¡Hola!

Aquí traigo el segundo capítulo. Originalmente era más extenso, pero preferí dividirlo para hacer más suave la lectura y, en el remoto caso que haya más personas leyendo, queden con la ansiedad de saber qué sucederá *risas*

Agradezco el comentario de Ran, quien dejó su huella en el primer capítulo. ¡Esto es para ti!

¡Que lo disfruten! *sonrisa*

Disclaimer: MAGI: The Labyrinth of Magic no me pertenece. La fantástica historia es obra y gracia de Shinobu Ohtaka. Sueño con que la autora se apiade de mi alma y haga cánon el JudAla!

Cualquier error tipográfico o gramatical fue involuntario. No está beteado y lo revisé varias veces.


La mañana siguiente fue bastante tranquila. Una doncella enviada por la emperatriz de Kou llegó hasta la habitación donde descansaban los magi. Tocó tres veces, hasta que pudo escuchar un ligero permiso para entrar.

La habitación estaba en relativo orden, a excepción de algunas prendas de ropas dispersas cerca de la cama. Ya le habían advertido que no se sorprendiera, por lo que ignoró el hecho de que el peliazul estuviera tapado con la sábana de seda y cubriera al otro en la cama.

- ¿Desea desayunar en el comedor con todos o prefiere comer aquí, Aladdin-dono? – Preguntó muy formal y cortés.

- Si puedes traer algunas manzanas y duraznos, te lo agradecería. Luego iremos al comedor – respondió muy amable.

- Entendido. En una hora se dará inicio al servicio, le traeré lo que pidió en cinco minutos – hizo una leve reverencia, mientras se daba la vuelta para retirarse.

Cuando sintió la puerta cerrarse logró estirar sus brazos en la altura, destapando su torso desnudo y lleno de marcas producidas por el pelinegro. Había sido una noche movida, y la cadera de ambos sufriría las consecuencias ese día. Aprovechó su magia y sanó la espalda baja del pelinegro. Luego hizo lo mismo con la propia. Ambos lo agradecerían después, o dolería incluso más. Observó con detalle el fino rostro del oráculo durmiente, delineando con sus dedos las facciones y los labios del otro. Le causaba un poco de gracia que Judar decidiera teñir su cabello del característico negro, aunque ya se notaban sus raíces plateadas debajo. No toda su vida fue azabache, eso no lo vio venir realmente.

- Duérmete, chibi – se removió el mayor en la cama, buscando abrazar el cuerpo del magi. Lo logró y se acurrucó en el costado.

- Tenemos que levantarnos, Judar-kun – le acarició el cabello, desordenándolo – Hay que organizar muchas cosas ahora que mi candidato se ha convertido en rey –

- Nunca acepté que tu candidato haya ganado – refutó Judar, girándose para quedar boca arriba y mirar al menor.

- Judar-kun… - le miró serio, frunciendo el ceño.

El pelinegro le miró unos segundos, antes de soltar una carcajada – Lo sé, lo sé – se calmó un poco – Ya me encargué de todo eso. Solo faltan tomar las medidas de sus trajes para la ceremonia – suspiró derrotado, mientras se sentaba en el enorme colchón, amarrando su cabello suelto en una trenza simple.

Los ojos de Aladdin brillaron con mucha intensidad ante la consideración de su pareja. Realmente había puesto mucho de su parte para que él no tuviera que trabajar en exceso. Una traicionera lágrima se escapó por su ojo derecho, la cual fue secada de inmediato por el pelinegro que lo miraba con extrema ternura. Estuvieron mirándose y acariciándose sutilmente hasta que volvieron a tocar la puerta. Las frutas que había mandado a pedir habían llegado y fueron dejadas en la mesa de la habitación. Cuando la doncella se retiró, decidieron vestirse. Judar sacó unas ropas de una bolsa mágica donde almacenó previamente algunas prendas y, dado que Aladdin había crecido, tomó algunas y las hizo suyas, siempre con una radiante sonrisa. Usaba una larga túnica negra para cubrir su cuerpo, un manto blanco para sus hombros y sus tradicionales joyas, además de unas sandalias planas muy cómodas y un pantalón blanco que le llegaba a las rodillas. El pelinegro decidió usar un conjunto igual al de siempre, pero con un manto más largo sobre sus hombros, para que cubrieran su espalda de las marcas que había dejado la noche anterior.

Mientras se vestían y comían algunas frutas, el menor interrogaba al mayor para saber qué había hecho durante esos seis meses que pasó para él como una noche de descanso. Aun con su tono habitual, hosco y malsonante, fue relatando las acciones que hizo. Al parecer el cambio en su rukh ayudaba a mostrar un poco más de su amable personalidad, aunque iba a costar mucho que cambiara.

