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EN EL LABORATORIO DE QUÍMICA
Después de aquello no volví a ver a Horo, por lo menos no en el salón de clases, pero parecía que eso no era algo fuera de lo normal, ya que más de la mitad de los estudiantes estaban ausentes para estas alturas y, seguramente, sin una buena excusa por la cual saltarse las clases. Al poco rato de comenzada la penúltima clase logré comprenderlos, ya que las materias tediosas nos las dejaron para el final, haciendo que el día terminara siendo un verdadero fastidio y de no ser porque yo nunca he faltado a clases, lo estaría haciendo en ese mismo instante.
La biología nunca fue mi materia favorita, así que para el momento en que comenzaron a mostrar fotografías sobre el hígado, supe que fue una buena elección sentarme junto a la ventana para poder evadir tener que ver imágenes tan grotescas atendiendo a fuera lo que fuera que pasara del otro lado del opaco cristal.
Recargué mi cabeza sobre la palma de mi mano y descaradamente gire por completo el rostro, para quedar en posición de admirar lo que pasaba lejos del salón; me perdí por un momento en las ramas de los árboles que el viento mecía, en la reja que crucé por la mañana, en el claro del patio en el que se juntaban algunos chicos, en el celeste del cabello de uno de ellos… ¿celeste?
Sólo recordaba a un chico con celeste cabellera en todo el colegio; con un poco más de interés analicé la escena: Horo parado de espaldas a mí, sosteniendo una extraña tabla con un grabado raro, frente a él un chico poco mayor sosteniendo una espada de madera, tras este un montón de maleantes –o al menos eso me parecieron al verles con un poco de detenimiento las caras- y un ¿era eso un ser humano o un duende? Con expresión alterada, que parecía estar tratando de persuadir a mi compañero para que regresara al salón, sin éxito claro, porque al poco rato le vi alejarse de la escuela montado sobre aquella tabla.
-Ren- escuché a mis espaldas y volteé para ver mejor a aquel infame que se había atrevido a llamarme con tal confianza- ¡vaya hombre!, hasta que volteas.
El idiota que me llamaba tenía tal expresión de pereza que me entraron unas ganas increíbles de golpearle el rostro para ver si con eso reaccionaba, aunque parecía que si lo hacía lo único que ganaría sería un "amigo" más y una sanción por parte de la profesora.
-¿Qué quieres?- me contuve al responder
-Es que la clase hace rato que terminó- Miré de nueva cuenta mi reloj, sorprendiéndome de lo rápido que podía pasar el tiempo- Y la próxima es en el laboratorio, así que pensé que era necesario avisarte, para que no te quedes solo en el salón y…
-Hablas demasiado.-le callé
-Apúrate Yoh- escuche a una chica reclamar desde la puerta.
-Bien, ¿Qué esperas? Vamos- se volvió a mi después de cruzar miradas con aquella mujer y me extendió la mano.
Ignoré su gesto y comencé a guardar mis útiles en la mochila; la regla de metal frío, las tijeras azules, el sacapuntas, todos mis accesorios que parecían nuevos; me di cuenta entonces, de lo poco que los usaba y de la cautela con la que cada día revisaba que todos estuvieran allí.
Tal vez era una de esas conductas, reflejo de la educación familiar, si, de esas que tanto trabajo cuesta hacer a un lado, o quizá era el simple deseo de tener a mano lo que necesite, en caso de algún imprevisto.
Terminé con aquel extenuante ritual antes de darme cuenta de que ya ninguno de los estudiantes estaba en el salón; ni siquiera Yoh, o como fuera que se llamase y su ama, o lo que sea que fuere; y…extrañamente, por un segundo me sentí solo, más no por el hecho de encontrarme en un país ajeno al mío, cientos de kilómetros lejos de mi familia y mi antigua escuela, ni por estar en un salón vacío analizando mi propia conducta; más bien lo sentí al escuchar resonar dentro de mis oídos aquella palabra: amigo y darme cuenta que en verdad, jamás en mi vida me había dado el tiempo de buscar uno.
Pero como dije antes, fue sólo por un segundo.
Con la mochila a cuestas traté de encontrar el laboratorio, negando que hubiese sido buena idea seguir a aquel chico que me ofrecía su ayuda. Fui mirando en cada uno de los salones, topándome a veces con parejas acarameladas o chicos carentes de respeto a la inmobiliaria haciendo de las suyas. Una tras otra, las imágenes vulgares venían a mí.
Me sorprendí al toparme con aquel duende dentro de un salón, cargando un pesado libro y una bata de laboratorio; supuse que no sería buena idea preguntarle donde estaba mi clase, la primera vez que había preguntado algo así ya me había causado suficientes problemas; así que me seguí de largo, pero…
-Tao ¿Qué haces aquí?-Bien, por lo menos no se tomaba las confianzas que otros.- La clase de química es un piso más abajo, ven, te mostraré por donde.
