Capítulo 1

La sala de mandos estaba tranquila, demasiado para tratarse del puente de la Enterprise al cargo de Jim T. Kirk. La única razón para semejante calma era la ausencia del propio capitán. Tanto él cómo el resto de la tripulación habían sido premiados con once días de permiso en la Tierra tras su última y exitosa misión. Aún les quedaban treinta y seis horas de disfrute, pero una comunicación urgente por parte del alto mando hizo que todos los tripulantes embarcasen en el Enterprise antes de lo previsto.

Todos menos el capitán.

Los últimos meses habían sido especialmente duros para Jim cuyo puesto al frente de la nave insignia de la flota era codiciado por varios de sus compañeros, muchos parecían ansiosos de ver tropezar al niño prodigio para alzarse con su puesto de capitán. Pero Jim había lidiado con maestría cada una de las misiones, diplomáticas y de defensa, que le habían asignado, incluso participando en una misión de clasificación sigma. Después de las tensiones vividas, y por expreso deseo del doctor McCoy, Jim decidió pasar el final de su descanso disfrutando en un lugar confidencial que el propio Leonard se negó a saber para evitar posibles filtraciones a la prensa. Tal y cómo su amigo le había pedido, Jim sólo reveló su ubicación al almirante Pike para que este pudiese localizarse en caso de extrema necesidad, cómo ahora parecía ser.

–Comandante, hemos recibido la ubicación del capitán Kirk– dijo Uhura mirando hacia Spock que permanecía tras la silla de Jim.

–Transmita las coordenadas al señor Sulu y pongamos rumbo inmediatamente.

–Sí señor– respondieron tanto Uhura cómo Shock.

La nave insignia de la flota terrestre no tardó en llegar hasta la ubicación en la que supuestamente estaba su capitán. Al acercarse a la zona Sulu soltó una carcajada.

–No puede ser verdad.

–¿Qué es eso?– preguntó Uhura tratando de entrever algo en la maraña de colores que comenzaba a definirse en la pantalla principal del puente–. ¿Son personas?

–Cientos de miles de personas– la corrigió Sulu–. Y están en un festival de música.

–¿Y qué hace Kirk aquí?

–Recuerde teniente Uhura que nuestro capitán es muy joven– dijo McCoy apoyando en la barandilla situada tras el puente–. De vez en cuando no está de más que se divierta cómo alguien de su edad, lejos de las fuerzas armadas, los periodistas y el circo de enanos que parece haber crecido a su alrededor.

Las cámaras de la Enterprise comenzaron a sondear la multitud bajo ellas hasta dar con el capitán. Su aspecto distaba de la formalidad que exhibía en la Enterpise. Llevaba unos pantalones cortos, una camiseta blanca con un dibujo tribal y sandalias. Su piel estaba más bronceada que de costumbre, sus ojos azules aparecían protegidos por unas gafas de sol y en su mano derecha se apretaba la mano de una mujer de cabellos castaños que parecía muy feliz de contar con Jim a su lado. Al ritmo de una estruendosa música, los jóvenes bailaban ajenos a la presencia de la Enterprise, a unos miles de metros sobre ellos.

–Sirá imposible sacar al kepitan sin qui nadie más si di cuenta– dijo Chekov.

–Descendamos hasta ser visibles– ordenó Spock.

–Algo me dice que esto va a ser divertido– le susurró Sulu a su compañero de mesa.


El volumen de la música era atronador, pero algo pareció ensordecerla. Miles de los jóvenes miraron atónitos hacia el cielo, algunos fueron presa del pánico y echaron a correr, otros se quedaron petrificados en su sitio y uno sonrió: Jim reconoció inmediatamente el rugido de los motores de su nave y no tardó en sentir cómo el sol quedaba oculto tras el inmenso casco del Enterprise. Notó la mano entre la suya temblando y la apretó en un gesto tranquilizador. Se inclinó sobre la mujer y dejó un besó en sus labios.

–Tengo que irme, el deber me llama– dijo Jim con una sonrisa.

–No estarás diciendo que…– la mujer miró alternativamente a la nave y al joven–. ¿De verdad eres capitán de la flota estelar?

Jim hizo un saludo militar y soltó una carcajada.

–Así es, no se me hubiera ocurrido mentirte– besó de nuevo a su acompañante, esta vez con pasión–. Espero volver a verte.

