Capítulo II
Conjuro de amor
Al día siguiente, Regina se topó con su madre en el comedor, presta para el desayuno con ella y su padre, lo que no había hecho desde su llegada.
- Se ve que no has dormido bien Regina… ¿Algo te ha desvelado? – preguntó maliciosa. Las primeras palabras hacia su hija, en muchos días
- ¡Buenos días madre! – le habló con desdén. No podía olvidar la confesión de Ruby – Buenos días papi – le sonrió dulcemente
- Te hice una pregunta Regina… – ratificó su madre, en tono severo pero sin exasperarse
- ¡Tranquila Regina! – Intervino su padre – Tu madre estuvo toda la noche danzando por la casa con la migraña
- ¡Henry! – lo interrumpió, taladrándolo con la mirada.
Ese era el origen de su extraña pregunta. Regina tuvo que disimular el percatarse de que existía la posibilidad de que la hubiese descubierto con Ruby; y logró hacerlo muy bien. Evidenció que Cora volvía a mirarla, sin notar que se había percatado de sus intenciones
- Padre… Tranquilo – dijo Regina, como si tuviese la madurez suficiente para entender a Cora – Madre, verás… Ayer dejé caer mi reloj al cabalgar… No me preguntes cómo, porque no lo sé…
- ¿El de tu abuelo? – preguntó su padre, interrumpiéndola algo sobresaltado. Hacía referencia a una herencia familiar
- ¡Henry! – la mujer estaba molesta por la intromisión de su esposo – Continúa, y dime ¿qué tiene que ver eso con la pregunta?
- Pues que cuando me di cuenta, ya estaba en la cama lista para dormir… ¡Me sobresalté! Traté de calmarme, pero era en vano… Entonces Ruby, con quien no había hablado bien desde que llegó, tocó a la puerta del cuarto… y cuál sería mi sorpresa, que llevaba en las manos el reloj de mi abuelo – dijo, disimulando la gran importancia de su amiga, y aumentando la emoción por el pequeño objeto
- ¿Si? – El tono era irónico – ¿Y por eso te desvelaste? O fue que esperó hasta muy tarde para entregártelo… Porque si es así…
- ¡No! – la interrumpió. Conocía de sobra la doble intención en el asunto – Ella vino temprano, y como yo estaba alterada, apenas iba a poder conciliar el sueño… Entonces la invité a pasar, obviamente como gesto de agradecimiento, y charlamos de lo que habíamos hecho en estos años… ¡Nada de particular! – aseguró, haciendo su mejor papel de desentendida, afirmando que le daba igual la chica – Al final tuve que correr a la pobre, porque me caía del sueño… Con una gran sonrisa padre, no me mires así… – lo veía, estaba extrañado de su conducta, algo parecida a la de su madre – Fui cortés, ella se retiró, y ahí sí, pude conciliar el sueño… Pero no eran tan tarde… Bueno, no sabría precisar la hora… Yo tenía tanto sueño – empezó a comer, como si nada.
Cora estaba impactada. Regina no estaba evitando a Ruby. Se habían encontrado y hablado, al parecer de cosas para nada desagradables, y a la morena parecía darle igual
- Ya quiero que venga Sarah… Puff, me aburro sin ella – soltó de repente – Y por cierto – comentó con una gran sonrisa, aprovechando que tuvo una idea brillante – Supe que Graham Humbert tiene su casa de verano muy cerca de aquí… Y me gustaría, no sé… Invitarlo a mi fiesta…
- ¡Hija! – saltó de alegría. Por las razones que fueran, su hija estaba sacando el tema y ella lo aprovecharía – Pues claro que lo puedes invitar a tu cumpleaños… Y su casa colinda por… El oeste, creo…
- ¡Gracias Madre! – Les sonrió a ambos y tomó la mano de su padre a través de la mesa – ¡Eso sería maravilloso!
- Y pues… Sarah llega el miércoles próximo. Eso me dijo su padre – aclaró Henry – Así que estará para la fiesta…
- ¡Excelente! – exclamó la morena
- Es bueno que "confraternices" con el chico Humbert, puesto que seguro podría acompañarte a la presentación del final de verano en la ciudad – soltó sin más Cora
- Madre… – hablaba con tono de fastidio – Una cosa a la vez – no podía sobre actuar. Debía encontrar un equilibrio entre la Regina de siempre, y la que quería aparentar que guardaba las distancias con Ruby – El otro día estaba un poco molesta, es todo… Pero la verdad es que el chico me agrada y es muy guapo… Y afirman que es inteligente – no mentía, en realidad pensaba eso de él – Yo no he tenido oportunidad de conocerlo mejor y no sé si él esté interesado, ya que es mayor que yo… Eso me genera un poco de ansiedad… Por eso quiero ir con calma, para no decepcionarme luego…
- Hija, te entiendo – colocó su mirada comprehensiva, que se antojaba macabra. Tomó la mano izquierda de la joven, para hacerse más cercana – Pero ningún chico se resistiría a todo lo que tienes para dar… Ya verás… Me encargaré personalmente de hacerles llegar la invitación de tu cumpleaños a los Humbert, y de hablar con su madre para que lo envíe mañana para acá, con alguna excusa… ¡Uy! – Recordó que era sábado, y que el domingo sería descortés hacer esa diligencia – ¡Verdad que hoy es sábado! Bueno, hoy llamo, para que venga el lunes…
- Está bien madre… – dijo, fingiendo miedo y emoción – Ojalá venga, para conocerlo y saber si le agrado…
Su padre estaba atónito viendo aquella escena. No sabía si estar feliz, porque su hija parecía estarlo, o porque estaba llevándosela bien con su madre; o precisamente, estar asustado porque las veía congeniar a la perfección, como nunca antes.
Regina terminó de comer y se preparó para ir a cabalgar. Ésta vez, se llevó sus atesorados libros de hechicería. También empacó el almuerzo y su flauta dulce.
Su madre estaba tan contenta, que olvidó por un momento todo el cuento de Ruby; y no le importó en absoluto, dónde estaba aquella joven, qué haría el resto del día, o la idea de Regina de almorzar en el campo para dedicarse supuestamente a la lectura. Nada de eso le importaba ya, más que conseguir que aquel joven viniese a conquistar a su hija.
-xXx-
Regina cabalgó hasta el punto de encuentro. Aquel claro en el bosque, había sido recién descubierto por las chicas, desviándose de los senderos preestablecidos en la propiedad de los Mills, y casi a los límites de ésta. Allí se encontraría con Ruby, que se aseguraría de salir media hora más tarde que Regina, y de que todos en la casa, incluyendo a Cora, la vieran haciendo algún quehacer antes.
Y así fue. Cora observó con agrado, que Regina se retiraba de la propiedad hacia el campo, apenas saludando amablemente a la "chica de la servidumbre". También notó cómo Ruby no miraba siquiera a su hija, o a ella, y se limitaba a ayudar a su abuela a retirar la mesa, y a hablar en la cocina de su novio Archie, a quien extrañaría mucho.
Obviamente, ellas habían orquestado el plan de despistaje un par de días antes; y la morena, había conseguido darle un mensaje posterior al desayuno, escrito en una servilleta, previniéndola de su madre sin ser vista por ésta.
El fin de semana pasó sin mayores novedades. Cora estaba encasillada en su papel de casamentera, y Regina en el de la enamorada de Ruby. Cada minuto que pasaban juntas se amaban más.
