Tras escuchar la primera sesión llegó la segunda y con ella la pausa el café. Maravilloso momento que compartió con sus colegas. Siempre agradables y simpáticos. Dispuestos a alegrarle el día. Pero cuando llegó de vuelta se encontró con una sorpresa. Su sitio. El lugar donde se había sentado estaba ocupado por una bolsa. Emma se acercó discretamente dudando que hacer. Decidió cogerla en la mano y se sorprendió al ver su contenido. Eran dos botellas de Oporto. Que tentador resultaba abrir una de ellas y dejar que el sabor suave de la vida espirituosa la arrojara a kilómetros de aquel lugar. Pero sin embargo no hizo nada. Se limitó a colocar la bolsa en el suelo y a sentarse. Y entonces apareció ella. Aquella mujer de ojos penetrantes que la atravesó con la mirada. No sabía quién era ni de donde salía. Pero había algo que provocó que se estremeciera.

Por un momento sus ojos se cruzaron con los de aquella desconocida. Fue como si el mundo se parara y no existieran más que ellas dos en aquella habitación. Emma sintió como un escalofrío recorría su cuerpo. Había mucho tiempo que no se sentía así. Ni siquiera con su pareja, con esa mujer con la que compartía los pocos momentos libres que se concedía. Su corazón empezó a palpitar de una forma extraña, sus manos parecía que le estorbaban, le sudaban las manos y el estómago le daba vueltas. El momento se rompió cuando vio a la organizadora dirigirse al púlpito. Su sola presencia provocó que toda la sala enmudeciera de nuevo hasta quedarse en perfecto silencio. Tomó entre sus manos el micrófono y empezó a hablar pero Swan no oía nada. Ella solo podía prestarle atención a una cosa, o mejor dicho a una persona. Aquella intrigante desconocida que ahora se encontraba sentada a la derecha de la organizadora. La mente de Emma lo entendió entonces pero no era capaz de dar crédito a lo que su mente le decía. "No podía ser" pensaba, la dueña de aquella mirada no era uno de los aburridos ponentes llamados a hablar aquel día. Pero sin embargo lo era y de los labios de aquella mujer poderosa y que a pesar de su edad conservaba aún su atractivo, pudo por fin escuchar el nombre de la dueña de aquella mirada cautivadora.

-Les dejo con Regina Mills. Una de las mejores investigadoras de la Universidad de Pensylvania.

Cuando los aplausos se interrumpieron Emma pudo notar un breve tirón de su brazo izquierdo. Era Ruby como no.

-Pero, ¿que haces aquí? Como no avisas de que vas a venir a Boston. Chicos, vosotros también estáis aquí.- añadió intentando que no se notara tanto la diferencia que hacía entre ellos. Desde el momento en que se habían conocido Emma había sentido una comodidad instantánea con aquella mujer como si la conociera de toda la vida. Habían bastado dos días juntas para que ella hubiera tomado una de las peores decisiones de su vida. Decirle a la que ahora era su jefa que prefería trabajar con ella en su departamento. Que gran error. Pero por aquel entonces Emma aún era inocente y pensaba que podía elegir. La rotunda negativa de la dama de hierro y los años que vinieron luego se encargaron de demostrarle lo contario. Tantas veces sus fuerzas habían llegado hasta el límite de la resistencia pero entonces, cuando creía que no podía más, que iba a tirar la toalla sus amigos, su familia conseguían aportarle ese arresto que le hacía falta para aguantar un día más. Y a uno le seguía otro y así habían pasado los últimos tres años de su vida. Emma debía reconocer que aquella mujer imprudente e impulsiva que le hablaba se había convertido a lo mejor no en una amiga en el sentido estricto de la palabra, más bien en mucho más que eso, en uno de sus principales apoyos, en su mentora en la sombra, en su voz de cordura cuando las circunstancias la llevaban a querer romper con todo. Oficialmente sin embargo era solo una persona de rango más alto dentro de su área de trabajo y esa era la imagen que debían mantener y ofrecer. Pero a veces, como ese día, costaba tanto estar sentada con dos imbéciles cuando podía hacerlo con alguien que de verdad la apreciaba y con la que se sentía a gusto. Y sobre todo costaba que los demás no se dieran cuenta del profundo vínculo que las unía. Ese era el motivo por el que no la había avisado de que iba. No quería acabar como siempre intentando zafarse de sus incómodos acompañantes y teniendo que renunciar a charlar con ella tranquilamente para que no informaran a su jefa de sus actividades extracurriculares o peor todavía obligarla a aguantar el pack completo que ella sabía que le desagradaba tanto o más que a ella. Puede que no fuera la mejor de la ideas se dijo Emma cuando sintió la mirada decepcionada de su amiga. Pero también sabía que en el fondo ella se lo perdonaba siempre todo e incluso a pesar de la sorpresa y choque inicial podía notar esa mirada clavada en ella. Esos ojos henchidos con una mezcla de cariño y orgullo. De esa forma era como debía mirar una mentora y no con los ojos ásperos y desagradables de la dama de hierro.

-Ella es amiga de Zelena. Cuando hablé con ella me dijo que le mandara saludos. Luego os la presentó- dijo en un tono que todos pudieran oír y acercándose más a Emma añadió- Menudo muermo de jornadas. ¿Cómo no avisas de que vienes? ¿Cómo te va con Zelena? ¿Han mejorado las cosas?- Emma se reclinó para adelante notando como las miradas de sus compañeros atentos a la conversación. Siempre ocurría lo mismo se veían tan pocas veces y era tan impulsiva que por más que se esforzara todo el mundo notaba su conexión y aquello no hacía más que traerle problemas.

-Ahora no es el momento. Hablamos después. Sino te prometo que me acerco un día a Boston pero por favor mira para adelante que Granny nos está mirando y va a empezar la sesión.

Y entonces pudo escuchar su voz. La desconocida habló con un tono penetrante y totalmente sexy.

-Muchas gracias por la invitación. Agradezco a la Universidad de Boston esta oportunidad. Hoy voy a hablarles de…

El cerebro de Emma no podía dar crédito a lo que notaba. Una amiga de su jefa de la dama de hierro provocaba que palpitaran partes de su cuerpo que había tiempo que no recordaba ni tener siquiera y allí estaba ella sentada escuchándola y con ganas de cortar la distancia que las separaba para hacerle el amor allí mismo.