Por alguna razón que no comprendo, la canción El príncipe de la dulce pena IV (Magö de Oz) me inspira a escribir una barbaridad fanfics sobre el Hobbit (y eso que la temática no tiene NADA que ver).


I. Un cuento nunca oído

Fili, hijo de Dis, soñaba en el efímero paso de día a noche. Y sus sueños estaban plagados de oscuridad y gritos fantasmales.

Por un momento borró la distancia en el espacio y el tiempo, volviendo atrás sobre un millón de pasos y mil días hasta Erebor, La Montaña Solitaria, en el último Día de Durin que los enanos habían celebrado.

Aquel día el llano que se extendía a los pies del bastión se llenó con el sonido de gritos de guerra y redoble de tambores.


Fili y Kili regresaban de una gratificante mañana de cacería (aunque sin presas) en las faldas de la Montaña Solitaria cuando notaron que algo no estaba bien.

En primer lugar, no se habían topado con ningún carruaje en el constante trajín de idas y venidas entre Erebor y la Ciudad del Valle. Ello era más raro si cabía siendo el día que era. El Día de Durin era la fecha más importante del año para la cultura enana, y aquella noche la celebración más grande que se recordaría jamás tendría lugar en la Cámara de Thror. Los enanos eran previsores y los preparativos ya llevaban meses en marcha (prácticamente desde la anterior Fiesta de Durin), pero siempre había alguien que decidía a última hora que no había suficiente cerveza o carne de buey y una nueva remesa venía desde Dale.

A pesar de la inusual ausencia, los hermanos ascendían la cuesta riendo en voz alta y gastándose bromas mutuamente. Seguían siendo niños para la medición de sus gentes y estaba en su naturaleza ser inconsecuentes y despreocupados, convencidos de que no podían morir.

Oh, qué equivocados estaban.

Creo que tendrás que darte un baño antes de la fiesta ―opinó Kili, alargando la mano y quitándole una ramita que se había enredado en sus rizos rubios―. No queremos que tu ilustre acompañante huya despavorida por culpa de tu falta de higiene.

¿De qué estás hablando? ―sugirió Fili, mirándole con el ceño fruncido.

El baile ―le recordó Kili, con un tono que daba a entender que creía que era idiota―. Los herederos deben sacar a bailar a alguien. Es el protocolo ―añadió, encogiéndose de hombros.

Fili no respondió, limitándose a disminuir el paso mientras clavaba la vista en el suelo. No le seducía especialmente la idea de tener que fingir cortesía frente a una desconocida. En su imaginación, su acompañante en la fiesta tenía un largo cabello oscuro moteado de broches de oro, danzando alrededor de su rostro sonriente al igual que la túnica azul de la línea de Durin…

Tardó varios segundos en darse cuenta de que su hermano le estaba hablando.

¿Qué? ―sugirió Fili, volviendo a la realidad.

Kili le dedicó una sonrisa torcida.

No te hagas el inocente. Hablo de Horde. La de… ―se llevó las manos al esternón, simbolizando unos gigantescos pechos invisibles― …ya sabes.

Fili le dio un puñetazo en el brazo. Kili se rió entre dientes mientras se lo frotaba.

Venga… No puedes haber pasado por alto sus encantos ―repuso el más joven―. Y el abuelo se sentiría orgulloso, la verdad. Tengo la sensación de que si pudiera te casaría con cada enana de Erebor.

No tengo ningún interés en casarme todavía, gracias ―gruñó Fili entre dientes, esperando dar la discusión por zanjada.

No obstante, Kili parecía no querer cambiar de tema.

¿No es eso por lo que coqueteas con cualquier enana que se acerca? ―repuso. Sonaba malicioso, pero había un trasfondo curiosamente amargo en su voz.

Fili se detuvo y le miró con los ojos azules oscurecidos y la boca entreabierta por la contundente observación. Le dolía que su hermano tuviera aquella visión de él. Nunca había compartido más que besos (en el más extremo de los casos) con aquellas enanas, y la razón era tan clara y vibrante en su cabeza que sentía un miedo atroz a confesarla, incluso para sí mismo.

¿Oyes eso? ―sugirió Kili de pronto, sacándole de sus cavilaciones.

Su hermano había tenido más barba en aquella época; no demasiada, pero sí la suficiente como para trenzarse el vello oscuro del mentón. Su gesto serio se veía acentuado por aquel rasgo mientras giraba sobre sus talones y observaba el llano que se extendía tras ellos.

Fili vio los ojos de su hermano dilatarse de alarma, y siguió la trayectoria de su mirada para descubrir la razón.

La llanura estaba ocupada por un ejército que se movía lentamente, pero sin pausa, avanzando hacia el bastión. Si achicaban los ojos podían discernir que se trataba de una amalgama de orcos y trasgos, no muy diferentes en el fondo salvo por el tamaño, con las lanzas y otras armas deformes en ristre. Algunos montaban gigantescos huargos grises o negros, sin duda aliados en la guerra que se avecinaba. No llevaban estandartes sino calaveras de diferentes animales erguidas hacia el cielo en el extremo de sus lanzas.

Se dirigían a Erebor.

Que Mahal nos proteja… ―murmuró Fili, incapaz de hacer o decir nada.

Su hermano oteó el paisaje, esperando ver una columna de humo elevarse desde la ciudad al pie de la montaña, más nunca la encontró.

Dale parece indemne ―observó.

No es la Ciudad del Valle lo que buscan ―opinó Fili con la voz entrecortada―. Vamos.

Y dicho esto tomó la mano de su hermano y echaron a correr tan rápido como les permitían sus cortas piernas en dirección a las puertas del bastión. A sus espaldas, el rugido de las tropas enemigas se elevaba como un siniestro réquiem.

Corrieron hasta perder el aliento, sin mirar atrás ni atreverse a pensar lo que vendría después, cuando consiguieran alcanzar los muros de Erebor. Habían crecido escuchando los relatos de las gestas de guerra de su bisuabuelo, abuelo y tíos, pero nunca se habían atrevido a imaginar que ellos se verían envueltos en una. Sus mentes sencillamente no podían asimilar aquella idea, así que se guiaron por el más primitivo instinto de supervivencia y forzaron su cuerpo hasta quedarse sin aliento.

¡Fili! ¡Kili! ―gritó una voz conocida tras varios minutos, largos como Edades.

Levantaron los rostros sudorosos, jadeando por el ímpetu. Su tío Thorin venía hacia ellos trotando ladera abajo sobre un poni y llevando las riendas de otros dos, a todas luces para ellos. Se detuvo en un elegante arco cerca de ellos, pasándoles los arneses. Ambos montaron lo más rápido que pudieron y se encaminaron hacia el bastión a galope tendido junto a Thorin.