Empezó por contar su viaje al continente oscuro, donde con la ayuda de la madre dragón purificó la esencia oscura que se había mezclado en sus tantas noches de encuentros casuales. Cuando tuvo el suficiente, fue por Yunan y le ayudó a despertar del trance. Luego fueron a Reim, sobre la madre dragón en un viaje muy corto. No usaron la magia de transferencia del pelinegro porque así tendría tiempo para seguir cambiando el rukh de negro a blanco y tener mayor cantidad para romper la escritura de Sinbad impuesta en el magi más joven de entre ellos.

Ya con los tres reunidos, planificaron sus acciones a seguir. El mismo Judar decidió ser cooperativo a su forma, sacando de quicio algunas veces a sus pares, pero la madre dragón siempre intervino a tiempo. Ella les indicó una forma de enviar el rukh hacia el palacio sagrado y, al parecer, fue en el momento en que Aladdin tuvo la fuerza para acabar con el enfrentamiento que tenían. Ese fue el primer contacto, y gracias a eso sintieron como el resto del mundo volvía a la normalidad.

Mientras Judar se encargaba de enviar rukh, Yunan creó algunos calabozos y Titus se encargó de buscar a la gente adecuada para poder conquistarlos. Necesitarían toda la ayuda posible y, cuando se trataba de Aladdin y Alibaba, mucha gente estuvo dispuesta a tenderles una mano incondicionalmente. También fueron por los príncipes exiliados y se encargaron de explicar todo a los representantes de cada país e imperio. Los tres magi fueron implacables al revelar que un nuevo rey había sido decidido y que debían volcar sus esfuerzos en preparar todo lo que debían para la coronación y seguir las instrucciones al pie de la letra. Los tres sabían cuál sería su misión en todo eso, y era ser los máximos consejeros y representantes del rey en su ausencia.

Llegaron hasta Partevia y saquearon la armería donde estaban todos los contenedores para devolverlos a los legítimos dueños. Con la ayuda de la madre dragón, los tres magi se comunicaron con los djinn en los recipientes y explicaron la situación del palacio sagrado y el nuevo rey, por lo que todos colaboraron, sin excepción. Los nuevos Djinn en su mayoría fueron tomados por magos amigos de Aladdin y algunos amigos del rubio, haciendo un total de doce nuevos contenedores.

El imperio Kou y el imperio Reim en conjunto se encargarían de la ceremonia. Partevia y Sindria se encargarían del banquete, sin escatimar en ningún gasto. Sin embargo, había algo que Judar decidió no contarle a Aladdin en ese momento, y fue una petición especial que hizo a los cuatro primeros príncipes de Kou.

Con el conocimiento de los magos, la madre dragón y la fuerza del rukh de los magi, lograron hacer contacto por primera vez con Aladdin. Solo Judar podía hablarle, pero el resto también podía escuchar la conversación. Con mucho esfuerzo, se dieron cuenta que necesitarían de mucho más si querían traerlos de vuelta, por lo que todas las preparaciones tenían que ser minuciosas y perfectas. Aunque pensaron que Aladdin volvería, tres meses habían pasado y seguían sin tener ninguna novedad. El oráculo del imperio Kou estaba iracundo y cualquiera que hiciera o dijera algo absurdo o que él considerara sin sentido le hacía explotar en ira y reinaba el caos. La investigación de todo lo referente a la magia fue dirigida por Titus, algunos académicos de Magnostadt y Yamuraiha. Todos se coordinaban con el oráculo del imperio, quien por alguna extraña razón comenzó a tener sueños proféticos nuevamente, los cuales le ayudaban con algunos hechizos que debía utilizar para acelerar los pasos que debía hacer. Luego de algunos esfuerzos, logró conectarse con el Djinn de Koumei, Dantalion. Con ella podría potenciar su magia de transferencia, aunque seguía sin poder controlarla del todo. Decidieron hacer contacto nuevamente cuando se cumplieron seis meses, tras otro sueño del pelinegro, el cual no explicó a ninguno de ellos. Simplemente ordenó que aquel fuera el día en que intentarían un nuevo contacto.

- ¿Eh? ¿Soñaste conmigo? – Interrumpió el peliazul, mordiendo su segunda manzana, mientras iban caminando rumbo al gran comedor.

- En realidad vi que follamos como salvajes. Como anoche – Judar se relamió los labios, mientras que Aladdin se atragantó con su fruta, culpa del pelinegro – El resto ya es historia conocida. Lo único que mientras hablamos antes de traerte, los dos rubios esos no querían que intentara una magia de transferencia desde una dimensión a otra, porque no manejaba bien el poder de Dantalion – el mayor abrió las grandes puertas del comedor, donde todos estaban reunidos y algunos ya habían empezado a comer.

- Solo se preocupaban de tu bienestar – refutó el menor.

- En realidad fue porque destruí el camino hacia el Palacio. Lo aislé, y querían evitarlo – bostezó, mientras tomaba asiento a la derecha del puesto principal de la mesa que normalmente utilizaba Kougyoku, pero que esta vez se encontraba vacío, aun estando ella presente.

