2 – A la orilla del río. Primera Parte
"… y esta noche tendremos un partido siempre emocionante: los Thundelawa Thunderers se enfrentan a los Woologong Warriors. Se ha establecido este partido como uno de los más peligrosos de todos los partidos de Quidditch de Inglaterra ya que sus jugadores y sus aficionados tienen fama de ser muy violentos. Recuerden que este año los Thunderers no han tenido suerte hasta el momento ya que han perdido todos los encuentros en casa. Incluso los Chudley Cannons les han ganado y se acercan peligrosamente al top tres de la clasificación. Por su parte los Cannons se preparan para su partido contra…"
Una mano con varita apareció por la puerta que se abría y apagó la radio. Tras esa mano apareció su dueña, una mujer de 43 años, que inspeccionó la habitación buscando a alguien. Su mirada se paró en un punto en el que un niño de 8 años estaba sentado con sus brazos alrededor de sus piernas y la mirada fija en el horizonte, inmiscuido en sus pensamientos de tal manera que no se había dado cuenta del silencio que ahora reinaba en la habitación.
- ¡Sirius! Te dije hace diez minutos que llegaríamos tarde si no nos apresurábamos. ¡Ni siquiera tenías algo que hacer! ¡Ni siquiera tenías que preparar tus cosas, Kreatcher ya lo había hecho por ti, por lo que no entiendo por qué estás aún aquí! – se acercó a su hijo - ¿me estás escuchando, Sirius?
El chico se giró para mirar a su madre.
– No quiero ir… - susurró mirando suplicante a los ojos grises de su madre, tan parecidos a los suyos propios.
Pero Wallburga Black no estaba prestando atención. Agarró el brazo de su hijo mayor y le arrastró fuera de la habitación. Bajaron las escaleras de esta guisa para encontrarse a los otros miembros de la familia Black (Orion, el padre, y Regulus, el hijo menor) ya preparados para el viaje.
- Tres minutos para el traslador – dijo el señor Black con un tono de voz un tanto irritado. Miraba fijamente un plátano de plástico que había encima de la mesa y su parecía que le entusiasmaba tanto aquel viaje como a su hijo mayor.
- ¿pero por qué no podemos ir en polvos flú? – preguntó inocentemente Sirius.
- Ya te lo he dicho – contestó su madre, agitada. No dejaba de mirar al plátano como si este pudiera desaparecer de repente sin ellos – la comunicación entre chimeneas es muy débil con esa parte de Inglaterra. Y además no quisiera perder a tu hermano en algún pueblo extraño del sur – A Sirius, en cambio, no le molestaba la idea de perder de vista a Regulus por un tiempo.
Tres minutos más tarde los cuatro Black sujetaban el plátano y, tras unos momentos de agitación, aterrizaron en un campo verde. Pero allí no estaban solos. Enfrente de ellos tenían a una mujer alta de ojos negros y pelo largo y a su hija de 16 años, una joven con la piel extremadamente pálida y los mismos ojos oscuros que su madre. Madre e hija estaban situadas sobre una colina a unos metros de la familia que acababa de llegar y a otros tantos metros delante de un riachuelo que tenía pinta de ser bastante frío.
Wallburga fue la primera en levantarse y enseguida fue a ayudar a Regulus y a Sirius.
La mujer de ojos oscuros se acercó a Wallburga.
- Me alegro de verte, querida. Vuestras cosas han llegado a tiempo y en buenas condiciones, estoy segura de que es todo gracias a ese elfo doméstico que tenéis – después echó una ojeada al resto de familia – ya estamos todos ¿verdad? Vamos dentro.
- Gracias Druella – contestó la mujer – vamos, chicos.
Mientras Regulus siguió rápidamente las indicaciones de su madre, Sirius fue más reacio a hacer lo propio. Miró a su alrededor con la esperanza de encontrar otro lugar más interesante al que ir. Pero, al no encontrarlo en las inmediaciones, no tuvo más remedio que seguir los pasos de su madre.
Para Sirius la vida en la casa de vacaciones de sus tíos Cygnus y Druella era tan aburrida como la de Grimmauld Place.