-Yo nunca pedí tu ayuda, enano- me molesté y di media vuelta, tratando de llegar a las escaleras, ignorando por completo el hecho de que supiera mi nombre.
-Que grosero- alcancé a escuchar un murmullo a mis espaldas.
Cuando por fin di con el mentado lugar, entré y esperé unos minutos a que el maestro se percatara de mi presencia. Con una bata blanca bastante larga y unas ojeras increíbles que tapaban gran parte de su pálido rostro, el profesor se dirigió hacia mí.
-Veo que llegas tarde, bien, no hay problema- supuse que las cosas se arreglaban sin dificultad como siempre- ya que es la última clase puedes quedarte a ayudarme a limpiar el material.
Me vi incapacitado para responder, no por miedo, ni vergüenza, fue simple jerarquía la que me calló. Volteé después a la puerta, por donde aquel enano entraba descaradamente, abusando de su falta de estatura para que el profesor no notara su retraso, le maldije.
El profesor, sin advertir al otro chico se alejo hacia su escritorio, acomodándose un poco el despeinado cabello rubio.
-Ya comenzamos a formar equipos, pero creo que queda un lugar en alguno- miró hacia unas hojas apiladas sobre su mesa- déjeme ver- las revolvió- ¡ah! Aquí esta, el equipo número cinco- me miró- por favor sirva en sentarse al lado de Azakura.
Volteé hacia donde el índice del maestro señalaba. No podía creer la mala suerte que tenía, frente al que sería mi lugar de laboratorio estaban el duende cabezón, el inglés de pelo verde que se había sentado a mi lado durante la primera hora e Yoh, con todo y su ama.
Resignado tomé asiento.
-Que suerte que nos tocara juntos, ¿no crees?- no, no lo creía.
Poco a poco fui conociendo un poco mejor a los otros integrantes del equipo, Lyserg Diethel, si no recuerdo mal era el nombre del inglés; un ser calmado y apacible, a no ser que…
-Hao, ¡Maldito desgraciado, deja de molestar!- se topara con el gemelo idéntico de aquel que se sentaba a mi izquierda.
El ama de Yoh resultó tener nombre, Anna Kyuoyama, y fue la única que me dejó una buena impresión, sentada, recargando la cara sobre su mano, no haciendo más que dirigir a su pequeño subordinado, en definitiva no tenía problemas con ella.
El enano sabelotodo, Manta Oyamada, que hacia, en general, la mayor parte del trabajo mientras regañaba a su amigo o se quejaba o cualquiera de esas cosas que dejaban ver su carácter débil y complaciente.
Yoh, por otro lado, no tenía muchas conductas dignas de observar, era, como lo había percibido desde un principio, un ser fácil de entender, con ninguna otra preocupación que la de sentirse a gusto. Definitivamente me desagradaba.
Mientras tomaba los apuntes de los materiales que había en el laboratorio y de las maneras en las que podían ser usados, atiné a mirar en cada mesa; todas contaban con un total de seis personas, entonces ¿Por qué en la nuestra sólo habíamos cinco?
-¿Mañana podrías pasarle los apuntes al otro miembro del equipo? es que los míos no son tan buenos- preguntó Yoh
-¿Al otro miembro?
-Sí, anoté a Horo en nuestro equipo, porque siempre lo hacemos así, desde aquellas épocas del hanashi-ai- dijo con un tono melancólico, como si recordara tiempos mejores.
-Hanashi…
-Es cierto, olvidaba que tú vienes de China.- exclamó Manta al recordarlo- el hanashi-ai es una actividad que hacíamos en la primaria para resolver problemas matemáticos gracias a razonamientos lógicos- comenzó su explicación- y como podrás intuir, los razonamientos de Horo e Yoh eran un sarta de tonterías que yo siempre me encargaba de corregir- concluyó dándose ciertos aires de suficiencia.
-En otras palabras, hemos trabajado en el mismo equipo desde hace mucho tiempo.-agregó Yoh.
-En todo caso- ignoré las largas explicaciones -Si quiere los apuntes tendrá que pedírselos a otro.
-No se preocupen, yo se los paso- me interrumpió Manta
-Pero Manta, él nunca logra comprender tus apuntes tan raros.
-No creo que importe, de todas formas nunca los lee- rieron un poco
-No me dejan escuchar- Anna finalizó con la charla de manera cortante y dirigiendo una peligrosa mirada a cada uno de ellos, como advirtiéndoles que si volvían a abrir la boca mientras ella trataba de apuntar el dictado del profesor sería la última vez que la abrirían.
Así, los minutos siguieron pasando, haciéndose cada vez más pesados, y mi cabeza comenzó a punzar al escuchar los quejidos del moreno de peinado afro de la mesa contigua, el ir y venir de los avioncillos de papel que volaban sobre la cabeza del inglés que, durante todo ese tiempo, había estado atento a la clase y todas aquellas molestas cosas que se vivían en el salón.
