Su cabeza golpeó contra el frio suelo, provocando un horrible sonido. Sintió como el dolor se expandía por su cuerpo, focalizándose en el rostro. Su mandíbula y pera palpitaban adoloridas. Sus pequeños brazos no habían podido parar a tiempo el impacto, y su cara sufrió las consecuencias. Con suma precaución, el niño se levantó, sintiendo como las lágrimas caían por su rostro. Quería a su mamá con desesperación.

-¡Ten cuidado la próxima vez, cuatro ojos!

Las risas de sus compañeros inundaron los oídos del chico. "Cuatro ojos". Le habían empezado a decir así a causa sus ridículamente gigantes y anticuados anteojo…. ¡Sus anteojos! En seguida llevó sus manos al rostro, para comprobar que no estaban allí. Mejor así, temía que los cristales se le hubieran clavado en la piel. Sin embargo su visión estaba nublada, y eso lo asustaba. Comenzó a tantear el piso, con desesperación, mientras sus lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, y las risas no cesaban.

-¿Qué creen que hacen?

Esa voz. Él la conocía. Le pertenecía a aquella niña de rulos que él tanto disfrutaba observar en los recreos. Era un año mayor, por lo que tenía suerte de verla en los pasillos del colegio. Era hermosa. Pero nunca había estado cerca de ella. Solo lograba observarla de lejos, como un bicho raro.

Dejando su búsqueda por un segundo, el chico se quedó quieto para prestar atención a la situación que se estaba por dar.

-No te metas niña.

-Me meto todo lo que quiero, estúpido.

Todos los chicos comenzaron a reírse por el "insulto" de la pequeña. El líder de los bravucones no pareció apreciar el comentario… Aun así, la chica no se detuvo preguntar si había lastimado los sentimientos del muchacho. Ella, por su parte, se había agachado junto a él, para ayudarlo a buscar sus horrendos antejos. Podía distinguir su figura, como una mancha borrosa, que se movía a su alrededor.

-¡Aquí están!

La voz angelical de la niña era música para sus oídos. ¿Por qué lo estaba ayudando? ¿Quién era él para merecer su atención? Poniéndose nervioso, el chico siento como las suaves manos de ella se acercaba a su rostro cada vez más. En sus manos estaban aquellos viejos anteojos. Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo cuando la niña de rulos colocó las gafas en su cara, rozándolo en el proceso.

Y entonces la vio.

Enfrente de él se encontraba un ángel. Con dos coletas en el cabello, una de cada lado de su cabeza, de donde caían como cascada los rulos color ceniza, la niña de ocho años, le regalaba una sonrisa celestial. De labios finos y carmesí, ojos grises, brillantes, pestañas impactantes, piel blanca como la nieve. Simplemente perfecta.

-Gracias.- Murmuró, acomodándose mejor sus gafas. ¡Que horror! Le debía parecer un chico patético.

-¡De nada!- Sonrió alegremente ella, cerrando los ojos por un segundo, y mostrándole sus dientes perlados.

-Esto da pena. - Se burló el bravucón, que al parecer, aún seguía allí, presenciando la escena.-El gafotas tiene que pedirle ayuda a una niña.

-Tu eres Léonard Vial, ¿Cierto?

-¿Y cómo es que me conoces?-La voz del chico pretendía ser agresiva, pero se podía notar un dejo de sorpresa.

-Nos conocimos hace dos semanas, en la fiesta que mi padre hizo para los empleados de su empresa.

Hubo un silencio demasiado tenso, en el que nadie se atrevía a decir nada… los bravucones eran grandes de edad, tendrían once años quizás. Lo suficientemente mayores para entender que el trabajo de sus padres era un tema delicado.

-Sí… puede ser ¿Y?

-Les diré a mi papá lo malo que eres. Y él se enojara con tus padres.

La niña de rulos se cruzó de brazos, mientras su cabeza se levantaba levemente, como si estuviera sintiendo el poder que podía tener sobre los demás.