Tío… ―intentó decir Kili.

No ahora ―le cortó Thorin―. Solo corred.

Las Puertas del Río estaban abiertas, esperándoles, pero se cerraron pesadamente tras ellos una vez cruzaron el umbral, empujadas por dos decenas de enanos. Los portones fueron cerrados con sus respectivos mecanismos justo después, y posteriormente apuntalados con gigantescas vigas.

Fili y Kili desmontaron rápidamente, sintiendo las piernas tan temblorosas que temieron que les dejaran caer allí mismo sin mayor ceremonia. Por suerte su tío acudió raudo a estrecharles en un abrazo cálido que sirvió a la vez de apoyo.

Gracias a Mahal que estáis a salvo… ―murmuró, apretándoles firmemente los hombros.

Thorin había sido un padre y un modelo a seguir dado que sus padres, Dis y Vili, habían muerto cuando Fili y Kili aún eran pequeños. El cariño que les profesaba, si bien camuflado bajo monumentales regañinas, estaba oculto a la espera de situaciones como aquella.

Su abuelo y su bisabuelo se acercaron con aplomo en dirección a las puertas, notablemente aliviados de que estuvieran a salvo. Thrain era una versión más joven de su padre, ya anciano aunque con la grandeza y capacidad para resultar intimidatorio que todo rey enano poseía. Sus ojos, profundamente azules, se habían saltado una generación para llegar hasta Thorin y sus ya fallecidos hermanos.

¿Cómo han podido llegar hasta aquí sin que nos diéramos cuenta? ―preguntó Fili, intentando que sus constantes vitales se normalizaran.

No han venido todos de un mismo sitio ―explicó Thorin―. Mordor, las Montañas Nubladas, más allá de las Colinas de Hierro… Es un despliegue a gran escala. Los cuervos no han cesado de llegar desde hace dos horas.

¿Qué es lo que buscan? ¿Qué pretenden atacando Erebor? ―se cuestionó Kili en voz alta, buscando una respuesta entre sus mayores.

El oro ―masculló Thror con absoluto resquemor―. El tesoro de La Montaña Solitaria es famoso en casa rincón de la Tierra Media. Con nuestra fortuna podrían permitirse la guerra que esa despreciable raza siempre ha deseado. No podemos permitir que se apoderen del tesoro.

La Ciudad del Valle… ―apostilló Fili, ignorando en gran medida la última intervención de su bisabuelo. La seguridad del tesoro real le parecía la menor de sus preocupaciones.

Los hombres de Dale y Esgaroth se dirigen al sur, a Rohan, para buscar la protección del Rey Théoden ―dijo Thrain en respuesta―. Los Valar quieran que los orcos no topen con ésa pobre gente.

Guardaron silencio mientras enanos armados con hachas y espadas pasaban fugazmente a su lado, yendo de un lado para otro y gritando órdenes en khuzdul. Fue Thorin el que rompió la incómoda ausencia de diálogo.

¿Qué debemos hacer ahora? ―fue la escueta pregunta.

No hay nada que temer. Nunca nadie ha atravesado los muros de Erebor sin el consentimiento de su rey ―se hizo oír Thror con absoluta calma―. Las maldiciones de los Siete caerán sobre cualquiera que se atreva a profanar nuestros Sagrados Salones.

No es tiempo de invocar antiguas supersticiones, padre ―protestó Thrain, Príncipe bajo La Montaña, a voz en grito―. Si un ejército de semejante tamaño se planta antes nuestras puertas, no resistiremos eternamente.

Abuelo, debemos reunir al Consejo ―insistió Thorin, echando una mano a la empuñadura de su espada―. Y tomar una decisión cuanto antes.

La presión de dos generaciones pareció ser suficiente para Thror, que cerró los ojos momentáneamente y agachó la cabeza en señal de aceptación. Cruzó las manos llenas de anillos a la espalda en una postura grandilocuente.

Sea así ―accedió finalmente, y se dirigió pisando fuente en dirección al Salón de Reuniones.

Thrain se volvió hacia su hijo y le dedicó un gesto de cabeza, un claro símbolo de agradecimiento, antes de seguir a toda prisa a su propio padre. Thorin les miró marcharse durante unos segundos antes de volverse hacia sus sobrinos, que le miraban expectantes y con expresiones desoladas. Se aclaró la garganta al hablar, intentando parecer menos asustado de lo que estaba.

Será mejor que vayáis a vuestra habitación ―dijo, tratando que su voz no temblara―. Habrá mucho ajetreo por aquí, y no tenéis por qué veros envueltos. No antes de lo necesario.

Lucharemos contigo si se presenta la ocasión, Thorin ―repuso Kili con determinación antes de que Fili pudiera abrir la boca―. Nada ni nadie podrá negarnos ése derecho.

Fili le había mirado en aquel momento, orgulloso y aterrorizado al mismo tiempo. Lo último que deseaba era permitir que su hermano menor se expusiera al peligro en una guerra contra los orcos, pero también sabía que ni él ni nadie sería capaz de mantener a Kili alejado de la batalla si él así lo quería.

Por primera vez en su corta vida, Fili tuvo miedo. Uno que le hizo estremecer.


Los que siguieron fueron días de pesadilla.

Para empezar, el ejército de orcos y trasgos alcanzó el bastión antes de la caída del sol. Un horror desconocido se adueñó de los más jóvenes descendientes de Durin al oír aquellas criaturas deformes aullar un millón de amenazas en dirección al bastión de Thror. Su tío les permitió asomarse con cautela a uno de los ventanales más altos del muro frontal, aunque posteriormente los dos muchachos habrían deseado no hacerlo. Habían oído todo tipo de historias sobre orcos y trasgos (e incluso habían cazado algún grupo reducido en las faldas de La Montaña), pero ningún relato podía acercarse a aquella pavorosa realidad. Tuvieron que regresar apresuradamente al interior cuando flechas rudimentarias empezaron a impactar en la roca pulida a escasos palmos de sus cabezas.

Thrain se había encargado de instaurar la paz como bien había podido, desplazando a madres e hijos hacia las cámaras más profundas del bastión y poniendo hachas y espadas en las manos de los enanos y enanas más capaces para la lucha. Todo ello, por supuesto, era una previsión en caso de que sucediera lo peor y efectivamente las puertas cedieran. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero se les hacía una opción probable.

El resultado del primer día les dio la razón.

Los enanos poseían la maquinaria de guerra más avanzada de la Tierra Media, en consonancia con su inventiva y habilidad en la forja… pero pronto advirtieron que ello no les daría la victoria. No importaba cuántos orcos y trasgos quitaran de en medio las catapultas, proyectiles y explosivos: tres nuevos llegaban para sustituir al caído y el horizonte seguía lleno de cabezas deformes que aullaban en disonancia. Aquel ejército maldito no parecía dormir ni retroceder.

