Capítulo 2: Explosión
La pelota de hule rebotaba en la pared para luego volver a su mano otra vez.
No importaba cuántas veces la lanzara, no se aburría.
O más bien, no tenía nada mejor que hacer. Lo tenía, de hecho. Pero no podía lograrlo, y era tan frustrante.
Se sentía solo, confuso, decepcionado, triste. No tenía idea siquiera de cuántas emociones se podían sentir a la vez o de todos sus nombres.
No era un humano, no era un ángel. Pero sufría las desgracias de ambos.
El poder aún lo tenía; dormido y recuperándose muy lentamente, él lo sabía. Así como sabía que necesitaba de él pero no lograba apresurar esa recuperación, y eso lo frustraba todavía más.
Por su lado humano, estaba ese remolino de sentimientos con el que no sabía como lidiar.
Se odiaba a sí mismo por sentir tantas cosas.
Jack tomó un respiro, encerrado en su habitación como estos últimos días.
¿Sólo nació para esto? ¿Para hacer sufrir a la gente y que la gente sufra por él?
Pensaba, que si nunca hubiera nacido como era el plan de los Winchester al principio; todo sería mejor.
Lucifer, su padre, probablemente habría muerto por ahí en un bar. No tendría un motivo para seguir con vida y luchando por sus malévolos ideales. No habría tenido a nadie a quien robarle esa poderosa gracia y no hubiera secuestrado a Sam. Por lo tanto, Dean no le habría dado el sí a Miguel.
Dean.
El cuerpo de su amigo andaba por allí en algún lugar, siendo ocupado por ese maldito arcángel sin escrúpulos. Y ellos aún no podían hacer nada.
Castiel ni soñando podía rastrear a un arcángel que no quería ser rastreado, Sam hacía todo lo que podía llamando a estaciones policíacas, buscando en Internet, preguntando si habían visto a su hermano. Pero a su parecer, podría estar en cualquier parte del planeta.
Y él... Bueno luego estaba él. Jack. El único que se supone podría hacer algo, y sólo estaba tirado en una cama, encerrado en su habitación como un adolescente común. Sin lograr hacer resurgir sus poderes.
Un par de lágrimas se adueñaron de sus ojos. En efecto, todo sería mejor si él no hubiera nacido.
Nada de esto estaría pasando.
Nada de grieta entre dimensiones, nada de Miguel, ni Lucifer, nada.
Era todo su maldita culpa. Y no podía echar ese sentimiento hacia afuera.
Aventó la pelota por enésima vez hacia la pared, ahora con todas sus fuerzas, esperando al menos romper la pared, pero la pelota solo rebotó y rompió una lámpara de mesa.
—¡AGH!
Se quejó y lloró con más ganas. Ni eso podía lograr. Era un inútil.
Dean estaba en peligro en algún lugar, y él no podía siquiera hacer volver sus poderes para intentar ayudar.
Nació para crear problemas que no podía resolver.
Lo peor era que, se sentía mal por todo, no sólo por su familia Winchester.
Su padre.
Él estaba tan ilusionado cuando lo conoció. Quería saber de él y de Dios. Pensó que todo iba enserio cuando se comportó como un papá preocupado, pensó en verdad que quería jugar con él y criarlo.
Se sintió querido por él. Y maldita sea, lo hizo quererlo. Jack empezó a sentir un cariño genuino por su padre, para que después simplemente lo golpeara en el rostro.
Literalmente, pero también en el alma. No estaba seguro si un nefilim como él tenía alma, pero si sabía que lo que más le dolió de todos esos golpes no fue lo físico.
No era fácil describirlo, y menos aceptarlo, pero podía decir un eufemismo quizás. Su padre le había llenado el corazón con sentimientos e ilusiones, para luego arrancárselo y pisotearlo cruelmente.
Y a pesar de todo lo que pasó, a pesar de todo lo que Lucifer le hizo a él y a los Winchester, le dolía su muerte.
Algo que no podía decir en voz alta.
Era su padre, después de todo. Fue quien lo puso aquí. Para sufrir, si. Pero igual le debía su existencia, sea como sea.
Sufría por la muerte de su padre. Sufría por sentirse engañado, traicionado, utilizado. Sufría por sufrir por él, porque no debía, sabía que Lucifer no lo merecía y aún así...
Sufría porque no era justo, él debería no tener nada más que odio y desprecio para él. Pero no. Porque era un gran estúpido, se repetía en su mente.
La verdad era que Jack tenía un corazón enorme del que no se daba cuenta. Tenía cariño y bondad hasta para el ser más ruin. Y él era el hijo de ese ser tan ruin, una mancha que siempre iba a cargar.