El lunes, Regina decidió dar otro paseo, llegando hasta el claro para esperar a Ruby. Ató a Rocinante a un árbol, sacó una manta de su bolso y la tendió en la mezcla de grama y tierra al pie de otro. Se sentó, sacó su libro de hechizos, su cuaderno de apuntes, y empezó a diseñar un conjuro personal. Uno de amor, tan poderoso, que haría que ella y Ruby fuesen felices por siempre. Ese sería su final feliz.
Estaba tan concentrada escribiendo, que no notó que el tiempo pasaba y Ruby no llegaba. Se percató de que alguien se acercaba, pero por el lado opuesto al que se suponía llegaría su novia. Cerró el libro y escondió por instinto su cuaderno de notas. La silueta de un hombre a caballo se hizo visible entre los árboles. Tomó su afilado lápiz con fuerza, dispuesta a defenderte
- ¿Quién está allí? – Se levantó. Continuaba ocultado su cuaderno, a sus espaldas, con la mano izquierda, y con la mano derecha sujetaba firmemente el instrumento de defensa improvisado – ¿Quién está allí? – Gritó, y un escalofrío la recorrió cuando vio que llevaba una escopeta de caza
- No se alarme vecina… No fue mi intención asustarla – una voz de hombre le respondió con cautela.
Regina no soltó el lápiz. Lo sujetaba como si, literalmente, su vida dependiera de ello
- Soy Graham Humbert… ¿Se acuerda de mí? – Aclaró, y empezaba a verse su rostro – Su madre me ha permitido ingresar a éstos predios, alegando que vieron a una criatura, posiblemente un lobo merodeando
- ¡Oh! Sí, creo que… nos hemos visto… No recuerdo dónde – Disimulaba. Claro que su madre tenía las manos en eso – ¿Y usted va a cazarlo? – lo más probable es que fuese mentira lo del lobo, pero si no, le molestaba que quisiese lastimarlo
- ¿Yo?... No, no… Ha, ha, ha… ¡Para nada! – Movió la escopeta, señalándola – No, esto es para protección, en caso de tener que defenderme o defenderlas – se bajó del caballo – Yo no lastimaría a ningún animal… Las bestias son más nobles que muchas personas que conozco – se dijo en voz alta, mientras miraba a su corcel y lo acariciaba – Pero, para serle honesto, creo que no es posible que los lobos bajen hasta acá. No en ésta época, por lo menos…
- ¡Entiendo! – era muy guapo, y parecía amable he inteligente
- Mejor baja el lápiz, antes de que te lastimes con él – le sonrió, acercándose con tacto y extendiéndole la mano – Tú debes ser Regina…
- ¡Si! – bajó el lápiz y lo tomó con la izquierda, descubriendo su cuaderno de notas en el proceso. Le correspondió al gesto – Regina Mills, encantada…
En ese momento, la morena notó que él observaba su cuaderno, mientras le respondía con una gran sonrisa
- Así que lees y escribes… Y por lo visto, no le temes a los lobos – le dijo divertido
- ¡No! Pues, les tengo respecto – se sonrojó – Y no… Yo sólo escribo tonterías, cosas al azar – Lo vio acercarse más y observar los libros. Se apuró a taparlos – En todo caso es personal…
- ¡Si claro! – Se veía apenado – Disculpe Regina, no fue mi intención…
La verdad que era guapo. Alto, cabellos castaños, ojos claros color azul, con una barba poblada para su edad, pero perfectamente cuidada, lo que lo hacía verse mayor. Tenía presencia y un cuerpo atlético, además de una mirada inocente y la sonrisa de un millón de dólares
- ¿Se quedará aquí? – Preguntó – No es que quiera indagar… Es por si no le importa que la acompañe… por seguridad – Intentaba ser amable. Era obvio que le atraía la morena
- Es que espero a alguien… – soltó como si nada – No hace falta que usted se moleste – ahora trataba de ser diplomática – Pues, no creo que haya un lobo suelto… ¿O sí?
- No creo – le sonrió – Bueno, en ese caso, mejor tomo el camino de regreso… Pero le aconsejo que no espere mucho tiempo sola… Los lobos, también solitarios, suelen ser agresivos – le dedicó otra sonrisa, más que encantadora.
Regina bajó la mirada, correspondiendo con vergüenza y sonrojándose en el proceso
- Bueno… Creo que, si me acompaña, será más seguro – dijo, impidiendo con sus palabras que el chico regresara a su caballo – Por lo menos, hasta que llegue la persona a la que espero…
- Claro… ¡no faltaba más! – se volvió, ubicó su escopeta en el árbol frente a Regina – Yo me encargo de su seguridad… Hasta que llegue… la persona que espera – titubeó al decir la última frase.
La morena notó que el chico se había cortado, tal vez imaginando que esperaba a otro, y no a una bella mujer como Ruby
- Espero a una amiga… – se apresuró a decir. No tenía por qué dar explicaciones, pero sentía que debía hacerlo. En todo caso, el chico no tenía la culpa de nada. Obviamente, eso era responsabilidad de Cora – Tenemos tiempo que no hablamos, y pues, el otro día encontró algo que se me había perdido… Me pareció que dedicarme a la lectura me haría matar el tiempo por acá…
- ¡Ah claro! – su rostro cambió nuevamente. Se notaba relajado – Leer mientras esperas… – estaba algo nervioso. Era evidente que la chica le gustaba mucho. Solía observarla mientras practicaba equitación en el club
- ¡Hermoso! – dijo la morena de repente
- ¿Qué? – se sorprendió
- ¡No tú… el caballo! – se echó a reír, mientras veía el color carmín, apoderarse de las mejillas del chico
- ¡Si! Claro, claro… ¡Qué tonto! – también soltó unas cuantas carcajadas, más de nervios que de otra cosa – Te presento a "Amarok"
- ¡Es hermoso!... Y hablando de ellos… El lobo solitario… Pero fiero – Lo miró con picardía. Estaba fascinada con la bestia. Un imponente caballo moro, negro como un azabache, perfectamente bien formado, lo bastante alto y fuerte – ¿Puedo? – le dijo, acercándose al cuadrúpedo
- ¡Ten cuidado, que es mañoso! – se preocupó, porque no era nada dócil.
El animal se quedó impactantemente quieto. Regina lo manejaba con seguridad y respeto, cosa que el corcel notaba y retribuía, dejándose acariciar.
- ¡Impresionante! – dijo él, acercándose por el otro lado y acariciándolo también – No sólo sabes de caballos, y mitología Inuit, sino que los amansas – la miró, dándole a entender que, todo eso y más, le gustaba – Amarok es joven, y con un temperamento nada fácil
- ¡Pues si! – se sentía anormalmente cómoda con el coqueteo; tal vez porque estaba más concentrada en Amarok, que en Graham – Los esquimales no me son indiferentes… – echaron a reír, y ambos caballos ni se inmutaron
- Él es "Rocinante" mi corcel favorito – lo llevó hasta él, mientras lo señalaba – Es recio, pero muy dócil y cariñoso. ¡Vamos! Acarícialo para ver qué pasa…
El animal respondió excelente, hasta con afecto, buscando más caricias de Graham cuando éste paró de hacerlas…
- Me encanta… Es muy dulce – repitió Regina – Una mascota, sin insultar a su especie…
- ¡Es hermoso! – ahora usaba tono seductor – Como su dueña…
De repente, a Regina le entró mucho calor. Se apartó y le dio la espalda pensando "¿y ahora qué hago?"