Y dejando a una atónita joven tras él, Jim fue hacia el lugar en el que el Enterprise había desplegado un tubo de ascenso.

–¡Scotty!– exclamó Jim en cuanto fue subido a la nave– ¿Cómo has pasado estos días?

–Estupendamente capitán– dijo el ingeniero palmeando la espalda del rubio–. He probado nuevos licores y he aprovisionado nuestras despensas con alguna que otra maravilla andoriana.

–Eso suena muy prometedor– dijo Jim saludando a otro de los tripulantes que estaba allí–. Te veré luego.

Aprovechando su pequeño paseo hasta la sala de mando, Jim echó sus gafas de sol hacia atrás, recogiendo varios de los mechones que ya eran demasiado largos cómo para mantenerse lejos de su frente, en cuanto tuviese tiempo tendría que cortarse el pelo. Tomó un turboascensor y no tardó en llegar al centro neurálgico de la Enterprise.

–Capitán en el puente– anunció Chekov.

–Hola a todos– dijo Jim dando una rápida ojeada al puente y comprobando que su tripulación principal estaba allí. Miró a Uhura y puso su mejor sonrisa–. ¿Me ha echado de menos teniente?

–No– dijo Uhura sin tan siquiera alzar la vista de su pantalla.

–¿Ni un poco?– insistió Jim sentándose en el lugar reservado al capitán–. Yo he estado pensando en ti todo el tiempo.

–Por supuesto, en medio de una fiesta de dimensiones titánicas.

–¡Claro que sí!– dijo Jim haciendo cómo que bailaba sentado en su silla–. Un poco de movimiento alivia el pesar del corazón.

El baile del capitán hizo que el puente estallase en carcajadas, incluida Uhura, y que hasta Spock esbozase un gesto muy similar a una sonrisa.

Jim echó la cabeza hacia atrás para observar a su oficial científico

–¿Qué interesante y arriesgada misión tenemos entre manos señor Spock? Por que tiene que ser interesante para que nos saquen de un merecido permiso en Tierra.

–No sé si la misión es interesante pues depende de demasiado criterios bajo los gustos personales– comenzó a decir Spock obviando deliberadamente el bufido que soltó su joven capitán–. Se nos pide que vayamos hasta Galathea, el planeta está viviendo una situación límite.

–¿Motivo?

–Un asteroide demasiado grande va hacia ellos.

El rostro de Jim adquirió un leve gesto de preocupación.

–Vaya, vamos a tener que emplearnos a fondo.

–Destruir un asteroide no es tan difícil– gruñó McCoy desde su puesto.

–Si pudiésemos destruirlo desde luego que sería sencillo– dijo Jim–. Pero deduzco que el tamaño del meteorito es excesivo. Si lo destruimos una lluvia de fragmentos caerá sobre el planeta que puede quedar dañado de forma irreversible. Supongo que si nos han llamado es por que van a buscar un cambio temporal en la órbita del planeta, o pedirnos un desvío del meteorito.

–Así es señor– dijo Spock.

–Estupendo– Jim se acomodó en su silla–. Sulu, ¿todo preparado?

–Sí señor.

–Pues ascendamos hasta la exosfera– palmeó los reposabrazos de su silla–. Esta pequeña ya tiene ganas de saltar a warp.

–Iniciando maniobra de ascenso– indicó Sulu introduciendo una rutina en su panel. Tras un ligero temblor la nave comenzó su viaje.

–Tiempo estimado– pidió Jim

–Ochenta segundos para situarnos en la exosfera, tres días y seis horas de viaje en warp cuatro para llegar a Galathea.

–Perfecto. Chekov, informe a la tripulación– Jim tecleó en su propia consola y revisó el estado de la nave departamento a departamento–. ¿He sido el último en llegar?

–Así es, capitán– respondió Spock– El resto de la tripulación está ocupando sus puestos. La nave ha sido abastecida y las últimas actualizaciones técnicas han sido implementadas.

Jim tomó uno de sus padds y comprobó todas las modificaciones que la Enterprise había sufrido, no le gustaba desconocer ninguna de las características de su adorada nave.