Sufría porque no podía hacer nada por Dean. Sufría viendo a Sam y Castiel sufrir por Dean. Y él sin hacer nada, sin recuperar su fuerza.
En cambio estaba allí en su cuarto, enojado, llorando. Pensando todo el tiempo en su familia y en usar su existencia al menos para algo bueno, pero también pensando de pronto en sus líos emocionales sobre su padre y porque no podía terminar de agarrarlos y tirarlos a la basura de una vez.
Se sentía egoísta, imbécil, estúpido.
Sabía que su única preocupación ahora debían ser su familia y Miguel suelto por ahí, pero además de eso, también estaba sufriendo. Deprimido, lidiando con sus problemas absurdos y su existencia.
Se preguntaba de pronto si así es como debía ser la vida de un adolescente normal, o si esto era por la falta de sus poderes. Que martirio.
Ya no sabía como más lamentarse de toda su miseria y aceptar que sus habilidades no volverían por el momento.
—¿Jack?
Para su conforte Sam atravesó esa puerta. Amaba la preocupación que el Winchester tenía por él, pero no se sentía merecedor de ella.
Por eso en cuanto lo vio entrar apenas pudo mostrar una media sonrisa, limpiando con sus manos las lágrimas que lo delataban.
—Hey, Sam.
—¿Estás bien, Jack? Escuché un grito y un ruido fuerte...
La mirada del cazador cayó en la lámpara rota. Jack notó eso y pensó que además de ser un inútil, daba problemas, ahora rompiendo cosas.
Aunque eso estaba muy lejos de la verdad. La única importancia que Sam le dio al objeto roto era por la seguridad del muchacho, sus sentimientos.
—Si, yo... Lo siento, Sam. Siempre estoy haciendo daño, tiré la pelota y...
—Hey, Jack —el adulto lo obligó a mirarle, con una mano en su mejilla—. Sabes que no me refiero a eso.
Pero el chico no pudo. No logró mantener la mirada mucho tiempo más. Las malditas lágrimas lo traicionaron otra vez y se obligó a bajar la cabeza.
Sam quitó la mano de donde la tenía y la usó para sostener la ajena, dando un suave apretón.
Ya sabía lo que afligía al joven, no era tonto. Todos estaban mal, tristes y decaídos por lo mismo. La situación no pintaba para nada bien.
Lo único que Sam ignoraba era que había mucho más que eso en el atormentado y joven corazón de Jack.
Difícil de comprender, y Jack no iba a hablar de todo eso además.
El cazador lo notó así que nuevamente él rompió el silencio.
—Jack, todos estamos preocupados. Yo, mamá, Castiel está devastado. No tienes que dejar que todo caiga encima tuyo, no es justo. Tus poderes volverán, no tienes que presionarte.
El chico apretó aún más fuerte la mano de Sam, y lo miró. Humedad y frustración era todo lo que sus ojos mostraban.
—¿Y si no? Sam, ¿y si no vuelven nunca?
El mencionado mantuvo la mirada y jamás soltó su mano.
Ese pobre chico era una víctima en todo esto, y él no era el mejor con las palabras para decírselo.
—Aunque no volviesen, Jack. Eres parte de la familia, te lo hemos dicho muchas veces. Pase lo que pase, estaremos contigo. Siempre.
Con esas palabras el joven pudo ahora sacar una sonrisa sincera, débil, pero real.
Los Winchester eran tan buenos, tan amables y cálidos. Lo habían adoptado aún sabiendo que era el hijo del diablo. Dean fue reacio al principio, pero lo comprendía, no era para menos. Luego se volvió como un tío genial para él. Castiel era como su padre adoptivo, en sus propias palabras.
Pero Sam era aún más, así no lo dijera. Era un gran amigo, no tenía palabras para describirlo. Fue el primero que confió en él, quien le dio una oportunidad de demostrar su valía. Eso era muy significativo para él.
—Lo sé, Sam. Les agradezco tanto.
—No tienes porqué. Hablaremos siempre de lo que necesites. Ahora, ¿quieres bajar a desayunar? Mamá preparó algo delicioso. Bueno, lo pidió a domicilio pero vamos a fingir que no sabemos eso.
Sam dejó escapar una risa pequeña que el menor correspondió, para luego asentir con la cabeza.
El adulto lo dejó solo por fin y cerró la puerta al salir.
Jack se sentía un poco mejor ahora, eso era cierto. Pero no del todo, talvez eso le costaría mucho tiempo. Aún así, no iba a preocupar a Sam más de lo debido, ya suficiente tenía el cazador con todos los problemas que lo aquejaban como para encima echarle su depresión adolescente.