En la segunda jornada, Thrain desplegó a los arqueros y ballesteros. Los arquería no era un arte muy apreciado entre los enanos (se consideraba madera de elfos), pero Kili era sin duda uno de los mejores. Se empeñó en acompañar a los ciento cincuenta arqueros y los doscientos ballesteros en los balcones al frente del bastión aun cuando su tío y su hermano se desgañitaron intentando convencerle de que permaneciera en las cámaras interiores, a salvo.

En honor a la verdad, Kili despachó a más de una treintena aquel día y la noche que le siguió, aunque fuera poco en el cómputo global. Se había esforzado en liquidar cabecillas, los orcos y trasgos mejor armados o más grandes, que morían desangrados antes de poder comprender lo que había pasado.

Cuando se retiró de nuevo al interior, en el reemplazo de medianoche, sus ojos habían perdido el brillo y su mano temblaba ligeramente al sostener el arco, pero no emitió queja alguna y pasó con aire serio frente a su hermano y tío en dirección a sus aposentos.


El tercer día desde que empezara el asedio, Fili despertó en la habitación que compartía con su hermano tras haber disfrutado de un sueño ligero de apenas cuatro horas. No había dormido desde que se iniciara la batalla, pero Kili le había insistido en que debía descansar (para el supuesto de que entraran en batalla) y había accedido a tenderse un rato.

A aquellas alturas el sentido del tiempo empezaba a ser diluido en su mente, de modo que no sabía si era por la mañana, mediodía o el sol estaba a punto de ponerse. La recámara estaba en uno de los puntos más profundos de la montaña, así que ni el fragor de la batalla ni el ajetreo de la resistencia llegaban hasta allí.

Al incorporarse descubrió a su hermano sentado en un taburete en una esquina sombría, con la espalda apoyada en la pared y el arco y las flechas a sus pies. Levantó la cabeza al oírle moverse, desvelando un rostro de ojos inyectados en sangre y ojeras monumentales. La imagen misma de la desesperanza.

Thror ha muerto ―murmuró únicamente.

Fili permaneció inmóvil unos instantes, intentando asimilar la aplastante nueva. Ellos y su bisabuelo nunca habían estado especialmente unidos, pero igualmente la noticia fue como una puñalada.

¿C-cómo ha sucedido? ―preguntó.

Algunos orcos habían conseguido trepar con cuerdas hasta los balcones ―relató Kili con voz monótona, apersonal, sin dejar de mirarse las botas―. Thror perdió los nervios y salió en pos de ellos enarbolando su espada. Él y otros doce fueron decapitados.

No era una muerte demasiado heroica par aun gran rey, pero Fili no tuvo tiempo de lamentarse.

Lo único que tenía sentido en aquel momento era que Kili no se había atrevido a mirarle en todo el rato, como si temiera que él fuera a ver algo oscuro y desagradable en sus ojos. Fili avanzó hasta poner una mano en su hombro: Kili se estremeció ante el contacto, tensando los hombros y empezando a temblar de forma perceptible.

Kili… ―empezó Fili.

He matado a tantos… ―murmuró Kili con los ojos desorbitados―. A tantos, Fili... Pero nunca se detienen. Vienen más y más… Ni en las peores pesadillas imaginaba algo así.

Fili permaneció estático, empezando a sospechar lo que estaba sucediendo. Lo había oído de labios de su tío Thorin en algunas de sus historias, aunque él tratara de incidir lo menos posible en aquel tipo de detalles. De guerreros fieros como nadie que sufrían algún tipo de estrés súbito, una batalla sin esperanza, y su espíritu se veía quebrado. Le había sucedido a su tío Frerin, desequilibrándole hasta el punto de llevarle a una muerte que podía tacharse de suicida… y ahora su propio hermano, aún no un adulto para la medición de sus gentes.

Kili, ¿cuánto hace que no duermes? ―preguntó, zarandeándole suavemente.

El aludido pestañeó compulsivamente mientras tragaba saliva.

Desde antes de que fuéramos a cazar ―tartamudeó.

Por los Valar, hacía más de tres días. Fili comprendió entonces que todas las veces que su hermano se había retirado alegando que iba a descansar había permanecido en vilo, tumbado en la oscuridad, rememorando las escenas de la batalla una y otra vez. Que por mucho que demostrara valor, Kili estaba asustado por lo que estaba sucediendo. Por la posibilidad real de morir, de que todo y todos los que conocían perecieran bajo el fuego y el olvido.

Él también estaba aterrado, muy en el fondo, tras la barrera firme que debía tener todo heredero de Durin.

Se arrodilló frente a Kili y le puso las manos a ambos lados de la cabeza, inclinándole para que sus frentes coincidieran. Sintió la respiración superficial y errática de su hermano impactar sobre la propia piel, aunque calmándose paulatinamente. Ambos debían ser valientes por el otro, y Kili ya había soportado más de lo que alguien de su edad debería haber visto.

De repente, un ruido que no supieron identificar llegó hasta ellos desgarrando el silencio imperante. Se separaron a la velocidad de un relámpago y permanecieron alerta, escuchando.

El sonido se repitió al cabo de unos segundos, con el mismo timbre e intensidad exactos. Aunque nunca habían oído nada semejante, fueron capaces de identificar aquel siniestro retumbe como el golpe de un ariete.

Intentan tumbar las Puertas del Río… ―murmuró Fili.

En menos de lo que dura un parpadeo ambos tenían sus armas en las manos y corrían a toda prisa por los pasillos. Por el camino se toparon con enanos y enanas que gritaban de pánico, corriendo en dirección contraria. Los niños lloraban de miedo y se aferraban desesperadamente a sus madres. No eran guerreros, por mucho que fueran capaces de empuñar un arma en defensa de su familia: comerciantes, artesanos y jugueteros. Erebor siempre había sido un reino pacífico salvo cuando una guerra venía a llamar a sus puertas, como era el caso.

Tardaron poco más de diez minutos en llegar al inmenso vestíbulo que antecedía a las Puertas del Río, apuntaladas como el primer día del ataque. Los portones temblaban y se estremecían con cada acometida, dejando una nube de polvo en el aire.

Allí estaban todos los que siempre habían amado y conocido. El viejo Balin, su educador desde que apenas eran niños, y Dwalin, el gigantesco guerrero que había puesto la primera hacha en sus manos. Los hermanos Bofur y Bombur, que les habían colmado de juguetes, y su primo Bifur, herido en una batalla tiempo atrás sucedida. Dori y Nori ya blandían sus armas en dirección a la puerta, con total seguridad en un intento de proteger a su hermano menor, el inocente Ori. Gloin, uno de los guerreros más fieros que había existido, ya empuñada su hacha y emitía gritos de guerra al lado de Oin, el mejor sanador que Erebor había tenido en siglos.