Las horas transcurrieron con rapidez en el puente y Jim se vio sorprendido al ver entrar al siguiente turno. Saludó a todos, se interesó por su estancia en la Tierra y finalmente dejó el puente para dirigirse a sus habitaciones. Tecleó su clave personal en el panel de acceso y entró a sus cuartos, que al ser el capitán, eran los más grandes.

Todo se encontraba tal y cómo él lo había dejado, con la salvedad de que a los pies de la cama se encontraba el equipaje que debía estar en su apartamento de San Francisco. Lo abrió y colocó la ropa dándose cuenta de que Spock no le había molestado ni una sola vez para recordarle que aún estaba con sus ropas civiles en el puente. Sonrió pensando en la humanización del Vulcano y prosiguió su tarea de forma metódica pues, al contrario de lo que muchos pensaban, Jim era una persona sumamente ordenada, sus habitaciones siempre impolutas eran una clara muestra de ello. Estaba acabando su tarea cuando llamaron a su puerta.

–Adelante.

–¿Qué tal Jim?

El rubio se volvió y le dedicó una sonrisa a su oficial médico.

–Bien, gracias por traer mi equipaje.

–Supuse que no lo llevabas contigo y pasé por el apartamento antes de embarcar. ¿Cómo ha ido el permiso? ¿Has descansado? ¿O te has dedicado a ir de fiesta en fiesta cambiando de chica cómo de copa?

–Me abrumas con semejantes dudas– se mofó Jim cerrando el armario y encaminándose a su despacho–. Pero te equivocas. Pasé cuatro días en Iowa, con mi madre, dos en San Francisco, y los dos últimos dónde me encontrasteis. Así que, cómo ves, he estado bastante tranquilo.

–Para ser tú: sí. ¿Qué tal está tu madre?

–Bien, algo más tranquila. Al menos ahora no cree que voy a lanzarme al espacio a luchar contra cualquiera sin ton ni son.

–Es normal que al principio estuviese asustada, recuerda que antes del Narada ella te ubicaba en la academia cómo cadete, y lo que recibió al llegar fue un capitán de la flota estelar que acababa de aniquilar a uno de los peores enemigos de nuestra historia.

–Suena tan heroico cuando tú lo dices…– se mofó Jim sirviendo un par de copas de whisky, y dejando una delante de su amigo–. ¿Qué tal Joanna?

–Estupenda– una sonrisa afloró en el rostro del doctor–. Ha crecido un par de centímetros y está más habladora que nunca. Ha preguntado por su tío Jim.

–La llamaré hoy mismo. Pensé en pasar a verla, pero supuse que estaría contigo y no quería interrumpir.

–Sabes que no me hubiera importado, Jojo te adora.

–Y yo a ella– dijo Jim mirando uno de los pocos objetos que descansaba sobre su mensa.

Se trataba de un dibujo enmarcado, claramente hecho por un niño, y en el que se veía una forma similar a la Enterprise y varias figuras bajo ella. Joanna se lo había dado a Kirk el día en el que tanto él cómo su padre se habían graduado en la academia siendo su destino la Enterprise. Desde entonces el dibujo había pasado a ocupar un lugar de honor entre las pertenencias de Jim.

–¿Viste a tu ex?

–Afortunadamente no. Mi hermana me trajo a Joanna y se quedaba con ella tras mi partida.

–Entonces podemos decir que ha sido un buen permiso– Jim alzó la copa y McCoy imitó su gesto.

Tras dar un buen trago el moreno volvió a hablar.

–¿Cómo ves la misión de Galathea?

–Aún no he visto el informe– admitió Jim encendiendo el padd que descansaba sobre la mesa–. Pero será complicada si es tal y cómo yo creo.

–La tranquilidad es efímera en el universo.

–Oh vamos Bones, no empieces. El universo es seguro– ante la inquisitiva mirada del médico Jim carraspeó–. Bueno, no todo, pero la mayoría sí… bueno, algunas partes. Y lo que no podrás negar es que esta nave sí es segura.

–No es consuelo– dijo MacCoy dando otro sorbo a su whisky.

–Venga, admite que nos lo pasamos bien.

–No Jim: tú te lo pasas bien porque tienes una tendencia al peligro innata. Lo que tú disfrutas el resto de mortales lo tenemos.

–Te prometo que no me lanzaré a ningún barranco esta vez.

El médico soltó una carcajada.

–Niño, no hagas promesas que no puedas cumplir.