Capítulo I

"En el otro extremo de la ciudad, en el cuartel del decimoquinto escuadrón, la teniente Dana Sterling se enfrenta a otra larga noche sin dormir. Sus pensamientos están repletos de sonidos de agonía alienígena y desesperanza humana".

"¿Por qué mi mente da tantas vueltas?" piensa ella mirando a través del cristal de la ventana de su habitación, mientras afuera llueve con intensidad.

(Robotech, episodio 47, "Outsiders")


NUEVE MESES ANTES.

En la Tierra gobernada por los descendientes de los que sobrevivieron a la Lluvia de la Muerte de los zentraedi, varias personas luchaban por sobrellevar su pesar; unas con mejor fortuna que otras.

El comandante supremo del ejército de la Cruz del Sur, Anatole Leonard reflexionaba sobre las noticias que el mayor Carpenter le transmitiera en nombre del general Reinhardt. La fuerza expedicionaria no podría enviar más refuerzos para ayudar a la Cruz del Sur. Leonard se sentía irónicamente halagado, porque entre esas noticias, Carpenter le comentó que el general Reinhardt confiaba en él para defender la Tierra y le hacía llegar sus mejores deseos. Pero las buenas palabras enviadas desde una distancia a varios años luz de la Tierra, si no iban acompañadas de cruceros de combate y de unos cuantos escuadrones de Veritechs, no servían para nada.

El general Rolf Emerson ponía todas sus esperanzas en el piloto de biorroid capturado por Nova Satori, y que se hallaba internado en el laboratorio del profesor Cochram, sometido a innumerables exámenes médicos. Si el piloto lograba sobrevivir a sus heridas, sería una fuente invaluable de información. Y eso era lo que más necesitaba en ese momento el alto mando de la Cruz del Sur: información sobre el enemigo.

Bowie Grant pasaba la noche en vela, revolviéndose en la cama, haciéndose mil y una preguntas sobre la joven que tocaba el arpa cósmica en el interior de la nave de los Maestros. Después de que la nave derribada fuera recuperada por otra de la misma flota enemiga, Bowie, el mejor amigo de la teniente Sterling, sentía que nunca volvería a verla.

Louie Nicholls, en su habitación, armado con un soldador e infinitas dosis de paciencia, se afanaba en mejorar la cámara de seguimiento de su casco visor.

Sean Phillips dormía a pierna suelta, tras decidir que al día siguiente compraría un ramo de rosas y se lo llevaría a Marie Crystal, quien todavía se hallaba convaleciente en el hospital.

En suma, todos los integrantes del decimoquinto escuadrón se hallaban en sus respectivas habitaciones, sumidos en sus propias preocupaciones, hobbies y compromisos. Todos menos dos. Angelo Dante y Dana Sterlingh se encontraban en la Sala de Ocio, jugando con la máquina recreativa. Angelo había servido de revulsivo para el estado de ánimo de la joven teniente.

Dana se hallaba en su habitación, tumbada en la cama sin poder dormir cuando Angelo llamó a su puerta pidiendo permiso para entrar. Dana se lo concedió.

-Tengo noticias que debería saber, teniente-dijo Angelo entrando en la habitación.

Afuera ya se había hecho de noche y la tormenta que llevaba descargando agua varios minutos comenzaba a remitir.

Angelo le contó que antes de venir a dormir a la residencia había pasado las primeras horas de la noche en un bar cercano al Cuartel General y que se había encontrado con el secretario y asistente del general Emerson, borracho como una cuba, mientras un camarero luchaba por echarle del local. Antes de que el camarero lograra su objetivo, al secretario se le escapó, entre desvaríos e insultos, información sensible sobre la reunión del mayor Carpenter con el comandante Leonard y el general Emerson. Tampoco importaba demasiado, ya que esa información se haría pública a la mañana siguiente.

Dana vio confirmadas sus sospechas de que no podrían contar con más ayuda de la fuerza expedicionaria. Ella sintió como su estado de ánimo tocaba fondo. No quería escuchar más malas noticias. Se propuso hacer un punto y aparte e invitó a Angelo a una partida a la máquina recreativa de la Sala de Ocio.