- Eh… ¡Gracias! – Dijo, y se volteó fingiendo una gran sonrisa amistosa – Pero siéntate… Estás en tu casa – le dedicó un guiño, recogiendo su hermosa y larga cola en un moño.
- ¡Gracias! – Se sentó, y la vio hacer lo propio – Debe ser muy entretenida la lectura, para que no escucharas que me acercaba…
- Ni tanto… Es magia celta y otras tonterías – dijo como si nada – Pero me entretienen al igual que un buen libro… y me causa curiosidad… Es todo – disimuló que se concentraba en su libro
- ¿Entonces escribes un conjuro? – Hablaba divertido – ¿De amor acaso? – sonría con sapiencia
- ¿Qué? – cerró el libro impactada. Justo eso hacía – ¡Cómo! – trató de disimular su cara de sorpresa, para no pasar más vergüenza – No… Bueno, si… Boberías de esas. Pero no es para mí… es para bromear con mi amiga – mintió
- Ah, bueno… Si no es para ti – estaba disfrutando conocerla y ponerla nerviosa – Porque sabes lo que dicen… – ahora fingía decir esas palabras con seriedad – Los conjuros de amor, son peligrosos… En especial, si lo que queremos es influenciar a otros para que nos amen…
Regina tenía los ojos abiertos como platos. Trataba de no parecer una tonta, pero ese chico no lo hacía fácil. ¿Se estaría burlando de ella? ¡Claro que lo hacía! "Imberbe", pensó.
- Oye… ¿qué sabes tú de magia? – cerró el cuaderno y guardó sus cosas en el bolso
- ¿Yo? ¿De magia?... Nada, honestamente – se levantó al verla agacharse a recoger – Pero de mitología si…
Volteó a mirarlo algo furiosa, cual niña malcriada. Observó que la veía con ternura y no pudo evitar el sonreír
- ¡No se burle de mí Graham! – Le habló en serio, aunque le sonreía – No me gusta que se burlen de mí…
- ¿Y le gusta burlarse de los demás? – le sonrió
- ¡Tampoco! – fingió seguir molesta, mientras terminaba de recoger.
Ambos rompieron a reír, cuando sus miradas se encontraron. Regina no podía creer lo ridícula que había sido. La vergüenza que le daba que aquel chico la viera como una practicante vulgar de hechicería, se convirtió en risa. Se burlaba de sí misma, relajándose ante los comentarios coquetos de su vecino.
Nuevamente se veían. La mirada de Graham era evidentemente seductora, y Regina no sabía qué hacer con eso
- Creo que me voy Humbert – dijo sin más, montando en su caballo
- ¿No esperará a su amiga? – Mencionó, algo desconcertado – Y me puedes volver a llamar Graham… ¿Podemos tutearnos?... Si gustas…
- ¡Claro! Graham… Por supuesto – otra vez sentía sus mejillas encenderse – No… No la esperaré, es evidente que no vendrá – recalcó, algo decepcionada
- ¡Tal vez sí! – Le sonrió con ternura – ¿Estás segura que era aquí que la esperabas?
- ¡Si claro! – afirmó
- Tal vez se haya ido a ese fabuloso pozo de agua turquesa, con la pequeña cascada, que el río ha formado en esta propiedad – se acercó a ella, con esa mirada
- No lo creo – soltó sin más de forma seca – ¿Y cómo sabes tú de ese pozo?
- Alguna vez vine de niño… A alguna fiesta y me escabullí – admitió – Y la verdad es que todos lo comentan. Su terreno es uno de los mejores. No sólo el descampado es encantador, sino que tienen el bosque, las irregularidades del terreno, y el río que viene del Geneva y que atraviesa parte de la propiedad, justo haciendo esa pequeña cascada…
- Y tenemos una pequeña laguna, pero es artificial – apuntó, a modo de broma – Entiendo… ¿Y qué con ese pozo?
- Que, si tu amiga ya te plantó… ¿por qué no me llevas hasta allá? – preguntó sin más, tomando su escopeta y colgándola de la silla de montar
- ¿Por qué no vas tú solo? – Lo retó, con una sonrisa maliciosa en el rostro – Si llegaste de niño, llegarás ahora. Se nota que tienes cualidades de rastreador – le dedicó un guiño
- Y por qué no ser cortés y acompañarme… Tal vez de regreso te encuentres a aquel lobo y pues… Yo me sentiría responsable – le dijo, sonriendo de oreja a oreja – Yo prometo que no nos demoramos y que te devolveré a tu casa pronto.
La morena lo miraba con un dejo de incredulidad y desconfianza. El chico parecía tranquilo. Ella no era mojigata, pero le causaba algo de inquietud estar con él lejos de casa. Aun así, aceptó, sin dejar de pensar en Ruby
- Está bien… Está bien – le dedicó una sonrisa – Pero permíteme dejarle una nota a mi amiga, por si llega a venir, así sabrá dónde estamos y se nos unirá
- ¡Perfecto! – montó en su caballo.
Regina usó una hoja de su libreta, escribió unas cuantas líneas en ella y la dejó debajo de una roca al pie del árbol, perfectamente visible. Terminó de acomodar su mochila, se la colocó y preparó a Rocinante.
Llegaron hasta aquel sitio, después de unos minutos de camino, en los que Graham buscaba que Regina le permitiese conocerla. Autores favoritos, instrumentos musicales, sitios conocidos, amistades; parecían ser tan compatible como era posible.
El chico hacía su mejor esfuerzo. Era caballeroso, atento e ingenioso. Conseguía por momentos que la morena se concentrara en la conversación, olvidando a su "mejor amiga". En el fondo no lo conseguía. Estaba muy preocupada de que Ruby no hubiese acudido a su encuentro, porque estuviese enferma, o quién sabe en qué condiciones que no había podido escaparse y avisarle.
Llegaron al pozo por la parte superior, desde dónde veía caer el agua desde una altura no mayor a cinco metros, a modo de cascada
- Es pequeña, comparando a como la recordaba – mencionó el joven
- En realidad, no es que sea muy grande… Pero es lindo de ver y muy rica para bañarse, ya que en el pozo el agua no es tan fría – hablaba como guía de turistas – Demás de ser verano… Claro está
- Me gustaría bañarme, si no te importa que me auto invite – dijo, en tono tímido
- Por mí no hay ningún problema – hablaba honestamente – Pero debes avisar antes, para que te dejen pasar y así no des toda esa vuelta por el bosque
- ¡Hecho! – le dedicó una hermosa sonrisa, que ella correspondió.
Aseguraron los caballos, bajaron por la orilla con cuidado, y se sentaron a hablar y a jugar con los pies en el agua.
Estuvieron en aquel lugar por hora y media, y la chica que esperaba la morena nunca apareció.
- ¿Pasa algo? – Preguntó Graham – Te ves tensa… ¿Dije algo malo?
- ¡No, para nada! – le aclaró
- ¿Es por tu amiga? – quería ayudar
- ¡Si! – no le importaba ser franca con él. Le estaba tomando confianza – Es raro que no haya avisado… ¿entiendes?