Ni hablar.
Sacudió la cabeza. Tendría que fingir que todo estaba de maravilla y ponerle a su familia la mejor de sus sonrisas.
Eso haría, eso era lo mejor.
Se irguió en su cama para sentarse y salir de allí de una vez por todas. Se lavó manos y dientes antes de bajar y programó su cerebro para estar lo más alegre posible.
Una vez bajó las escaleras se encontró allí a Sam y a Mary sentados a la mesa, que tenía varios paquetes de almuerzos de McDonald's. Allí también estaba Castiel aunque éste último no comía.
Habían pasado algunas semanas y las personas de Tierra 2 ya habían encontrado lugares para quedarse por su cuenta, por lo tanto ya no estaban allí.
Hacía falta alguien ahí, obviamente. Pero no volvería esto más triste de lo que ya era.
Les sonrió a ellos, justo como se prometió a sí mismo que haría, y ellos le devolvieron la sonrisa. Luego de eso fue a tomar asiento.
—Buenos días Jack.
Saludó Mary con su voz maternal. Ella era muy tierna para él, la protegería siempre. No evitó volver a sonreír para ella.
—Buenos días Mary. Sam, Castiel.
Miró a ambos al pronunciar sus nombres y éstos asintieron en respuesta.
Jack se sirvió un pancake con tocino y algo de ensalada a un lado, lo mismo que todos comían. Estas últimas semanas tenía hambre común de un humano, y aunque eso le dolía porque le recordaba su falta de poderes, tenía que aparentar.
Se podía aparentar a medias, pero no en todo. En el tema debían continuar, todos los días. Nunca en la vida echarían a Dean por la borda.
—Ayer estuve pensando en algo, pero... No lo sé. Es arriesgado.
Se atrevió Cas a romper el silencio, negando con la cabeza, inseguro. Todos dirigieron su vista a él.
—Lo que sea Castiel, dilo. Creo que a estas alturas todo es bienvenido. ¿No, Sam? —la rubia miró a su hijo y éste asintió, luego de masticar su comida.
—Cierto. Venga Cas, dilo.
Jack escuchó a Sam. Por estar pensando en sí mismo y en sus poderes, se olvidó de cómo se sentiría Sam. Por esas palabras, y como sonaba siempre desde que Dean no estaba, podía notar que también fingía. Hacía todo lo posible por llevar esto de la mejor manera y estar tranquilo para los demás.
—De acuerdo —continuó el ángel— ¿Recuerdan el libro de los condenados? Rowena dice que existe un hechizo para revivir a un arcángel. Podríamos talvez traer a Miguel, de nuestra tierra, liberarlo de la jaula.
Terminó su frase, dubitativo. Todos lo miraron, pero Sam en específico reaccionó de inmediato.
—Ni hablar. Creo que un Miguel a la vez es suficiente.
Todos estaban de acuerdo en eso, incluso Cas, pero de igual forma hizo una suave mueca con sus labios.
—Lo sé, Sam, lo sé. Yo también odio la idea de Miguel en cualquier dimensión, créeme. Pero yo no le puedo hacer frente a Miguel, y ya no tenemos ningún arcángel. Pensaba que quizás...
—No —interrumpió el Winchester—. Eso queda fuera de discusión. Cas, date cuenta. Miguel podría matar al otro Miguel, y con ello el envase. Osea Dean.
Espetó Sam con claridad, y todos entendieron el mensaje. Ese tema no se discutía más, estaba descartado.
El ángel volvió a asentir, entendiendo eso casi como una orden.
Mary no sabía ni que opinar, no quería admitir que se sentía inútil pues no tenía ni una sola idea o arma con que pelear por su hijo, y eso ya era demasiado peso que cargar.
Terminó a medias su desayuno y recargó su mentón en sus manos cruzadas mientras que sus codos descansaban en la mesa.
Jack estaba poniendo toda su fuerza para no decir nada respecto a lo obvio, y a lo que sentía.
—... Bien. Pensé en esto otro. ¿Recuerdas los viajes en el tiempo?
La rubia miró con curiosidad a Cas e igual Jack, ellos no sabían sobre eso.
—Algo así —le siguió Sam—. Pero, ¿no habías dicho que el tiempo no se podía cambiar, solo torcer? Algo sobre que cualquier camino lleva al mismo destino —frunció las cejas—. No sé, algo así me contó Dean.
Cas suspiró y asintió.
—Así es. Esas... Esas son las reglas de Dios. Pero Dios no está aquí, ¿cierto?