Todo parecía pasar a una velocidad anormalmente lenta mientras Fili y Kili se abrían paso entre todos aquellos rostros conocidos hasta llegar a su tío. Thorin, apodado Escudo de Roble, que se apoyaba en su gigantesca espada al frente de la multitud y al lado de su padre. El enano no pasó por alto su presencia allí.

¿Qué, en nombre de Durin, estáis haciendo aquí? ―les espetó, echando fuego por los ojos―. Deberíais estar a salvo en las cavernas interiores.

Un nuevo golpe de ariete, que provocó mayor estruendo que los anteriores, hizo bambolearse la puerta y estremecer momentáneamente las cabezas de los presentes. Fili se adelantó hasta posicionarse al lado de su tío, seguido muy de cerca por su hermano.

Hemos venido a luchar contigo, Thorin ―sentenció―. Lo prometimos, y no hemos cambiado de opinión.

Insensatos ―gruñó Thorin, elevándose sobre Fili con toda su altura―. ¿Qué sucederá si ésos monstruos tienen éxito y entran en el bastión?

Kili no dijo nada, pero apretó la empuñadura de su espada con una mano que le temblaba debido a la tensión. Fili habló por él, aunque en el fondo de su alma deseara hacer cualquier cosa por proteger a su hermano menor.

Volveremos a la piedra, en ése caso ―murmuró, con la voz estremecida pero llena de coraje―. Y nos reuniremos algún día en los Salones de Durin, junto a madre y padre y el tío Frerin.

El ariete impactó de nuevo contra la puerta, acompañado del redoble de un millar de tambores. Podían sentir los gritos excitados de los orcos y los tragos, una música tan horrible que ninguna raza sería capaz de reproducirla.

Thorin los había mirado entonces, seguramente con cientos de escenas del pasado desfilando por su mente. Los había visto crecer desde que eran tan pequeños que cabían en sus manos abiertas, corretear como monstruitos ruidosos por los inmensos salones mientras jugaban a ser héroes de leyenda. Convertirse en guerreros con la esperanza de que nunca tuvieran que probar sus habilidades.

Y Thorin había tomado en aquel momento la decisión más grande de su vida, aunque tardaría mucho en descubrirlo.

No hoy ―sentenció con absoluta convicción―. Venid conmigo.

Dicho esto miró brevemente a su padre, intercambiaron un asentimiento y se abrió paso entre la multitud en dirección contraria a los portones. Fili y Kili lo siguieron, sin comprender las sonrisas tristes puestas en ellos y las miradas extrañamente aliviadas de los que les rodeaban.

Poco después una idea empezó a aflorar en sus mentes. ¡Seguramente Thorin tenía algún plan para salvar Erebor! Y necesitaba la ayuda de ellos, ni más ni menos. Casi volaron más que corrieron tras los pasos de su tío en su camino por la escalera.

Justo cuando irrumpían en el rellano del segundo piso, lo oyeron.

Un crujido horrible acompañó al siguiente golpe en los portones, obligándoles a volver la vista atrás y dos niveles bajo el que se encontraban. Un gigantesco ariete en forma de cabeza de lobo con la boca en llamas se vislumbró fugazmente entre la nube de polvo y astillas antes de que los orcos se adentraran en la montaña como una plaga mortífera.

Las Puertas del Río habían caído. Erebor estaba perdida.

Seguid ―les azuzó Thorin, instándoles a no mirar atrás.

Corrieron a toda prisa por los pasillos interminables, oyendo a sus espaldas el entrechocar de los aceros y el rugido de los orcos adentrándose en la fortaleza. Aquel sonido les inundó los oídos hasta que Thorin les hizo entrar en la Sala del Trono, cerrando firmemente la puerta tras ellos.

El Salón del Trono de Erebor era el mayor logro arquitectónico de los enanos desde Moria. Horadado en la misma piedra verde que el resto del bastión, diversos pasos elevados coincidían en uno solo que conducía en línea recta hasta el trono mismo, donde el techo descendía a besar el asiento elevado como una señal de que la montaña misma se inclinaba ante su Rey. El camino central estaba flanqueado por las estatuas de los antepasados, efigies de al menos cien varas de alto que enarbolaban sus hachas en homenaje.

Thorin debía sentarse algún día en aquel trono, y Fili después de él. No obstante, Thorin ignoró el asiento, en cuyo respaldo se encajaba la legendaria Piedra del Arca, tomó una de las antorchas que decoraban las paredes y se dirigió a algún punto situado justo detrás.

Fili y Kili conocían bien el espacio situado tras el trono porque habían jugado un sinfín de veces a esconderse tras las esculturas que lo decoraban cuando eran aún muy niños (ya no cabían en aquellos pequeños huecos). Balin les había dicho que las seis estatuas de apenas metros y medio que ocupaban la parte trasera del trono eran figuras a escala del primer Durin, apodado el Inmortal, y los otros cinco que llevaron su nombre,

Thorin empujó con esfuerzo la estatua de Durin III, su antepasado, que ocupaba un pequeño trozo de pared tras el trono junto a los dos que le precedieron y los tres que le siguieron. Cuál fue la sorpresa de los dos hermanos al ver una obertura en la roca, no mucho más alta que un enano medio, que se perdía en forma de túnel en el interior mismo de la montaña. Un frío anciano provenía de dentro del pasadizo, y la antorcha apenas iluminaba unos pocos metros.

¿Qué es esto? ―sugirió Kili, inquieto.

No hay tiempo para preguntas ―repuso Thorin, tajante―. Entrad.

Ambos obedecieron sin planteárselo. El aire estaba enrarecido allá dentro: quién sabe cuánto tiempo llevaba cerrado sin que nadie lo transitara. Miraron a Thorin, esperando que les diera instrucciones. El enano tomó aire varias veces antes de atreverse a hablar, los ojos azules imbuidos de pena.

Solo Balin y mi padre aparte de mí conocen ahora este túnel. Da directamente a la falda de La Montaña, a los lindes del Bosque Negro ―les explicó―. Girad la primera bifurcación a la izquierda. A partir de ahí girad a la derecha en los giros pares y a la izquierda en los impares. No está muy lejos: media hora a lo sumo si vais a buen paso…

Entonces y solo entonces la realidad de lo que estaba sucediendo cayó sobre ellos. Thorin no tenía ningún plan: aquel pasadizo no conducía a algún sitio secreto donde poder tender una emboscada a los orcos, sino al exterior del bastión. Una última vía de escape.

No… ―empezó Kili, con la respiración acelerada―. ¡No, Thorin! ¡Nos quedaremos a luchar…!