Estaba cansado del tedioso Regulus que imitaba constantemente cada movimiento que hacía su hermano mientras, a su vez, intentaba no enfadar a Wallburga. Sin embargo ambas cosas eran una contradicción en sí misma. A Regulus también le gustaba la compañía de la cruel Bellatrix y su hermana Narcisa, sus primas. A Sirius, sin embargo, no le gustaban ni un pelo, especialmente Bellatrix, la mayor, que tenía un concepto bastante inquietante de la palabra "entretenimiento". Además, la prima favorita de Sirius, Andromeda, la hermana mediana de Bellatrix y Narcisa, estaba pasando esas dos semanas de viaje con amigos, por lo que Sirius no encontraba ninguna razón por la que quedarse en aquella casa.
Por ello, al segundo día en aquel lugar Sirius decidió salir a dar un paseo. Ni siquiera preguntó a su madre si le daba permiso. En realidad no lo quería, no lo necesitaba porque sabía que no se lo iba a dar, al menos no le dejaría ir solo. Estaba a punto de llegar a la puerta principal cuando escuchó unos pasos a su espalda.
- Sirius, ¿a dónde vas? – preguntó Wallburga desde las escaleras.
- Voy fuera. A caminar – se giró para enfrentarse a su cara. No quería temerla. Y justo cuando pensaba que le echaría la reprimenda, su tía Druella apareció para salvarle.
- No te preocupes, Wallbu. No hace falta que se quede aquí encerrado todo el tiempo. No hay nada malo ahí afuera, se puede quedar por las cercanías. A menos que cruce aquella colina de allá, donde viven los muggles no pasará nada – pronunció la palabra Muggle como si tuviera algo en la boca que necesitara urgentemente escupir – pero estoy segura de que no lo harás, ¿verdad chico?
Sirius asintió inocentemente. Después de sonreír dulcemente se volvió a dar la vuelta hacia la puerta y comenzó a caminar antes de que su tía, que ahora hablaba de lo horribles que eran aquellos muggles, cambiara de opinión.
Sirius nunca había entendido qué había exactamente de malo en aquellos muggles. Había oído hablar de ellos desde que tenía memoria y sabía perfectamente que en Londres sus padres, su hermano y él vivían en un barrio muggle. De hecho, había visto unos cuantos desde la ventana de su habitación y no sabía decir que había tan malo en ellos o por qué eran tan peligrosos. Cada vez que había preguntado eso a su madre o su padre, tan solo había sacado de conclusión que la única diferencia era que los muggles no sabían hacer magia. Sin embargo, la forma en la que tenían sus padres de ensalzar las glorias de la familia Black, es decir, el hecho de que fueran magos y brujas desde hacía tanto tiempo, parecía como si les convirtiera en miembros de la realeza.
La sonrisa que Sirius le había echado a su madre se cambió a la mueca más malvada que un niño de 8 años podría conseguir en el momento en el que sus pies pisaban fuera de la casa. Si había algo que le gustaba de su familia eso era lo mucho que le divertía cuando se enfadaban con alguna de sus travesuras. Sirius quería descubrir cómo era aquella zona muggle y sólo el hecho de que su madre se lo prohibiera era lo suficientemente tentador para que él quisiera ir aún más.
Comenzó a alejarse rápidamente de la casa. Después de cruzar el frío río, aparecieron a la vista unas cuantas colinas. Era muy claro que había una separación entre la zona donde estaba la casa (la zona mágica) y la otra parte cercana a las montañas. No era una obstrucción visible, más bien algo sensorial que claramente sintió al traspasarla. Suponía que los muggles no podían verlo tampoco, pero probablemente tampoco podían ver la parte mágica.
En realidad la zona muggle no era tampoco muy diferente. En realidad, de no ser por la sensación de haber traspasado algo, no hubiera notado la diferencia entre una zona y otra.
Los pájaros cantaban y el riachuelo que había en aquella zona hacía un sonido muy particular al chocar con las rocas. Árboles, arbustos y flores diversas rodeaban el pequeño río y sus piedras. La gama de verdes, eso sí, era más variada que en la zona en la que vivía sus tíos.
A Sirius le gustaba aquel rincón donde podía encontrar tranquilidad, seguridad y, sobre todo, paz. Saltó de un lado a otro del riachuelo durante unos minutos hasta que encontró el punto ideal para sentarse a la orilla del río.