La máquina era una reliquia de la guerra contra los zentraedis, un videojuego que consistía en pilotar un Veritech de primera generación y de combatir contra un oponente humano, todo ello en un entorno tridimensional basado en una pantalla holográfica que sustituía a la clásica pantalla de televisión. Dana manejaba en el juego un VF rojo, idéntico al que pilotaba su madre. Angelo, por su parte, pilotaba uno de color blanco y azul.

-¡Te gané!- exclamó Dana tras destruir el VF controlado por Angelo situándose detrás de él con una maniobra temeraria y ametrallándolo pasando ella a modo battleoid.

A Angelo le daba igual ganar o perder la partida. Lo que apreciaba era poder olvidarse del ambiente de pesimismo general que inundaría a los soldados a la mañana siguiente, cuando se hiciera pública la información "filtrada" por el secretario.

-¿Otra partida?-sugirió Dana buscando en el bolsillo de su pantalón una ficha para introducirla en la máquina.

-No, teniente- se negó Angelo, pensando en lo curioso que era que dos oficiales de infantería de divirtieran con un videojuego destinado a los soldados del escuadrón de la teniente Crystal.

-Angelo…-dijo Dana en tono recriminatorio.

El sargento cayó en la cuenta de que ambos habían pactado no dirigirse mutuamente con sus rangos militares, y que se tratarían como si fueran dos civiles.

-Me cuesta mucho no hacer mención a su rango, teniente… ¡uf!.. ¡Otra vez!... ¿lo ve?

-Eres un hombre disciplinado, Angelo… y eso me gusta.

Debía ser por el uniforme, pensó el sargento. Todavía no concebía que el decimoquinto escuadrón estuviera bajo el mando de una joven que tenía nueve años menos que él. Para eso se hicieron los uniformes; para distinguir en el ejército quien da las órdenes y quien ha de obedecerlas.

-Angelo, me gustaría saber que me dijeras que hacías exactamente hoy en el bar.

El sargento se mantuvo en silencio.

-Vamos, que no soy Nova ni te voy a delatar a la policía militar.

En otros tiempos, Angelo se habría negado a contestar. Pero Dana se había ganado su respeto. La intuición decía que podía confiar en ella. Angelo la pidió que esperara un momento.

El sargento entró en sus aposentos y volvió hacia donde estaba ella con una caja de cartón bajo el brazo. La abrió y extrajo dos botellas de cristal que contenían whisky escocés, las cuáles enseñó a Dana con una mirada de complicidad en los ojos.

La teniente contuvo su asombro. Esas botellas eran contrabando.

En la época de la Cruz del Sur, existían tres tipos de licores. Uno era el que se obtenía del dispensador de bebidas de la Sala de Ocio, el cual no era whisky auténtico, sino una imitación que tenía un sabor parecido y que no tenía alcohol. Otro era el matarratas que servían en los bares de Ciudad Monumento, que valía para beber una vez, pero que a la siguiente copa provocaba una jaqueca tremenda y una borrachera malsana. Y la tercera categoría, la más codiciada, eran las bebidas espirituosas naturales, que escaseaban y se reservaban para los restaurantes dónde comía la elite militar. Que un simple sargento como Angelo lograra dos botellas de whisky auténtico implicaba que habría pagado un alto precio por ellas y que algún responsable de seguridad hubiese mirado para otro lado mientras un intermediario le daba una comisión.

Dana cogió una de las botellas. Según la etiqueta, era whisky elaborado un año antes de la llegada de los zentraedi a la Tierra en busca del SDF-1.

-No sabía que tú…- dijo Dana observando el líquido cobrizo de la botella.

-Casi nunca bebo- la interrumpió Angelo- Es solo que estoy harto del agua con sabor a medicina del dispensador.

Dana le dirigió una mirada maliciosa.

-Ya sabes, Angelo, que la posesión de este tipo de género conseguido por vías irregulares está penado con un mes de calabozo….

La joven sonrió. Dana tenía su típica actitud de querer buscar la complicidad de su interlocutor.

-... así que vas a tener que compensarme. Acompáñame.

Angelo obedeció y acompañó a la joven teniente hasta sus aposentos. Antes de marchar hacia allí, Dana cogió un par de vasos de cristal del armario que estaba junto al dispensador de bebidas, por lo que el sargento adivinó su intención.

Dana cerró la puerta y Angelo desenroscó el tapón de una de las botellas. Sirvió primero a la teniente dos dedos de licor y luego llenó su vaso.

