Su plan inicial era ir directo al hotel e intentar huir, sin embargo, una vez dentro del auto decidió pensarlo mejor y notó que la mejor opción era acudir a Benhima; después de todo, él era responsable por su seguridad. Le pidió al taxista llevarla a Palmeraie.
¿Y estás segura que es él? – le preguntó, una vez que ella le comentó el asunto
Tú lo conoces, no es alguien que se confunda con la multitud, mucho menos aquí.
Irene, querida, si Mycroft Holmes esta aquí, buscándote, no hay absolutamente nada que yo pueda hacer para impedirlo. ¿Crees que trajo a su hermano?
Y aunque con todo su corazón ella esperaba que sí, sabía que era imposible
No – contestó, disimulando su nostalgia – él nunca sabrá que Sherlock salvó mi vida.
Irene, cielo, tienes un nombre nuevo, cuentas bancarias nuevas, incluso conocimientos y un empleo nuevo. Marruecos está lleno de mujeres inglesas, hermosas como tú, y aunque ninguna es realmente como tú, dudo que pueda encontrarte.
No puedes estar seguro.
Ante esa respuesta, el hombre sonrió y acarició su muslo, poco a poco subió su mano hasta que sus dedos se encontraron con la ropa interior de Adler.
Ven, hay algo nuevo que quiero mostrarte. Sé que te va a gustar. Vamos a relajarnos y después pensaremos en algo.
La mejor idea que se le ocurrió fue que actuara bajo dos nombres falsos, pero ella sabía que eso no funcionaría. Lo dejó fingiendo estar tranquila y se fue a su hotel.
Tengo clientes que atender.
Efectivamente, esa noche el presidente de Francia que estaba en comitiva sin su esposa, conoció las virtudes de la Dominatrix. Mientras el hombre dormía, semidesnudo y aun con las marcas de las mordidas en su cuerpo, Irene le tomó una fotografía. "Mi seguro de vida" pensó mientras la guardaba.
Por esos días recibió muchos diplomáticos de diferentes países europeos, por lo que comenzó a creer que la presencia de Mycroft Holmes en Marruecos se debía sólo a un acto propio de sus labores como empleado del gobierno británico. Sin embargo, y por precaución rechazó a todos los clientes ingleses que preguntaban por ella durante esos días. Por boca de sus amigos, se enteró que la convención duraría una semana, por lo que no pasó mucho tiempo antes de volver a sentirse segura. Así, la que sería la última noche de reuniones y discursos sobre paz, Irene llegaba a su habitación cuando uno de los empleados le entregó un sobre totalmente sellado. Entró y lo miró por unos segundos antes de decidirse a abrirlo, no tenía remitente, ni una nota, o algún indicio que le señalase a que correspondía tan extraño paquete. Lo abrió. Dentro, había una bolsa de plástico, sellada, con un expediente y varias hojas sueltas, además de algunas fotos de su sitio web, entonces, desesperadamente lo abrió. Revisó y tal como sospechaba, era "SU" expediente. Incluso la lista de peticiones que había hecho estaba allí, excepto su teléfono, ese por el que había perdido todo, no estaba. Se dio cuenta que estaba perdida, entonces su celular, que estaba sobre la cama junto a ella, recibió un mensaje:
"ES MUY GRATO SABERLA CON VIDA"
Pasó unos segundos sin reaccionar y luego comenzó a empacar tranquilamente. Un par de lágrimas se asomaron por sus ojos. Guardó también su expediente y llamó a la recepción para solicitar que la pusiesen en contacto con una agencia de viajes, sin embargo, cuando lo pidió, se dio cuenta de que ya era demasiado tarde y el lugar debería estar cerrado. Pensó en ir al aeropuerto directamente, tal y como lo había hecho en Karachi, pero en ese momento, tocaron a su puerta. Aguardó por el clásico "servicio de cuarto" sin embargo, no pasó. Se quedó inmóvil por unos segundos y volvieron a tocar, pero esta vez, escuchó la voz del gerente que a través de la puerta le dijo "es administración, señorita Rainieri". Fue a abrir y el hombre tenía una nota entre sus manos. Le pidió pasar mirando hacía ambos lados.
Uno de nuestros huéspedes me ha pedido entregarle esto personalmente – dijo, extendiéndole el papel.
