodeadores y Lily, aunque eso les removiera recuerdos horribles, en su interior necesitaban saber que fue lo que sucedió realmente, sin ninguna laguna disponible-. Bien. El otro libro es The Darkness Within. ¿Alguien quiere leer?

Damien levanto la mano entusiasmado, pensando que podría descubrir muchas cosas sobre su hermano.

Aunque los padres del niño no estaban contentos, lo dejaron leer. No puede ser tan malo el capítulo. pensaron.

-El capítulo se llama Una Traición.- los menores, sobre todo Damy se miraron confundidos.

Sin embargo los adultos se miraron con enojo. En especial cuatro hombres (James, Sirius, Remus y Frank, mas los primeros tres.) por que pusieron en peligro a sus hijos.


Nota del autor:

Debo admitir que fue un capítulo muy duro de escribir.

No se por que, pero involucre muchos sentimientos, aunque no encontré muchas derivaciones de dichos sentimientos.

Aunque lo escuchen muy soso, los Review me dan ánimos para continuar escribiendo y actualizar mas rápido.

Pueden haber errores ortográficos, les pido una disculpa por ellos.

El siguiente capítulo ya embarcaremos con el primer capítulo de la trilogía de Kurinoone.

Aun pueden votar por cual libro quieren que los personajes lean. Que lean The Darkness Within o que continúen con la piedra filosofal.

Ya tengo avanzado el siguiente capítulo, solo faltan algunos detalles.

Sus comentarios me ayudan a crecer.

Nos leemos pronto

CecyBlack.