Y de pronto, los cuadernos resonaron cerrándose estruendosamente al momento en que el profesor dio fin a la clase. Yo sentí un increíble alivio al haber pasado la primera prueba, es decir, el primer día de clases en aquel manicomio.
Comencé a guardar de nueva cuenta mis cosas, agachando un poco la mirada, cuando escuché una fémina voz del otro lado de la mesa, llamando por el inglés. Era una chica de ojos rojos la que esperaba respuesta. Él le sonrió y enseguida cargó ambas mochilas.
-Bueno, nos vemos mañana- se despidió Lyserg con otra sonrisa. Odiaba a la gente que sonreía con tanta facilidad, pero ni que hacerle, allí parecían ser todos iguales.
-Nos vemos- le siguió Manta- tengo que llegar a tiempo a mis clases extras.- también odiaba a los que estudiaban en exceso, aunque ver de aquellos en esa escuela sí parecía ser difícil.
-Adiós, Ren- otra vez sus confianzas me exasperaban.
Y finalmente salió la última, sin despedirse, sin hacer algún torpe comentario o emitir aquel gesto ridículo que se llama sonrisa, sencillamente se fue, tal y como debe ser.
Como siempre, me quedé al final, acomodando el último libro cuidadosamente en su lugar. Sin pasar si quiera un segundo después de encaminarme a la puerta alcansé a escuchar su voz.
-Joven Tao.
-¿Si?- Respondí y me gire para ver al profesor sosteniendo unas probetas. Había olvidado que tenía que permanecer allí un rato más, otra vez sentí aquella pesadez.
-Entre más rápido comience más rápido terminará.
Dicho lo cual, sin una segunda orden, limpié una a una las cosas que el maestro dejaba a mi lado.
-No cabe duda que eres un chico eficiente- me elogió.
Sin responder continué con lo mío. Hasta que entro una mujer de largos cabellos rubios; su uniforme: el de una enfermera común, sin embrago, he de decir que le hacia verse fuera de lugar, me refiero a que se le veía pulcra entre la suciedad.
-Fausto- llamó- es hora de irnos
-Lo lamento- su actitud cambió de inmediato, ahora, si lo veía bien, parecía un adolescente enamorado –pensé que trabajarías en la enfermería hasta tarde.
-Dejé a Sathy a cargo, después de todo, al ser el primer día de clases, no muchos se quedan en actividades extra.
-Entiendo- dijo antes de volverse a mi- puedes irte, parece que te has salvado de limpiar el resto.
Sin pensármelo me apresuré a tomar mis cosas y, prácticamente, huir de allí. Pasé por la puerta hasta los pasillos viejos, caminé entre ellos con la misma soberbia de siempre, seguí mi camino al salir al patio, y finalmente, deje la escuela a mis espaldas.
De nueva cuenta sobre la acera de la calle me detuve para mirar por última vez en el día, la reja medio pintada, la multitud aglomerada junto a ésta y el árbol sobre el cual había tomado mi leche aquel primer día de escuela, ese que marcó el inicio de muchos otros que fraguarían un gran cambio en mi vida.
Di un paso y otro apenas a la mitad cuando sentí una gota caer en mi nariz. La lluvia me baño en cuestión de minutos. Parecía ser que mi mala suerte no había terminado aún, muy por el contrario, los verdaderos problemas parecían avecinarse recién.
NOTAS:
Sobre el "hanashi-ai": se trata de una actividad que realizan los niños en japón a nivel primaria para resolver ejercios matemáticos. Se les expone un problema a los niños, el cual implica razonamientos de nivel superior a los que ya se tienen (ejemplo: para solucionar le problema debe emplearse una multiplicación, sin embargo los niños sólo han visto sumas y restas.) entonces, por equipo deben tratar de dar una solución y exponerla ante los demás para comparar resultados. Finalmente el profesor explica la forma en que tiene que ser resuelta. No sé si a alguien le interese esto, pero como investigué mucho al respecto tenía ganas de darlo a conocer.
Sobre el título: me disculpo por no haber pensado con tiempo en un buen título para el capítulo, prometo tenerlo para la próxima actualización. Como lo prometí, ya tiene título, aunque creo que ese está muy feo, pero como verán mi cerebro se seca cada día un poco más, es a causa del calor.
Sobre los reviews: les agradesco mucho a todos los que me dejaron review y espero que quienes leen esta historia se animen a dejar algún comentario. Me motivan mucho.
Eso sería todo, ya que me siento como dopada y sé que si sigo ecsribiendo voy a terminar exponiendo tonterías que no deberían ser leidas, como que recién me quemé el dedo haciendo café y cosas por el estilo.