¿Quién es ese huésped? – preguntó Irene, ignorando la nota, y cerrando la puerta tras ella
No puedo decírselo, Alex. Es confidencial, como el contenido de la nota.
No puedo recibir algo que no sé de donde procede.
Debería recibirlo, el hombre que me lo dio está con la comitiva de Inglaterra. Supongo que eso es importante.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero mantuvo la compostura.
Nada me obliga a hacerlo. – dijo, fríamente.
El hombre entonces extendió la mano en la que tenía el papel, lo arrugó y se lo guardó en un bolsillo interior de su chaqueta. Se acercó al oído de la mujer y le dijo
Él quiere encontrarse con usted, fuera del hotel. El papel dice que tiene una propuesta que hacerle, pero no indica qué es. Quizás tiene razón en no confiar.
Entonces se alejó y salió con toda calma.
Por la mañana, mientras desayunaba pensó cuidadosamente en todo lo que había pasado y lo que podría pasar. Pensó en su celular perdido y en la posibilidad, mínima de que Sherlock lo tuviese. Aunque no sabía que significaba. Sus mensajes, su relación en general había sido tan confusa que no podía determinar exactamente si su rol seduciéndolo había sido concluido con éxito. Si Mycroft sabía que estaba viva no podía ser por él. También se dio cuenta de que su fallida ejecución podría traerle consecuencias al mayor de los Holmes, por lo que quizás sólo había aprovechado el viaje a Marruecos para intentar establecer un contacto con ella, y al abandonar el país, volvería a estar a salvo, por lo menos hasta la próxima visita del gobierno británico. Decidió ir a trabajar como siempre.
Esa mañana, estuvo particularmente concurrida. No sólo el inglés que pretendía el Reichenbach había vuelto a demostrar su particular interés por la pintura, sino que además parte de las comitivas que habían estado por una semana en Marrakech aprovecharon el último día para visitar la galería. Fue inevitable para ella no notar las caras de vergüenza, incluso de remordimiento de algunos dignatarios al verla. Especialmente un par de alemanes, con los que había tenido un trío (aunque ella se sintió bastante excluida del asunto), quienes ni siquiera le dirigieron la palabra. Para la hora del almuerzo, había cerrado un par de ventas y el regreso de algunos de sus clientes. Se disponía a cerrar cuando un hombre entró, ella estaba demasiado concentrada en los registros de las transacciones de la mañana para notar su presencia, pensó que quizás solo entraba a mirar. Efectivamente el hombre se paseó por la galería sin prestar mucha atención a ningún cuadro, aunque cuando ella no lo notaba, la miraba insistentemente. Irene guardó el libro en el que hacía sus anotaciones y el hombre se detuvo frente a la pintura de Reichenbach. Parecía interesado; cansada y algo hambrienta, Adler buscó su mejor carácter para hablarle al hombre de la pintura.
Sin duda una hermosa representación de las cataratas de Reichenbach – le dijo, parándose junto a él para admirar el cuadro.
Conozco gente que admirarían aun más la belleza de quien lo dice – le dijo el hombre, mirándola. Era Mycroft.
Tan solo con la impresión, Irene dio un paso hacia atrás. El mayor de los Holmes, sin embargo, sonreía cortésmente, aunque sus ojos denotaban un sentimiento diferente. No era el frío que tenían cuando se vieron por última vez, era resentimiento, de no recordar su apodo, "Iceman", Irene pensaría que era dolor. No estaba muy lejos de ellos.
No se asuste – le dijo, finalmente – por desgracia mi jurisdicción en este país se ha visto afectada por sus encantos.
No entiendo – contestó
León – dijo seriamente, para luego agregar con el mismo tono complaciente de antes: muy bien jugado, señorita Adler… ¿o es oficialmente Rainieri?
Sigo sin entender que quiere.
A usted.
Irene lo miró desconcertada. De pronto sintió como si la pintura que tenía al frente estuviese arrastrándola a sus aguas tormentosas. No supo cómo responder.
Tras ver su silencio y su cara de desconcierto, Mycroft se echó a reír y dijo:
No es lo que piensa. Es un mucho mejor trato de los que está acostumbrada a hacer. Aunque viendo este lugar, y la cantidad de dignatarios que la recordarán con especial dedicación por meses, creo que eso suena más a discurso aprendido que a realidad. Lo interesante es que usted no podrá negarse.