Cuando salgáis al exterior, tomad la senda que sube hacia el noreste y adentraos en el Bosque ―prosiguió Thorin, ignorando sus protestas―. Nadie os seguirá, pues los orcos temen a los árboles y a las criaturas que en ellos moran. No abandonéis la senda por nada del mundo y no bebáis agua de los ríos que halléis en el Bosque. En tres días debéis encontraros muy al norte, cerca de las Montañas Grises…

Thorin, por favor ―suplicó Fili―. No puedes hacernos esto…

Manteneos alejados de los pueblos y de cualquier lugar frecuentado por enanos. No se os ocurra intentar llegar a las Colinas de Hierro, pues estoy seguro que los orcos se dirigirán allí cuando terminen sus asuntos aquí. Dirigíos tan al Norte y al Oeste como podáis.

Thorin calló, mirándoles con intensidad, solo dos jóvenes que pretendían ser valientes hasta las últimas consecuencias. El silencio ya no era tal, sino que podían oír el rugido de la lucha más allá de las puertas del trono.

Ven con nosotros ―suplicó Kili.

Una parte de Thorin llegó a desearlo: ir con ellos, asegurarse de que estaban a salvo. Proporcionarles un hogar aunque tuviera que construirlo con sus propias manos. Más su orgullos y lealtad eran más grandes.

Mi sitio está aquí ―sentenció―. Con suerte conseguiré que otros os sigan, pero yo debo quedarme. Soy Príncipe bajo La Montaña.

Antes de que ninguno de los dos pudiera protestar de nuevo, sacó una llave grande de hierro de su túnica y la depositó en la mano temblorosa de Fili.

Sois los últimos descendientes de Durin ―dijo―. Debéis vivir.

Un golpe sordo hizo temblar las puertas de la Sala del Trono. Thorin miró hacia atrás con una fugaz sombra de aprensión en los ojos, tomando la empuñadura de su espada.

¡Marchaos! ―bramó, empujando a Kili con brusquedad―. ¡Huid ahora!

Después les sonrió con tristeza, con el mismo cariño fiero y auténtico que les había dispensado cada día de sus vidas.

Protegeos el uno al otro. Y sobre todo nunca regreséis.

Y a continuación volvió a mover la estatua, dejándoles sumidos en la oscuridad.

Ninguno de los dos hermanos se movió durante unos instantes, percibiendo el frío ignoto de las profundidades incidir en su piel. Después, como no podía ser de otro modo, Kili se lanzó sobre donde sabía que estaba la puerta y aporreó la roca hasta que le dolieron los puños.

¡Thorin! ―aulló―. ¡No puedes hacer esto, Thorin…!

Fili permaneció inmóvil, conmovido y sinceramente asustado. Kili estaba tan aterrorizado como el que más, pero se empeñaba en ser inconscientemente valiente. ¿Qué hacía él, en su lugar? ¡Estremecerse como una hoja azotada por el viento! Debía ser fuerte y sensato por ambos: era su deber como hermano mayor. Dejó la antorcha contra una pared y en su lugar cogió a su hermano firmemente por los hombros.

Escúchame, Kili… ―murmuró, intentando hacerse oír sobre sus constantes protestas―. Debemos seguir adelante.

¿Huir? ―repuso el menor, notablemente indignado―. ¿De verdad, Fili? ¿¡Huir!?

No podemos permitir que el sacrificio de Thorin sea en vano ―protestó Fili, tratando de hacerle entrar en razón―. ¿Dejarás que muera por nada?

Kili no fue capaz de encontrar ninguna respuesta. En su lugar agachó la mirada, sus ojos oscuros relucientes bajo la luz danzante del fuego. Fili le soltó, asió de nuevo la antorcha y se puso en pie.

Vamos ―murmuró, buscando su mano en las tinieblas y aferrándola con fuerza.

Tuvo que tironear un par de veces para que Kili se pusiera en camino, pero al final el más joven accedió a seguirle en la negrura.

El túnel era más estrecho de lo que habían planeado, como si se hubiera derrumbado por la ausencia de uso. Y lo que era peor, poseía un sinfín de bifurcaciones. La antorcha no tardó en apagarse, seguramente debido a la falta de oxígeno. Las indicaciones de Thorin ya se habían borrado de su memoria y andaban a ciegas, tomados firmemente de la mano, palpando sin rumbo en una oscuridad que parecía querer devorarles. Más de una vez temieron estar irremediablemente perdidos, porque según su tío aquel pasadizo no debía ser tan largo.

De pronto, Fili chocó de frente con un muro sólido. Tuvo miedo de que fuera un nuevo callejón sin salida (ya se habían encontrado en unos cuantos), pero la textura de la pared era distinta. Era sorprendentemente lisa bajo sus dedos y juraría que las muescas no eran naturales. Entonces recordó la llave que Thorin le había dado y la sacó de sus ropas, palpando cada una de las hendiduras de la piedra.

La yema de su índice topó con lo que indudablemente era el hueco de una cerradura, y poco tardó en introducir la llave en él con los dedos temblorosos.

Cuando al fin fueron bañados por la luz del atardecer, sintieron el impulso de llorar de alivio. Preferían morir luchando o en el exilio que en aquella negrura ignota, sin que nadie supiera jamás de su destino.

La salida estaba obstruida por ramas y arbustos densamente pegados a la ladera. Era tal lo oculta que estaba que en invierno seguramente una fina capa de nieve sería capaz de camuflarla aunque estuviera abierta. Por supuesto, los secretos de los enanos se cuidan solos y sus puertas son invisibles una vez cerradas.

Esperaron unos minutos, asegurándose de que aquella parte de la montaña estaba despejada, antes de salir a campo abierto. El sol no tardaría en desaparecer en el Oeste y era grande y rojo, perezoso como una nube. Ambos se plantaron en silencio, cargando sus armas, y se volvieron hacia el sur. El humo se elevaba desde el otro lado de la montaña, y casi podían jurar que oían el infatigable redoble de tambores al pie del bastión.

Fili parpadeó furiosamente para disipar las lágrimas acumuladas en sus párpados. Jamás iban a volver. Eran huérfanos: sin hogar, sin familia. Sin futuro.

Sigamos ―carraspeó para ocultar su voz temblorosa―. Será mejor que lleguemos a los árboles antes del anochecer.

Emprendieron el camino, corriendo como no podrían hacerlo enanos de mayor tamaño y edad. Los enanos son veloces en el llano, ya se sabe, pero aquella ladera no era precisamente llana y Fili y aun Kili tropezaron y estuvieron a punto de rodar colina abajo en más de una ocasión. Los árboles al pie de la Montaña, un coletazo perdido del Bosque Negro, aún parecían estar muy lejos y sabían que no tendrían ninguna oportunidad si una patrulla de orcos o trasgos les descubría allí.