- ¿Quieres regresar? Vamos… Ya no te quito más tiempo – le dedicó un guiño, se levantó y le tendió la mano – Si quieres nos regresamos por el mismo camino y te ayudo a buscarla…
- Está bien, vamos – le sonrió y le permitió que la ayudara a levantarse – Vamos de regreso a mi casa, como indicaste. Si no está en aquel claro, no hay mayor problema… Sigo a casa
- ¡Seguimos! – indicó – Te dije que te acompañaría…
- Cierto – sonrió apenada
- Y tranquila, que seguro la chica se lio con alguna encomienda que le asignaron sus padres, quién sabe y ni ha podido respirar la pobre – afirmó, ayudando a Regina a subir por la loma de la orilla – Así como a mí, que me pidieron ver lo del lobo
- ¿Cómo? – había entendido, es sólo que una idea clara por fin se asomó en su cabeza
- Que tal vez… – le tendía la mano para terminar de subir, cuando lo interrumpió
- Sí, si… eso lo entendí – hizo un gesto de negación con la mano y la cabeza, y se aferró a Graham hasta llegar a su destino elevado – Entonces… – dijo una vez arriba, sacudiéndose las manos – Mi mamá les pidió a tus padres que nos ayudaran, con esto del lobo merodeando – trataba de confirmar lo que pensaba
- Si… Que si yo estaba disponible… Para revisar por los límites del Este. Que tú habías salido hacía rato… – la ayudó a desatar a Rocinante y a montarlo.
Listo, era lo que necesitaba saber. Su madre no sólo había planeado el encuentro entre ellos, sino que sabía que ella no estaría al oeste. Por tanto, era posible que estuviese consciente de sus encuentros con Ruby. Posiblemente, ésta última afirmación era la causa de su ausencia.
- ¡Vamos directo a mi casa! – dijo, con furia en su mirada
- Pero… ¿Y tu amiga? – preguntó, algo extrañado por el cambio de humor de la morena
- ¡No vendrá! – afirmó, mirándolo con complicidad y molestia – ¡Vamos! – gritó, e hizo que Rocinante se parara sobre sus patas traseras, para luego arrancar a correr.
Graham hizo lo propio con Amarok, y trató de alcanzar a una Regina que iba como alma que lleva el diablo. Logró esquivar, con semejante soltura, cada rama, tronco, y árbol que se interponía entre la chica que seguía y él.
Llegaron al descampado que conducía a la casa. La chica no aminoró su marcha sino que apretó el paso
- ¡Regina! – Le gritó preocupado y agitado por el ejercicio físico sobre el corcel – ¡Regina!
La morena estaba decidida a llegar a su casa lo antes posible. Era como si se hubiese percatado de haber dejado algo muy importante allí. La chica disminuyó drásticamente el ritmo al aproximarse a las caballerizas, y por fin el chico pudo alcanzarla.
- ¡Regina! – hizo su último intento, bajándose del caballo aún en movimiento a unos pasos de ella – ¿Qué sucede? – tomó con fuerza a su bestia que parecía alterada
- ¡Disculpa Graham! – Se volteó visiblemente agitada – Debo llegar a mi casa… Si quieres, puedes retirarte – se dio media vuelta y continuó a pie, para dejar a Rocinante resguardado
- Pero… – estaba contrariado y extrañado. La siguió – Bueno, espero que no sea nada grave… Igual, debo esperar a mis padres que…
La forma abrupta en la que se detuvo a la entrada del establo, le indicó al joven que no todo estaba bien. Regina permanecía es shock por lo que estaba viendo. Graham no alcanzaba a visualizar lo que ella, y por ende, se apresuró a llegar a su lado
- ¿Qué suce…? – interrumpió su pregunta, al ser nuevo testigo de aquel exabrupto
- Ruby… Pero ¿qué…? – se dejó decir la chica, aún inmóvil en la puerta de la caballeriza
- ¡Cora! – Ruby estaba de rodillas, visiblemente agotada, lavando con cepillo el piso
El chico reaccionó y fue corriendo a tomarla por un brazo, ayudando a levantarla. La chica de cabellos rojizos se dejó, impulsada por la vergüenza y el deseo de abrazar a Regina, que permanecía en la entrada
- ¿Se encuentra usted bien? – notó que ella se tambaleaba
- ¡Si! – miró a Regina con intensidad – Me encuentro bien…
Por fin pudo reaccionar y se abalanzó sobre ella, abrazándola. Aún estaba aferrada a su novia, cuando abrió los ojos y observó al chico retirarse, para darles espacio; siempre pendiente de ellas
- ¿Qué fue lo que ocurrió? – necesitaba saber por qué estaba en ese estado
- Tu madre me ha puesto duras tareas, una tras otra – se acomodaba el delantal – Cual cenicienta, he limpiado todos los pisos arrodillada, con agua, jabón y cepillo… De último, me ha dejado para que haga lo mismo con las caballerizas y el almacén
- ¡Eso es absurdo! – exclamó la morena, encolerizada
- ¡Lo es! – Afirmó el joven – Venga señorita Ruby… Disculpe que la llame por su nombre… Siéntese aquí – le acercó un banquillo
- ¡Gracias! – lo miró extrañada
- Ah… Ruby… Él es… Es… Graham – estaba cortada. Ruby ya la había pasado bastante mal por su culpa, como para agregar más drama al asunto – Es un amigo de Nueva York, que tiene su casa de verano cerca de aquí – Vio cómo él le extendía la mano a la chica – Y ella es Ruby, mi mejor amiga de la infancia…
- Mucho gusto Ruby, soy Graham Humbert – seguía con la mano extendida.
Ruby alternaba miradas entre el chico y su chica. A él, lo veía por inercia de forma incrédula. En cambio, las miradas a Regina exigían una explicación
- ¡Encantada! – Dijo, levantándose de golpe, mientras le daba la mano – Cualquier amigo de Regina es amigo mío – le dedicó una gran sonrisa – Y si me disculpan… Voy a decirle a la señora que ya terminé por hoy – Salió acelerada, casi atropellando a Regina.
La morena no podía creer su mala suerte. Allí estaba ella, tratando de ser cortés y sufriendo por las torturas que Red había recibido de su madre
- Lo siento Regina… ¡Mejor te dejo sola! – el joven se retiró rumbo a su caballo – Si me necesitas… Sabes dónde encontrarme. Gracias por el recorrido.
Apenas si se volteó para verlo marcharse. Él no tenía la culpa de todo aquello, y realmente se había comportado como todo un caballero, inclusive con Ruby
- ¡Graham! – Se dio la vuelta y corrió hacia él – Disculpa… Es sólo que… – lo miró con esos hermosos ojos castaños – ¿Puedo confiar en ti?
- ¡Claro! – Se regresó sonriéndole – Lo que sea Regina…
- Pues… – bajó la vista – Ruby es la amiga a la que esperaba en aquel claro
- Pues lo supuse – afirmó – Así que ya no es secreto – le dedicó un guiño
- No – sonrió apenada – Lo que sucede es, que mi madre tiene este ridículo concepto sobre que no podemos ser amigos de la servidumbre y toda la cosa – cortó para mirarlo, fijamente a los ojos – Y pues, si tú tienes algún problema con esto… Yo…
- ¡Para nada! – La interrumpió, tomándola de las manos – Creo que es una concepción anticuada y estúpida… Y por lo que veo, la hace trabajar de manera exagerada con tal de que no comparta contigo… ¿Es eso?
Ella estaba asombrada. No creía que Graham fuese esa clase de chico. Recordar a Robin y comparar a Humbert con éste, era un insulto para el nuevo amigo de Regina.