El bravucón no dijo nada. Solo se quedó allí, en silencio, mirando el chico de gafas. Sus amigos comenzaron a alejarse lentamente, y lo incitaron a hacer lo mismo. Pero el líder permaneció un segundo en el lugar, calculando sus opciones… finalmente, envuelto en ira, se aproximó al que hace unos instantes estaba siendo su víctima. Su cara se acercó demasiado a la del pequeño, tanto que este se planteó salir corriendo de ahí.

-Tienes suerte de que este ella, mocoso. La próxima te haré sufrir.

-Eres patético.- Dijo enojada la niña, frunciendo la nariz.- Intimidas a un niño de siete años ¿Quién te crees? Das lastima.

El chico mayor se volteó violentamente, para enfrentarse a la niña, quien aun siendo más chica de estatura y edad, no retrocedió ni un centímetro. Solo se quedó allí, viéndolo con altanería, y con sus bracitos cruzados.

-¿Seguro que yo soy el que da lástima? Tu solo tienes amigos por el dinero de tu familia.

Antes de que pudiera abrir la boca, la banda de bravucones había desaparecido. Dejándolos a ellos dos en el pasillo. El ambiente se volvió un poco incómodo para el niño, no estando seguro de que decir. Pero no tuvo que hacerlo, porque fue ella quien, con ojos llorosos, se volteó e inició la conversación con una pregunta que partió el corazón del chico.

-Eso no es cierto ¿Verdad? Ellos no me quieren solo por el dinero ¿O sí?

-¡Por supuesto que no! – Se apresuró a contestar él, entrando en crisis a causa de las lágrimas de ella.

-¿Seguro?

-¡Muy seguro!- Exclamó asintiendo frenéticamente.

La cara compungida de la chica cambió enseguida, volviéndose un auténtico sol humano, que irradiaba felicidad. Fue en ese momento que lo dedicó. No había nada más bello que su sonrisa. Jamás quería verla triste de nuevo, y si él tenía que protegerla de todo el mal del mundo, entonces lo haría.

-¡Eres muy lindo!- Dijo ella sonriendo con todos sus dientes, mientras que el pequeño sentía que su corazón estaba a punto de salirse del pecho.

-Me llamo Suntina.

La pequeña mano de la niña se extendió hacia él. Tragando saliva, la tomó y sacudió, como los adultos hacían.

-Ken.

-¡¿Cómo que te vas?!

-En cuatro meses…

-¿Po… por qué no me dijiste antes?

Suntina buscó las palabras correctas, pero no halló ninguna que pudiera pronunciar sin romper aún más el corazón de Ken. De modo que simplemente se quedó viéndolo en silencio, apretando sus finos labios, y sintiendo un nudo horrendo en la garganta.

Ella tenía dieciocho, y Ken diecisiete. En teoría el cuerpo de ambos ya debían estar desarrollados… pero el chico, aun cuando había pasado en altura a Suntina, parecía tener la misma contextura física que la de un niño. Seguía usando aquellas enormes gafas y su típico suéter verde, que era notoriamente tres talles más grandes de lo que debería. Ken era flaco. Demasiado flaco. Sin una gota de músculos.

Mientras tanto, Suntina había sabido convertiste en una típica niña rica, coqueta y esbelta, pero aún conservaba su corazón de oro.

Ken era consciente, demasiado quizás, que su mejor amiga era hermosa, y que él, todo lo contrario. ¿Quizás por eso se estaba yendo? Tal vez en el fondo ella nunca lo quiso. Quien sabe… la chica podría estar mintiendo sobre esta amistad…. No. Ella no era así. Su amiga era la persona más buena en la faz de la tierra… pero entonces ¿Por qué lo estaba abandonado de esta forma?