Pero su tranquilidad duró poco ya que de repente un ruido sonó detrás de él: alguien intentaba llegar al mismo sitio donde estaba sentado el chico. Sirius no quiso darse la vuelta porque pensaba que podía ser su madre (o peor, Bellatrix) pero cuando ese alguien habló su voz no tenía ningún parecido con ningún Black que él conociera.
- Me solía sentar ahí, es un sitio tan bonito… supongo que tenía que haber dejado un cartel diciendo que era mi sitio – a pesar de parecer una amenaza, la voz que las decía era tan dulce y armoniosa que no daban la sensación de estar enfadada – pero da igual, lo podemos compartir.
Y, mientras decía aquello, una niña rubia y delgada se sentó a su lado. Era algo patosa mientras se posicionaba, intentando sin gracia pisar la piedra correcta para no caer. Por fin consiguió sentarse al lado de Sirius por lo que este pudo verla bien por fin. Tendría más o menos la misma edad que Sirius y era menuda. Su pelo era rubio y corto y tenía una nariz larguirucha y llena de pecas que le cubrían también parte de las mejillas. Llevaba puesto un vestido sin mangas azul, un vestido que definitivamente era muggle y le miraba directamente a los ojos. Sin duda alguna, aquella era la mirada más extraña que Sirius había visto en su vida: su ojo derecho era azul brillante mientras que el izquierdo era de un color verde esmeralda con algunos destellos azules. Sirius, incapaz de aguantarle la mirada, volteó la cabeza para mirar el agua. Ella hizo lo mismo y dijo:
- ¿A que es precioso? Me encanta tirar piedras al agua, ya sabes, para que hagan esas curvas en la superficie – hizo un amago con su mano en forma de tres curvas mientras hablaba – pero nunca me sale. Yo creo que eso solo lo hacen en las películas.
La niña se puso a hablar entonces de aquellas películas y lo que hacían en ellas, o con ellas, o para ellas, o lo que sea que estuviera hablando. Pero Sirius no la escuchaba porque se acababa de dar cuenta de que había conocido a una muggle, la primera muggle que había visto tan de cerca, la primera muggle con la que había hablado en su vida. Era tan obvio que carecía de "toque mágico" que Sirius lo supo a la primera. Pero entonces, ¿cuál era el daño? La chica era algo patosa, pero muy maja por lo demás.
- ¿Y tú quién eres? – preguntó de repente la niña.
"Soy un mago y estoy hablando con una muggle. Me apuesto lo que sea a que a mi madre le daría un paro al corazón si me viera ahora mismo". En lugar de eso, contestó simplemente:
- Sirius Black.
- ¿Sirius? – parecía extrañada - ¿eso es un nombre?
- Pues – contestó en el tono más adulto que pudo imitar – es el nombre de una estrella. Sirius es la estrella más brillante del cielo.
- ¿Tus padres son astrónomos? – la niña parecía interesada
- No exactamente, les gustan las estrellas – mintió Sirius. No quería explicar que le habían puesto el nombre de la estrella más brillante porque su familia se creía más que el resto de los mortales.
- Qué extraño – añadió entonces – no me suena haberte visto antes. Me llamo Kelly Bolton. Estoy de vacaciones pero soy de Coventry, ¿Conoces Coventry? Tú no eres de aquí, ¿no?
- No, soy de Londres. Y no conozco Coventry, lo siento.
- ¡LONDON! – gritó Kelly, emocionada - ¡qué emocionante! ¡Me encanta Londres cada vez que voy! ¿utilizas mucho el metro?
- Yo… eh… no, no lo uso – Sirius estaba confuso. Hablar con una muggle era mucho más complicado de lo que se había imaginado. ¿Qué era eso del metro que hablaba? ¿Se suponía que tenía que entender lo que decía? – ¿quieres jugar a un juego? – preguntó Sirius antes de que la niña volviera a interrogarle a preguntas. Pero en realidad le apetecía jugar con Kelly.
- ¡Vale! – parecía entusiasmada por la idea de jugar con aquel niño - ¿por qué no intentamos construir un puente que pase de un lado a otro del río?