- Si… Y eso me enerva – se reflejó la rabia en su mirada
- ¿Y por qué la chica se molestó contigo? – Estaba preocupado – Eso no tiene sentido. Tú no mandas sobre las acciones de tu madre…
- Es sólo que… Es que… – no sabía qué decir. Dudaba en contarle su verdad – Debe haber pensado que no la busqué antes, por andar coqueteando contigo – mintió, en parte – Mientras ella era víctima de mi madre, sin nadie que la defendiese…
- ¡Oh! – Soltó una media sonrisa tímida – Así que la culpa es de ambos… Porque yo sí estaba coqueteando contigo… – ahora le dedicaba una gran sonrisa.
En ese instante salió a escena Cora, con Henry y los padres de Graham, que ya los venían observando dialogar, muy cerca el uno del otro. Así mismo, Ruby, los contemplaba desde el ventanal de la cocina que daba a la caballeriza.
Regina notó la mirada penetrante de Ruby, justo antes de escuchar la voz de su madre saludarlos tan hipócritamente.
La morena tuvo que fingir y hacer lo propio, para que su madre no notara el malestar. Mientras más rápido creyera en su relación amistosa con Graham, más rápido dejaría en paz a Ruby, impidiéndole torturarla. Se apartaron de los mayores y se dirigieron a las caballerizas, a terminar de poner a salvo a Amarok y a Rocinante.
El resto del día transcurrió con la visita de los Humbert, sin mayor novedad. Ruby no se veía por ninguna parte. Trató de prestar especial atención en Graham para lograr ocupar su mente y olvidarse, aunque fuese por unos segundos, de su enamorada.
- ¡Fue un placer Regina! – Acotó el joven – Me encantó pasar el día contigo – besó su mano ante la mirada de los padres
- A mí también me encantó Graham – se sonrojó, pero de la vergüenza que sentía de que Ruby pudiese presenciar aquello – Vuelve cuando quieras…
El sonido del carraspeo de Cora, interrumpió el discurso de la joven morena
- ¿No se te olvida algo, Regina? – insinuó, haciéndose la disimulada.
Regina la miraba, inexpresiva, tratando de hacerle pasar trabajo a su progenitora
- Niña – murmuró entre dientes – No seas mal educada… – ahora volvía con su sonrisa más hipócrita – ¿Se te olvida tu cumpleaños? – la taladraba con la mirada
- ¡Ah!... Sí, sí, claro… Mi fiesta de cumpleaños – sonrió, con la misma tónica que su madre – Será la semana entrante, y pues me gustaría que nos acompañaran todos… Es decir, tus padres y tú…
- ¡Encantados Regina! – respondió la familia.
Esa noche, no supo nada más de Ruby. Ni esa, ni los días restantes hasta su cumpleaños. La chica parecía estarla evitando; amén de querer evadir las múltiples tareas titánicas que su madre le encomendaría hacer si las veía juntas.
-xXx-
Sarah ya tenía un par de días allí y la morena no le había prestado la atención que se suponía. No había podido contarle lo de Ruby, ni hacer que la conociera. Pasaban las mañanas tonteando con Graham y su primo Neal. Esa en particular, la mañana del cumpleaños de la chica, fueron a nadar al pozo que tanto les gustaba
- Oye… – le hablaba, para sacarla de su letargo – ¿Son lindos no?... ¡Ey! ¡Regina!
- Si… Si, lo son – respondió, en automático
- ¡Pero qué simpática estás! De haber sabido que estarías así de amargada, me quedaba en la ciudad – le reprochó la rubia
- ¡Lo siento Sarah! – La tomó por el brazo – Disculpa… Pero la situación con mi madre no está nada fácil
- Pero… Si yo la he visto muy contenta… No entiendo – estaba perdida en el tema
- Es una larga historia que debo contarte, pero por los momentos aquí no puedo hacerlo – le confió
- ¿Es por Graham? – se adelantó – Porque de una vez te digo que… El chico es un bombón, un ángel – le murmuró – No sé por qué tienes que ser tan quisquillosa…
La morena la observaba en silencio, con cara de circunstancia
- ¡Por Dios Regina! – Se molestó – Deja de mirarme así que me estás asustando – Miró a los chicos, que jugaban al "polo acuático", mientras ellas "tomaban" el poco sol que los árboles dejaban pasar – No me digas que él… Es un…
- ¡No! – Sabía por dónde venía su amiga – Para nada. En algo tienes razón. Ese chico es muy noble y un caballero ante todo…
- Pero… – le dedicó una sonrisa – Lo dicho… No mereces la suerte que tienes ha, ha, ha… "El gran absurdo" – reía con ímpetu – ¡Y a mí que me tocó el primo!… Bueno, ni modo… – se quedó mirando a Neal, girando levemente la cabeza – Aunque es tierno… Como un pequeño cachorrito – hizo el gesto de medir el tamaño de un perro con las manos
- Sarah – la llamó con fatiga
- ¡Qué! – Sacudió su cabeza y se concentró de nuevo en Regina – ¿Qué pasa?
- Te cuento en la casa… – apuntó
- ¡Ay Regina! – Refunfuñó entre dientes – Qué mala maña tienes de dejarme con la intriga… Y seguro que, después, no me cuentas nada…
Se levantó y se unió a los chicos en la contienda acuática.
Suspiró. Se sentía miserable. Con los lentes de sol, disimulaba su mirada triste mientras fingía una pequeña sonrisa, atenta al juego de sus tres amigos.
De repente, la vio parada en lo alto de la cascada. Allí estaba Ruby, observándola detrás de un árbol en el margen opuesto.
Se levantó tratando de disimular que veía las copas los árboles, y como pudo, aprovechó la distracción de los jóvenes para subir la cuesta y así llegar hasta la chica de sus sueños. Cuando llegó allí, Ruby no estaba.
Miró hacia todas las direcciones y apenas pudo observarla alejarse entre los árboles. Al moverse, visualizó un paquete envuelto en papel kraft, con una nota que decía:
"Feliz cumpleaños princesa.
Pronto serás una hermosa reina… Bueno, hermosa ya eres…"
La nota finalizaba con un corazón. Eso la hizo volver a la vida. No estaba precisamente contenta pero podía respirar nuevamente, porque sabía que la chica continuaba amándola.
- ¡Regina! ¡Regina! – la empezó a buscar Sarah con la mirada, dejando de jugar con los chicos
- ¡Aquí estoy! – se asomó, para verlos desde esa posición, ocultando el paquete
- ¡Qué haces allí perturbada! – se rio y Neal la acompañó
- ¿Pasa algo? – Graham buscaba salir del agua, para ayudar a la morena en lo que necesitara – ¿Te ayudo a bajar?
- ¡Por favor! – disimulaba.
Ella podía bajar sola de allí. Tal cual estaba, podía correr y ganar la maratón de Nueva York, estableciendo un nuevo récord. Pero tenía que mantener su papel para evitar mayores malos entendidos.
La noche llegó y después de la cena las chicas se retiraron a dormir. Cora y Henry, se quedaron en la mesa discutiendo los detalles de la fiesta, así como de lo bien que Regina y Graham se la llevaban.
Ya entrada la madrugada, Regina, que no podía conciliar el sueño, logró sacar el regalo de su escondite y abrirlo con cuidado. Sarah dormía plácidamente en su cama.