—No entiendo esto —al fin Mary tomó la palabra— ¿Dios no está aquí y viajes en el tiempo? Me siento perdida en esta charla.
Sam iba a hablar pero Cas le ganó la palabra.
—Es una habilidad que los ángeles no usamos mucho, por la misma complejidad. Una vez llevé a Dean a conocerte en el pasado.
El ceño de la mujer se contrajo y Sam miró a Castiel como si lo castigara por esa información.
Pero ella estaba rememorando, y de pronto llegó a su memoria. Se vio por cómo sus ojos se abrieron al recordar.
—Ese chico extraño...
—Si, ese chico extraño, era Dean —afirmó el ángel y ella simplemente se quedó como si le acabasen de soltar mil verdades.
—Pero si era él... ¿Porqué yo no...?
—¿Podemos dejar ese tema? —antes de que su madre siguiera profundizando en eso, Sam interrumpió— No es relevante ni importante ahora. Meternos de lleno en eso no resolverá nada, además, ¿y qué si Dios no está? Siguen siendo sus reglas.
—Lo sé —se notó la molestia en la voz de Castiel al decirlo—. Pero es una moneda al aire. Una en la que quizás he estado equivocado todo el tiempo y en realidad si podemos cambiar las cosas.
Mary negaba con la cabeza, aún pensando en lo mismo.
—... Supongo que si Dean estuvo en mi época, quiso cambiar las cosas, y no pudo. ¿Verdad?
Sam bajó la cabeza y Cas asintió con tristeza.
—Así fue.
—Entonces no sé porque apostamos por eso, no tiene caso. Además podríamos incluso empeorar las cosas. ¿Qué más hay?
Samuel terminó su taza de café que bebía y Cas se rascó la nuca, relamió sus labios y recargó sus manos en la mesa.
Era obvio que las opciones eran escasas.
Mientras tanto Jack observaba.
—Hay algunos hechizos de rastreo o incluso aniquilación en el libro de los condenados según Rowena pero...
Todos esperaban que el ser celestial terminara su oración.
—¿Pero?
Preguntó Sam.
Mientras tanto Jack observaba. Y aguantaba.
—Pero la mayoría requieren sacrificios muy grandes o... gracia de arcángel. Ninguno es viable.
Sam miró su comida ya sin muchas ganas, Mary suspiró.
Jack observaba, aguantaba, resistía.
Pero no por mucho. Sus pensamientos depresivos y de culpabilidad no tardaron en volver a él tan rápido como se habían ido.
El tenedor que usaba para la ensalada chocó con fuerza ante la mesa, ganando la atención de los presentes.
—Esto es mi culpa.
Los tres lo miraban. Ya conocían esta actitud suya desde lo ocurrido. Suponían que era difícil ser quien era y tratar de ignorarlo todos los días.
—Jack... No lo es, y tú lo sabes.
—¡No, Castiel! ¡Si es mi culpa! Si no hubiera nacido desde un principio esto no estuviera pasando. Dean tenía la razón, toda la razón en odiarme al principio. Pero además, ahora que se supone debería poder hacer algo por él, ¡no puedo!
Golpeó la mesa fuertemente con sus puños, causando el movimiento de todos los cubiertos.
Ninguno sabía que decir con exactitud, el silencio parecía reinar.
El chico tenía un punto válido, pero a pesar de eso, ellos no lo creían así. Jack era de la familia, y no se culpaban unos por otros.
Sam negó.
—Jack. Ya te dije que no te frustres, deja de ponerte tanto peso encima. Encontraremos una solución, lo haremos. Te lo aseguro.
La cabeza de Jack negó aún más fuerte y sollozó.
Hizo a un lado el plato y lo demás antes de dejar caer su cara en la mesa y sobre sus brazos.
Los demás no estaban mejor, para nada. Pero el niño aquí era él.
El niño.
Y casi literal, cuando en realidad tenía a lo mucho un año real terrícola.
Era una mierda ser el pequeño y el que no entiende casi nada de la vida. El que no supera pronto, el que no sana rápido.
Sam se levantó de su asiento y colocó sus manos en los hombros del muchacho.
—Jack. Nosot-
No pudo continuar lo que sea que le fuera a decir.
Un ruido estruendoso se escuchó en la sala del bunker.
Cualquier cazador siempre estaba alerta, pero este ruido además, fue no sólo fuerte, imposible de ignorar. Sino además similar a algo que ya habían oído antes.
Hasta Jack se levantó pronto al escuchar eso. Casi, como si inconscientemente supiera lo que pasaba.