La vegetación empezaba a salpicar el terreno de alrededor, aunque fueran arbustos de poca altura. Comenzaban a verse en la necesidad de saltar riachuelos que aparecían de súbito entre las rocas, y aunque la garganta les ardiera de sed no se permitieron parar para beber ni un trago.

El cielo era ya totalmente rojo como la sangre cuando encontraron un arroyo de mayor anchura, aunque de escasa profundidad, que seguía la pendiente hasta perderse en los árboles. Había juncos y matorrales de espino albar bordeando las orillas, lo suficientemente altos como para ocultarlos, así que se introdujeron sin pensarlo en la corriente y empezaron a avanzar con el agua hasta las rodillas. Una vez su tío había dicho que el río camuflaba los olores, y no querían que algún huargo solitario les olfateara y siguiera su rastro.

Kili se tambaleó al mismo tiempo que el sol se sumía en el horizonte, volviendo la bóveda de un profundo azul oscuro. Se detuvo paulatinamente, sintiendo las piernas flojas e inseguras, mientras todo a su alrededor daba vueltas.

El joven enano cayó de rodillas al riachuelo, aullando presa de un pavor insondable que desorbitaba sus ojos y hacía temblar sus manos. Fili se detuvo bruscamente, volviéndose, observando sin comprender por qué su hermano se retorcía sobre el agua que fluía bajo sus pies.

¡Kili…! ―gritó, dejándose caer de rodillas a su lado y tomándole entre sus brazos―. ¿¡Qué ocurre, Kili…!?

El más joven intentó hablar, pero las palabras se transformaron en un balbuceo angustioso que no alcanzó a pasar de sus labios. Su cuerpo entero se sentía extraño, ajeno. Erróneo.

Fili… ―balbuceó con sumo esfuerzo.

Éste no recordaría demasiado de lo que sucedió aquella noche. Ni el pavor cuando el lobo huargo de plantó ante él, aullando en impotencia. Ni siquiera la sangre que manó de los arañazos que desgarraron su camisa y parte de su brazo.

Solo la mirada desesperada de Kili, sus lágrimas de pánico, mientras la maldición le alcanzaba como un rayo certero que hubiera estado buscándole, esperando para fulminarle.


Fili parpadeó un par de veces antes de despertarse, sin ser capaz de ubicarse adecuadamente, pues aquellos recuerdos habían acudido a él justo cuando su mente viajaba entre dos planos. El cambio a menudo le dejaba aturdido, especialmente cuando el halcón desaparecía para dejar paso a su auténtica apariencia.

Lo primero que notó fue el frío bajo su cuerpo, la nieve que incidía en los pedazos de piel desnuda que la ropa, enrollada torpemente a su alrededor, no lograba cubrir.

Lo segundo fue la lengua aterciopelada del lobo dándole insistentes lametazos en la cara en un intento de desperezarle.

Era consciente de que muy pocos en aquel mundo se sentirían afortunados de que un lobo huargo de metro y medio les despertara de su sopor, pero él lo consideraba una bendición. Sonrió dulcemente y levantó la mano, rascando detrás de las orejas a la gigantesca bestia que se inclinaba sobre él.

―Hola, Kili ―balbuceó con cariño.

El huargo sacó la lengua un par de veces y luego se echó hacia atrás, dando saltos juguetones sobre la nieve mientras movía la cola como un perro que acaba de ver regresar a su dueño y se perdía entre los árboles. La mayoría de huargos eran criaturas horripilantes domesticadas por orcos, pero aquel era excepcionalmente bonito. Parecía más un gran lobo que un monstruo, con el pelaje negro reluciente y unos ojos habitualmente amistosos. Podía incluso tacharse de "encantador" cuando mantenía las fauces cerradas y no exhibía los temibles dientes.

Fili se incorporó y observó los alrededores. Estaba tendido en un claro plantado en medio de un bosque de robles, bajo el amparo de densas matas de enebro que habían conseguido arraigar en aquel lugar sombrío. El cielo sobre su cabeza era un manto infinito de estrellas, lo cual no era bueno en aquella época: las noches despejadas eran siempre más heladas.

Con los dientes castañeantes por el frío, Fili se apresuró a colocarse correctamente la ropa, echando mano del fardo de Kili para sacar toda la ropa disponible. Por fortuna, Kili había tenido el buen haber de encender la hoguera antes de que cayera el sol. Él solo tuvo que limitarse a añadir un par de troncos del montón dispuesto a su lado y arrebujarse en su capa y una manta con las rodillas pegadas al pecho. No sirvió de mucho: estaban muy cerca de las Montañas Nubladas y, aunque La Comarca ya debía estar sumida en un amago de primavera, en los lindes del Bosque de los Trolls aún era pleno invierno.

Pasó un rato, y Fili empezaba a preocuparse por la ausencia de Kili cuando el lobo entró de nuevo en su campo visual, apartando unos arbustos pelados. Llevaba un venado entre las fauces, y lo dejó caer sin muchas ceremonias a su lado. Se sentó sobre sus cuartos traseros, mirándole de un modo que solo podía indicar lo orgulloso que se sentía de su captura.

―Gracias ―murmuró Fili, alargando la mano y sacando un cuchillo de la bolsa.

En aquella época era difícil encontrar caza, pero Kili no parecía tener problema. Olfateaba a las presas potenciales desde una distancia increíble, y se marchaba sin aviso para regresar poco después con la susodicha en la boca. A decir verdad, la pericia de Kili cazando los mantenía alimentados a ambos: él no podía hacerse con más que algún conejo durante el día, y sus ojos no podían detectar las presas durante la noche.

El huargo se dejó caer tumbado en el suelo, apoyó una de las monstruosas zarpas en el cuarto trasero del animal y arrancó una pata de cuajo sin ningún esfuerzo. Se puso a comer ansiosamente, moviendo la cola como si fuera un juego. Fili apartó la vista mientras ponía su propio pedazo al fuego: seguía sin acostumbrarse a aquella brutalidad, por mucho que fuera su hermano y no tuviera otra forma de alimentarse.

Comieron en silencio durante rato. Fili recordaba una época en la que hablaba sin parar durante la noche aunque no fuera a recibir respuesta, al igual que Kili durante el día, pero con el transcurso del tiempo se habían sumido en un silencio rara vez alterado.

Cuando terminaron, Kili cavó un hoyo en la nieve y Fili enterró la pieza, cuidadosamente envuelta en tela, bajo la capa blanca con el objetivo de recuperarla por la mañana. Para cuando hubo acabado, con los dedos entumecidos por el frío, Kili se estaba limpiando la sangre de venado de las patas y el morro en un pedazo de nieve virgen. A él no parecía importarle mientras el lobo formaba parte de su ser, pero hacía tiempo que había comprendido que para Fili no era algo cómodo de ver.