-Un brindis- propuso Dana.

-Por el decimoquinto escuadrón y por la victoria en todas nuestras misiones- dijo Angelo levantando el vaso.

-Por mis padres- dijo Dana, callando de repente.

Angelo respetó aquel repentino mutismo. Mientras ellos, como soldados de la Cruz del Sur defendían a la Tierra de los nuevos enemigos, los padres de Dana (Miriya y Max Sterling, aparte de toda una generación de militares sobrevivientes al holocausto zentraedi) se hallaban lejos, a años luz de la Tierra.

A veces, Angelo se preguntaba por ellos. Era de la opinión de que la Historia había endiosado al almirante Rick Hunter y a su esposa Lisa Hayes. Era muy improbable que aquel joven piloto de aviones, especializado en acrobacias aéreas se hubiese convertido en líder de la fuerza expedicionaria tal y como contaban los libros de historia. Echaba de menos un enfoque más mundano, menos hagiográfico. Cuando echaba un vistazo a la base de datos y miraba la foto de la pareja Hunter/Hayes vestidos de uniforme el día de su boda, no parecían personas de carne y hueso, sino figuras cinceladas en la materia de la que se hacen las leyendas.

No, Rick Hunter no lo tuvo fácil para llegar tan lejos. Tuvo que combatir contra los zentraedi y contra los deseos de su corazón para elegir a la mujer con la quería compartir el resto de su vida. Porque Rick Hunter también era humano. Porque una cantante estuvo a punto de conquistar su corazón y sacarle del ejército.

-Beber el whisky es un arte- la avisó Angelo a Dana antes de que ella se llevara el vaso a los labios- Hay que beberlo muy lentamente, dejándose llevar por el sabor. Ten cuidado, porque me han dicho que este whisky es muy fuerte.

Los dos bebieron…

Angelo pensó en Minmei, la rival directa de Lisa Hayes por Rick. El sargento imaginaba que los libros de historia apenas hablaban de aquel tortuoso romance a tres bandas porque, contado en palabras, asemejaba más el argumento de una telenovela del siglo pasado que a una historia digna del que se convertiría en almirante.

Recordó como la joven cantante de edad parecida a Dana logró confundir a una gigantesca flota compuesta por cuatro millones de cruceros sólo con una canción. Minmei había demostrado que la fuerza más poderosa del Universo no se hallaba en la robotechnología, sino en la música y en los sentimientos.

Mientras disfrutaba del sabor de la bebida y Dana se esforzaba en demostrar que esa no era la primera vez que bebía un licor con una graduación tan fuerte, Angelo se dio cuenta de que él no podía seguir así. Sería más fácil adoptar una posición misógina y echar la culpa de todo a las mujeres, al género femenino. Sería lo mejor. Lo más sencillo y rápido.

Aquella desazón que le invadía últimamente, el hecho de interesarse por la vida y milagros del héroe de la Primera Guerra Robotech y de querer comprobar que era un mortal con sus debilidades y que también fue víctima de los deseos de su corazón, el hecho de no importarle hablar con Dana y de estar siempre a su disposición venía dado por la evidencia de que….

No. De ninguna manera. Un sargento no podía permitirse tener aquellos pensamientos respecto a su oficial superior.

Antes de que Angelo tuviera el valor para poner nombre a lo que le estaba pasando, a Dana se le enrojeció la cara y comenzó a toser.

-¿Qué tal?- preguntó Angelo divertido ante el ataque de tos de su superior.

-Excelente. Es el mejor whisky que he probado- dijo Dana, disimulando su inexperiencia a la hora de beber licores.

-Me gustaría hacerte una pregunta.

Dana animó a Angelo a que a que la formulara con gesto.

-¿Alguna vez piensas en tus padres?

Dana asintió con la cabeza.

-¿Por qué me preguntas eso?

-Nunca hablas de ellos- respondió Angelo, dándose cuenta de que ya era tarde para decidir si aquella era una pregunta apropiada para hacerla a su superior.

-Les echo de menos- dijo Dana, pensativa- Por otra parte, sé que aunque sienta nostalgia eso no va a ayudarles… estén donde estén. Además, ellos saben cuidarse muy bien.