Se dirigió hasta la ventana y con la luz de la luna se alumbró para observarlo. Era un libro de páginas beige, totalmente en blanco. La tapa era dura y de aspecto envejecido. Tenía al relieve el símbolo de "Wuivre" y del "Awen"; representaciones celtas referentes al amor y a lo opuesto.
Sólo tenía dos escritos a mano y en tinta negra. Uno, era una dedicatoria muy simple que culminaba informando que, ese libro, era propiedad de "La Reina Regina". Eso la hizo sonreír y dejar escapar una lágrima.
El segundo escrito, era lo que parecía un hechizo. Por lo que pudo notar, lo había hecho Ruby para ella. Comenzó a leer:
"Conjuro de Amor
1. Para éste conjuro, necesita ubicarse en el bosque durante una noche de tormenta eléctrica.
2. Debe retirarse el calzado para estar en contacto con la madre tierra.
3. Coloque el libro sobre una piedra a modo de altar, o sobre un altar.
4. Tome en su mano izquierda un objeto, que forme parte de su historia familar.
5. Empuñe en la mano derecha una daga de plata, señalando al cielo.
6. Con los brazos en alto, mientras la lluvia cae, repita en voz alta el siguiente conjuro:
Guardados en la noche están,
Los rayos contienen sus almas,
Las almas de los que en mí habitarán.
Escuchen, oh perseguidos
En la noche de tormenta
Desdoblen éste alma miserable
Y llénenla de gloria.
Entréguenme con este conjuro
El poder de encantarlos.
Entréguenme con este conjuro
Al amor que necesito.
En mí, por mí, para mí…
Permíteme ser, y ser en paz
Permíteme amar y ser amada,
O impídeme sentir dolor alguno.
¡Oh Völva!
Te pido me lo entregues
Te suplico me lo concedas
Nota: Repetir un máximo de dos veces la acción, si no se manifiesta a la primera (No estoy muy segura de esto)"
- Si no se manifiesta ¿qué? – preguntó Sarah somnolienta
- ¡Rayos! – Cerró el libro de golpe, brincado de su asiento – ¡Qué demonios! – Bajó el volumen – Me asustaste Sarah…
- ¡Pero qué lindo! – se colocó en la cama, sentada, cruzando las piernas. Hizo lo mismo con sus brazos – Yo durmiendo, tranquilamente, y tú me despiertas con tus murmullos…
- ¡Vale! – Se levantó de la silla – No fue mi intención… Vuelve a dormir anda
- ¿Por qué lees esas estupideces? – Le inquirió divertida – Sí que eres muy rara… ¿Quién querría alzar un objeto metálico en el bosque durante una tormenta eléctrica?... Lo dicho, estás demente… Pero así te quiero – Se levantó para abrazarla, sonriéndole ampliamente.
Pues sí, Sarah tenía razón. Era una locura aquella práctica. Pero en realidad a ella sólo le daban curiosidad los hechizos, no lo rituales.
Se dirigieron a la cama. En ese instante, el sonido de unas pequeñas piedras tocando en la ventana de Regina las hizo estremecer
- ¿Quién será? – dijo la rubia, escondiéndose detrás de la morena
- ¡No lo sé! – su corazón se aceleraba en la idea de que fuese Ruby, invitándola a salir.
Se acercó y se asomó con acautela. Lo único que pudo observar fue la silueta de su amada, desaparecer en el sendero hacia el bosque, mientras volteaba a mirar, a cada tanto, hacia la ventana de Regina.
La noche estaba tan despejada, y la luna tan imponente en lo alto, que no necesitaba linterna; por lo menos no para caminar por el descampado.
- ¡Ahora vuelvo! – Indicó la morena, colocándose un nono, la bata y los zapatos deportivos
- ¡¿Qué?! – Sarah mantenía los ojos abiertos como platos – ¿Para a dónde?... ¡¿Cómo?!
- Shiiii… Escúchame – la tomó por el rostro con ambas manos – Mírame. Necesito que me cubras, ¿sí? – La vio asentir – Nadie puede saber que salí de la habitación… ¿Correcto?
- ¿Pero qué…? – estaba completamente confundida
- Sarah – la interrumpió – Mi madre no puede saberlo… ¿Entiendes? – la vio asentir nuevamente – Te prometo, por lo más sagrado, que te lo contaré todo en lo que vuelva… No me demoraré tanto… Espero…
- Pero… – la mirada de la morena la hizo callar nuevamente – Bueno, corre… Que no quiero esperar para saber qué demonios pasa contigo
- ¡Gracias! – La besó en la mejilla – Cierra con llave la puerta – le indicó, mientras salía con increíble habilidad por la ventana de su cuarto.
Siguió a la chica, hasta donde creyó que se encontraba. Efectivamente allí estaba, en el pozo, a mitad de una noche de verano, con la luna llena y las cálidas aguas bañando su cuerpo desnudo
- ¿No te parece que la Luna tiene magia? – preguntó sin más
- ¡Si! – Afirmó – mucha…
Regina estaba paralizada contemplándola así, cual mentida ilusión nocturna
- ¿No piensas venir? – se volteó a mirarla mientras sonreía
- ¡Si! – comenzó a desnudarse y procedió a hacerle compañía.
Juntaron sus cuerpos en medio del agua. Juró que podía sentir el agitado latir de su corazón por todo el cuerpo. No sentía ni pizca de frío. La adrenalina corría por todo su ser
- Discúlpame Ruby, yo… – sintió el dedo de Ruby, frenar sus palabras, sobre los labios
- Shiii… Calla… Entiendo todo. Lo que ha pasado, lo que haces y por qué lo haces – acarició su boca mientras la observaba – Te amo Regina, siempre te he amado…
- Y yo a ti Ruby. También te amo – se apresuró a confesar
- ¡Lo sé! – pegó su frente a la de la morena – ¿Te gustó tu regalo?
- ¡Me encantó! – Aseguró dichosa
- Lo encontré hace un par de días – la tomó por la cintura – Y sé que es una mezcla rara… Pero me pareció graciosa – rieron juntas.
El silencio de la noche y la intensidad de sus miradas, las arroparon en un poderoso beso que las hizo olvidarse de todo
- ¡Te necesito Regina! – Ruby la acariciaba, pidiéndole permiso para tocarla
- ¡Tómame! – la besó con intensidad.
Fue así como Regina y Ruby hicieron el amor. Por primera vez para la casta morena, ayudada de la experimentada chica dos años mayor. No fue algo lujurioso, fue dulcemente apasionado. La morena le correspondió a su maestra, imitando cada cosa que ella le había hecho.
Ruby no profanó su cuerpo. Lo amaba y lo respetaba demasiado para eso. Sabía que era la primera vez de Regina y quería hacerla especial, no traumática. Lo más intenso lo dejarían para después
- Me tengo que ir… – comentó Regina, viendo cómo la luna no se encontraba ya en su punto más alto
- ¡Lo sé! – Estaban recostadas en la orilla, envueltas en una manta que la mayor había llevado – ¡Haz el conjuro Regina! – La veía levantarse y comenzar a vestirse
- ¿Qué? – estaba apresurada. Quería quedarse, pero eso sería demasiado arriesgado
- Hazlo… Piensa en mí y estaremos juntas. Nadie podrá separarnos – Hablaba con total convencimiento – Yo sé que tú tienes ese poder.