Así no era como Ken se había imaginado que el sábado sería. Este era su día. Hace ya hacía varios años, ambos comenzaron a salir los sábados, siempre como mejores amigos. Cine, cafés, picnics, caminatas por los parques parisinos. Era el mejor día de la semana para el chico… pero se había convertido en una pesadilla en el momento en que Suntina abrió la puerta, y antes de que él pudiera pronunciar palabra, le hubiese comunicado que se iría a estudiar a Estados Unidos.

-No sé qué…

De pronto Ken sintió el cuerpo de Suntina pegado al suyo. Los brazos de la chica rodeaban su cuello, mientras enterraba su rostro en aquel hueco que se hace entre la cabeza y el hombro. La chica se quedó allí, respirando lentamente, mientras contenía las lágrimas. Por su parte, Ken estaba paralizado. De a poco le devolvió el abrazo, tocando con extrema suavidad la espalda de Suntina. Ella lleva aquel perfume de rosas que lo volvía loco. ¿Cómo podía enojarse?... Sin embargo, la angustia comenzó a crecer dentro de él, mucho más rápido de lo que le hubiera gustado.

-Ta... también tengo algo que decirte, Suni.

Esto hizo que la chica se separara inmediatamente de él. Aun tomándole por los hombros con ambas manos, Suntina lo miraba con esos enormes ojos grisáceos, llenos de curiosidad, y todavía con alguna que otra lagrima que amenazaba por caer a través de sus mejillas de porcelana.

-Pensaba decírtelo cuando volviéramos del cine… pero... pero… Mi padre quiere que haga el último año de secundaria en un colegio militar.

Los ojos de la chica se ampliaron aún más, para la sorpresa que Ken, quien no creía que eso fuera posible. Rápidamente volvió a abrazar a su amigo, con fuerzas.

Al parecer no quedaba mucho para que no volviera a ver a su mejor amiga… al menos por un largo tiempo...

Suntina despertó repentinamente. La voz de la azafata la había despertado. Estaban aterrizando.

Inconscientemente apretó con más fuerza el oso de peluche al cual había dormido abrazada. Aún podía recordar ese domingo, un día antes de que él se fuera. Ken había pasado por su casa, con aquel peluche, y una carta de lo más tierna.

Suntina respiró profundamente. Apenas se acomodara en el campus, lo llamaría. Necesitaba ánimos de su mejor amigo, y el probablemente también estaría feliz de hablar con ella.

-¿Te encuentras bien?

La chica de rulos giró su cabeza. Allí estaba el rostro de Alisan, quien se sentaba detrás de ella. La chica parecía un poco rara a veces, pero Suntina no le importaba. Estaba acostumbrada a lidiar con toda clase de personas…a demás si quería recibirse como asistente social, la empatía era algo que debía dominar.

-Perfecta… solo fue una pesadilla.

Mentira. Fue un sueño mezclado con recuerdos…. Aunque separase de su mejor amigo sí que era una pesadilla.

-Yo también las tengo… quizás podrías contarme las tuyas. Si quieres puedo hablarte sobre las mías, pero son demasiado alocadas, y muchas veces no tienen sentido… Aunque ¿Por qué deberían tenerlo? Los sueños provienen del subconsciente ¿Sabes? Aunque no es tan sencillo… Freud de hecho lo expone de forma muy precisa en su ensayo…

-¡Al!

Ambas voltearon su cabeza. Dos filas atrás estaba Saville, quien con el ceño fruncido miraba a su hermana.

-Puedo escuchar tu voz desde aquí. Deja de hablar incoherencias.

-Estaba intentando entablar una conversación, Sav.- Respondió ofendida Alisan.

Suntina sintió un poco de pena por la poca habilidad social de Alisan, pero al mismo tiempo no puedo evitar sonreír ante la cómica escena que se estaba produciendo delante de ella.

La charla prosiguió por algunos minutos más, hasta que el avión comenzó a descender más notoriamente, y todos los pasajeros comenzaron, en silencio, a rogar que el aterrizaje fuera exitoso. Apenas tocaron tierra, todos suspiraron sin darse cuenta.

Bonjour, nuevo hogar.