¿De qué se trata?
De pronto, la tensión fue rota por un joven que entró a la galería.
No aquí – le dijo Mycroft, despacio, para voltearse hacia el cuadro – reunámonos en otro lugar. Le enviaré los detalles.
¿Y si me niego? – preguntó con seguridad Irene, una vez que este comenzó a caminar hacia la puerta
No lo hará – contestó Holmes, saliendo del local.
Estaba conmovida por la situación y apenas oyó cuando el joven le preguntó por una pintura que iría a remate en un par de semanas. El muchacho repitió la pregunta más alto y ella contestó de forma mecánica.
Pero no es un cuadro para un hombre joven como tu – agregó, buscando las llaves de la galería entre su bolso – y estoy cerrando.
El cliente intentó replicar, pero ella ya se dirigía hacia la puerta y lo obligó a salir. Una vez afuera, le envió un mensaje a León Benhima, para invitarlo a almorzar. Tuvo que escribirlo dos veces, ya que la primera vez, al escribir "Necesito tu ayuda, vamos a almorzar" No pudo evitar recordar a el pasado que venía a buscarla, a pasos agigantados. El hombre le respondió a los pocos segundos, indicándole el restaurant de otro Hotel, casi tan lujoso como el Riad Abracadabra, pero un poco menos conocido, por lo que la concurrencia (y la posibilidad de volver a toparse con Holmes) era mínima.
Tú sabes que quiere, por eso lo ayudaste sugirió, una vez que expuso su conversación.
No le contó nada sobre los archivos o el mensaje de la noche anterior.
Algo así. Mycroft no es un tipo muy comunicativo. Dudo que tenga amigos, corazón. Pero me aseguró que estarías a salvo.
Dijo que no podría negarme. ¿Qué tiene para obligarme?
A mí – contestó el hombre, bajando la cabeza – si tú te niegas, expondrá la situación ante el gobierno, la ONU, OTAN… no sé, creo que hasta me nombró la UNICEF. Además de un par de cosas que el servicio secreto marroquí ha estado haciendo en Inglaterra.
¿Mycroft Holmes permitió la intervención de Marruecos en Inglaterra? – preguntó Irene, sorprendida ¿Y tú no puedes amenazarlo con eso?
No es tan fácil, Irene. Sería como morderme mi propia cola y no puedo hacerlo. Además, no tengo pruebas, ninguna tan contundente como las que él tiene contra nosotros.
Se produjo un silencio incómodo. Irene intentaba adivinar que pasaba por la cabeza de Mycroft, mientras que León comía su ensalada.
¿Cómo sabes que estaré a salvo? – preguntó, con un nudo en la garganta.
No tengo gran capacidad de negociación en este caso, querida. Pero él quiere algo de ti. No sé muy bien que es. Dudo que sea tu amistad, tesoro, pero me aseguró que si te quisiese muerta ya lo estarías. Y esta vez no habría un héroe dispuesto a salvarte.
Irene se retiró del lugar y comenzó a caminar. Pocas veces se había aventurado a caminar por Marruecos, sin embargo, cuando era más joven y tenía muchas dudas sobre lo que le ocurriría, caminaba con frecuencia para aclarar sus emociones e ideas. Así que caminó, despacio mirando alrededor, y aunque la vista de los jardines que rodeaban la avenida por la que iba era hermosa, sus pensamientos eran tremendamente oscuros.
Estaba sola. Aunque León había sido de ayuda, en este momento, era más un estorbo que una solución. También notó que de poco le serviría en este caso la foto que tenía del presidente de Francia. Era muy tarde para volver a huir y sin dudas, la posibilidad de que Mycroft no la volviese a encontrar era ridícula. Incluso sin ayuda, mover el dinero que había ganado en este tiempo despertaría las sospechas no solo de Holmes, sino que de las otras personas que la querían ver muerta hace no mucho. Era una muerta y tenía que mantener su estatus, y sin duda para eso, contar con la colaboración de Mycroft Holmes no sonaba tan mal después de todo. Decidida a aceptar la proposición de Holmes, cualquiera que esta fuese, tomó un taxi al hotel. Allí se preparó y esperó el mensaje de Mycroft Holmes.
