Muchas gracias por seguir leyendo. No soy muy buena escribiendo sobre maternidad pero creo que les gustará lo que venga en el tercer capítulo. Lamento si este capítulo es algo corto o luce incompleto, no quería arruinarles la emoción de lo que sucederá después xD!
Quiero dedicar esto a una amiga, Isa, quien tiene a un Levi increíble~ *-* ¡Espero les guste!
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Adiós a todo aquello que la hacía ser una soldado.
A decir verdad, no fue tan duro como creyó que sería. Conforme transcurrían las semanas y los meses, iba perdiendo autorización para tareas sencillas como montar a caballo, entrenar por las mañanas y hacer la limpieza exhaustiva del cuartel. Sus compañeros se mostraban conciliadores con el estado de la joven, especialmente porque ella no quería serlo consigo misma. Había aceptado a regañadientes guardar las correas y el 3DMG, y presentó al Comandante Erwin Smith una solicitud de baja temporal. No quería desistir del Servicio militar por mucho tiempo, pero sabía que Levi tenía razón en cuanto a las exigencias de salud de un soldado. Erwin se mostró cálido y comprensivo por la situación, dándoles a ambos sus bendiciones y la promesa de que nada cambiaría en su escuadrón.
Si bien, Petra se sintió mucho más tranquila de esa forma, Levi presentía que la decisión de su superior era menos profesional de lo que éste quería admitir. En el fondo, los años de sobrevivir juntos a las expediciones los volvía mucho más unidos.
Al principio las prohibiciones no eran tan malas, salvo por el terrible aburrimiento y la sensación de que su cuerpo se acostumbraba al descanso. Podía hacer las compras con ayuda de Erd y administraba gran parte del armamento cuando otros no podían hacerlo. Por lo general Erwin y su asistente se encargaba de eso, pero con las expediciones cada vez más frecuentes, no podía darse el lujo de perder tanto tiempo en ello.
Cuando iba por el cuarto mes, las nauseas finalmente cesaron. Incluso más aliviado que Petra, Levi pudo respirar en paz. Erd y Gunter debían amenazar a Auruo para que no dijera ni pío de la situación tan particular que vivía la pareja.
Petra comía raciones normales, pero muy curiosas, de alimentos. Por ejemplo, a veces se le antojaba un poco de miel con sus huevos y otras prefería el guisado sin ningún tipo de condimentos. Una vez, como a media noche, estaba desesperada por pan recién horneado para calmar las nauseas. Levi despertó a todo su escuadrón para preparar dicho pan. Ellos intentaban no reír por la desesperación de su superior, que parecía decidido a que el pan estuviera perfecto. Aunque no mencionó los motivos, los tres sabían que el pequeño pelinegro no quería saber más de los vómitos de Petra.
A pesar del aburrimiento, las nauseas, las tensiones y las abundantes ausencias, Petra Ral se sentía feliz. Cada día que pasaba notaba más el cambio de su cuerpo, la presencia de una nueva persona que se formaba gracias a los cuidados que ella y su marido le brindaban. A veces descubría a Levi abrazado a ella en medio de la noche, con el rostro pegado a su vientre.
Sin embargo, cuando llegó el final del séptimo mes, todo se volvió un infierno.
Petra visitaba a su padre cada vez con mayor frecuencia, hasta que Levi e incluso el mismo Comandante Erwin, sugirieron que debía quedarse con él el tiempo que faltaba para el parto. La ambarina estuvo de acuerdo, no solo por el descanso que ahora sí necesitaba (hay que notar que para alguien tan bajita, un peso extra no era cualquier chiste), sino porque podría pasar más tiempo con el hombre al que tanto había descuidado desde que se unió a la Legión. Él sabía desde un principio los riesgos a los que se atenía su hija, las probabilidades de no verla otra vez. Quería atesorarla mientras estuviera a su lado.