Fue parecido al sonido de un trueno, pero esta vez flamante y con un ligero zumbido.
Sam sacó su pistola y Mary hizo lo mismo. Castiel pronto se armó con su espada y Jack, no le quedó de otra por el momento más que ir por detrás de ellos. Ya tendría tiempo para llorar por eso después. Ahora estaba esta situación.
Todos se aproximaron con sigilo y el arma cargada a la sala, para ver algo que sencillamente no esperaban ver.
Lucía como otra grieta. Esta un poco más abierta y grande, con demasiada luz. Juraban que podían casi ver el espacio a través de ella.
Después de haber pasado por lo que pasaron, casi no tenían duda de lo que se trataba. La duda era, ¿porqué? ¿quién? ¿qué?
Apuntaban sus armas a la reciente aparición cuando en cuestión de segundos algo salió tropezando a través de ella, literalmente. Cayó al suelo en un tropiezo.
Más bien, alguien.
Una persona con terrible olor a alcohol y en únicamente una bata de seda salió de aquella grieta que apareció de la nada.
Llegó tropezando, aunque no tardó en levantarse.
La familia Winchester estaba a la expectativa, jamás soltaron sus armas, pero seguían sin decir nada.
El hombre alto y de cabello negro se agarró la cabeza con su mano derecha. Viajar entre universos fue más fastidio de lo que esperaba. O quizás era culpa de su estado, talvez.
Carraspeó la garganta, antes de ver que tenía gente delante suyo.
—Maldición, eso fue abrumador...
De pronto recordaron a Ketch, pues el aparecido hombre habló con acento británico.
Fue entonces cuando el recién llegado se dignó a mirar al frente, para darse cuenta que no estaba solo, y que además estaba dentro de una casa o algo así.
Vio sus miradas, nada amigables. Y además portaban armas que en efecto, apuntaban hacia él. Alzó las cejas y miró al techo.
—Vaya mamá, se te está pegando el sentido del humor de papá, ¿eh? ¿No pudiste enviarme a un bosque o algo más simple?
Ni Sam ni Mary le quitaron la vista de encima. ¿Qué rayos le pasaba a este tipo? Debía estar loco para hablar tan campante en casa ajena.
—¿Quién diablos es usted y qué quiere en esta casa?
Para sorpresa de todos salió la cazadora al ataque primero. Se puso frente a los demás con la pistola en sus manos.
—Oh, ¡diablos! Casi le atina usted —él sacó una gran sonrisa que era tan forzada como su reciente buen humor—. Bella dama, no quiero problemas. Solo busco a mi madre.
A Mary no le importó la explicación, ella disparó cerca del pie del sujeto.
—¡Wou! Una mujer madura que no se va con juegos, me gusta.
—Cállese.
Castiel traía su espada en mano, pero empezó a ver y estudiar al hombre desde que llegó. Había algo en él.
Una esencia única, especial, inconfundible. Pero... No podía ser cierto. Sus sentidos celestiales seguro ya le fallaban o debían estar engañándolo.
Aún así, por si acaso, puso un brazo delante de la madre.
—Mary, espera...
—¡¿Pero que dices Castiel?! Este sujeto salió de una grieta, quizás es del mundo apocalíptico. ¡No permitiré que dañe a ninguno de ustedes!
—¿Mundo apocalíptico? Sé que tengo mala reputación pero no es para tant-
El azabache se sorprendió a sí mismo cuando se quedó sin palabras, pues le pasó exactamente lo mismo que al otro ángel allí.
Olía otra esencia, la sentía. Y al parecer venía del tipo con gabardina y ojos azules.
¿Podría ser real lo que sus sentidos le decían? ¿Mamá quizás habría creado copias distintas de ellos?
Ambos se quedaron mirando, confundidos, cada uno a su modo. Fueron largos segundos, y eso no podía seguir así.
Ninguno estaba del todo seguro de si estaban en lo correcto, por eso no podían hacer afirmaciones erróneas.
Después de tanto, fue Cas quien se atrevió a hablar. Sólo para hacer la pregunta que rondaba en su cabeza. Deseaba que le confirmara que estaba en un error, es lo que más deseaba.
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
Jack, Sam y Mary miraron incrédulos a su ángel.
El de cabellos negros se acomodó la bata, apenas se daba cuenta de las fachas en que llegó.
Castiel en verdad deseaba confirmar que sus sospechas eran inciertas.
Lástima o no, aquello no pasó.
—Vaya, perdonen la grosería, ¿dónde están mis modales? Algunos me dicen diablo, satanás o vieja escoria, aunque personalmente prefiero mi nombre. Lucifer Morningstar.
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