Dana le contó acerca de cómo Bowie y ella se habían convertido en amigos, mientras vivían bajo el cuidado de la familia del general Emerson. Angelo se enteró que ella y el soldado de raza negra fueron invitados a la boda de Rick y de Lisa, aunque la teniente se acordaba más del atracón de tarta de nata que ella y Bowie se metieron entre pecho y espalda escondidos bajo una mesa del banquete nupcial que de otra cosa. Aquel fue su último recuerdo feliz de cuando era niña antes de que sus padres embarcaran en la fuerza expedicionaria.

La joven teniente se quitó la peineta que llevaba en el pelo y la dejó sobre la mesilla de noche de su cama. Se tumbó y bebió otro trago de licor, sin sucumbir a la tos.

Angelo se dirigió a la puerta. Quería marcharse de allí. A pesar de que la presencia de Dana le complacía, empezaba a sentirse incómodo.

-Me voy a dormir. Que duerma, bien teniente.

-Angelo, quédate- la oyó decir el sargento, sin saber por el tono si era una petición o una orden.

El sargento se dio la vuelta. Dana le miraba desde la cama. Había algo en sus ojos que no le gustaba nada.

-¿Tienes novia?- preguntó Dana.

-No- negó Angelo. Recordó que había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin estar en compañía de una mujer.

Es tu oficial superior, pensaba Angelo una y otra vez. Tú tienes casi treinta años y ella apenas llega a los veinte. Ya no estás en la edad de cometer locuras. Te debes al ejército y a su disciplina.

-Es la primera vez que te veo sin la peineta en la cabeza-comentó Angelo, sin poder dejar de fijar la mirada en el voluminoso pelo rubio de Dana.

Ella jugueteó enredando los dedos de su mano derecha entre sus cabellos.

-Yo no tengo novio-dijo Dana, en tono despreocupado-Ven aquí.

Angelo se sintió como una culebra atrapada por la melodía hipnótica de un encantador de serpientes.

¿A qué estaba jugando Dana?

Para Angelo, la joven teniente era un cóctel explosivo. Como piloto de Veritech y oficial superior, una joven audaz. Como persona, alguien que todavía no acababa de madurar. Tal vez, en ese momento, Angelo sería una víctima de esa inmadurez.

De lo único que estaba seguro es que aquel repentino interés de la joven por su persona no se debía al influjo del licor. Todavía no había pasado tiempo suficiente para que hiciera efecto, y a Dana se la veía consciente en todo momento de lo que estaba haciendo y de lo que quería.

¿Y si todo aquello fue fruto de la tristeza que Dana acumulaba desde que muriera George Sullivan, el espía al servicio de la GMP? ¿Y si lo único que quisiera era satisfacer un deseo, hacer un punto y aparte en aquella guerra y olvidarse por unas horas de que era una mujer soldado?

De lo que estaba seguro Angelo es que, por una circunstancia o por otra él era el elegido. Se acercó a la joven, tumbándose junto a ella en la cama. Dana le pasó la mano por su rizado y corto cabello de color castaño.

-Me siento afortunada de que seas mi sargento-la dijo Dana, suavizando la voz, en un susurro.

Angelo sintió como ella pudiera leer dentro de su cabeza.

Dana acercó sus finos labios a los de él.

Y Angelo sintió como si su fantasía quedara consumada con aquel beso. Sólo por un instante.

Abrazó a Dana y ambos se revolvieron en la cama, con cuidado de no caer al suelo.

Angelo quería más. Disfrutar de su cuerpo, sentir como ella le poseía y le pedía que encendiera su fuego para abrasarse los dos. Cada uno se quitó su respectivo uniforme y al desnudarse, Angelo recorrió con la lengua los senos y los pezones de Dana mientras ella sentía su cuerpo estremecerse.

Dana le susurró que tomaba la píldora anticonceptiva, por lo que Angelo no debía preocuparse de nada.

Angelo quería seguir disfrutando de ella. Al estar ambos desnudos, se besaron con más intensidad, jugueteando con sus lenguas mientras Dana acariciaba con las palmas de las manos los recios músculos de la espalda del sargento.

A partir de ahí, lo único que recordaba Angelo era que Dana estuvo encima suyo, cabalgando sobre su sexo erecto hasta que al final ella se desplomó sobre él, empapados de sudor los dos y agotados.

Unas horas de sueño más tarde, Angelo abrió los ojos.