Aladdin no se sorprendió de la decisión de Judar. Ni tampoco de la de sus amigos. En realidad, era mejor así, para que no volviera a ocurrir algo como lo que sucedió. El peliazul buscó un asiento disponible para él, pero el único era el del emperador y sentía que no debía utilizar ese lugar.

- Te sentarás ahí, enano – señaló con su índice el asiento que quería evitar – Eres el representante del unicornio, y mientras él está en sus días, pues te toca hacerte cargo – sonrió satisfecho y con un deje de malicia.

- ¿Ah? – Su cara de póker era tan graciosa que Judar no pudo evitar reír y llamar la atención de varios que conversaban tranquilamente hasta su interrupción.

- Es normal que no lo sepas, chibi – se limpió una lágrima falsa tras sus risotadas.

- Es parte de tus responsabilidades como el magi que eligió al rey – explicó Yunan, que estaba sentado a unos tres puestos de distancia – Lo normal sería que usaras la posición de Judar, pero al ser tu… - dubitativo, pensó la mejor frase para el momento –especie de consorte, pues tiene que sentarse a tu lado – alzó su índice hacia el techo, encontrando las palabras adecuadas.

- ¿Cuándo pasamos de ser nada a ser consortes? – Preguntó el ojiazul, frunciendo infantil el ceño – Judar-kun, deberías pedirme ser tu novio -al menos- si quieres sentarte ahí – infló sus mofletes, berrinchudo.

De pronto, la habitación llena de bulla y voces hablando cada uno su tema se silenció. Decir que fue extraño era poco, por lo que tragó grueso y, aun de pie, sintió todas las miradas dirigidas a él y al pelinegro.

El mayor se rascó la nuca y suspiró – Tenías que decirlo, ¿Cierto? – Dejó el durazno a medio comer encima de la enorme mesa.

- ¡No seas tímido ahora, Judar! – Le animó Hakuryuu, esbozando una sonrisa burlona.

Pero el sol negro decidió ignorarlo, a costa de que una palpitante vena en su frente se marcara. Se puso de pie y se acercó hasta quedar a no más de medio metro de distancia del cuarto magi – Aladdin Jehoahaz Abraham – puso su rodilla derecha casi en el suelo y tomó su mano izquierda con su mano derecha. Logró escuchar un grito ahogado de alguien cerca, pero no iba a desperdiciar esa oportunidad por una simple mujer con hormonas alborotadas. Usó su mano izquierda libre para husmear dentro del bolso mágico que tenía atado al cinto y sacó una pequeña bolsa de terciopelo negra. La abrió con cuidado y tomó el objeto para sacarlo y mostrárselo al menor - ¿Aceptarías a este para nada humilde y poco paciente magi depravado como tu futuro esposo? – mostró su sonrisa más sincera, aquella que sólo podía ver Aladdin, al igual que aquellos refulgentes rubíes mostrando todo el amor que había desarrollado a lo largo de los años para con ese niño.

- Te faltaron muchos adjetivos más para describirte, Judar-kun – respondió el peliazul, sonriendo cálido y con sus ojos acuosos – Claro que acepto, idiota – sentenció, mientras se llevaba su mano derecha a la cara para tapar su sonrojo y las lágrimas que salían por sus párpados, mientras sentía como el mayor ponía la sortija en su dedo anular y calzaba perfectamente.

La sala explotó en vítores y aplausos para la feliz pareja. Judar se levantó y abrazó al menor para consolarlo y decirle algunas amorosas palabras al oído, lejos de los curiosos y chismosos que tenían audición supersónica – Gracias por aceptarme, mi chibi – susurró, escuchando un hipo y un sorbo de nariz muy largo como respuesta, seguido de una risa contagiosa y más lágrimas de felicidad.

Una fiesta se desató en cosa de segundos, en los que los invitados de Sindria ordenaron traer botellas de vino fino y otras bebidas alcohólicas aun cuando era recién la hora del desayuno. El momento lo ameritaba y comenzaron las rondas de exóticos manjares que ya habían sido preparados con anticipación. Entre tantos abrazos y palabras de felicidad, una pregunta inocente destacó de entre todas.

- ¿Y cuándo será la boda? – Preguntó Yamuraiha a su pupilo, con las mejillas coloradas producto del vino que ya había bebido.

- Eso, me temo… - Judar abrazó por la cintura al menor – Que es una sorpresa – respondió juguetón, robando un corto beso de los labios con sabor a manzana de su ahora futuro esposo.

Los cercanos a la pareja rieron y silbaron por la muestra de afecto poco común en ambos, desatando carcajadas y que la fiesta siguiera. Y siguió hasta la hora de almuerzo, con algunos músicos que llegaron entre medio, amenizando el ambiente.


¡Lo sé! ¡Claro que lo sé!

Fue muy corto. No lo niego. Pero hacerlo más largo habría sido incómodo para la situación que viene en el siguiente capítulo. Tener algo bueno y algo malo sin una buena separación me dejaría un mal sabor de boca.

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