Sirius nunca se había planteado la idea de jugar con una niña muggle. Había pasado los primeros años de su vida compartiendo juegos con su hermano pequeño hasta que se dio cuenta de lo aburrido que era. Esto había pasado hacía un año más o menos y desde entonces había vagado solo, molestando a su madre y planeando bromas pesadas para Kreatcher pero, básicamente, pasando el tiempo con nadie más aparte de consigo mismo.
Pero aquello que pasaba en ese momento era muy diferente. No solo había encontrado una persona con la que divertirse sino que encima era una muggle.
Durante una semana Sirius se pasaba cada mañana y cada tarde con Kelly, tan solo volvía para comer y para dormir, no siendo que la familia sospechara que había desaparecido.
En el rio Sirius y Kelly jugaban, reían, hablaban y construían, pero también corrían y tiraban piedras en el agua fría.
A la niña le entusiasmaba la idea de construir un puente de piedras, sin embargo, por mucho esfuerzo que le pusiera y muchas estrategias que utilizara, su monumento era de todo menos un puente normal. Sirius, sin embargo, estaba a punto de llegar al otro lado del río con su puente pero, viendo lo mal que le estaba quedando a Kelly, decidió destruir la mitad de él en un momento en el que la niña no estaba mirando.
Aun así, Kelly se dio cuenta de que Sirius era mucho mejor que ella.
- ¿Cómo es que eres tan bueno? – preguntó el cuarto día, cuando tan solo había puesto tres piedras juntas mientras que el de Sirius ya era bastante largo y grande.
-Bueno… - el chico se lo pensó bien antes de contestar – es que mi padre es… es construccionista, así que creo que es de familia.
-¿Construccionista? ¿Constructor, dices? – Kelly lo había dejado todo para mirarle con aquella mirada extraña suya.
- Bueno es un tipo de constructor… un construccionista – desde luego ¡qué difíciles eran las palabras muggles!
Kelly rió y le miró extrañada pero daba la sensación de que realmente le daba igual si su amigo era raro.
Al día siguiente, el quinto día, Kelly dio por perdido su puente. Admitió que había perdido y le preguntó a Sirius si podían los dos acabar el puente del chico. Y a Sirius le encantó la idea.
La mañana en la que Sirius salió de casa para encontrarse con Kelly para la inauguración oficial de su puente, sintió algo diferente. Lo achacó a la emoción del momento, pero lo cierto es que tenía la sensación de que alguien le seguía. Como no vio a nadie detrás de él y estaba ya a punto de llegar, pronto se olvidó de la idea, especialmente tras ver lo brillante que estaba aquella mañana la sonrisa de su amiga.
- Hoy es mi cumpleaños – Kelly no podía ocultar su entusiasmo – el 10 de agosto y Kelly Bolton cumple 9. ¿Qué se siente al tener 9 años?
- No lo sé, no los cumplo hasta dentro de unos meses.
- Soy la mayor de nosotros – su sonrisa se agrandó – qué bien.
Tan solo quedaba una piedra para que el puente fuera perfecto. Ya la había escogido el día anterior, por lo que Sirius se agachó para recogerla.
- Es tuya, te toca poner la última piedra – sonrió dulcemente a su amiga – creo que es un buen regalo, la inauguración de nuestro puente.
Los ojos de Kelly, ya brillantes de por sí, resplandecieron aún más mientras miraba la piedra redonda y perfecta que sujetaba en una de sus pequeñas manos. Alargó la piedra hacia Sirius antes de decir:
- Lo hacemos los dos.
Y ahí estaba ella, feliz de compartir su regalo de cumpleaños con su nuevo amigo. Y ahí estaba él, tan entusiasmado como ella, sujetando ambas manos de Kelly y tocando la piedra con sus manos frías. Después de colocar la piedra en su lugar correspondiente, Kelly no pudo evitar saltar de felicidad hasta que acabó en los brazos de Sirius, que también saltaba entusiasmado. Se abrazaron y la distancia que los separaba era ínfima, sus caras estaban mejilla con mejilla. Se separaron un poco para mirarse a los ojos y entonces se acercaron más para compartir su primer e inocente beso.