Regina estaba conmovida por el amor y la inocencia que aún desbordaba Ruby, sólo por ella. Tallaron sus iniciales en el árbol más cercano, distintivo del lugar, y se marcharon por diferentes caminos.
La morena tuvo éxito y logró colarse en su habitación sin ser vista. En ese momento, ni Sarah notó que había llegado. Cerró los ojos aún eufórica por lo que había vivido, y cuando pudo, se durmió.
Al día siguiente despertó mucho después que su amiga. Ésta estaba absorta en un libro, sentada en un cómodo y enorme puff color rosa.
- ¡Hasta que te dignas, mi reina! – exclamó la rubia mirándola de reojo
- ¡Buen día Sarah! – no podía estar más feliz
- ¿Se puede saber a qué horas llegaste? – cerró el libro de golpe y se giró para mirarla de frente
- ¡Sarah! – dio un brinco y salió de la cama. Se dirigió a donde su amiga, tirándosele encima
- ¡Ay! ¡Que me aplastas Regina! – hacía sonidos característicos de que le faltaba el aire
- ¡Tengo que contarte! – se levantó emocionada
- ¡Si, tienes qué! – se cruzó de brazos
- ¡Sí, lo haré! – Aseguró – Pero antes, tienes que prometerme que te vas a calmar y que guardarás el secreto, opines lo que opines…
- Regina… Me estás asustando – la veía con temor y recelo – ¿Sucede algo malo?
- ¡Para nada! – se sentó en la alfombra frente a ella, cruzando las piernas – Bueno… Eso depende de lo que tú consideres "algo malo" – hizo comillas con las manos
- ¡Anda! – Le golpeó el brazo izquierdo, empujándola hacia la derecha – Sabes que puedes contarme lo que sea… Eres mi amiga, como mi hermana… Claro que guardo el secreto… ¿O no lo he hecho antes?
- ¡Si! – asintió, tratando de serenar su felicidad. Buscando cómo empezar – El asunto es algo complicado… Pero quiero que sepas que todo ha pasado muy rápido… Por eso no pude hablarlo antes contigo…
- ¡Habla! – se desesperaba.
Esa mañana, a las dos se les quitaron las ganas de desayunar. De hecho, cuando Marian vino a ofrecerles algo, la corrieron, sin abrir la puerta siquiera. Sarah supo toda la historia completa con pelos y señales. Desde la vez que jugaban a revivir lagartijas, hasta su encuentro sexual de hacía unas horas.
Varias veces Regina tuvo que parar, darle agua a Sarah, que permanecía atónita con los ojos y la boca abiertos como platos. Debió repetir otro tanto de veces lo mismo, ya que la chica la interpelaba en cada punto.
- Me dejas fría Regina – la rubia estaba como en un trance – ¿Quién iba a creer que esto sería así, para ti?
- No es una elección, simplemente – Aseguró, defendiendo su punto – No es algo que se elige… Sólo pasó… ¡Y me hace muy feliz!
- Pues… – dijo Sarah, después de unos segundos de silencio – Si ella es la que te hace feliz… ¡Quién soy yo para interponerme! – le dedicó un giño y una enorme sonrisa – Por lo menos la chica es guapa…
- ¡Ahhhh! – Saltó a su cuello para abrazarla – Eres la mejor amiga del mundo – volvió a gritar.
Salieron del cuarto para la hora del almuerzo. Su madre parecía estar distraída, con los preparativos de la fiesta de cumpleaños, que se realizaría esa misma noche. Estaba distante y casi no la miraba; salvo cuando le iba a dar alguna indicación sobre la fiesta
- Sarah, Regina… – les anunciaba – A las cuatro llegará el estilista y el maquillador. Y los trajes que se pondrán ya los tengo. Deben probárselos, por si hay que hacer algún arreglo de última hora
- Gracias Madre – le respondió
- Gracias señora Mills – agregó la rubia
- No tienes qué agradecerme niña – le dedicó una extraña sonrisa – Y puedes llamarme señora Cora.
La chica correspondió al gesto asintiendo. Entonces, Regina notó que, en definitiva, su madre la estaba ignorando y estaba molesta. No le reclamaba por la cercanía de la fiesta; eso era evidente.
¿Podría ser casualidad? ¿Una molestia cualquiera? O ¿sería posible que su madre la hubiese descubierto?
Decidió concentrarse en la actitud de su padre. Si algo sucedía, por pequeño que fuera, lo vería en su mirada. Obviamente su madre no la pondría en evidencia, pero se inventaría algún tema para manipular a su marido.
Lo que observó en aquel hombre la espantó. Le heló la sangre. Su padre tenía la cara, como si le hubiesen dado la peor de las noticias. La mayor de las sorpresas: también la estaba ignorando.
- Padre… ¿Te sientes bien? – tenía que preguntar. Se sentía nerviosa
- ¿Por qué lo dices? – Saltó la mujer mayor – Él se siente de maravilla… ¿no es cierto Henry?
- ¡Si! ¡Por supuesto! – Dijo, sonriendo de forma escueta y falsa – Estoy perfectamente…
Definitivamente algo malo sucedía. No sabía si tenía que ver con ella, pero eso creía. Su padre no parecía estar molesto o decepcionado. En su mirada esquiva, sólo percibía pesadumbre.
Trató de disimular, pero se le hizo muy difícil. También quería ver a Ruby. Lo deseaba con el alma; pero la chica no se veía por ninguna parte. Trató de averiguar, de forma disimulada, con las chicas del servicio. Una alcanzó a decirle que la joven había salido temprano a buscar unas cosas, pero no supieron precisarle.
Para las seis de la tarde ya estaba maquillada y peinada. Su madre las había confinado a la habitación y, junto con la rubia y la costurera, daban los últimos toques a sus vestidos
- Parece que tu madre va a hacer una fiesta grande… ¿No te parece demasiado? – Comentó la rubia, que estaba parada sobre un pequeño cajón, mientras le tomaban el ruedo – Digo, no es que me importe… El vestido es hermoso – se veía en el espejo de pie
- ¡Si! – afirmó de mala gana, regresando de sus pensamientos
- ¿Sí qué Regina? Yujuuu… – notaba que la morena estaba preocupada – ¿Te encuentras bien?
- ¡Si! – le hizo un gesto con los ojos, indicando que no podían hablar frente a la mujer – Es excesivo, pero ella estará contenta… Y Graham vendrá que es lo importante – le dedicó un guiño.
Una vez solas, compartieron sus inquietudes. Sarah también percibía el ambiente enrarecido de la casa, sobre todo, el aspecto de aflicción del padre. Trataba de consolar a la morena diciéndole que no era nada, que tal vez era su madre la que lo tenía agobiado con tanto preparativo.
No consiguió ver a Ruby en todo el día. Cuando podía salir del cuarto, siempre era abordada por su madre con algún detalle.
Al fin llegó la hora de la fiesta. Los invitados habían comenzado a llegar una hora antes. A Sarah se le permitía bajar y, a cada tanto, le daba reportes de la zona de guerra. Nadie había visto a Ruby. Era muy extraño. La chica y ella se habían reconciliado y no entendía por qué no la buscaba.
Una idea se instaló en su mente y la hizo estremecerse. Algo le había pasado a Ruby, algo malo. Y esa situación tenía que ver con la actitud de sus padres.
Por fin llegó el momento en el que Regina debía presentarse ante sus invitados. Casi una hora después de que la mayoría hubiese asistido. Según su madre, la anfitriona debía hacerse esperar.