El tiempo transcurría lento para la joven, sin duda. Casi no podía ver a Levi y extrañaba la rutina militar. Siempre supo que no estaba hecha para ser ama de casa, como lo eran la mayoría de las mujeres de su edad en ese barrio. El ser madre no le había arrancado su vena aventurera, lo que en vista de su padre, era algo peligroso.
Por otro lado, el líder de escuadrón tampoco estaba tranquilo.
Sus subordinados sufrían su mal humor por cualquier insignificancia, más aún que de costumbre. ¿Pero cómo no estar de mal humor? Tenía sueño todo el día porque el café que le preparaban sabía asqueroso, muy dulzón. Por las noches no conciliaba el sueño al encontrar su cama vacía. Los soldados a su alrededor intentaban evitarlo, pero nunca el tiempo suficiente para salvarse de sus castigos.
Era día de expedición cuando ocurrió.
Todo mundo lo sabía, no había nadie en María, Rose y Sina que no estuviera enterado de la expedición que haría la Legión de reconocimiento al mundo exterior. En menos de un año, ya habían efectuado cinco de ellas, lo que era impresionante tomando en cuenta el número de bajas y el tiempo que solía tomar organizar y planificar una misión así. El ritmo se debía principalmente a los avances que Hanji Zöe y su equipo de investigación realizaron en una montaña a unos kilometros al sur de María. Sin embargo, nadie ignoraba la cantidad de muertos en cada expedición. Algunos decían que de seguir así, no quedaría nadie en la Legión. Ni siquiera el hombre más fuerte de la humanidad.
Petra intentaba no hacer caso a esos rumores cuando se despidió de su esposo en las puertas de María. No soportaba la idea de perderlo sin ni siquiera poder pelear a su lado. Tuvo pesadillas cada noche desde que Levi partió con los demás, cada una peor que la anterior. Su cuerpo reprochaba la ausencia del pelinegro y cuando se veía al espejo, casi podía tocar el vaho de su desesperación. Quería ir con él. Ser de ayuda, salvarlo si era necesario. También le preocupaban Erd, Gunter y Auruo, quienes solían protagonizar varias de sus pesadillas nocturnas. ¿Que sucedería si alguno de ellos no volvía?
Ver a un compañero muerto en batalla era una cosa horrible, pero podía tolerarlo. Saber que pudiste pelear a su lado y hacer lo posible porque su esfuerzo no fuera en vano, resultaba reconfortante. Pero quedarse ahí sentada, reposando, era una tortura.
Llevaban al menos cinco días fuera, cuando Petra despertó en medio de la noche y descubrió que le faltaba el aire. Era una sensación familiar y alarmante. Aquella que normalmente tenía después de ver a un compañero morir. Esa falta de realidad, la densa locura que atrapa a un soldado al estar a las puertas de la muerte. ¿Significaba ese dolor de cabeza y sudor frío que el soldado más fuerte de la humanidad había caído?
Se levantó de la cama tambaleante, desenfocada. Buscó a su padre pero la oscuridad y el malestar le impedían orientarse correctamente. Se llevó una mano al vientre, como si quisiera acunar a su pequeño. Algunas lágrimas escaparon de sus ojos cuando cayó en cuenta de que afuera se libraba una tormenta inusual. El corazón de la muchacha se aceleró con violencia, y quiso gritar el nombre su esposo y superior, de sus compañeros, de todos aquellos a los que había alejado con el paso de los meses. Sin darse cuenta, salió de la casa vestida sólo con un camisón y una bata.
Pobre bella mujer, asustada, impotente. Pobre aquella esposa, preocupada, impaciente. Pobre aquella madre, en peligro, frágil.
Pero no estaban ni cerca. Petra no sabía que la Legión volvía y apenas cruzaba la noche entre los caminos de María. Creía, en el fondo de su ser, que algo iba tremendamente mal. Lo que no se imaginaba, es cuanto peor se pondrían las cosas.