Fili tiritó mientras se arrebujaba en la manta, sintiéndose muy miserable. Aunque tenía el estómago lleno y caliente, no recordaba una noche tan fría como aquella. Empezaban a entumecérsele las puntas de los pies y la nariz. No estaba seguro de llegar sano al amanecer.

Kili advirtió de inmediato sus temblores y acudió a su lado, las almohadillas de sus patas hundiéndose sólo superficialmente en la nieve. Se restregó a lo largo del lomo contra él y después se quedó a su lado, ofreciéndole su calor para superar la caída de temperatura. A continuación le demostró su "apoyo y cariño" deslizando su lengua húmeda y caliente por su mejilla y nariz en toda su extensión.

―A veces creo que no puedes tomarte nada en serio ―repuso Fili, limpiándose la cara con el dorso de la mano.

Casi hubiera jurado que Kili se reía, aunque era difícil asegurarlo. Tampoco estaba para risas dada la situación en la que se encontraba.

Kili sacó la lengua con ímpetu y apuntó con el morro hacia el oeste, donde si seguían el camino encontrarían una aldea en poco más de una hora. Fili había aprendido con el tiempo a interpretar el expresivo lenguaje corporal de su hermano cuanto estaba en forma animal.

―Claro, Kili ―comentó con ironía―. Estoy seguro de que cualquier posadero me ofrecerá encantado una habitación si aparezco en su puerta con un huargo caminando a mi lado.

Kili gruñó entre dientes y le dedicó una mirada furibunda mientras erizaba el lomo.

―No me mires así ―le reprendió Fili―. Sabes que tengo razón.

Los lobos huargo no tenían precisamente buena fama en la Tierra Media, así que Fili tomaba todas las precauciones para que no le vieran viajando con uno. Kili hundió el hocico en la nieve mientras movía la cola de un lado a otro, mirándole sin pestañear.

Fili lo comprendió sin necesidad de palabras. "Déjame a mí fuera. Te esperaré"

―Eso nunca ―dijo con fiereza―. Prefiero morirme de frío.

Kili se inclinó y le tocó la cara con el morro, aparentemente conmovido, restregando la mejilla peluda contra la suya. Fili sonrió y levantó la mano para acariciarle la cabeza, juntando su frente con el gigantesco hocico en un gesto sentido que habían repetido mil veces desde que una maldición todavía no pesara sobre ellos.

A veces sentía deseos de llorar al recordarse a ambos siendo niños enanos normales, correteando felizmente por los grandes salones de Erebor. Pero no lo haría, porque ninguno de los dos había llorado en mucho, mucho tiempo.

Ya no tenía tanto frío. El cuerpo de Kili siempre estaba caliente cuando era un lobo, proporcionándole el mayor abrigo posible durante las largas y frías noches invernales. Fili simplemente se acurrucaba contra su lomo, como aquella noche, y cerraba las manos sobre el denso pelaje mientras escuchaba el poderoso pecho ascender y descender, el latido de un corazón palpitando a doble velocidad. Kili se aovillaba a su alrededor en un ademán protector y dormía con la cabeza pegada a su costado hasta que el alba cercana rayaba el cielo de oro.

Apenas advirtió el instante en el que el sueño se lo llevó, pero sí recordó perfectamente lo que había soñado. La visión idílica de aquellos ojos pardos que sonreían sin necesidad de gestos o palabras.


Cuando volvió en sí, el cielo ya era rosa y amarillo sobre su cabeza y el aliento se le congelaba en volutas. A pesar de ello, su cuerpo estaba agradablemente caliente. Y todo gracias al gigantesco cuerpo que sentía palpitar bajo el propio, inmóvil durante toda la noche en una coraza protectora.

Kili estaba despierto y alerta. Le miró largamente, con un gesto casi compungido, y luego movió la formidable cabeza en dirección al este, los ojos oscuros casi dorados bajo el influjo del amanecer que crecía ante ellos. Fili se incorporó con cuidado, las piernas entumecidas, y se alejó del cuerpo del lobo sin despegar los ojos de él.

El primer rayo de sol les bañó a ambos, cálido como la caricia de una brisa de verano. Fili tomó una gran bocanada de aire y sonrió.

Su hermano estaba allí de nuevo, con el cabello oscuro derramado negligentemente sobre los hombros, desnudo aunque no le importara en lo más mínimo. Los mismos ojos castaños del lobo mirándole como si fuera lo único con sentido en aquel mundo. Fili se apresuró a quitarse la capa y a pasársela por los hombros a su hermano, que la ciñó a su alrededor al notar la baja temperatura.

Solo tenían unos segundos, y ambos lo sabían. Lo lógico y esperable sería que empeñaran tan corto tiempo en decidir su destino inmediato o la dirección que tomarían. Decir unas palabras esperando una tan ansiada respuesta.

Pero ellos, entonces y siempre, seguían siendo irracionales.

Fili levantó la mano y la depositó en la mejilla de Kili, esbozando una sonrisa teñida de la tristeza más profunda. Kili reaccionó apoyando una mano sobre la suya mientras unía sus frentes, aquel gesto que habían imitado cada día de sus vidas. Cerraron los ojos, dejándose arrastrar por una calma antinatural.

Por un momento ni sortilegios ni malos recuerdos existían. Solo ellos atrapados en su instante y lugar particulares, solos en un mundo gigantesco que parecía haberlos olvidado.

Fili miró a su hermano, sintiendo el maleficio actuar en sus huesos. Le besó la frente con devoción, dejando allí los labios en un cálido contacto hasta que la maldición actúo sobre él, volviendo huecos sus huesos y transformando sus brazos en alas que desplegó por instinto.

Kili abrió los ojos, contemplando con expresión siempre desolada cómo el halcón se elevaba en el aire como un destello de oro sobre un cielo cada vez más azul.

Un nuevo día juntos y a la vez cruelmente separados.


Saruman el Blanco, el mago más poderoso de la Orden de los Istari, miraba en las profundidades del palantir que custodiaba en la más alta estancia de la Torre de Isengard. Ésta se elevaba hacia el cielo inundado del humo de las forjas como una aguja de ónice que pretendiera rasgarlo, emergiendo sin medio en los lindes del Bosque de Fangorn.

Nadie (salvo él mismo) podía decir qué veía Saruman en la superficie versátil de la piedra vidente. Tiempo atrás, cuando su alma aún hacía honor a su título y elfos y hombres le respetaban, había mirado en las profundidades de un espejo que también mostraba un sinfín de imágenes. Por supuesto aquel Espejo (del que hay muchas historias, cada cual más increíble) mostraba pasado, presente y un sinfín de posibilidades para el futuro, pero solo en un sentido: nadie podía ver ni oír nada más que el que se asomaba en él.