Descendió cual princesa por las escaleras, próxima a convertirse en Reina. Su vestido, de color marfil y rosa pálido, la hacían ver angelical. Destacaban sus curvas de adolescente dotada, y le daban ese aire entre tierno y seductor.
Repasó el salón con la vista. Todos estaban. Todos, menos Ruby. Le costó disimular la sonrisa, el nerviosismo y las ganas de llorar.
Su padre la tomó de la mano. Parecía ligeramente menos afligido. Seguramente, había sido obligado a disimular. Su madre estaba hecha una pascua y se movía ligeramente de un lado a otro, deseosa de que terminara de bajar.
Ubicó con la mirada a Sarah, que estaba cerca de la escalera, con Graham y Neal. Se dirigió hasta ellos, pero Cora le salió al paso, interponiéndose en su destino
- Regina… ¿Recuerdas al señor Leopold? – vio cómo su padre se quedaba rezagado y buscaba algo de beber
- ¡Sí! – Le hizo un gesto de familiaridad – Lo recuerdo… ¿Cómo ha estado? – preguntó cortésmente
- Muy bien Regina, gracias… ¡Feliz cumpleaños! – Le sonrió de una forma muy extraña – Te has convertido en una hermosa mujer…
- Gracias – se sintió avergonzada
- Lo es Leopold, lo es – dijo con orgullo fingido
- ¿Y cuando llegó? – trató de ser cortés
- Desde ayer en la noche… Llegué aquí a la casa de tus padres, que gentilmente me hospedaron. Le decía a tu madre que desde que mi difunta esposa Eva murió, que Dios la tenga en su gloria… No había asistido más a las fiestas de nuestros amigos – se veía que prestaba mucha atención a la morena – Y he descuidado a mis amistades… Es no debe ser…
- ¡No! – dijo por cortesía, distraída, buscando con la mirada a Sarah para que la salvara.
Los mayores lo percibieron, y se notó la incomodidad de Cora ante el desaire de Regina. Graham se acercó cortésmente y saludó a los presentes
- Señora Mills, está usted hermosa – le besó la mano
- Gracias chico – le sonrió, de una forma particular. Estaba entre alagada, obviamente, e incómoda – La fiesta es espléndida y Regina… ¡Parece un ángel! – miró a la morena con dulzura
- ¡Gracias Graham! – logró ruborizarse. Notó la mirada de aquel hombre sobre ella y terminó por sentirse asqueada
- ¿Podemos bailar? – le preguntó a la chica
- Regina… Se va a hacer el brindis – la tomó del brazo y le sonrió de manera forzada al chico – Joven… – llamó a un mesonero, al cual Leopold le quitó tres copas de champagne, dándole una a cada mujer – Señoras y señores…
Buscó la atención de la multitud, cerciorándose en el proceso de que todos tuviesen un trago para brindar, de preferencia con champagne.
Le hizo señas a su marido para que se acercara y así lo hizo. Su padre parecía haber perdido la hombría, casi por completo
- Su atención por favor… – hizo un sonido con la copa.
Sus amigos se acercaron. Leopold se ubicó a su lado y sus padres al otro. Notó la mirada de admiración de Graham. Se veía guapísimo y elegante. Su sonrisa logró calmarla ligeramente
- Si no me sigues la corriente… – le murmuró al oído, entre dientes, fingiendo sonreír ampliamente – Te juro que, el bofetón que te di en el carro, te va a parecer la gloria comparado con lo que tengo para ti
- ¡Madre! – Volteó a mirarla, atónita, con los ojos abiertos como platos – ¿Qué…? – sintió cómo le apretaba la mano y lo entendió.
Regina volvió a sonreír, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Cualquiera que no la conociera, diría que estaba feliz, realmente feliz y conmovida
- Nos da gusto recibirlos aquí, en la casa de campo Mills, para celebrar dos buenas noticias… – Hablaba con soltura, y ese aire de superioridad. Su amabilidad, ante un ojo crítico, era sobreactuada – Una, la más importante si me permiten decirlo, es celebrar el cumpleaños número diecisiete de nuestra amadísima hija Regina, para la que pido un fuerte aplauso… – la señaló con la mano que tenía libre, mientras con la otra, apretaba la de la morena.
Regina sonrió como nunca. Lo hacía, llevada por el pánico y la confusión que sentía. Creía que iba a desfallecer, incapaz de saber qué le deparaba su sádica madre. Asentía y sonreía. Trató de mirar a Sarah, pero ésta se acomodaba el vestido. Notó que Graham no desviaba su mirada de ella. La veía con adoración
- Gracias… Gracias – continuó Cora – Mi esposo Henry, al que no le gusta esto de los discursos – bromeó. Se escucharon murmullos de risas – Y yo, claro está, les agradecemos que se hayan permitido celebrar con nosotros tan importante aniversario; el de nuestra amadísima hija Regina... Para nadie es un secreto que es una chica excepcional – ahora la miraba metida en su personaje de buena madre, orgullosa de su cachorra – La mejor que padre alguno pueda pedir… Bueno, como muchas de las jovencitas presentes – vio a Sarah, y a un par más.
Las personas se notaban encantadas y muy al día con los comentarios de su madre. Todos parecían cómplices de los falsos halagos de Cora. Todos a excepción de Sarah, Neal y Graham. Eso llamó poderosamente su atención, y sin dejar de sonreír, sintió cómo las fuerzas la iban abandonando
- La otra noticia… – hizo una pausa – Ay, disculpen, es que me embarga la emoción… – fingió secar una incipiente lágrima en su ojo derecho – Es, precisamente, el hecho de que nuestra Regina ya no es una niña… Es una hermosa mujer joven, que merece a un gran hombre a su lado que la haga florecer como lo que es, una Reina – la miraba con ese brillo perverso en los ojos – Esa buena nueva no es más, que el anuncio formal del compromiso de Regina…
Su corazón se detuvo. No pudo disimular su impresión. Miró por instinto a Graham y notó que estaba tan sorprendido como ella. Sarah otro tanto. El resto de las personas, parecían familiarizadas con el tema. Algunos tristes, los de la "servidumbre", los demás invitados falsamente alegres.
- Si, cómo lo escuchan. Regina contraerá matrimonio pronto con un hombre excepcional. Pilar de nuestra sociedad y un ejemplo a seguir: El doctor Leopold White – lo señaló.
Aquel hombre sonreía con aires de grandeza. Como saboreando ya a la presa que se comería en la cena. Era su dueño, sin serlo aún; eso era seguro. Se adelantó un paso y agradeció con la mirada a los presentes.
Cora volvió a apretar su mano y la empujó ligeramente, para que quedase al lado de aquel hombre
- Quita esa cara, o la pagarás caro – le advirtió en un murmullo – Tú y tu amiguita Ruby…
Su madre lo sabía, lo sabía todo. Tal vez todo el tiempo y sólo le dio la oportunidad de que "recapacitara". Algunas de esas ideas retorcidas, llegaron como relámpagos, ocasionando un remolino en su cabeza.
Su cara de shock no la ayudaba. Miró a Sarah y a Graham, que permanecían inmóviles uno al lado del otro. Recordó a Ruby. Su olor, su cabello largo de visos rojos. Respiró profundo y sonrió como nunca. Una lágrima se escapó de sus hermosos ojos. Estaba perdida.
Continuará...