El palantir era distinto. Bien lo sabía él en aquellos momentos, cuando la magia vetusta de la piedra le permitía cruzar Fangorn, el Anduin y el Bosque Negro mismo hasta plantarse tras los muros ancianos de Erebor, caída en ruina tiempo atrás.

Una voz gutural que hablaba en la lengua negra de Mordor, tierra de orcos y otras criaturas tan horribles que ni siquiera tenían nombre en élfico o en la Lengua Común, se dirigió a Saruman con sorprendente obediencia.

Saludos, Zarquino ―se refirió a él, utilizando uno de los muchos títulos que tenía―. Es un placer recibir tu visita.

Hasta los orcos podían ser corteses si uno infundía el suficiente respeto, aunque aquel en particular fuera especialmente indomable.

¿Qué nuevas tienes del Este, amigo mío? ―repuso Saruman. Como buen mago, hablaba con fluidez todas las lenguas de la Tierra Media, aún aquella negra considerada maldita por elfos y hombres―. ¿Los preparativos siguen en marcha?

Las forjas echan humo bajo La Montaña ―repuso la voz, grave y temible―. Estaremos listos para partir al Sur antes del solsticio de verano.

La guerra definitiva se avecinaba, como Saruman bien sabía. Los orcos y trasgos habían expoliado las minas de Erebor y Moria hasta extraer la última veta de mithril y acero, fabricando un sinfín de armas y armaduras para marchar contra los hombres. Tras la caída de Erebor cinco años atrás, Rohan y Gondor quedaban atrapadas por Isengard al oeste, Erebor al norte y Mordor al este. Antes de que concluyera el nuevo año, la Tierra Media le pertenecería a Saruman y sus huestes.

No obstante, el mago intuía que el Rey Orco quería desviar su atención hacia otro asunto.

Habla ―exigió Saruman―. Percibo tus pensamientos bullendo desde aquí.

Hubo un breve silencio en el que solo el rostro se su interlocutor acompañado de un gruñido bajo fue transmitido por la piedra vidente.

Mis oídos siguen llenos del nombre de Durin ―repuso el orco del otro lado―. Pensar que dos hijos de esa estirpe maldita escaparon a mi purga aún me quita el sueño.

Tenía la esperanza de que tu obsesión por derramar la sangre de Durin se hubiera diluido con el tiempo, pero veo que no es así ―admitió Saruman―. ¿Por qué ahora, cuando hace tanto que huyeron?

Es posible que hayan muerto ―se aventuró la voz del otro lado―. Y no soporto la idea de que cualquier criatura insignificante derrame una sangre que me pertenece por derecho.

Saruman frunció el ceño, cansado de aquella interminable conversación. Su interlocutor rara vez atendía a razones cuando se trataba de su obsesión enfermiza.

Si la sangre de Durin se hubiera extinguido, yo lo sabría ―aseguró con total seguridad―. No, amigo mío: los últimos descendientes de Thror siguen en la Tierra Media, huyendo de nuestro alcance ―garantizó―. Hace cinco años desde que Erebor cayó, pero han conseguido mantenerse ocultos de nuestros ojos y oídos.

Posó la vista en el infinito, meditando. Aquel asunto le había preocupado tiempo atrás, cuando había intentado por todos los medios localizar a los dos herederos fugados. Su interés en aquel tema, no obstante, se había diluido con el tiempo: los dos últimos de un linaje de enanos en desgracia no suponían ninguna amenaza dada la actual situación.

Y aun así… Un presentimiento imposible de ignorar había arraigado en la mente de Saruman, acechando una parte recóndita de sus pensamientos. ¿Cómo era posible que él, con toda su magia, fuera incapaz de situar a dos simples jóvenes enanos? Carecía de sentido, a no ser que fuera un rompecabezas con más piezas de las que pensaba.

Alguien les está ayudando, aunque sospecho que ni ellos mismos lo saben ―aseveró―. Algún presuntuoso que se atreve a compararse a mí. No importa ―se apresuró a puntualizar―. El sortilegio con el que les bendije no desaparecerá jamás. No hay modo alguno de romperlo que esté en sus manos o en las de cualquiera. Estén donde estén, no pueden huir de mi maleficio. Y tarde o temprano les conducirá al final ineludible.

La espera será insoportable ―gruñó el orco.

Saruman comprendió por fin. Su interlocutor estaba buscando su aprobación, su permiso para emprender aquella última cacería antes de sumirse en la gran guerra. Bueno… el Rey Orco le había proporcionado victorias con las que no se había atrevido a soñar, así que no perdía nada concediéndole su más ferviente deseo.

Dales caza si eso te complace. Búscales en cada rincón si eso calma tu sed ―cedió finalmente, sonriendo con malicia―. Hombres y elfos están a raya, así que puedes darte ése lujo sin arriesgar nada.

Una risotada terrible, como Isengard no había oído en años, llegó a los oídos de Saruman a través del palantir.

Muchas millas a los lejos, en el antiguo bastión de Erebor, rebautizada como Ronk-búrz, Azog el Profanador cubrió de nuevo el palantir mientras sentía el frenetismo de la cacería, de la matanza, revivir en sus venas con un fuego que no había ardido en años.

¿Lo has oído, enano? ―sugirió en la horrenda lengua de los orcos.

En la oscuridad de lo que antaño fuera una despensa llena hasta reventar, convertida en mazmorra, pareciera que el gigantesco orco estaba solo. El tintineo de las cadenas en las sombras, no obstante, indicaba lo contrario.

No, por supuesto… ―repuso Azog sin esperar respuesta.

Se volvió sobre sus talones, su gigantesca figura recortándose con la tenue luz de antorcha del exterior. Su brazo deforme parecía una rama retorcida entre las sombras. Sus ojos, de un azul frío como el acero, se posaron en el prisionero que permanecía inmóvil en una esquina.

Tus amados sobrinos siguen con vida ―se carcajeó―. Pero voy a darles caza. Sin pausa. Sin piedad. Se ha acabado la clemencia para la sangre de Durin. Y tendrás el honor de presenciar su final.

Hincado de rodillas, apretando los puños de muñecas laceradas por el forcejeo con los grilletes, Thorin Escudo de Roble, el último Rey bajo La Montaña, levantó la mirada azul y la clavó en su captor con un odio capaz de hacer tambalearse los cimientos mismos del mundo.


Largo como un día sin pan…

P.D. Estoy releyendo El Hobbit con motivo de La Desolación de Smaug, así que creo que me han salido algunas frases muy "tolkenianas" XD.